miércoles, 8 de febrero de 2006

Los putos de Peron


¿Que es difícil ser gay en la Argentina de hoy? Que te discriminan en pleno S XXI?
Por estos días me puse a leer diarios viejos, pero viejos en serio, del 40 y también a mirar revistas como “El Hogar” y “El Mundo” las prehistóricas a “Hola” y “Caras”, no hay nada nuevo, uno se da cuenta que siempre se quiso cuidar la imagen de la afamada “Familia Argentina”. ¿Pero a que precio? Solo cambian los personajes, bolonquis hubo en todas las épocas y se ve que en el ’42 eran sumamente necesarios, basta con mirar los diarios porteños de Septiembre y Octubre de 1942. Revelaban un escándalo en el que estaban implicados los cadetes del Colegio Militar. Un grupo de homosexuales utilizaban como "señuelo" a una "joven de gran belleza" conocida como Sonia (19 años). La mujer entablaba conversación con los cadetes que la abordaban, y en la creencia de que tendrían relaciones sexuales con ella aceptaban ser llevados por ella a un departamento donde una vez allí, la joven desaparecía, dejándolos con un hombre, el cual les revelaba la verdad y les proponía tener relaciones con hombres. Mientras que muchos jóvenes se retiraban, otros aceptaban el cambio. A estos últimos se los fotografiaba desnudos, pero con algún elemento del uniforme que revelara su condición de cadete, para ser usado en caso de que alguno decidiera denunciarlos. Un cadete que no había aceptado intervenir, denunció el hecho ante los superiores. Los diarios del 30 y 31 de Octubre publicaron nombres y apellidos de 33 civiles que habían sido detenidos "en altas horas de la noche" en "distintos focos de corrupción donde sujetos amorales se reunían en pretendidas ‘fiestas’" secuestrándose además 170 fotografías. De las crónicas se desprende la "inocencia" de los jóvenes cadetes ante la astucia de los "amorales" que organizaban estos "antros de perversión" y "habían provocado la desviación de los cadetes". El temor y rechazo a la homosexualidad por parte de los porteños no sólo se revela en estas crónicas, sino también en los sucesos que fueron protagonizados los Sábados 26 de Septiembre y 3 de Octubre por la noche, poco tiempo después de haberse conocido los hechos. En la noche del 26 muchos civiles habían "hecho víctimas de sus bromas y vejámenes a los otros mil cadetes que nada tuvieron que ver en el desgraciado episodio". Razón por la cual se habían armado escándalos e intercambio de insultos en el centro de la ciudad. Evidentemente los cadetes no toleraron las bromas homofóbicas de los civiles y la noche del Sábado 3 transitaban en pequeños grupos que provocaban a los transeúntes, agrediendo a quienes los observaban y entregándolos detenidos a la policía. Un grupo de 15 cadetes atacó a un menor que, según ellos, "los había mirado sonriente". El muchacho fue lesionado y la policía se limitó a detener al menor sin tomar ninguna medida contra los agresores. Las bromas de los civiles y las batallas campales que se sucedieron en varios lugares provocadas por los cadetes, dan una idea de los sentimientos que provocaban la homosexualidad; y nos permiten corroborar el peso que dichas representaciones simbólicas tienen en las mentalidades y comportamientos de los actores sociales, quienes quedan aprisionados por aquéllas.

El miedo a la homosexualidad, conjuntamente con las advertencias acerca del peligro de larga convivencia de personas del mismo sexo produjo que el gobierno militar de 1944 sancionara un decreto que modificaba la Ley de Profilaxis Social con el fin de permitir la instalación de burdeles cerca de los cuarteles. Entre otros firmaron el decreto, el futuro presidente Perón (1946 a 1955).

El 30 de diciembre de 1954 firmó un decreto legalizando los burdeles municipales.
Aunque muchos pensaban que formaba parte de su ataque contra la Iglesia Católica dicho decreto estaba en consonancia con el de 1944 y fundamentado por los funcionarios de la secretaría de Salud Pública.

Entre otros artículos, se publica uno del doctor Nicolás Greco (Profesor Honorario de las Facultades de Ciencias Médicas de Bs. As. y de La Plata) que promueve la legalización de la prostitución citando a San Agustín y a Santo Tomás de Aquino, como lo habían hecho los concejales de la ciudad en 1869. Por otro lado, responsabiliza a la ley que abolió los prostíbulos, de provocar a: "el hombre, imposibilitado en cierta época de su vida de constituir familia, un serio problema social para sus relaciones intersexuales, recurriendo (...) a recursos artificiales como la masturbación o las perversiones sexuales, es decir, la homosexualidad o pederastia en el hombre o al tribadismo o safismo en la mujer, la que también tiene necesidad de satisfacer su instinto sexual haciéndolo entre ellas cuando no lo puede hacer con el hombre. Otros recursos de perversión sexual como el beso genital o la bestialidad concluyen, como la inversión sexual y la masturbación, en el debilitamiento orgánico y mental tanto del hombre como de la mujer, en los cuales se observan estados de postración, de alteraciones nerviosas y psicopáticas diversas".

Los tiempos han cambiado, pero igual parece que lo homosexual no encuentra todavía, su cara o su imagen. Hoy pareciera que es POLITICAMENTE CORRECTO hablar del sector gay ya que en realidad este es un área rentable para todos aquellos que quieran lucrar, cabe preguntarse si de verdad los ciudadanos comunes se han vuelto más democráticos y tolerantes (cosa que la realidad cotidiana tiende a desmentir), o si son los propios gays y lesbianas los que han salido a la calle, obligando al sistema a tenerlos en cuenta. Más aun: podría pensarse que, lejos de todo altruismo progresista, los medios sólo quieren conquistar a una nueva franja de consumidores que actualmente opta por otro circuito, cerrado en sí mismo. Esta última sospecha deja de parecer paranoica si se considera que el circuito gay -con sus publicaciones, sus discotecas, sus agencias de viajes, etcétera- es económicamente muy poderoso, y que muchos de los gays y las lesbianas de clase media, por no tener familias a su cargo, gozan de un poder adquisitivo notablemente más alto que los "héteros" de su misma edad.

Los años han pasado, terribles malvados: de Peron a Garcia Linera (vicepresidente de Bolivia)

Igualmente algo esta cambiando en la región, menos visible -pero no menos interesante- que el fenómeno de Evo Morales y de Michelle Bachelet - es la llegada al poder Ejecutivo de Bolivia del sociólogo Alvaro García Linera. Un intelectual “fino”.

El vicepresidente electo es gay. Esta circunstancia ha dado lugar a expresiones de la derecha boliviana que podrían resumirse en la expresión:

¡Dios mío, estamos en manos de un indio y de un gay!

La llegada al poder de una mujer, de un indígena y de un gay muestran un avance en nuestras democracias, en nuestra mentalidad y en nuestras concepciones morales y un retroceso del machismo, la discriminación y las exclusiones que han sido una lacra en la región por centurias y que sólo a partir del siglo XX han comenzado a removerse.

Es claro Michelle Bachelet no ha ganado sólo por ser mujer sino por virtudes cívicas y políticas que ya se pusieron de manifiesto en el coraje con el que enfrentó a la dictadura de Pinochet. Por su parte Evo Morales no tiene sólo como base de poder su condición de indígena sino que ésta se constituye en emblemática a partir de su paradigmática lucha como líder cocalero. Alvaro García Linera no ha sido un activista o militante por los derechos de los gays sino que se destaca como un aguerrido político indigenista y un sociólogo brillante que aporta estrategia lúcida y reflexión profunda al espíritu revolucionario y combativo de Evo Morales.

En la época de Perón, esto no hubiera ocurrido. Porque antaño en nuestras sociedades -más allá de sus méritos- ni Morales ni García Linera, ni Bachelet (quien cumplió el sueño de Eva Perón al llegar a la máxima candidatura a la que en su época ni ella –Evita- pudo acceder) hubieran podido suscribir al poder. Simplemente porque éste no era un espacio que pudieran ocupar -en aquellas sociedades excluyentes y machistas- un indio, una mujer o un gay.


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El amor tiene cara de varón


Historias de amor entre hombres en pantalla hubo –hay– muy pocas. Sí, desde los comienzos de Hollywood existe el estereotipo afeminado motivo de burla y las relaciones inequívocamente homoeróticas. Pero vía Código Hays y Legión de la Decencia, era imposible representar el amor homosexual masculino en el cine. Aunque los autores se las arreglaban. Gore Vidal en el documental The Celluloid Closet explica: “Los guionistas nos volvimos muy buenos con el subtexto”. Y cuenta cómo pergeñó Ben-Hur. Entre él y el director William Wyler decidieron que Massala y Ben-Hur habían sido amantes en la juventud. Pero jamás lo dijeron en el guión. En cambio, crearon esa sugerente escena donde Ben-Hur tira una jabalina, se abraza con Massala (“Después de tantos años todavía tan cerca, en todo sentido”, se dicen) y luego beben de copones con los brazos entrelazados.

Ah, y jamás le hablaron de semejante subtexto al ultraconservador Charlton Heston.

Hay más ejemplos. El enamoramiento de Plato (Sal Mineo) con Jimmy (James Dean) en Rebelde sin causa. La depresión de Bick (Paul Newman) después de la muerte de su amigo en La gata sobre el tejado de zinc caliente, tan profunda que no puede tocarle un pelo a la despampanante Liz Taylor. El juego con las pistolas de Montgomery Clift y Walter Brennan en Río Rojo (los actores sabían lo que estaban haciendo). El final de Una Eva y dos Adanes, cuando Jack Lemmon confiesa que es un hombre y el conductor de la lancha le dice: “Bueno, nadie es perfecto”. Pero lo que se dice amor, poco. Los estereotipos fueron los del homosexual trágico condenado al suicidio o la muerte, desde Cruising hasta Filadelfia. Sin embargo, hay excepciones, dentro y fuera de Hollywood. Aquí, una selección arbitraria, donde quedan afuera clásicos como La ley del deseo (1987, de Pedro Almodóvar), El beso de la mujer araña (1985, Héctor Babenco), El juego de las lágrimas (1992, Neil Jordan), o biografías de grandes hombres gays como Susurros en tus oídos (de Stephen Frears, sobre Joe Orton) o Wilde, (Brian Gilbert). ¿Por qué? Puro capricho.

1 Happy Together (1997)
El director Wong Kar-Wai dijo alguna vez que la relación de Lai-Yiu Fai (Tony Leung, de Con ánimo de amar y Héroe) con Ho Po-Wing (Leslie Cheung, de Adiós mi concubina) se parece a la de los adictos que saben lo dañino del hábito, pero no pueden abandonarlo. Los amantes llegan desde Hong Kong a la Argentina para comenzar de nuevo su quebrantada relación, pero todo se derrumba cuando Ho empieza a trabajar como taxi boy y Lai como portero de una tanguería. Apenas se ven. Sin embargo, siguen buscándose, como en la memorable escena en que Ho se recupera en la habitación de Lai después de haber sido golpeado por un amante. Buenos Aires nunca se vio tan hermosa y tan extraña; Kar-Wai la filmó inspirado en su fascinación por Manuel Puig, y de hecho quiso titular la película The Buenos Aires Affair. Como suele suceder con Kar-Wai, Happy Together es un ejercicio de estilo, pero también una crónica desgarradora de esas largas y dolorosas rupturas, llenas de ansiedad y descontento.

2 Mi mundo privado (1992)
Jack (Keanu Reeves) y Mike (River Phoenix) son dos taxi boys que hacen la calle en Portland. Pero son muy distintos. Jack es hijo del alcalde, y sus días clandestinos están contados; Mike no tiene a nadie, sufre de narcolepsia y viaja por el país en busca de su madre. Cuando la película de Gus van Sant se convierte en road movie, y los protagonistas en compañeros de ruta, llega la gran escena romántica del amor no consumado: al lado de una fogata, Mike susurra que quiere besar a Jack, y agrega: “Yo podría amar a alguien aunque no me pague. Te amo, y no me pagás”. Y, mucho más tarde, la traición. Una impresionante actuación de River Phoenix, que murió poco después.

3 La jaula de las locas (1975)
Albin (Michel Serrault) y Renato (Ugo Tognazzi) viven en St. Tropez y regentean un boliche, la Jaula de las Locas. La vida transcurre feliz, entre los arrebatos de Albin y la falsa dureza de Renato: son un verdadero matrimonio añoso. Pero cuando el hijo de Renato decide casarse con la hija del representante de un partido de ultraderecha, empiezan los problemas. Que se resuelven con una cena en la que Albin hará su mejor actuación como madre. La escena más romántica: cuando el exagerado Albin decide suicidarse (de mentiritas), Renato lo sigue y en una estación de tren le dice: “Ya no sos atractivo y sos sinceramente irritable, pero me hacés reír. Y si te morís, yo me compro una parcela al lado tuyo”. La remake norteamericana, con Robin Williams y Nathan Lane, es igual de buena.

4 Velvet Goldmine (1998)
Fábula sobre el glam rock de Todd Haynes con romance apasionado entre dos estrellas de rock, inspirada en la relación entre David Bowie e Iggy Pop: Brian Slade (Jonathan Rhys Meyers, de Match Point, la de Woody Allen que se estrena en febrero) y Curt Wild (Ewan McGregor), los amantes, comienzan su relación como una mascarada, casi un golpe publicitario; pero cuando se enamoran de verdad la fachada de Brian se derrumba, y no puede continuar con algo tan apasionado y tan real. El beso en silencio y primerísimo plano de los actores es antológico. Y hay mucho más: el joven Brian llevándose a la cama a un niño de escuela, Curt teniendo sexo con su fan (Christian Bale, el nuevo Batman) en la terraza... Pero cuando Curt canta para su amante perdido “Gimme Danger” de Iggy & The Stooges, la intensidad es mucho más erótica que cualquier escena de sexo explícito.

5 Ropa limpia, negocios sucios (1985)
Stephen Frears vuelve a investigar las relaciones entre paquistaníes en Londres y nativos, con guión de Hanif Kureishi, pero desde una perspectiva distinta: esta vez, un skinhead llamado Johnny (jovencísimo Daniel Day-Lewis) se enamora, casi contra su voluntad, de Omar (Gordon Warnecke), heredero de una cadena de lavanderías. Costumbrismo, conflictos raciales y sexo muy cachondo en un clásico de los ’80.

6 Midnight Cowboy (1969)
Nunca hay sexo entre los desgraciados protagonistas, pero la película de John Schlesinger que ganó el Oscar es una de las más impresionantes historias de amor entre hombres de la historia del cine. El cándido Joe Buck (Jon Voight) llega a Nueva York desde la América profunda con pretensiones de gigoló, pero enseguida descubre que todo lo que le queda es ser taxi boy. Conoce y de alguna manera protege a Ritzo Ratso (Dustin Hoffman), casi un homeless, muy enfermo, con problemas motrices, y estafador de poca monta. Y se quedan juntos porque poco más tienen en el mundo.

7 Priscilla, la reina del desierto (1994)
Dos drag queens y una transexual cruzan el desierto australiano a bordo de un ómnibus alquilado para hacer un show en Alice Springs. Bernardette (Terrence Stamp) acaba de enviudar; Mitzi (Hugo Weaving, el Sr. Smith de The Matrix y Elrond de El señor de los anillos) es gay, pero en sus años mozos tuvo un hijo, a cuyo encuentro va, en secreto. Adam/Felicia (Guy Pearce, de Memento) es frívolo, gritón, arriesgado y fan de Abba. Los tres se adoran y se protegen, pero la historia de amor romántico aparece con la figura de Bob, un típico duro sesentón del Territorio Norte australiano que cede a los encantos de Bernardette; en una sugerente escena, se bañan juntos y la camisa blanca que usa Stamp insinúa sus senos. Clásico gays “positivo” –casi militante– y clásico del cine australiano con dirección de Stephan Elliot.

8 Tarde de perros (1975)
La película de Sidney Lumet es sobre un robo a un banco, pero lo curioso son los motivos del robo: Sonny (Al Pacino) lo hace para poder pagarle una operación de cambio de sexo a su amante, Leon. Lo acompaña en el golpe su amigo Sal (John Cazale). La película es divertidísima y energética (Pacino compone a un maníaco encantador). La mejor y más reveladora línea es la que pronuncia Sal: “Sonny, en la tele están diciendo que hay dos homosexuales acá en el banco... Y yo no soy homosexual”.

9 Making Love (1982)
Como obra cinematográfica, la película de Arthur Hiller es muy menor, casi un docudrama para televisión. Pero en el año de su estreno fue un escándalo (en Miami, por ejemplo, casi toda la sala se levantó y se fue en el momento del beso). Un hombre, casado desde hace diez años, conoce a otro, descubre que es gay y abandona a su mujer. Los personajes masculinos fueron pensados para Michael Douglas y Harrison Ford, pero ninguno de los dos se atrevió, y tuvieron que conformarse con los desconocidos Michael Ontkean (el casado) y Harry Hamlin (el gay). Uno de los besos gays más famosos, una escena de sexo bastante explícita, y una representación realista de la homosexualidad.

10 El banquete de bodas (1993) La primera película de tema gay de Ang Lee –el hombre siempre supo de qué se trata– es una reescritura contemporánea y multicultural de La jaula de las locas. Wai-Tung (Winston Chao), un inmigrante taiwanés, vive con su pareja Simon (Mitchell Lichtenstein) en un amplio departamento neoyorquino; viven de rentas, alquilan lofts. Son felices y tienen dinero. Pero los padres de Wai-Tung quieren un nieto; y Simon, para que los dejen tranquilos, ofrece fingir una boda conveniente: una inquilina china, Wei Wei (Mary Chin) no puede pagar y planea volver a China. Un casamiento, entonces, parece la solución. Una película pequeña y tierna, muy simpática.

Mariana Enriquez

Hombres enamorados


El estreno de Brokeback Mountain es inusual en muchos sentidos: es la primera vez que Hollywood financia una historia de amor explícita entre cowboys; es la primera vez en mucho tiempo que una escritora de primera línea queda satisfecha con la adaptación de un relato suyo a la pantalla, y es la primera vez que una historia de amor gay es considerada lisa y llanamente una historia de amor. A continuación, el gran escritor David Leavitt explica por qué Secreto en la montaña no es una película gay; y Annie Proulx, la autora del cuento, explica las inusitadas repercusiones que tuvo su publicación y celebra su adaptación.

El gran amor, en las historias sobre hombres, suele ser un engaño, una causa perdida o una quimera. En Brokeback Mountain –la conmovedora adaptación del cuento de Annie Proulx realizada por Ang Lee–, en cambio, es exactamente lo que reza el slogan de la película: una fuerza de la naturaleza. Arriando ovejas en una montaña de Wyoming, dos pobres cowboys se encuentran de pronto atrapados en una pasión mutua que no tienen idea cómo nombrar, mucho menos cómo manejar. Ninguno de los dos se considera “marica”. Por el contrario, es la montaña la que recibe tanto el crédito como la culpa por el affaire que durante los siguientes veinte años revestirá sus vidas con una grandeza intermitente, aunque también los hundirá en los abismos. Ahora bien, ¿es Brokeback Mountain la primera película de amor gay filmada por Hollywood, como tanto se ha afirmado? La respuesta –y esto es muy positivo, creo– es: sí en lo que respecta a la historia de amor, y no a lo de gay. Que se entienda: esta película es tan franca en su retrato del sexo entre hombres como en el uso de las convenciones cinematográficas de romances a la vieja usanza. Sus estrellas son inapelablemente glamorosas. Jake Gyllenhaal y sus ojos enormes están muy lejos del pequeño y desdentado Jack Twist de Proulx; y el rubio Heath Ledger no se acerca siquiera al Ennis Del Mar “desgarbado y de pecho hundido” descripto en el cuento. Ni siquiera en esos momentos en los que Gyllenhaal y Ledger, con sus jeans a medida y sus camisas planchadas, parecen modelos de Wrangler más que un par de adolescentes demasiado pobres para comprarse botas nuevas, la película parece sintética (como la abismal Making Love, el clásico gay de 1982) ni tonta (como el porno gay). Por el contrario, la presencia de sus estrellas le facilita a Lee un medio para dar vida cinematográfica a algo que en esencia es un panegírico de la masculinidad.

Y la película es masculina. La deslumbrante actuación de Ledger revela una inesperada ternura en un personaje más proclive a expresar sus emociones a través de la violencia que de las palabras. Su Ennis Del Mar es tan monolítico como el paisaje montañoso en el que –con la misma rapidez, brutalidad y precisión que exhibe al dispararle a un alce– se coge a Jack Twist por primera vez. (“El arma dispara”, gruñe Jack como respuesta –en el cuento, no en la película–.) La sorpresa que el affaire despierta en Ennis –por sus inconvenientes tanto como por su intensidad– refleja una humildad fundamental que choca con los deseos de Jack por tomar riesgos. Es Jack quien propone una y otra vez la convivencia, un plan que naufraga ante el pragmatismo de Ennis (por no hablar de su miedo), incluso después que su esposa Alma se divorcia de él.

En cambio Ennis limita la relación a viajes de caza y pesca, dos o tres veces al año. Es como si creyera que no se merecen algo mejor. En cuanto a Jack, la misma altanería que lo hace soñar con una “vida dulce” con Ennis lo lleva a buscar sexo con otros hombres a pesar de su propio matrimonio –opción que Ennis nunca contempla–. En una escena clave, Jack, decepcionado al saber que, aun después de su divorcio, Ennis no tiene intenciones de comenzar una vida a su lado, maneja hasta un pobre simulacro de Juárez, donde se levanta a un prostituto y desaparece con él en la oscuridad de un callejón. La escena es perturbadora porque presenta un brutal contraste entre el exaltado amor de Jack y la imagen de Ennis en la montaña. Por unos segundos, vemos el paisaje urbano que era el escenario de las películas gay que, en las grandes ciudades, se proyectaban en el mismo momento en que la escena tiene lugar; películas como Nighthawks y Taxi zum Klo, en las que la promiscuidad sexual es al mismo tiempo celebrada como una forma de liberación y lamentada como el pálido sustituto de una conexión significativa.

No hace falta decir que Brokeback Mountain es una película completamente diferente. Quizás hace falta una mujer para crear una historia en la que dos hombres experimentan el sexo y el amor como un único rayo que los une de por vida; ciertamente, el cuento de Proulx está muy lejos de novelas gay canónicas como The Farewell Symphony, de Edmund White, o The Swimming Pool Library, de Allan Hollinghurst, que poetizan la promiscuidad urbana y las aventuras sexuales. Proulx, en cambio, exalta la pareja al relacionarla con la naturaleza. Su narración, con ecos de western, es elíptica, manejada por un motor tan impredecible como el que hace funcionar el problemático camión de Jack Twist, con el resultado de que a veces retrocede a escenas que un escritor más convencional hubiera puesto en el centro y al frente.

Aunque Brokeback Mountain puede contener el germen de un romance de Hollywood, es cualquier cosa menos convencional. Es cierto, los guionistas Larry McMurtry y Diana Ossana plancharon las rarezas de Proulx, pero no eliminaron sus excentricidades; en cambio, encontraron un paralelo cinemático en su apropiación de las convenciones hollywoodenses sobre la masculinidad. Es así, particularmente en la última mitad del film, que alterna escenas de malestar doméstico cotidiano (y los raros triunfos emocionales) con los viajes que Jack y Ennis hacen juntos a la montaña, durante los cuales, mientras envejecen, el sexo queda relegado y queda lo que puede ser descripto como una especie de calma conyugal. Lo que ambos hombres quieren, queda claro, es lo que Ennis teme tener: la constancia y la compañía mutua. Hacia el final, el Ennis de Ledger tiene achaques físicos y el Jack de Gyllenhaal ha desarrollado una barriga y un gran bigote. El resultado es la defensa del casamiento gay, defensa más elocuente aún en su evasión de las banalidades implicadas en la palabra “gay”.

De hecho, con la excepción de la escena en Juárez, nada en Brokeback Mountain grita “gay”. Ninguno de los héroes esquiva el sexo con mujeres. En cambio, simplemente señalan que prefieren el sexo entre ellos. En el cuento, Ennis le pregunta a Jack: “¿Esto le pasa a otra gente?”, y Jack contesta: “No pasa en Wyoming y si pasa no sé qué hacen, a lo mejor se van a Denver”. Es interesante que los guionistas hayan dejado fuera de la película esta única mención de un posible refugio urbano, cuyo punto parece ser menos subvertir las convenciones del lazo masculino que extenderlas. “Amante” es una palabra que Ennis y Jack jamás pronuncian. Usan “amigo”. Cuando se besan, se chocan los dientes. El respeto por algún pesado ideal de lucha masculina subyace y al mismo tiempo interrumpe su habilidad de amarse el uno al otro: una idea que Ledger en particular consigue al vestir su actuación de una ternura seca y reticente, la de las estrellas de los westerns de los años ’50. Su estoicismo lleva adelante la película, y nunca de forma tan emotiva como cuando murmura su línea fundamental: “Si no se puede arreglar, hay que soportarlo”.

¿El hecho de que ninguno de los personajes principales de Brokeback Mountain sea abiertamente gay tiene algo que ver con la feliz resistencia de la película a destilar clichés del cine gay? Quizá. En cualquier caso. McMurtry, Ossana y Lee merecen tanto crédito por su tenacidad (les tomó siete años hacer la película), como por la habilidad para traducir la deprimente y oscura narración de Proulx en un film con un aire épico que sin embargo se las arregla para ser afectivamente idiosincrático en su retrato de dos hombres enamorados. En definitiva, Brokeback Mountain es menos una historia de un amor que no se atreve a decir su nombre que la de uno que no sabe cómo decir su nombre, y es de alguna manera más elocuente en su falta de vocabulario. Ascendiendo desde chaturas donde viven vidas de humillación rutinaria, Ennis y Jack se convierten en los héroes ingenuos de una historia que no tienen idea de cómo contar. El mundo les rompe las espaldas, pero en esta valiente película son tan icónicos como la montaña.
David Leavitt

El norteamericano David Leavitt es el escritor gay canónico de las nuevas generaciones, autor de libros como El lenguaje perdido de las grúas, Baile en familia, Amores iguales, Mientras Inglaterra duerme (todos editados en castellano por Anagrama), entre otros.

La autora del relato cuenta las dificultades de escribirlo y cuáles fueron las repercusiones entre los vaqueros de Wyoming:
Annie Proulx

El principio de los ’60 parecía el período adecuado para ambientar el relato. Los personajes tenían que haber crecido en ranchos áridos y aislados y ser claramente homófobos, especialmente el personaje de Ennis. Ambos querían ser vaqueros, formar parte del gran mito del Oeste, pero las cosas no salieron como querían. Ennis nunca llegó a ser más que un rudo peón de rancho, y Jack Twist eligió el rodeo como expresión de su espíritu vaquero. Ninguno de los dos llegó a destacar y se conocieron pastoreando ovejas, animales que la mayoría de los auténticos vaqueros desprecia. Aunque no eran verdaderamente vaqueros (los que trabajan en los ranchos utilizan a menudo la palabra vaquero con sorna), los críticos urbanos lo etiquetaron como un cuento sobre dos vaqueros gays. No. Es una historia sobre la destructiva homofobia rural. Aunque hay muchos lugares en Wyoming en los que hombres gays han vivido y siguen viviendo en armonía con la comunidad, no hay que olvidar que en 1998, un año después de que se publicara este relato, ataron a Mattew Shepert a una cerca de las afueras de la ciudad más culta del Estado, Laramie, la sede de la Universidad de Wyoming. También hay que pensar que Wyoming tiene la tasa de suicidios más alta del país y que entre las personas que se matan predominan los hombres solteros de avanzada edad.

Me pareció que la única base posible para esta historia era el amor, algo que todos los humanos necesitamos recibir y dar, sea a nuestros hijos, a nuestros padres o a un amante del otro o del mismo sexo. Quería explorar el amor duradero y el alto precio que se puede pagar por él, el rechazo homófobo y la no aceptación de uno mismo. Sabía que era una historia cargada de tabúes, pero me sentía empujada a escribirla.

En los meses siguientes, a medida que trabajaba la historia, las escenas aparecían y desaparecían (corregí el relato más de 60 veces). El encuentro en la montaña tenía que ser, podríamos decir, seminal y breve. Una primavera, años antes, estuve en los Big Horns y en la distancia vi rebaños de ovejas sobre las grandes laderas vacías. Desde las alturas podían abarcarse centenares de kilómetros. En unas montañas tan aisladas, alejados de comentarios oprobiosos y de ojos vigilantes, pensé que sería creíble que se diera una situación sexual entre los personajes. No es nada nuevo o extraordinario; la gente que trabaja con el ganado tiene una comprensión cruda y completa del comportamiento sexual del hombre y la bestia. Una situación de soledad en las alturas, un par de tipos, a veces se impone el sentido práctico, nadie tiene por qué hablar de ello y así son las cosas. Un viejo ranchero de ovejas, ya muerto, decía que siempre mandaba a dos hombres a cuidar de las ovejas: “Así, si se sienten solos, se pueden coger el uno al otro”. Visto así, Aguirre, el hombre que los contrató, podría haber guiñado el ojo y no haber dicho nada, y el comentario de Ennis a Jack de que aquello no iba a repetirse podría haber sido cierto. El factor que lo complica todo es que entre ellos surgió un amor de los que se dan una vez en la vida. Me esforcé en darle profundidad y complejidad a Jack y Ennis y en reflejar la vida real al enfrentar ese amor a las normas sociales que ambos hombres obedecían. Ambos se casan y son padres, aman a sus hijos y, en cierto modo, a sus mujeres.

Muchos gays se casan y tienen hijos y son buenos padres. Como es una historia rural, la familia y los hijos son importantes. La mayoría de las historias (y muchas películas) que he visto sobre relaciones gays tienen lugar en escenarios urbanos, nunca hay niños en ellas. A los gays de pueblo que conozco les gustan los niños, y si no tienen hijos propios suelen tener sobrinos y sobrinas que ocupan un espacio muy grande en sus corazones. El hecho de que ambos personajes se casen con mujeres amplía la historia e introduce a dos jóvenes esposas que, desde su inocencia y feliz confianza, van a recibir unas lecciones verdaderamente duras sobre la vida. Alma y Lureen le dan al relato una dimensión universal, pues los hombres y las mujeres se necesitan, a veces de forma inusual.

Este fue un relato difícil de escribir; a veces me llevó semanas encontrar la frase o la descripción adecuada para algunos personajes concretos. La escena más difícil fue el párrafo en el que, estando en la montaña, Ennis abraza a Jack y se mece con él mientras canturrea, un momento en el que se mezcla la pérdida de la infancia y su negativa a reconocer que tiene a un hombre entre sus brazos. Tardé una eternidad en escribir este párrafo exactamente como quería, y puse incontables veces la canción “Spiritual”, del disco de Charlie Haden y Pat Metheny Beyond the Missouri Sky (Short Stories), tratando de dar con las palabras adecuadas. Estaba intentando describir los incipientes sentimientos de Jack y Ennis, la triste imposibilidad de su relación, que para mí hallaba su expresión en esa música. Hasta hoy soy incapaz de escuchar esa canción sin que Jack y Ennis aparezcan ante mis ojos. Los retazos con los que se construye una historia provienen de muchos armarios.

Yo era una escritora que se estaba haciendo mayor, que se había casado demasiadas veces y, aunque tenía algunos amigos gays, había ciertas cosas sobre las que tenía dudas. Hablé con un ranchero de ovejas para asegurarme de que era históricamente correcto que un par de chicos de rancho blancos cuidaran rebaños a principios de los sesenta. En aquellos años, los trabajos escaseaban en Wyoming y hasta se contrataba a parejas casadas con hijos para pastorear ovejas. Uno de mis más viejos amigos, Tom Watkin, con quien una vez publiqué un periódico de pueblo, estuvo leyendo y comentando el relato a medida que lo escribía. Yo pensaba demasiado en esta historia. Se suponía que era Ennis quien soñaba con Jack, pero yo soñaba con ambos. Aún no me había distanciado del relato cuando se publicó en The New Yorker el 13 de octubre de 1997. Esperaba recibir cartas escandalizadas de personajes religiosos o moralistas, pero en lugar de eso las recibí de hombres, bastantes de los cuales eran peones de rancho de Wyoming y vaqueros y padres que decían: “Has contado mi historia” o “Ahora entiendo lo que ha tenido que pasar mi hijo”. Aún hoy, ocho años después, recibo esas desgarradoras cartas.

Me resultó turbador ver la película. No estaba preparada para el impacto emocional que recibí cuando la vi. Los personajes regresaron estruendosamente a mi cabeza, más grandes y fuertes de lo que jamás habían sido. Ahí estaba el tema que a los escritores no les gusta reconocer: hoy día, el cine puede ser más intenso que la palabra escrita. Sentí que, igual que los antiguos egipcios sacaban el cerebro del cadáver por las fosas nasales con un fino gancho antes de la momificación, el reparto y todo el equipo de la película, empezando por el director, habían entrado en mi mente y extraído imágenes. Tuve esa sensación especialmente con Heath Ledger, que conocía mejor que yo lo que Ennis sentía y pensaba. Su intimista interpretación de ese chico de rancho con una dolorosa necesidad de cariño crece de una forma tan poderosa que asusta. Resulta escalofriante ver situaciones que una ha imaginado en la privacidad de su mente, y ha intentado desesperadamente transmitir a los demás a través de pequeñas marcas negras sobre un papel, alzarse ante una en una experiencia visual deslumbrante. Me di cuenta de que yo, como escritora, estaba experimentando un viaje cinematográfico de lo más infrecuente: no habían destrozado mi historia, sino que la habían agrandado transformándola en apasionantes imágenes que agitaban la mente y encogían el corazón.

Aparte del paisaje, del virtuosismo de las interpretaciones, del extraordinario y sutil trabajo de maquillaje con el que envejecen veinte años a estos dos jóvenes, hay una acumulación de pequeños detalles que le da a la película autenticidad y credibilidad: las uñas sucias de Ennis en una escena amorosa; el viejo cartel de carretera “Límite de Wyoming”, que no se ha visto ahí desde hace décadas; la tripita que le sale a Jack a medida que se hace mayor; la mancha de esmalte de uñas que vemos en el dedo de Lureen durante la dolorosa escena del teléfono; el perfecto peinado texano de su madre; Ennis y Jack compartiendo un porro en lugar de un cigarro en los años setenta; las camisas intercambiadas; la cafetera de esmalte descascarado... se acumulan y nos convencen de la autenticidad de la historia.

La gente tal vez ponga en duda que dos jóvenes se enamoren en unas montañas nevadas, pero todos se creen la cafetera descascarada, y si la cafetera es auténtica, lo demás también lo es.

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jueves, 12 de enero de 2006

Crece el circuito gay en Buenos Aires, con más negocios y visitantes


El quiebre lo marcó 2002. Ese año, la aprobación de la Ley de Unión Civil la posicionó como una ciudad de mentalidad progresista, y la devaluación la volvió accesible para los extranjeros. Desde entonces, Buenos Aires no dejó de crecer como destino turístico gay, y el circuito se sigue expandiendo con más lugares y visitantes que vienen a disfrutar de un mix de trato amable, compras convenientes, actividades culturales y mucha movida.

Si bien no hay cifras oficiales, se calcula que los turistas gay son alrededor del 20% del total, estimado en 550.000 por mes. "La proyección es muy alentadora. No sólo se ve en el aumento exponencial de visitantes, sino en la cantidad de emprendedores y empresas locales y extranjeras que están invirtiendo, abriendo nuevos espacios y servicios orientados a nuestro público", señala Carlos Meliá, de Pride Travel, una de las primeras agencias de turismo especializadas del sector.

Lo que dice Meliá puede verificarse en las guías y mapas sobre la movida gay porteña. Morella Pérez empezó a editar en 2001 el Gay Map de Bleu Cards, el primer mapa gay del país. Hoy, los anunciantes crecieron más del 40%. La repercusión del mapa, que tiene cuatro ediciones anuales y se distribuye en hoteles 4 y 5 estrellas, también explotó: "De 10.000 ejemplares pasamos a 30.000 y tenemos una edición especial de San Telmo", cuenta. Este barrio es donde más se amplió la movida.

Cada vez más locales suman la bandera del arco iris, símbolo de los "gay friendly" (con un trato amigable hacia la comunidad). Y es significativa la diversidad de rubros. "Existe una cultura gay que incluye fiestas, bares, restoranes, milongas, negocios de indumentaria y de estética", enumera Leo Toy, un periodista que acaba de editar GayBa, la primera guía gay en formato de libro.

Toy relevó más de 200 comercios: la mayoría son lugares para comer, tomar algo o ir a bailar. Uno de ellos es el restorán afrodisíaco Te mataré Ramírez. "Los clientes subieron un 10% el último año. La mayor parte son estadounidenses y latinoamericanos", cuenta Carlos Di Cesare. En el CE, un hotel de diseño que recibe a muchos turistas gay, agregan: "Su edad promedio es de 38 y el 40% viene en pareja".

Según todos los operadores, estos turistas, de buen poder adquisitivo, gastan mucho. La consultora Alfacrux, dirigida por el ex secretario de Turismo Hernán Lombardi, realizó una encuesta entre 400 casos que permite delinear un perfil del visitante gay. "Los barrios preferidos son San Telmo, por su arquitectura; Recoleta, zona de boliches; y Palermo Viejo. La primera motivación de la visita son los bares y la vida nocturna, seguida por los espacios verdes y la arquitectura cosmopolita. Entre los otros destinos que visitan en la Argentina, sorprendentemente el primero es Ushuaia, que tiene una movida de música electrónica que atrae a este público. Le siguen Mar del Plata, la Costa Atlántica y los centros de esquí", detalla Lombardi.

Luciana Páez, de la agencia Viajeras.net, la única especializada en público lésbico, aporta más claves: "A los hombres les gusta la noche. Van a hoteles caros, les interesan los tours de compras y gastan en indumentaria y diseño. Las mujeres prefieren consumir cultura y comprar artesanías, no les importa tanto la categoría de la hotelería. Y les gusta recorrer el resto del país".

En lo que hay coincidencia es en que todos estos viajeros buscan sentirse respetados. "Tenemos a nuestro personal entrenado para brindar un trato natural y hospitalario. Estos turistas esperan eso, que es lo mismo que pide cualquier persona de vacaciones. En el turismo, y en especial en este sector, el boca a boca influye muchísimo. Cuando son bien atendidos, estos visitantes vuelven y recomiendan", dice Alberto Albamonte, presidente de Howard Johnson, la primera cadena hotelera reconocida internacionalmente como gay friendly. Hoy, la mayoría de los hoteles porteños de categoría, aunque no se promocionen como gay friendly, lo son de hecho. El ejemplo más concreto es que aceptan naturalmente que dos hombres o dos mujeres pidan una habita ción con cama matrimonial.

La idea es captar este target, pero también hay una mayor apertura en los porteños. "Lentamente se está dando un cambio de mentalidad", afirma Jorge Bianco, responsable de Bianco Bienes Raíces, una inmobiliaria dirigida a la comunidad gay. Desde el Estado, la idea es alentar este turismo, y el portal oficial www.bue.gov.ar incluyó un link sobre la oferta gay. "Nos interesa pronunciarnos como una ciudad amigable. Es un nicho interesante, pero no buscamos promocionar circuitos especiales sino integrar a dicho segmento en la oferta general y que se sientan cómodos", asegura Marcela Cuesta, subsecretaria de Turismo porteña. Un reciente artículo del portal www.gaychile.com (un país del que vienen muchos turistas de este segmento) sobre Buenos Aires, parece darles la razón: "Cada vez hay más visitantes homosexuales que cruzan el mundo atraídos por el vibrante circuito gay de la ciudad donde, según la publicidad y comentarios, son aceptados como parte de la vida urbana".

Adriana Santagati / Diario Clarin / Argentina 2006

¿Cero Ambiente?


En el transcurso de la segunda mitad del siglo XX comenzó a esbozarse un rudimentario principio de articulación comunitaria de homosexuales, que fue ahogado por la oleada de globalización. Como reflejo se fue armando un vocabulario cuya evolución retrata o prefigura la historia. Hoy tiene contenidos imprecisos, innovaciones excesivas y categorías incoherentes, sistemas de pensamiento implícito conflictivos y resonancias emocionales destempladas...

Principios del Siglo XX

A principios del siglo XX ni la sociedad general ni los grupos y círculos de socialización de los que hoy llamaríamos "personas homosexuales" tenían nombres neutros de uso común que designaran a esas personas. Los existentes eran vulgares e insultantes, usados por los propios homosexuales, que perpetuaban el estigma.

Los únicos vocablos educados eran neologismos técnicos (los hombres eran llamados homófilos y uranistas; las mujeres, sáficas y tríbadas) o palabras sancionatorias: perversos, inmorales, amorales, invertidos. Entre los vocablos técnicos estaba el adjetivo homosexual, aplicado a hombres y mujeres.

Los ´50 y '60

A mediados de siglo, la sociedad Argentina tenía en uso común las expresiones homosexual, pervertido, invertido, desviado y amoral, en las que confundía contenidos médicosiquiátricos y morales.

Los homosexuales habían creado un ámbito de socialización al que llamaban el ambiente. Su jerga incluía expresiones redundantes de límites semánticos fluctuantes : beter era sinónimo de gente de ambiente. Esta frase designaba a todos los diversos tipos de minorías sexuales; los heterosexuales eran paquis; a los varones masculinos de clase baja o media baja con conducta homosexual y decían estar en la joda, y en el ambiente se les decía chongos. La pareja homosexual estable se llamaba aferato, y cada uno de sus integrantes afer (del francés affaire).

En el vocabulario de los sesenta hay implícitos dos sistemas de pensamiento.

El primero, corporizado en los vocablos perverso y desviado, es evolucionista. Supone que el impulso sexual nace en el sujeto y se dirige hacia un objeto de características prefijadas, por una ruta previamente establecida. El sujeto se hace homosexual al dirigir su desarrollo a una meta distinta a la prefijada. En la percepción general, esta desviación del desarrollo se produce por opción voluntaria o como resultado de seducción o entorno.

Esta idea se basa en la creencia de que toda persona está destinada a la heterosexualidad, y que sólo mediante un esfuerzo deliberado se puede "torcer" ese destino. Esto vuelve al homosexual responsable de su propia condición. La diferencia entre llamarlo desviado y perverso es que en la segunda hay un juicio moral que médicos, siquiatras y sicólogos no supieron combatir.

El segundo, corporizado en el vocablo invertido, es esencialita. El sujeto sólo puede unirse con su opuesto. Se presupone que los géneros son irremisiblemente complementarios: lo masculino y lo femenino son inversas mutuas. El varón es masculino y se complementa con lo femenino; la mujer es femenina y se complementa con lo masculino. En esta línea de pensamiento, se supone que para que una mujer se una a otra mujer o un varón a otro varón, alguno de los miembros de la pareja debe invertir su género: necesariamente una de las dos mujeres de una pareja homosexual deberá ser machona, y uno de los dos hombres de la pareja homosexual deberá ser afeminado.

En ambos sistemas, la mayoría establece la norma de desarrollo o de adscripción de género y sexo.

Los '70

Durante los años de la guerrilla el movimiento psicoanalítico argentino se intensificó; al llegarla la dictadura se volcó a sus variantes más abstrusas, y se tradujeron y publicaron textos de los años treinta y cuarenta. Homosexual y homosexualidad se asentaron como nombres unificadores: el campo semántico que perfilaban delimitó un yo comunal ante la sociedad general. Los círculos homosexuales aún percibían sus orígenes médicosiquiátricos. ("Huele a cloroformo", dice de la palabra homosexual un activista cuya juventud transcurrió en aquella época).

Freud había bautizado elección a un proceso en que el impulso sexual anobjetal se fija en el objeto, volviéndolo objeto del deseo.

Los ´80

Junto a la palabra homosexual aparece como moda redundante la palabra gay. Ambas se usan como sinónimos, aunque gay evoca la identidad sociocultural de las personas homosexuales desde la revuelta de Stonewall en 1969. En Argentina la usaban homosexuales de ambos sexos, sin indicar necesariamente que adscribieran a la subcultura gay, afincada en Argentina en pequeños círculos a partir de 1983.

La palabra lesbiana se impuso como su femenino a medida que el reclamo feminista de auto-designación entró en las mujeres homosexuales.

Los ´90

En el concepto unificador homosexual se perfilan dos acepciones: la primera indica una condición que se manifiesta en comportamientos o en percepción de sí; la segunda indica una conducta que permite tener relaciones sexuales con el propio sexo. La subcultura gay indica el modelo norteamericano: discotecas, lugares de encuentro, saunas y bares (llamados la noche) y normas de comportamiento, aspecto y lenguaje (llamadas el código). El neologismo gaydad no pasó de innovación curiosa; sus femeninos redundantes, lesbianidad y lesbianismo, subsisten en círculos intelectuales.

Conviven gay para hombre y mujer (indicando o no estilo de vida), gay y lesbiana especializados por género y homosexual para ambos géneros.

Fin de Siglo

Las sub minorías travestí y transexual cobran visibilidad. En cenáculos homosexuales el campo semántico del concepto unificador homosexual se fragmenta asimétricamente en gay, lesbiana, travestí, transexual, bisexual.

Se siente la necesidad de reconstruir el campo semántico unificador : en VIH/SIDA se acuña la frase "hombres que tienen sexo con hombres" y su sigla HSH, como sinónimo de la segunda acepción de homosexual. La dupla "paqui-béter" comienza a ser usada nuevamente en círculos homosexuales.

Persistencia de la historia

Todas estas etapas siguen presentes simultáneamente en la realidad actual.

El estigma, aunque ya no es hegemónico, sigue estorbando la auto-identificación. La auto-designación insultante (putos) persiste en diversos contextos y justificaciones. En las clases bajas, culturalmente conservadoras, los individuos no perciben la significación de sus prácticas homosexuales; el varón que busca a otro varón para satisfacer su deseo sigue diciendo "estoy en la joda" y sigue siendo chongo para el ambiente; el valijero de clase media persigue el sexo furtivo de los cines pornográficos y los baños públicos y de bares (las teteras); los saunas siguen repletos con las visitas de los casados que integran el ambiente.

La articulación comunal existente, engullida por la globalización, no progresó más allá de un estadio rudimentario; sigue enzarzada en el caos conceptual y las repercusiones emocionales de las palabras homosexual y gay.

La frase "SOY BÉTER" se origina en el seudónimo "Clara Beter" que César Tiempo usó en 1927 para sus "Versos de Una..."

Homofobia y falsa etimologia

Heterosexuales hostiles y homosexuales petulantes coinciden en afirmar que paqui es abreviatura de "paquidermo" (epíteto presuntamente adjudicado a los heterosexuales por ser pesados) y que béter es adaptación del inglés "better". Los homosexuales quedan como fatuos que creen "ser mejores que ésos..." La primera etimología resuma desprecio hacia los heterosexuales (esos pesados...) y hacia los homosexuales (esos livianos...); la segunda es un yerro. En el ambiente la lengua prestigiosa era el francés.

Homosexualidad y Homosexualismo

De homosexual habían derivado dos sustantivos redundantes: homosexualidad y homosexualismo. En este último estaba implícita (las palabras terminadas en - ismo indican "partidario de...") la idea de que la organización comunitaria de los homosexuales tendía a la promoción de sus conductas; al irse apartando la sociedad de la creencia de que la homosexualidad es voluntaria, se fue imponiendo homosexualidad.

El articulo publicado en la Revista Espejo lleva por titulo "Ser de Ambiente: los nombres de la homosexualidad"
Rafael Freda

sábado, 7 de enero de 2006

El lesbianismo, tema tabú en el cine


La homosexualidad es siempre un tema tabú; pero incluso allí surge el prejuicio masculino: hay muchos más films sobre las relaciones entre hombres homosexuales que sobre lesbianas. Un paseo por el tema a través del tiempo y diez recomendaciones para alquilar.

Criaturas celestiales, una película sobre el amor de mujeres.
Aunque la homosexualidad masculina es un tema bastante recurrente en el cine -por lo menos desde los '70-, la femenina siempre permaneció (y permanece) en un cono de sombras. Del amor lésbico es poco lo que se dice y mucho menos lo que se muestra más allá de ciertos parámetros.

Incluso en el cine pornográfico, el lesbianismo aparece como una especie de "decoración", tratado de acuerdo con los deseos o los aparentes deseos masculinos. Excitantes o no, no representan casi nunca la realidad (ni sexual ni social) del mundo lésbico. También en el retrato de la homosexualidad reina el machismo, increíblemente.

En pocos países del mundo el tema pudo considerare de manera más o menos abierta. En las primeras décadas del siglo XX, sólo una película alemana logró plasmar en el cine no marginal el asunto: se trató de Chicas de Uniforme (Mädchen in Uniform), de Leontine Sagen, donde una joven se enamoraba perdidamente de la profesora en un colegio de pupilas.

No era comedia, sino un melodrama hecho y derecho que causó las iras del gobierno nazi y también fue prohibida en los EE.UU., hasta que la propia esposa del presidente Roosevelt, Eleanor, obligó a levantar la medida. El film ganó entonces premios de crítica y fue el primer intento honesto de poner el lesbianismo en el centro de la escena.

La segunda película importante sobre el tema es La mentira maldita, que tiene dos versiones, ambas dirigidas por William Wyler, ambas basadas en la obra de la escritora lesbiana Lillian Hellman. La primera usa un triángulo amoroso heterosexual; la segunda es fiel a la obra.

En un colegio, una chica acusa a dos maestras (Audrey Hepburn y Shirley McLaine) de ser amantes. El film muestra las reacciones de la comunidad alrededor de estas dos personas, y también que una de las dos mujeres, efectivamente, siente algo por la otra. La obra es compleja y el film también (recientemente se editó en DVD) y toca honestamente el tema y sus consecuencias.

El porno de los '70 fue más bien un cine de ruptura de ciertas constumbres antes que un mecanismo de excitación. En todos los "clásicos", parte de la liberación de la mujer -la mayoría de estos films estaban protagonizados por mujeres- era el contacto sexual con otras mujeres. Garganta Profunda, Detrás de la puerta verde, El diablo en Miss Jones y Taboo -algo así como el "canon" del porno- incluían el sexo sáfico.

Pero el tema, la cuestión, el asunto de cómo el lesbianismo formaba parte del mundo quedaba reducido exclusivamente a la cuestión sexual y, por lo demás, lúdicra. Aunque es necesario decir que el primer (y único) auge de la pornografía logró que ciertos temas se volvieran menos tabú.

Aún hoy, de todas maneras, los films sobre lesbianismo son escasos y rodeados de un aura misterioso, como si fuera apenas una diversión de voyeurs en lugar de la realidad del 10% de las mujeres en todo el mundo. Ha habido, de todas maneras, films donde las lesbianas aparecen sin ridiculizar. De ellas, a continuación, una lista.

Mujeres que aman mujeres: films fundamentales

La selección que sigue tiene tres criterios: el primero, que toquen el tema del lesbianismo sin usarlo como "gancho" sexual; el segundo, que estén disponibles en VHS o DVD; el tercero, que sean además buenas películas, o por lo menos discutibles.

Persona (1966), de Ingmar Bergman
Una actriz y su enfermera se libran a una desgarradora batalla que termina uniéndolas en una espiral de locura. Para muchos es la obra maestra de Bergman; lo que es indiscutible es la carne que ponen al asador Bibbi Andersen y Liv Ullman como esta pareja de mujeres entre el amor y el odio. Marcó el tema, además.

Criaturas celestiales (1994), de Peter Jackson
El señor Jackson contó la historia de amor de dos chicas (Kate Winslet en su asombroso debut y Melanie Lynskey) que caen, también, en una especie de locura donde son parte de la corte del rey Arturo y sienten un amor apasionado por Mario Lanza y su miedo por Orson Welles. Luego cometen un crimen, fundado en la represión del medio a un espíritu libre. Jackson comprende perfectamente la relación entre las protagonistas y logra conmover a cualquier público.

La otra cara del amor (1997), de Kevin Smith
Smith se dedica a una comedia rara, al mismo tiempo basada en el arte "pop" (especialmente la historieta) y autobiográfica. Aquí narra el amor entre una chica bisexual y un joven dibujante. El resultado trastoca la vida de ambos y es una buena -y muy honesta- exposición de las dudas que presenta la bisexualidad y el lesbianismo al hombre promedio. Aunque no perfecta, recomendable.

Descubriendo el amor (1998), de Lukas Moodysson
En un perdidísimo pueblo sueco, una chica es considerada "fácil", aunque nunca tuvo relaciones sexuales. Y otra está enamorada de ellas. Lo que comienza como una comedia adolescente se transforma en la historia agridulce de un amor real pero no aceptado. El film es, también, una muestra de los miedos que rodean la cuestión de la homosexualidad para quien tiene que vivirla.

¿Quieres ser John Malkovich? (1999), de Spike Jonze
Es lógico pensar que este film es sobre muchas cosas, dada su profundidad. Pero uno de los mecanismos dramáticos es la relación entre dos mujeres (Katherine Keener y Cameron Díaz) y cómo se diferencia la visión del mundo que tienen respecto de la visión de los hombres. Eso las une y las enamora, lo que lleva a un desenlace bastante sorprendente. Es, además, una de las relaciones lésbicas más honestas mostradas en pantalla.

Besando a Jessica Stein (2001), Charles Herman-Wurmfeld
Comedia teatral llevada al cine y protagonizada por sus propias escritoras. Una chica de familia judía tradicional decide "probar" el amor de otra mujer, dado que los hombres no le convencen. Lo que sigue es una comedia de situaciones, pero las emociones que muestran estos dos personajes tienen un viso de realidad importante, que hace que el espectador se distancie del hecho de que sean dos mujeres enamoradas y disfrute del film como la comedia romántica que es.

El camino de los sueños (2001), de David Lynch
La película que consagró a Naomi Watts es la pesadilla de una lesbiana despechada, una mujer que ha perdido la pasión y el amor de su vida porque esa pareja prefiere "fingir" un matrimonio con un hombre. Bueno, en principio: las películas de Lynch no son precisamente lo más "fácil" de definir y esta, por supuesto, no lo es. Lo que sí es interesante es que a las secuencias de sexo entre mujeres -ciertamente impactantes-, siguen otras de enorme emoción y ternura donde el amor y el sentimiento se ponen por encima de la belleza física. La experiencia es perturbadora en cualquier sentido.

Las Horas (2002), de Stephen Daldry
El "pero" que puede hacérsele a este film (uno de cuyos temas es la mirada respecto de la homosexualidad, especialmente femenina, a todo lo largo del siglo XX) es que en ciertas secuencias el tema parece "diluido" por el preciosismo de la adaptación. Pero es interesante notar la falta total de escándalo en la historia protagonizada por Meryl Streep, una mirada donde la atracción por el mismo sexo es, apenas, un rasgo más de los personajes como el color de pelo o la manera de hablar.

Lesbianas de Buenos Aires (2004), de Santiago García
Este documental filmado a lo largo de tres años muestra la realidad de las lesbianas, alejadas del glamour del porno o del retrato culposo o humorístico. La vida de pareja, la relación con los padres, las posibilidades de tener y criar hijos y, como fondo, el mundo del deporte son algunas de las cuestiones que el film retrata con enorme honestidad. Hay por lo menos una secuencia donde no se pueden evitar las lágrimas. También hay espacio para discutir y para registros de enorme belleza.

Leonardo D'Espósito – (Terra)

Thelma, Louise y otras fugitivas hartas de estar al borde del precipicio


Thelma y Louise de Ridley Scott es una historia de amistad y solidaridad entre mujeres frente a una de las manifestaciones más virulentas del heteropatriarcado: la violencia sexual sobre/hacia las mujeres. Eso nadie lo pone en duda.

Sigue un trayectoria que no inventa, la de la road-movie “bola de nieve”, aunque la pone al servicio de una idea interesante: ¿Pueden esas fugitivas-asesinas demonizadas por los mass-media y el orden social ser dos mujeres que simplemente se han resistido a ser violentadas por el machismo, o a la inversa, podría la vecina de al lado, que sale en los telediarios -y basta repasar la cifra mujeres asesinadas por sus maridos o parejas masculinas en lo que lleva de año, sin ir más lejos, en el estado español-, volverse hacía su agresor (conocido o no) y hacerle degustar a punta de pistola lo que él hace con los privilegios varoniles más arraigados en el código machista?

Ahora bien, “Thelma y Louise” es y ha sido también para muchos espectadores -particularmente para las mujeres lesbianas- una historia de amistad y de amor entre dos mujeres. Una historia de amor a la que el Hollywood comercial/liberal, en el que se inserta como producción cinematográfica, ha despojado de sexualidad. Al menos de la sexualidad tal y como la concibe Hollywood. Ya que besos y abrazos, coaliciones y solidaridades íntimas ya fueron nombradas como formas de resistencia lesbiana al heteropatriarcado por Adrienne Rich en su revolucionario artículo “Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana”.

Cuando, al final, Thelma y Louise se besan en la boca, al modo en el que aparece en los filmes de Hollywood; cuando empieza a haber sexo/sexualidad entre dos mujeres, éstas ya han decidido autoinmolarse, suicidarse, dejando con cara de poker, no sólo al policía-bueno, paternalista, que encarna Harvey Keitel, sino también, seguramente, en secreto, a muchas lesbianas que esperaban que, incluso en un filme comercial, un beso entre dos protagonistas (y dos actrices famosas) no fuera automáticamente seguido de una caída en el abismo, de una negación total de su existencia como sujetos sociales, de una autodestrucción que- no-deja-de-serlo por estandarizada, escamoteada que aparezca en el montaje final del filme.

El gesto final, incluso el beso final, se reduce así a gesto de heroínas, a beso de amigas heterosexuales en una situación límite, no a un beso entre mujeres que se aman, lo expresan y tienen sexualidad entre ellas, no a un beso de lesbianas. El hecho de que un beso en la boca entre dos mujeres en el cine mainstream sólo sea posible al borde del abismo, o del acantilado, del mismismo Gran Canyon, icono, como ellas, las actrices, de la cultura estadounidense y mundial (por extensión y colonización culturales), nos lleva a pensar una vez más, en la negación de la subjetividad de las lesbianas en el imaginario común y mayoritario, a su negación misma como sujetos sexuados y nos lleva a plantearnos, en forma de interrogación, lo que, en forma de afirmación política, dijo Monique Wittig (Las lesbianas no son mujeres) y volviéndonos al público de la sala, que aplaude y come palomitas en el fundido en blanco final, preguntarle ¿Las lesbianas son mujeres? ¿O sólo son un fundido en blanco? Pero aquí más que profundizar en la lectura lésbica del filme, que corresponde hacer a ellas mismas y que hasta ahora, que yo sepa, no se ha querido o podido hacer.

Más que ahondar en el lesbianismo que se filtra por todos los intersicios de Thelma y Louise, me interesa contar cómo, desde mi posición de espectador gay saliendo del armario en la época que me pilló su archipublicitado estreno, en 1992, funcionó también, el filme de Scott, como una posible fantasía de liberación (o al menos de afirmación) gay masculina. No sólo porque Thelma se fije y nombre sobre todo y, repetidas veces, en el culo enfundado en vaqueros de Brad Pitt, todavía actor secundario, sino sobre todo porque su hábil y algo tramposo guión deja puertas abiertas al fantaseo aunque, en realidad, bloquee el discurso liberador en un suicidio/denuncia que sirve de requisitoria contra un modelo sociosexual, pero que acaba destruyendo a los sujetos disidentes, en un acto de autoinmolación que en el blando hollywood comercial se resume con un hábil plano congelado del coche en el aire. No hay sangre. En el imaginario lésbico sí la hay (“Escribe tú en mi cuerpo con tu sangre menstrual: cuéntame algo sobre mi espalda” decían en el “Non Grata” las LSD que aquí, serían, Lesbianas Saliendo Despedidas).

Yo, y algún marica más que yo, hemos fantaseado sobre la posibilidad de que en lugar de dos mujeres hubiera dos maricas hasta el moño montadas en el descapotable (y algo de eso recogió Gregg Araki en su filme “The living end”), hartos de una sociedad homofóbica que nos/los sujeta entre la invisibilidad y la hiperidentidad, dos pasajeros queer. Dos nómadas hartos de ser nombrados y despeñados con violencias explícitas y silencios constitutivos. Imaginemos por ejemplo a un adolescente marica, plumero, español, de Belorado, Torrelavega o Ciudad Real, que vive con sus padres y visita regularmente a un psiquiatra homofóbico, un “profesional” de esos que todavía quedan, y muchos, y que actúan en la más absoluta impunidad. Imaginemos que su mejor amigo (y algo más, tal vez) es un gay casado, maduro y en el armario, amargado de su doble vida y de su performance de pater familias en casa o macho futbolero en los bares. También podrían ser vuestros vecinos, Pedro y Luis.

Esos sobre los que sabe y no sabe todo el vecindario. En el primer giro importante de la imaginada trama El psiquiatra, con consentimiento de la familia del joven, decide internar al problemático adolescente en un sanatorio para que curen su homosexualidad y los “desórdenes de personalidad” que ésta conlleva.

El hombre mayor trata de impedirlo, se presenta en la consulta del médico, en plena sesión, o en el hospital mismo, abriendo puertas, y, en el forcejeo con la autoridad competente, el adolescente (harto de pastillas, regañinas, sesiones, rezos y terapias verbales aversivas) mata al psiquiatra, o a un enfermero que va armado. Ambos huyen del psiquiátrico o de la consulta, salen de la ciudad o del pueblo.

Él uno, acusado de homicidio en primer grado- tal vez con algún atenuante- (como Louise) y el otro del secuestro de un joven, tal vez, incluso, de un menor. Huyen, por supuesto, en el coche de él, coche de padre de familia trabajador, o al menos de hombre casado con dinero. El adolescente tira los discos de Estopa, Sabina, Luis Cobos y Chenoa, por la ventanilla del vehículo y los sustituyen atracando el Corte Inglés de las afueras (“¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo?”) por otros de Gloria Gaynor, Madonna, Ricky Martin y la banda sonora de “Hedwig and the angry inch”. Son perseguidos ahora por la Policía, la Sanidad y el Corte Inglés. El hombre mayor descubre, en los moteles de carretera donde pasan la noche y hacen el amor ¿por primera vez? que su matrimonio ha sido una farsa, que su mujer (lógicamente) se ve con otro/a, que ha criado a dos o tres adolescentes machistas y homofóbicos que juegan a matar chinos, negros y maricas en la Playstation y que se ha negado a vivir placeres desconocidos.

Ya no puede volverse atrás, ha sentido cómo se reventaba el eje del heteromundo en su interior. El adolescente sabe que después de matar al médico o al enfermero del culo bonito, aunque fuera en una pelea a muerte, después de robar y, sobre todo, de aterrorizar al seco empleado navideño y a las familias heterosexuales con niños de la gran superficie, será encerrado en la cárcel o, más probablemente, psiquiatrizado de por vida. En su camino sin retorno hacia el Norte se topan con los dueños de los bares y locales heterosexuales donde paran a repostar, a beber o descansar, dueños que les recriminan por besarse ante el público o mirar el culo bonito de algún Brad Pitt alternativo de turno y ellos se van sin pagar -a punta de pistola- y asustan a la clientela homofóbica, no sin antes quemar los Monográficos, los Jueves y los TMEOS.

El adolescente recibe una ominosa llamada de sus padres para que cese su carrera desbocada- su iniciada “vida loca”- pero por su tono descubre que el teléfono, también el móvil, está intervenido por las fuerzas del orden. Lo tira por la ventanilla. De todas formas quedaba poca batería. Y con el móvil se deshace del tubo de antidepresivos. Lágrimas maternas y amenazas paternalistas ya no le amedrentan. Algo ha cambiado también, dentro de él, de su eje heterocentrista. Deciden buscar refugio y trabajo en otro país, por ejemplo, Francia, se dirigen hacia la frontera, y después de desembarazarse de un grupo de neonazis lepenianos, lo encuentran en el escalafón más bajo de una empresa de venta ambulante, cerca de París. No están satisfechos, tienen que ir vestidos de heterosexuales con corbata y reír chistes machistas y homófobos con sus compañeros de trabajo.

Ellos acuden el primer día de la mano, se dan un beso al entrar y el jefe los echa a los dos, los echa definitivamente del trabajo, como el chaval fue expulsado del instituto, descubierto un día en los baños en sospechosa situación con otro chaval. Una experiencia de la que se niega a hablar. En lugar de revivir tan doloroso suceso, vuelan los ordenadores de la empresa a balazos. El hombre maduro le confiesa, mientras conduce el coche a toda velocidad, sus aventuras nocturnas en los parques urbanos y servicios de las estaciones, su hartazgo de ocultarse y mentir. Después de negarse a pagar el plus por consumición en un pijísimo bar de ambiente donde les miran raro por su aspecto polvoriento-¿Por qué tenemos que pagar cuatro veces más que los heteros por una cerveza?- van a un parque y descubren a la policía de paisano, marcando paquete, haciendo cruissing, al estilo del “cap” que cazó a George Michael. Se produce un tiroteo y el policía sale malherido. Ellos huyen riendo, cantando al ritmo de “I will survive”.

Todo el ejército francés - o la policía armada que dice haber “disuelto” recientemente los disturbios parisinos- les persigue a lo largo y ancho del país galo y ellos acaban acorralados al borde del precipicio, pero no pueden volverse ahora atrás, “sigamos adelante, no nos dejemos coger”, pisan el acelerador y se tiran al vacío desde un acantilado, muriendo en una cala en la costa de Brest, con beso de despedida y homenaje a Genet, incluidos.

Una sociedad homofóbica ha sido puesta al descubierto y sobradamente denunciada, pero a costa de suspender la narración y la muerte en un congelado final. Fundido en rosa. El coche familiar sólo pierde una rueda y el asiento para los niños en el aire, al final de la película. No hay sangre. Y en la realidad hay mucha, mucha sangre, también marica. La denuncia del modelo social homofóbico y los que lo reproducen/sustentan se ha hecho a costa de no dar soluciones reales a sus protagonistas más allá de los esquemas -hábilmente utilizados por Ridley Scott en su película- de la road-movie-terminal (un camino de trasgresión onírica que, a su modo, ya recorrió Dorita en “El mago de Oz”). En la película de Araki “The living end” (uno de los filmes pioneros del “new queer cinema”) la seropostividad de uno de sus protagonistas añadía ese componente de urgencia, esa necesidad de huida por la carretera de una sociedad enferma por homófoba y sidófoba, pero ellos dos seguían vivos, sudorosos, airados, y en un macarrónico letrero final se dedicaba la película “A todos/as los que han muerto de SIDA porque la Casa Blanca está llena de republicanos jodecerebros”. Aquí se denunciaba un modelo social, económico y sexual que catalogaba entonces y jerarquiza todavía a las víctimas en víctimas de primera o de segunda, y a los asesinos en asesinos de alta o baja intensidad, a la sangre en sangre de primera o de segunda.

Una sociedad que condena a muerte, también, a mujeres, gays y lesbianas, por el mero hecho de serlo ¿Pero sólo es posible la huida hacia delante como plantea Ridley Scott? ¿O el tufillo nihilista del final de Araki en la playa? ¿Sólo es posible el beso en los labios de dos mujeres si estas van a morir, si están al borde de ser borradas de la narración? ¿No queda otra salida que el precipicio para un deseo no regulado, no psiquiatrizado, no normativizado? Mucho más retadoras que la propuesta que nos hizo Ridley Scott en su marketinizada “Thelma y Louise” e incluso que la de Araki me parecen las alianzas y coaliciones que el movimiento feminista, gay y lesbiano ha actualizado, plantando cara, desde posiciones raritas, impropias, no integradas, a ese “eje del mal”, a esa matriz de dominación, que ahora, todas sabemos, es heterosexual: “part of me, part of you”.

© Eduardo Nabal – (EnkiduMagazine.com)

lunes, 2 de enero de 2006

Santa Derek de los mingitorios


Las películas de Derek Jarman juegan un papel fundamental en una de las últimas aventuras estéticas del siglo. Durante la década del ochenta se constituye la primera cultura global (es decir: una cultura concebida como transnacional y translingüística) exitosa: la cultura gay, prototipo de la hoy tan cacareada globalización. Todas las películas de Jarman se construyen como un comentario irónico de los límites y como una reflexión sobre la estética posible para esa cultura, organizada mayormente alrededor de figuras claves en el desarrollo del pop, como los Pet Shop Boys (con quienes Jarman trabaja en 1989) o Annie Lennox (quien aparece cantando en Eduardo II, la película que Jarman estrenó en 1991).
La cultura gay de los ochenta es la forma de relacionar una cierta concepción de la identidad homosexual con los mecanismos de las sociedades de masas. No es que a la cultura gay le convenga Madonna: más bien es que Madonna es un producto construido según los parámetros de la cultura gay, y eso es lo que Jarman registra y examina.

Con la brasa en la mano Derek Jarman (muerto en 1994, víctima del virus HIV del que era portador desde 1986), además de un cineasta notable fue también un pintor (y escenógrafo) exitosísimo. El solo hecho de que Jarman pueda cumplir un papel tanto en la historia del cine como de las artes plásticas habla de un impulso artístico excepcional en su generación (porque hay que decirlo rápidamente, los cuadros de Jarman no son, como los cuadros de Ernesto Sábato, un ejercicio del capricho).
Derek Jarman nació el 31 de enero de 1942, hijo de un oficial de la RAF (originario de Nueva Zelanda) y de una estudiante de Artes (nacida en la India) que trabajó por un tiempo para el couturier Norman Hartnell. Hacia 1955, este pequeño hijo del Imperio Británico (que había vivido ya en Pakistan e Italia) comienza su carrera de "artista": no sólo actúa en Julio César de Shakespeare, también diseña su escenografía. Es importante -señalan los biógrafos- el papel que cumple Andrew Davis, su profesor de Inglés, en el amor de Jarman por la literatura inglesa y en su obsesión por la obra de Shakespeare. En 1961 el joven prodigio obtuvo el Premio de Plástica de la Universidad de Londres en la categoría amateur (en la categoría profesional, ganó David Hockney). Hacia 1967 ha participado ya de seis exposiciones (tres de ellas individuales) y ha diseñado cinco escenografías. En 1970, un encuentro completamente casual con un hombre en un tren lo puso en contacto con Ken Russell, quien le encargó el diseño escenográfico para su próximo film, The Devils. Durante la década del setenta Jarman realizó una serie de films en super 8. En 1972, este artista integral de la homosexualidad publicó su primer libro de poemas, A finger in the Fishes Mouth y en 1976 estrenó su primer largometraje en 35 mm, Sebastiane, que narra el martirologio de San Sebastián, capitán de la guardia del palacio del emperador Diocleciano, quien atado a un árbol (o a una columna) soportó los hondazos y las flechas de una suerte inaudita y, mientras sufría, gozaba como sólo la Santa Teresa de Bernini ha sabido gozar en la historia del arte. San Sebastián, desde siempre, ha sido el ícono y la síntesis de la experiencia martirizada de la homosexualidad. Según señalan los historiadores, de los cientos de personajes que pintó Miguel Angel en la Capilla Sixtina, el único cuyo sexo no redujo de acuerdo con las convenciones de la época (sino todo lo contrario) es San Sebastián, como homenaje al amor verdadero. El Sebastiane de Jarman está hablada en latín y abunda en la vida sexual del capitán y futuro santo queer de la Iglesia.
Jarman define el borde superior (el costado alto, por así decirlo) de la cultura gay (cuyo borde inferior son los bares de transformistas). Caravaggio (1986), la biografía de uno de los más grandes estilistas del Barroco italiano, examina y reproduce la mirada homosexual de Caravaggio sobre los cuerpos masculinos que retrata ("De haber vivido en el siglo XX"”, declaró Jarman, “"Caravaggio hubiera sido Pasolini"). Eduardo II (1991), la tragedia de un rey homosexual obligado a abdicar por sus amores, incluye, además de un clip de Annie Lennox cantando el himno de la causa gay norteamericana, manifestantes con pancartas en defensa de los derechos de los homosexuales. The Angelic Conversation (1985) es una meditación sobre el deseo y sus imágenes, "gente que me gusta en lugares y espacios que me gustan" (dijo Jarman). Hombres hermosos aparecen en la pantalla como comentario visual de los sonetos amorosos de Shakespeare, leídos, entre otros, por la actriz Judi Dench (recientemente galardonada con el Oscar a la mejor actriz).

El fin del cine Todo es demasiado evidentemente gay en las películas de Jarman, como si estuviera burlándose un poco de los íconos (y los límites) de esa cultura: desde el mártir del cuerpo horadado hasta la reina de la discoteca. La garantía de eficacia política del cine de Jarman es su capacidad para circular fuera de los pactos de reconocimiento de la fraternidad (global, internacional) de homosexuales. Como David Leavitt, novelista de la causa, Jarman problematiza la idea de un arte completamente subsumido en una cultura. Si Leavitt opta por el realismo novelesco, Jarman se instala en el vanguardismo cinematográfico. Las películas de Jarman experimentan con el anacronismo y el fragmento como sólo las de Godard, antes que él. Wittgenstein (1993) es una obra maestra del fragmentarismo, basada en la vida y la obra de Ludwig Wittgenstein, uno de los más grandes filósofos del siglo XX (en el guión participó el teórico marxista Terry Eagleton). El niño Wittgenstein se anuncia a sí mismo como un prodigio, presenta a su familia vienesa, juega al tenis y debate problemas filosóficos con un marciano. Blue (1984) es el testamento cinematográfico de Jarman. Película sin imágenes, sobre una pantalla permanenentemente azul se escucha la voz del autor, reflexionando sobre su obra y su experiencia de vida. Es un experimento radical que lleva el cine hasta el límite agónico que lo hace coincidir con la propia experiencia de vida de Jarman (que para ese entonces estaba ciego).
De modo que si bien es cierto que la obra de Jarman es interior a la cultura gay, puede leerse con prescindencia del sistema de complicidades que es hoy la homosexualidad globalizada.
En todo caso, el cine de Jarman es de un vanguardismo raro precisamente porque sexualiza los experimentos cinematográficos que propone. Porque Jarman postula que debe haber una "vanguardia maricona", es que hoy pueden leerse, retrospectivamente, las vanguardias de principio de siglo con toda su potencia sexual. Y así, los recortes y pegados surrealistas de Hanna Höch pueden entenderse como "vanguardia de mujer" mientras que el mingitorio de Duchamp es el ejemplo más obvio de "vanguardia masculina".
http://linkillo.blogspot.com

martes, 27 de diciembre de 2005

Decalogo del buen heterosexual


1.- Si te dicen que la homosexualidad es "natural", diles que la copulación con animales o entre padres, hijos y hermanos también lo es.
2.- Si te dicen que una pareja homosexual es igual a una heterosexual, diles que la naturaleza solo otorgó el don de la procreación a la unión de la mujer y el hombre.
3.- Si entras en una charla religiosa y alguien intenta insinuarte que la Biblia tolera o hasta glorifica la homosexualidad, corta toda discusión, recordándole que según el génesis, cuando Dios advierte que el hombre está solo y eso no es bueno, le elige por compañera a una mujer.
4.- Si te dicen que la pareja estable de homosexuales debería tener el derecho de adoptar "hijos", diles que desde mucho tiempo antes de cualquier activismo igualitario
homosexual, la sociedad -en virtud del principio de sustitución- había restringido la adopción a matrimonios legítimos, dejando a un lado individuos solteros o parejas no unidas en matrimonio y nadie hablaba de discriminación entonces.
5.- Recuerda siempre que la adopción es un derecho de los adoptados y no de los adoptantes y que entre los juristas está establecido que tal "derecho de adopción"
no rige siquiera para las parejas heterosexuales. Diles también que no pretendan que el Estado les obsequie lo que la naturaleza les niega, pues en ese caso
se estaría discriminando en contra de los heterosexuales.
6.- Si por defender la heterosexualidad, te dicen que eres un homosexual reprimido, diles que sí, que lo eres, al igual que eres un bestialista y un incestuoso reprimido. (Si necesitas dejar en claro tu machismo o femineidad, agrégales que nada te cuesta reprimirte)
7.- Ten presente que el tabú del incesto es consustancial a la familia heterosexual, para asegurar su unidad y funcionalidad y que, en consecuencia su reemplazo por clanes hedonísticos encargados de la crianza de los niños, sin nexo biológico, llevará a una progresiva culturización contra dicho tabú.
8.- Si te dicen que en las escuelas debería hacerse una enseñanza apologética o igualitaria de la homosexualidad con la heterosexualidad, diles que ello no es posible
porque la educación es antes que nada una formadora de valores y que por tal motivo no se hace en ella la apología del adulterio, la infidelidad, el sexo promiscuo, la uniparentalidad provocada o el concubinato, ni se pone estos disvalores en igualdad con el ideal de familia y matrimonio, como unidad reproductiva eficiente de la sociedad, al margen de cualquier culto religioso, pues ella brinda no solo amor y manutención al niño, sino los primeros principios de autoridad y socialización.
9.- Si te dicen que el matrimonio heterosexual no es perfecto (remarca de todos modos la redundancia de esta expresión) diles que la pareja homosexual lo es menos.
10.- Aprende a diferenciar siempre al individuo homosexual que debe ser respetado y al activismo gay como conciencia
de minoría que puede sentirse discriminada, lo que es admisible, de la ideología y partidismo político igualitarista gay,
(de lo que participan también heterosexuales) que sí es pernicioso para la sociedad, por implicar, básicamente,
una irradiación hacia el resto de la vida
social y política, de una indiferenciación de valores y órdenes que conduce a la anarquía y a la anomia y que es, además, violatorio de los derechos de la mayoría heterosexual.

Roberto Baldini, abogado argentino...

La increíble historia del chico que se prostituía por Internet


El chico, de 13 años, estaba sentado en su hogar californiano, con los ojos fijos en la computadora. Nunca había estado entre los chicos más populares y hacía mucho que había recurrido a Internet para encontrar amigos. Pero aquel día la fascinación de Justin Berry por el ciberespacio iba a cambiar su vida.

Unas semanas antes Justin había instalado una cámara en su computadora (webcam) con la esperanza de poder relacionarse con otros chicos. Sin embargo, los únicos que habían respondido eran hombres que le mandaban mensajes mientras contemplaban su imagen. Para Justin no eran más que unos amigos que le halagaban y le hacían regalos.

Una tarde de 2000, uno de sus espectadores le envió una propuesta: estaba dispuesto a pagarle 50 dólares si posaba sentado frente a su webcam, con el torso desnudo, durante tres minutos. El hombre explicó que Justin pronto recibiría el dinero. Justin se quitó la camiseta. "Pensé que, al fin y al cabo, me quitaba la camisa gratis en la piscina —explicaba hace poco—. ¿Cuál era la diferencia?".

Así comenzó la vida secreta de un adolescente al que engatuzaron para vender imágenes de su cuerpo en Internet durante cinco años. Este alumno brillante y aficionado al fútbol se vio arrastrado a ofrecer un espectáculo delante de la webcam —desnudarse, ducharse, masturbarse e incluso tener relaciones sexuales— para un público de más de 1.500 personas que le pagaron en esos años cientos de miles de dólares.

La siniestra historia de iniciación de Justin es un efecto secundario de los avances tecnológicos. Hay menores que crean, muchas veces bajo el patrocinio de adultos, páginas pornográficas pagas en las que colocan sus imágenes. Y lo hacen desde la intimidad de sus hogares, con los padres al otro lado de la puerta.

Una investigación de The New York Times sobre este rincón de Internet descubrió que estos sitios surgieron sin llamar la atención de la policía ni las organizaciones de protección del menor.

No se conoce la dimensión de la pornografía infantil a través de webcam porque es un fenómeno nuevo y clandestino. Pero Justin Berry no está solo, ni mucho menos. Un portal de la Red que anuncia páginas webcam pagas, muchas de ellas pornográficas, enumera un mínimo de 585 páginas creadas por adolescentes. Una consecuencia de las indagaciones del diario es la puesta en marcha de una investigación criminal a gran escala.

En junio, The New York Times localizó a Justin Berry, que entonces tenía 18 años. En varias entrevistas, Justin reveló la existencia de un grupo de más de 1.500 hombres que pagaban por sus imágenes, además de pruebas sobre otros menores identificables que estaban siendo explotados. El diario obtuvo los nombres y los datos de las tarjetas de crédito de los que pagaron a Justin para que actuase ante la cámara, y analizó los antecedentes de 300.

The New York Times convenció a Justin para que dejara el negocio y contribuyera a proteger a otros chicos en peligro, para lo cual le ayudó a ponerse en contacto con el Departamento de Justicia estadounidense. Las detenciones y acusaciones contra los adultos a los que identificó como proveedores y traficantes de pornografía comenzaron en setiembre.

"El hecho de que estemos deteniendo a tantos posibles implicados puede llevarnos a centenares de individuos y quizás a salvar a cientos de niños de los que aún no sabemos nada", explica Monique Winkis, una agente del FBI.

Fuentes de la policía dicen también que, con la cooperación de Justin, han logrado tener una guía para descubrir este sector oculto.

"No quería que esa gente hiciera daño a ningún chico más", explicaba recientemente Justin.

En 2000, Justin vivía con su madre, su padrastro y su hermana pequeña en Bakersfield, California, una ciudad de 250.000 habitantes. Tenía ya tal destreza con la computadora que había registrado su pequeña empresa de desarrollo de páginas Web. Por eso se sintió fascinado cuando un amigo le enseñó su webcam. Justin consiguió la suya. "Pensé que me ayudaría a hacer nuevos amigos, tal vez a conocer a chicas de mi edad", dice.

En cuanto Justin conectó la cámara a la computadora de su dormitorio e instaló el programa, su imagen quedó automáticamente registrada en spotlife.com, un directorio en Internet en el que figuran los usuarios de webcam y sus datos de contacto. A los pocos minutos ya le había llegado un mensaje de su primer depredador.

Sus nuevos amigos eran generosos. Uno le explicó cómo crear una "lista de deseos" en amazon.com, donde Justin podía pedir lo que quisiera: accesorios de computadora, películas... Además, los hombres llenaban un vacío en la vida de Justin, cuya relación con su padre, divorciado, era difícil.

Cada vez que su madre le preguntaba de dónde salían esas tecnologías nuevas y el dinero que tenía, Justin le respondía que de su negocio de desarrollo de páginas Web. Justin creía que estaba en algo importante, una gran comunidad de adolescentes con empresas propias. Se les conocía por un nombre famoso en esta subcultura de Internet: se llamaban a sí mismos "putas de cámara".

A principios de 2003, un ex compañero de clase encontró videos pornográficos en Internet, sacados de la página de Justin, hizo copias y las repartió por la ciudad. Justin fue objeto de burlas y palizas. En febrero se produjo otro suceso traumático. Justin estaba volviendo a hablarse con su padre, pero desapareció. Poco después llamó a su hijo desde México. Justin le pidió que le dejara ir con él. El chico cuenta que le confesó los detalles de su negocio y que la nueva relación pronto se convirtió en colaboración. Justin creó una nueva página Web que llamó mexicofriends. En ella aparecía practicando sexo en directo con prostitutas. Pronto se convirtió en una página muy popular, y Justin en una de las estrellas juveniles más solicitadas de la pornografía por Internet.

Justin intentó romper con su vida varias veces. En junio empezó a comunicarse por Internet con una persona que nunca le había enviado mensajes. Justin temió que fuera un agente del FBI. Se encontraron y descubrió que el hombre era el autor de esta nota.

En las últimas semanas, Justin ha vuelto a casa de su madre. En su último día juntos, ella lo llevó al aeropuerto. Mientras lo abrazaba para despedirse, le dijo que por fin había vuelto el hijo que conocía.

Kurt Eichenwald. THE NEW YORK TIMES

jueves, 22 de diciembre de 2005

Para que la ley se parezca a la realidad


Buenos Aires, 21 de diciembre de 2005.
Cuando se cumplan las doce de hoy, el primer paso hacia la protección de las nuevas familias habrá sido dado. Entonces, cuando la Comunidad Homosexual Argentina se presente en la mesa de entradas del Senado de la Nación, tendrá un número de expediente legislativo el proyecto de Ley Nacional de Unión Civil que habilita a las parejas del mismo sexo –a las de cualquier sexo, sería mejor decir, ya que todos y todas podrán optar por este régimen– a usar el mismo nombre, compartir su patrimonio, heredarse del modo en que decidan y, sobre todo, adoptar niños y niñas con los mismos deberes y derechos que los matrimonios tradicionales. En definitiva, si este proyecto, que al revés de Cenicienta empezará a ejercer su hechizo a partir de las doce del mediodía, se convierte en ley, el derecho a constituir una familia dejará de ser privativo de parejas heterosexuales.
Fue la camarista federal Graciela Medina quien redactó un proyecto que detalla con minuciosidad los derechos pero también las responsabilidades que les cabrían a las parejas que opten por este tipo de unión. Pensada para quienes eligen compartir su vida con alguien del mismo sexo, pero apta para cualquiera que prefiera pactar el modo en que va a relacionarse con libertad, pero contando con la protección del Estado en esas decisiones. Medina, quien también elaboró la letra de la Ley de Unión Civil que rige en la ciudad de Buenos Aires, estará este mediodía participando de la conferencia de prensa en la vereda del viejo edificio de la Caja de Ahorro donde funcionan parte de las oficinas del Senado Nacional. “Estoy trabajando en este proyecto desde 2003, analizando los antecedentes internacionales y buscando el modo más apropiado de no dejar ningún cabo suelto”. De convertirse en ley, la unión civil a nivel nacional modificaría el Código Penal, el Procesal y sobre todo el civil, en los capítulos que hablan de la herencia, el nombre, el estado civil y el derecho a adoptar.
“Hay muy pocas leyes en el mundo que tengan tantos artículos como este proyecto; la ley española, por ejemplo, tiene solo cinco –admite Medina–. Hubiera sido fácil redactar uno o dos que homologuen derechos y responsabilidades de la unión civil a los del matrimonio, pero yo parto de la base que esa es una institución creada para un hombre y una mujer y los miembros de la comunidad así lo quieren”.
¿Los de la Comunidad Homosexual también? “Seguro, porque es una figura hiperregulada y ligada a la Iglesia. Y como forma de regulación ha recibido críticas del feminismo y de otros sectores por el modo en que jerarquiza los géneros. Entonces empezamos a pensar en una figura nueva que contara con alta protección jurídica del Estado pero más respetuosa del poder de decisión de la pareja”, sintetiza Marcelo Suhntheim, secretario de la CHA y unido civilmente al presidente de la organización, César Cigliutti. Aunque si se consigue el estatus de ley para este proyecto nuevo deberán revalidar su vínculo ante un registro civil, como cualquier matrimonio. “Es que en el ámbito de la Ciudad la unión civil tiene un valor simbólico y administrativo, sólo a nivel local”, agrega.

Decisiones libres
El proyecto de Ley Nacional de Unión Civil contempla –haciéndose eco de las críticas mencionadas por Suhntheim– que las o los consortes (se llaman así para diferenciarse de las o los cónyuges) elijan si usar ambos apellidos como nombre común, o el de cualquiera de los dos, tanto para llamarse a sí mismos como a los hijos comunes. Que, obviamente, si hablamos de parejas del mismo sexo, serán adoptados por la pareja o por uno de los dos, si es que la otra parte tiene hijos o hijas biológicos.
Pero también deja caer, como a una sota en un partido de chinchón, a la monogamia como modelo único de pareja fundante de una familia: “La fidelidad ya no se exigirá a los o las consortes ni la infidelidad será causal de divorcio”, dice el secretario de la CHA. Para disolver el vínculo alcanzará con que una de las partes manifieste la voluntad de hacerlo, lo que es lo mismo que decir que ni siquiera hará falta el mutuo acuerdo.
Sí, en cambio, habrá división de bienes gananciales, aunque todo lo referido a la cuestión patrimonial podrá pactarse de antemano. Si así no lo hicieren, los bienes se considerarán propios o gananciales del mismo modo que en un matrimonio común y corriente. Para el pago de cuota alimentaria, si no hay hijos o hijas en común, la parte que reclama deberá acreditar la necesidad de recibirla. Si no, no habrá cuota. Y en el caso de la herencia, el participante de la unión civil heredará igual que un cónyuge pero no forzosamente. Es decir, que se puede testar su 50 por ciento, en todo o en parte.
Todos estos bemoles en cuestiones patrimoniales y de sucesión, igualmente que las de divorcio, se dirimirán en juzgados de familia. Porque si bien no se habla de matrimonio, sí se considera a estas uniones como familias con plenos derechos.

El quid de la cuestión
Tanto la CHA como la autora del proyecto, Graciela Medina, esperan que sea tomado por las y los legisladores para discutirlo y mejorarlo. De hecho, antes de las últimas elecciones, la mayoría de quienes han sido electos se manifestaron a favor de la unión civil para parejas del mismo sexo. Claro que la discusión se dará en torno del derecho a adopción. Desde la derecha que representaron Mauricio Macri y Ricardo López Murphy se escucharon los “no” más rotundos.
“Yo misma estaba en contra de la adopción por parte de parejas del mismo sexo, pero después, analizando la legislación internacional y el derecho consuetudinario, me di cuenta de que negando esta posibilidad estaba desprotegiendo el interés superior de niños y niñas. Porque de hecho hay parejas homosexuales o de lesbianas que crían hijos juntas y negarles derechos a la obra social, la herencia e incluso el cuidado en caso de fallecimiento del padre o madre biológico es negarles todo”, admite Medina.
Lo cierto es que este modelo de amparo de las nuevas familias comenzó su camino legal. El debate ya se abrió hace tiempo y es probable que sean muchas las parejas heterosexuales que opten por un modo de unión más libre y basado en las propias decisiones autónomas. Lo demás está por verse.

Los puntos centrales del proyecto

- La unión civil es el compromiso de dos personas mayores de edad y capaces que expresan su consentimiento ante autoridad competente de hacer vida en común y de respetar los derechos y obligaciones vinculados con este estado con independencia de su orientación sexual e identidad de género.
- Los miembros de la unión civil se deben mutuamente asistencia, respeto, solidaridad y alimentos.
- El miembro de la unión civil que reclame alimentos del otro debe probar la falta de medios personales para mantener el nivel de vida del que ha gozado hasta la formulación del pedido.
- Los miembros de la unión civil deben convivir en una misma casa, a menos que, por circunstancias excepcionales, se vean obligados a mantener transitoriamente residencias separadas.
- La unión civil debe celebrarse ante el oficial público, en su oficina o donde las reglamentaciones locales autorizan, públicamente, compareciendo los futuros miembros de la unión civil en presencia de dos (2) testigos y con las formalidades legales.
- En el acto de la celebración de la unión civil, el oficial público debe leer a los futuros miembro de la unión civil los artículos 27 a 29 de la ley, recibiendo sucesivamente de cada uno de ellos la declaración de que quieren respectivamente constituir una unión civil, y debe pronunciar en nombre de la ley que quedan unidos en unión civil.
- Quedan incluidos en la calidad de beneficiarios de las obras sociales: a) El miembro de la unión civil. b) El hijo del unido civilmente.
- En caso de muerte del jubilado, del beneficiario de retiro por invalidez o del afiliado por actividad, gozará de pensión el miembro de la unión civil sobreviviente.
- El trabajador gozará de las siguientes licencias especiales: a) Por celebración de unión civil, diez (10) días corridos; b) por el fallecimiento de su pareja en unión civil, tres (3) días corridos.
- Se establece la prestación de asignación por unión civil, que consistirá en el pago de una suma de dinero, que se abonará en el mes en que se acredite dicho acto ante el empleador.
- Los beneficiarios del Sistema Integrado de Jubilaciones y Pensiones gozarán de una prestación por su pareja en unión civil.
- Los unidos civilmente pueden adoptar en forma conjunta.
- El unido civilmente es sucesor del causante, no es heredero forzoso, concurre con los descendientes y ascendientes y excluye a los colaterales en la sucesión del otro miembro de la unión civil.
- Los miembros de la unión civil responden solidariamente por las obligaciones contraídas por uno de ellos para solventar las necesidades ordinarias del hogar o el sostenimiento y la educación de los hijos.
- Los miembros de la unión civil deben contribuir a su propio sostenimiento, el del hogar y el de los hijos, en proporción a sus recursos. Esta obligación se extiende a las necesidades de los hijos incapaces de uno de los miembros de la unión civil que conviven con ellos.
- A falta de una declaración común de disolución realizada ante escribano la disolución debe ser dictada por el tribunal con competencia en materia de familia a pedido de cualquiera de las partes, siguiendo el procedimiento más breve que establezcan las leyes locales.
- Los unidos civilmente pueden usar un apellido común que adicione los dos apellidos de las partes, o elegir utilizar uno de los apellidos de las partes.
- A falta de una declaración común de disolución realizada ante escribano la disolución debe ser dictada por el tribunal con competencia en materia de familia a pedido de cualquiera de las partes, siguiendo el procedimiento más breve que establezcan las leyes locales.

“Proteger e igualar derechos”

Un grupo de juristas, que revisó el proyecto de ley de unión civil para asesorar a la CHA, consideró que la aprobación de la norma a nivel nacional sería un avance para la Argentina y la pondría al nivel de los países más avanzados jurídicamente. En el Congreso, la CHA también cosechó algunas adhesiones: la senadora Vilma Ibarra y la diputada Diana Conti se mostraron a favor del proyecto. “Es absolutamente necesaria una ley que iguale en derechos a los que tienen una orientación homosexual”, sostuvo Conti. “La unión civil viene a proteger a las personas que mantienen relaciones de hecho”, agregó Ibarra.
Pablo Slonimsky es abogado del Centro Simon Wiesenthal y es autor de cuatro libros de legislación sobre discriminación. “Me parece que el mundo va inequívocamente hacia a la igualdad de derechos personales. No hay argumentos serios para privar a una persona de estructurar su vida de la manera que le parezca”, consideró, en diálogo con Página/12. “Hay una moralina contra esas leyes fuera del tiempo. Nunca vi oposiciones jurídicas, con argumentos serios, contra este proyecto. Va a ser muy difícil en el futuro limitar las expresiones de amor”, destacó el jurista. “La unión civil se vincula con los derechos de los interesados: con respecto a las obras sociales y a la legislación hereditaria”, aseguró.
“Es una modernización desde el punto de vista legislativo, que se ajusta a lo que está sucediendo en los países civilizados. Es un gesto de sinceridad: mantenemos un concepto de familia que no representa lo que ocurre”, afirmó el profesor de derecho civil de la Facultad de Derecho de la UBA Eduardo Molina Quiroga, que concedió que “se puede discutir si equiparar o no con el matrimonio es adecuado. Pero lo que se quiere transmitir es que los homosexuales tienen los mismos derechos”. “No podemos mandar a la clandestinidad a un grupo de personas que está ejerciendo su proyecto de vida, pero encuentra esta limitación jurídica”, graficó.
Por su parte, Ibarra consideró que el proyecto “abre un debate interesante, que es importante dar en esta sociedad. Regula una situación que de hecho existe y que, como sociedad, no le estamos dando respuesta”. La senadora destacó que “esto no viene a equiparar la institución del matrimonio, pero las parejas gays están sometidas a una situación de injusticia. La unión civil viene a proteger a las personas que mantienen relaciones de hecho”. Conti sostuvo que “es absolutamente necesaria una ley que iguale en derechos a los que tienen una orientación homosexual, que los equipare en todos los derechos que tiene el matrimonio heterosexual. Va a ser un proyecto de ley que yo apoye especialmente”.
Como senadora, Conti patrocinó un libro de la CHA donde se aborda el tema de la adopción por parte de parejas homosexuales. “El tema de la adopción va a ser uno de los más discutidos. Pero hoy no existe una familia tipo, sino familias heterogéneas. La Argentina tiene la posibilidad de tener una institución como existe en Canadá y otros países para que se conformen familias con personas del mismo sexo”, dijo Conti. “En principio, estoy de acuerdo”, coincidió Ibarra. “Todos los estudios serios, tanto nacionales como a nivel mundial, demuestran que no hay daño ni riesgo para los niños. Lo importante es que exista una familia que contenga al niño de forma responsable”, destacó. “En nuestro país, hay montones de chicos en situación de abandono y no tengo ninguna duda de que podrían estar en un hogar, sea heterosexual u homosexual”, concluyó Slonimsky.

Marta Dillon
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