martes, 13 de diciembre de 2005

Susana Rinaldi


"Siempre fui tildada de gran provocadora"

Saco largo y claro sobre vestido floreado, zapatos de taco alto, anteojos oscuros con marco blanco; aros, collares y anillos delicados: todo en Susana Rinaldi —su sonrisa, el modo de apoyar el mentón sobre los nudillos— tiene un aire elegante y, a la vez, vehemente y cercano. Acaba de llegar a un hotel cinco estrellas de Barrio Norte. Viene de un programa de televisión en el que debatió con otras invitadas: "Acá todavía no nos acostumbramos a pensar distinto", asegura, más cerca de la constatación sociológica que de la queja. En un rato tendrá una reunión con gente de la Unesco; después, una función de Hoy como ayer: su ímpetu, arriba y abajo del escenario, no muestra el menor rastro de los 70 años que cumplirá el 25 de diciembre.
Durante mucho tiempo resultó temible para los periodistas por su carácter: el alerta corría entre los entrevistadores. Ahora, conversar con ella es un ejercicio grato: jamás será una mujer dócil, pero sí afable. "Te lo resumo. En Hoy como ayer digo: Digo siempre la verdad y así me va. Mi hermana me asegura que a veces tengo un tono de mierda: es que hay lugares comunes y situaciones que me hartan, mi irritan. Pero modifiqué muchísimo la forma de decir las cosas. Es probable que haya tenido maneras altisonantes: primero, como autodefensa; después, como una forma de que nadie se atreviera a interpelarme desde un lugar inconveniente entre comillas".

En 1982, cuando volviste de Francia para hacer "Hoy como ayer", en dictadura, un "mal" (cáncer) invadía el cuerpo de María Elena Walsh y otro al país...
Como dijo María Elena de su enfermedad: "Yo estoy pasando un proceso".

¿Cuáles eran tus sensaciones en ese regreso? ¿De resistencia, de confrontación?
De desafío. Uno, saber "interpretar", en todas las acepciones de esta palabra, a María Elena. Otro, volver a un país con el que estaba profundamente enojada. Sabía que con el espectáculo iba a provocar. Siempre fui tildada de gran provocadora: algunas veces lo fui intencionalmente; otras, por el mero hecho de estar. No ser aquiescente ya era una gran provocación. Hay gente que me ha colgado el sayo hasta hoy, sobre todo ciertos medios.

¿Qué tipo de sayo?
El de decir No me gusta cómo habla Susana Rinaldi; desde un lugar de no condicionamiento. Me imagino cómo habrán sufrido los torturados, los mancillados, los rotulados, los caratulados por un sistema que no perdonó a hijos que, de un modo díscolo o no, pretendieron otra visión del país.

En 1982, después de haber hecho durante cinco meses "Hoy como ayer", con éxito, vos también te enfermaste...
Sí, quedé nocaut. Fue demasiada energía desplegada. Cada función era como un rito: trabajábamos, en el Odeón, como si estuviéramos a puertas cerradas. Me amenazaban: con llamadas, con matones que me prepoteaban en el estacionamiento. Me sentía una especie de Juana de Arco. Una vez en el Olympia de París dije: "Si alguna vez tienen que volarme de un tiro, que me vuelen". Y entonces sentí muy cerca a Julio Cortázar, que me dijo: "En todo caso, ese tiro nos vuela a los dos".

¿Temías que aquella resistencia se transformara hoy en mera nostalgia?
Para nada. Nunca fui nostálgica ni lo seré. Con Hoy... quería rescatar cierta memoria en tiempos en que necesitamos reflexionar. Me preguntaba si habría coincidencia con el público, y por suerte la hubo. No necesitaba aplausos sólo por vanidad, sino para saber que el mensaje era compartido.

En la primera puesta tenías 46 años; ahora estás por cumplir 70. ¿Qué cambios sentís en el plano personal?
Que digo palabras con mayor peso. Antes era una fiera. Sentía una gran desesperación; desesperación que me hacía ser demasiado enfática. Ahora puedo decir las mismas cosas sin ser hostigadora. Dejé atrás mi fama, ganada con razón, de intolerante.

¿De dónde provenía la desesperación?
De la sociedad que convalidaba una dictadura, del algo habrán hecho, del no te metás. Del taxista que veía a un pibe y decía: Yo a éste le cortaría el pelo. Los que no eran canas ni milicos hablaban como ellos. Había un desprecio general por la vida y por el pensamiento distinto, sobre todo si eras mujer.

¿Sentías esa discriminación también dentro del ambiente conservador del tango? Recuerdo que una vez el Polaco Goyeneche me dijo: "El tango del guapo denigra a la mujer".
Por eso, yo siempre elegí cuidadosamente mi repertorio. El tango también puede ser contestatario. El tema es qué les permitían cantar los empresarios de la época a Rosita Quiroga o Sofía Bozán. De todas maneras, mi mamá cantaba tangos en casa: mi primera reivindicación es para ella. El tango no está hecho solamente por y para hombres: hay que rescatar a muchos y muchas intérpretes olvidados. En otro plano, el tango me salvó: me permitió estar unida a mi gente cuando me expulsaron del país, en el 75, cuando hacía Dale nomás, y me permitió abrirme camino en Europa.

Hablamos de tu cumpleaños: es el día de Navidad. Sé que eso es traumático para vos...
Es una experiencia dolorosa. Una tiene una competencia feroz (ríe). Y recibe un regalo en vez de dos. Recuerdo las reuniones familiares: entre los festejos de Nochebuena y Navidad, quién se iba a acordar de esa muchachita a la que hubiera sido bueno hacerle una torta de cumpleaños. Pasaron años hasta que pude tener una torta de cumpleaños. Me acostumbré a festejar por las mías.

También te resultó difícil construir tu identidad. Tus padres esperaban un varón y, además, el nombre te lo eligió una enfermera y tu padre no estuvo después de acuerdo, ¿no?
Sí. Mi mamá, una gran persona, que sostuvo y respaldó a mis hijos en mi ausencia, evidentemente creía que mi viejo quería un varón. Cuando se conocieron ella era una chica joven y él, un viajante de comercio, viudo, que ya tenía cuatro hijos varones. Creo que mi papá iba a sentir una gran alegría al saber que tendría su primera hija. Pero mamá, andá a saber por qué, no pensaba eso: planeaba llamarme Guillermo; menos mal que no me puso Guillermina.

Cuando naciste tu papá no estaba. Fue la enfermera la que eligió Susana.
Le dijo a mi vieja: "¿Por qué no la llama Susana Natividad? Y así fui anotada. Pero mi papá, después, quiso que me llamara Inés, el nombre de su madre. Y así me llamaron durante nueve años, hasta que nació mi hermana, a la que le pusieron Inés. Un tío me siguió llamando así incluso después. Increíble. Quiero aclarar que mi mamá siempre me adoró, me sostuvo; respetó mis decisiones. En cambio, si mi padre no hubiera muerto joven, dificílmente yo habría sido artista.

¿Por qué? ¿Era autoritario?
No. Era muy tierno; recuerdo su calidez, su mano acariciándome la cara. Pero pertenecía a una familia rigurosa, con conceptos demasiado cerrados respecto al valor que la sociedad le daba a la mujer. Tenía un extremo cuidado conmigo, pero no un rigor excesivo.

Volvamos a la música. ¿Te gustaría hacer algún espectáculo con Osvaldo Piro, tu ex marido?
Sí. Es una asignatura pendiente que a lo mejor tenemos con el público. En los años 70 fuimos dos grandes provocadores y ganadores, cada uno en lo suyo. Yo no tendría inconvenientes; habría que preguntarle al maestro. Los dos somos muy fuertes en escena; a lo mejor él piensa que el bandoneón es un instrumento avasallante y cadenero, y que a mí me costaría ceder palmo. No es así: sólo se trataría de compartir...

Hace muchos años te preguntaron por el matrimonio y contestaste: "Una empieza siendo esposa y termina siendo madre de su marido".
Y eso no me gusta nada. Tampoco les gusta a los hombres: por eso son tan reacios al casamiento. Hay algo en la mujer, a nivel inconsciente, que la hace pasar del lugar de la amante, de la compañera, al de madre. ¿Qué tenés? ¿Qué te pasa?: debe de ser absolutamente insoportable para el hombre. Cuando la mujer se acostumbra a lavar calzoncillos y no puede decirle al marido ¿Por qué no vamos a tomar algo afuera? Llevame a pasear... Hay un tango que dice "Dame la mano y vamos ya".

Me sorprende lo que decís siendo feminista. Esperaba que me dijeras que el hombre obliga a la mujer a comportarse maternalmente...
¿Sabés que no? Yo defiendo los derechos de la mujer exigiendo igualdad de posibilidades. Critico a los hombres que usan su poder para discriminar. Yo tengo un hijo (Alfredo) y una hija (Ligia); ambos son artistas, pero no tienen las mismas oportunidades. El poder, el de la Iglesia, el político, ha determinado que la mujer es un costado menor del hombre, una costilla, y que lo seguirá siendo. Cuando estaba haciendo el juicio de divorcio y tenencia de los chicos, un juez me dijo que yo sostenía cosas "inconvenientes". ¿Por qué? "Por los prejuicios", me contestó. Un juez no debería hablar nunca desde el pre—juicio, no debería juzgar de antemano.

¿Tuviste, más allá de este juez, muchos problemas con los "pre—juicios"?
Sí, de todo color y forma. En todos los ámbitos. Decís que sos defensora de los derechos de la mujer y automáticamente pasás a ser lesbiana. A veces ambas cuestiones van juntas y a veces no. No siempre las lesbianas defienden los derechos de la mujer. Hay que analizar, pensar; no dejarse llevar por antipatías ni confabularse contra alguien de una manera grotesca.

De todas formas, ser lesbiana no tiene absolutamente nada de malo.
Claro que no. Pero el rotular, cuando tenés hijos y se están formando... Hay que procurar que el discernimiento diario de tus hijos no se vea de pronto interrumpido por facturas que te pasan por ser una persona pública.

¿Pensás que a tus hijos les pasaron facturas por enconos contra vos?
Estoy totalmente segura. Una vez Ligia contestó algo que me hizo adorarla. Yo estaba viviendo en París y un periodista le preguntó: ¿Con quién vive tu mamá? ¿Vive sola? Ligia, que nunca habló sobre eso conmigo, le dijo: "Qué increíble que te interese saberlo. Vos, en realidad, me estás queriendo preguntar si mi mamá es lesbiana. Y nunca me vas a preguntar si mi papá es puto". Me sentí maravillada por tener una hija que contestara así. Por otra parte, una tiene que mantener sus principios, su moral, su ética y obviar todo tipo de palabras dichas a destiempo. Respetando, sin miedo y sin intolerancia, a los que piensan distinto: lo que hablábamos al comienzo de la nota.

Miguel Frías Diario Clarin / Argentina / 2005

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