sábado, 20 de septiembre de 2008

El MALBA programa ciclo de Gays, lesbianas y travestis en el cine argentino


Buenos Aires – (Palermoonline)

Otras historias de amor

Con este título el sociólogo Adrián Melo ha reunido una serie de textos heterogéneos que rastrean la representación de la diversidad sexual en el cine argentino, y que será presentado en el auditorio del museo el domingo 28 de septiembre a las 17:00.

Una de las cuestiones más interesantes de la propuesta de Melo es que no se limita a desarrollar un inventario de films y fragmentos que tratan el tema (aunque lo incluye) sino que rompe una larga tradición de silencio al proponer un nuevo abordaje de varias películas que hasta la fecha sólo habían sido trabajadas en términos perfectamente straight , como Cadetes del San Martín o Si muero antes de despertar . De esa manera los autores sacan persuasivamente del ropero a varios films y a algunos directores que dejaron huellas cifradas y muchas veces inconscientes de prejuicios y represiones, pero también de anhelos y fantasías.

El ciclo que acompaña la presentación de este libro reúne sólo veinte films, por lo que no pretende agotar el tema. Se trata sólo de evitar algunos lugares comunes demasiado fatigados y reproducir la multiplicidad de perspectivas que evidencian los distintos autores.

Películas

Cadetes del San Martín (Argentina, 1937) de Mario Soffici, c/Enrique Muiño, Elías Alippi, Orestes Caviglia, Rosita Contreras, Ángel Magaña. 82' .

“Cuando Mario Soffici filma en 1937 Cadetes del San Martín , no había acontecido el famoso affaire de los chicos del Colegio Militar, descubiertos en plena orgía masculina. Los padres de los alumnos podían todavía enternecerse ante ese plano gracioso que abre la película de Soffici: unos actorcitos del momento que representan a sus hijos bajo una ducha amistosa, enjabonándose unos a otros. En 1937 se cree aún que no hay perversión que exorcizar. No hay todavía escándalo. (…) En el fino límite entre lo permitido y lo que no, la acción no es más que un buen pretexto para confirmar con humor la salud de los vínculos varoniles en nuestros institutos militares”. Fragmento de un texto de Alejandro Modarelli.


Divorcio en Montevideo (Argentina, 1939) de Manuel Romero, c/Niní Marshall, Enrique Serrano, Sabina Olmos, Marcelo Ruggero, Ricardo García Ramos. 83' .

“A Claudio y a Goyena se los ilustra como personas que ocultan algunas cuestiones a sus novias y esposas. No son personajes del todo sinceros. De hecho, para las costumbres morales del período de entreguerras, la doble vida que podría llevar adelante un hombre no era cuestionada como sí lo era la de la mujer. Ellos poseían mayor libertad para salir solos, tener amantes o mantener bulines sin dar explicaciones sobre lo que ocurría puertas adentro. (…) Cuando Claudio pretende abandonar a Adriana y Goyena decide no casarse con Catita, es el mayordomo Sebastián quien pone orden logrando que ellos prometan continuar con sus compromisos. Es interesante notar que Romero elige a este personaje peculiar –con atributos que apelan a la homosexualidad pero desde la comedia– para que funcione como voz de la conciencia”. Fragmento de un texto de Anabella Speziale.


La serpiente de cascabel (1948) de Carlos Schlieper, c/María Duval, Juan Carlos Thorry, Milagros de la Vega , María Santos, Berta Moss, Mary Parets, Homero Cárpena. 73' .

Con un personaje denominado “Pocholo”, el gran actor Homero Cárpena compuso en el film Los tres berretines (1933) al primer arquetipo homosexual del cine sonoro argentino. No fue la única vez, sin embargo. En varios otros títulos de su extensa filmografía, Cárpena interpretó distintas variantes del mariquita que es, como escribe Adrián Melo, “ la primera y más perdurable imagen que retrata al personaje gay (…) como recurso infalible para hacer reír ”. Un buen ejemplo de eso resulta esta desquiciada comedia de Schlieper, que transcurre en un colegio de señoritas donde Cárpena es el profesor de danza. Como curiosidad, corresponde señalar que fue también Cárpena quien, en el extremo opuesto de su registro actoral, interpretó al “monstruo pederasta” de Si muero antes de despertar.


Deshonra (Argentina, 1952) de Daniel Tinayre, c/Fanny Navarro, Mecha Ortiz, Tita Merello, George Rigaud, Aída Luz, Golde Flami, Herminia Franco, Alba Mugica. 101' .

“El arquetipo de la lesbiana presa tuvo su versión más evolucionada en Deshonra . En casi todos sus aspectos se trata de un melodrama de alto impacto, con extremos de crueldad y sacrificio que rozan el expresionismo y situaciones tomadas casi literalmente del film norteamericano Amarga condena ( Caged , 1950) de John Cromwell. Detenida injustamente, Flora (Fanny Navarro) conoce en la cárcel a Roberta (Golde Flami), presa lesbiana que le advierte desde el principio: ‘Ya vas a encontrar alguien que te quiera'. Poco a poco se revela que todo lo que Roberta hace es para cuidar a una muchacha que está presentada claramente como su pareja. En un film lleno de personajes unidimensionales, el suyo es una excepción de conducta imprevisible porque no aparece motivado por una arbitrariedad argumental sino por sus propias elecciones afectivas”. Fragmento de un texto de Natalia Taccetta y Fernando Martín Peña.


Si muero antes de despertar (Argentina, 1952) de Carlos Hugo Christensen, c/Néstor Zavarce, Blanca del Prado, Florén Delbene, Homero Cárpena. 73' .

“Lo secreto, lo oculto y lo siniestro subyacen a lo más evidente y cotidiano. Lo encontramos en el baldío de la propia ciudad, en la casa al final de una calle nada misteriosa, tal como reza la voz en la apertura del film. En el clímax, el niño Lucho Santana (Néstor Zavarce) tiene un sueño que hubiera fascinado a Freud y a Foucault. (…) Elementos clásicos de la infancia y la escuela presentan su rostro más siniestro y perverso. También la homosexualidad aparece en su fase más monstruosa, una sugerida pedofilia. Si bien el corruptor de menores secuestra y asesina niñas, toda la película describe el camino del monstruo para llegar a su verdadera presa y enemigo: Lucho Santana, un niño vivaz a quien no hubiera podido seducir con tizas de colores o chupetines”. Fragmento de un texto de Adrián Melo .


Huis clos –A puerta cerrada– (Argentina, 1962) de Pedro Escudero, c/Duilio Marzio, Inda Ledesma, María Aurelia Bisutti. 76' .

“No es el lesbianismo sino el hecho de romper una pareja y arrastrar a alguien al suicidio lo que para Sartre constituye un crimen tan grave como el infanticidio y la cobardía. Ya en el infierno, Inés intenta entregarse a Esther prometiéndole que será eternamente suya, pero Esther prefiere a Garcin, que es incapaz de amar porque no se atreve. Los tres tendrán que soportar eternamente la mirada del otro, siempre lista a juzgarlos. En la obra, escrita en 1947, Sartre no da indicaciones explícitas de puesta en escena ni de marcación de actores, pero es perceptible la intención de plasmar su concepción existencialista de la filosofía, de moda a fines de los ‘40 y durante los ‘50. Del mismo modo, el film trabaja sobre la condena propia y la pública, la vergüenza y el egoísmo: cada uno es el infierno de los otros”. Fragmento de un texto de Natalia Taccetta y Fernando Martín Peña.


Las ratas (Argentina, 1963) de Luis Saslavsky, c/Aurora Bautista, Alfredo Alcón, Bárbara Mugica, Juan José Míguez, Antonia Herrero. 87' .

“ Las ratas representa el amor entre hombres como un tipo de vínculo pautado por la angustia y por la culpa, pero menos porque se trate de un lazo propiamente homosexual que por un modo de concebir todos los afectos. El film trabaja con deliberación a partir de la idea de que el deseo o el amor por Julián no difiere entre aquellos que lo toman como objeto: en esto, María (la madrastra), Cristina (la actriz) y Delfín (el medio hermano) no presentan más que variaciones de acuerdo a cada subjetividad, pero respecto de la intensidad y la frustración de su afecto. (…) El film no deja de mostrar, por lo menos dos veces, que el amor de Delfín por Julián es como el de su madre, cuando ambos miran por distintas terrazas a Cristina que se aleja, o cuando Delfín se reconoce en el dolor de su madre por la muerte de Julián, porque reconoce en ella el mismo amor imposibilitado”. Fragmento de un texto de Emilio Bernini .


Tiro de gracia (Argentina, 1969) de Ricardo Becher, c/Sergio Mulet, Franca Tosato, María Vargas, Cristina Plate, Alejandro Holst, Mario Skubin, Javier Martínez Suárez. 101' .

“Una película atípica es (…) Tiro de gracia , no solamente por el registro casi obsesivo de la cámara sobre el bello cuerpo masculino de Sergio Mulet sino porque incluye también una cartografía erótica, casi un mapa de instrucciones sobre el ‘yire' callejero de los gays en la década del sesenta. En una escena, Carlos decide ganarse la vida como taxi boy y le pide consejos a Emilio, un gay maduro. (…) Antes, Emilio le ha dado a entender que el taxi boy es la mejor opción para la vida erótica de los gays. El otro camino es convertirse en el “ser más desdichado sobre la Tierra”. Según el discurso fílmico de esos años, pareciera que el placer homoerótico conduce a la tragedia y sólo es aceptable en los circuitos del mercado de consumo”. Fragmento de un texto de Adrián Melo.


La tregua (Argentina, 1974) de Sergio Renán, c/Héctor Alterio, Luis Brandoni, Ana María Picchio, Marilina Ross, Aldo Barbero, Juan José Camero, Sergio Renán. 105' .

La tregua hace honor a su nombre en lo que se refiere a las imágenes que brinda sobre la homosexualidad masculina. Por un lado está Jaime, el hijo gay del protagonista, que es triste, melancólico y atormentado. (…) Pero, por el otro lado, está Santini, el verdadero héroe de la película. El afeminado que sufre claustrofobia y que pasa las monótonas horas de trabajo en la oficina ensoñado con su guapo y mujeriego compañero de trabajo. Santini se rebela no sólo contra los colegas laborales que se burlan de él sino también contra toda la sociedad que lo margina y que es la misma que condena a los seres humanos a los trabajos forzados y alienados, sin creación y sin imaginación intrínsecos a la égida capitalista”. Fragmento de un texto de Adrián Melo .


La Raulito (Argentina, 1975) de Lautaro Murúa, c/Marilina Ross, Duilio Marzio, María Vaner, Luis Politti, Fernanda Mistral, Ana María Picchio, Jorge Martínez. 95' .

“La Raulito es marginada y siente que todos sus actos son puestos en cuestión, pero no sabe muy bien por qué. Es posible que ella represente algo a lo que todos temen (‘¿Qué? ¿Son marimachos acá y se la pasan a ésta?', le dicen) y en todo caso es curioso que los lugares donde la Raulito encuentra una única amiga (María Vaner) sean un cabaret, la cárcel y una casa dominada por un marido golpeador. Si algo enfatiza el film es el hecho de que no hay lugar para la Raulito en una sociedad que impone roles definidos. En ese sentido, Murúa evita en todo momento caracterizar la identidad sexual de su protagonista, decisión que respeta su condición transgresora y desafiante”. Fragmento de un texto de Natalia Taccetta y Fernando Martín Peña.


Furia en la isla (Argentina, 1976) de Oscar Cabeillou, c/Libertad Leblanc, Enzo Viena, Zelmar Gueñol, Luis Medina Castro, Miguel Paparelli, Rey Charol. 80' .

Muchos films argentinos ubican en el mismo plano moral a la conducta homosexual con la criminalidad, pero ninguno desarrolla tanto el arquetipo de la lesbiana delincuente como Furia en la isla . La actriz María José Lefer interpreta a Elizabeth, miembro de una banda de delincuentes y admiradora de los abundantes encantos de la protagonista Leblanc. Eventualmente Elizabeth es descubierta y perseguida por la gendarmería, pero no sólo encuentra un final mucho más contundente que el de sus compañeros criminales, sino que además recibe una frase atroz a modo de epitafio: “Todas éstas terminan igual”.


El beso de la mujer araña ( Kiss of the Spider Woman , EUA-1985) de Héctor Babenco, c/William Hurt, Raúl Juliá, Sonia Braga, Jose Lewgoy, Nuno Lean Maia, Denise Dumont. 119' .

“En El beso de la mujer araña el campo visual del cine no está al servicio de ‘fijar' identidades y asignar roles de géneros, tal como las teorías feministas del aparato cinematográfico generalmente proponen, sino todo lo contrario. Lo cinematográfico, para Puig, abre el espacio donde los múltiples ‘devenires' de lo queer se tornan posibles. Los recuerdos de Molina de sus películas se fijan, de a poco, en el cuerpo –en el suyo propio, en el de Valentín, en el de la novela, en el de sus lectores– casi como una prótesis para la identidad, y en ese proceso el cuerpo y las relaciones que de él dependen se transforman en una interfaz maleable de pura potencialidad e imaginación”. Fragmento de un texto de Carla Marcantonio.


Correccional de mujeres (Argentina, 1986) de Emilio Vieyra, c/Julio de Grazia, Edda Bustamante, Erika Wallner, Tony Vilas, Mónica Villa , Rubén Stella. 90' .

Hay un declamado tono de denuncia en el film y un texto inicial advierte que se basa en hechos reales, pero, como corresponde a toda obra sexploitation , ese envoltorio pronto revela que las verdaderas intenciones de Vieyra consisten en mostrar todo lo posible. En relación con Deshonra, en este film las caracterizaciones de la conducta homosexual involucionan hasta la caricatura, en particular en lo referido al mayor arquetipo del cine carcelario: la guardiana sádica de aspecto hombruno que se vale de su autoridad para someter sexualmente a las internas. Esta conducta se resume en la frase de una guardiana a la presa elegida: “Yo quiero ayudarte, protegerte de toda esta inmundicia”.


Vivir (Argentina, 1994) de Pablo Reyero. Mediometraje documental. 41' .

Fue el primer documental testimonial de personas enfermas de sida, portadores asintomáticos y familiares que se realizó en Argentina. Sus protagonistas son Roberto Jáuregui, Liliana Maresca, Nélida y Moisés Ostrovsky (padres de Gisela) y Diana Tubio (madre de Martín). Intenta dar una visión directa, compleja y vital sobre el vivir con sida y sus implicancias. Tiene un fuerte anclaje en las entrevistas a personas enfermas, portadores asintomáticos y su red de contención afectiva. Tal como se presenta en sus vidas, el sida actúa como guía para adentrarse en los conflictos cotidianos de los testimoniantes y develar los cambios producidos en sus relaciones desde la aparición del virus. Hundirse en los sueños, deseos y angustias, alegrías y dolores, en lo profundo y constituyente de la sexualidad, en el presente y los recuerdos de un puñado de personas que tienen en común una infección que trastocó sus vidas y las de sus seres queridos.


Vagón fumador (Argentina, 2001) de Verónica Chen, c/Cecilia Bengolea, Leonardo Brzezicki, Adrián Fondari, Pablo Razuk. 91' .

“Vagón fumador se instala en una parcela del mundo homosexual en la medida en que éste le ofrece un campo de batalla propicio para el amor imposible de una muchacha recién salida de la adolescencia, que se adivina burguesa, en ruptura con su medio, enamorada con la entrega total, imprudente, de un primer amor. A través de la persecución del objeto de su deseo ese personaje va a adherirse, a incrustarse en una tribu ajena, prohibida: no sólo cuando se mezcla con los taxi boys en la secuencia nocturna de la plaza San Martín: llega incluso a introducirse en la cama de un amigo y su cliente, hasta que en cierto momento siente que el juego la supera y los abandona a su transacción”. Fragmento de un texto de Edgardo Cozarinsky.


Lesbianas de Buenos Aires (Argentina, 2002) de Santiago García. Largometraje documental. 82' .

“'El lesbianismo no es para provocar a los hombres; los hombres no tienen nada que ver', dice una de las protagonistas del documental de Santiago García. Con esta frase se afirma nuevamente que la esquematización padecida por los personajes homosexuales en el cine poco tiene que ver con la realidad. Aquí las mujeres hablan de su cotidianeidad, de las dificultades relacionadas con la discriminación y la legitimación de derechos –especialmente los relacionados con la maternidad- y también hacen confesiones, como que sus primeras fantasías fueron con el hada Patricia, principal rival de la bruja Cachavacha”. Fragmento de un texto de Natalia Taccetta y Fernando Martín Peña.


Tan de repente (Argentina, Holanda, 2002) de Diego Lerman, c/Tatiana Saphir, Carla Crespo, Veronica Hassan, Beatriz Thibaudin, María Merlino. 90' .

“El amor entre mujeres es la posibilidad que se le presenta a Marcia, una joven aburrida de la vida y de la lencería donde trabaja. (…) Aunque teme convertirse en algo que la sociedad (y ella misma) condena, ese miedo es mejor que su vida anterior. Adecuadamente, el film es inclasificable. Se inicia como una road movie que describe la ‘prueba de amor' prometida a Marcia: ir a conocer el mar. El encuentro entre mujeres es desdramatizado pero no deja de ser evidente que se trata de un amor transgresor. Marcia –que no encaja en los patrones de mujer delgada y perfecta- acepta la opción que le ofrecen dos jóvenes Darkness que se hacen llamar Mao y Lenin”. Fragmento de un texto de Natalia Taccetta y Fernando Martín Peña.


Un año sin amor (Argentina, 2005) de Anahí Berneri, c/Juan Minujín, Mimí Ardú, Carlos Echevarría, Javier Van de Couter. 102' .

“Como la novela homónima de Pablo Pérez en que está basada, la película se inscribe en una tradición cuyas raíces se pueden encontrar en el universo literario de la saga de novelas de Hervé Guibert: Al amigo que no me salvó la vida (1990), El protocolo compasivo (1991) y Citomegalovirus (1992). Nuevamente nos encontramos con un escritor enfermo de sida y amante de las prácticas sadomasoquistas que relata minuciosamente los detalles de su enfermedad, los cambios en su cuerpo y la manera en que el HIV modifica sus hábitos de vida. Sin embargo, es una película post-sida. Es decir, el sida ya se ha instalado en la sociedad y en la cultura homoerótica y ya ha dejado sus huellas, aunque el fin del año sin amor es también el de la aparición del cóctel de drogas que le permiten a Pablo la posibilidad de la supervivencia”. Fragmento de un texto de Adrián Melo.


Ronda nocturna (Francia, Argentina, 2005) de Edgardo Cozarinsky, c/Gonzalo Heredia, Moro Anghileri, Rafael Ferro, Darío Tripicchio, Gregory Dayton. 81' .

“El relato que se cuenta en Ronda nocturna no se organiza alrededor de una búsqueda o un plan del protagonista: Víctor no busca nada que no sea eso que la ciudad lleva y trae; su itinerario se organiza en el azar del imprevisto y de la contingencia. Por el contrario, la historia que cuenta la película se organiza en torno a Víctor como objeto de búsqueda y deseo: él es el buscado, el perseguido por sus fantasmas, sus deudos , que han venido a buscarlo para llevárselo con ellos”. Fragmento de un texto Gabriel Giorgi .


Preestreno : viernes 19, trasnoche

Carne sobre carne (Argentina, 2007) de Diego Curubeto, c/Isabel Sarli. Largometraje documental. 95' .

En todo su cine, Armando Bó demostró una capacidad para combinar originalidad, altas dosis de melodrama y el particular imaginario erótico del porteño formado en el clima represivo de los años '20 y '30. Todo eso devino en la creación de Isabel Sarli como perdurable ícono sexual y en un estilo que tiene la curiosa característica de ser audaz y conservador al mismo tiempo, quizá como resultado de una honestidad brutal: Bó no tenía problemas en exhibir ni siquiera sus propias contradicciones. Desde esa perspectiva paradójica Sarlí y Bó confrontaron con la censura por abordar primero la sexualidad elemental de un cuerpo desnudo, pero luego por muchas otras afrentas, como una extensa fiesta de casamiento entre hombres con música de Alice Cooper, una de las primeras lesbianas extracarcelarias que tuvo el cine argentino, o incluso el arquetipo que interpretaba el actor Adelco Lanza. Todo eso y mucho más es reconstruido por Diego Curubeto en este documental, que no sólo cuenta con el testimonio de Sarli sino con mucho material inédito que la censura impidió ver en su momento y que Bó guardó celosamente en espera de tiempos mejores.


Presentación del libro Otras historias de amor , de Adrián Melo (Comp.)

Domingo 28 de septiembre a las 17:00.


A través de una serie de textos de varios autores, el libro (editado por Lea) analiza las formas de representación fílmica de las diversidades sexuales en el cine argentino, de los años treinta a la actualidad. Desde extrañas ternuras entre marineros, soldados, futbolistas, guapos, hermanos, gauchos y malevos, pasando por mujeres travestidas de varón y representaciones de la homosexualidad masculina y femenina asociadas con la delincuencia, la criminalidad y el vagabundaje, hasta los escenarios actuales a partir de los cuales el cine argentino insiste en retratar los amores y los deseos distintos al heterosexismo.

Los autores: Carla Marcantonio, Adrián Melo, Emilio Bernini, Hugo Salas, Néstor Artiñano, Natalia Taccetta, Fernando Martín Peña , Alejandro Modarelli, Anabella Speziale, Patricia Montenegro, María José Rossi , María Sol Aguilar, Marcelo Raffin, Ricardo Rodríguez Pereyra, Edgardo Cozarinsky, Lucas Rozenmacher, Gonzalo Aguilar, Gabriel Giorgi, Daniel Link y Diego Trerotola.



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Cine

Las funciones de los ciclos de cine de Malba se realizan de jueves a domingos a partir de las 14:00.
Las entradas pueden adquirirse con anticipación en el museo.
Valor de la entrada: $10. Estudiantes y jubilados (con acreditación): $5.
Estrenos especiales: $14. Estudiantes y jubilados (con acreditación): $7.

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La vice de Mc Cain en contra de los matrimonios gays


¿Quién es Sarah Palin? Con esa pregunta se desayunaron ayer los estadounidenses, que veían temprano por televisión cómo los analistas políticos y conductores estrella hacían malabares para buscar información sobre esa dama, la primera mujer en la historia que será candidata a vicepresidente por el Partido Republicano.

En una jugada audaz, John McCain anunció ayer que eligió como compañera de fórmula a Palin, de 44 años, gobernadora de Alaska, una sorpresa para todos aquí, ya que los candidatos que se llevaban todas las apuestas eran el ex gobernador de Massachusetts, Mitt Romney y el actual de Minnesota, Tim Pawnley.

Pero no. Justo en el día de su cumpleaños número 72, McCain anunció que elegía a Palin, mamá de 5 hijos, uno de ellos un bebé de 5 meses. Sangre joven para neutralizar su avanzada edad, uno de los puntos más débiles de su candidatura, ya que es el aspirante a la Casa Blanca más viejo en la historia del país. También, el republicano busca atrapar los votos de la base conservadora que ven en McCain a un hombre demasiado "liberal", no muy lejano de los demócratas en sus posiciones sociales.

Pero la jugada republicana apunta además sin dudas hacia un botín apetecible: los 18 millones de votos de Hillary Clinton. Según diferentes encuestas, entre un 20% un 25% de los que votaron por la ex primera dama en la interna demócrata, no quiere que Barack Obama llegue a la presidencia.

De vestido negro, cabello recogido y anteojos, Palin se presentó como lo que es: una madre conservadora, cristiana y devota de su familia. "I'm an ice hockey mum", dijo la gobernadora, en un juego de palabras con las "soccer mum", como se conocen aquí a las madres que no trabajan y llevan a las plazas a sus hijas a jugar al fútbol. Este sector particular ha sido clave en varias elecciones de este país y ella lo asoció ayer con el hóckey sobre hielo, el deporte más popular en la fría Alaska.

La campaña de McCain busca asociarla con el estadounidense común. "Encontré a la campeona para compartir los valores y los intereses de los estadounidenses", dijo el candidato republicano cuando la presentó ayer en su acto de Ohio. Y sumó: "Es una madre devota". "Nadie está más preocupada que ella por el precio de la nafta". "Trabaja por la gente".

Palin es bien conservadora en temas sociales. Es una ferviente opositora al aborto, está en contra del matrimonio gay y de la investigación con células madre. Por eso mismo hay quienes dudan de que ella pueda en verdad seducir a las mujeres que han votado a Hillary Clinton.

Uno de los puntos más débiles que presenta su candidatura es precisamente su falta de experiencia, algo de lo que acusan a Obama. Hace apenas dos años que asumió como gobernadora de un estado pequeño, alejado y casi exótico para la mayoría de los estadounidenses. Su experiencia previa es haber sido alcaldesa de la ciudad de Wasilla, entre 1996 y 2002.

Rápida de reflejos, la campaña demócrata salió a pegarle por ese flanco. Aunque Obama dijo que Palin es una "persona admirable" y que su designación es "otra señal alentadora de que las antiguas barreras están cayendo entre nuestro políticos", un vocero demócrata evitó las sutilezas: "McCain puso a la ex alcaldesa de una ciudad de 9.000 habitantes con cero experiencia en política exterior a un paso de la presidencia", dijo Bill Burton. También criticó sus posturas contra el aborto y a favor de las perforaciones petroleras en la reserva natural ártica. "La gobernadora Palin comparte con McCain el compromiso de volver sobre "Roe v. Wade" (el fallo de la suprema Corte que autorizó el aborto en 1973), el programa de la industria petrolera y la continuación de las políticas económicas de George Bush que fracasaron. No es el cambio que necesitamos".

Sin embargo la campaña de McCain está contenta con la apuesta. El republicano la presentó como alguien que hará "reformas" aunque evitó usar la palabra "cambio", presente en el slogan de Obama.

Devota cristiana, no solo se opone al matrimonio entre homosexuales sino que está a favor de la pena de muerte y tiene armas en su casa, carnet de la derechista Asociación del Rifle y adora cazar. En su página web se la ve con un animal al que ella misma ha disparado.

En St Paul, Minnesota, sede de la Convención republicana que se inicia el lunes, Palin tendrá la oportunidad de darse a conocer masivamente a los estadounidenses que ayer se sorprendieron con su designación en la carrera de la Casa Blanca.

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sábado, 13 de septiembre de 2008

Christine Vachon: Matadora


“Todo es cuestión de usar la dosis de pasión suficiente”, dice la productora de cine Christine Vachon a modo de epílogo, desde la experiencia de haber hecho posibles las películas de directores como Todd Haynes, Larry Clark, Todd Solondz o Rose Troche. Vestida siempre de negro y seguida de cerca por su mujer y su hija de seis años, la fundadora de Killer films se aventura en lo que vendrá para el cine mientras mira con deseo a la televisión.

¿Hay una vocación en ser productora de cine?

–Si lo que estás preguntando es quién carajo quiere ser productora de cine –como ya lo han hecho–, digo sin dudar: yo. Además tuve mucha suerte de empezar en Nueva York cuando grandes realizadores como Spike Lee, Jim Jarmusch y Todd Haynes, por ejemplo, también estaban empezando. Fue un tiempo en el que había que descubrir el verdadero sentido de posibilidad, parecía increíble que gente como nosotros pudiéramos hacer películas que la gente pudiera ver, y hasta competir con Hollywood. Y la idea de producir películas era una manera increíble de poner en orden todas las cosas dentro de mí. Y encima andar de gira con directores que admiro mucho.
¿Por qué llamar Killer Film a la productora? ¿Había algo con lo que querías acabar?

–No quería matar a nadie, es una expresión en América que se usa cuando querés decir que algo es muy bueno. Entonces, “Killer” es algo usado a modo de motivación, corto, interesante y fácil de recordar.
¿Nunca se te ocurrió dirigir?

–No, y no entiendo por qué la gente piensa que uno es productor porque no puede ser director. Para mí ése no es el caso. La producción de películas siempre me interesó. La dirección no tanto. Estoy muy feliz haciendo exactamente lo que hago y siento que tengo una vida tremendamente creativa. Cuando recién empecé dije “wow!”, es el productor el que tiene que tener toda la imagen en la cabeza todo el tiempo y eso era muy interesante para mí, desde pensar en el tamaño del camarín para algún actor hasta el último detalle de guión. Tomar la decisión de financiar un film, de una manera o de ninguna manera siempre es una decisión creativa porque hay un profundo efecto en la habilidad del director de darse cuenta de que veo su visión de la manera que él o ella quiere.
¿Intervenís sobre los guiones?

–Sí, desarrollamos casi todas las escenas que producimos. Estamos muy comprometidos en el proceso desde el principio. Entonces, para el momento que llega a la pantalla, ya ha habido tremendas cantidades de discusiones e intercambios.
Aun así, con grandes discusiones, pudiste mantener una relación de casi 20 años de trabajo con un director como Todd Haynes. ¿Es difícil sostenerla?

–No, es fácil, una vez que aprendés a colaborar con alguien, es fácil seguir haciéndolo, uno desarrolla una forma de diálogo, de confianza y colaboración, en algún punto es difícil cuando trabajo con nuevos realizadores. Quise trabajar con Todd desde que vi terminada Superstar. The Karen Carpenter Story, porque era a la vez una historia trágica y un entretenimiento divertido hecho con un presupuesto mínimo.
¿Podrías decir que Haynes sigue siendo un director independiente, a pesar del presupuesto de su última película, I’m not there?

–Yo me considero independiente aunque produzca películas de 2 o 25 millones de dólares. Al principio estaba muy claro que un film independiente era la alternativa a un film de Hollywood, que fuera financiado por dinero que no fuese de Hollywood. Ahora ése no es el caso, hay tantas mezclas... Incluso Happiness de Todd Solondz, que es uno de los films más controversiales que hice, estuvo coproducido por Octuber Films, que pertenece a Universal. Entonces el único modo que veo para definir un film independiente es que pertenecen a una mirada singular, aun cuando pueda ser un film de Hollywood, como el caso de There will Be Blood –de Paul Thomas Anderson–; pienso abiertamente que es eso lo que hace a un film independiente: que no podría haberse hecho por nadie más.
Que además, para existir, necesariamente tiene que ser visto...

–Por supuesto. Es la parte más difícil, incluso creo que necesitaría diez años más para poder pensar en cómo pudimos imponer nuestro cine del primer período (principios de los ’80). En Estados Unidos no existen subsidios para el cine como en Europa y eso, aunque envidio a quienes los tienen, es provocador porque fuerza la conversación entre realizadores y audiencia. Una conversación vibrante, excitante, aunque muchas veces sometida a casualidades...
¿Cómo cuáles?

–Bueno, que una historia cuadre en su tiempo. O conseguir una distribuidora. Muchos realizadores nunca consiguen llegar a la pantalla para mantener un diálogo constante con la audiencia. Más ahora que se han perdido la mitad de las distribuidoras.
Y que la otra mitad distribuye material muy homogéneo en todo el mundo...

–Sí; en Estados Unidos apenas si vemos algún film que no sea en inglés. Pero también hay que tener en cuenta que la gente no va al cine, ni siquiera ve películas en DVD sino en la pantalla de su iPod, a pesar de que nosotros las hayamos hecho en 35 milímetros. Es así, nos guste o no.
¿Eso replantea el modo de hacer cine o la búsqueda de historias?

–Todavía no lo sé. Creo que es un típico caso de “vaso medio lleno, medio vacío”; en un modo creo que es increíblemente excitante que los realizadores puedan contar historias mucho más “baratamente” de lo que yo pude. Cuando yo empecé uno tenía que filmar en película, y ahora no; y creo que eso les facilitó el camino a los jóvenes de manera extraordinaria. Pero sí pienso que uno debe mantenerse continuamente flexible y abierto a la rapidez con la que increíblemente cambia todo.
Tan flexible como para producir para televisión en lugar que para el cine...

–Hemos llegado a una etapa dorada de la televisión. Directores que cinco años atrás se habrían alejado de la idea de alguna vez realizar algo para la pantalla chica, ahora lo hacen... A lo que debería agregar que muchos televisores en América son mucho más grandes que muchas pantallas que tenemos en los cines, por lo tanto los términos tienden a confundirse. El hecho es que la televisión es más cambiante que la industria del cine en estos tiempos. La industria cinematográfica está más aterrorizante de lo que ha sido en años anteriores, y la televisión parece estar yendo directamente donde la industria cinematográfica no se anima a ir.
No se podría decir que la serie The L Word sea un lugar donde el cine no se anima a ir, pero sí que ha sido importante para muchas lesbianas. ¿Tuvo algo que ver en ese proyecto?

–No tengo relación con The L Word, mi única relación es que al igual que una enorme cantidad de directores habría matado por trabajar en ella; pero yo no tuve nada que ver, salvo a través de directoras que trabajaron conmigo como Rose Troche. Es verdad que ha sido un evento de visibilidad y es un gran show para mirar... como un Oprah (por el talk show de O. Winfrey), pero suave...
¿Que haya tenido lugar en la televisión abierta colabora con familias queer como la tuya?

–Yo soy gay, tengo una pareja y una hija, ¿eso es queer?
Es un modo abarcativo de llamarla... ¿fue una decisión difícil la de tener una hija?

–Yo creo que no es fácil tener hijos, seas gay, heterosexual o lo que seas. Y sobre todo no es fácil tenerlos en el ámbito del cine y en Nueva York. Pero es todo lo que sé y ha sido una gran experiencia; aunque no es para todo el mundo.
¿Por qué no para todos?

–Porque no todo el mundo debería tener hijos. Hay un montón de padres terribles que no deberían tenerlos. De todos modos, nuestra hija, en Nueva York, es una de muchas y eso facilita las cosas.
Tu esposa...

–Yo nunca llamaría a mi pareja como mi esposa, porque legalmente no podemos casarnos. Depende todo del estado en el que te encuentres.Y si es el estado el que decide si alguien puede o no ser tu esposa, yo no quiero usar ese término.
¿Quisieras tener derecho a usarlo?

–Sí, lo he pensado. Aunque en cierta forma me deprime un poco ver cómo los gays quieren parecerse tanto a los heterosexuales. No lo sé. Pero cuando tenés un hijo y no podés casarte, y no tenés derechos que las familias heterosexuales dan por sentado, es difícil, hay que tomarse un tiempo antes de responder.
¿Las dos tienen las mismas responsabilidades y derechos con respecto a la niña?

–Los tenemos, pero hubo que pasar por muchos procesos y atajos legales, ella tuvo que realizar una second parent adoption (N. de R.: segunda adopción parental, en inglés parent no tiene género).
Al menos existe esa posibilidad para parejas del mismo sexo...

–Sí, existe en Nueva York, pero depende de cada estado. Florida, por ejemplo, está totalmente en contra de la adopción para parejas homosexuales.
¿Hay una mayor apertura en Estados Unidos sobre estos temas?

–No lo sé, no es uniforme. Pero lo cierto es que también hay muchos países europeos que están contra de la adopción para personas homosexuales. Suecia está en contra de la adopción... ¡el país más liberal del mundo! La gente está bien conviviendo con gays, con las parejas que forman, pero cuando metés chicos en el asunto se enloquecen. Es para ellos como cruzar la raya. Y es, para nosotros, la próxima frontera que tendremos que mover.

Marta Dillon
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Crónica de un fin de semana de amor entre gordos y peludos


Cuerpos orgullosos del desborde de sus carnes, de sus pelos, sus ruidos, su hambre, su deseo. Así se reconocen los osos en el universo queer, lejos de la disciplina diet, cerca del exceso. Pero hay más que simples rasgos estéticos: la comunidad que se reunió en un primer –y numeroso– encuentro nacional puso en acto su filosofía de vida en tres días con peso propio.

Alrededor de dos meses antes de cumplir los once eufóricos años de existencia, el Club de Osos de Buenos Aires decidió hacer el Primer Encuentro Nacional de Osos, en Córdoba. Ampliar fronteras, conquistar ámbitos para expandir la sensibilidad osuna siempre fue un objetivo del club. Pero si alguien presenció el viaje a Colonia, Uruguay, de la tímida veintena que formaba el grupo de socios fundadores del club hace más de diez años, apenas encontraría relaciones con el grupo que en 2008 llenó dos micros y viajó desde Capital unas diez horas para encontrarse con otros osos de distintas provincias, como Salta, Río Negro, Santa Fe, Mendoza y Córdoba. En aquel momento, los fundadores se preguntaban: ¿se puede crear y sostener una agrupación basándose en el aspecto físico de sus integrantes, una sociabilidad por afinidad erótica? La subsistencia del Club de Osos de Buenos Aires, como de otros (¿cientos, miles?) similares alrededor del mundo, prueba que la respuesta a esta pregunta es sí. Los osos crecieron en visibilidad, en diversidad, en energía erótica y en propuestas. Poco quedó de la discreción de aquellos pioneros agrupados para compartir una forma alternativa de entender el cuerpo, el amor, el sexo y la amistad entre fanáticos y portadores de pelos corporales, barbas, bigotes y físicos excesivos que van de morrudos a obesos. Pero, ¿hay o tiene que haber algo más que la cuestión física?, ¿existe la cultura osuna?, ¿hay algo así como una filosofía en ese deseo orientado a ciertos rasgos específicos generalmente asociados a la masculinidad? Tal vez, seguir la lógica de este Encuentro Nacional sea una forma de pensar algunas respuestas.
Pilosofía

El encuentro de osos tuvo una grilla reducida y puntual repartida en tres días: una tarde de sauna, una cena en un restaurante, una fiesta en una disco y un asado al aire libre en las bajas sierras. Una vez acomodado cada uno en su hotel, la cuestión era romper el cubito de la manera más contundente, en plan deshielo radical:

desatarse las ropas y respirar aires calientes de sauna para que la libido hierva. El lugar elegido, perdido en el subibaja callejero de la ciudad cordobesa, se llamaba VA.X (juego gráfico que descompone la palabra vapor, usando la equis y desnuda la letra del adn del porno). Hay, claro, en la experiencia del sauna gay, como ya estudió algún sociólogo, la supremacía del cuerpo sin las marcas sociales de vestimenta, posibilitando una relación carnal menos mediada, más culturalmente anónima, primitiva, como si el contacto con la civilización acabara en la puerta del sauna. Nada mejor para un oso que desglamurizar el gusto gay por la ropa de diseño, por el brillo, por la pluma. Nada mejor que los osos para contradecir la filosofía de Hegel cuando decía que el vestido contribuye a “disimular los pequeños detalles del cuerpo que tienen relación con la vida animal, tales como venillas, pelos o arrugas de la piel, a fin de destacar únicamente el lado espiritual de la forma en sus contornos verdaderamente vivos”. Como su nombre lo indica, los osos se acercan a una vida más zoológica, más carnal que espiritual, exponiendo sus rasgos físicos sobredimensionados en contra del pudor que imprime la invasiva estética diet. En este sentido, en la pulsión nudista a revelar lo que para otros es defecto (gordura, vellos profusos, etc.), los osos se relacionan con la filosofía cínica (no confundir con el sentido moderno de cinismo), despreciada por Hegel. Como bien los describe Michel Onfray en su libro Cinismos. Retrato de los filósofos llamados perros, Diógenes y sus secuaces griegos usaban la mínima cantidad de ropa posible, paseando sus cuerpos a la luz del día, incluso al borde del exhibicionismo (uno de los cínicos, Antístenes, hacía agujeros en su ropa para mostrar sus genitales). El deseo por el bulto, piloso y/o carnal, es importante. Los osos en el sauna desfilaban con lo mínimo, apenas un lienzo que servía, a veces, para ocultar los genitales. A algunos les quedaba como taparrabo, como prenda primitiva y aindiada; a otros como una minifalda trans, y caminaban como muñecas peludas por los pasillos, orgullosos de sus caderas gordas. Porque en los osos hay matices para entender la masculinidad, un rango muy amplio que va del indio a la trans, porque las posibilidades de estilo osuno se despliegan sin red, hay quienes parecen la mujer barbuda, y quienes son casi el hombre de Neanderthal. Así, en el sauna se podía ver el postulado central de la filosofía de vida de los osos, su tendencia a que el cuerpo sea una experiencia más real, terrenal, menos espiritual. Fuera del idealismo fotográfico de la representación física de la cultura gay hegemónica, el erotismo osuno incorpora el “defecto”, exhibiéndolo como rasgo afrodisíaco.

La diferencia animal

Hay que detenerse en las barbas para tratar de seguir con la filosofía de la vida y las formas osunas. Un capítulo del libro de Onfray sobre los cínicos se llama “Retrato con barbas y otras pilosidades”, y allí se expone la visión del pelo facial por parte de Schopenhauer: “Este atributo sexual en medio del rostro indica que se prefiere a la masculinidad común, a hombres y a animales, antes que la humanidad. Se busca ser ante todo un hombre y sólo después un ser humano. En todas las épocas y en todos los países en alto grado civilizados, la supresión de la barba siempre nació del legítimo sentimiento opuesto: el de construir ante todo un ser humano in abstracto, sin tener en cuenta la diferencia animal del sexo. El largo de la barba, en cambio, siempre se correspondió con la barbarie, cuyo nombre recuerda”. Obviamente, los osos, como los cínicos que se autoidentificaban con los perros, prefieren salir de esa forma civilizada de uniformidad y dejar que la barba marque diferencias animales. El oso prefiere una sexualidad concreta, escrita en el cuerpo sin nada de abstracciones, la diferencia anatómica ante todo. Y en el sauna se practicó el sexo animal más que nunca, que para eso estaba. Las orgías osunas son particularmente distendidas, con una informalidad de las performances eróticas, y VA.X colmó su cupo, haciendo que muchos tuviesen que hacer colas para esperar que se desocupe algún armario donde dejar los atributos de la civilización antes de participar de la fiesta de las bestias peludas liberadas.

Usando una metáfora física, Onfray escribe que “las raíces de una auténtica filosofía escudriñan primero el vientre y luego la cabeza”, para referirse a la predilección de los cínicos por la realidad física, sensible, antes que por la abstracción espiritual. Para los osos, lo físico es lo primero, pero el vientre deja de ser una metáfora para pasar a ser una prioridad. Porque la segunda actividad del encuentro era una cena en Las Tinajas, un tenedor libre céntrico. Ahí entraron todos los que quisieron, fueron alrededor de 150 osos y cazadores para seguir el fin de semana hedonista y poder recuperar los kilos perdidos entre tanto vapor y gimnasia sexual en el sauna. Y marcaron un mito para todo Córdoba: se cuenta que un grupo de gordos logró hacer saltar la banca del tenedor libre. Esa noche, se rumorea, a los dueños de Las Tinajas los números no les cerraron.

Quienes conservaron fuerzas después de la doble gran comilona (sauna y tenedor libre), fueron a la disco gay Zen esa trasnoche de sábado, y pudieron ver casualmente a la Tota Santillán, el conductor bailantero, que pasó por esa disco y es, para muchos osos y cazadores, un sex symbol autóctono, compartiendo el podio con Rodolfo Ranni y Enrique Liporace, entre los cuerpos célebres más babosamente deseados por la comunidad osuna.

Amor oso

El domingo, la manada se dispersó, algunos osos prefirieron recorrer el centro de Córdoba, otros irse por zonas más rurales, campestres, a distenderse antes de la fiesta nocturna. Franco Pastura y Raúl usaron parte del día para ver el casco histórico. Franco es uno de los socios más activos del Club: tiene 47 años y participa en varias actividades culturales, como el programa de radio Doble Banda y los ciclos de cine. También está escribiendo sus memorias, donde relata la extraña ruta del deseo por los cuerpos gordos, vivida primero en la intimidad de su trunca carrera religiosa para cura, y luego como visibilidad osuna mediática, reivindicando su deseo frente a la cámara que se le ponga al cruce. Actualmente lleva adelante una causa auspiciada por el CELS contra la Policía Federal, por ser víctima de una razzia en una fiesta gay en el boliche Cero Consecuencia hace un par de años. Franco está en pareja abierta y binacional con Raúl, un oso brasileño de unos 140 redondos kilos, que tiene un año más que él y es un erudito apasionado por la arquitectura urbana. Ambos se conocieron en una fiesta del club, hace casi dos años, en uno de los viajes frecuentes de Raúl desde su natal Río de Janeiro a su venerada Buenos Aires. El encuentro no fue exactamente un flechazo: en esa época, Franco se cuidaba para no engordar, era un flaco peludo a quien no le gustaba su imagen como gordo, pero Raúl le pidió que por favor subiese de peso, porque así las cosas no iban a durar mucho. Poca carne, poca pasión. Franco entendió el pedido perfectamente, a él también le gustan los gordos desde su adolescencia. Ahora, su panza crecida es un acto de amor por Raúl, y la paseó orgulloso por la capital cordobesa mientras acompañaba a su novio por catedrales, iglesias y otros edificios que juzgaba con ojo maestro, detectando modificaciones y vestigios de su construcción original. En el interior de los edificios sacros, los feligreses rezaban para glorificar su vida espiritual, mientras Franco y Raúl caminaban celebrando la sensualidad física de las curvas de las cúpulas y de sus panzas.

Rey al pelo

La fiesta del domingo a la noche fue más de lo que se podía esperar, alrededor de 700 personas participaron del ritual osuno. La idea era terminar de encumbrar al cuerpo osuno libertario, alejado de las disciplinas físicas, sumando el baile y el alcohol para hacer del evento un gran carnaval dionisíaco (y unos pocos sumaron el placer del humo dulce de una hierba, por ahora, prohibida en el país). El momento más esperado de la noche era la elección del Rey Oso y el Cazador. Este ritual monárquico, con aires paganos, constaba de dos grupos de postulantes que exponían sus atributos físicos a la concurrencia y el aplauso del público dictaminaba quién era el preferido para el trono. Para los cazadores se presentaron una serie de flacos que gustan de osos y mostraron su acrobacia erótica en una serie de strip-tease amateur: algunos tenían el cuerpo torneado y lampiño, casi como un stripper profesional. Se llevó el premio un mendocino, una de las provincias que más osos trajeron. Entre los postulantes para el Rey Oso había leathers peludos, morochazos norteños, alguno con pollera (una rara moda entre los osos esa noche) y mucha diversidad de tamaños de panzas. La corona quedó en Córdoba, pero estuvo bastante disputada por varias delicias de curvas masculinas, como Favio, un barman tucumano de la disco gay Dios los Cría. El “woof”, gruñido característico usado entre los osos para demostrar la excitación, esa noche se repitió en público y en la intimidad, confundiéndose más de una vez con el quejido del orgasmo. Y los ruidos del placer plenario de ese pequeño festival nocturno de la carne excedida todavía tienen ecos en las fantasías de osos de distintas provincias.

Al otro día, los que fueron capaces de levantarse antes del mediodía, fueron a un asado en las bajas sierras, alrededor de Villa Carlos Paz, y el sol rabioso junto a un ambiente casi bucólico habilitó para sacarse la remera por última vez junto a la comunidad osuna para reiterar el goce hedonista de la carne asada (por el sol, por las brasas) de la forma más silvestre posible, antes de volver a una domesticada vida más o menos rutinaria, más o menos civilizada, que a cada oso le tocó en mala suerte.

Diego Trerotola
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“¡El dark room va estar completamente cerrado!”


Tres pares de anillos diferentes, siete madrinas, mil invitados, 50 policías de seguridad y tantos tragos, tanta comida y tanto glamour como para opacar la corte del rey Sol. ¿La noche de bodas? Pura ternura, los novios dormirán cucharita.

El hombrecito que abre es de una amabilidad ostentosa, y uno se siente como en casa aunque esté en el palazzo de Roberto Piazza, donde también funciona su atelier de vestidos. Por estos días, el modisto se prepara para lo que considera un “gran evento internacional”, el casamiento con Walter Vázquez, su pareja desde hace nueve años. Para que resuene, tramita obsesivamente la presencia de Cristina Fernández de Kirchner, a la que sueña en primera fila durante la ceremonia y fuera del lugar, la discoteca Amerika, “una vez que empiece el puterío”.

“Tenemos 50 policías de seguridad privada. El dark room está totalmente cerrado. Cuando digo puterío, lo uso como código de diversión, de transexuales que van a hacer show. De Adabel Guerrero que va a hacer un baile erótico, de la negra Figueroa que va a hacer caño (y es la mejor especialista que hay en la Argentina)”, se ve obligado a aclarar. Walter, aportando palabritas y rellenando discurso con datos como un eximio agente de prensa, dice que “hasta la llegada de Moria hay que hacer un break y hasta ese momento la gente se va a encontrar con nuestras amigas modelos con máscaras venecianas, un mimo haciendo de Pierrot, un hombre colgado en tela, como un submundo del Cirque du Soleil”.

Roberto Piazza: –En todas las barras vas a tener comida y champagne libre, cócteles, fernet. Lo que se te ocurra lo podés pedir. Tenés comidas de todas las razas. Querés jabalí, lo tenés. ¿Querés ciervo? ¿Una pizza? Tenés una pizza.

El diálogo transcurre en tránsito por el pequeño castillo, despojado, menos barroco que el preconcepto, sorprendentemente minimalista en el caso del interior de la heladera en la que se destaca sólo un vaso con líquido amarillo y un plato de acelga con arroz que Roberto define como “un asco que sólo puede comer un perro”. Luego le cambia el humor al encontrarse con el vestido de la madrina, de una de las siete en realidad, Doña Rosa, madre de Walter, “que representa también a la mamá de Roberto –dice el novio–, que anda volando por ahí, y a todas las madres que pueden entender un amor distinto”.

Roberto: –Ella no quería que se le viera lo clásico de las señoras, la piel del bracito. Las mujeres tienen esas cosas raras, y yo las conozco. El vestido de María José Lubertino es un fuego, de alta costura que no lo tiene nadie, lo más de lo más que se pueda llegar a pensar...
–¿Le queda o lo devuelve?

Roberto: –Y... No, le queda, le queda... Pensé, a ver Rosa... (distracción). ¿Qué pasa Mario? ¿Quién está llamando?

Mario: –Se cortó, porque está cargando el celular.

Roberto: –¡No! Se corta porque no llegás (ruido de pasos: Mario vuelve a la planta baja). Y eso –sigue el modisto– descansa sobre el cuerpo de Rosa. ¿Qué podíamos hacer para que Doña Rosa estuviera contenta? “No te quiero encorsetar, ni desnudar, ni que hagas papelones que muchas mujeres harían”, le dije. Te hago un vestido negro, recto, porque el negro aclara. Como una camiseta entera...

Walter: –¡Una túnica sobre un vestido!

Walter se ilumina cuando el tema es una madre a la que describe como “una mujer de muy buena figura a la que le encanta peinarse”. Roberto dice que “al morir mi vieja, el cordón se rompió y nunca más. Nunca intimé demasiado con la familia”.

La boda, como candado para evitar futuras crisis, pero no como transición a un sistema menos flexible sin casas separadas, ni fantasías con terceros. De hecho, uno de los planes para la luna de miel en Buzios es abrir la pareja, cosa que –dicen– nunca hicieron más que “con látex”, según informa Walter. No hace tanto se separaron por “cuestiones del carácter de Roberto” (que a las nueve de la noche es común que pida a su novio que se vaya a su casa de Olivos), pero siguieron con Walter a cargo de la sección bijouterie.

Walter: –Fue la comezón del séptimo año.

Roberto: –Pero te puedo asegurar que Marilyn Monroe no somos.

Walter insiste en que se refería a que “la crisis fue una cuestión de tiempo, y se superó”. El recuerdo de la crisis incluye la mención a citas secretas que volvían a unirlos en la cama (a la que en segundos nos desplazaremos). “Pasaban semanas y fifábamos, porque me agarraba una calentura...” Pero Walter corrige: “No, no era una calentura solamente”.
–¿Podemos pasar al cuarto, así anticipamos el lugar en el que pasarán la noche de bodas?

Roberto: –Los tres, ¿querés? ¿Te animás? Entramos en terreno peligroso, Página/12, ¿eh? Mario, ¿quién llamó recién?
–Permiso, paso.

Roberto: –Bueno, adelante, sacate la ropa, ponete cómodo.

La visita al “nidito” obliga a la aclaración de que esa cama no es compartida por la pareja. Walter es siempre un invitado. El argumento para las camas separadas (“como Patricia Sosa”, que abrirá la gala en Amerika) es que “la casa se carga mucho con las clientas. Y si son las nueve, mejor andate”, dice Roberto. “A mí no me gusta pensar de a dos. Soy totalmente egocentrista porque los artistas somos así.” La cruz y el Cristo junto a su enorme retrato, todos presidiendo la cama, llevan a Roberto a recordar a “un amigo gay que tenía a la Virgen al lado de la cama y la tapaba con un trapo para coger”. El no lo hace porque “Cristo también cogía”. Ninguna noche de lujuria es planificada como desenlace para la bacanal. Un sueño tranquilo, esta vez juntos, a lo sumo en cucharita, asoma como una realidad mucho más probable. “Al otro día es martes y yo tengo que llamar al banco. Todos los días llamo.”
–¿Todos los días llama al banco?

Roberto: –Para ver si está al descubierto.

Hasta mitad de la fiesta se dedicará al trabajo de ser anfitrión, pero después empezará a tomar alcohol, con mesura, para no terminar en “un pedo morboso”. ¿Y eso? “Me pongo en pedo y cogemos todos juntos.” Walter corrige en el acto: “Tampoco hablemos de un libertinaje. Estamos juntos y entendemos que somos machos y con deseos. Pero no metemos a cualquiera.”

Roberto: –En Buzios, si se da la joda, ahí sí. Pero no un negro. A él le calientan los negros. A mí me gustan los rubios de ojos claros.

El cajón de la ropa anterior, penúltima escala de esta avant première exclusiva para Soy, sorprende con muchísimos calzoncillos muy chiquitos de la firma Narciso, con detalles –se supone– sensuales, como tener agujeritos que transparentan los genitales o dejan una parte del cachete al aire. “Tenemos de todo para esa noche. Esto es lycra con un transfer de plata”, indica Roberto, contradiciendo lo anterior. “Yo me voy a poner este blanco con agujeritos. Es un culotte, ropa erótica”, señala Walter. Roberto aprovecha la situación para hacer escuela entre los lectores de Página/12 a los que imagina mal asesorados: “El boxer se usa chiquitito, ¿escucharon? Como promociona Armani con David Beckham”.
–¿La ropa interior sí se comparte?

Roberto: –Esto es todo mío.

Walter: –La otra noche vine y teníamos ganas de jugar y me puse uno de él.

Roberto: –A mí me recontracalientan los boxers apretados blancos y negros. Antes me gustaba el slip, pero el boxer cortito me mata. Ropa interior femenina nunca, es la cosa menos erótica que puede llegar a haber. El hombre es sexualidad, necesita la garcha, las gambas y el culo. Lo femenino es femenino, no hay con qué darle. Vos podés ser gay y no ser una mujerona.

¿Y tanto collar entonces? “El dueño del adorno es el hombre; el hombre se lo donó a la mujer en la Revolución Industrial. Pero el hombre era el que usaba los tacos y las pestañas postizas. De adorno tengo hasta lo que no tengo.”

Los días previos a una boda exigen la presencia de clichés y ritualismos que se instalan a toda hora, cosas que no por trilladas y repetidas, por iguales a las de otros miles en este mismo momento, pierden encanto para Roberto y para Walter, abocados a completar listas de casamiento, ensayar una palabras para dedicarle al otro y, claro, decidir un par de anillos, que en este caso son de plata y brillantes. El recuerdo de cómo se conocieron los lleva a la barra del pub gay Sitges, y desata una discusión. Walter dice que fue Roberto el que se le insinuó. “Vos te acercaste –le responde el novio–. Me diste la tarjeta vos. ¿Ahora me vas a decir que te chupé la pija en la barra también?” Walter admite: “Estuvimos histeriqueándonos dos horas; me gustó su sonrisa, su picardía. Le dije: ‘No me podía ir sin saludarte y darte mi número’”.

Roberto: –Darte un beso, me dijiste. Y yo quería garchármelo.

Sin saberse bien por qué, los novios y el cronista completan el tour frente a la heladera, a pesar de no tener directa relación con la fiesta del lunes próximo. Está vacía, y en cambio aquello será un banquete con “mesas para todas las etnias y barra libre”. Pero la parada sirve para conocer cierta desconfianza de Roberto en el personal que trabaja en la casa (“si la cocinera me cocina, me envenena”), pero sobre todo un gesto amoroso que se repite todas las tardes. “Sucede que –dice Roberto– Walter es una cucaracha: come, come, come”, pero Roberto se olvida de la ingesta porque se pasa todo el día entre las clientas y la contadora. Entonces, el leal marido (inminente) cruza todos los días y le compra “el quesito que le gusta, el postrecito Ser o el budín dietético” que sabe que “le encanta”. La dureza inicial de Roberto Piazza parece ablandarse cuando recuerda ese gesto que se repite diariamente, y hay un ligero quiebre en el tono antes marcial. “Todo lo que yo logre –revela finalmente sus votos– lo voy a compartir con él.”

Julián Gorodischer
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lunes, 8 de septiembre de 2008

Las confesiones de Roberto Piazza


La llegada a la gran ciudad “Cuando era joven casi adulto, a la fuerza y trabajando para ser reconocido, decido irme de mi casa, de mi familia, de mi ciudad en la provincia de Santa Fe, para descubrir la Buenos Aires indescriptible, esa ciudad tan compleja y maravillosa, llena de sorpresas y de oportunidades, de peligros y de maravillas, escapando de todo aquello que no quería más y que me estaba matando de a poco. Me voy de Santa Fe con mi novio Hugo –él ya estaba en Buenos Aires hacía un tiempo–. Siempre me decía: ‘Vení que acá es lindo. Largá todo, yo también te extraño’. Hasta ahí mi vida era imposible. Mi viejo me quería matar: ‘Vos y tus amigos reventados. Y ese Hugo ya sé quién es. Mejor que te vayas, porque te voy a matar con la 45 que tengo’... Me separé de Hugo cuando nos hacinábamos en el cuchitril de dos ambientes. También descubrí que era ‘bañero’: iba a los baños a tener sexo con cualquiera. Era promiscuo, tenía amantes. Fue mi primera pareja...”.

Rumbo a la fama. “Cuando llegué de Santa Fe a Buenos Aires tenía veintidós años, un principiante que no le hacía sombra a nadie, pero siempre traté de vincularme desde el principio con todo el mundo. Soñaba con vestir a actrices y conocer periodistas, así que redacté una carta modelo y la envié a todos los jefes de redacción de diarios y revistas como 7 Días, Flash, Radiolandia, TV Guía, Para ti, Vosotras, entre otras. Allí les decía: ‘Recuerden mi nombre ya que pronto seré una figura muy famosa’. Las modelos top eran las que me podían conectar con las productoras de moda de ese entonces, como Tiky García Estévez, Lucía Uriburu y la jefa de moda de Clarín, Beatriz Trento. El primer premio que recibí por mi labor me lo dio el Club de Peinadores en el año 1983; luego gané el Península Italiana y después vendrían muchos más. Trabajé mucho y muy duro. En eso le hice caso a Gino. Resulta que una vez fui a ver a Bogani gracias a Eloísa Barbotte, la más reconocida maquilladora de los años ochenta que, como buena amiga, me lo presentó. Y sabiendo que yo soy de lo más antisocial, le dijo: ‘¡Ah Gino, este chico es Roberto Piazza y sueña con ser como vos!’. Ay, ay, ay, me mató, me puse bordó, la odié. Me empezaron a temblar las piernas: yo lo admiraba y le temía, lo idealizaba a morir. Gino me miró elegantemente desde arriba y me dijo: ‘Hay que trabajar mucho chiquito, mucho....’ Y se fue".

"Tenía razón, yo recién cumplía veinticinco años y era un principiante que pretendía ser famoso, sabía que no era gratis y que había que trabajar duro y eso siempre me incentivó... Paco Jamandreau nunca quiso verme. Cuando realicé la colección Tango le pedí datos, historias y anécdotas, y fue muy amable, pero muy fóbico. Hablábamos por teléfono durante horas. Le organicé tres veces una charla para mis alumnos junto a otros grandes y no vino. El era así, un genio de verdad. De a poco se fue desvaneciendo, quizá por la locura que tenía. Daba clases y cosía para alguna que otra señora paqueta pero no se mostraba, era una especie de Greta Garbo del vestido. Su final fue trágico. El día de su muerte estaban embargando todos sus bienes y murió sin nada; tremendo, un tipo que marcó la historia en todo sentido. Se dice que los moldes originales de Eva los tenía él”. Mamá Legrand “Con Mirtha Legrand empezamos una relación muy estrecha. En ese momento no hacía televisión, pero igual ella estaba en todos lados. Todos los días la tenía en mi casa. A las ocho de la mañana me llamaba: ‘Roberto, tenés que mudarte de ese departamento’. ‘Sí, pero ahora no tengo plata’, le contestaba. ‘Bueno, pero hacé algo y mudáte a otro lugar. Tenés que vestir novias y ganarte a la colectividad judía, que hace grandes fiestas, porque ahí está el dinero’, me decía, muy madraza. Llegó a tener mucha confianza. Ella llegaba a mi departamento, y si yo no estaba o estaba durmiendo, le decía al portero que abra la puerta, que debía entrar. En general cuando aparecía yo había estado toda la noche en algún boliche, porque salía de lunes a lunes, me drogaba y hacía el amor con todo el mundo. Estaba en pleno acto sexual y llegaba la señora. Tocaba el timbre, tenía que levantarme, ponerme una bata y atenderla...”.

El primer abuso sexual. “Ricardo Juan es mi hermano mayor. Era lindo, poseso y psicópata, hermosísimo, el más lindo de toda la familia, el que heredó toda la belleza de mi madre. Alto, de ojos verdes, pelo rubión castaño, una nariz y cara perfectas, elegante, buen cuerpo, muy gentil, caballero, voz muy bien puesta y hablar correcto. Muy seductor, capaz de seducir hasta a un perro. Estaban todos muertos con él, minas, tipos, viejas. La primera vez la recuerdo claramente: su olor, textura, sabor, sensación. Creo que tenía seis años y él veintiuno. Fue después de una fiesta, hacía mucho calor y la humedad era insoportable. Me llevó al fondo de la casa. Había una cama. Me ponía nervioso y me decía ‘sh, sh’. Cuando dormía en la habitación de él no quería que me moviera. Cerró la puerta con llave y se aseguró de que todos estuvieran durmiendo. Mamá le había regalado una pollera a una mucama, era de campana plato, floreada, con rosas, de seda natural. Estaba nervioso porque era de noche y yo no quería jugar. ‘Sí, vamos a jugar, y si no te callás vas a ver lo que te va a pasar’, me decía. Me puso la pollera, despacio. Primero me sentó y coronó su determinación abriendo su bragueta. Asumí que los mayores enseñan a los pequeños y que el juego de la carne era indistinto para quien lo jugase”.

El adiós a mamá “Celina Catalina Foradini –Chela–, mi mamá, venía seguido a Buenos Aires. Eran los días en que preparábamos nuestro viaje a Roma. Por primera vez vendría conmigo al exterior. Mamá y su Roberto en Roma, presentando un desfile. Era un sueño dorado. Una noche teníamos una fiesta y mamá no quiso ir. Estaba decaída, pero asumí que la embargaba esa tristeza sosegada de la resignación de saber que papá estaba con su amante en la casa de Santa Fe. Ella lo sabía y callaba. Ese mismo día, al mediodía, Susana Giménez me había invitado a mostrar la moda tango que llevaríamos a Roma. Mamá estaba feliz, tocaba el cielo con las manos, era un pavo real y llamaba a sus hermanas: ‘¿Vieron a Robert? Sí, era Susana. Ay, Clemen, ¿viste qué ropa? Aquí es todo de lujo, una belleza. Y Susana y Mirtha vienen siempre a casa a comprarse ropa. Salimos a Roma la semana que viene. Bueno mi amor, te dejo, besos’... A la tarde salí para el desfile: ‘Robert, abrigate que hace frío’. Fueron las últimas palabras que escuché de su boca. Llegué a mi maison a las tres de la mañana y estaba iluminada. En la puerta estaba el custodio. ‘¿Qué pasó?’, grité. ‘Su madre sufrió un ataque, está en el Pirovano’, me dijo... Después llegó la comitiva familiar: mi papá y mis hermanos. Mi hermano Raúl se había peleado con mi padre porque cuando fue a avisarle estaba en la cama con su amante y se agarraron. Papá me ve y me dice: ‘¿Estás seguro que lo que hiciste está bien? ¿No será para vender los órganos?’ ‘¡Qué h... de p...!’, pensé. Los demás me contuvieron. Mamá había muerto”.

Instinto suicida “Hacía un mes que prepara mi suicidio: le había escrito una carta a mi hermano Raúl, a mi mamá, a mi cuñada, diciéndoles que no aguantaba más, que no quería seguir viviendo, que iba a matarme. Le había robado a mi viejo dos o tres frascos de pastillas. Me tomé el de Valium, y no me morí, pero nadie hizo nada. Me desperté a la semana y mi familia no habló del tema. El abuso sexual fue el núcleo, pero nadie me hablaba, lo único en lo que estaban preocupados mi mamá y mi papá era en que yo adelgace. No tenía ningún problema, era gordo porque estaba ansioso. También me hicieron un tratamiento para ver si tenía más hormonas femeninas que masculinas. No tenía hormonas femeninas, soy hombre. En esa época mamá se convirtió en alcohólica. Cuando me quise matar por segunda vez estaba solo. Mamá no dijo nada. No levantó la vista de la tabla con cebollas picadas.”

La colimba. “Todos los días me bañaba a las seis y a las seis y media estaba esperando el colectivo. En Mar del Plata la prostitución estaba a full, y yo, para conseguir guita, era taxi boy. Con un amigo nos levantábamos a los viejos. No teníamos un mango, mamá en casa tampoco, y el sueldo en la colimba era de 125 pesos, o sea, nada. Me iba al centro vestido de colimba y me levantaba a cualquiera”.

El cáncer: su gran susto “Las desgracias ya habían comenzado cuando aún permanecía en la maison. Una noche estaba todavía con Charlie –mi pareja–, año 1989, y me dolía mucho el estómago. En la clínica me vio un médico, me internó, y empezó un vía crucis fatal. La hemorragia no paraba. Me detectaron un tumor maligno en el colon. Toda mi vida se desmoronaba. Me hacen más análisis, me revisan el hígado y el estómago, me operan, lo sacan, me hacen un ano contra natura, ¡y me salvé! Ese calvario duró casi un año: un día no había remedio y me iba a morir, y al otro día parecía que me salvaba. Tuve un ataque depresivo. Sentí el límite entre la vida y la muerte. No me tiré del balcón por cobarde, quería matarme sin dolor... Ya era de noche, la casa tenía un primer piso muy alto y me quise colgar de una soga. Me la até al cuello y a los barrotes, me di vuelta para el lado del vacío, y ahí estuve mirando el piso durante diez minutos. Tenía miedo, me acobardé, pero de tan drogado que estaba podría haberme resbalado y caer al vacío. Tenía intenciones de matarme. Fui a la cocina, cerré las puertas, las sellé con trapos, abrí el gas y me tiré a dormir junto a la cocina, pensando que durante la noche me iba a morir. Me salvé de milagro, porque la mucama había dejado abierta la ventana de la cocina, y todo el gas salió por ahí. Me desperté drogado, intoxicado. Ese fue mi último intento de suicidio. Pese a todo, hoy soy feliz, pero estuve al borde de la locura y de la muerte”.


Miguel Braillard
Fotos: Atlántida, álbum de Piazza y Editorial Planeta.
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sábado, 6 de septiembre de 2008

Se fue un auténtico mago de arte


En la deslumbrante marquesina del espectáculo porteño, una luz acaba de apagarse. Una luz que equivalía a muchas. Otras habrá, sin duda, pero ninguna será como ella. Porque Eduardo Bergara Leumann, que murió ayer en Buenos Aires, fue un ser único, irrepetible, que pasó por la vida irradiando luz: de inteligencia, de ingenio, de sensibilidad, de inagotable generosidad. Su creación más notoria ha sido La Botica del Angel, un singular café-concert donde, a partir de los famosos años sesenta, no sólo convocó a artistas consagrados sino también y muy especialmente a jóvenes aspirantes al reconocimiento público. Muchos famosos de hoy comenzaron su carrera al amparo del "Gordo" Bergara, cuya imaginación no tenía límites al presentar a sus artistas: ¿quién olvidará a la Tana Rinaldi cantando tangos mientras Antonio Berni, o Raúl Soldi, le pintaba en escena el vestido? O el desenfado con que el dueño de casa exponía a las figuras conocidas que visitaban La Botica, examinando en público el contenido de sus carteras, o haciendo comentarios agudos sobre sus tics profesionales.

Aquella fue la primera Botica, en Montserrat, demolida al continuarse las obras de la Avenida 9 de Julio. Pronto encontró Eduardo -tras andanzas europeas que incluyen una participación en Roma de Fellini- una antigua iglesia protestante, seudogótica, en la calle Luis Sáenz Peña, que él transformó en algo muy difícil de describir: un casi inextricable laberinto de pasillos, escaleras, patios, salas, salitas y salones, donde acumuló un formidable acopio de recuerdos que rinden homenaje a sus amigos y a los artistas a los que admiraba. Como en un cuento de Henry James, podría decirse que son altares laicos donde las fotografías, los autógrafos, las ropas y los objetos personales -y hasta cuadros, grabados, cerámicas y esculturas de firma- rinden culto a multitud de personajes. Un verdadero museo de incalculable valor material; un enorme relicario donde late el corazón de la ciudad; un improbable santuario, único en el mundo.

En los últimos años, debe de haberle resultado doloroso a su corpachón el trasladarse por las empinadas escaleras rumbo a sus habitaciones en la terraza, donde vivía con sus gatos rechonchos, atiborrándose de golosinas que los médicos le habían prohibido y que a él -infante eterno y glotón- le fascinaban. Infaltable en todo acontecimiento notorio, transportado por sus fieles ayudantes en silla de ruedas, daba a la reunión un aporte de alegría y desparpajo. Y si a su implacable lucidez no se le escapaba un detalle criticable, lo hacía con gracia y elegancia incapaces de suscitar rencor. Durante varios años condujo un programa de televisión, La Botica del Tango , donde mostró el ingenio que lo caracterizaba, no sólo en la réplica mordaz sino también en la belleza de sus escenografías, a menudo improvisadas sobre la marcha con lo que tenía a mano. Su último trabajo en ese rubro fue para el actual espectáculo de Marikena Monti, en el Maipo ( Viejitos chotos ).

Si Alberto Greco definió al hombre como "el lugar donde la magia sucede", de Bergara Leumann bien puede decirse que "fue el hombre que hizo posible la magia". ¿Qué será ahora de su palacio encantado?

Ernesto Schoo

El adiós a Eduardo Bergara Leumann
El hombre que hizo de su vida una celebración


En el día de su cumpleaños número 76, rodeado de obras propias y ajenas, afiches, esculturas, toda clase de elementos escenográficos, recuerdos y muchos proyectos atesorados, Eduardo Bergara Leumann falleció a las 5 de ayer en su casa de Luis Sáenz Peña 541, la famosa Botica del Angel, debido a un paro cardiorrespiratorio.

Fue una figura multifacética, creativa, innovadora, que dejó un sello original y único en la vida cultural porteña, sobre todo durante la década del 60, y que supo enriquecer sus múltiples facetas artísticas con la popularidad que le dio la televisión. Su vida quedó tan unida a su gran creación, la Botica, que transformó ese centro de encuentro y permanente estímulo cultural en su propia casa.

Había nacido el 5 de septiembre de 1932 en esta capital y hubo pocas cosas que disfrutara más que reírse de sí mismo. "Caprichosamente no me exceptuaron, pues era hijo único de madre viuda, pero adujeron que yo no era sostén para ella... Ridículo. Si alguien puede ser sostén de alguien o de algo, ése soy yo", dijo una vez al recordar cómo llegó a cumplir con el servicio militar en una oficina administrativa de la Fuerza Aérea.

El empeño por contagiar esa actitud a los demás definió en buena medida su carrera artística. Para algunos, Bergara Leumann no iba más allá del modo pintoresco -y a veces estrafalario- que elegía para presentarse, de su simpatía a toda prueba y, más que todo, de ese eterno sobrepeso del que también solía burlarse. "Es inútil tratar de reducir esos kilos de más. La ansiedad, el aburrimiento y el ser hijo único siempre pueden más que mi voluntad", señaló en 1983, quizás adelantándose a los crecientes padecimientos que debió soportar en los últimos años por culpa de la obesidad.

Irreverencia, desenfado, disparate, humor desprejuiciado y agresividad inofensiva para con sus invitados eran palabras que casi nunca faltaban cada vez que LA NACION publicaba críticas de sus espectáculos. En ellos, se mezclaban creativamente las artes plásticas, el teatro, la música, la danza y el espíritu temprano y renovador que nutrió los orígenes del café concert.

El punto de partida de la carrera artística de Bergara Leumann fue el diseño de vestuarios. Cumplió esa tarea en varios largometrajes de nombre ( La cueva de Alí Babá , La sombra de Safo , Libertad bajo palabra , El hombre de la esquina rosada ) entre 1954 y 1966, año en que nació la criatura más perdurable y notoria de toda su carrera: la Botica del Angel. También en las comedias musicales Caramelos surtidos , de Discépolo, y en Buenas noches, Carina .
Espíritu emprendedor

Ubicada en su primera etapa en Lima 670, donde hoy se encuentra una de las plazoletas de la avenida 9 de Julio, la Botica fue resultado de la creatividad y el espíritu emprendedor de su autor: en manos de Bergara Leumann, dejó de ser un templo metodista para convertirse en un espacio multiexpresivo en el que casi no había límites entre el público y los artistas, y donde cualquier espectador estaba expuesto a subir al escenario en cualquier momento, voluntariamente o no.

Allí debutó como cantante Susana Rinaldi, con una presencia escénica que, según dijo entonces LA NACION, "tenía la virtud de desacartonar al porteño", rodeada de cuadros y trabajos de grandes plásticos locales (Soldi, Forte, Berni, Seoane y Cañas, entre otros), una constante de las creaciones de Bergara Leumann junto con varios infaltables elementos escenográficos: verjas coloniales, faroles, leyendas fileteadas e innumerables figuras de ángeles y querubines pintados o hechos de yeso.

Gracias a la Botica, Bergara Leumann dejó de dedicarse sólo al vestuario y a las escenografías, y se transformó en un showman hecho y derecho. Sus producciones, en las que nunca faltaban pinturas, champagne, poesías, bocaditos, música y danza, alcanzaron su apogeo en 1969, cuando reunió a Rinaldi, Jovita Luna y Mercedes Sosa. Todo tenía su sello, hasta esas divertidas apariciones suyas con ropa multicolor, flequillo y peluca con las que encarnaba el espíritu festivo de los happenings, tan populares por entonces, en películas como El extraño del pelo largo .

Llevó todo eso a Europa, adonde se fue a vivir en 1973, luego de soportar la mudanza de la Botica original a un solar de la calle Luis Sáenz Peña, donde no repitió todos los éxitos anteriores y debió sobrellevar hasta un par de atentados. Instalado en París, tomó contacto con todo el mundo cultural de su tiempo. Y sorprendió a muchos al aparecer con alguna frecuencia en el cine: llegó a trabajar con Fellini y se prestó a la controvertida Calígula , de Tinto Brass.

Regresó a Buenos Aires en 1980 para iniciar una nueva etapa, en la que recuperó el antiguo espíritu de la Botica, pero ya adaptado al lenguaje televisivo. Botica de tango , con varias temporadas exitosas en el aire, mostró sobre todo un cuidadoso e infrecuente tratamiento visual, al que se sumaba el aporte de destacados solistas y cantantes, que dejaban lo mejor a través de un desfile en el que confluían clasicismo y renovación.

"Yo me ocupo de todo: desde los dibujos hasta los trajes y el último detalle de utilería. Es un programa artesanal; está hecho con imaginación. Todo lo que se ve es cartón pintado y telas", decía Bergara, que lucía allí vistosos chalecos y sombreros. De él también dependían los libretos y la puesta en escena de un exigente ciclo que estrenaba cada semana una nueva producción.

Bergara Leumann fue un personaje único, que hizo de su vida una celebración y mantuvo hasta el final, siempre en alto, el espíritu de la Botica, que queda a partir de hoy -de acuerdo con su última voluntad- al cuidado de Cáritas, para que funcione como museo. "El hombre de Buenos Aires nació gris; por eso le puse color", confesó en 2002 quien se animó a pasear disfrazado de ángel porteño por los jardines del Palacio de Buckingham y que vio frustrado el sueño de ser el profesor de tango de Michael Jackson.

Sus restos serán velados hasta las 10 en la Casa de la Cultura porteña, Avenida de Mayo 575, y serán inhumados hoy en el Panteón de Actores de la Chacarita.

Marcelo Stiletano

Una triste y sentida despedida

Nació y murió el Día del Lunfardo porteño. Marikena Monti, una de sus amigas, se acercó, ayer a la mañana, a la Botica del Angel para despedirse, antes de que trasladaran sus restos a la Casa de la Cultura. "Lo recuerdo sentado, trabajando en la escenografía de mi espectáculo; dirigiendo a dos estudiantes jóvenes, marcando los perfiles, en negro y en dorado", describió quien mantuvo contacto con el artista hasta sus últimos y ya apagados días. "La vida sin Bergara va a ser distinta. Habrá un antes y un después del gran maestro de mi vida", compartió.

"Tomaba doce pastillas por día; tenía artritis, diabetes, artrosis y la lista sigue -enumeró su fiel asistente José Luis Larrauri-. El creía que no iba a llegar a los 76, pero lo logró por cinco horas."

El ministro de Cultura de la Ciudad, Hernán Lombardi, se acercó y dijo: "Era un gran experimentador y curador de la ciudad. En la Botica estaba la selección de lo mejor de Buenos Aires. Mezclaba la transgresión con el respeto: una combinación inolvidable". Al llegar, Mirtha Legrand dijo: "Murió en la Botica, aquel lugar extraordinario, que era lo que él quería".

Victoria Pérez Zabala
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viernes, 5 de septiembre de 2008

Homo hop





El hip-hop, hasta hace poco bastión de la homofobia, hoy cuenta con un movimiento de Glttb con gira por los EE.UU.: Homorevolution Tour. Aquí, cuatro de sus mejores exponentes.

Melange Lavonne
Negra, lesbiana y activista nacida en Carolina del Norte, adoptó esta música como buen vehículo de sus ideas y para llegar a los más jóvenes. Durante 2007 obtuvo gran repercusión gracias a su canción “Gay Bash”, cuyo video logró aceptación entre los espectadores de la MTV norteamericana. El tema está dedicado a su amigo Kevin que murió en manos de una pandilla antigay. Allí apunta contra la Iglesia por inculcar la homofobia: “Escuchá, nos sos cristiano predicando el odio / se llaman Iglesia, se congregan y luego se dan vuelta para apuntarte con el dedo de la discriminación / después me escupen en la cara condenándome por ser gay”. Y concluye: “Yo sobreviví y no estás solo en esta pelea / declárense a favor de la igualdad y luchen por sus derechos”. Con este track abre su último disco The Movement, en el que participan varios raperos de la escena hip-hop Glttb. www.myspace.com/melangelavonne

Deadlee
Raper, gay, de origen latino, vive en Los Angeles y comenzó su carrera en el mundo del hip-hop a comienzos de 2000. Se destaca por disparar de frente contra Eminem y 50 Cent, claros exponentes del rap más homofóbico. En su último disco, Assualt with a Deadlee Weapon, les dedica sin eufemismos su tema “Suck my Gun”. Algunos definen su estilo como “gaynsta rap” en un juego de palabras con el “gangster rap”. Lo cierto es que su música mezcla riffs de rock con rap, mientras que a la hora de las rimas alterna entre el español y el inglés. Sus múltiples apariciones mediáticas lo convierten en uno de los máximos referentes del movimiento. Quiere ser para los jóvenes gays ese ejemplo que él nunca tuvo, hay que ser explícito y hablar abiertamente sobre la sexualidad, es su convicción. http://www.myspace.com/deadleeofficial

Tori Fixx
Es un MC, DJ, cantante, remixer y productor gay nacido en Minneapolis. No es casual que su máxima influencia sea su coterráneo Prince: “El me creó el deseo de hacer mi propia música y me dio ganas de provocar en la gente las mismas sensaciones que yo experimenté a través de su arte”. Lleva editados seis álbumes y un séptimo a editarse bajo el nombre de Couture. Tori es uno de los exponentes más prolíficos del hip-hop queer, aunque no se limita a ese único ritmo. En sus discos pueden sonar otros estilos, ya sea pop, r’n’b, electro o house. Como productor, no sólo se dedica a su propio material sino que también juega ese rol en discos de otros artistas de la escena gay como Johnny Dangerous, Salvimex, Foxxjazell y Deadlee. www.myspace.com/torifixx

Foxx Jazell
Luego de operarse y subirse a los tacos, adoptó este nombre artístico, mezcla de zorra con gacela. En los ’90, con sólo 17 años, se fue de su casa con un pasaje sólo de ida, directo a Hollywood. Allí empezó a hacer performances en el club nocturno Arena, donde pudo abrir los shows de otras divas como Rupaul, Robin S y Ce Ce Peninston. Luego comenzó a rapear sus propios temas, a diferenciarse de las demás drag queen y hablar abiertamente de su sexualidad y de la problemática de género. No oculta su intención de convertirse en artista mainstream y, acerca de la aceptación como rapera travesti, suelta: “Si pueden aceptar a los raperos blancos, ¿cómo no me van a aceptar a mí?”. Su último disco, Introducing, mecha hip-hop con baladas y dance como su primer corte, “Feel the Vibe”. www.myspace.com/foxxjazellmusic

Gustavo Lamas / SOY
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Salvaje y vagabundo


En una nueva reescritura de su folletín sado El mendigo chupapijas, esta vez en clave cinematográfica, Pablo Pérez toma la cámara en sus manos y recorre la ciudad con su ojo salvaje, siguiendo la estética que caracterizó la primera impresión de su obra: artesanal, lumpen, independiente, lúdica, sensual, provocadora.

En sus principios marginales, El mendigo chupapijas de Pablo Pérez fue un folletín extraño, artesanal, hecho de fotocopias desprolijamente encuadernadas al mejor estilo informal de las primeras ediciones de los ‘90 de Fernanda Laguna y su editorial lumpen Belleza y Felicidad. Las cinco entregas de ese folletín se vendieron embolsadas, como las revistas porno, pero no por una cuestión de pudor en la presentación de la saga sadomasoquista que perpetraba sus páginas sino porque la bolsa también contenía un muñequito o algún otro objeto de cotillón. ¿En esa decisión se jugaba la idea de expandir los límites de la literatura? ¿O era simplemente una broma que un texto con semejante título infame se ofreciese acompañado de un juguete infantil? ¿O eran ambas cosas? Un espíritu lúdico parecía poseer a El mendigo chupapijas y, a diez años del comienzo de su publicación, este folletín no descansa en su intento de jugar con los límites. Incluso se podría decir que ahora esta obra de Pablo Pérez vuelve a empezar, a perpetuar una vez más su distintivo proceso de reescritura.

Raras geometrías del porno

En 1998, Pablo Pérez publicó Un año sin amor, un libro sobre su relación íntima con el sida en el momento en que la enfermedad se iba transformando en algo menos oscuro gracias al cóctel de drogas que proponía una suerte de estabilidad a los que viven con VIH. Ese libro encontraba un género de pertenencia —el diario—, que daba una forma específica a las reflexiones, narraciones, interrupciones personales de Pablo Pérez, y encuadraba en la lógica del calendario la impronta informal de una escritura que abría los umbrales de la incertidumbre: “Sé que me pongo tétrico, y me divierto porque nada es seguro”, escribía en una de las entradas de ese diario. Y esa misma combinación de lo tétrico y lo divertido lo llevará a su máxima expansión a través de El mendigo chupapijas. Porque en principio ese folletín se planteó como libro de estructura más abierta, más incierta, radicalmente cambiante, con una intermitencia muy particular entre oscuridad y humor. La saga es una suma de pequeños discursos inmediatos, contaminados de contemporaneidad, que van del diario íntimo al relato en tercera persona, desde la trascripción de e-mails hasta los diálogos en estado de crudeza puiguiana. A través de esa escritura variable y escurridiza, pero de una síntesis ejemplar, se cuenta la ruta del deseo de un erotómano leather y versátil que se fascina por la figura de un mendigo que conoce en un cine porno. Sus relaciones sadomasoquistas en un principio forman un triángulo sexual, que luego se transforma en un raro triángulo de amor bizarro, pero luego pasan a configurar una geometría monstruosa, como un poliedro porno-romántico de ángulos, lados y vértices difíciles de predecir y determinar. Entre tanta aventura viril de masters y esclavos, entre tantos episodios de resistencia al dolor, al placer y al amor, la saga vagabunda del protagonista lo enfrenta a un final donde asume la propia feminidad, su versión travestida en un homónimo femenino, de modo similar a lo que sucede en la entrada final de Un año sin amor. Sobre el final, Pablo se transforma en Paula, el gusano se transforma en mariposa, y ese devenir mujer marca el pulso queer del relato: si se sospechaba que la lógica narrativa podía estar subordinada a la mera ilustración de la identidad leather, el libro trasciende esos límites viriles para perpetrar un gesto de mariposón, de loca, que pone en crisis a la identidad como algo estanco, como una pose uniformada. Pero esta forma de la escritura como herramienta para despegarse de las rigideces de la identidad está en la base de la propuesta de El mendigo chupapijas, que avanza para poner en juego los rostros posibles de una literatura en crisis permanente.

Calles calientes

Al comienzo de Discusión, uno de los libros de compilación de ensayos de Jorge Luis Borges, se lee la siguiente cita de Alfonso Reyes: “Eso es lo malo de no hacer imprimir las obras, que se va la vida en rehacerlas”. Esa idea sugiere que la impresión de un texto impondría el fin del trabajo sobre una obra. Pero, por el contrario, para Pablo Pérez rehacer una obra puede ser un proceso sin final, un texto no se clausura en su publicación, negando esa tesis borgeana. En 2006, Pérez reescribió El mendigo chupapijas y lo publicó en forma de libro a través de Editorial Mansalva. La reescritura no tuvo que ver con eliminar ciertas provocaciones, aberraciones o algún exabrupto porno para llegar a convertirse en un libro que circulara por librerías sino por la necesidad de perfilar una identidad específica que diferenciara más a El mendigo chupapijas de Un año sin amor. En lugar de buscar una identidad literaria por la similitud de la escritura y la temática de un libro al otro, de construir su personalidad por la continuidad, Pérez eligió la diferencia y lo discontinuo. Como sucedió con El beso de la mujer araña de Manuel Puig, que el mismo escritor sometió a distintos transformismos (de novela a obra teatral, de comedia musical a película), El mendigo chupapijas ahora inicia una nueva reescritura: se convirtió en un guión y una película, que iluminan nuevas dimensiones de la obra. No se trata de la primera transformación cinematográfica: Pablo Pérez fue co-guionista de Un año sin amor, la película dirigida por Anahí Berneri sobre su otro libro, donde se filtraron algunos episodios y personajes de El mendigo chupapijas. Ahora, en este nuevo proyecto, Pérez está filmando desde una independencia lumpen, volviendo al modelo de producción de su folletín inicial. Su elección cinematográfica se acerca al cineasta experimental Lionel Soukaz, amigo de Pablo Pérez durante su vida en París en décadas pasadas (Soukaz aparece transfigurado en El mendigo chupapijas con el nombre de “Dr. Soukaze”, personaje que introduce a Pablo al mundo de las fiestas sadomasoquistas). Soukaz adquirió notoriedad con un folletín cinematográfico producido en los ‘70 llamado Race d’Ep, un ensayo histórico de la homosexualidad a través de cuatro cortos que luego formaron un extraño largo misceláneo. Race d’Ep fue prohibida por la censura gala, pero fue defendido por Foucault, Deleuze, De Beauvoir, Duras y otras celebridades francesas. Desde ese momento, Soukaz es la principal voz libertaria por una desregulación de las representaciones de diversidad sexual en el cine (una retrospectiva de Soukaz se vio en Buenos Aires en el Bafici 2007). Pérez fue incentivado por Soukaz para realizar su película con la lógica de inmediatez y la independencia, sin trabas técnicas, ni institucionales, filmada como un serial sadomasoquista con una cámara en video y un equipo reducido de colaboradores. Así, la nueva forma de El mendigo chupapijas es la del modernismo cinematográfico urbano más radical, ese que embiste la ciudad con su cámara para establecer un nuevo recorrido sensual por las calles, para liberar al espacio urbano de sus restricciones y agitar definitivamente el ojo salvaje, para cambiar la visión que tenemos de los lugares, del cine y de nosotrxs mismxs. Como enfrentó a los cánones literarios con su folletín, Pérez se propone hacer del cine una experiencia transformadora, una reescritura que haga tambalear nuevamente las ficciones petrificadas de la identidad.

Diego Trerotola / SOY
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Alucinando al gordito de gafas


Sin repetir y sin soplar, el intento de enumerar lesbianas argentinas conocidas públicamente se agota en pocos nombres. ¿Dónde están? La invisibilidad, el amor camuflado en amistad, si bien ayuda a eludir la discriminación, también empuja a sufrirla. No ser, no estar. En los últimos años, y gracias al aporte de algunas famosas y muchas militantes, la silueta de las lesbianas se comienza a dibujar más nítida. Tal vez en unos años ya no se necesiten gafas con más aumento.

Ayer, en el colectivo, una mujer le pegó un pisotón a otra sin querer y se disculpó. La afectada le respondió con tono suave, veladamente furioso: “No se preocupe, señorita, soy transparente”. No sólo las lesbianas, recordé gracias a esta señora, sufrimos la invisibilidad. La transparencia es casi un atributo femenino. La anorexia, que es una patología que hace de lo incorpóreo su horizonte, podría estar denunciando metafóricamente este destino trazado para cualquier mujer capaz de reducir hasta lo increíble su espacio personal. Por otra parte, esta transparencia se ve fomentada desde el sistema hegemónico que niega entidad de “mirable” o existente a todo aquello que exceda sus parámetros. Contrariamente a sus designios, el fin de hacernos visibles es poner el cuerpo y con él tomar cartas en el asunto. En el resto de los asuntos. Según Analía (40, psicóloga): “Para lo que importa la visibilidad lésbica es para dejar de pensar en la visibilidad y ocuparnos de otras cosas”.

LO ESENCIAL, ¿ES INVISIBLE A LOS OJOS?

Este año, el lema de la Marcha del Orgullo ibérica fue “Por la visibilidad lésbica”, y en la Plaza de España de Madrid se proyectó un video titulado Orgullosas de ser, en el que varias lesbianas anónimas, de todas las edades, daban la cara y exhortaban a las “tapadas” a que lo hicieran también. Bien erguidas sobre el escenario, acompañaron el acto de la proyección algunas actrices y políticas de renombre (apenas cinco o seis, no nos entusiasmemos). Pero la movida no terminó en la vía pública. El Congreso de Diputados recibió a dos integrantes de la Glttb que leyeron en el Parlamento un manifiesto reivindicativo de los derechos de las lesbianas. Está claro: la necesidad de generar un “apartado” que aliente la visibilidad del colectivo lésbico corrobora el imperio social de la invisibilidad. La confección de un manifiesto suena a la de una declaración de existencia y no está tan lejos de haberlo sido. En él se reclaman desde protocolos ginecológicos que contemplen las prácticas lésbicas, hasta herramientas específicas para abordar la violencia intragénero. Es que así como la visibilidad es una tarea constante, sin fin, las expresiones de invisibilización que ofrece el sistema pueden no agotarse nunca. No existir para un protocolo ginecológico, en términos de nuestra cultura, implica algo más que haber quedado por fuera de un campo de estudio (sutil patadita nos da la medicina). En lo que a la vida cotidiana se refiere, los ejemplos de invisibilidad son innumerables. Convengamos en que, para el común de la gente, es más fácil matar una ballena a chancletazos que ver a una pareja de chicas como una pareja de chicas. Muy frecuentes son las interpretaciones automáticas que convierten a dos mujeres tomadas de la mano en amigas, hermanas o, depende de las edades, también en madre e hija, o tía y sobrina, cuando sus facciones divergen demasiado. Cecilia Marín, integrante del grupo de arte feminista Mujeres Públicas, cuenta: “Una vez estaba en la calle de la mano con mi novia y nos dijeron: ‘¡Ay, cómo se quieren las hermanitas!’. No sabían qué hacer con esa información. Se lo aclaramos y se quedó perplejo el tipo”. Resulta obvio: no hubiera pensado lo mismo ese señor frente a dos hombres de la mano.

Una anécdota de Analía ejemplifica también esa perplejidad típica de quienes no pueden procesar lo que la situación exige y responden desde el atolondramiento: “Hace unos años estábamos en Rosario con mi novia y pedimos una habitación en el Hotel Savoy. Nos ofrecieron, por supuesto, una con dos camas. Yo le dije que no, que buscábamos una con cama doble. Entonces el hombre me respondió: ‘¡Ay, pero qué delicadas!’. Nunca entendimos lo que nos quiso decir”.

Para Soraya (45), cofundadora de La Lesbianbanda, el problema de la invisibilidad social tiene dos puntas: no pasa sólo por lo que los otros no quieren o no pueden ver sino también por cierto acomodamiento de parte de las parejas de lesbianas a ese modo de ser vistas (o de no ser vistas). Dice: “A mí siempre se me notó que el vínculo era otra cosa, aun sin estar besándome con mi novia, el erotismo se nota, es otra cosa que el compañerismo. Yo creo que las lesbianas se escudan en la amistad y no muestran el erotismo, lo cubren con un manto amistoso”.

Quizás esta opinión tenga algún punto de comparecencia con el Manifiesto por la Visibilidad leído en el Parlamento español, donde la “comodidad” resalta con luces rojas: “Las lesbianas hemos sufrido menos rechazo (que los gays), incluso se han tolerado más fácilmente nuestras relaciones. Pero a esta invisibilidad, cómoda hasta ahora, la estamos pagando cara”.

Muchas veces, aun cuando se percibe y se muestra de un vínculo su cualidad erótica, la invisibilidad insiste, adjudicándoles a sus componentes roles e identidades que no compliquen en nada la lógica social. Lo de siempre: el binomio protagónico hombre-mujer y sus patrones derivados tienden, tenazmente, a conservar su lugar de imperativo cultural. “Yo recuerdo que en parejas donde los roles están muy marcados, el trato hacia ellas es semejante al que tendrían ante una pareja hétero –cuenta Cecilia Marín–. Lo que me pasa con mi novia, por ejemplo, es que cuando pedimos un café y un cortado, el cortado se lo dan a Vero porque la leen como más femenina; o paga ella y el vuelto me lo dan a mí.” Del mismo modo, expulsada de la constelación de mujeres de nuestra cultura, una buch no será vista como una mujer deseante o deseable sino como asexuada y a veces ni siquiera como una mujer, al igual que una obesa. ¿Por qué? Porque el establishment publicita incansablemente una verdad que deja afuera a la mayoría y, por la cual, según sus falsas premisas, feminidad hay una sola.

LINAJE

Un escueto pero efectivo linaje de lesbianas, que a lo largo del mundo han ido saliendo del closet, pone en duda aquella verdad.

Si arrancamos con los años ’80, vemos al fantasma de Navratilova sobrevolar la escena mediática. La expatriada y fenomenal tenista checa había confesado públicamente su lesbianismo; pero, pese a la claridad de la noticia, fue usada para alimentar la confusión. Así, la Navratilova pasó a ser una “rara” más y, dentro de la gran bolsa de papas de lo indistinto, a verse también equiparada con la transexual Renée Richards como si fueran el mismo “caso”. Pero lo que a ellas las relacionaba era el tenis y en un partido histórico que las enfrentó, Martina salió ganadora. Para esta campeona checoslovaca, capaz de denunciar en 1981 que en su país “los gays eran enviados a asilos para enfermos mentales y las lesbianas nunca salían del armario”, las complicaciones de la visibilidad fueron graves y muchas. Nada hizo que se desentendiera de la cuestión y, desde hace tiempo, colabora económicamente con agrupaciones Glttb.

Ocho años después, en un lejano país llamado Argentina, la rock star Celeste Carballo visitó Imagen de radio, un programa televisivo conducido por el beatlemaníaco Juan Alberto Badía. Allí, la osadísima autora de “Seré judía” confesó públicamente su romance con la cantante Sandra Mihanovich. Se armó un revuelo bárbaro: el gesto transgresor de Celeste y la Generación había quedado del tamaño de un poroto al lado de semejante declaración. No casualmente, digamos, ese hito en la historia de las lesbianas públicas argentinas se dio en un espacio televisivo que ponía el énfasis en hacer visible lo invisible (recordemos que el nombre del ciclo era Imagen de radio). La confesión de la chica de Coronel Pringles carecía de precedentes en la memoria de un país todavía inexperto en cuestiones bastante básicas. En los ’70, la sugerencia fílmica de que la Raulito era lesbiana había servido para reforzar la identificación de la homosexualidad con la desgracia. Este no era el caso: a Celeste se la veía muy bien.

Casi a finales de 1990 sucedió que, en Buenos Aires, de golpe y porrazo las calles se vieron tapizadas por los provocativos afiches de los shows de lanzamiento de Mujer contra mujer, el primer hijo de Carballo-Mihanovich. La foto del poster era elocuente, impactante e inédita para la época: las dos chicas desnudas no ocultaban, ni un ápice, el erotismo que las vinculaba. Si bien la discográfica aprovechó la visibilidad del dúo para la promoción del producto, e incluso para crearlo, no se puede negar que aquella campaña (como casi todas las campañas que reproducen esta estrategia) tuvo (tiene) un efecto transformador en nuestra cultura. Con Mujer contra mujer se confirmó que lo que Carballo confesó en el programa de Badía era cierto, que las lesbianas tenemos cara y la podemos dar, y que el lesbianismo no se terminaba tampoco con ellas dos. De hecho, uno de los hits de aquel disco (“Te quiero”, que para sorpresa de Benedetti terminó dándoles letra no a los tupamaros uruguayos sino a las lesbianas argentinas) se convirtió en, casi, una exhortación a la visibilidad. “Somos mucho más que dos” cantaban pletóricas de entusiasmo Sandra y Celeste, y a partir de ese momento las voces empezaban a multiplicarse.

En 1991, cuando nuestra sociedad creía haber descansado de tanto ajetreo, Ilse Fuskova fue a almorzar con Mirta Legrand. En esa glamorosa mesa dedicada al tema de “la homosexualidad”, la autora de Amor de mujeres y Cuadernos de existencia lesbiana contó su historia. Se imponía entonces un nuevo modelo visible de lesbiana: la señora de su casa, ya mayor, capaz de resignar los privilegios de la heterosexualidad. Resultó escandaloso, claro. Madre y abuela, además de periodista y ex azafata, Fuskova parecía más cercana a la ficción que a la realidad, y sus declaraciones revolvieron el avispero de un mundo “normal” a partir de ahí sospechado. Quedó así instalado un conocimiento que hasta estos días se prefiere olvidar: cualquier mujer, incluso una abuela, puede volverse torta.

En la década del ’90, las diferencias políticas e ideológicas caían en la disipación. No sólo en la Argentina sino también en el ámbito internacional reinaba esta especie de proceso mórbido. En 1997, a contrapelo de su época, la actriz estadounidense Ellen De Generes hizo el coming out junto a su personaje Ellen Morgan. En ese episodio, Morgan se asume lesbiana frente a la terapeuta, y ésta le contesta: “¡Era hora!”. Ellen cree, entonces, que ha llegado el fin de su análisis, pero su analista le responde que no, que, más bien, la cosa recién empieza. Por supuesto: nadie se libera del peso de la invisibilidad por asumirse ante su analista, sus padres o amigos. La visibilidad no es algo que se hace de una vez y para siempre sino permanentemente. Y, en este sentido, Ellen ha sido, y es, una gran trabajadora. Pero una gran trabajadora a la que, con una excusa irrisoria, le levantaron el programa tras su salida del closet. Afortunadamente, los capítulos de aquella serie marcaron un hito e instalaron una variación más: una torta también puede ser humorista. Y de las brillantes.

En el año 2005, Warner Channel trajo una grata sorpresa: The L Word. Por primera vez en una serie, la problemática lésbica ocupó el centro de la escena. Y si bien la belleza y el holgado estilo de vida de sus protagonistas fueron objeto de alguna crítica, estas características también propusieron, entre otras cosas, un modelo glamoroso al que las lesbianas no estamos muy acostumbradas. Por otra parte, la tira enfatiza no sólo la importancia de los vínculos amorosos sino también la amistad entre ellas: punto nodal en la serie y en la vida. Aunque a veces las chicas de The L Word también se pongan tristes, no dejan de mostrarse espontáneas, sueltas y siempre visibles (la visibilidad jamás es un problema para ellas).

PRESENTE Y FUTURO

Hoy en día, comparando con diez años atrás, abundan referentes lésbicos que van desde las parejas de lesbianas que vemos por la calle a las de las tiras televisivas como The L Word, Sugar Rush, o incluso Mujeres de nadie. También hay de las otras. Años atrás escuché decir a un poeta (gay) que una conocida escritora (hoy conocida) hacía un “mal uso del lesbianismo”, ya que, para hacerse famosa, lo había incorporado como un atractivo más a su exótica personalidad, y sin siquiera haber amado jamás a una mujer. Era una adelantada, sí señora: había pescado tempranamente una tendencia del mercado que la ayudaría a tocar la gloria. Y si bien todo suma, y en algún punto hasta el beso monstruoso que se dieron Moria Casán y Graciela Alfano para la televisión pareciera aportar su granito de arena a la visibilidad, no hay que dejarse engañar. Ellas encarnan un modelo de consumo: el dos por uno de una fantasía heterosexual, al igual que las dos hermosas chicas que posan, bien pegaditas, para un cartel que atraviesa la Panamericana promocionando no sólo una marca de cerveza sino la perla de un lesbianismo vacuo, ofrendado a la complacencia masculina. Las lesbianas reales no entramos en las variables marketineras todavía.

Dice Cecilia Marín: “Ahora, para una adolescente es más fácil asumirse, porque todo el entorno lo tiene asumido, las lesbianas ya somos parte del imaginario y existen referentes”. Analía expone algo similar. Para ella también el terreno de la visibilidad es otro que años atrás: “Cuando yo era chica, no era tan común ver a dos mujeres de la mano. De nuestra edad sí, una que otra; pero más grandes, ninguna. Ahora sí, ahora veo de todo, no serán todas las que hay, ni mucho menos, pero noto que, por suerte, es bastante más habitual que quince años atrás”.

Sin embargo, la relación con la realidad y con los modelos de visibilidad que en ella se despliegan no es igual para todo el mundo. Previamente a salir con mujeres, para Marina (33, psicopedagoga) las lesbianas eran propias de un mundo de fantasías: “Yo no sabía que existían. Recién cuando empecé a salir con chicas descubrí ese mundo que estaba oculto, invisible. Ahí conocí a personas a las que les pasaba lo mismo que a mí. Esto no fue hace tanto tiempo. De todos modos, sólo a partir del momento en que hablé con mi familia y con mis amigos comencé a mostrarme... dejé de poner excusas, de ocultarme. Entonces empecé a ser más clara y, también, a sentirme más yo misma”.

También Soraya comparte esta especie de reencuentro o refuerzo identitario a partir de su salida del closet, el primer paso de una visibilidad cada vez más abarcativa: “Yo tenía un novio, les quise decir a mi novio, a mis padres, a mis hermanas, no me importó nada. Se armó una revolución, y fue como encontrar el centro, ese episodio figura en mi vida como el clave, que me abrió las puertas a mí misma. Se ve que la sexualidad es algo muy importante, por algo se reprime tanto”.

El closet, se ve, tiene muchas puertas. Decirlo en casa no implica no tener que volver a decirlo en otro ámbito. Nadie dijo que sería fácil, ni que, durante la post-esclavitud, la afrodescendiente Rosa Parker fue acusada de revoltosa por negarle a la pálida mujer del alcalde su asiento en el colectivo. “No soy rebelde, estoy cansada”, declaró en su defensa Rosa cuando fue interrogada. El cansancio, en ese caso físico, pero no sólo físico, es también el resultado de andar por la vida cargando un peso: obediencia, silencio, vergüenza, simulación, etcétera. Y si en la práctica el hallazgo del descanso y su manifestación toman la forma de una revuelta, entonces, bienvenida sea.

Paula Jiménez / SOY
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