sábado 11 de julio de 2009

Vita y Virginia


Eran dos perritas. A una le habíamos puesto Vita y a la otra Virginia, aunque sabíamos que Vita era llamada Alicia por sus dueños, que eran los almaceneros del piso de abajo. Habían encontrado a Vita en la calle junto a Virginia y la habían adoptado sin preocuparse por la otra. Pronto supimos que Virginia no había tomado a bien la nueva situación y cada día iba a buscar a Vita para correr juntas por la cuadra o cruzarse a la plaza para jugar. Los almaceneros parecían no tener registro de nada, no había forma de que interpretaran las acciones de las perras como gestos de amor. En primer lugar porque se trataba de dos animales, y en segundo lugar (o tal vez el orden fuese inverso) porque eran dos perras. Una noche, mi sueño fue interrumpido por un llanto interminable. Con pantuflas y en pijama bajé las escaleras del edificio hasta el segundo piso (yo vivía en el tercero), y vi a Virginia aullando ante la puerta de los almaceneros. Al día siguiente, me contó el portero que había visto a Virginia dormida ante la puerta de su amiga, acurrucada y con la cabeza hundida entre sus patas. Tanta fue la pasión de Virginia por Vita que se las fue arreglando para infiltrarse en el edificio muchas otras veces. Tuvo que echar luz sobre esto una vecina de casi ochenta años de edad, un poco autoritaria y brutal que espetó en la cara de los almaceneros cuando fue a comprar fiambre: “Pero estas dos están enamoradas”. Ellos (que funcionaban como una única voz a pesar de ser tres, madre, padre e hijo, y a veces incluso cuatro, esposa del hijo) no supieron qué hacer con las palabras dichas por la anciana y exclamaron al unísono: “¡Pero si son dos perras!”. Ante esta respuesta, la anciana hizo una segunda observación, con tono sentencioso: “Pero estas dos son perras lesbianas”. Todos nos quedamos mudos. La nuera dijo por fin, con tono culpógeno: “Pero no podemos adoptar a las dos, ya bastante que adoptamos a Alicia”. A mí me pareció criminal; intervine: “Tal vez sería mejor que liberasen a Vita”. El hijo exclamó: “Pero nos gusta mucho Vita, ¿no mamá? –y dijo aún–. Ya se van a acostumbrar... además, son perros, no Hombres” (esto ya me pareció dramático). “¡No son perros –exclamé con tono angustiado–, son perras!” En ese momento, todos miramos por la ventana y vimos como Vita y Virginia jugaban con unas ramitas. La anciana volvió a intervenir. “Yo creo igual que la chica –dijo por mí–. Suéltenla a Vita para que sean felices juntas.” Yo levanté el rostro hacia la anciana. Los almaceneros también. Todos nos miramos en silencio. Sucedió finalmente que después de un rato a los almaceneros no les pareció sensato el consejo de la anciana ni las sospechas de lesbianismo de su perra, así que no soltaron nada a Vita y la siguieron guardando bajo llave. Virginia siguió ingresando cada noche por algún escondrijo del edificio y hasta donde yo supe continuó pasando cada noche, dormida o aullando, a la puerta de su amada.

Mariana Docampo
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Cabecita loca


En su primera novela, La Virgen Cabeza, Gabriela Cabezón Cámara relata la historia de amor entre Qüity, una cronista de policiales, y Cleopatra, una travesti que se comunica con la Virgen. Aquí relata cómo planeó la escritura de este viaje desorbitado por fuera de lo normal y lo esperable.

En tu novela presentás una familia muy funcional, llena de amor... y también bastante atípica...

—Bueno, muchas familias como la de mi novela, formadas por mujeres biológicas y travestis, no hay. En este caso la familia no se constituye por un mandato sino por puro amor. Una chica heterosexual del conurbano que como única meta atina a casarse no está bueno, pero que a estos personajes, a quienes ni siquiera se les ocurrió que les pudiera suceder, de golpe les pase, lo deseen... eso es lindo, ¿no? El hijito, Kevin, con quien arman esta familia, no tiene lazo de sangre con sus madres. El gancho afectivo no tiene por qué estar determinado por la sangre, ni por el matrimonio heterosexual, como lo demuestran todas las personas del colectivo Glttbi que han adoptado hijos.

¿Qué implica contar una historia de amor entre una travesti y una lesbiana?

—Implica una declaración sobre la elección: no hay ningún mandato de cómo deben ser las sexualidades. Así como las mujeres no estamos obligadas a coger con hombres, las travestis tampoco. Me parece que todos podemos hacer lo que se nos dé la gana y que el abanico de posibilidades es muy amplio, incluso más de lo que tradicionalmente se reclama en el movimiento Glttbi, porque no hay ningún reclamo de parte de una pareja formada entre travestis y travestis lesbianas (que si bien sabemos de pocos casos, seguramente debe haber muchos más). Implica, entonces, desarmar una vez más la heteronormatividad.

Hay una escena muy impresionante: irrumpe en la autopista una chica a la que han prendido fuego y Qüity, la protagonista, decide una espontánea “eutanasia”. Toda la novela parece construida alrededor de cómo dar alivio al sufrimiento de los otros. ¿Eso te preocupa mucho?

—Es que el sufrimiento de los otros también es propio, si no, estás muy alienada. El caso particular de las mujeres esclavizadas en función de la prostitución me preocupa. Y que el Estado y la mayor parte de los organismos de derechos humanos no hagan nada es tremendo. En la novela, el personaje se va a vivir a una villa, donde hay lazos comunitarios y eso es necesario para la vida.

¿Hay una visión idealizada de la villa?

—La protagonista se ve completamente seducida por esos lazos y esa alegría de vivir sin miedo y confiando en el otro más inmediato. Más o menos tranquila, dentro de ciertos parámetros, claro. Pero es un personaje que no pierde conciencia de que si esa masa de excluidos se sustrae a su lugar en el funcionamiento de la economía del conurbano bonaerense, algo les va a pasar. Porque si los pibes chorros no roban, ocurren dos cosas: una es que las agencias de seguridad tienen menos trabajo y otra es que cuando la policía libera zonas lo hace para que roben estos chicos y me permito inferir, entonces, que alguna ganancia obtiene y la perdería. Los dealers también se ven perjudicados si los chicos dejan de consumir drogas. Y todos hacen menos caja si los excluidos se corren del lugar que ocupan en ese engranaje. La protagonista no pierde de vista que algo puede pasar. Ningún personaje lo ignora, salvo Cleopatra, la travesti, que tiene fe religiosa y cree que Dios la va a ayudar. Porque ella no tiene en cuenta que un dios que deja que torturen a su propio hijo no es un personaje para confiar mucho.

¿Qué lugar ocupa la Virgen en esta especie de religión casera que vas construyendo?

—La Virgen es un personaje muy lateral en la historia evangélica y en la historia bíblica. La Iglesia le empezó a rendir culto oficialmente unos siglos después de constituirse como tal. No forma parte de la Santísima Trinidad, no es Dios, sino un objeto suyo: su incubadora. No tiene voz, no dice nada en todos los evangelios, excepto alguna huevada, como el momento en que le pide a Cristo que les dé bola a ella y a sus otros hijos y él le responde que todos son sus hermanos en Dios, y prácticamente la ignora. Es una mujer sin voz en la historia de los Evangelios, y me parece que una mujer sin voz es una oprimida, y sin duda tiene que estar del lado de los oprimidos. Claro que la Virgen legitimada por la Iglesia es otra, es esposa y madre, es lo que para ellos debiera ser una mujer y por supuesto salta para defender a sus maridos: Dios, el Papa, el Espíritu Santo.

Paradójicamente, parecería que hay correspondencia entre la liturgia y el travestismo...

—¡La escena religiosa es tan barroca! ¿Viste los obispos cómo se visten? Como un arbolito de Navidad. Son locas con tradición y prosapia. Y yo no vi ninguna loca que saliera a la calle vestida como un obispo, con esos sombreritos bordados y esos chales dorados y violetas. El ejército también es así. No digo que las travestis tengan que ver con la Iglesia o los milicos, para nada, sino que lo que en una travesti está mal visto en un coronel, disfrazadísimo con sus medallitas y sus botitas lustradas y caminando de una manera tan pautada como una modela en una pasarela, es aceptado. Todo depende de quién lo haga. Los Cristos esos de las iglesias mexicanas, por ejemplo, que tienen pelucas y usan unos taparrabos bordadísimos de colores, son travestis. Los mexicanos tienen una afición al travestismo. Esa escultura que llaman El ángel es doradísima y tiene un par de tetas bastante grandes para ser un ángel: es una Niké (una Victoria griega).

La mezcla de culturas en tu novela, ¿puede pensarse también como una apuesta queer?

—Sí. La diferencia entre la alta y la baja cultura está disuelta. Esto puede considerarse como una apuesta de lo que una quisiera que sucediera con las identidades en la sociedad. Que se mezcle la travesti con el presidente de la nación, no en una relación prostibularia sino en una igualitaria, en un ámbito público, por ejemplo. Que cada uno se mezcle con lo que le dé las ganas de mezclarse.

¿Ves muy lejos ese momento?

—Sí y no, porque de hecho cada uno se mezcla con lo que se le da la gana de mezclarse, pero sigue habiendo un sistema de jerarquía muy marcado. Si bien hubo ciertas conquistas, como el caso de Loana trabajando en dependencias oficiales o logrando que se le reconozcan los nombres a las travestis, yo nunca vi a Cristina Kirchner, ni a su marido, en una reunión con una de ellas y mucho menos vería a todo el arco opositor en ese contexto. Imaginátela a Gabriela Michetti, que es tan católica. Es impensable. Para esa gente sí existen jerarquías, que de hecho las hay, claro, pero para ellos eso es algo que está bien. Ellos piensan que es así el mundo, que están arriba y que nosotros estamos todos abajo en diferentes escalones.

¿En qué lo ves, por ejemplo?

—No veo que se incluya a las travestis en los discursos oficiales como sujetos sociales con derechos que les deben ser garantizados. Estamos hablando que sí o no al matrimonio homosexual, eso también da cuenta de que nosotros tampoco estamos reconocidos como sujetos sociales. En un momento de elecciones me resulta muy curioso, y abominable, que no se hable de los excluidos de este sistema, que no haya propuestas de cómo incluirlos. ¿Qué pasa, vamos a seguir así?

El mundo que se crea en la novela hace pensar en un sistema igualitario donde, a la par que se acentúan, se disuelven las identidades...

—Sí, a la hora de organizar la villa, los personajes de la novela eligen rasgos nacionales, profesionales o de identidad sexual para agruparse en comisiones. Se reconocen por esas pequeñas diferencias dentro de la pertenencia general. En el caso de Cleopatra, que es claramente una travesti que ejerció la prostitución, que es pobre, que fue muy castigada por su padre, cuando se erige en líder ya no le importa a nadie que sea o no travesti. No es su rasgo principal. ¿Qué tiene del travestismo? La gracia, el humor, algunos gustos por determinada clase de ropa, pero lo preponderante en ella es que es una líder villera. No necesita decir “soy travesti”. Y no sólo es travesti sino también madre de familia. No padece discriminación, así que no tiene por qué defender su identidad sexual.

¿Cómo ves la cuestión de la visibilidad lésbica?

—Para mí tiene dos vectores. Uno es qué espacios nos dan los medios y el otro, qué hacemos nosotras. En los medios, de golpe, se copan y te dan espacios, pero qué hacemos nosotras es una cuestión política más interesante. Yo siento como una responsabilidad hacer visible mi lesbianismo. Una responsabilidad hacia las más jóvenes y hacia las que pueden estar viviendo en contextos muy duros en los que ser lesbiana es algo dificilísimo y tremendo, o hacia las que ocupan puestos de trabajos de las que pueden ser echadas por ser lesbianas. Para toda esta gente es bueno que socialmente se vaya instalando el hecho de que fulana de tal que hace tal cosa es lesbiana y fulana también... Y me parece que es lo mínimo que podemos hacer, con el trabajo que nos ha costado a todas. Y yo insisto: es una responsabilidad hacerlo y está bueno.

Paula Jiménez
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lunes 29 de junio de 2009

El malestar en la cultura mediática


Su talento artístico radial es algo indiscutible: suerte de Niní Marshall de la era del zapping, Fernando Peña logró remixar el espíritu de una época a través de la gimnasia de sus cuerdas vocales privilegiadas que sintonizaban a una batería de personajes y, como un pelotón de marionetas sin ataduras, esas criaturas orales se trenzaban al unísono en el dial, encimando ideologías antagónicas, en discusiones que trepaban picos de delirio improbable, inimaginable, en una suerte de comedia costumbrista desfigurada hasta el grotesco, pero sin perder la carnadura de caricatura adorable. De esta manera, la radio encontró en Peña su revés, de esos que tiraban la pelotita fuera de la cancha de lo esperable. Así, su alto rango de personajes (el cheto canchero, la torta frontal y varonera, el puto frívolo y sensible, el mexicano iracundo, la travesti cándida, la doña represora, el cura hipócrita, el politicastro corrupto, el tachero tanguero nostálgico, la cubana soñadora, el villero de ternura infantil, etc.) eran ya no muchas caras de una misma moneda sino monedas únicas que no encontraban cambio ni cotización en ningún mercado: eran impagables. Esa garganta era una caterva de otros yo que, lejos de la corrección política, era un crisol argento que reflejaba en sus discursos cruzados las contradicciones culturales contemporáneas. En ese rubro, sin duda, Peña habrá sido único, irremplazable.

Ahora bien, a fines de los ’90, luego de tener el reconocimiento popular y de sus pares gracias a su talento radial, Peña se fue convirtiendo en la figura local más megalómana del nuevo milenio: su voracidad lo llevó a saltar de la radio al teatro, a la TV, a editar libros, CDs, videos, a convertirse en el hombre orquesta que su voz le dictó como camino. Fue actor, director y autor teatral, fue escritor y, sobre todo, fue puto mediático: genio y figurita repetida del álbum de todo talk show. Y como mediático protagonizó su propio reality show transversal, género dilecto que mostró su auge y su agonía en este nuevo siglo de ubicuo ojo digital. Y si ese género trajo nuevas formas de visibilidad, en el caso de Peña se podría celebrar una saludable subversión de la frontera que el buen gusto pacato marca entre lo privado y lo público a través de la exhibición de su libertad sexual, su situación clínica, sus adicciones. Es verdad que aún pocxs son lxs valientes que salen de los closets impuestos, pero, ¿la forma en que Peña lo hizo estaba marcada por una agenda propia o era un mero efecto de la lógica reaccionaria habitual con que los medios funcionan mayormente? ¿Fue un transgresor o una encarnación funcional de las instituciones de su época? Además, Peña obligó a otras personas a salir del closet, en un autoritario gesto de visibilización forzosa, como si todxs estuviesen obligadxs a vivir su realidad dentro del vigilante y claustrofóbico reality que los medios tenían en su agenda.

Sí, claro, se puede celebrar su valentía de enfrentar ciertos tópicos, pero tal vez sea cuestionable su tendencia a la espectacularización: Peña necesitaba exagerar sus vivencias para convertirlas en una imagen amplificada de su propia experiencia, en un psicodrama a la moda, vistiendo de hipérbole sus sentimientos como si sólo se pudiesen expresar como un titular de prensa amarilla (y ahí otro discurso de época se lo devoraba: cuando la noticia mediática se vuelve mero espectáculo es cuando el sensacionalismo se apropia de todo matiz para que la ficción como trampa emerja sin problema en el discurso). Y, en el colmo de esa fiebre amarilla, Peña convirtió en show hasta su propia muerte, “sacando a bailar” a la parca, en una repetida puesta en escena de danzas macabras que se parecían bastante al gesto suicida. ¿Dónde empieza la personal elección de vida y de muerte, y dónde la idea de sacrificar el cuerpo para ser una noticia, un artista reconocido, un personaje célebre? Así, de un programa basura a otro, Peña se definió como el “puto sufrido”, autoenmarcándose en el arquetipo de loca melodramática, de la loca resentida y mala, que aunque después devino “puto lindo” (frase con que la gente lo vitoreaba en el velorio), la idea siempre pareció ser la de construirse como personaje estilizado, de asimilarse en la ficción de los medios como un slogan, sin ninguna intención de abrirse a una discusión política y social de la identidad, más bien, por el contrario, trascender cerrado en su propia teatralidad. Y ahí estaba una de las contradicciones mayores de Peña: mientras su idea era desdramatizar los conflictos esenciales de la subsistencia, su performance se convertía en drama mediático y en el típico ritual del mártir sacrificado por acceder a la celebridad contemporánea. Contradicción que se siguió en otras, como la de denunciar sabiamente la discriminación de las personas viviendo con VIH por la política inmigratoria de EE.UU., pero, al mismo tiempo, pregonar como valentía la irresponsabilidad del sexo sin protección.

¿Es hora de evaluar estas cosas? Creo que la necrológica acrítica de adjetivos positivos calcados, de loas insípidas, sigue haciendo el juego de la hipérbole y tapa a una figura que tuvo su complejidad, sus contradicciones, que trató de enfrentar a la realidad actual, pero que también fue pisoteada por ella. No hay recuerdo de un Peña sincero sin que aparezcan estos malestares.

Diego Trerotola
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La cumbia de tu hermana


Llegué a Niceto ya un poco pasaditx de cerveza, así que para que no se notara lo primero que hice fue echarme en la barra y seguir empinando el codo hasta que se largaran las Kumbia Queers, total al ritmo incontenible de “Kumbia zombie” o “Chica de calendario” todos los gatos son curdas. Pero antes tuve que pasar una prueba de fuego porque lo que yo esperaba como un festival de tortas fritas comenzó siendo un remate de chongos. “Es por fantasmas”, me dijo una voz que no supe identificar. ¿Veo fantasmas? No. Había largado primero Fantasma y atrás, en una pantalla gigante, pasaban un video con una señorita en bolas, perfecto telón para el estribillo que dice: “Yo la cumbia la bailo con tu hermana”. Estaba por irme (tras un chongo) cuando veo pasar a la siempre linda de Pilar (She Devils), campera aleopardada que no me impidió llegar a sus costillas y hacerle cosquillitas. Se dio vuelta, me abrazó, y con su voz gruesa me dijo: “¡Cuánto hace que no te veo, Lux!”. “Es la primera vez que vengo a un show en vivo de ustedes”, le conté todx feliz y ella me respondió: “Te estás poniendo anticuadx, che. ¡Hace dos años que tocamos con las Kumbia!”. “Anticuadx jamás, añejadx sí”, le respondí evitando un hipo que me provocó no tanto el alcohol sino la juventud circundante donde la menos pendeja tenía una mini que le terminaba a la altura de la ingle y unas patitas flaquitas y movedizas que parecían de Popotitos. Claro que si yo le digo “¿Qué hacés Popotitos?”, la chica va a pensar que salió una droga nueva...

En eso se produjo un acto de magia. Fue terminar Fantasma y subir las Kumbia para que el público oficiara un acto de transformismo sin necesidad de quirófano ni teorías queer. Los chongos se hicieron amazonas de toda laya. De la alegría me pedí un vodka y me lo tragué de un sorba el griego. Se ve que me pegó al toque porque yo, que no soy de comprar boludeces, fui a un puestito que había ahí y adquirí una calcomanía que decía: “I love KQ”, que todavía no sé dónde pegar. Como zombie cumbiancherx, me mezclé con la muchedumbre lo más cerca del escenario que mis empujones me permitieron. Ahí la vi a mi amiga Jorgelina, con quien empezamos a movernos como si fuéramos parte de un ballet cumbianchero descoordinado y ahí la verdad es que la fiesta empezó a no parar nunca. Nos acercamos un poco más a la banda y me quedé impresionadx con la altura y la energía de Juana Chang, que es la diosa del charango y que es una topadora, te digo la verdad. Nos es que Pili, Patricia o la Guagua no lo sean, lo son, pero la Chang es un animal que seguro nació bajo un signo de fuego o como yo, con un cohete en el culo. Y además me hizo mucha risa acordarme de que una vez le dijo a uno que era mejor llamarse “Queers” que “Queens”. Y tenés mucha razón Juana, te lo digo desde acá, pero igual sos una reina, vos y tus compañeras. Porque se merece un título nobiliario cualquiera capaz de hacer bailar a la gente como lo hacen ustedes, son las reinas de la cumbia y las reinas de las queers y las reinas del caño y de la cerveza y de la diversión desatada que me entró en el cuerpo como un torbellino. No se imaginan cuando empezó a sonar “La isla con chikas”, una versión muy ellas de “La isla bonita”. Ahí sí que bailamos como locxs y lo único que me acuerdo es de que cerca había una chica que era un bombón y que empecé a mirar de vez en cuando hasta que, lamentablemente, la perdí de vista. Haría un identikit para volver a encontrarla, pagaría una recompensa. Pero así es la cosa y la perdí porque vida es movimiento. Movimiento con los brazos para arriba, como empujando el aire, como si al humo del caño lo soplara el corazón.

LUX VA
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Loca como tu madre


Una mágica e histórica combinación hizo de Esperando la carroza esta película memorable que casi todxs hemos visto al menos dos veces y seríamos capaces de volver a ver. Otra serie de combinaciones, sobre todo el catálogo de locas que presenta sin pausa, la han convertido en objeto de culto de la cultura gay. Que en estos días haya muerto Alejandro Doria es una buena ocasión para recordar su mejor película.

MAS ALLA DEL AUTOR
En un libro clásico de crítica cinematográfica, Pauline Kael razonaba que una película memorable, por la misma lógica del cine, lo es por el encuentro (en el lugar y en el momento adecuados) de un conjunto de singularidades que, por sí mismas, jamás hubieran conseguido el mismo efecto. El ejemplo que utilizaba para una semejante descalificación del “cine de autor” era un poco injusto, porque Orson Welles, además de Citizen Kane (1941), fue director de otras películas igualmente desmesuradas y gloriosas, y El proceso (1962) es una de ellas.

De todos modos, Kael tiene razón al señalar que el reconocimiento universal a El ciudadano (que repiten ritualmente las nuevas generaciones de espectadores) supone, al mismo tiempo, una reverencia al director, Welles, pero también al guionista, Herman Mankiewicz, a la troupe de actores que dieron vida a los complejos caracteres diseñados por ellos y al conjunto de técnicos que los acompañaron (la cámara, el montaje y el maquillaje siguen siendo insuperables).

Lo mismo podría decirse de Esperando la carroza (1985), la película argentina que, sin proponérselo, hoy ocupa el lugar indiscutido de una de las obras maestras del cine argentino. Sin la fuerza concurrente de Jacobo Langsner (el autor del libro original), Alejandro Doria (el director) y los excepcionales actores que encarnaron a los personajes, Esperando la carroza no seguiría mereciendo nuestra atención.

Que en estos días haya muerto Alejandro Doria es una buena ocasión para recordar su película más exitosa (la más perfecta) entre las muchas que hizo, algunas igualmente buenas (Las manos, 2006) y otras francamente deleznables.

POST-DICTADURA
Estrenada en 1985, Esperando la carroza es estrictamente contemporánea de La historia oficial, la película de Luis Puenzo que ya no puede verse sin deplorar todas y cada una de sus elecciones (formales y temáticas). Las dos, sin embargo, sirven como el encuentro entre una necesidad ética (la explicación de la dictadura como trauma social) y una necesidad estética (cómo contar la supervivencia). Esperando la carroza desdeñó todos los andariveles simbólicos y alegóricos y recuperó una de las herramientas más potentes que la cultura argentina tiene para decirse y para investigarse a sí misma: el grotesco.

La historia es por todos conocida: los Musicardi están en un momento de crisis y discuten la tenencia de Mamá Cora, la anciana madre de cuatro hijos que han tenido suerte económica diversa durante los años de la dictadura. Cuando descubren la ausencia de la anciana, que está cuidando al hijo de una vecina, la creen muerta, organizan el velatorio del cadáver de otra vieja y, finalmente, la ceremonia fúnebre se transforma en una amarga celebración cuando Mamá Cora reaparece sin comprender del todo lo que está pasando. Entre uno y otro pormenor, las recriminaciones, los rencores y las miserias de la “gente corriente” son expuestos con la crudeza que el género permite y reclama. Toda la película gira alrededor de un tema, el cuerpo ausente de la Madre, que parece invertir (y, por lo tanto, abismar en espejo) el gran tema de la política argentina desde el Martín Fierro: la voz de la Madre reclamando por el cuerpo ausente de los hijos.

TEXTO E HISTORIA
Sobre estos asuntos, el guión original de Jacobo Langsner no podía saber nada. La versión primera de Esperando la carroza se estrenó en el ciclo Alta Comedia de Canal 9 durante la década del ’70 (China Zorrilla, Pepe Soriano, Raúl Rossi, Dora Baret, Alberto Argibay, Alicia Berdaxagar, Lita Soriano y Marta Gam fueron sus intérpretes; Hedy Crilla era una fantasmática Mamá Cora).

A partir del mismo núcleo narrativo, Alejandro Doria reformuló algunos personajes y situaciones (multiplicando, sobre todo, las apariciones de Mamá Cora, que en un principio iba a ser desempeñado por Niní Marshall y que terminó haciendo Antonio Gasalla). Antonio y Nora Musicardi son los “nuevos ricos” que han triunfado sobre los demás gracias a los “contactos” de Antonio con los sectores más repugnantes de la dictadura. Beneficiarios de la “plata dulce”, son los personajes que pudiendo resolver las dificultades de los suyos, deciden darles la espalda: el pasado político divide a la familia (algunos de cuyos miembros han abrazado la psicosis más espeluznante) y funciona como una herida que supura.

El elenco convocado: China Zorrilla, Luis Brandoni, Betiana Blum, Julio de Grazia, Juan Manuel Tenuta, Enrique Pinti, Cecilia Rossetto, Darío Grandinetti, Mónica Villa y Lidia Catalano. La televisión y el teatro no podían dar un ramillete de nombres más adecuados a esos roles. A pesar de los trabajos previos y posteriores, es probable que ningún actor se haya destacado tanto en su papel como en esta película: Mónica Villa y Lidia Catalano, que venían del teatro off, donde habían hecho notables caracterizaciones, son tal vez el ejemplo de un brillo irrepetible y decisivo para la comprensión del efecto de Esperando la carroza. Lo mismo podría decirse de la verborragia indetenible de China Zorrilla o de la grasada despectiva de Betiana Blum.

MUJERES AL BORDE
Entre los más curiosos efectos de Esperando la carroza hay que mencionar su carácter de culto entre los sectores que defienden y patrocinan todas y cualquier forma de disidencia sexual. No se trata sólo del hecho de que el personaje clave de la película esté desempeñado por un notorio transformista (después de todo, Pepe Soriano había hecho lo mismo en La nona en 1979). No se trata tampoco de la intencionalidad del director o del guionista, sino seguramente de algo que, una vez más, supone el encuentro en un mismo punto del tiempo y del espacio de fuerzas que vienen de lugares diferentes: una coagulación, o un chisporroteo como consecuencia de algún choque.

Se trata, tal vez, del carácter desmesurado de las feminidades en pugna. Si Mujeres al borde de un ataque de nervios de Almodóvar no fuera posterior en el tiempo, podría suponerse que Esperando la carroza la homenajea o la copia. Afortunadamente no es así.

El catálogo de locas propuesto por Doria a partir de la pieza de Langsner parece hecho para desatar todos los procesos de identificación: ¿a vos, cuál clase de mujer te habita? Está la atorranta de enfrente (la Rossetto), el ama de casa desesperada (Villa), la borderline (Catalano), la ninfómana (Blum), la intrigante (Zorrilla), la díscola descerebrada (Tenuta) y, finalmente, la vieja ida (Gasalla) y la extranjera (la húngara muerta).

¿No hay, en esas posiciones a lo largo de una serie fluctuante, algo que va marcando cortes en lo que se refiere a la identidad (imposible) del género y que, al mismo tiempo, señala la desaforada irrupción de la sexualidad o de su necesaria suspensión (que no es censura)?

¿No se juega en los excesos de caracterización (el habla interminable de una, los implícitos envenenados de otra, los desesperanzados gritos de aquélla, el balbuceo pre o post-humano de esta otra) y en los comportamientos siempre al límite de lo posible algo del orden de la construcción de lo femenino y, por lo tanto, de su mera función como forma límite de un devenir-mujer, de un hacerse mujer (de clase tal o cual)? ¿No es esa relación intensa de la mujer con el cuerpo ausente, en lo que la película de Doria insiste una y otra vez, por donde empieza una (cualquiera, o a lo mejor la única posible) política de la loca?

Alejandro Doria nació el 1º de noviembre de 1936 en Buenos Aires, donde murió el 17 de junio pasado, víctima de una neumonía. Desde finales de la década del ’60 hizo televisión (El avaro de Molière, intervenciones en Alta comedia, Papá corazón, Pobre diabla, El Rafa). Algunas de sus películas: La isla (1979), Los pasajeros del jardín (1982), Darse cuenta (1984), Cien veces no debo (1990). A esta última le impuso el mismo brillante ritmo narrativo que a Esperando la carroza, pero sin los mismos resultados (ni el casting ni el libro lo ayudaron). En 2009 se estrenó Esperando la carroza 2: se acabó la fiesta, con guión de Jacobo Langsner, dirección de Gabriel Condrón y un elenco parcialmente idéntico al de la primera parte: una resurrección penosa que subraya la imposibilidad de ser si no es junto con los otros, y las horrendas consecuencias de los pleitos judiciales entablados sucesivamente entre las partes.

Sin autor
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sábado 27 de junio de 2009

La lucha continúa


En estos 40 años transcurridos desde la revuelta de Stonewall, la efeméride que marca la explosión del orgullo y la disidencia, la militancia argentina ha forjado algunos nombres ilustres, ha marcado sus hitos y sus logros, dio cabida a agrupaciones diversas, luchas internas, discusiones que aún no cesan y a una agenda con vida propia. Los activistas que hoy lideran el rumbo de la militancia lgbtti en nuestro país analizan aquí cómo fue, cómo es y cómo sigue la lucha.

En 1967, en la casilla de un guardabarreras de la localidad bonaerense de Gerli, un grupo de homosexuales (la mayoría trabajadores postales, con experiencia sindical y política) se juntaba a debatir cómo crear un “estado de conciencia” sobre las condiciones de opresión en que vivían los gays de esa época. Nuestro Mundo, así se llamaba el grupo, fue el primer intento político de este tipo que hubo en la Argentina y, en homenaje a su fundación, la Marcha del Orgullo se celebra el primer sábado de noviembre. Pero lo de Nuestro Mundo fue un intento tímido, clandestino y de escasas consecuencias. Recién en 1971, con la vinculación de algunos de sus miembros con intelectuales como Juan José Hernández, se creó el Frente de Liberación Homosexual (FLH), agrupación pionera de la militancia que se propuso denunciar la homofobia social a través de publicaciones como Somos y Homosexuales, articulando de manera más o menos conflictiva el ímpetu intelectual de gente como Juan José Sebreli y Blas Matamoro con espíritus revolucionarios como el de Néstor Perlongher. Coqueteos con el peronismo de izquierda (con quien sólo tendrán un diálogo de sordos), pintadas callejeras y panfletos con consignas como “El machismo es el fascismo de entrecasa”, y hasta la postulación utópica de Perlongher de que la revolución sexual sería incompleta hasta tanto “los heterosexuales no socializaran su culo”, alejaban en aquel entonces al FLH de las políticas del movimiento gay-lésbico norteamericano y de sus aggiornados reclamos: el fin de toda forma de discriminación, el reconocimiento legal de las uniones y derecho a la adopción, entre otros.

La dictadura constituye el acta de defunción del FLH y sus años de plomo son un verdadero páramo para esta clase de activismo. Recién con la vuelta de la democracia emerge otro tipo de discurso, ya no preocupado en utopías de liberación sexual sino en llevar adelante un coming out social que los gays argentinos aún no habían realizado. Carlos Jáuregui y su militancia desde la Comunidad Homosexual Argentina (CHA), fundada el 16 de abril de 1984, se propone, en un principio, luchar por la derogación de los edictos policiales, al tiempo que brega por visibilidad y derechos civiles dejando en claro que el nuevo modelo gay, tan preocupado por la virilidad, no dejaba lugar con mariconeos. Una prédica a la que luego se sumarán las lesbianas y, a mediados de la década del ’90, la comunidad travesti y transexual, quedando así sellado el arco lgttbi tal y como lo conocemos hoy en día.

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En las notas que siguen se pretende dar un panorama lo más completo posible de la militancia lgttbi en la Argentina a través de algunos de sus referentes. Sacar cualquier conclusión ahora sería apresurado, pero basta leer en tándem las intervenciones de César Cigliutti (presidente de la CHA) y de María Rachid (presidenta de la Federación Argentina LGBT), las dos agrupaciones de mayor peso en el país, para notar no sólo la existencia de internas sino también la prevalencia que hoy tiene en sus agendas la lucha por derechos que den cabida legal a la existencia de nuevas familias y al respeto de la identidad de género. En este sentido, las opiniones de Lohana Berkins y Marlene Wayar, dos de las activistas trans más importantes, focalizan la problemática de travestis y transexuales en términos de una transfobia que parece no querer ceder, pero también deteniéndose en el delicado equilibrio que suele haber entre la lucha para que las travestis sean incluidas en el mercado laboral y la defensa ante los atropellos que sufren cotidianamente aquellas que se prostituyen. Por otro lado, la agrupación Putos Peronistas de La Matanza subraya la necesidad de devolverle al activismo lgttbi un punto de vista que considere a las clases sociales más desprotegidas, y las lesbianas feministas de Baruyera reclaman formas de organizar la sociedad que no reproduzcan un modelo patriarcal de familia y un contrato matrimonial heterosexual y capitalista.

Rafael Freda, de Sigla, es casi el único que en su intervención hace referencia a la problemática del VIH-sida. Y sobre esto María Rachid reconoce que cada vez hay menos financiamiento (algo en lo que coincide con César Cigliutti), al tiempo que declara que, en el caso de la Federación, “hoy el VIH es un punto más de la agenda y las prioridades están puestas en otros lugares”. Una apreciación que ella justifica diciendo que hay un montón de organizaciones que priorizan el tema, así como también existe un Programa Nacional de Sida y un programa similar en cada provincia, y que a su vez la lleva a preguntarse: “Pero, ¿qué espacio institucional hay y con qué presupuesto para trabajar en pos de que no maten a las travestis en las provincias? ¿Qué presupuesto hay para evitar que se suicide un adolescente en Jujuy porque es gay, o para evitar que persigan y maten a un pibe gay en Salta?”. Signos de que en el cada vez más vasto universo de la diversidad sexual los problemas y sus soluciones son, a su modo, diversos.

Patricio Lennard

A contramano y adelante
La Comunidad Homosexual Argentina que preside César Cigliutti se fundó en 1984.

Cuando hace más de veinte años César Cigliutti tocó las puertas de la CHA para comenzar a militar, no se imaginó que ese hombre histriónico de bigotes y raya al costado que lo recibió en su oficina terminaría siendo su “hermana”. Carlos Jáuregui, de él se trata, había fundado la Comunidad Homosexual Argentina junto a un reducido grupo de activistas en la discoteca Contramano. Y fue su ejemplo de coraje y militancia lo que le marcó a Cigliutti el camino que lo terminaría convirtiendo, años después, en presidente de la organización lgbtti con más historia de la Argentina. “Quizá la enseñanza más importante fue su afán de visibilidad, la necesidad de poner el cuerpo en todo. La visibilidad como condición para luchar por los derechos civiles. Poner la carita, el nombre y el apellido verdaderos, y el número de documento, si la ocasión lo ameritaba. Y estamos hablando de veinticinco años atrás, una época que nada tiene que ver con la de hoy. Cuando caminábamos con Carlos por la calle, había personas que se acercaban a felicitarlo, pero muchos lo puteaban.”

HITOS DE UN LARGO CAMINO
Puesto a revisar los hitos principales en la historia de la CHA, Cigliutti destaca la circunstancia de su formación. “La formación de la CHA es un hito porque se dio en un momento histórico importante, cuando el país salía de años de dictadura y se estaba iniciando una democracia que nosotros pensábamos –medio estúpidamente– que iba a garantizar nuestros derechos y libertades. Eso no sucedió, por supuesto, ya que en aquellos años se siguieron aplicando los edictos policiales, en algunos casos de manera más sistemática. Y fue con el objetivo de trabajar por la derogación de los edictos policiales que la CHA se formó en 1984.”

El segundo hito para él es el otorgamiento de la personería jurídica en mayo de 1992, bajo el gobierno de Carlos Menem, lo que convirtió a la CHA en la primera organización lgbtti en obtener ese reconocimiento luego de una larga batalla legal y política que incluyó, entre otras desavenencias, que la Corte Suprema rechazara el pedido. “Y el tercero, sin duda, es la aprobación de la Ley de Unión Civil en la ciudad de Buenos Aires, en diciembre de 2002. Algo que tuvo trascendencia internacional y que por más que haya quienes relativizan su importancia marca un antes y un después en el activismo lgbtti en la Argentina.”

LA UNION (CIVIL) ¿HACE LA FUERZA?
Confrontando con la Federación Argentina LGBT, que preside María Rachid, Cigliutti defiende la unión civil (“es el primer reconocimiento legal a nuestras parejas en América latina”) y pone algunos reparos al afán de la Federación de validar, por ejemplo, un derecho como la adopción en el marco de una ley de matrimonio. “Por empezar, habría que explicar que la ley de unión civil va mucho más allá de cada una de las palabras que tiene escritas. Si es insuficiente, si hace falta más, eso lo podemos debatir y seguramente vamos a estar de acuerdo en un montón de cosas. Nosotros queremos matrimonio, queremos unión civil, y entendemos los pros y los contras que tiene cada una de estas dos figuras. Ahora, sostener una figura por sobre la otra... Si se trata de sostener una figura jurídica, la CHA ya tiene la unión civil de acá a la China. Por otro lado, sé que el hecho de que se hable de matrimonio entre personas del mismo sexo significa otra cosa. No soy necio, entiendo la diferencia. Pero para mí el derecho fundamental no es el matrimonio, sino la herencia, la adopción, la pensión por fallecimiento... Además habría que modificar más de un artículo de la ley de matrimonio por la incidencia que el Estado tiene en la institución matrimonial. Por ejemplo: el tema de la infidelidad, que no es menor en nuestra comunidad, y que es causal de divorcio según la ley. Que el Estado sea el que reglamenta estas cuestiones no nos parece bien ideológicamente.”

LA DEUDA INTERNA
Cigliutti también es crítico con algunas consignas de la Falgbt. “Hay consignas rimbombantes, que se usaron en España, como la que tiene la Federación Argentina LGBT: ‘Los mismos derechos, con los mismos nombres’. Ante la cual diría: los derechos, todos. Con los mismos nombres, con diferentes nombres, con los nombres que la gente quiera. Lo único absoluto para nosotros es la no discriminación por orientación sexual e identidad de género. De hecho, hay personas que no quieren los mismos derechos; personas que necesitan incluso más derechos, como las travestis, una comunidad marginada, perseguida, criminalizada. ¿Con los mismos nombres? No sé si quiero los mismos nombres. No me parece tan importante. Si ése es el eje del debate del movimiento lgbt en la Argentina, la verdad que estamos en un mal momento en lo que se refiere a la elaboración de pensamiento.”

De algo que se ufana Cigliutti es de la independencia con que la CHA ha trabajado históricamente, y sabe guardar distancia en relación con el Estado. “Nosotros articulamos con el Estado como también articulamos con otros ámbitos. Nunca trabajamos ‘para’. Y cuando nos lo propusieron, dijimos que no. Me parece que sos un mejor referente si trabajás desde tu independencia que si lo hacés para el Estado. Aunque reconozco que este gobierno ha hecho cosas positivas, como el Plan Nacional contra la Discriminación y la pensión por viudez, otorgada el año pasado a través de la Anses y a instancias de Cristina Fernández de Kirchner.”

Independencia que Cigliutti contrasta con los veinticinco años de historia de la CHA, y que le sirve para tomar posición en una interna que no elude. “En el activismo lgbt lo más caníbal es la interna. Me parece que es un tema, para decirlo educadamente, de identidad. O de protagonismo. Si alguien se propone formar otro espacio, otra organización, lo primero que hace es decir: ‘Nosotros no somos la CHA porque tal o cual cosa’. Pero nosotros estamos muy seguros de lo que hacemos, de nuestro discurso, de nuestra trayectoria. La CHA es una organización que tiene veinticinco años y en eso hay una gran diferencia. Me parece que la Federación no está al mismo nivel en un montón de cosas: ni en cuanto a discurso, ni a historia, ni a metodología. Desacuerdos existen y muchos, pero también son lícitos y está bien que existan. No tanto en los enunciados, pero sí en las estrategias, en las políticas. A mí la comparación con la Federación me parece incorrecta. ¿Cuántos años tiene? ¿Tres años? ¿Qué hizo además de haber ido al registro civil a pedir un recurso de amparo para que se legalice el matrimonio? Lo fundamental para nosotros es mantener nuestra independencia.”

Mismos derechos
La Federación Argentina LGBT, que preside María Rachid, se fundó en 2006.

Cuando María Rachid se asumió como lesbiana, en 1996, dio por sentado que eso implicaría luchar por sus derechos. Venía militando en movimientos de mujeres y de derechos humanos, y ese impulso la llevó a vincularse con otras lesbianas activistas que, preocupadas por la situación de mujeres que vivían en la calle por motivos de discriminación, decidieron crear un espacio donde albergarlas: La Fulana. Como presidenta de esa organización, Rachid lideró la creación de la Federación Argentina LGBT, que hoy reúne a treinta y cinco organizaciones de todo el país y que desde junio de 2006 trabaja de manera conjunta con el Inadi. Inspirada en la Federación Española LGBT, la agrupación que preside Rachid —que incluye, entre otras, a la asociación civil Vox de Rosario, a Attta (Asociación Travestis, Transexuales, Transgéneros de la Argentina), a la Fundación Buenos Aires Sida y al grupo Nexo— comenzó a gestarse al calor de la aprobación de la ley de unión civil en la ciudad de Buenos Aires.

“Como La Fulana, nosotras veníamos de trabajar por la ley de unión civil y en el trabajo en la Legislatura sentimos que las organizaciones estábamos muy desarticuladas –explica Rachid–. Eso se sintió sobre todo el día en que se aprobó la ley, cuando éramos La Fulana y la CHA los que perseguíamos a los legisladores hasta el baño para que no se fueran del recinto y no se perdiera el quórum. De hecho, la unión civil se aprobó gracias a los diez legisladores que votaron en contra y permitieron que la sesión se realizara.”

¿EL MATRIMONIO LO ES TODO?
La Federación nació con la convicción de que luchar por el matrimonio entre personas del mismo sexo es un objetivo prioritario. No en vano la propia Rachid y su pareja, Claudia Castro, se presentaron en febrero de 2007 en un registro civil porteño a pedir un turno para casarse que les fue negado y que les dio pie para presentar un recurso de amparo que llegó a la Corte Suprema y este año obligaría al tribunal a pronunciarse al respecto. “El matrimonio es una herramienta, no tanto un objetivo, que nos permite instalar determinados temas en la agenda pública. El matrimonio llama la atención de la prensa y de la gente y nos permite hablar de otras cosas. Si mando una gacetilla de prensa y digo que quiero hablar de la educación de las personas trans, es difícil que venga un periodista a hacernos una nota. Sin embargo, hablar de matrimonio es hablar de igualdad, de diversidad, del respeto al diferente, y eso tiene consecuencias en la vida cotidiana de las personas trans, inclusive.”

Si bien Rachid reconoce que la lucha por el matrimonio en algún punto deja afuera a travestis y transexuales, señala también que “en nuestro concepto, las personas trans no entran dentro de la ley de matrimonio formalmente. Y digo ‘formalmente’ porque nosotros queremos que se respete su identidad de género y puedan cambiar sus datos registrales. Con esto cumplido, las personas trans no necesitarían una ley de matrimonio para parejas del mismo sexo porque ellas no formarían parejas del mismo sexo de ese modo”.

Para Rachid, luchar por una ley de unión civil a nivel nacional es insuficiente. “Nosotras empezamos a trabajar el tema del matrimonio cuando fuimos a un debate en televisión en donde nos hicieron debatir con un cura que nos decía: ‘Yo estoy de acuerdo con que ustedes hereden, con que puedan compartir una pensión, una obra social... La iglesia quiere eso. Pero el matrimonio... El matrimonio es otra cosa’. Entonces entendimos que el matrimonio es un punto neurálgico en la sociedad y que era ahí donde había que pegar porque lo único que hace la unión civil, en última instancia, es reconocer derechos. Desde la Federación acabamos de hacer una encuesta entre todos los candidatos para saber qué opinan sobre temas de diversidad sexual, y tanto Michetti como Prat Gay se mostraron a favor de la unión civil pero no del matrimonio (ver pág. 15). Y por algo la derecha quiere unión civil, ¿no te parece? Entonces, ¿le hacemos el juego a la derecha y le dejamos el matrimonio a la comunidad heterosexual? ¿O luchamos, sin necesidad de descartar la unión civil, que puede ser un instrumento interesante, por el derecho a casarnos y formar una familia?”

EL ESTADO DE LAS COSAS
En cuanto al trabajo que la Federación viene realizando con el Inadi, Rachid sostiene que las organizaciones sociales están para presionar al Estado para que haga lo que tiene que hacer y no para hacer lo que el Estado no hace. “Lo que está pasando ahora es que por primera vez se nos convoca desde el Estado a participar de las políticas públicas de nuestro sector. Algo que no había pasado ni con Menem, ni con De la Rúa ni con Duhalde. Y con esto no quiero decir que este gobierno sea perfecto, sino que es la primera vez que nos pasa, como movimiento social, que el Estado nos pregunta qué hay que hacer y cómo lo hacemos. Hay que aclarar que la Federación nació antes de que María José Lubertino fuera presidenta del Inadi y nuestras reivindicaciones son anteriores a que el Inadi las tomara. Fuimos, las propusimos, las peleamos, y el Inadi tiene prácticamente la agenda de la Federación no porque nos la haya impuesto, sino todo lo contrario.”

LA DEUDA INTERNA
Así, la Federación marca una de las tantas diferencias que tiene con la CHA, organización que según Rachid no prioriza el trabajo articulado. “La CHA tiene un presidente que está hace mucho y la comisión directiva prácticamente no ha cambiado en los últimos años. Además, consideran que no hay que confrontar con la Iglesia y piensan que hay que ir por la unión civil como instrumento jurídico. Si bien la CHA no está en contra del matrimonio y nosotros no estamos en contra de la unión civil, hoy la unión civil tiene consenso en todos los partidos porque nosotros instalamos el matrimonio. Nosotros corrimos el eje del debate hacia el matrimonio, y por este motivo hasta la derecha está pidiendo unión civil, y nosotros no podemos estar ahí obviamente. Yo puedo no querer casarme pero tengo que tener el derecho a hacerlo. Por eso hablamos de ‘los mismos derechos, con los mismos nombres’. Ir por la unión civil era una buena estrategia hace algunos años, pero hoy ya no lo es. No sólo porque se aprobó el matrimonio en España y se corrió el eje del debate, sino porque hay personas importantes del oficialismo, que todavía tiene mayoría en el Congreso, que están a favor de la adopción y el matrimonio.”

¿Y nosotras dónde estamos?
La Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual que preside Lohana Berkins se fundó en 1992.

Cuando tuvo la oportunidad de viajar a Nueva York, Lohana Berkins no pudo evitar ir a visitar el mítico bar Stonewall. Le pareció pintoresco e invocó en sus mesas el espíritu inspirador de Sylvia Rivera, la travesti que la leyenda sitúa a la vanguardia de la revuelta. Pero Lohana dice no haber podido salir de su asombro cuando visitó el Christopher Park, donde hay emplazado un monumento alusivo. “Es una anécdota triste, porque después de ir al Village y conocer el famoso bar donde se habían producido los hechos que en gran medida habían protagonizado travestis y lesbianas butch, fui a esa la placita y vi que había sólo dos monumentos: uno de dos mujeres y otro de dos hombres. ‘¿Y nosotras dónde estamos?’, pegué un grito que hizo que una anciana que pasaba a mi lado me mirara asustada. Ahí entendés por qué se le sigue llamando ‘la marcha gay’ en casi todo el mundo...”

Lohana Berkins es la presidenta de Alitt (Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual), y desde el año pasado dirige la Cooperativa Escuela de Trabajo Textil de Travestis y Transexuales Nadia Echazú, en la localidad de Avellaneda, donde las travestis aprenden a coser y a generar una posibilidad real de trabajo. Militante de la primera hora (fue una de las pioneras en organizar el activismo trans a mediados de la década del ’90), Lohana reniega de que las travestis hayan quedado en gran parte subsumidas en un discurso gay e insiste en delimitar las agendas. “Yo hablo de una agenda travesti. Hoy las travestis se siguen muriendo de sida y siguen siendo encuadradas en el HCH, que es la variable de hombres que tienen sexo con hombres. Los relatos de encarcelamiento siguen sucediendo. Esta mañana intervinimos en una situación de violencia en un hospital público, cuando en la Ciudad de Buenos Aires hay una ley que se sancionó en la Legislatura que dice que debemos ser tratadas con nuestros nombres identitarios en las dependencias del Estado. Yo hago mi recorte. ¿En qué fuimos incluidas? No tenemos que confundir las agendas. No hay que tamizar con una sola mirada toda una comunidad. Que de todas las travestis sólo cinco o seis tengamos un trabajo que no sea la prostitución, equivale al 0,0001 por ciento. Es decir, prácticamente nadie.”

Pero esto no la lleva a abrir un juicio de valor sobre otras organizaciones lgttbi. “El enemigo está afuera. Es la Iglesia, la derecha, los fundamentalismos, las religiones”, puntualiza Berkins. “¡Hay tanto por hacer! Y esto sí lo digo en nombre de toda la comunidad lgttbi: vivimos en un universo de tanta desigualdad que no nos podemos dar el lujo de criticarnos entre nosotros. Me parece una pérdida de tiempo.” En cuanto a la prevalencia del matrimonio en la agenda de algunas agrupaciones, Lohana dice: “Mientras no se despenalicen nuestras identidades, mientras no se deroguen los edictos policiales, mientras no tengamos acceso al empleo, a la salud, a la educación y a la vivienda, no va a ser para nosotras una prioridad. Si para otras organizaciones lo es, bienvenido sea. Pero el matrimonio no está en la agenda trans”.

Polémica y desenfadada, Berkins decidió hace un par de años desligarse de la Marcha del Orgullo (que para ella se había mercantilizado) y organizar, el mismo día, lo que se dio en llamar la “Contramarcha”. “Dejamos de adherir a la Marcha del Orgullo porque sentíamos que hacía falta tener otro espacio y lo tenemos. ¿Cuál es? Si nadie es dueño ni dueña de la marcha. Sentíamos que había cuestiones que debían ser reivindicadas y no coincidíamos con otras reivindicaciones, y así lo decidimos. Pero yo no le impongo nada a nadie y cada quien va y lleva el cartel que se le da la gana. De hecho, así como existió un Stonewall, yo sueño con que haya un día de furia travesti. Hay que mostrarle a esta sociedad toda nuestra irreverencia, toda la furia que tenemos dentro. Aunque más no sea para reivindicar a esas ancestras de Stonewall que nos dieron esa herramienta de lucha tan maravillosa.”

El baruyo feminista
La agrupación Baruyera, que presiden Verónica Marzano y Sonia Gonorazky, existe desde 2007.

Cuando en 1983 el país vivía su clima de elecciones, Verónica Marzano tenía 7 años y su casa era algo así como una unidad básica. Sus padres eran peronistas, y de ellos heredó su ética militante. Verónica estudió trabajo social en un intento por “profesionalizar” aquel sentido de lo colectivo. Pero fue su inmersión en el feminismo lo que dio una directriz y la llevó a fundar junto con Sonia Gonorazky, su pareja, la revista Baruyera, “una tromba lesbiana feminista”.

Marzano define Baruyera como una agrupación de lesbianas feministas, trabajadoras y de izquierda, que se reconocen en una corriente que habla de disidencia sexual en lugar de diversidad, porque la palabra diversidad “borronea los contornos de la opresión y la discriminación”, opina. “Baruyera surge como idea en el Encuentro de Lesbianas Feministas de Chile en febrero de 2007. En ese momento, Sonia y yo decidimos convocar a algunas amigas con las que veníamos trabajando en otros espacios, y hoy somos una mezcla colectiva de acción feminista con un proyecto editorial. Realizamos talleres, acciones callejeras, intervenciones, eventos culturales, y no priorizamos relacionamos solamente con grupos Glttbi.”

Con estos grupos, Marzano dice compartir el diagnóstico que en la mayoría de los casos es parecido: “Los colectivos disidentes sexuales somos oprimidos en un mundo heterosexista”. Aunque para ella hablar de discriminación no es suficiente, puesto que habría que hablar también de exclusión, segregación, disciplinamiento. “Sin duda, las estrategias que nos damos las agrupaciones Glttbi marcan diferencias, porque ahí entra a jugar el proyecto político de cada uno y su ideología. Nosotras vemos que hay dos grandes posiciones frente a cómo trabajar el tema de las sexualidades. Una que plantea la necesidad de que los Estados reconozcan, legitimen y den viabilidad a la diversidad sexual, y otra que sostiene que el Estado no tendría que regular cuestiones relacionadas con la sexualidad, o debería hacerlo lo menos posible. Nosotras estamos más cerca de la segunda posición. Cuando salimos a la calle y decimos que no queremos que se metan más en nuestras camas, no estamos pidiendo que legitimen nuestras camas sino que nos dejen vivir nuestra sexualidad sin tener que andar certificando lo que somos. No podríamos, según nuestra afiliación al feminismo, bregar por el matrimonio cuando en realidad cuestionamos el orden familiar y el contrato matrimonial, que es un contrato capitalista que ha oprimido históricamente a las mujeres. Pensamos que sería más interesante concebir otros ordenamientos sociales, otras formas de organizar la sociedad, otras formas de agruparnos.”

En este sentido, Marzano critica lo que llama la “frivolización de la protesta política” (“Piensan que oficiando el casamiento de Roberto Piazza van a lograr que nos sintamos identificadas o identificados”), al tiempo que señala como un error la política transversal y el afán de algunas organizaciones Glttbi por democratizar su agenda. “¿Me da igual que Macri aplique un programa o política Glttbi hablando de ciudadanía y derechos humanos? No, ¡me da miedo! Ni la ciudadanía, ni los derechos humanos de Macri o Kirchner me involucran. Hay que militar una alternativa radical de cambio social donde erradicar la heteronormatividad sea central, pero no lo único.” Y enseguida agrega: “Como feministas no podemos dejar de pensar en el aborto y en la abolición de la prostitución como parte de la recuperación de la autonomía sobre nuestros cuerpos. Como lesbianas, apuntamos a desmontar la heteronormatividad estructural dentro de instituciones como la escuela. A nosotras no nos sirve una ley de educación sexual que nos nombre. No nos sirven leyes antidiscriminación, ni siquiera adquirir el estatuto de ciudadanía plena cuando éste esté basado en conceptos como la tolerancia. Renunciamos a ser el objeto de estudio de cualquiera. En las películas, siempre la luz enfoca al enfermo o al delincuente y deja en un cono de sombras al que indaga. Pues bien: demos vuelta la luz y preguntémosle al que pregunta. Obliguémoslo a que nos dé respuestas”.

Contra la desesperación
La agrupación Futuro Transgenérico, coordinada por Marlene Wayar, fue fundada en el año 2000.

Ella dice ser una excepción al común de las chicas, porque se fue de su casa cuando quiso y porque entonces ya era “bastante grandulona”. Antes, en su Córdoba natal, Marlene Wayar había empezado a frecuentar a otras travestis y “mariquitas escandalosas” como ella, en aquellos años previos a convertirse en travesti. Y como no necesitaba prostituirse, ella cuenta que no tenía inconveniente en enfrentar a la policía mientras sus amigas, temerosas de ir presas, no dudaban un segundo en salir corriendo. Un día de 1993, a Marlene la llamó desde Buenos Aires Nadia Echazú para pedirle que fuera a secundarla en su propósito de empezar a militar, desalentada como estaba al ver cómo la mayoría de sus compañeras de ruta en la prostitución se mostraban reacias a exponerse. Marlene y Nadia se habían hecho amigas en Córdoba y por entonces Nadia estaba queriendo abrirse de Attta, la primera asociación de travestis de la Argentina, porque no estaban de acuerdo con blanquear la cuestión de la prostitución –algo que Nadia creía imprescindible–. “Ellas, las de Attta, se conformaban con reclamar el derecho a vestirse con ropas contrarias al sexo, pero no querían hablar públicamente de la prostitución. Pretendían hacerle creer a los demás que eran peluqueras, que hacían shows, pero no querían blanquear que se prostituían y mucho menos hacer valer su derecho a hacerlo”, explica Marlene, quien hoy preside la agrupación Futuro Transgenérico y es miembro y cofundadora de la Red Trans de Latinoamérica y el Caribe “Sylvia Rivera”. “Con Nadia empezamos a militar de manera explícita. Antes, la militancia de las travestis era apenas una serie de movimientos catárticos para ver cómo zafaban de la policía, y entonces nos propusimos conformar un colectivo y tener fuerza de impacto en la sociedad. Esto implicó un aprendizaje de las otras organizaciones gay-lésbicas —que contaban con herramientas que nosotras no teníamos— y del feminismo —que nos ayudó a pensarnos como sujetas—. Y así tratamos de hacer una síntesis con nuestras propias prácticas, nuestra propia identidad y nuestros propios pensamientos.”

De ahí que Marlene crea que es delicado el equilibro que existe en el discurso de las militantes trans entre la voluntad, el deseo o la búsqueda de que cada vez menos travestis estén en situación de calle y puedan gozar del derecho a una vivienda y un trabajo dignos, y la defensa de aquellas que deciden prostituirse y que son una mayoría. “Es difícil lograr un equilibrio y me parece una decisión ética como militantes no tomar decisiones desesperadas. En este sentido, el hecho de que las travestis seamos personas expuestas a una situación de prostitución por el abandono familiar y estatal es innegable. Si vos estás con hambre, tenés que rebuscártelas, y si esa opción es prostituirte, nadie puede condenarte. La posibilidad de considerar la prostitución como un trabajo vendrá recién cuando nuestra condición de prostitutas no sea una situación a la que nos veamos expuestas. Mientras tanto, en la medida en que todo un colectivo está expuesto a una única solución como sustento vital, es imposible considerar la prostitución como un trabajo.”

El puto es peronista, el gorila es gay
La agrupación Putos Peronistas de La Matanza fue fundada por Pablo Ayala en 2007.

Ellos se reivindican como putos. Como putos peronistas. Y hay una frase fundadora de su agrupación: “El puto es peronista y el gay es gorila”. El mito de origen dice que uno de los compañeros le escuchó a una travesti decir esa frase en una movilización y que enseguida se cristalizó como consigna. Como lema de quienes hoy militan en la agrupación Putos Peronistas de La Matanza, que junto con otras tres agrupaciones acaba de fundar el Frente Nacional y Popular de la Diversidad Sexual. “En mi caso personal, la palabra puto es la que siempre usé para referirme a lo que soy; las otras palabras o son importadas o suenan a hospital”, dice Mariano Rapetti, 23 años, fotógrafo, estudiante de teatro y militante de la primera hora. “Nosotros usamos las palabras puto, torta, trava, paki por varias razones. A veces pareciera que a medida que uno va metiéndose en cualquier ámbito de la militancia lgbtti va edulcorando su lenguaje y termina utilizando términos antisépticos. Queremos arrebatarle a la palabra puto su sentido negativo y volverla bandera. ‘Gay’ suena a marica profesional de capital y ‘queer’ es un poco academicoide.”

Los PP hicieron su estreno el 17 de noviembre de 2007, cuando participaron de la marcha por el Día del Orgullo, que ese año coincidió con la fecha en que la tradición peronista celebra el primer regreso de Juan Perón a la Argentina, en 1972. Fundada por Pablo Ayala, quien trabaja como portero en un colegio, es militante de la Juventud Peronista de La Matanza y se define como heterosexual (ironías al margen), la agrupación prioriza sus demandas y reivindicaciones en función de la clase. “No es lo mismo ser porteño de clase media, hijo o hija de profesionales, que tucumano hijo o hija de obreros azucareros. Las reivindicaciones de unos y otras son completamente diferentes”, afirma Juan José Gálvez, 22 años, estudiante de danzas y miembro de la agrupación. “Aunque no creemos que las luchas de las organizaciones tradicionales lgbtti sean injustas, sabemos que la General Paz es un muro sobre el que los vientos de la ciudad gay rebotan constantemente. Del otro lado, la situación requiere de una lucha militante diaria, que no agota su implicancia en la pelea legal por el matrimonio entre personas del mismo sexo, sino que requiere conquistar derechos básicos (al trabajo, a la vivienda digna) que todavía están pendientes.”

De ahí que se hayan decidido a conformar un Frente. “Era cuestión de tiempo juntarnos. Para nosotros, que somos una agrupación bastante nueva, estar en el mismo espacio con otras que tienen una experiencia impresionante (como Futuro Transgenérico, coordinada por Marlene Wayar) es de una riqueza enorme”, opina Rapetti. “Estamos en un momento clave; la derecha no tiene contradicciones y rápidamente se agrupa y avanza. En este contexto, dejar de fragmentarnos por pequeñeces teóricas y vincularnos a partir de las posibilidades de construcción política común es a lo que nos arrojamos con la creación del Frente. Para trabajar sobre cuestiones que en general son invisibilizadas por los espacios tradicionales, como el tema de la prostitución, única posibilidad naturalizada de trabajo para las travas, y en la necesidad de ampliar la ciudadanía a todos los sectores para que los avances en materia de redistribución de la riqueza que este gobierno ha logrado lleguen también a los sectores populares de la diversidad.”

A batallar
La Sociedad de Integración Gay Lésbica Argentina fue creada por Rafael Freda en 1992.

Fue miembro de la CHA, incluso llegó a ser su presidente, pero dice que lo terminaron echando, y es desde hace más de quince presidente de Sigla, una organización que desde un principio se abocó fundamentalmente a la lucha contra el sida y que Rafael Freda formó con otros veinticinco compañeros de la CHA. “De entrada, yo metí a Sigla directamente en la batalla contra el VIH. La CHA había formado unos años antes la campaña Stop-Sida, pero estaba en manos de un grupo autónomo dentro de la organización, por lo que cuando fundé Sigla consideré que sería bueno que nos metiéramos de lleno en esa lucha —explica Freda—. Hubo muchos que me apoyaron en mi cometido, y después supe que eso en parte se debía a que mucha de la gente que se había ido de la CHA junto conmigo tenía VIH. Aunque casi nadie lo decía porque en ese entonces había más miedo que otra cosa.”

Freda reconoce que la cantidad de infectados sigue siendo muy alta y señala que las tasas de infección de personas del arco lgbtti no han disminuido. “Incluso, sigue habiendo mucho miedo a mostrarse. No estamos aceptando la seropositividad como un desafío, es algo que se sigue escondiendo. El otro día, un chico que trabaja con nosotros hizo una investigación en Manhunt, uno de los portales de contactos gays más visitados en Internet, y comprobó que en siete mil y pico de perfiles sólo en sesenta casos el usuario evidenciaba ser VIH positivo. Y si bien entiendo que con tal de levantar muchas veces los gays no decimos la verdad, cuesta creer que eso sea cierto. Lo que ahí se deja ver es que sigue habiendo una gran discriminación hacia las personas que tienen VIH.


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lunes 22 de junio de 2009

Coronas de plumas





Reyes que mueren por amor, reyes que son traicionados por sus favoritos, reyes que fingen amar a unas reinas con quienes en su vida han pernoctado, de ellos están repletas las alcobas de las cortes de la historia. Si las paredes de los reinos hablaran...

Eduardo II de Inglaterra
Hijo de Eduardo I y Leonor de Castilla, se casó con Isabel de Francia, con la que tuvo cuatro hijos. Pero el rey prefería el abrazo de Gaveston, su favorito. Abrazo largo que despertó el recelo de los nobles ingleses. Qué se puede esperar de un rey que hace a un lado a la reina para colmar de favores a su amado. Los nobles, celosos del poder de Gaveston, tramaron contra el rey. Gaveston fue desterrado a Irlanda y luego asesinado. Eduardo no lo soportó. Su llama se apagó poco a poco. Fue vencido y humillado por sus oponentes. Pero tal daño no resultó suficiente para la nobleza vengativa. Encarcelado en el castillo de Berkeley, Eduardo fue asesinado. La leyenda dice que los monarcas no podían tener huellas de violencia en su cuerpo. Por lo que el triste mito dice que Eduardo murió empalado con una espada al rojo vivo. Así no habría signos externos de su asesinato. Su cuerpo murió, pero su alma y su corazón habían muerto con Gaveston.

Luis II de Baviera
“El rey loco de Baviera” fue un apasionado de las artes. Después de escuchar la música de Wagner, desarrolló una pasión incontrolable por el músico que lo marcó de por vida. Joven y hermoso, a los dieciocho años se convirtió en rey de Baviera. Presionado por su soltería, se comprometió con la princesa Sofía en un casamiento que nunca se concretó. Además de su amor no correspondido por Wagner, su otra gran pasión fue el prusiano Richard Hornig, favorito y amante del rey por veinte años. Ante la muerte de Wagner, Luis se fue aislando en sus castillos románticos y la soledad. Lo que puso a todos los ministros en estado de alerta: lo obligaron a abdicar y lo recluyeron en el castillo de Berg. A los tres días de reclusión, él y su médico personal Gudden murieron ahogados en el lago Starnberg. ¿Suicidio? Nunca se supo. Sólo se supo que la nobleza bávara no estaba preparada para un rey como Luis II.


Tercer hijo de Enrique II y Catalina de Medicis. Rey de Polonia y rey de Francia a la muerte de su hermano. Su guardia personal era un grupo de jóvenes hermosos que fueron conocidos en la corte como los “mignons” del rey, que eran eso y mucho más (compañeros en las fiestas y orgías que el rey francés organizaba). El primero de sus favoritos, Joyeuse, lo traicionó, pero dio la vida por Enrique en la batalla de Coutras. Epernon, el segundo, lo acompañó hasta su muerte. Citando a Julio César y Alejandro Magno, Enrique legitimó su forma de vida y su corte. El rey terminó sus días solo y atrapado en disputas religiosas que fueron socavando su autoridad: odiaba a los católicos y a los protestantes. Fue asesinado por partidarios católicos de la Santa Liga (siempre la Iglesia, ¿no?). A nadie importó su desgracia: sus favoritos ya habían muerto hacía tiempo.

Federico II de Prusia
“Federico el Grande”, hijo del rey Federico Guillermo I, un padre cruel y severo. En el ejército, el joven Federico conoció a Hans von Katte, un varonil y apuesto teniente rubio, amante de la música y las artes. El amor no tardó en surgir. Federico no quiso casarse cuando llegó el momento y se opuso a las decisiones de su padre, pensando en huir a Inglaterra. Su plan fue descubierto y los cómplices (Hans y otro amigo teniente) fueron encarcelados. El padre, que conocía de los amores de su hijo, se encargó de mandar a decapitar al hermoso teniente. El príncipe fue testigo desesperado de la muerte de su amado. Federico cedió y contrajo matrimonio. Pero a su lado siempre tuvo a un soldado, bello y hermoso, Fredersdorf, que estuvo con él hasta el final.

Facundo Nazareno Saxe
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No entregaremos el hardcore


Hartos de que ser gay fuera sinónimo único de escuchar música disco y también del monopolio sobre la escena punk y hardcore del machismo, entre los ’80 y los ’90 nació y floreció el movimiento homocore y queerpunk que tuvo su ejemplar más preciado en Pansy Division, un grupo que rompió los estereotipos culturales, fueran gays o straights.

A fines de los años ‘80 y principios de los ‘90 el mundo de la música fue testigo del nacimiento de lo que muchos catalogarían como movimiento: el homocore o queerpunk. Gays y lesbianas de Estados Unidos encontraban en el punk su lugar de pertenencia. Los fanzines, los discos de ediciones casi subterráneas, los recitales clandestinos eran las “armas” que toda una cultura queer alternativa utilizaba para hacer su ruidosa aparición en la historia del rock. La idea era hacerse escuchar y atacar al conservadurismo y el imaginario heterosexual que, para muchos, aún hoy predomina en los circuitos gays tradicionales. Desde esta escandalosa y rebelde escena, los Pansy Division se consolidaron como el referente más importante. Con casi 20 años de carrera desafían las normas machistoides del músico de rock al proclamarse abiertamente gays desde el principio y con letras explícitas, críticas y cargadas de sentido del humor rompen los estereotipos culturales gay que dicen que el rock no les interesa a los homosexuales.

La escena homocore

“Una vida escuchando música disco es un precio demasiado alto a pagar por nuestra identidad sexual”, este slogan se leía en las remeras que se regalaban como souvenir en 1992 en el Homocore Chicago, un local que funcionaba como lugar de reunión para los punks gays y lesbianas. Era el primer espacio donde podían tocar y escuchar su música, donde podían expresar sus ideas. Era la contrapartida del hardcore californiano homófobo de fines de los ‘80, que proclamaba una vuelta a los valores tradicionales estética e ideológicamente: pelo corto, conducta sin excesos, saludable, disciplinaria. Pansy Division arranca su historia en 1991 en San Francisco y, al poco tiempo, se convirtió en la banda emblemática de la gente que se sentía punk y gay al mismo tiempo. Sus seguidores expresaban su incomodidad con la escena gay, a la que consideraban burguesa, consumista y conservadora y con la escena punk, dominada por el machismo.

El bajista Chris Freeman junto con el guitarrista Jon Ginoli forman este grupo que desde un primer momento provocaba al ambiente rockero diciendo “somos gays muy gays”. Y al mismo tiempo desafiaba a los estereotipos comunes de hombres homosexuales limitados únicamente a disfrutar y a obtener realización personal en una discoteca.

Su música es tremendamente pegadiza: mezcla el pop de los ‘60 con el punk principio de los ‘70. Y de este último rescatan toda la ambigüedad sexual: recordemos a la Patti Smith de los primeros discos con esa imagen andrógina, muy a lo Keith Richards, a Robert Mapplethorpe, a Jayne County & The Backstreet Boys, quien fuera una de las primeras transexuales en liderar una banda de rock.

La división del pensamiento

En 1993 Pansy Division, con formación de trío, lanzan su primer álbum Undressed, que con letras sexualmente explícitas e irónicas llama la atención de gran parte de la industria. Editado por Lookout Records este disco dejaba bien en claro la postura de la banda: “La escena gay mainstream lleva a la repetición de modelos héteros”. Green Day, quien por aquel entonces vivía la manía de su, quizá más exitoso disco, Dookie, les propone acompañarlos en la gira de 1994. “Cuando comenzamos nuestra banda pensamos que estaríamos tocando nuestra música para gente de 20, 30 años gay o gay-friendly. De pronto nos topamos con miles de chicos de secundaria cada noche, fue una oportunidad asombrosa que nunca esperábamos tener”, decía Ginoli. Como es de suponer las respuestas fueron divididas. Estos chicos que hablaban de sexo casi escatológicamente, pero de sexo gay y en público, que rompían con la corrección política de homosexuales y héteros, decididamente no le cayeron bien a todo el mundo.

A pesar de esto, durante los siguientes años la banda tocó y grabó sin parar: Deflowered (1994) es quizá su disco más exitoso, le siguen Wish I’d Taken Pictures (1996), Absurd Pop Song Romance (1998), el disco más “popero” del grupo; Total Entertainment! (2003) y Pile-up, en el cual incluyen Smell like Queer Spirit, una parodia del clásico de Nirvana. Pese a su notoriedad siguieron siendo los grandes desconocidos del sello Loockout. Y es que a lo largo de su carrera los Pansy Division han adquirido mucha experiencia con eso de ser condenados al ostracismo por otros músicos de rock por ser gays y por otros gays por ser músicos de rock. Sin embargo, de la alegría y cinismo de sus discos se desprende que han convertido a los prejuicios en algo positivo. “En vez de sentir la presión, intentamos hacer la música que nos haría felices a nosotros y a nuestra audiencia. Podemos reírnos de ese tipo de presión, así que pusimos esa alegría en la música”, aclaraba Chris Freeman.

¿Muy punk para ser maricón?

Con la aparición del homocore la palabra punk volvió a cargarse de ambigüedad sexual y marginalidad como en sus orígenes: en los años 50, un “punk” era, en la jerga carcelaria, el jovencito que los presos heterosexuales usaban como amante. Dice Chris Freeman, “había mucha cultura gay con la que no podíamos relacionarnos, así que intentamos inventar un lugar para nosotros mismos en el mundo gay, una alternativa para los otros queers”. Y es desde ese lugar donde los Pansy Division hacen todo su despliegue. Sus letras pornopunk hablan de sexo, fetichismo, dildos. La canción “Beercanboy” sirve de ejemplo: El tamaño no es importante/ por lo general eso es cierto/ más importante es lo que lo acompaña/ pero encontrar una gran herramienta/ a veces puede ser muy emocionante.../... es gorda y grande/ apenas puedo pasar mi mano alrededor/ gorda como una lata de cerveza/ esperando mis labios.../ quiero el chorro y la efervescencia/ pero no lo voy a tragar/ me temo que por eso me voy a pelear con él/ es tan difícil hacer nada más que orales.

Pero no sólo en el descaro con el que se muestran como homosexuales reside su gracia, en sus discos también hablan de amor, amistad, relaciones personales, y amigos y novios que se fueron a causa del sida. Y por supuesto militancia gay, pero una militancia punk: Me siento como si hubiera aterrizado en otro planeta / Con clones de gimnasio con tetas tan duras como el granito/ El fascismo del cuerpo gobierna esta tierra /¿Dónde puedo encontrar mi hombre de pecho plano?.../ en medio de spray y colonia/ con muñecos Ken que viven a esteroides (tema “Fluffy citty”, 1994).

Muy maricón para ser punk

Si bien en sus comienzos, el homocore daba la impresión de convertirse en un gran movimiento, no fue demasiado importante y su vida fue muy corta. Podría decirse que Tribe 8 y Pansy Division son las únicas bandas que siguen activas. “Quizás el problema fue que la mayoría de las bandas no quisieron verse envueltas en todo aquello, por eso murió. Ahora hay grupos que, sin serlo, han armado una imagen gay para impactar a la gente. Nosotros seguimos diciendo que somos una banda de auténtico gay rock”, aclara Jon Ginoli.

A lo largo de su carrera se unieron al grupo Joel Reader como segunda guitarra y tras doce intentos fallidos Luis Illades es el baterista que completa el actual cuarteto.

Pansy Division acaba de lanzar en marzo de este año su última producción That’s So Gay (Es tan gay), un título simple pero contundente. Este disco fue acompañado por un documental de la banda titulado Pansy Division: Life in a Gay Rock Band, dirigido por Michael Carmona.

Descaro, naturalidad y lucha son las palabras que definen la historia de la banda. Pansy Division carga con el orgullo de no haber salido del armario ya que nunca estuvo adentro: “Si alguien es gay y lo esconde para no perjudicar su carrera, eso es trágico y hiere a los demás gays porque mantiene ese elemento de vergüenza, sobre todo cuando esa gente llega tan lejos como para hacer comentarios homofóbicos. Eso es muy malo. Toda esa gente con talento podría ayudar a la causa gay, pero no lo hacen. Con esa actitud se pierde una gran oportunidad”, sentencia Chris Freeman.

Ariel Alvarez
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Israel gay pride parade Tel Aviv 2009 (with wedding gay chapels )

Tel aviv gay weddings 2009 part 1 חתונת הומואים ולסביות

martes 16 de junio de 2009

Tel aviv gay weddings 2009 part2 חתונה גאה בתל אביב

Gay wedding in Tel Aviv Pride 2009

Y me case...

lunes 15 de junio de 2009

Montada para jurar


Con auténtica vocación política, Alejandro Freyre sueña con el día en que la historia lo corone como el primer legislador abiertamente gay de la Argentina. En solidaridad con sus compañeras travestis, se imagina “montada” como una reina para una ceremonia que la intención de votos convierte en esquiva. Sin embargo, con un solo paso comienza cualquier marcha y aquí se lanza nuestro Harvey Milk en busca de su (mejor, seguro) destino.

¿Cuántos votos serían necesarios para que fueras electo legislador porteño y te convirtieras en la primera persona abiertamente gay que accede a una banca parlamentaria en la Argentina?

—No lo sabría explicar matemáticamente, pero podríamos estar peleando el cuarto legislador con una cantidad de entre quince y veinte mil votos. Aunque hay casos en los que con menos también lo estás peleando. Además son cuatro las listas que van a estar disputando el tercer lugar en la Ciudad de Buenos Aires: la nuestra, la de Pino Solanas, la del partido de Aníbal Ibarra y la de Carlos Heller.

¿Y lo ven posible?

—Personalmente tengo las fichas puestas no sólo en la comunidad Glttbi sino también en todo nuestro entorno afectivo y en las personas heterosexuales que están de acuerdo con que las listas de los partidos incluyan la diversidad. No estoy buscando solamente el voto de lesbianas, gays o el de las personas trans, sino el de todas las personas que sin tener un hijo o un hermano gay quieren una ciudad más inclusiva. No digo que haya que votarme a mí por ser gay, pero sí hay que votar al Partido Socialista por tener un candidato gay, algo que otros no tienen. En otros partidos una persona gay puede militar, puede volantear, puede ser fiscal de mesa, parte de un equipo de asesores, pero no candidato.

¿Y a qué se debe esa limitación?

—A la homofobia tradicional de los partidos. A que ser “padre o madre de familia” constituye una parte fundamental de la idea de lo que un político con perfil de candidato debe tener, mientras que nuestros modelos de familia no son vistos como familias. Y eso lo demuestra que la ley de matrimonio esté cajoneada, que a nivel presupuestario la ciudad no tenga partidas para la diversidad, que las personas travestis sean perseguidas, que las personas gays no podamos donar sangre, que gays y lesbianas tengamos dificultades cuando nos hacemos visibles en nuestro trabajo o en la escuela. Cuando el Partido Socialista me ofreció integrar la lista, lo analicé con todo el equipo de la Fundación Buenos Aires Sida, de la que soy coordinador, y con la gente de la Federación Argentina Glttbi, cuyo trabajo parlamentario el Partido Socialista apoya desde hace tiempo. El Partido Socialista es el primer partido que creó un área de diversidad sexual donde sus militantes gays, lesbianas y trans son parte de su estructura, militan dentro del partido y pueden también proponer candidatos.

¿Y cuáles dirías que son las principales dificultades de hacer política, más allá de las organizaciones que defienden los derechos de las minorías sexuales?

—Lo primero es la cómoda distancia que tienen quienes no están interesados en incorporar la diversidad sexual a su agenda política. La cómoda distancia, digo, porque sus partidos no se lo exigen y porque tanto en la Legislatura como en el Congreso hay una pacatería que contribuye a que nuestros temas se posterguen porque no son vistos como urgentes. El hecho de que existan mujeres en la Legislatura es significativo a la hora de discutir leyes que incluyan la cuestión de género. Del mismo modo, la ausencia de gays, lesbianas y trans es altamente significativa a la hora de poder generar políticas que incluyan también a la diversidad. No es lo mismo que haya una persona gay o que no la haya, porque para llegar ahí hay un recorrido, y si no estamos ahí es porque en el recorrido están las barreras.

¿Y no hay nada que le recrimines a la militancia Glttbi en la Argentina?

—La militancia es parte del colectivo Glttbi, de eso no hay dudas. Entonces, recriminarles a personas que son víctimas de una discriminación sistemática, que no han podido traspasar muchas de las barreras que se nos imponen en la vida cotidiana, sería bastante injusto. Quizá podría tener observaciones, pero no recriminaciones. Creo que tenemos que avanzar más. Pero para eso hace falta militancia y activismo: personas que consagren parte de su tiempo, como lo hacemos nosotros, que le robamos tiempo a nuestra vida y hacemos de esto nuestra vida, en algunos casos. Hacen falta parejas homosexuales que hagan lo que hicimos con José María, mi novio, cuando en abril fuimos a un registro civil a pedir fecha para casarnos sabiendo que iban a negárnosla. Tener la valentía de ir a un registro civil a que los discriminen para luego presentar un recurso de amparo. Y, sin embargo, son pocas las personas que se atreven a dar ese paso de militancia.

Si por algo es reconocida la gestión kirchnerista es por su política en materia de derechos humanos. ¿Trasladarías ese reconocimiento a lo que atañe a las minorías sexuales?

—Yo soy parte de la función pública del gobierno nacional porque soy asesor de VIH-sida del Inadi, así que reconozco el avance que se ha hecho en materia de derechos humanos. Sin embargo, teniendo mayoría parlamentaria para votar las leyes que interesan, el proyecto de matrimonio sigue durmiendo en los cajones. No se puede decir que esa política de derechos humanos se haya derramado también en nuestro colectivo. La verdad que no, es una materia pendiente. Creo que el gobierno actual ha hecho avances muy significativos, pero en materia de diversidad sigue habiendo huecos.

Vos tenés VIH y tu militancia ha tenido mucho que ver con la problemática social que entraña la epidemia. ¿Notás que en los últimos años las personas con VIH han perdido protagonismo en las organizaciones Glttbi?

—Hay datos que son preocupantes: el porcentaje de personas Glttbi con VIH no ha descendido. No se ha movido esa prevalencia y ahí hay otro reflejo de la homofobia: la falta de campañas sobre VIH-sida para la población en general y la ausencia total de campañas para nuestra comunidad. Creo que las organizaciones Glttbi han tenido que ocuparse de la agenda del VIH por haber sido el primer grupo golpeado por la discriminación y también han tenido que tomar esa agenda como un tema urgente. No diría que hemos soltado la agenda del VIH, pero sí que estamos abarcando una agenda más amplia. De hecho, ya no son organizaciones gays –como históricamente lo fueron– sino organizaciones de lesbianas, gays, bisexuales y trans en las que la agenda trans es hoy prioritaria por la alta vulnerabilidad que esas personas tienen no sólo con respecto al VIH sino también en materia de educación, empleo y vivienda.

¿Y de qué modo el hecho de tener VIH incidió en que tomaras el camino de la militancia?

—Cuando recibí el diagnóstico era muy joven, tenía 20 años (hoy tengo 39), y ya tenía un compromiso social porque había participado activamente en el centro de estudiantes de mi escuela cuando era adolescente. Sin duda, el VIH cambió el eje de mi trabajo. Hizo de mi involucramiento social un compromiso de 24 horas al día porque yo no puedo dejar de tener VIH ni siquiera cuando duermo. Cuando me enteré de la noticia tuve que hacer muchas modificaciones en mi vida, incluyendo a mi familia y mis amigos, y mi decisión de ser honesto con respecto a mi identidad sexual, y la decisión de no morirme y sobreponerme a la noticia de que me iba a morir en un plazo de tres años (así me la dieron, hace 19 años), hizo que ambas cosas se potenciaran. Eso me permitió crecer como persona y como activista, y luego vinieron la creación de la Fundación Buenos Aires Sida (en la que trabajamos para que exista la ley nacional de sida que hoy tenemos, que hace que la medicación sea gratuita en cualquier hospital público, al igual que el testeo) y la mediatización de nuestro trabajo (cuando Mirtha Legrand me invitó a su programa y tomó de mi copa; cuando fui al programa de Mariano Grondona y le llené el escritorio de preservativos; cuando en 2005 le pusimos un preservativo al Obelisco).

¿Y qué fue lo más duro de hacerte tan visible como alguien que tiene VIH?

—Antes de hacerlo trabajé educando a mi familia y a mis amigos. No fue que un día me desperté y dije: “Hoy quiero salir en la tele”. Fue un proceso. Cuando le conté a mi familia que tenía VIH, si bien no hacía mucho que sabían que era gay, sí había pasado el tiempo suficiente y por eso mis padres me acompañaron a buscar el resultado. No tuve que darles la noticia después o contarles juntas las dos cosas, como les pasa a muchas personas. Yo soy una persona muy extrovertida, pero también soy tímido, y no deja de llamarme la atención que haya quienes piensan que cuando yo me expongo como una persona gay que tiene VIH estoy desnudando mi intimidad. Pero no creo que eso sea así. Hablar de mí es otra cosa. De hecho, el momento en que estuve más cerca de exponer mi intimidad fue cuando fuimos con José al registro civil a que nos discriminaran en público.

En campaña, los políticos suelen hacer promesas que después no cumplen, y que incluso hacen sabiendo de antemano que no van a cumplir. En tu caso, ¿cuál sería esa promesa si pensamos en los votantes Glttbi? Te estoy pidiendo que nos mientas un poco...

—Nunca estuvimos tan cerca de que un candidato gay pueda acceder a una banca parlamentaria en la Argentina. Por eso le hice un desafío al partido: si soy electo legislador, el día que asumo voy “montada”. No sé si es una promesa que vaya a cumplir, pero por lo menos está en mi deseo buscar maneras de ir más allá de que un gay ocupe un espacio en la política pública.

Patricio Lennard
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miércoles 10 de junio de 2009

אילנית - אהבה היא שיר לשניים

miércoles 27 de mayo de 2009

Mató a su familia que no lo aceptaba gay


A Carlos Bernasconi, de 28 años, la bala calibre 22 lo sorprendió cuando ordeñaba una vaca y escuchaba la radio. Cayó muerto en el tambo. Su madre Alicia, de 60, también fue asesinada por la espalda, de un tiro en la nuca, mientras les daba de comer a las gallinas. Su hijo menor, Marcelo, de 18, denunció que cinco ladrones habían asaltado y matado a su hermano y a su madre. Pero dos horas después del hallazgo, el chico confesó que él los había asesinado porque no aceptaban que fuera homosexual. El doble crimen ocurrió por la mañana en una estancia de la localidad bonaerense de Oliden, en el partido de Brandsen. La Policía sospecha que hace dos meses, el joven intentó envenenar a su familia con carne que compró en la localidad de Magdalena.

“Aparentemente el chico era discriminado y maltratado por su familia. No le aceptaban un novio”, reveló una fuente policial. El doble homicidio ocurrió en el campo “El Rosario”, situado en el kilómetro 79 de la ruta provincial 36, en Oliden, una localidad ubicada a 30 kilómetros de La Plata que tiene poco más de 300 habitantes. Allí, en una casa humilde, Alicia Pérez vivía con sus dos hijos. Trabajaban el campo y cuidaban animales. “Parecía una familia tranquila, laburadora y sin problemas. Al pibe le creímos cuando contó que hubo un robo”, contó un vecino.

Después de inventar un violento asalto, el chico dijo la verdad. “Los maté yo”, declaró ante el fiscal de La Plata Marcelo Martini. Además de las contradicciones del relato del chico, a los investigadores les sorprendió que los diez perros de la familia no hubieran ladrado. El candado y la cadena de la tranquera no fueron forzados y los presuntos asaltantes no robaron dinero. “La historia no nos cerró desde el comienzo. El hijo denunció que fue un robo y les pidió a los vecinos que llamaran a la policía, pero no pudo sostener esa versión ante el fiscal. Ya se contradijo cuando contó el caso a la policía. Todo hace pensar que se trató de una disputa familiar”, dijo una fuente judicial.

Un detective de la policía bonaerense que investiga el caso reveló que el chico confesó el doble crimen entre lágrimas: “No le creímos cuando denunció el robo. Estaba claro que las víctimas conocían al asesino. Abrumado por las evidencias y el peso de su mentira, confesó todo. Dijo que lo maltrataban y lo discriminaban por su condición sexual. Se cansó, agarró una pistola calibre 22 y mató a quemarropa a su familia. Después inventó lo del robo”, dijo una fuente policial.

El chico había denunciado en la Comisaría 1ª de La Plata que cinco delincuentes armados atacaron a sus familiares: contó que tres de ellos golpearon y mataron a su madre mientras otros dos sorprendían a su hermano en el tambo. Pero a los pesquisas les llamó la atención que los supuestos ladrones no robaron nada. Además los vecinos no escucharon ruidos extraños y la tranquera estaba cerrada. “El chico no pudo describir a los asaltantes. Al principio pensamos que estaba nervioso por lo que había pasado. Pero se contradijo mucho. Por eso y por otros elementos que no podemos revelar se convirtió en sospechoso”, dijo una fuente de la investigación.

Considerado uno de los tantos pueblos bonaerenses “fantasmas”, Oliden se formó alrededor de la estación del ramal La Plata-Lezama. Es una zona ganadera de calles de tierra y sin sobresaltos. El doble crimen alteró esa tranquilidad.

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martes 26 de mayo de 2009

Ganan terreno en EE.UU. los matrimonios homosexuales


Pese al revés que sufrieron los defensores del matrimonio homosexual en el referéndum de noviembre pasado, en California, desde entonces el movimiento a favor de este tipo de uniones ha aumentado su activismo en todo el país y en los últimos dos meses ha conseguido significativas victorias, con la posibilidad de que hoy se vuelva a revertir también la situación en el estado más grande del país.
Tras una fuerte presión política, en abril las legislaturas estatales de Iowa y Vermont aprobaron el matrimonio entre personas del mismo sexo y a principios de este mes Maine siguió sus pasos, con lo que se sumó a Massachusetts y Connecticut, que ya habían adoptado medidas similares en 2004 y 2008, respectivamente. En tanto, en Nueva York, Nueva Jersey y Nuevo Hampshire están estudiando aprobar estas uniones en el corto plazo.
"La derrota en California fue una señal de alarma para todo el país y ha traído una tremenda energía a favor de los matrimonios entre personas del mismo sexo", apuntó a LA NACION Jenny Pizer, directora del proyecto sobre matrimonios homosexuales de Lambda Legal, el grupo defensor de los derechos de gays, lesbianas y transexuales más grande del país.
Junto con otras asociaciones homosexuales, Lambda Legal ha incrementado en los últimos tiempos su campaña a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo en California, donde la Corte Suprema emitirá hoy su fallo en respuesta a la apelación para desestimar el resultado del referéndum de noviembre.
Más conocido como Proposición 8, el referéndum (aprobado por el 52% de los votos) logró que se modificara la Constitución estatal para establecer que un matrimonio sólo puede darse entre un hombre y una mujer.
Esa misma corte ya declaró inconstitucionales, en 2008, las leyes que impedían los casamientos entre personas del mismo sexo. Sin embargo, el éxito judicial logrado en el pasado por las asociaciones de gays y lesbianas en California no hace presuponer, según los analistas, una nueva victoria en la Corte Suprema.
"California ya votó dos veces sobre la cuestión [la anterior en el año 2000]y en ambas la gente rechazó la idea de ampliar la noción de matrimonio. En los estados que lo hicieron ahora, los políticos que respaldaron estas medidas serán castigados en las urnas por los votantes", afirmó Frank Schubert, de la agrupación Protect Marriage, que fue clave en la movilización de gente en California.
Aunque son pocas las posibilidades de que el máximo tribunal rechace la prohibición de los matrimonios homosexuales, los defensores de los derechos de gays y lesbianas prometen que continuarán su lucha para someter el tema a una nueva consulta popular el año próximo.
"California ha sido uno de los estados líderes en el movimiento por los derechos civiles y especialmente protector de las comunidades gay, lesbiana y transexual", apuntó Pizer.
Desde que California aprobó en mayo del año pasado el matrimonio entre personas del mismo sexo hasta el referéndum revocador, en noviembre, cerca de 20.000 parejas homosexuales contrajeron matrimonio allí. El aluvión se debió a que, a diferencia de otros lugares, California no requería que las parejas tuvieran residencia en el estado. Eso empujó a muchos gays y lesbianas de otros rincones del país a casarse allí
El principal argumento de los opositores al casamiento homosexual para rechazar estas uniones, sin embargo, es que una medida así deslegitima la naturaleza del matrimonio como base de la familia y que se priva a los niños de una madre o un padre.
"Si redefinimos el matrimonio, tenemos que redefinir toda nuestra sociedad. El matrimonio es una institución base que es compartida por todas las culturas y es el mejor marco para formar una familia y criar niños", destacó a LA NACION Brian Brown, director ejecutivo de la National Organization for Marriage, que defiende la idea de limitar los matrimonios a aquellos integrados por dos personas de sexo opuesto, aunque está de acuerdo con las uniones civiles que garantizan ciertos derechos a las parejas homosexuales.
Desde que el tema se volvió candente a principios de la década del 90, 29 de los 50 estados de la Unión han aprobado enmiendas constitucionales para prohibir los matrimonios entre personas del mismo sexo.
Asimismo, a nivel nacional, en 1996, se aprobó la llamada Acta en Defensa del Matrimonio, que niega el reconocimiento federal a los matrimonios homosexuales y cuya constitucionalidad ha sido cuestionada varias veces por la Unión Norteamericana de Libertades Civiles (ACLU, por sus siglas en inglés), la organización defensora de los derechos civiles más importante del país.
Equidad legal
"Exigimos el término matrimonio por una cuestión de equidad y de base legal, ya que permite la protección, el reconocimiento y la aceptación pública que no todas las uniones civiles garantizan", señaló Paul Cates, director del programa educativo de la ACLU. Según Cates, es tan sólo una cuestión de tiempo hasta que los matrimonios entre personas del mismo sexo sean considerados legales en todo el país. Las nuevas generaciones son mucho más abiertas a esa concepción, como señala la última encuesta de ABC y de The Washington Post , que asegura que hoy el 49% de los estadounidenses apoya este tipo de uniones, mientras que en 2004 sólo sumaban el 34%.
Todo indicaría que la nueva administración en Washington también sería más proclive a la ampliación del concepto, aunque el propio presidente Barack Obama, durante la campaña, se manifestó en contra de la redefinición del matrimonio, si bien abogó por la igualdad de derechos para las parejas homosexuales.

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sábado 23 de mayo de 2009

Perfidia y dependencia


Autodefinido como cosmobolita, Rodrigo Bellott, el primer director boliviano nominado a un Oscar, encuadra su cine más allá de las fronteras y también se dedica a hacer casting para otros directores como Almodóvar o Steven Soderbergh, autor de la saga del Che Guevara. Acaba de estrenar Perfidia, donde habla por primera vez sobre la identidad gay desde un punto de vista bastante atípico.

¿Cómo fue que empezaste a hacer cine en Estados Unidos?

—Llegué a EE.UU. para estudiar artes visuales y me topé con un movimiento afroamericano, latino, gay and lesbian de mucho activismo, de una presencia y un compromiso político muy grande. Y siempre digo que llegué a EE.UU. y ahí recién me di cuenta de que era negro, que era latino, porque me crié en una sociedad boliviana de clase media alta con muchos privilegios. Empecé a trabajar con eso, con la construcción de mi masculinidad a partir de agentes externos sociopolíticos, económicos y culturales. Lo que significa construirse como hombre latino, latinoamericano, negro, blanco, gay, etcétera.

¿Y de allí a ser nominado a un Oscar?

—Lo primero que hice fueron performances en la universidad y en pequeñas galerías que aceptaban trabajos de estudiantes. Tenía 18 años y todo se basaba en mi latinidad, era el primer boliviano en esa universidad. Luego empecé a trabajar el tema del jugador de fútbol americano, que me parecía una figura muy violenta. Tomé un curso de cinematografía e hice una performance con una Bolex 16mm: me filmé en mi casa la primera vez que me rasuré la cabeza y juego con la construcción de quién eres a partir del punto cero, tabula rasa. El trabajo se llamó Destierro (Exile), un profesor lo mandó a la Academia de Hollywood y quedó entre las cinco nominadas de 2000 a mejor película estudiantil. La Academia tiene los premios grandes y un día antes entregan los premios técnicos y los Oscar a mejor película estudiantil. Soy el primer boliviano nominado al Oscar.

Y luego viene Dependencia sexual que fue un éxito en festivales de cine lgbt.

—Dependencia sexual es la primera película digital boliviana, es un proyecto más estético que responde más al videoarte que al cine. Pero ganó el premio Fipresci en el festival de Locarno, luego Bolivia la nomina como representante para los Goya y el Oscar, y entonces me convierto en director. Es la historia de cinco adolescentes lidiando con su identidad sexual, pero no tiene nada gay: una mitad es en Bolivia y la otra en Nueva York, es la primera coproducción boliviana-americana. Es una película en pantalla dividida durante una hora cuarenta y cinco; la pantalla izquierda está fotografiada por un boliviano y la derecha por un americano. Había una historia con un chico, un personaje secundario, que lo obligan a acosar a otro compañero para probar que es hombre. Y ese temita llamó la atención y me invitaron a todos los festivales gays-lesbians del mundo. Y me parecía raro, porque no era una película gay en ningún sentido, eran historias de chicos heterosexuales teniendo su primera experiencia con chicas, y chicas teniendo su primera experiencia con chicos. Cuando se estrena en EE.UU. fue un éxito grandísimo, The New York Times y la revista Times la pusieron entre las mejores películas del año, me compararon con el Gus Van Sant de Mala noche.

¿A partir de allí todos fueron éxitos?

—Después de estas críticas tan buenas firmé con una agencia grande en Hollywood y empecé a desarrollar un proyecto de cinco millones de dólares que se llamaba Domingos de fútbol, una investigación sobre las academias de fútbol en Bolivia que traen alumnos de intercambio americanos y toda la construcción de la masculinidad a partir del soccer latinoamericano: los hinchas, los padres que llevan a los hijos a las academias, la homofobia, la construcción de tu cuerpo a través de la mirada curiosa, bicuriosa, homoerótica, la represión de la homosexualidad en el deporte. Alguien dice que el deporte es a la violencia lo que la pornografía es al sexo, creo que es Galeano o Barthes, ambos han escrito sobre el deporte como una estructura de control social del género. Trabajé en esta película casi cuatro años pero nunca se hizo. Terminé muy frustrado.

¿Cómo llegaste a Perfidia, tu última película?

—La escribí en un viaje a Buenos Aires, luego de terminar una relación muy dolorosa. Perfidia es una película de veintitantos planos secuencia, de un solo actor en una sola locación, sin diálogo. Un tipo que con pelo largo, barba larga, llega a un hotel en medio de la nada, en la nieve, en Nueva York, y empieza a raparse la cabeza, a rasurarse, y hace una serie de rituales como reinventándose en esta habitación una soledad muy grande. Es una película de cómo te levantas después de haber perdido el amor de tu vida.

Es una película gay bastante atípica...

—Tengo un amor-odio con las películas gays, que empecé a ver mucho porque con Dependencia... voy a festivales gays and lesbians. Y llegaba un momento en que me peleaba con directores, programadores y críticos porque hay una estética del cine gay que es el hombre-músculo y los estereotipos, no solamente de la construcción de la identidad gay sino también del hétero que se hace pasar por gay para conseguir a la mina. Y hay todo un tratamiento sobre el miedo a la soledad o el miedo al sida, el sida como castigo para el gay, toda esas mierdas. Con Perfidia quería hacer una película que hable sobre qué es sentir la soledad sin este miedo tradicional, que hable desde una homosexualidad que no es una cuestión sexual o física, es más una cuestión emocional o intelectual.

¿Y Perfidia es una producción boliviana?

—Chileno-americana. Yo tengo doble nacionalidad chilena: mi papá es chileno criado en Bolivia y mi madre es alemana criada en Bolivia. Mi papá trabajaba como agrónomo y ganadero en Brasil y entonces yo iba mucho durante mi infancia. A los dieciséis años me voy a Nueva York y vivo doce años ahí. Soy parte de una generación que no se identifica nacionalmente con nada y con todo. De hecho, bromeo siempre con que soy “cosmobolita”.

Foucault plantea que el gay es radicalmente desterrado, porque la mayoría de la gente nace en una familia heterosexual y para encontrar la identidad gay tiene que salir de la tierra del padre, de la patria. Eso hace del gay un migrante. Y veo esto como centro de tu obra.

—Dependencia sexual es eso también: un chico que se va de Bolivia buscando una nueva manera de vivir, pero no por una cuestión de identidad sexual. Foucault es una influencia muy presente, leí la Historia de la sexualidad antes de cumplir los veinte.

¿Por qué crees que Dependencia ha sido catalogada dentro del cine lgbt?

—En un momento hicieron una retrospectiva de los últimos años de cine gay en el MOMA, donde entraba desde Almodóvar hasta Gus Van Sant, y metieron Dependencia. Y voy a hablar con el curador: “¿Por qué me incluyes entre películas de temática gay?”. Y me dice: “Porque tú eres gay”. “¿Pero cómo sabes que soy gay?” “Porque me contaron”, me responde. Y mucha gente empezó a leer Dependencia... desde el rumor o el conocimiento de que yo era gay, entonces la lectura es completamente diferente. Sobre todo porque en la época en que la hice yo estaba en pareja con una mujer, una artista muy conocida, y tener que resolver este tema era complejo. Justamente he sido muy militante en separar mi vida personal de mi trabajo por el miedo a cómo se pueda leer mi trabajo o se malinterprete. Y por eso no quiero ser abanderado de mi bolivianidad, de mi urbanidad, ni de mi homosexualidad. Otro punto es que Dependencia sexual fue la primera película boliviana donde había desnudos masculinos y mucha gente se quedó prendida de eso: “Ah, debe ser gay porque no se muestran tetas, pero sí se muestran culos de hombres”. Y era una cuestión de indagar en una desnudez, en una fragilidad al tener sexo por vez primera. En Bolivia jamás hablo de mi vida personal, no sé hasta qué punto la gente asume si soy o no soy. Y ahora que hice Perfidia, que se estrena en mayo en Bolivia, la primera película que habla desde una identidad gay, tengo miedo de cómo va a ser recibida mi obra.

¿Pero por qué miedo? Que sea leída como una película gay no sería nada malo.

—Es el mismo miedo que tienen las mujeres directoras de que se lea su trabajo como feminista.

Pero algunas son feministas y quieren ser leídas como tales y no tiene nada de malo.

—El problema es que te cierra la lectura.

O la abre.

—Pero cuando he leído de críticos o curadores que asumen que soy gay, de lo único que hablan es de la parte gay.

Entonces habría que tenerle más miedo a un crítica reduccionista que al hecho de que digan que es gay. Igualmente, cualquier lectura siempre es un juego complicado.

—Mi sueño es que la gente me considere director de cine o artista, pero no director gay o director boliviano. Pero fijate que, curiosamente, mandé Perfidia al Out Fest de Los Angeles, donde he estrenado películas que no son gays y me responden que no es lo suficientemente gay, porque no hay ningún beso, porque es un hombre que es gay pero no tiene relación con otra persona. No emboco una.

Siempre decís que tus películas son autobiográficas.

—Sí. En Dependencia hay una historia de un chico que va a EE.UU., y todos dicen que ahí está la parte autobiográfica. Y no, lo autobiográfico está en la negrita que violan al final. Ahí estoy yo, soy la negra; no me violaron, pero tiene que ver con identificarte con una otredad y escribir desde esa mirada. La parte personal de Perfidia no es la parte gay, sino es la parte de vivir cinco años en hoteles de una soledad tremenda, de nunca estar más de dos semanas en un país, lo que imposibilita tener una relación con un ser humano, lo que te genera un montón de problemas.

Diego Trerotola
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sábado 16 de mayo de 2009

La homofobia se mira por TV


El día de la homofobia, sinceramente, no sabía que existía, y no me suena raro después de enterarme de que el domingo pasado fue el Día del Nieto, hay días para todo, hasta para los pedos de colores arco iris, la cosa es fabricar fechas para que podamos consumir en este sistema capitalista, aunque hay otras, como ésta, donde una sólo mantiene viva la tragedia histórica para conmemorar. Yo tengo la mía.

Aquel día estaba dispuesta a bombardear pupilas conservadoras con mi grácil silueta de trava trash subida al 86 rumbeando por Avenida de Mayo y cuando el colectivo se detuvo, mi mirada también, pero sobre una parejita de chicos de no más de 20 años, sentados en un banco de la Avenida democrática de Mayo haciéndose mimos discretos que denotaban el disfrute de un nuevo amor homosexual recién ganado. No se observaban besos de rosada saliva ni lenguas entrecruzándose como en el apareamiento de dos víboras maricas, ni sobadas en los culos ni en los gansos ni manotazos de ahogados calientes. Sin embargo, sin enverga, las caras de asombro y horror incómodo, se dibujaban en la gente que se codeaba para ver la lamentable evidencia de la homosexualidad descarada apoderándose de las veredas del macho tango. Un obrero en bicicleta casi se cae al darse vuelta por mirar con sus pupilas abiertas de puro macho, como si tuviera pescuezo con resorte, y otros dos seudo chongos, salidos recién (supongo) de una gris oficina o de un pútrido banco, no sabían cómo hacer para disimular su asombro y sus risitas de falta de pete en las caruchas de malco after the office.

El que usa su tiempo para ser feliz rara vez pierde un minuto en meterse con la felicidad de los demás sea puto o dinosaurio. ¿Vivo? ¡Pena de muerte y sigamos!

Y en su hogar cada uno encienda la tele: los humoristas del dueño del rating Tinelli se visten de mujer y hacen chistes de maricones varios, y el choto de Chiche arremete con cuanto puto camina por la city y lo invita a su programa en el intento de defenestrarlo. (Muchas veces la boca que habla tanto, lo hace con los labios de una cola que espera los mimos de un macho y no se anima a buscarlo.) Y Pettinatto, el saxofonista de la modernidad, mariconea en cámara de esa forma maricona que le sale cuasi natural riéndose de los putos, y todos los canales, los de chismes y los no, dedican su pequeña dosis de homofobia ¿solapada? al puto argentino salud, para que los niños se eduquen y para que siempre sepan y que se les grabe en las venas de su glande que a los cobardes se les dice MARICONAZOS.

Así es, queridos amigos homofóbicos del mundo. Yo soy puto o trava o gay o sirena de cemento de veredas y empedrados perdiendo las escamas al ritmo viril del tango o lo que quiera ser en el momento indicado. Más de una vez he escuchado a un padre indignado decir que preferiría que su hijo sea chorro o drogadicto antes que un maricón depravado. Y sí. Son gustos al fin y al cabo. Y mi madre misma no soportaría verme sentada a su lado acomodándome el vestidito sea corto o largo. Basta de mentiras fashion, no sacudamos nuestra ropa sucia disimulando, Bs. As. no es GAY FRIENDLY, no, no nos hagamos los boludos que somos conservadores, fascistas y anticuados, en todo caso seremos MONEY FRIENDLY con el puto extranjero que acaricia su paquete de verdes dólares como si fuera el bulto ostentoso de un apetecible dotado.

Naty Menstrual
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La semilla del odio


El retrato postal de la Antigua Grecia como paraíso de la diversidad sexual acaba de inundarse hasta desaparecer: la distribución en Argentina de Homofobia: Una historia, de Byrne Fone, devela cómo la pasividad sexual, el afeminamiento (y las mujeres en sí) y hasta el deseo desatado eran considerados monstruos escatológicos capaces de corromper no a la naturaleza sino a la misma idea de sociedad: la corrupción empezaba en el cuerpo y seguía en el cuerpo político. Así germinó el odio en la cultura occidental, más de veinte siglos antes de la invención de la palabra homofobia.

”Mi suposición es que cuando la mayoría de los homófobos imaginan que la homofobia es un nombre intelectualizado para una antipatía innata hacia los homosexuales, ésta, no obstante, es un producto de la educación y la socialización”, explica Byrne Fone en la introducción a su libro Homofobia: Una historia, que se acaba de distribuir en Buenos Aires por estos días, pero que originalmente fue publicado hace una década en EE.UU. Así, la estrategia de Fone tiene que ver con la mejor parte de los estudios gay-lésbicos y con todo el movimiento queer: desnaturalizar los procesos que soportan las ideas monolíticas de la sexualidad. Y una historia desnaturalizada implica, claro, encontrar el punto de vista para deshacer el arbitrio, la construcción de los prejuicios que congelan el pensamiento o, lo que es lo mismo, que obturan la diferencia. Y por eso, Fone, en lugar de trazar virtudes de la homosexualidad, de buscar la belleza homoerótica y enfrascarla en prosa estética, cuenta una historia de la homofobia, es decir, se ubica en un revés de la trama; un revés erudito y con todo el orgullo de su pasión invertida. Y la desnaturalización es una estrategia genial, porque justamente la homofobia se construye mayormente sobre el efecto de sentido del discurso sobre “lo natural”.

Si bien la palabra “homosexualidad” apareció en 1868, recién en la segunda mitad del siglo XX se comenzó a usar la palabra “homofobia” para referirse a la antipatía hacia los homosexuales. Presumiblemente fue publicada por primera vez en un artículo científico de K. T. Smith de 1971 titulado “Homofobia: una caracterización tentativa de la personalidad”. Esa particular antipatía, lejos de ser un mero sentimiento, se expresó a través de condena, aversión, temor, proscripción y el exterminio de homosexuales a lo largo de la historia. Fone enuncia dos causas ideológicas, dos prejuicios de ese temor: 1) la homosexualidad y los homosexuales perturban el orden sexual y de los géneros que supuestamente creó la ley natural; es, en definitiva, el desagrado frente a la diferencia sexual; 2) la conducta social de los homosexuales perturba el orden social, legal, político, ético y moral de la sociedad. Estos prejuicios desperdigados en la cronología de la homofobia que realiza Fone, desde la antigüedad hasta fin del siglo XX, permiten hacer un recorrido transversal del libro: por un lado, uno puede leerlo como una teratología, es decir, un catálogo de discursos monstruosos para construir monstruos; y por otro, una descripción de las prácticas higienistas para limpiar el impacto social de esos monstruos: la lucha contra la exposición pública, la notoriedad, la supervivencia y la herencia de los homosexuales. Y con su punto de vista original, y recopilando varios estudios previos, Fone logra hacer una radiografía del germen, de la idea que tenemos de la cultura griega. Su hallazgo es refundar los orígenes.

Bestiarios

Si bien los estudios gay-lésbicos repiten el retrato postal de la antigüedad como paraíso de la diversidad, cargando tintas sobre la democracia griega como ideal, en el libro de Fone se puede leer la idea de que en la Grecia antigua, como se señaló muchas veces, no existía una palabra que diferenciara la homosexualidad. Sí existieron formas del discurso que produjeron monstruos sexuales: antes del acto de nombrar lo diverso, se lo insultó directamente. La degradación homofóbica a partir del lenguaje es de inventiva griega. Porque si bien existía la tan idealizada paiderastia, ritual iniciático de un adulto mayor a un discípulo púber, donde se difuminaban los roles de maestro y discípulo y de amado y amante, la homosexualidad no era un problema siempre que fuese viril, exclusivamente activa y controlada. Pero el control era, principalmente, un control de esfínter: los que gozaban del sexo anal, aclara Fone, “no eran hombres verdaderos en absoluto sino monstruos afeminados, quienes recibirían a cualquier hombre que los quisiera por el ano”. La pasividad sexual, la insaciabilidad y el afeminamiento no se consideraban naturales o aceptables en Grecia, eran actos de freaks escatológicos, que abandonaban el ideal viril: así nacieron los malakos, palabra peyorativa que designaba a hombres suaves, afeminados, y que también sugería debilidad moral. Esa idea de virilidad como forma suprema del cuerpo amoroso está bien representada en El banquete, texto bendecido por tantas décadas de homoerotismo neoplatónico, pero que Fone pone en crisis al advertir que Platón, a través de ese encuentro para definir la lógica del Eros, construye un “reino donde ni las mujeres ni el afeminamiento tienen lugar alguno”. Y así lo declara uno de los asistentes a El banquete: “El amor entre varones no sólo es diferente del amor entre hombres y mujeres, sino superior a éste, porque es discriminador, fiel y permanente, y porque los hombres son superiores a las mujeres en inteligencia y fuerza”. El sexismo en toda potencia, la misoginia desatada que extirpa todo valor social a lo femenino en la sociedad, no puede representar en ninguna cultura un estadio de ideal democrático diverso.

Sobre ese monstruo afeminado descargó su risa el comediógrafo Aristófanes, con sus personajes de hombres mujeriles o travestidos, como el Agatón de Tesmoforiazusas, a quien se llama una “paradoja” por vestir ropas de mujer, fundando con esa palabra el chiste como burla homófoba, el antecedente de todo teatro de revistas machista. En esta obra, el argumento de Aristófanes sostiene que “hombres como Agatón –que no son ni varones ni hembras– perturban el orden de la sociedad, el cuerpo masculino corrupto introduce caos y corrupción en el cuerpo político”. Y, justamente, según los ideales de Platón, el problema era el cuerpo, porque siempre implicaba corrupción: lo platónico tenía menos que ver con el deseo sublime como relación física entre amantes que como amistad viril para la contemplación de lo bello y lo bueno. Estas ideas filosóficas, más bien abstractas, fueron recuperadas siglos después por los que sentaron las bases del pensamiento judeocristiano, fundando una corriente neoplatónica para justificar un ascetismo antisexual, acentuando la dichosa dicotomía entre carne y espíritu con la intención de promover el celibato, la vergüenza del cuerpo sensual, que finalmente corregiría con la moral de la Inquisición: la carne homosexual, desviada, perversa, sería quemada en las hogueras.

La posibilidad de una isla

Si a la sátira se le puede atribuir cierta ironía y a la filosofía una suerte de uso de la metáfora, ambos procedimientos que dan cierta ambigüedad en su condena a lo homosexual, a lo femenino y al travestismo, el alegato de Esquines contra Timarco, según sostiene Fone, aporta más cabalmente la ideología griega, sobre todo porque es el único documento que se conserva que trata exclusiva y seriamente de una argumentación sobre la homosexualidad. Y Esquines, para defenderse de una acusación de traición en un juicio, argumenta que Timarco no tiene autoridad por ser homosexual. O mejor dicho: por ser “una criatura con el cuerpo de un hombre deshonrado con los pecados de una mujer”. No sólo se acusa a Timarco de haber usado el culo para gozar, sino de otras mariconadas como maquillarse para aparentar menos edad de la que tiene con el fin de seducir, además de usar telas “suaves y hermosas”. Eso le valió otro insulto en perfecto griego: kinaidos, débil, lujurioso. Hoy lo llamaríamos simplemente marica, o cualquiera de sus sinónimos despectivos. El afeite amanerado, la estilización juvenil en el cuerpo adulto construidos como forma de lo monstruoso es un tic de la homofobia que se extendió hasta nuestros días. Es natural que un hombre maduro tenga canas, pero Timarco se las teñía: la tintura lo pintaba como puto. Toda esta argumentación posibilitó la sanción para que Timarco no pudiese seguir hablando en la asamblea pública y que se le denegaran sus derechos como ciudadano. Lo que los Estados modernos hacen con los homosexuales hasta el día de hoy, la Grecia antigua lo instauró en ese dictamen: al gay se lo invisibiliza negándoles los derechos como cualquier actor social pleno y se lo reduce a un ser despolitizado. La homosexualidad, ahora, ya no sólo es un crimen contra la naturaleza, sino contra las leyes sociales. Evidentemente, ésas son dictadas por la lógica estrictamente patriarcal, el ideal griego que se trataba de perpetuar.

Si faltaba alguna institución, la ciencia griega también decía lo suyo, que fue cruel y no mucho, pero suficiente para que también la homosexualidad fuese una enfermedad. Y para eso bastó un tratado, el Physiognomonics, del siglo IV a.C., que usualmente se compila dentro de los tomos de obras de Aristóteles, pero no fue escrito por él. Ahí, al marica, al kinaidos que comenzó a describir Timarco, se lo caracteriza fisonómicamente: “Ojos inconstantes y es patizambo; inclina la cabeza hacia la derecha; gesticula con las palmas de las manos hacia arriba y las muñecas fláccidas; y tiene dos estilos de caminar: menear las caderas o mantenerlas bajo control”. Para una anatomía de la inversión, para identificar al enemigo de la naturaleza, los fisonomistas pusieron al trolo bajo el microscopio para agigantar sus rasgos, para congelar su gesto bajo la lupa, y así dibujar la primera caricatura homófoba de la historia, una que se repite hasta en las películas del siglo XX.

Y si se trataba de detectar la diferencia sexual, era para después administrar el lugar que le correspondía en la escala social. Porque si esto no bastaba para que el cuerpo, el género y el ano se pensaran contra natura, aunque sobre todo se los creara como un atentado contra el orden político, en el 350 a.C. el mismísimo Platón, el supuesto adalid del homoerotismo, puso negro sobre blanco en Las leyes, que versa sobre la creación de Magnesia, un Estado utópico en la isla de Creta, y donde, justamente, decreta que el sexo homosexual y el lesbianismo son “crímenes antinaturales de primer rango”. Y, por fin, aparecen las lesbianas en el discurso platónico, para eliminarlas de la lógica del Estado ideal. Ahí tienen su democracia paradisíaca griega: Platón envió a los heterosexuales a una isla, para alejarlos de los afeminaditos y las machonas. La grotesca geografía imaginaria ya estaba trazada: era la isla de la fantasía homófoba, lugar desde donde se comienza a erigir el pensamiento y las prácticas contra la diversidad sexual que primaran en el resto de la historia.

Palabras específicas

Además de releer algunas ideas sobre la historia de la homosexualidad, Homofobia: Una historia también es un libro sobre las formas de los discursos literarios en su lucha por el sentido social y la representación de lo diverso. Por eso, con entusiasmo bibliófilo, Byrne Fone usa como fuentes de su cronología exhaustiva los libros que buscan afanosamente las formas literarias más aventuradas para expresar la diferencia sexual, en tanto de manera positiva como aberrante. Desde la literalidad a la traducción, desde la metáfora a la etimología, el libro multiplica el deseo en mil palabras que tratan de hacer de la diferencia una sublime experiencia literaria. Y así Fone expone cada detalle de obras fundadoras, pero también de muchas desconocidas, para que surjan los matices de la diversidad sexual en su búsqueda de las palabras justas. Fone parece más identificado con la investigación estética austera de Walt Whitman, tal vez el poeta homoerótico que inaugura una nueva voz cuando se apagaba el siglo XIX. En un afán preciosista, Whitman denuncia que existen “pocas palabras o nombres para los sentimientos amistosos” y se encarga de buscar las “palabras específicas” para que la poesía pueda expresar el cuerpo y el sexo. Cuando la pluma refinada de Fone vuela alto sigue los designios del poeta y se encamina en la investigación más elocuente para marcar el conflicto homofóbico a través de la cita expresiva y la invención justa. Dentro de esa línea, el libro alcanza su plenitud en las lecturas críticas de novelas, teatro y cuento en el Estados Unidos de principio de siglo XX. Ahí, logra recuperar una literatura panfletaria poco célebre y se adentra en su corazón oscuro para destapar las voces perdidas en medio del desconcierto, de la experiencia casi secreta. En esas páginas hay desafío político, inventiva, algo de humor y hasta ridiculez, por ejemplo, cuando se cita a un tal Dr. John F. W. Meagher que enuncia cosas estrafalarias como que a los homosexuales “les gustan las cosas artísticas agradables y casi todos ellos son aficionados a la música. También les agradan los elogios y la admiración. No saben silbar bien. Su color favorito es el verde”.


Sin autor
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sábado 9 de mayo de 2009

Pero no me nombres


Todos sabemos que es una mafia y que son todos mafiosos. Todos sabemos que el de la esquina es el que afana, que el de la vuelta es el que avisa y que el de al lado es el que la guarda. Todos sabemos que el almacenero le pega a la mujer y que su hijo le hizo un hijo a la de trece de la villa de Boulogne pero también sabemos que el almacenero tiene una 45 que le dio el primo de un amigo que es ex comisario de la primera de San Isidro y que mejor muza. Todos sabemos eso.

También todos sabemos que todo es una transa y que son todos transeros. Todos sabemos que el boletero siempre tiene 4 reservadas en la primera fila y que como sos amigo de un tío del productor del actor podés pasar al camarín y darte dique. Todos sabemos eso.

Todos sabemos que los médicos hacen humor negro cuando se les muere un cacho de carne y que le llaman cacho de carne al muerto porque quién no tiene un primo de un tío de un amigo que te lo cuenta sin mosquearse… todos sabemos eso. Todos también sabemos que la medicina es una industria y que las obras sociales son proporcionales al precio que pagás o a la familia que la dirige y todos también sabemos que si sos amigo de la familia o sobrino o primo o tío del conocido de un amigo te van a poner en una suite en la parte nueva del Instituto del Diagnóstico seguro… Todos sabemos eso.

Todos sabemos que si te quedás sin trabajo podés ir a ver a tal que es amigo de cual y sobrino de zutano que le debe un favor a mengano que le debía otro a perengano que era amigo del abuelo de tu padre. Todos sabemos eso.

Todos sabemos que si tenés que renovar un pasaporte, cédula o registro siempre hay un amigo de tu tatarabuela que se la ponía a tu tía que era medio prima del banquero del barrio cerrado de Pilar que conocía al primo que parece que mató a la Belsunce y que es amigote de otro puntero del barrio pobre de enfrente del otro lado de la ruta pero vos callate y tenés el registro en 10 minutos. Todos sabemos eso.

Todos sabemos que si te para la cana tenés que llevar la tarjeta del comisario tal o cual que es medio amigo o conocido de tu íntimo amigo y que cuando te paran no sabés dónde puta está la tarjeta entonces llamás a un amigo de un amigo y resulta que atiende tu íntimo amigo y te da el número del comisario que no era aquel que te había dado sino otro que puso un amigo de un amigo de Scioli primo de Posse y zafaste… también sabemos eso.

Todos también sabemos que aquél es el “fraile”, el pibito que mató a la prima de la amiga de la hermana del jardinero, también sabemos que es dealer y que tiene porro siempre pero para merca hay que llamarlo un día antes y para éxtasis a partir de los jueves y que hay que llamar de parte de Rosa… Todos sabemos eso.

Todos sabemos que los tacheros son casi todos mafiosos y que tienen una trenza con los sindicatos y que te arreglan el reloj y que se cagan en el patrón y que el peón es un ladrón y por poco violador y que la cola de tal o cual parada o aeropuerto está vedada y que mejor no te pares y menos lo tomes y que mejor que te las tomes. Todos sabemos que para poner un negocio si no sos amigo de un conocido de un tío de un amigo de un primo de una prima lesbiana amante de la mujer del gobernador local te mandan matar… Todos sabemos eso.

Todos sabemos que si querés tener un crédito en el banco y estás en el Veraz tenés que conocer a un pinche amigo del secretario de un amigo del primo de Ibarra que es amigo de un maquillador de Shakira que comía asado con un asistente de Nacha que se culeaba a un medio sobrino de Perón que tiene dos caniches blancos primos del perro de Susana que son tíos del Pitbull de Tinelli y que juega al fútbol con un asistente de Chávez… Todos sabemos eso.

Todos sabemos que si querés encamarte con tal o cual que era amante de la Alfano o del Facha Martel tenés que llamar a un amigo de un taxi boy compañero de yoga de un remisero que lo llevaba a Rial en el 93 cuando trabajaba con Lucho y se la chupaba a no me acuerdo quién… Todos sabemos eso.

Todos sabemos que si tenés exceso de peso tenés que ir a ver al chanta de Cormillot y todos sabemos que si tenés otro tipo de exceso algún pez gordo de Aerolíneas te va a salvar y te lo va a dejar pasar. También todos sabemos que si no querés que te pique el mosquito del dengue tenés que hablar con el amigo de tal que es amante de un transexual que tiene una amiga que tiene una peluquería donde venden consoladores por detrás y por izquierda facturados por derecha… Todos sabemos eso.

Todos sabemos que si tenemos un juicio tenemos que llamar a aquel que es cuñado del escribano que le hizo la casa al contador que no murió del corazón porque tuvo al personal trainer del arquitecto cual que es socio del amigo de Gaby Álvarez o que mejor… no, llama al testaferro de fulano que se llamá Faena y tiene un telo posta y sabe a quién hay que llamar en esos casos… eso todos también lo sabemos.

Todos sabemos por dónde andar y si no sabemos por dónde andar qué importa si total sabemos a quién hay que tocar y a quién hay que llamar si andamos mal.

Todos sabemos quién trae, quién invita, quién garpa y quién se hace garpar. Todos sabemos quién jode y quién tiene ganas de joder y todos sabemos quién tiene y jode y quién no tiene y jode igual.
Todos sabemos quién miente con un programa de televisión que dice decir la verdad y quién dice la verdad y tiene que mentir para tener un programa de televisión… eso todos lo sabemos.

Todos sabemos que estamos todos salvados porque siempre hay un amigo de un primo de un tío de conocido de un amigo que te hace zafar… eso todos lo sabemos.

Todos sabemos quién va a ganar… porque todo lo sabemos. Todos sabemos lo que piensa Prat Gay sin saber cómo se pronuncia porque no sabemos si es catalán, inglés u holandés, todos sabemos lo que elucubra De Narváez aconsejado por Mauricio y desaconsejado por Felipe. Todos lo sabemos. También todos sabemos a quién hay que llamar si te querés hacer matar.

Todos sabemos todo… porque todo lo sabemos y porque así nos conviene porque si fuera de otra manera no seríamos lo que somos… Todos lo sabemos y por ahora resulta… así que dejate de hinchar… no te quejes que estamos bien… o qué preferís, ¿Suiza, donde no te conoce nadie?…

Es mejor así, todo verdad, todo inventado, todo por derecha y por izquierda, todo como sea, pero es, no seas bobo... quedate muza… y cualquier cosa llamame… que yo tengo un amigo de un primo de una vedette que se casó con un galán amante de un chef del canal Gourmet que se acostaba con una que era el culo de tal marca que desfilaba para tal que estaba en la lista de no me acuerdo quién… pucha, ¿quién era?…

¡Aaah… era yo!... ¡Llamame a mí!… Pero no me nombres.

Fernando Peña
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Fiera madre hija bicho amante


La estrella fugaz del rock brasileño sigue encendida, a pesar de su escasa difusión y de sus grabaciones difíciles de encontrar. Durante su corta vida, Cássia Eller construyó a fuerza de estilo y talento una leyenda que adquirió una dimensión impensada después de su muerte. Vivió sus últimos años junto a su mujer, María Eugênia Vieira Martins, quien al morir Cássia pidió la custodia del hijo de la cantante. Su reclamo revolucionó a la sociedad brasileña y sentó un precedente sobre la legalización de las parejas gays y sus familias.

Sobre cualquier escenario, su presencia incandescente de amazona andrógina, perfil oscuro iluminado por la zumbona sonrisa. Capaz de simplemente levantarse la negra remera para refrescar sus tetas transpiradas en el fragor del show o acomodarse la bragueta como un bucanero indígena, siempre con la guitarra como antorcha o espada a lo Juana de Arco, entretejiendo en la ofrenda esa imagen inédita y actualmente venerada por sus seguidores, quienes logran redescubrirla para volverse adictos de la que –en sus inicios– los críticos compararon con Ney Matogrosso, pero en versión femenina.

Al descubrir su repertorio, cualquiera podría caer hechizado ante el tono bravío que dota a “Non, je ne regrette rien”, clásico de Edith Piaf, o esa especie de chacarera festiva que es el forró nordestino de su país con “Curiosa para sufrir”, que en Gal Costa resuena tan cristalino, pero bajo la fuerza y la garra de Cássia se exacerba sin perder su original sencillez campesina. Singularmente ecléctica, ella alguna vez aclaró: “Quien me mire bien podría pensar que no soy para nada romántica, pero se equivoca”.

Durante el breve tiempo que transcurrió su carrera, Cássia alimentó sin siquiera pensarlo su insólita leyenda que incluía no sólo asumir públicamente el privilegio de la homosexualidad, la práctica de una libertad absoluta dentro y fuera de cada show, su postura de intérprete declarada sin mencionar el valiosísimo dato de la propia autoría, incluyendo casi con sigilo sólo dos temas firmados por ella: “El marginal” y “Ellos”.

En un país de grandes y exquisitas cantoras, de algún modo comparte con la también inconmensurable Elis Regina esa pocas veces lograda fusión con sus compositores, quebrando cualquier límite, para amalgamarse de tal modo en cada tema, y que todo lo que cantan pareciera escrito sólo para ellas o por ellas.

El repertorio de Cássia incluía desde el que llamaba “Mi madre” Chico Buarque hasta Caetano Veloso, Nando Reys y nada menos que su venerado Cazuza, sin olvidar a Jimi Hendrix, Nirvana o Los Beatles. Fue justamente del propio Veloso la frase que repitió al autointernarse para superar su creciente adicción al alcohol y las drogas: “Dios adora hacerme bromas”.
Refugio en el más allá

Un par de años antes del trágico final, buscó refugio en una fazenda–clínica de Teresopolis, a dos horas de Río, y en el simple video casero grabado al ingresar luego de que los médicos leyeran el catálogo de los planes a seguir, escuchamos como respuesta su inimitable carcajada desdramatizando el momento. Durante la estadía allí, Cássia pasaba el tiempo jugando al fútbol descalza, por supuesto escuchando música y continuando casi en secreto con sus interminables zapadas, sola en medio del verde.

Cuando los músicos de su propia banda iban a visitarla, no dejaron de ensayar en el bucólico paisaje, además de tener, según afirmaron a los medios, el imprevisto regalo de conectarse con legítimos extraterrestres.

Tardó más de un año en recibir el alta, luego del cual regresa a los brazos de su esposa e hijo y comenta: “Al fin terminé de desintoxicarme. Encontré a Jesús. Ahora quiero seguir junto a él, limpita”.

El padre de Francisco –o “Chicón”, como llamaba a su hijo– era Octavio Fialho, bajista de la pesada, muerto en un accidente automovilístico tres meses antes de que su hijo naciera.

Sin sospechar que sería su apoteósico canto de cisne, Cássia aceptó participar en la tercera edición de Rock in Rio. Y si de manera inexplicable no había sido convocada para la fecha anterior, su jamás planeada venganza se llevaría a cabo con la convocatoria record de 100 mil espectadores que comulgaban con ella cantando de cabo a rabo cada uno de los temas interpretados en el histórico encuentro. Sus admiradores, mejor dicho, fanáticos, ya eran legión.

También sus pares la consideraban un verdadero genio musical sin precedentes. Incluso los integrantes de Nirvana elogiaron públicamente su versión del hit “Smells like Teen Spirit”.

Pero por sobre todo ella, que desde adolescente paseaba en el viejo coche familiar sin cambiar nunca el casete de Os Mutantes, al escuchar que la propia Rita Lee, voz cantante del legendario grupo, la invitaba a participar de su programa semanal en TV Globo, aceptó lo que valoró como uno de los mejores regalos que le daba la vida; aunque pocos meses después la misma Rita Lee, al saber de su muerte, declaraba a los medios: “Sólo me queda el consuelo de saber que Cássia, en apenas diez años, logró hacerlo todo”.

Tal vez sea así, pero ante un artista como ella uno se vuelve insaciable y resuena el dato esgrimido como una de las causas para develar la crisis final, apuntando que la estrella estaba exhausta luego de realizar más de cien shows en apenas tres meses. Igual, Cássia siguió alimentando el fuego de su ritmo y repitiendo como un mantra gitano: “Nunca lograría transmitir en ningún estudio la preferible emoción que es estar con mi gente”.

En verdad, no era simplemente público ni fanáticos aquellos que la idolatraban con el corazón en la boca, ofrendando su ya clásico “El tiempo no para”, de Cazuza, o la plegaria metálica de Nando Reys con latigante estribillo: “Sólo pido de Dios un poco de malandraje... pues soy poeta y no aprendí a amar”.

Llegó el aciago, doloroso 2 de enero de 2002. La agencia Télam-Brasil informaba que “la policía brasileña investiga la muerte de Cássia Eller, luego de tres sucesivos paros cardíacos”. Ante la sospecha de que la causa hubiera sido una sobredosis de drogas, se les preguntó a los médicos si podían asegurar que había sido una muerte por causa natural o no. La respuesta de los galenos fue negativa, por lo que el caso quedó registrado como “muerte dudosa”.

De inmediato, María Eugênia Vieira Martins, la mujer con quien se había unido hacía doce años, reclamó la custodia de Chicón. Luego de un breve pero resonante proceso judicial contra el abuelo del niño y padre de Cássia, logró al fin hacerlo desistir y Chicón, hasta la fecha, continúa a su lado. “Luego de morir Cássia, en ningún momento pude pensar siquiera en la posibilidad de quedarme sin mi hijo. Siempre creí que la Justicia brasileña, así como la sociedad que abiertamente me apoyó, sabría decidir teniendo en cuenta lo mejor para la criatura, reconociendo el afecto que nos unía y la familia que efectivamente formábamos. Tuve la ayuda incondicional de mis amigos, de la opinión pública, de artistas y políticos que se unieron a un movimiento de apoyo a nuestra causa. Finalmente, el 31 de octubre de 2002, el juez del segundo tribunal de Río de Janeiro me cedió la tutela definitiva de Francisco. Justo era el día del cumpleaños de Cássia.” Cuenta la misma María Eugênia en el libro Madres lesbianas, editado por la escritora Sara Espinosa Islas, y en el que en un reportaje realizado por Alejandra Sardá se describen, con pelos y señales, las peripecias del caso, que finalmente logra un destacado precedente de enorme valor jurídico para madres no biológicas, viudas de su pareja queer.

Si alguien le hubiera pedido su propio autorretrato, Cássia respondería con la frase incrustada como joya de último disco: “Soy fiera-soy bicho–soy ángel-soy mujer-soy mi madre-mi hija-mi hermana-mi amante. Pero soy mía-sólo mía y no de quien quisiera. Soy dios, soy tu diosa. Oh, mi amada. Oh, mi amor”...

Fernando Noy
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Judith Butler para principiantes


Judith Butler es la autora de uno de los libros más influyentes del pensamiento contemporáneo, El género en disputa. Feminismo y la subversión de la identidad, donde ya en los años noventa ponía en jaque la idea de que el sexo es algo natural mientras el género se construye socialmente. Sus trabajos filosóficos, complejos y muy difíciles de divulgar sin desvirtuar, han contribuido a construir lo que hoy se conoce como Teoría Queer y tuvieron un papel fundacional en el desarrollo del movimiento queer. Esta breve guía se detiene en puntos clave de su pensamiento.

1
Butler y su giro copernicano


Ese giro se produce en torno del género y marcó la evolución de las concepciones que se venían teniendo al respecto dentro del feminismo. Cuando en 1990 publica El género en disputa, las ideas se dividían a grandes rasgos entre las que entendían al género como la interpretación cultural del sexo y aquellas que insistían en la inevitabilidad de la diferencia sexual. Ambas presuponían que el “sexo”, entendido como un elemento tributario de una anatomía que no era cuestionada, era algo “natural”, que no dependía de las configuraciones sociohistóricas.

Butler plantea que el “sexo” entendido como la base material o natural del género, como un concepto sociológico o cultural, es el efecto de una concepción que se da dentro de un sistema social ya marcado por la normativa del género. En otras palabras, que la idea del “sexo” como algo natural se ha configurado dentro de la lógica del binarismo del género.

2
Judith en el principio de los movimientos queer


Este planteamiento, a partir del cual el sexo y el género son radicalmente desencializados, desestabilizó la categoría de “mujer” o “mujeres”, y obligó a la perspectiva feminista a reconcebir sus supuestos, y entender que “las mujeres”, más que un sujeto colectivo dado por hecho, era un significante político. Al mismo tiempo, esta aguda desencialización del género, la idea de que las normas de género funcionan como un dispositivo productor de subjetividad, sirvió de fundamento teórico y dio argumentos y herramientas a una serie de colectivos, catalogados como minorías sexuales, que también, junto a las mujeres, eran (y continúan siendo) excluidos, segregados, discriminados por esta normativa binaria del género. En este sentido, el giro copernicano de Butler ayudó mucho al impulso y la expansión de los movimientos queer, y también trans e intersex.

3
Y el sexo..., ¿dónde está?


La impronta de Michel Foucault, y en particular su trabajo en la Historia de la sexualidad, es evidente. Ahora bien, si en el caso de Foucault el dispositivo de la sexualidad no tiene en cuenta el género, para Butler es esencial. A partir de Butler el género ya no va a ser la expresión de un ser interior o la interpretación de un sexo que estaba ahí, antes del género. Como dice la autora, la estabilidad del género, que es la que vuelve inteligibles a los sujetos en el marco de la heteronormatividad, depende de una alineación entre sexo, género y sexualidad, una alineación ideal que en realidad es cuestionada de forma constante y falla permanentemente.

Es importante insistir en que Butler no quiere decir que el sexo no exista, sino que la idea de un “sexo natural” organizado en base a dos posiciones opuestas y complementarias es un dispositivo mediante el cual el género se ha estabilizado dentro de la matriz heterosexual que caracteriza a nuestras sociedades. Puesto en otros términos, no se trata de que el cuerpo no sea material, no se trata de negar la materia del cuerpo en pos de un constructivismo radical, simplemente se trata de insistir en que no hay acceso directo a esta materialidad del cuerpo si no es a través de un imaginario social: no se puede acceder a la “verdad” o a la “materia” del cuerpo sino a través de los discursos, las prácticas y normas.

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El género como performance


Antes que una performance, el género sería performativo. Esta diferencia entre pensar al género como una performance y pensar en la dimensión preformativa del género no es trivial. Decir que el género es una performance no es del todo incorrecto, si por ello entendemos que el género es, en efecto, una actuación, un hacer, y no un atributo con el que contarían los sujetos aun antes de su “estar actuando”. Sin embargo, en la medida en que este performar o actuar el género no consiste en una actuación aislada, “un acto” que podamos separar y distinguir en su singular ocurrencia, la idea de performance puede resultar equívoca. Hablar de performatividad del género implica que el género es una actuación reiterada y obligatoria en función de unas normas sociales que nos exceden. La actuación que podamos encarnar con respecto al género estará signada siempre por un sistema de recompensas y castigos. La performatividad del género no es un hecho aislado de su contexto social, es una práctica social, una reiteración continuada y constante en la que la normativa de género se negocia. En la performatividad del género, el sujeto no es el dueño de su género, y no realiza simplemente la “performance” que más le satisface, sino que se ve obligado a “actuar” el género en función de una normativa genérica que promueve y legitima o sanciona y excluye. En esta tensión, la actuación del género que una deviene es el efecto de una negociación con esta normativa.

5
Poderes y políticas


Hablar de género es hablar de relaciones de poder. Hay que tener muy en cuenta que en esta negociación, el no encarnar el género de forma normativa o ideal supone arriesgar la propia posibilidad de ser aceptable para el otro, y no sólo esto, sino también, incluso, supone arriesgar la posibilidad de ser legible como sujeto pleno, o la posibilidad de ser real a los ojos de los otros, y aun más, supone en muchos casos arriesgar la propia vida. En este sentido, la oportunidad política a la que abren los señalamientos de Butler se debe a que si el género no existe por fuera de esta actuación, y las normas del género tampoco son algo distinto que la propia reiteración y actuación de esas mismas normas, esto quiere decir que ellas están siempre sujetas a la resignificación y a la renegociación, abiertas a la transformación social. Estas normas que son encarnadas por los sujetos pueden reproducirse de tal modo que la normas hegemónicas del género queden intactas. Pero también estas normas viven amenazadas por el hecho de que su repetición implique un tipo de actuación que pervierta, debilite o ponga en cuestión esas mismas normas, subvirtiéndolas y transformándolas. Esta inestabilidad constitutiva de las normas es una oportunidad política.

6
La aparición de la homosexualidad


En paralelo con otras autoras que también han revisado el hecho de que las ideas que conlleva el género han sido tributarias de la matriz heterosexual –como por ejemplo Monique Wittig, Adrienne Rich o Gayle Rubin– los planteamientos de Butler apuntan a señalar que los ideales de masculinidad y feminidad han sido configurados como presuntamente heterosexuales. Si desde el esquema freudiano, por ejemplo, se parte de la idea normativa de que la identificación (con un género) se opone y excluye la orientación del deseo (se deseará el género con el cual no nos identificamos) –identificarse como mujer implicaría que el deseo debería orientarse hacia la posición masculina, y viceversa–, Butler planteará que esto no es necesariamente así. (Este es el prejuicio que permite entender el hecho de que históricamente se haya pensado en la idea de que un hombre que desea a otros hombres tenderá a ser necesariamente afeminado, y lo mismo en el caso de las mujeres, que si desean lo femenino, esto deberá asociarse con la identificación con lo masculino)

7
La ley del deseo


Desde el punto de vista de Butler, deseo e identificación no tienen por qué ser mutuamente excluyentes. Y aún más, ni siquiera, ni tampoco, éstos tendrían por qué ser necesariamente unívocos. No hay ninguna razón esencial que justifique que una debe identificarse unívoca e inequívocamente con un género completa y totalmente. Asimismo, tampoco habría ninguna necesidad en que una deba orientar su deseo hacia un género u otro. Tal es el caso por ejemplo de la bisexualidad.

En tanto ideales a los que ningún sujeto puede acceder de forma absoluta, masculinidad y feminidad pueden ser –y de hecho son– distribuidos, encarnados, combinados y resignificados de formas contradictorias y complejas en cada sujeto. Y no hay encarnaciones o actuaciones de la feminidad o de la masculinidad que sean más auténticas que otras, ni más “verdaderas” que otras. Lo que habría, en todo caso, son formas de negociación de estos ideales más sedimentados, y por ende naturalizados o legitimados que otros, lo que consecuentemente los vuelve “más respetables” de acuerdo con un imaginario social que continúa siendo primordialmente heterocéntrico.

Leticia Sabsay
Socióloga (UBA) Doctora por la Universidad de Valencia. Sus temas de investigación abordan la articulación de los conceptos de género, subjetividad y ciudadanía en la teoría feminista contemporánea. Participò con Judith Butler en el dictado del Seminario de doctorado “Performatividad, género y teoría social: la revisión de la categoría de sujeto”, que tuvo lugar en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.


ENTREVISTA
La invención de la palabra


¿Cómo ve el devenir de la potencia de lo que usted llamó la “matriz heterosexual” en las últimas cinco décadas? ¿Qué cambios han ocurrido y a qué cree que se deben?

–Pienso que tenemos que asumir que “la matriz heterosexual” es una manera de intentar describir las cambiantes operaciones de la heterosexualidad hegemónica y obligatoria, y que esta “matriz” no tiene una única formulación. A veces, una construcción teórica como “matriz heterosexual” actúa como punto de partida para un análisis pero no es en sí misma descriptiva. Podríamos hablar sobre cambios producidos en las últimas cinco décadas dentro de ciertos contextos geopolíticos y seguramente notaremos que hay más espacio para otros modos de la sexualidad –gay, lesbiana, bisexual–, pero también tendríamos que advertir los nuevos métodos de normalización que emergieron en las mismas décadas. Lo que podría ser importante de considerar es la manera en que la separación entre reproducción y sexualidad es evidente para gente de cualquier orientación sexual. Aunque también habría que recordar que el funcionamiento de la matriz heterosexual no sólo impone heterosexualidad sino que también controla los términos del género. Por lo tanto, es importante también hacer un seguimiento de cómo los modos de presentación de las cuestiones de género ya no están vinculadas con la orientación sexual de manera clara o previsible. Hay, por supuesto, lugares en el globo donde es más difícil seguir el “progreso”, así que probablemente necesitemos desarrollar un mapa dinámico y complejo para ensayar y pensar más cuidadosamente cuándo y dónde opera la matriz heterosexual.

¿Cómo imagina un futuro donde la norma binaria se haya diluido?

–No es necesario imaginarse un futuro en este sentido porque la impugnación del sistema binario de géneros ya ha sucedido. De alguna manera, ha sucedido. El desafío es encontrar un mejor vocabulario para las maneras de vivir el género y la sexualidad que no encaje tan fácilmente en la norma binaria. De esta manera, el futuro está en el pasado y en el presente, pero necesitamos producir la palabra en la que la complejidad existente pueda ser reconocida y en donde el miedo a la marginación, patologización y la violencia sea radicalmente eliminado. Tal vez nuestra lucha sea menos para producir nuevas formulaciones del género que para construir un mundo en el que la gente pueda vivir y respirar dentro de la sexualidad y el género que ya viven.

¿Qué consecuencias políticas traen aparejadas estas nuevas perspectivas?

–Algunas son claras: la oposición en la calle a la violencia médica y policial contra la gente transgénero, la conformación de nuevas alianzas entre feministas, lesbianas, gays y bisexuales, queer, genderqueer, transgéneros, intersex; la despatoligización de la homosexualidad y la transexualidad dentro de los manuales y prácticas médicas, la producción de espacios culturales donde a través del arte es posible explorar las luchas y los placeres de estas vidas particulares, el desarrollo de formas de activismo basadas menos en una identidad estricta que en una forma de afiliación donde la diferencia tenga más valor que la superación de ésta.

¿Es posible adaptar su trabajo teórico, sobre todo el vinculado con los temas de género, a la vida cotidiana?

–Hay varias formas de responder esa pregunta. Mi primera respuesta es decir que el trabajo y el amor están relacionados, y con eso quiero decir que amo mi trabajo y que mi trabajo proviene en parte de reflexiones sobre las condiciones del amor. Pero más que eso, creo que el género tiene mucho que ver con las relaciones que mantenemos en la vida. No siempre es el aspecto más importante de toda relación, pero el género es una forma de relacionarse. Pienso que la gente, en todo el mundo, está confundida con el género, incluso cuando lo están disfrutando, así que miran los recursos culturales que tienen a su disposición para que estas cuestiones tengan sentido. La teoría académica es sólo un recurso entre otros.

Pero dado que usted teoriza sobre el amor, la sexualidad, el deseo y el género, ¿hay alguna forma de aplicar algunos de sus postulados?

–No pienso que la teoría deba ser aplicada. No se trata de un conjunto de prescripciones abstractas aplicables a la vida práctica. La teoría no te dice cómo hacer las cosas, pero abre posibilidades. En un mundo que constantemente cierra posibilidades, es importante abrirlas. Una vez, Nancy Fraser (filósofa feminista norteamericana) me preguntó cómo se podía distinguir entre las posibilidades que había que valorar y las que no. Ella quería una forma de medir normas. Pero yo creo que se trata de maximizar las posibilidades de vivir la vida, aunque ésta sea precaria. De todos modos, cuando la gente toma una teoría y luego hace su propio análisis sobre una práctica social determinada –algo que yo no podría hacer– es algo maravilloso. Porque esa teoría sale del contexto en el que fue creada y entra en otro y se convierte en algo diferente. Para mí, la teoría es un gesto insuficiente. Hay que retomarla en distintos contextos para que se convierta en algo diferente. Y recién cuando esto ocurre la teoría es exitosa.

¿Y entonces es posible dejar una marca en el mundo?

–Cuando estaba en la facultad, yo formaba parte de un emergente movimiento gay y lésbico (por entonces no existía lo “queer”) y era una feminista comprometida. Lo que no entendía era cómo iba a poder juntar todos estos mundos diferentes. Parecían separados y que habría riesgos si intentaba unirlos. Pero, de a poco, de alguna forma se unieron, y yo me encontré en una posición afortunada. No estoy segura de que, como persona, yo pueda hacer una diferencia. Pero formo parte de un movimiento de pensamiento más grande que ha hecho y hace una diferencia.

Usted apoyó a Obama antes de su elección. Hasta ahora, ¿está satisfecha con sus primeros meses en el gobierno?

–Es verdad que voté a Obama en las primarias demócratas y en la elección final, pero tenía algunas dudas sobre sus posiciones. Es un demócrata centrista y es importante saber que la “izquierda” consiste en movimientos sociales radicales que no siempre están bien representados por Obama o sus funcionarios. Mi esperanza es que surja una práctica de la crítica en la izquierda. Por supuesto que estamos aliviados ahora que Bush se fue y que Obama está en el poder. Pero hay que recordar que Obama nunca apoyó el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo y que tenía el poder para influenciar en la votación de California que anuló el matrimonio gay. Pero, por razones tácticas, eligió no hacer nada. Y estuvo dolorosamente callado durante el ataque a Gaza, incluso cuando debería ser claro para él que los judíos progresistas ahora están preparados para criticar la violencia del Estado israelí. También eligió en su gabinete a gente que es muy conocida por su misoginia y racismo, como Lawrence Summers (N. de la R: profesor en Harvard y director del Consejo Nacional Económico). Así que veamos cuán lejos está dispuesto a ir con respecto a las decisiones más difíciles. Debo decir que luego de sus primeros tres meses en el gobierno estoy más contenta de lo que había pensado. Cuando fue electo, me preocupaba que tanta gente estuviera enamorada de él y lo idealizara y que luego se decepcionara por completo o que “disculpara” sus numerosos compromisos con fuerzas más conservadoras. Pero creo que Obama hizo un buen trabajo al asegurarse de que la gente no lo viera como un Mesías. Ofrece esperanza, pero no redención, lo que para mí es un alivio. Ya veremos qué posición tomará su gobierno en cuanto al aborto. En mi opinión, ésta es una pregunta abierta.

¿Le resulta llamativo que en este momento se discuta en distintos lugares del mundo –con el apoyo de múltiples personalidades públicas– la legalización del matrimonio gay y que el aborto, a su vez, siga siendo un tema tabú o defendido sólo por grupos de mujeres militantes?

–Es importante considerar cómo el movimiento “pro-matrimonio” ha limpiado las relaciones homosexuales y neutralizado el radicalismo sexual. Ahora gira alrededor de imágenes de monogamia y propiedad. Y, sin embargo, la práctica del aborto es muchas veces presentada como una opción socialmente condenable o estigmatizada por la pérdida de status de clase. Así que me parece que necesitamos repensar el feminismo y los movimientos sexuales radicales para tomar en cuenta formas de filiación que no son conyugales y que no siempre se basan en derechos de propiedad. Y también habría que volver a aliar al movimiento gay y lésbico (y a los bisexuales) con el feminismo y la crítica de la opresión de clase. Mi temor es que en los Estados Unidos estemos aceptando los términos de la democracia liberal participativa en el sentido amplio del compromiso político. Por supuesto, quiero esa democracia, pero quiero que sigamos preguntándonos qué es lo que la democracia radical nos pide ahora.

¿Cómo ingresa el concepto de familia en esta historia? ¿Cree que se ha modificado?

–Creo que tenemos que distinguir “familia” de “parentesco”, pensando parentesco como ese grupo de personas de las que dependemos y que dependen de nosotros, una comunidad que participa de las mayores celebraciones y pérdidas de nuestras vidas. Creo que es un error restringir la idea de parentesco a la familia nuclear. Creo que todos necesitamos producir y sostener este tipo de comunidades. Demasiado peso emocional se deposita sobre la familia y la pareja, y encima estas instituciones deben abrirse a mundos más amplios. No es necesario estar unidos por la sangre o por el matrimonio para convertirse en esenciales unos para los otros. No solamente tenemos que imaginarnos más allá de estas maneras de relacionarnos sino también cómo podríamos vivir en ellas.

Informe: Milagros Belgrano Rawson.

Sebastián Freire
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viernes 8 de mayo de 2009

Aráñame otra vez


Cuando se estrenó, en los años ’70, el cruce de un militante político y un homosexual que comparten celda en una cárcel argentina, y la poderosa historia de amor que transcurría ahí hasta desembocar en un beso entre dos hombres, produjo un impacto inimaginable hoy en día. Un impacto político, cultural y sexual. Treinta años después, ya convertida en musical, en película de Hollywood y en hito literario, Rubén Szuchmacher emprendió la tarea de volver a subir El beso de la mujer araña a un escenario. A una semana de su estreno, Humberto Tortonese habla de su regreso al teatro como Molina (junto a Martín Urbaneja como Valentín) y el propio Szuchmacher habla de cómo y por qué quiso “desmariconizar” la obra.

¿Me escuchás, me escuchás? Ay, no paro de hablar, dice Tortonese. Y es cierto. Empezó a las tres de la tarde, con el ensayo de El beso de la mujer araña, ahora son las nueve de la noche y está en medio de la entrevista, y sigue recordando, contando, gritando por momentos, riéndose, enojándose, habla rapidísimo. Antes de eso, dice, pasó todo el texto en su casa, un texto largo, difícil, donde él justamente habla y habla, cuenta películas, ovilla palabras, el tejido hermoso de ese personaje entrañable que es Molina, el gay encerrado en una celda a merced de su imaginación y otro hombre al que en su despliegue de historias atrapa, mete en su red rococó infalible de palabras de época. Tortonese es Molina en la versión de El beso de la mujer araña que se estrena pronto dirigida por Rubén Szuchmacher, la mujer araña es él ahora también, contando su historia, la de un actor que comenzó en los ’80 a hablar y no paró jamás. La señora sentada en la mesa contigua, cuando Tortonese se levanta para irse, lo detiene, le sonríe coqueta y le dice: “Te escuchaba hablar y pensaba, esa voz tan particular, esa voz...”, “tan reconocible”, completa el actor y sale del bar. Antes había contado lo cansado que estaba de escuchar su propia voz, relatando siempre la misma historia de los descontroles del Parakultural, una historia que se resignifica ahora, cuando él es el Molina que soñó Manuel Puig, el Molina Perfecto con su ropa de calle, una camisita de bambula violeta y su pelo largo lacio atado en un rodete bajo. Y todo sucede en el Teatro El Cubo, a apenas dos cuadras de la que fue la casa de Batato Barea, donde Tortonese vivió algunos de los mejores momentos de sus años salvajes.

Entonces dirá cosas como: “A veces me dicen Ay, yo también fui underground; y yo digo ¿Ah sí? No me acuerdo de vos”. Pero también dirá: “Con todos los parakulturales somos hermanos del alma”. De su dupla de oro con Urdapilleta: “Es como con las parejas, no duran para siempre y nosotros aguantamos bastante”. Y concluirá: “Los cambios en la vida los tenés que tener, puede ser mejor o peor que antes lo que hagas, pero seguir con lo mismo aburre”.

LO SERIO NO QUITA LO SOLEMNE

La escena es toda negra, con una bombita potente, una idea brillando colgada de un cable pelado como único detalle de color. La escena es amplia, no da la idea del típico cuartucho con que se representa una cárcel, sino de un lugar neutro, un paisaje mental donde dos seres antagónicos, míticos, un gay y un militante marxista, pasan las horas. Tortonese la recorre de punta a punta, cortando el aire con su cuerpo delgado como un bisturí, levanta los brazos para decir: “Tenía un peinado alto. Muy alto. Esos que se hacen las mujeres cuando van a vivir un momento importante”. Tiene los ojos perdidos, como si la nuca o los dientes de esa mujer pantera que describe estuvieran revoloteando a su alrededor, o como si hubiera algo realmente metafísico en un peinado banana. La seriedad de la escena es la misma del proyecto, algo que a Tortonese lo fascina y aterroriza a la vez.

Cuenta que cuando le dieron el texto, lo leyó de un tirón, sentado sin moverse en un silloncito de su casa; pero que después, “cuando empezamos a ensayar, me di cuenta de lo difícil que era. Tenés que estar muy concentrado, meterte, por momentos me encanta y me meto mucho, pero yo no estoy acostumbrado a hacer este tipo de obra, tan, entre comillas, seria-seria, con tantos pies y diálogos y todo. La voz humana, la obra que hice antes, tenía algo de seriedad pero también un poco de grotesco mío, que me dejaba llevar, y con esta dije ‘Bueno, vamos a ver qué pasa’. Y fue mucho más difícil de lo que pensaba. Más allá del texto, por momentos yo decía: ¿Qué estoy haciendo, no será demasiado solemne esto?’”, se ríe y sigue: “Porque de estas cosas yo en un momento me burlo viste, de la solemnidad, pero bueno, los ensayos siguieron, fui entrando y entrando. Y ahora ya estoy adentro”.

Y viéndolo actuar, observar enamorado e inmóvil a su deforme media naranja Valentín, no cabe duda de que lo está. Pero hubo otras cosas en el medio, cosas que lo hicieron zambullirse, cosas como fanatizarse con las películas que se cuentan en la obra, fanatizarse con Puig, comprender la encendida traducción que del cine a la literatura hizo el escritor, la misma que él ahora hace de la literatura al teatro: “Cuando ves las películas La mujer pantera, de Jacques Tourner, y su continuación, hermosas, esa cosa de época, blanco y negro, ves el delirio de Puig que hay en eso, en lo que él cuenta y pasa realmente y lo que no, en las cosas en que Puig se va para otro lado, y decís qué genial, cómo este hombre ha hecho de una película, una maravilla”.

Y justo lo más interesante, la maravilla de la versión de Szuchmacher, y de la particular encarnadura que hace Tortonese de Molina es ese temple, mostrar la ternura de un personaje que se ha representado con grandilocuencia, el William Hurt superlativamente gay en batas vaporosas, de la película de Babenco, más aún conociéndolo a Tortonese y su tendencia natural al desborde. Resulta raro verlo tan lavado, haciendo el gay naturalista, dejando aparecer así los matices que quedaban oscurecidos en otras versiones, llenas de vibrato.

LOS ’70 NO FUERON LOS ’80, PERO...

En la escena hay también tres productores distintos que entran y salen, un cuidado excesivo por los detalles, silencio en la sala que se cuida con recelo, un ensayo que no puede ser presenciado por nadie ajeno a la producción. Y lo que sorprende a Tortonese es esa forma, hacer una obra que no haya salido de un proyecto de amigos, como las que hizo con Alberto Ure, o con Urdapilleta y Batato Barea. Tortonese hará radio y televisión de éxito, compartirá podio con las divas mediáticas del momento, pero aun así el teatro es el lugar más cercano a su corazón y le sorprende no poder desbordarse así como así: “Había algo en las obras que hice que salían más naturalmente. Con Batato y Urdapilleta, ésa era la forma que teníamos de hacer las cosas, decir: Bueno ¿qué hay? Pongamos esta música, leamos tal poema. Este es otro tipo de teatro para el que yo ahora estoy un poco más preparado, en otro momento creo que no hubiese agarrado, no hubiese tenido la concentración necesaria. En todas mis obras tomaba alcohol, por ejemplo, porque decía: bueno, me relajo, pero para ésta me da un poco de miedo, digo ¡a ver si me chupo y me olvido la obra, me quedo en blanco!”.

Pero todo lo anterior existió, y de algún modo sigue estando ahora. Da la sensación de que Molina sería algo así como el hermano mayor de Tortonese. Es que él empezó a teatrear a comienzos de los ’80, con la dictadura aún tibia en el recuerdo de quienes la vivieron, pero con ese deseo de libertad ciega, loca, poética de la que justamente él y Batato y Urdapilleta serían los más perfectos representantes. Forzado a pensar en el asunto, dice: “Y, en el Parakultural había una cuestión política, sí, pero no en lo que hacíamos nosotros, no era esto de la militancia, uno estaba en desconchar, en vestirse de mujer y decir un poema y todas esas cosas que eran políticas, pero desde otro lado. En ese momento era una cuestión de libertad. Cuando vos ves la libertad, en cualquier época que estés, la querés vivir. Podés tener la consecuencia que hubo en la época del Proceso, que los que vivieron con libertad murieron. Por suerte terminó, porque con lo que yo viví después, hubiera sido un desaparecido. O me salvaba porque me iba”.

Y entonces lo que perdura es esa catarata de palabras que no se detuvo nunca, su decir inexacto, incompleto, pero vertiginoso, escatológico y brillante, ingenioso, que se escucha y se destaca en la radio, o en la tele, que repitió los lamentos de Jean Cocteau y que se inauguró con los poemas que le enseñaron Batato y Urdapilleta. “La poesía siempre me encantó, yo leía. Pero cuando me encontré con ellos dos, me encontré con dos seres poéticos. Totalmente distintos. Urdapilleta más intenso, dramático y Batato una espuma. Pero los dos con poesía adentro.” Tortonese da entonces la mejor definición de Marosa di Giorgio o la mejor explicación de su arribo al teatro porteño: “Batato nos hizo conocer a Marosa di Giorgio, que era una poeta... loca, que era lo que uno era en ese momento, lo que uno quería actuar, entendíamos perfectamente esa locura. Ese poema del muchacho que termina de almorzar y se escarba los dientes en la ventana, el pajarito arroja excremento y cáscara de alpiste, yo no encuentro muy grato escarbarse los dientes, pero el muchacho lo hace y tiene esas nalgas de seductor, que me pierdo y lo amo. Yo digo ese poema ¡y me acuerdo de Batato! Porque Batato lo decía y era fantástico. Era eso: la mezcla de una señora con un chongo fuerte y todo escrito de una manera y desde una cabeza poética increíble como es Marosa”.

Y Humberto Tortonese es ahora Molina, en El Cubo, a dos cuadras de la casa de Batato. Alguien a quien recuerda así: “Era un ser muy luminoso, único, esas personas que valorás de por vida. Por eso perduran, porque tienen esa luz y tuvieron un impulso de cambiar las cosas, de protestar, de decir qué es el teatro serio. Yo creo que Batato está acá y me ve hacer esta obra y me mata. Me dice salí de acá, y me saca y yo me voy con él”.


> RUBEN SZUCHMACHER HABLA DE SU PUESTA
Por el amor o por la revolución

Szuchmacher viene de poner en escena a Máximo Gorki, a Arthur Miller, nombres que se escriben con mayúscula en la historia del teatro, nombres del realismo y sobre todo de un cierto clasicismo. No importa. Szuchmacher siempre logra hacer hablar a aquello que parecía enmudecido por el tiempo, puede hacer una maravilla con el Brecht más Brecht o con la pieza más ploma del realismo soviético. Y de pronto, llega a las manos de este director errático, cambiante, un texto de Manuel Puig, un escritor supuestamente no teatral que también hizo teatro. Pronto editorial Entropía va a editar el Teatro completo del escritor y uno podría preguntarse dónde se ubicará ese librote. En los anaqueles de qué, si en los de teatro o junto con sus novelas, porque Puig está más solo que un perro de playa en el teatro, es un autor que no se piensa como teatral, sino como un extranjero tanteando un territorio. Bien por él y lástima por la academia que se pierde tratar de entender, o simplemente disfrutar a Puig que sí es o también es–, pero ¡lo es!– un dramaturgo. Es más: El beso de la mujer araña es desde su primer momento, desde que era una novela y aún nadie la había adaptado, una obra de teatro. Con sus diálogos, con sus personajes antagónicos forzados a mirarse las caras todo el tiempo, y hasta con sus injertos teóricos explicativos y psicoanalíticos, es más teatro contemporáneo que ninguna otra cosa.

Szuchmacher cuenta que su mayor objetivo para la puesta fue “desmariconizar” a Puig. Un trabajo difícil, casi titánico, digno de su ojo y su mano expertos, porque hay que tener en cuenta que esta obra fue y sigue siendo víctima de un mal que Szuchmacher denomina la venganza de Hollywood. Dice: “Sucedió que a esta obra se le ha sobreimpuesto la película de Héctor Babenco que Puig odió, súper hollywoodense, con un William Hurt exagerado que todo el tiempo actúa como diciendo ‘ojo que yo no soy puto’, y la marcó por completo, hizo un proceso a la inversa. Sacarle el contenido maricón era muy complicado”. Trabajar en contra de esa imagen fue la apuesta de Szuchmacher en su abordaje de Puig, y lo hace al despojar al personaje de Molina de aquellas cualidades de mariquita tan subrayadas en las versiones anteriores, y al emparejar las edades de los personajes. Si bien en el texto se da a entender que Molina es un poco mayor que Valentín, el director prefirió que el militante estuviera encarnado por un actor que pareciera de la misma edad que su compañero. El elegido fue Martín Urbaneja, un actor del off con una carrera prominente. Molina y Valentín se convierten entonces en una pareja posible, se alejan de la trillada idea de pareja de marica viejo-chongo joven, abandonan ese lugar común para convertirse en dos que se fusionan en esta puesta, hacia un lugar mucho más inquietante.

La obra consigue volver a un Puig originario. Nos permite escuchar las palabras, lo que aun resuena fuerte, lo tramposo de un texto que parece reproducir formas de habla cotidianas, pero que en realidad inventa un lenguaje lleno de arcaísmos y poesía. No hay costumbrismo en El beso de la mujer araña, sino todo lo contrario: extrañeza, una oralidad inventada, que se aferra a modelos del pasado para reírse, para hacer con ellos otra cosa, bricolage pop, cinefilia emocionante, telenovela burlesca. Lo que hay es un encuentro de discursos de época, el del militante y el del gay, que construyen algo demodé, algo hermosamente “fechado”. Estamos hablando de una obra donde al final hay un beso entre dos hombres, una imagen emblemática, que tuvo un impacto a fines de los ‘70 difícilmente traducible al día de hoy. Aunque, como dice Szuchmacher: “Ese beso no está planteado de manera escandalosa, sino que va de costado hacia ese lugar. Pero ver en ese momento a dos hombres besarse no es verlos hoy. Hoy es algo irrelevante”.

Pero desmariconizar no es borrar las marcas de sexualidad de la obra, sino acentuar ese encuentro singular, forzado pero interesante, ese amor diferente e incierto. Szuchmacher da una idea clave: “Toda la obra es sobre si alguien es capaz de hacer algo por otro, sin pedir nada a cambio. Puig escribió eso. Si uno escucha correctamente la obra, escucha eso”. Y ahí es donde El beso de la mujer araña, la imagen mental que se crea cuando uno lee la novela o la imagen real cuando uno ve a Tortonese-Urbaneja arriba del escenario, sigue hablándole al presente: “Molina ayudándolo a limpiar la caca al otro. ¿Cómo a Puig se le ocurre esa escena tan increíble? Que alguien se cague en el escenario. Esa es la situación más ominosa que le puede pasar a una persona. Y si uno va y ayuda al otro en ese momento es el acto de amor más grande. Todo el sistema de traición que hay en la obra parece importante, pero en el fondo no lo es. Finalmente son dos personas haciendo algo sin esperar nada a cambio. Por el amor o por la revolución, son dos personas que se resisten a la traición”.

Molina y Valentín se resisten al paso del tiempo.


9 de mayo de 1981
Querida familia:
Ayer me llegó la carta del lunes, con los datos de Erté, ya ahora puedo accionar. Buenísimas noticias de Madrid, el estreno final para la crítica fue extraordinario de aplausos, etc., la reacción del público es fuertísima, se ríen mucho y al final lloran bárbaramente, eso les hace calcular que con buenas o malas críticas (como en toda Europa, las críticas españolas no salen hasta después de unos días) será éxito de locura, calculan de dos a tres años en cartel. Me llamó el mismo Martín (Pepe Martín, uno de los protagonistas de la obra), desde la casa, horas en el teléfono de la alegría, dice que después de saludar al director (que ya se traía el libro en el bolsillo) pidió un alto en los aplausos al público, colocó al libro en una mesita del decorado como indicando al autor y ahí se vino abajo el teatro de aplausos y ovaciones, se empezaron a parar las personas y todos aplaudieron de pie, una locura. Así que mejor imposible.

Esta carta de Puig a su familia a propósito del estreno de la puesta de El beso de la mujer araña en Madrid está incluida en Manuel Puig, Querida familia Tomo 2 Cartas americanas. Nueva York Río (1963-1983) (Editorial Entropía).

Las funciones de El beso de la mujer araña se realizarán los jueves a las 21 hs., y los viernes y a sábados a las 20, en El Cubo, Zelaya 3053. Entradas desde $ 60.

Mercedes Halfon
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domingo 3 de mayo de 2009

Susana Guzner



Elegí nacer en la ciudad de La Plata, Argentina un 18 de octubre de 1944. A consecuencia del asesinato de mi única hermana, Ana, a manos de la execrable Triple A - escuadrones de la muerte creados y gestionados por la entonces presidenta Isabel Perón -, y ante las amenazas a mi propia vida, En 1976 me vi forzada a exiliarme en Madrid y posteriormente en Las Palmas de Gran Canaria. En la actualidad alterno mi residencia entre España y Argentina.

Soy licenciada en Magisterio y Psicología Clínica y he estudiado periodismo, Antropología Cultural, idiomas, música y canto coral, fotografía y Bellas Artes.

Mi trayectoria laboral es intensa y multifacética. Además de un buen número de trabajos esporádicos y heterogéneos, en el campo de la docencia he ejercido como maestra de enseñanza primaria; profesora de Psicología e Historia de la Educación en Secundaria y Catedrática de Psicología Evolutiva II en la Universidad de La Plata.

Durante un largo período ejercí como Psicóloga de publicidad para diversas empresas públicas y privadas, simultaneando esta actividad con la de articulista de opinión y crítica ( Revista Mujeres, Revista Internacional de Arte Lápiz, Época, El Faro de Vigo, Medios de Comunicación Social, Amigos del Teatro del Teatro Juan Bravo de Segovia ), etc.

He colaborado como guionista en TV Española y diversos canales autonómicos, creando sketches y guiones para teatro y televisión, siempre con la mujer como protagonista. Actualmente colaboro para diferentes medios y portales internacionales de Internet.

Mi novela La insensata geometría del amor (Plaza & Janés, España, 2001) está traducida a varios idiomas y según la macroencuesta realizada por una empresa estadounidense entre miles de lectorxs hispanohablantes, ha sido considerada como la mejor novela contemporánea de temática lésbica en lengua castellana.

OBRA

Dos orillas: voces en la narrativa lésbica

Por iniciativa del Grup ELLES de Barcelona, veinte autoras abordan las distintas aristas del universo lésbico. Cuento, relato y prosa poética
se reúnen en este tomo que, de orilla a orilla de España y América, ofrecen un panorama de su mejor literatura. Los royalties de venta
estarán destinados a proyectos de Cooperación Internacional con la población lesbiana más desfavorecida.Coordinada por Minerva Salado, escriben, además de Susana Guzner. Sonia Rivero Valdés, Hellen Dixon, Odette Alonso, Mª Concepción Regueiro, Patricia Toledo y otras reconocidas autoras.

Aquí pasa algo raro

Aurora Barragán, una ejecutiva madrileña, viaja a Las Palmas de Gran Canaria en busca de un merecido descanso. Mujer de carácter equilibrado, impávida y racional, a raíz de un cúmulo de insólitos errores es reconocida como una de las suyas por los integrantes de una mafia internacional buscada por la Interpol. A consecuencia de esta fatídica confusión de identidades, la pacífica Aurora se verá envuelta en una vorágine de acontecimientos rocambolescos que llegarán a poner en peligro su propia vida.

Aquí pasa algo raro es una obra para todos los públicos, en la que conviven géneros raramente emparentados: la novela negra de riguroso planteamiento y la novela de humor coral, con personajes variopintos de diversas nacionalidades y objetivos. La acción es trepidante, las situaciones decididamente cómicas se suceden y la narración posee un estilo fluido, ágil y directo que engancha tanto por la solidez de la historia y su intrincada trama de misterio como por los momentos hilarantes que se suceden sin tregua.

No solo duelen los golpes

No sólo duelen los golpes: Palabras contra la violencia de género es una obra colectiva donde un grupo de escritoras y periodistas se han unido por primera vez para rendir tributo a las mujeres víctimas de la violencia de género.

Aportan sus textos, además de Susana Guzner, Isabel Coixet, Ángeles Caso, Rosa Montero, Soledad Puértolas, Rosa Regàs, Cristina López Schlichting, Elena Pita, Marta Sanz, Ana Rosetti, Mariló Montero, Espido Freire, Mª JesúsÁlava Reyes, Pilar Adón, Isabel Franc, Sara Rosemberg, Mara Torres, Lola Robles, Remedios Zafra, Brigitte Terrasson, Cristina Peri Rossi, Laura Freixas y Ruth Toledano.

Que suenen las olas

Obra colectiva de relatos de mujeres que escriben en Marruecos y en Canarias.
Coordinada por Teresa Iturriaga Osa y Leila Chafai.

Detectives BAM

Desde pequeña Pepa Alonso fantaseaba con ser detective y su sueño se ha convertido en realidad. Pero lo que nunca imaginó es que en el caso más difícil de su carrera su propia biografía sería la protagonista. Detectives BAM es una obra sagazmente concebida tanto para subir a un escenario como para ser leída como una novela, y en ella Susana Guzner nos propone con refinada sutileza un divertimento satírico y mordaz por el cual desfilan personajes reales junto a otros míticos del imaginario colectivo, especialmente del femenino. Sus continuas situaciones irónicas de ritmo trepidante nos transportan a una celerado comix visual donde se entremezclan sin pausa los golpes de efecto inesperados, la música, los cambios constantes de luces y desplazamientos y una logradísima atmósfera que oscila entre el absurdo y lo probable. A no dudarlo, Detectives BAM es una originalísima propuesta que rompe moldes y donde la reflexión y el regocijo nos muestran su mejor rostro.

La insensata geometría del amor

Tras una breve temporada en Italia, María planea regresar a Madrid, donde reside. Pero en el aeropuerto de Roma su mundo será sacudido cuando conozca a Eva, una bella y enigmática mujer que termina fascinándola. Ambas se ven obligadas a retrasar su vuelo a raíz de una amenaza de atentado en Fiumicino. Este hecho fortuito hará que emprendan un viaje de Roma a Venecia mientras se descubren la una a la otra.

Este es el inicio de una apasionante historia de amor entre dos mujeres, retratada de manera sutil y jalonada de escenas memorables.

A través de sus protagonistas, Guzner nos muestra las primeras luces de la seducción y los claroscuros de una pasión desbordante, plena de sensualidad, dudas, ironía, desencuentros y complicidad.

Punto y Aparte

No es una aseveración gratuita afirmar que en la literatura de temática lésbica hay un antes y un después de Susana Guzner. Su fulgurante irrupción en el panorama literario hispanohablante con la exquisita novela La insensata geometría del amor – de inminente traducción a varios idiomas - ha puesto muy alto el listón del buen quehacer literario. Así lo confirma la multitud de lectoras y lectores que han consagrado a “ la Insensata…” como “libro de culto” y punto de referencia indispensable en el cualquier polémica sobre la lesbianidad y sus lenguajes propios.

Tras una pausa que a su público le ha parecido demasiado larga, la autora vuelve a sorprendernos abordando el relato – género que suma vertiginosamente adeptos en todo el mundo -, y nos propone un sugestivo abanico de historias de diferentes registros y estilos - la elegía, la novela corta, el paso teatral, la epístola, el diario, etc. -, adecuando con su maestría habitual la sintonía del lenguaje a cada una de las narraciones. En sus palabras, “son los argumentos quienes deciden cómo desean ser escritos, yo me limito a escucharles y a “envasarlos” según sus exigencias”.

Punto y Aparte es un apasionante y apasionado paseo multifacético que nos conduce a través de un laberinto de sensaciones. La sutil tela de araña que urde su autora atrapa desde las primeras líneas y nos enternecemos o emocionamos, criticamos y reímos, nos enfadamos, reflexionamos, nos divertimos y disfrutamos al son que dicta su batuta.

Guzner es de esas escritoras que poseen el don innato de la seducción. Su aguzada capacidad de observación le permite regalarnos retratos psicológicos tan verosímiles como profundos y darles vida con esa manera aparentemente sencilla de trasmitir vivencias, ambientes, lenguajes y situaciones con un estilo elegante, inteligente y creativo que induce a una inmediata y honda complicidad.

Tan potente es la identificación emocional con su escritura que las fronteras físicas entre el libro y quienes lo leemos parecen desvanecerse y pronto nos convertimos en arte y parte de sus historias.

Advertencia sobre el uso de este libro: si se dispone a leer Punto y aparte asegúrese antes de que podrá dedicarle su tiempo en exclusiva. Con toda certeza le será imposible sustraerse a la fascinación de sus narraciones y es muy probable que retome una y otra vez su lectura. Si esto sucede tómelo como un fenómeno normal, aunque suele dejar secuelas. Altamente positivas, claro está.

72 Juegos para jugar con el espacio y el tiempo


72 juegos para jugar con el espacio y el tiempo es una propuesta lúdica con juegos sencillos y divertidos, fácilmente realizables en el aula o en cualquier otro ámbito, utilizando objetos cotidianos y al alcance de cualquiera y específicamente concebidos para ahondar en el conocimiento, manejo y dominio pleno de nociones tan abstractas como el Espacio y el Tiempo.

Ambos son conceptos polisémicos que las criaturas irán desentrañando en el transcurso de su desarrollo evolutivo. El ser humano es, en sí mismo, una entidad espaciotemporal cuya vida transcurre regida por el tiempo y el espacio. He enfocado el tema de la sensibilización al espacio desde una triple aproximación, y los divertimentos que sugiero están pensados para trabajar tres áreas básicas: el propio cuerpo y los objetos en el espacio: reconocimiento y profundización de relaciones; el espacio personal: análisis y exploración del espacio vivencial o existencial; el yo y su entorno: conocimiento y adaptación al espacio de convivencia.

En cuanto al tiempo, mis propuestas van dirigidas a profundizar en la comprensión del mismo tanto a nivel social - reloj, almanaque y otras convenciones - como a nivel personal, esto es, la percepción de los tiempos personales, su valoración,
retentiva, observación, utilización, memorización y apego a los mismos.

Habida cuenta del resonante suceso obtenido por La insensata geometría del amor desde su primer lanzamiento, la editorial Punto de Lectura (México), publica una tercera edición de esta novela de culto traducida a varios idiomas.

Punto de Lectura, México, 2009 ISBN: 978-607-11-0161-7

Tras una breve temporada en Italia, María planea regresar a Madrid, donde reside. Pero en el aeropuerto de Roma su mundo será sacudido cuando conozca a Eva, una bella y enigmática mujer que termina fascinándola. Ambas se ven obligadas a retrasar su vuelo a raíz de una amenaza de atentado en Fiumicino. Este hecho fortuito hará que emprendan un viaje de Roma a Venecia mientras se descubren la una a la otra.
Este es el inicio de una apasionante historia de amor entre dos mujeres, retratada de manera sutil y jalonada de escenas memorables. A través de sus protagonistas, Guzner nos muestra las primeras luces de la seducción y los claroscuros de una pasión desbordante, plena de sensualidad, dudas, ironía, desencuentros y complicidad.

“Una novela que te lleva por su lectura como quien navega velozmente por un río, con una historia a veces tierna, a veces desgarrada, por momentos desternillante y, en su conjunto, caliente y agitada como la vida”.
Rosa Montero, periodista y escritora

“Una novela plena de intriga, inteligencia, emoción e ingenio, escrita con notable agilidad y situada en un Madrid contemporáneo, donde los personajes secundarios se encargan de retratar un estilo, el actual, y una época cargados de contradicciones, incertidumbres y dudas. De una extraordinaria verosimilitud, posee diálogos plenos de vivacidad que enganchan por la credibilidad psicológica de los personajes tanto como por la hondura de los sentimientos”.
Cristina Peri Rossi, poeta, narradora y ensayista


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Diversidad ante todo


Hay putos fashion de milenio, putos calabazas de Caraza, putos de clase media, medios putos, putos del todo y zarpados de puto. Putos de corso, de cotillón, putos con sueños de escaleras de Maipo, putos de barsuchos maricones imperios del playback. Putos inteligentes, descerebrados, osos, gatos, gordos como chanchos, putos gansos. Zoológico de trolazos, containner de maracaibos, cóctel explosivo de maricas repartidos por las calles, en el cielo viajando en aviones de primera clase y putos viajando apretujados en colectivos a ras de tierra. Y hay putos huecos, mononeuronales. Con p de profundos, de pedantes, de pedorros, de princesas delirantes, con p de pijudos, p de poetas. Y están los pasivos, los activos y los novedosos versátiles. Putos progres, zurdos y fascistas. Lindos, feos, vestidos en Zara y en La Salada. Flogger-blogger-troler en la costanera andando con sus rollers. Modernas cibernéticas, de tarde de novelas y de danzas macumberas. Putos de cine porno, de bibliotecas, de Angels y de Amerika. De dance rave party pastilleros y de ácido lisérgico, maracas zurdos porreros y maracas duraznos de merca.

Pero no sólo hay putos en este mundo. No estamos solos. Estamos hermanados con las tortas, por ejemplo, pero no de cumpleaños. Hay tortas brandon de jean chupin caído a la cadera pelo corto despeinado y me visto con lo primero que encuentro, aunque me lo programé bien programado. Tortas con jeans de macho gordas como tanques australianos que se acomodan el choto fantasma, las tortas refinadas que se tiran a la almeja en marea alta o marea baja como las mejores. Tortas bosteras, profesoras de educación física, camioneras con el 1114 estacionado en la tapuer, las de Palermo Hollywood y las de La Matanza. Las que son periodistas, literatas, taxistas, repositoras y las tortas que dan más miedo que son las tortas cana.

Y así, me quedo corta, de todo como en botica: travestis, trans, hermafroditas, trogloditas, tapados, asfixiados en el ropero ahora denominado closet que es más fino, bisexuales, asexuados, putones verbeneros...

Somos seres individuales aunque ciertas características puedan agruparnos, enguetarnos y hacernos parecer sin ser, muchas veces del más idéntico y profundo palo. Sí, de ser y parecer estoy hablando. Cuánto de realidad, cuánto de teatro, puro teatro como sabe cantar como nadie la Lupe que nos resuena a todas las maricuecas cascabelonas en las películas de Almódovar. Shakespeare, otro del palo, hizo salir de la boca apasionada de Hamlet, calavera en mano aquello de “‘Ser o no ser, esa es la cuestión”.

Y yo ahora reflexiono, flexiono, flatuciono y me pregunto de puto profundo que me hago (porque una a la final tiene sentimientos): Parecer o no parecer... ésa es la cuestión.

Naty Menstrual
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Secretos de una vaquera


Annie Proulx, experta en asuntos rurales y en pueblos chicos, es la autora del cuento que llevado luego al cine por Ang Lee se convirtió en un emblema mainstream del amor gay, imposible y conmovedor. En Secreto en la montaña, los vaqueros Jack y Ennis sucumbían ante la homofobia generalizada mientras burlaban el mito de macho, encarnado por John Wayne y el Hombre Marlboro. La autora estuvo en Buenos Aires y habló de cómo fue que se le ocurrió esta idea y por qué habría querido que no se le ocurriera jamás.

”Quizá usted sepa qué significa escribir como una mujer, yo no lo sé”, responde a esta cronista la escritora Annie Proulx, quitándose de encima uno de los sayos que se le endilgan. Ser mujer y escribir como tal. De hecho ha sido incluida en el título de un libro recientemente editado y dedicado a la historia de la literatura femenina de su país. “Nunca pienso en mi sexo al escribir, eso es algo que preocupa a otros”, responde en referencia a otro de los sayos, que le dio fama mundial y que viene a raíz del éxito arrasador de su cuento en el que narra los amores imposibles entre Jack y Ennis, los ya famosos amantes de Secreto en la montaña, a partir de la versión del director Ang Lee en esa película que, según remarca la autora, si se perdió el Oscar es porque la homofobia no sólo se da en el campo sino también en las mejores ciudades...

Annie Proulx, que hoy supera los setenta años, hace doce que escribió Brokeback mountain, un relato sobre dos jóvenes vaqueros que se enamoraban en uno de los ambientes hostiles por excelencia de los Estados Unidos para todo lo que no sea la patria, la familia y la propiedad. Para Proulx, ganadora del premio Pulitzer en 1994, escribir ese cuento fue más difícil de lo que pensaba: “La gente cree que los cuentos son más fáciles que las novelas, pero se necesita mucha habilidad para escribir un relato corto y no caer en una mala imitación de Raymond Carver”. Pero en el caso de Brokeback mountain, la mayor dificultad radicó precisamente en la propia identidad, la formación, el género. “Tuve que meterme en las mentes de dos muchachos mal hablados y sin educación y eso me llevó mucho trabajo, sobre todo cuando quien escribe es una mujer mayor, blanca y heterosexual. Me tomó mucho tiempo pensar cada personaje y encontrar el equilibrio en la historia.” La autora reconoce que tenía pocas esperanzas de que alguien publicara esta historia sobre la atracción física entre dos hombres del Oeste norteamericano, la región que dio vida al Hombre Marlboro, el icono más fuerte de la publicidad estadounidense, que a su vez imitaba a la estrella más grande creada por Hollywood, John Wayne, protagonista del mito fundacional de ese país, el cowboy que arriaba ganado y combatía a los indios con un lazo en la mano y un cigarrillo en la boca. Pero la revista The New Yorker publicó el cuento, que luego ganó el premio O. Henry, entre otras distinciones.

Génesis de una historia de amor

La historia de Jack Twist y Ennis Del Mar, encarnados por Jack Gyllenhaal y el ya mitológico Heath Ledger, surgió cuando, a mediados de los ‘90, Proulx visitó un atestado bar de una zona rural del interior de Estados Unidos. “Había mujeres atractivas y un olor a sexo flotaba en el aire. Pero, sin embargo, en un rincón había un hombre viejo que miraba con insistencia a los jóvenes que jugaban pool. En sus ojos había una mirada hambrienta que me hizo pensar que tal vez fuera gay. Y entonces yo misma me pregunté ¿cómo habría sido su vida en su juventud? Luego desapareció este hombre anciano y en su lugar apareció Ennis. Y luego Jack.” Cuando la historia fue publicada, hubo un enigmático silencio por parte de las asociaciones gays. Es muy posible que de no ser por la versión cinematográfica esta pieza hubiera quedado en la misma nebulosa en la que han quedado otros grandes textos que dieron cuenta de la opresión del Oeste americano, como lo han sido los de Burroughs o los de Pynchon, que no disfrutaron del favor mass mediático.

Pero, para su desgracia, la escritora recibió decenas de cartas de hombres que declaraban haberse identificado con los personajes. “Esta es mi historia, por eso abandoné Idaho, Wyoming, Iowa”, decían muchas de las cartas provenientes del opresivo interior norteamericano y “quizá las más conmovedoras eran las de algunos padres, que decían ‘Ahora entiendo el infierno que atravesó mi hijo’”, recuerda Proulx. Pero a juzgar por la cantidad y el tenor de gran parte de esa correspondencia, la autora repite en varias entrevistas que habría preferido no haber escrito este cuento. “Me inundan de manuscritos, guiones, cartas, reescrituras y reelaboraciones del texto original y, en general, comienzan diciendo: ‘Mire, yo no soy gay, pero...’. La idea es que porque son hombres entienden más a los hombres que yo. Absurda idea sobre todo para alguien que a contramano de lo que se enseña en muchos talleres literarios –escribir sobre lo que uno conoce– asegura que en sus libros no hay nada autobiográfico y aconseja, en cambio, escribir “sobre lo que a uno le gustaría conocer”. Además, este cuento es sobre la homofobia, la historia de amor es entre dos personas, que además son homosexuales.

En cuanto a la adaptación cinematográfica de su cuento, aunque manifiesta estar de acuerdo con la versión, destaca también que Ang Lee quería cambiar el acento cerrado y casi ininteligible de los vaqueros por un refinado inglés neoyorquino para que los diálogos fueran más fáciles de seguir. “Pero yo me negué, así como cuando quisieron incluir una escena que sonaba simplemente terrible: en ella Jack y Ennis ayudaban a unos hippies cuyo vehículo se había descompuesto. Como agradecimiento, estos hippies les ofrecían a Jack y Ennis sus mujeres.” Sin duda, la escena que se pretendía incluir intentaba decir por demás algo que ya estaba dicho, o mejor, subrayado sin palabras en el resto del texto. Hay una prepotencia del orden heterosexual que avasalla hasta con el deseo. “Creo que no hay trabajo más destructivo que el del guionista”, agrega Proulx en esta charla casi íntima que sostiene con periodistas argentinos en su visita a Buenos Aires.

Usted vivió en Wyoming, el estado donde transcurre la historia. ¿Podría describirlo?

–Es un estado conservador, de mayoría blanca y de derecha, monocultural, muy masculino en su idiosincrasia y sin interés por los libros. Allí lo único que le importa a la gente son las vacas y los caballos.

Pero usted se decidió irse a vivir allí...

–Sí, en 2003 me compré una casa. Porque me enamoré de su paisaje.

¿Cómo son las mujeres que viven allí?

–Cada uno cumple con un rol aquí donde se supone que no hay homosexuales, por ejemplo. ¿Las mujeres? Sé que una de ellas fue a Irak como soldado. En general, son simples observadoras, tienen un rol secundario frente a los hombres, aunque algunas dirigen grandes fincas e incluso portan armas si ven un coyote. En mi país, todos quieren ser cowboys, incluso las mujeres. Mucha gente viene del Este para convertirse en vaquero. Pero ya no vivo en Wyoming, los inviernos allí son muy duros y por eso me mudé al Sur, a Nueva México, donde vive uno de mis hijos. Ahora vivo cerca de Albuquerque, que es todo lo opuesto a Wyoming: es una ciudad donde se mezclan todo tipo de culturas, razas y lenguas, y que además está muy cerca del campo.

Es la primera vez que Proulx vive en una ciudad. Nació en una zona rural de Connecticut, vivió en Vermont, donde se convirtió en una experta pescadora, y también en la isla canadiense de Terra Nova, donde casi no crecen plantas pero hay osos y la gente se desplaza en canoas. Allí transcurre su novela The Shipping News, también llevada al cine y distribuida en Argentina como Atando cabos, con Kevin Spacey y Julianne Moore en los papeles principales. Antes de dedicarse por completo a la literatura, Proulx trabajó como periodista freelance en revistas para el hogar del tipo “hágalo usted mismo” y libros de cocina, destinados a un público campestre. En los ‘80 fundó un periódico rural, donde escribía sobre temas tan variados como “el clima, manzanas, canoas, ratones, sidra y lechugas”, según contó ella misma en la revista Contemporary Authors. El tema de su conferencia en Buenos Aires no es casual: todas sus obras narran situaciones rurales, donde el paisaje y el trabajo manual tienen gran protagonismo. Allí “las cosas todavía se hacen con cierta carga física, lo cual siempre es gratificante”.

¿Qué está escribiendo en estos momentos?

–Estoy trabajando en una especie de “mémoire” triste sobre mi casa en Wyoming, que está en venta. Pero ahora lo que me mantiene ocupada es la lectura: estoy aprendiendo muchas cosas sobre balcones, geología, arquitectura... El otro día compré por 25 centavos un libro maravilloso sobre nudos, donde se explican cosas como cómo atar una vaca a un poste (risas).

Milagros Belgrano Rawson
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La maja macha


¿Alguna vez tu mamá te descubrió revolviéndole el placard cuando eras chico?

–¡Sí, claro! Montones de veces. De hecho, como ella trabajaba –era maestra–, tenía una chica que me cuidaba y le llegó a tener prohibido que yo me vistiera de mujer. Porque ya de pequeño disfrazarme era mi juego favorito. Hacer shows con la fregona en los que usaba el plumero como si fuera un micrófono. Algo que cualquier niño ha hecho alguna vez, aunque quizá no con tanto desenfado como yo lo hacía. Pero bueno, eso mis padres lo justificaban diciendo: “nos salió artista”. Y era la excusa por la cual ese tipo de juegos estaban más o menos aceptados.

No se escandalizaban...

–La verdad que poco. De hecho, vestirme de mujer no era algo que yo hiciese a escondidas. Lo que no quiere decir que no me diera cuenta de que alguna diferencia había entre esos niños de mi edad que soñaban con llegar a ser astronautas o futbolistas, y yo, que encontraba divertido hacer teatro vestido de dama. Si hasta mi abuela me festejaba cuando a la hora de un show que aquí sería como el de Susana Giménez yo me ponía a imitar las coreografías delante de la tele. “¡Ay, pero mira qué gracioso el niño!”, le decía a mi abuelo. “¡Tiene las piernas más bonitas que las bailarinas!” Y mi abuelo bufaba.

Y tu papá, ¿qué decía?

–Mi padre es una cosa curiosa, porque él era artista, hacía espectáculos de humor, salía de smoking y hacía chistes, muchos de ellos machistas, y en uno de los números aparecía vestido como Lola Flores y la imitaba. Y yo a veces cogía la ropa de mi padre para vestirme y recuerdo oírlo despotricando: “¡Ay, este niño maricón! ¡A ver si se deja de una buena vez de tanto mariconeo!” ¡Pero yo estaba haciendo lo que le veía hacer a él! ¡Lo imitaba, en algún sentido! Por eso él no me puede recriminar nada: porque mi veta artística, en gran parte, a él se la debo.

¿Y cómo te iniciaste en el transformismo?

–Hubo una etapa en la que el transformismo quedó ahí, en la infancia. Cuando eres pequeño no tienes tanta conciencia de lo que está bien y lo que está mal, y cuando entras al colegio y notas que eres diferente o que se ríen de ti, no te queda otra que recatarte un poco. Obviamente no me iba a jugar al fútbol con los machos de mi clase, pero por lo menos disimulaba. Yo tengo 29 años y la libertad que hay ahora con el tema gay no es ni de lejos la que había entonces. Ahora los gays más jóvenes no salen del armario porque nunca han estado dentro. En España, hoy ves chavales de 13, 14, 15, 16 años que son gays y tienen su novio y van de la mano por la calle como si fuera lo más natural del mundo. Pero cuando yo viví la adolescencia la cosa era muy diferente. A casi todos les tocaba tener una etapa “hétero”, y en esa etapa estudié teatro y tenía novia, hasta que a los 20 años rompí con todo, me hice gay y me fui a Madrid para ser artista. Y como todo buen actor en sus comienzos empecé poniendo copas detrás de una barra. Con la salvedad de que era en un local de Chueca en el que había, claro, shows de transformistas. Pero yo veía esos shows y me parecían tan malos... Porque el transformismo no es sólo vestirse de mujer y hacer playback de la cantante que admiras. Entonces me dije: “¿Y por qué no probar aquí?”. Y así fue que di el salto de la barra al escenario.

Pero me imagino que alguna mano te habrán dado esos transformistas, por más malos que fueran...

–Sí, desde ya. Además yo no tenía nada, ni siquiera unas medias de lycra. Nada de nada. Por lo que una noche me acerqué a uno que imitaba a Isabel Pantoja y le pedí si no me podía prestar algún vestidito de mi talla. Y me dijo: “Sí, cómo no, mañana mismo te traigo uno”. Pero me tuvo como tres semanas con idas y vueltas, y me daba largas, y me daba largas”. Hasta que un día se vino con un vestido horrible, que hasta tenía quemaduras de cigarrillo, pero que entonces para mí era lo más bonito que había. Aunque ahora pienso y me digo: “¿Pero cómo fui tan tonto? ¿Por qué directamente no fui y me compré uno?”. El caso es que me prestó ese vestidito y con ese vestidito me subí al escenario. Y una vez que ya me había hecho un nombre y tenía una cierta fama, supe que ella se andaba jactando de ser mi madrina artística, de que me había abierto las puertas del show y me había ayudado a dar los primeros pasos. Aunque sin duda la peor mentira de todas fue que para mi debut me había prestado un vestidito hermoso.

En tu caso, ¿la ropa es sólo tu uniforme de trabajo? ¿Ni medio gramo de fetiche?

–No, para nada. No hay nada que tenga que ver con un fetiche sexual en la ropa, y muchos menos con sentirme mujer. No hay una necesidad en mí de travestirme, sino necesidad de público, de espectáculo. Nacha La Macha es un personaje que me inventé, y porque es una señora se viste como tal. Ella nació de mi admiración hacia divas del espectáculo como Rocío Jurado, Lola Flores, Concha Velazco, Rocío Durcal, o por artistas como Los Pimpinela, que de chico me gustaba imitar desdoblándome, haciendo de hombre y de mujer yo solo.

¿Te ha pasado muchas veces que se te acercaran hombres atraídos sexualmente por tu personaje?

–Sí, me ha pasado mucho eso. Y en esas situaciones actúo en consecuencia, dependiendo de cuánto me guste el chico que se acerca. Pero, bueno, es parte de la magia del transformismo. Aunque es tal la veracidad que logra el personaje de Nacha que es capaz de despertar deseo en hombres que no son gays y que se sienten atraídos por la mujer que están viendo. Y eso es un halago por partida doble, porque no sólo me siento admirada sino que también me doy cuenta de que lo que hago lo hago muy bien en razón de que me ven como una mujer sexualmente apetecible.

¿Y eso no te ha obligado a hacer el amor vestido de Nacha?

–¡Ay, es tan incómodo acostarse con todo eso encima! Imagínate con la peluca, el corsé, las tetas de relleno, las pestañas postizas... No es algo que haga habitualmente, no. Además, como te decía antes, en el tema sexual no soy nada fetichista. Y acostarme como Nacha me obliga a seguir actuando.

¿Y qué de los noviecitos que después de conocerte se enteraron de que tu trabajo era éste?

–Pues hay de todo. Al principio, sufría bastante cuando me enfrentaba con los prejuicios típicos que los demás tienen de los transformistas: que somos mujeres las 24 horas, que somos unas locas, que en la cama nos gusta ser pasivos. El gay siempre estereotipa al macho y su mayor meta es llevarse a la cama o ponerse de novio con el más masculino. Si eres loca, estás mal vista y te rechazan. Y yo he vivido muchos rechazos de ese tipo. Tuve un novio argentino en Madrid a quien de entrada no le aclaré a qué me dedicaba y con quien estábamos muy enamorados, pero que cuando se lo dije me respondió que hubiera preferido que fuera taxi-boy, actor porno o que vendiera droga. ¡Cualquier cosa menos eso! De ahí que cuando conozco a alguien no me guste que sepan de mi vida artística, por lo menos al principio.

¿Vos te enamorarías de otro transformista?

–¡Sí, por qué no! Imagínate si nos fuéramos a vivir juntos: ¡lo que sería ese placard, Dios mío! De hecho, yo vivo con otro transformista, que no es mi pareja sino uno de mis mejores amigos, que se llama La Prohibida. A mí no me molesta la pluma para nada. Y me puede gustar tanto un chico que no parezca gay como un chico amanerado. Siempre y cuando sea un chico, claro está, porque si no sería lesbianismo.

¿Y qué es lo peor de convertirte en Nacha?

–Lo que llevo peor es maquillarme. Siempre digo: “Ojalá inventaran una mascarilla que te pudieras poner sobre la cara y listo”. También sueño con ser algún día muy famosa y ganar dinero suficiente como para tener un peluquero personal y una maquilladora y no tener más que tumbarme y que lo hagan todo ellos. Tardo más de una hora entre que me afeito, me maquillo, peino la peluca y me visto. Hubo un espectáculo que hice, titulado La noche de Nacha, en el que al final me desmaquillaba y me desvestía en escena. Un cuadro que es muy tradicional dentro del transformismo, pero que a mí me venía bien porque me servía para ahorrar tiempo. Y a mucha gente le gustaba, pero había fans que iban a ver a Nacha ilusionados con sacarse una foto al final de la función y tenían que conformarse con una foto con Nacho. Y no era lo mismo, obviamente: para el Facebook no rendía.

¿Y cómo sería Nacha si se vistiese de hombre?

–¡Pues sería lo que ves! ¡Sería como yo!

Pero sos vos el que se viste de Nacha...

–¡Claro!

¿Y si Nacha se vistiese de vos?

–Pues simple: se desvestiría.

Patricio Lennard
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viernes 1 de mayo de 2009

¿Paranoia, gripe porcina o una colosal maniobra digna de Maquiavelo?


Escuchando, mirando y leyendo de aquí y de allá la avalancha de información mundial acerca de la gripe porcina, y en especial reflexionando sobre el efecto de tal sobredosis de calamidad sobre mi persona y lxs demás, mi paranoia me ha propuesto una hipótesis de trabajo que, si no concuerda con la realidad (de saberse en que consiste “la realidad”) al menos me ha tranquilizado bastante.

Una aclaración previa: considero que existe una paranoia “mala”, la patológica, aquella que se instala insidiosamente como un gusano maligno en la psique y provoca intenso sufrimiento - tal es el caso de la esquizofrenia paranoide -, y otra normalita, también llamada intuición aguda, una suerte de faro que nos capacita para ver debajo del agua, leer con agudeza ciertos acontecimientos y vislumbrar certezas ocultas a simple vista. Algo así como esos juegos gráficos infantiles que constan de una serie de números. No se ve nada concreto, pero dibujando una línea en el orden correcto surge de la nada una ballena, una flor o una rústica casita.

Pero a lo que iba. En un insight fulminante (así son las corazonadas, fulminantes), he verificado un hecho más que notorio: de la noche a la mañana las impresionantes y machaconas noticias sobre la crisis económica internacional, sus temibles secuelas de cierres de empresas, millones de desempleados, dinerales estatales puestos al servicio de bancos usureros para salvar sus activos, Etc.Etc. ya no adornan los titulares en mayúsculas. Han pasado a un discreto segundo plano.

Veamos: se reúne el G20, de inmediato el G8, Obama viaja a México… Y como por arte de magia surge la alarma de una nueva cepa de gripe, precisamente en Mexico, que de alarma pasa a ser certeza en poquísimos días, la OMS remonta en una semana de alerta 2 por epidemia a alerta 5 por pandemia mundial… Sin tregua, sin estudios confiables, con una cantidad de muertes, seamos sincerxs, bastante escasa (ni remotamente cercana a los cientos de miles que se cobran cada año las gripes estacionales) y todos los gobiernos se afanan con medidas precautorias para “dar batalla” a la que parecería ser una suerte de tercera guerra mundial bacteriológica. Si prestan atención se habla del tema estrella en términos bélicos, tan caros a la medicina oficial y a las multinacionales de los laboratorios. Combate, defensa, ataque, flancos, baterías, avances y retrocesos, armas defensivas, armas ofensivas, armas de ataque masivo…Muuuy sospechoso todo esto.

Nos recomiendan encerrarnos en casa, tapabocas, cuidados obsesivos, evitar el contacto con otras personas, en síntesis, se instala institucionalmente una paranoia paralizante y sumamente amenazadora, aunque lo cierto es que no hemos visto ni muertos ni sus familiares, ni entierros, ni cremaciones. No se en otros países, en el mío no se ha dado noticia de ello, ni tampoco en los medios italianos, estadounidenses, españoles y franceses que suelo mirar diariamente.

Anoche, mirando un telediario argentino, se entrevistó a la madre de una compatriota que volaba desde California a Buenos Aires, comenzó a sentir síntomas de catarro y hubo un aterrizaje no previsto en Lima para internarla allí. Pues bien, de nada sirvió que la madre declarara reiteradamente que había hablado con su hija, que ésta no sentía más que una molesta tos y quería marcharse de su obligado encierro. El reportero no la soltaba, como un perro perdiguero: ¿Pero es la gripe porcina? Madre: mire, no sé, no lo creo. ¿Las pruebas médicas que muestran? Madre: solo le han hecho un análisis de sangre y ha dado todo correcto. ¿Usted va a viajar a Lima para estar con su hija en estos duros momentos? Madre: no veo la necesidad, ella dice que está bien ¿No teme por si vida? Madre: de momento no, ya le digo, el análisis no muestra nada anormal... ¿Y no piensa volar para traerla al país?... Y así hasta que la “noticia” ya no dio más jugo y se la despidió con un seco: muchas gracias, señora.

Y de pronto surgió otra película en mi mente, como un flash revelador. ¿Y no será esta puesta en escena muy bien orquestada a nivel mundial, una maquiavélica cortina de humo? ¿Realmente existe una cepa mutante dela gripe estacional de alcance internacional y grado 5 en la escala OMS? ¿Y si de esas reuniones G ha surgido la consigna general de entretener y enceguecer a la población mundial con otras prioridades (se nos va la vida en ello, no es para menos) y ejecutar algunos planes que, en condiciones normales, provocarían la airada reacción de las ciudadanías? Planes tales como una devaluación generalizada de las divisas nacionales, por ejemplo, más despidos, reacomodos en los índices bursátiles y demás maniobras en la oscuridad que, ante el pánico por contraer la enfermedad, aceptaríamos por buenos sin otorgarle mayor trascendencia, o en le peor de los casos, como una inevitable consecuencia de una peste…virtual.

Seguiré atenta los acontecimientos, mi paranoia no es infalible ni mucho menos, pero les aseguro que la conclusión a la que he arribado (y mucha otra gente también) me ha tranquilizado lo suyo con respecto a mi salud, aunque no hacia las novedades económicas inminentes que intuyo.

Que alguien, o muchos, se están enriqueciendo a costa de nuestro pánico es evidente. ¿Cuántos más lo harán, y de que forma?

Aquí dejo esta reflexión. Puede que desvaríe, lo admito, pero huelo a colosal tramoya, tengo mis añitos y he vivido bastantes trampas del Poder.

Susana Guzner
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