sábado, 18 de octubre de 2008

Mal pagao


Tarde llegan para Miguel de Molina los homenajes y el amor de España que, otra vez, a cien años de su nacimiento, lo quiere muerto, pero en su tierra. Perseguido tanto por rojo como por homosexual, el artista de las blusas a lunares y el lujo recargado propio de mantones de Manila no condicionó su coming out al termómetro de la falsa tolerancia sino que pagó el precio de su libertad con lágrimas; aunque resistiendo con risas y cachondeos.

Miguel Frías Molina, como es habitual en la tradición gay, no tuvo un solo nombre sino varios: Miguel de Molina, “Niño Bonito” o “La Miguela”. Recordarlo no es llegar tarde a la conmemoración de su nacimiento, que fue en Málaga el 10 de abril de 1908, sino volver atemporal el homenaje que se debe a los precursores, aquellos que no sometieron su coming out a los vaivenes de la tolerancia sino que vivieron pagando el precio de su libertad con lágrimas, pero resistiendo con risas, cachondeos y hasta bravuconadas, como cuando decía frente al público: “Mi nombre es Hércules”, y luego, poniéndose de espalda, “para mis amigos Her... culito”.

Su expulsión de España, luego de la Argentina, por su condición de rojo y homosexual, publicitada como ejemplar, resultó paradójicas en cuanto sensibilizó sobre la existencia de un castigo sin delito y ejercido sobre un personaje popular, aplaudido hasta por sus enemigos.

Miguel de Molina murió el 15 de marzo de 1993. Es probable que no haya llegado a concurrir a ninguna Marcha del Orgullo, pero su autobiografía Botín de guerra, coordinada por Salvador Valverde con investigación de su sobrino Alejandro Salade, debería formar parte de un archivo queer nacional; el hecho de que su autor haya dejado múltiples apuntes de su puño y letra autoriza a que se denomine al libro “autobiografía”. Molina utilizó para contar su vida el dorso de hojas de radioteatros en el que escribía con tinta de distintos colores (¡ay, cuánto marca la política de la blusa!). De ese modo ahorraba con esa monotonía de niño de dos guerras que, si lo dejan y aun cuando haya hecho fortuna, se empeña en hacer papel higiénico con diarios viejos abollados con las manos y cortados en cuadraditos para colgar de un gancho junto al inodoro. Los cuadernitos eran apaisados, la originalidad ante todo.

Hijo de un zapatero y una empleada doméstica, sobrino de una usurera con colmao y nieto de un exportador de pasas de uva con un sentido muy estético –las envasaba en latas con imágenes de bellas andaluzas de mantilla–, Molina tuvo una infancia pobre, pero inventora. Lo primero que se le ocurrió fue armar con unas tablas un escenario para entretener a los niños de su barrio de Salamanca, mientras sus madres trabajaban en las fábricas. En Botín de guerra dice en broma haber inventado el jardín de infantes, pero el poeta Fernando Noy diría que puso niños en barbecho. Empezó su carrera organizando juergas por Andalucía, pero antes fue ayudante en quilombos más o menos encubiertos, como el de Pepita la Limpia, en donde era chico de los mandados, bueno para conseguir la mejor pescadilla y la sidra de oferta, entre personajes que rodeaban el ambiente del toreo y del cante jondo y que llevaban alias como Antoñito el Divino, Pepita la Modernista o Curro Candao. En Marruecos conquistó a un príncipe árabe al que los disturbios políticos hicieron huir del palacio sin “concretar” con el joven al que llamaban “Niño Bonito” y que había llegado en barco desde Algeciras.

Pero el niño bonito supo encontrar un argumento para su gusto por los muchachos más arábigo que griego, y en Botín de guerra se lo adjudica a un proxeneta con fez de fieltro colorado y borla de seda negra: “Me dijo después que muchos de esos hombres pertenecientes a una raza viril y ardorosa sostenían el rito del amor con una gran pureza y rechazaban la palabra ‘sodomía’ por considerarla despectiva para el elevado concepto de la iniciación amorosa de muchos adolescentes”. Su verdadero debut fue con un moro llamado Samido y lo cuenta como calcando la canción que lo hiciera famoso, “Ojos verdes”: la noche de pasión, el silencio elocuente sobre lo acontecido, como encareciéndolo y el despostar embelesado “y nunca una noshe maj bella de mallo he vuelto a viví”.

Botín de guerra

Miguel de Molina dice no haber grabado más que veinte temas: las películas en que participó andan por ahí (Luces de candilejas y Así es mi vida), pero los cortos Pregones de embrujo y Luna de sangre se perdieron. Queda la memoria precaria de los que lo vieron en vivo y de los que desplazan su imagen a la de Manuel Banderas cantando “La bien pagá” o “La niña de la ventera” en Las cosas del querer.

Lo suyo no era el cante, pero enrulaba los finales y sabía arrancarse el taconeo con una fuerza persuasiva que le valió que le dieran el papel de Carmelo en El amor brujo de Falla. Soledad Miralles y Amalia Isaura fueron sus compañeras antes de que la blusa inventada, la cinturita de avispa, los pininos aprendidos en las cuevas del Sacromonte, le dieran para solista.

Fue republicano sin énfasis, actuó de ese lado, amó a algún miliciano, firmó solicitadas, no ocultó su devoción por Lorca. “¿Entonces, por qué a mí?”, solía preguntarse.

Su rival tenía un nombre inquietante, “Concha”, que a él debía despertarle imágenes tan impresionantes como la ídem que Alejandra Rampolla utiliza como utilería pedagógica en tamaño catástrofe: cuando la pupila Camelia quiso iniciarlo en lo de Pepita la Limpia, él se replegó en su lecho de engripado: estaba caliente, pero de fiebre. Sin embargo, no faltaron mujeres que lo amaron con obsesión, como una tal Mami Malena, que era de la oligarquía argentina, y la misma Amalia Isaura, más una serie de monjas y madamas que lo llenaron de preferencia y zalamería con esa pasión de algunas hétero por el gay confidencial y de lengua desatada. Concha Piquer era franquista y las revistas del corazón insistían en que había provocado la expulsión de España de Miguel de Molina.
Fernando Noy dice que lo de la Piquer era un mito de la farándula.

–Una vez Miguel nos citó con Paco J’mandreu en Plaza Italia –cuenta el poeta–, porque se ve que ahí iba a comprar revistas, venía con la bolsa de la feria con un repollo, zanahorias, no sé si flores. Estaba como escondido entre los puestos, como temeroso, porque tenía ese lorquismo de la persecución política. Yo quería hacerle un reportaje para la revista Privado. Me pidió 200 dólares, porque la loca, una vez que se le abolló la luz, había puesto el taxímetro. Yo quedé en consultar con el director de la revista. El apareció por esos días en el programa de Susana, pero cuando yo ya tenía el ok, se murió. Me acuerdo de que nos contó que Conchita Piquer no había sido la que pidió su expulsión sino que su enemigo era un alto miembro de la Falange, padre de uno de sus amantes.

Reprimir exige sus burocracias. En la España de Franco, primero se lo torturó, luego se le prohibió trabajar, y luego se lo desterró en pueblos sin salida al mar: Cáceres y Buñol. El 10 de noviembre de 1939 es una fecha que no olvidó. Acababa de comunicar a su empresario que cumpliría el contrato por el que ganaba diez veces menos que antes de la Guerra Civil a cambio de seguridad falangista y que luego se pondría de independiente con su compañera Amalia Isaura. En el Pavón de Madrid hizo función a la tarde y se fue a descansar a su camarín. Lo vinieron a buscar tres tipos que él describe en Botín de guerra como gangsters al estilo hollywoodense: las solapas de las camperas velando el rostro, cinturones gruesos y boinas vascas. Allí los nombra con eufemismos como “el sindicalista del espectáculo” o “el escritor más conocido por sus servicios al franquismo que por su obra”, el responsable de la Dirección General de Seguridad de Madrid –a éste sí lo identifica, se llamaba Mayalde–. El relato tiene los detalles de toda detención ilegal; el descampado adonde lo llevan puede ser el mismo de Operación Masacre, la misma sensación del sobreviviente de que los agresores, luego de cumplida su misión, permanecen emboscados para rematar, el mismo deambular cubierto de barro y sangre ante puertas que se cierran y autos que no se detienen. Le dan “máquina” –él escucha la palabra y se aterroriza, tal vez el significado de la palabra sea universal–, pero no se trata de la picana: le cortan el pelo como a mordidas en esa tradición facha de castigar a lo coiffeur. Lo tratan de rojo y maricón mientras le rompen los dientes y el labio. Luego le hacen beber aceite de ricino como si quisieran aleccionarlo en el lugar por donde lo acusan de gozar. Molina aclara que, como no ha comido nada, larga el ricino como un grifo. Todo el relato destila una conmovida identificación con Federico García Lorca, de quien era fan, aunque el granadino prefiriera la machorrez de Ignacio Sánchez Mejía al “Niño Bonito” adicto a las blusas de lunares. El deseo de hombre a hombre o de mujer a mujer siempre busca una aguja en un pajar y la encuentra: en Cáceres, Molina se hace amigos de dos alférez falangistas, uno de los cuales es poeta y con el que tiene un romance; en Buñol se desnuda en las acequias con un tal Rex.

No llores por mí, Argentina

Años después, en la Argentina, en donde se blanqueaba cantando “Ojos verdes” en programas familiares emitidos por Radio Belgrano, forradísimo de plata por la marca de aceite Ricoltore, y mientras arrasaba en el Avenida taconeando con golpes de yunque, la detención bajo el gobierno del general Ramírez fue legal. Sucedió el 31 de julio de 1943. Entonces hizo esperar a la policía y se cosió diamantes en los hombros de la chaqueta; ya antes, en la España en donde se le cambiaba la letra a “Ojos verdes” (en lugar de “Apoya en el quicio de la mancebía”, había que decir “Apoya en el quicio de tu casa un día”), en momentos de justificada paranoia, había escondido joyas en un pan con sobrasada. Según Juan José Sebreli, en su Historia secreta de los homosexuales en Buenos Aires, Molina era habitualmente amenazado por las revistas Cabildo y Pampero; cuando subió al Monte Urbasa que lo devolvía a España, lo hizo esposado. Sebreli dice que lo que Molina describe en su autobiografía como “una invitación a salir del país” era la aplicación de la Ley de Residencia 4144 que daba al Poder Ejecutivo una coartada legal para librarse de inmigrantes con ideas anarquistas o de izquierda.

Durante su prisión en Devoto le tocó compartir celda con un comunista que le daba la lata ideológica; nada que ver con El beso de la mujer araña, el Molina verdadero no se enamoró del militante, ni le contó películas: el tal Leonardo no conocía ninguna copla y, al parecer, no tenía siquiera el encanto del profesor de Los compañeros.

Miguel de Molina volvió a Buenos Aires luego de recibir la venia de Evita, que lo comprometió a hacer patria peronista pidiéndole algunas actuaciones a beneficio: la más notable fue en el Teatro Colón, en donde él se mostró astuto al no sobrepasar la zona de la corbata para disimular su voz chiquita, que el ambiente de los sindicatos aplaudió ruidosamente, incluido Domingo Mercante, que en el ’46 haría prohibir en provincia el voto a los homosexuales. Molina participó en fiestas de homenaje a Perón y Evita, donde él aceptó cantar hasta “La otra” que pertenecía al repertorio de Conchita Piquer y a la que se le atribuía el haber dicho al pasar por Buñol: “Aquí está recluido el maricón de Molina, al que yo hice que le prohibieran trabajar”.

Aquí su popularidad fue inmensa: alcanzó el más alto grado de fama como la Dolores de la copla, dando pie a estribillos burlescos. “En ese momento –escribe Malva Sáez en su libro Pequeñas historias diferentes– era tal su popularidad que de inmediato el ingenio popular se hizo escuchar por intermedio de una copla, cuya música respondía a una conocida ‘seguidilla’ llamada ‘La niña de la ventera’. La letra fue la siguiente: ‘Que tendrá Molina que está en Devoto / El traje a rayas y el culo roto / Su madre le ha regalao un culo para cagar / Pero el hijo de puta lo usa para culiar...”

En Botín de guerra, Miguel de Molina identifica como el responsable de sus dos expulsiones a un funcionario de Relaciones Exteriores, secretario de Serrano Suñer, con atributos fuera de España, que terminó cayendo luego de manosear a un agregado militar de un país centroeuropeo en un cabaret de Madrid. Durante un reportaje que nunca se publicó, porque él se negó a cargar las tintas contra la Piquer, se vengó, sin embargo, de ella, a la manera de una gran loquesa, es decir con una maldad colateral; la Piquer le habría pedido que le enseñara a dar unos pasos por bulerías: “Ya que la gente comentaba nuestra competencia, su pedido me pareció un acto de caradurismo, pero acepté enseñarle los pasos. El resultado fue fatal porque para bailar por bulerías hay que saber colocar los pies juntos para arrancarse bien. Concha tenía los pies abiertos, como Chaplin. Ahí se probó una vez más que, en toda su vida, no podría bailar un paso de flamenco”.

Epígonos

Miguel de Molina siempre se preguntó por qué había tanta saña con él, sospechando que la homofobia nunca es tan coherente, ni tan especializada. En pleno franquismo, su colega Vianor mariconeaba de lo lindo en San Sebastián y nadie le tocó un pelo; un tal Mirko abandonó la bata de cola por el traje masculino y no cambió de repertorio: nadie lo molestó. El nunca había llegado a cantar cuplé vestido como una manola como se estilaba en la monarquía. Se vistió de mujer en la infancia, sólo para emparejar una barra de niños bailaores de sevillanas en donde había cuatro chicos y dos chicas. Cuestión de contabilidad y él, como siempre paranoico, se apresura a declarar en su libro, “me imagino las lucubraciones y deducciones que estarán haciendo con esta confesión los aprendices de psicólogos”.

Su política de la blusa fue un invento genial y un eufemismo. La primera tenía dos metros de ancho, era georgette verde Nilo con lunares de terciopelo del mismo color bordeados de bijouterie: “Estaba de dulce”, se conmueve en Botín de guerra.

Antes de instalarse en Buenos Aires se le adelantó Juan José Padilla, el gitano enigmático al que luego la aparición del original dejó sin trabajo. En Madrid están dando Miguel de Molina, la copla quebrada de Borja Ortiz de Gondra con producción ejecutiva del sobrino Alejandro Salade; en Buenos Aires, Miguel de Molina, cantares y exilio de Arialdo Giménez, en donde se sigue su autobiografía al pie de la letra a la manera de cuadros vivos, con mucho cambio de vestuario y un aire de colmao abstemio en el Auditorio del Pilar, la tela de las blusas abaratada en el Once y con apliques, pero la voz de la ex Miguela hace olvidar el playback un poco apático. Estas obras, tan sostenidas en su figura como Las cosas del querer, por la que no pudo cobrar ni un peso en nombre de la coartada de la ficción y dos muestras (una en el Museo Evita, otra en el Museo Larreta, en donde se ahorró en catálogo), formaron parte de los homenajes a cien años de su nacimiento. Poca cosa para quien amaba el lujo y no de oferta sino sin reparar en gastos. El gay público de los años ’50 solía subrayarse en pose provocativa, hacía el coming out, pero bajo el axioma “antes muerta que sencilla”. Cuando llegó a la Argentina para trabajar en el teatro Cómico, Molina le hizo torcer el brazo a Lola Membrives, que era la dueña, haciendo poner en el escenario una cortina de brocado color palo rosa, tapizando su camarín de raso y cubriendo el hall con mantones de Manila y capotes. Llegó a exigir un escenario sobre los lagos de Palermo, pero ya retirado concurrió al programa de Susana Giménez sólo a cambio de una nevera, una bicicleta fija, un grabador y una cocina. Antes había dudado en aceptar porque nada quedaba del “Niño Bonito”, pero por último se vistió a todo trapo con brillantes en la camisa, traje de terciopelo negro y capa y fue un éxito. Le gustaban los regalos que sobresalen, como la bandera española de raso hecha por artesanos valencianos que le regaló a Perón y la mantilla de Chantilly y la pollera de encaje de Bruselas que hicieron las monjas de Játiva para la reina Victoria, pero que él compró y regaló a Evita (versión Botín de guerra). La apoteosis del divismo es la caída final como enjuiciamiento de los demás y en su libro no falta: a los choferes que le abollaban el Cadillac o eran borrachos o jugadores; al representante chorro llamado Polín al que no dudó en importarle la esposa y el hijo alquilándoles a todos una suite en el Plaza; a los okupas que le arrasaron el galpón donde guardaba sus cosas de teatro; a los que compraron por una bicoca sus muebles, incluidos los que llevaban grabadas escenas del Quijote o aprovecharon el remate que coincidió con su prisión en Devoto; a los empresarios que lo demandaron por incumplimiento de contrato mientras él estaba preso; a los periodistas que insistían en hacerle hablar de Conchita Piquer y hasta al bailarín Antonio, que lo acusó de ser olfa de Evita y que declaró que Perón se burlaba de él cuando, con el pretexto de hacerle cantar, lo obligó a decir una y otra vez “Yo soy la otra”.

Tarde le llega la Orden de Isabel la Católica y el discurso pomposo: “Don Miguel Frías de Molina, Miguel de Molina va a llevar desde ahora sobre el pecho lo que siempre llevó dentro del corazón, el recuerdo de España, un incontenible amor y una insobornable lealtad a la tierra donde nació”. Bla, bla, bla. Su tumba está en la Chacarita, en donde están enterrados Carlos Gardel y la Madre María. El no había dejado ninguna instrucción que impidiera ese trámite. Ahora su hermana Asunción se opone a la repatriación de restos que reclama España. Después de todo, se puede decir –como broma macabra– que no es la primera vez que su país lo quiere muerto.

María Moreno
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sábado, 4 de octubre de 2008

Sepa por qué no es genético


¿Cómo explicar cómo uno empieza a travestirse? Se me ocurre enumerar una serie de sucesos que hicieron que yo termine caminando por la ciudad con tacos y pollera.

Cuando fui creciendo y sintiendo mis cambios progresivos, llegué a una conclusión: yo me había hecho maricón entre otras cosas por la televisión. Cómo no quieren que salga puto si me crié con el libro gordo de Petete, con esa vocecita de putito, ¿qué era? pájaro, codorniz marica, pingüino trans, nunca lo supe. Encima el nombre: pete... te. Una viene marcada a fuego por la vida. ¿Qué querían que fuera, mecánico del automotor, hachero en el Chaco? Mis dibujitos preferidos: la Pantera Rosa –rosa Dior–; los Autos Locos –me sentía Penélope Glamour–; Heidi, niña virgen y sufrida con el buenito de Pedro al lado que no le tocaba ni una teta en la soledad de la montaña. Heidi seguro era torta y le hacía el cunilingus a Clarita: sí, sí, sí, me lo imagino. Las series de televisión no se quedaron atrás en mi camino travestorro. Los Angeles de Charlie, los Duques de Hazzard y los de Chip, vestidos con pantalones apretados marcando paquete ¡parecían un estereotipo de película porno gay!

Y para coronar esta enumeración televisiva no puedo dejar de nombrar a la reina de las maricas delirantes que fantaseaban con ser ella: Wonder Woman nuestra amada mujer maravilla. El puto no quería ser mujer: ¡quería ser mujer Maravilla! Queríamos el lazo de la verdad porque éramos unas chusmas de mierda, el brazalete que le impedía tragarse alguna bala, el avión transparente. ¡Lo que le costaría encontrar dónde lo había estacionado y limpiarle la cagada de los pájaros! Ese guión lo hacía un maricón fumado.

No tengo más que reírme de esta triste situación de ser llevada a algo tan fuerte como la elección sexual por un medio de comunicación. Aunque no sólo la televisión colaboró. La música, ponele: María Elena Walsh: “El reino del revés” como para que una salga derechita. Pipo Pescador con ese gorro con pompón. “Vamos de paseo, pípípí, en un auto feo... pípípí, pero no me importa... porque llevo torta”. ¿Qué? ¿Iba con María Elena Walsh al lado?

Como para no hacerme puto... como para no travestirme.

Y puedo seguir enumerando sin cansarme y ya se me hace tarde: Sandra Mihanovich, Celeste Carballo, Village People, Madonna, Michael Jackson, Pablito Ruiz, Jimmy Somerville... Pero bueno... la vida sigue y si uno no disfruta de lo que lleva como mochila el peso se torna insoportable. Y para terminar afirmando algo que me costó entenderlo: algunos al verme no podrán creerlo pero lo único “que vale es que soy travesti” y me gusta serlo.

Naty Menstrual
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Lobo está


Con un título que podría servir de piel de cordero para enmascarar a la fiera, la Universidad Católica de Salta propone un seminario que empieza y termina mañana mismo: Perturbaciones en el Desarrollo Psicosexual. Pero los colmillos empiezan a asomar detrás del disfraz con sólo dar un vistazo al currículum de –al menos– la primera de los disertantes: la Prof. Dra. Mabel Guzzo de Borghetti, a quien la Ucasal presenta con orgullo como directora, desde 1994, de Retorno a la Vida (Movimiento Cristiano de Ayuda para la Reorientación del Homosexual). Como su nombre lo indica, este movimiento se inscribe en la corriente de quienes piensan que la homosexualidad es un desvío del camino recto y que es posible volver a él. Heridas emocionales, necesidades afectivas insatisfechas y traumas sin resolver serían las causas de la homosexualidad, causas que pueden corregirse o –en palabras de la doctora Borghetti– “sanar la herida de la heterosexualidad”. Porque, claro, esta gente se cuida de afirmar abiertamente que la homosexualidad sea una enfermedad –aunque incluso ofrecen medicación para contener el impulso de ver pornografía gay–, para no contradecir a la Organización Mundial de la Salud, que desde 1990 –sí, se tomaron su tiempo– la eliminó de su lista de patologías. Sin embargo, el camino que ofrece Retorno a la Vida habla de una vida más feliz –la otra sería desdichada–, integrada en la sociedad y otra serie de sandeces que hace que el disfraz de cordero se deslice cual peluca mal agarrada al viento. En definitiva, con el bello nombre de Retorno a la Vida están declarando sin empacho que del lugar del que podrían reintegrar a quienes acudan en pos de su ayuda no hay nada demasiado vital. He aquí de lo que se trata el seminario de la universidad salteña, ya que el otro disertante es el Lic. Esteban Borghetti, esposo de la señora Mabel, además de pastor evangélico, a quien se lo escuchó disertar a las puertas de la Legislatura porteña cuando en 2004 se intentó aprobar un proyecto sobre educación sexual. “La homosexualidad está fuera del diseño que Dios le ha dado a la sexualidad”, publicó la revista Notivida, en su momento, las compasivas palabras de Borghetti. Nada de esto llama la atención: se trata de una universidad católica, al fin y al cabo, y quienes acudan a tal seminario lo hacen bajo su responsabilidad. El problema está en la segunda línea del currículum de la “Prof. Dra.”, la que habla de que Guzzo de Borghetti es la directora del Departamento de Psicología del Centro de Adolescencia y Sexología del Hospital Rawson, “primer centro nacional piloto de atención al adolescente y modelo para todo el país”. Y allí, como es fácil intuir, no va quien quiere si no quien necesita y no precisamente en busca de un retorno a la vida heterosexual. He aquí tarea para las autoridades competentes: que no haya lobos atendiendo adolescentes.

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Autopsia parcial de un pájaro


Así, Bird, lo llamaban sus conocidos: una corte que incluía a los elencos que daban vida a sus obras y hasta el séquito jamás desinteresado de la crítica teatral. De Tennessee Williams se conoce la sombra de su propia leyenda, su dramaturgia —capaz de dejarlo solo en su propia cima del siglo XX— y unas memorias ahora reeditadas que vale la pena visitar, aun a pesar de la traducción.

La boca guaranga del Bird, como lo llamaban, que no dejó de rezar, por viscosa o seca que estuviera, su pequeña plegaria, efecto de borracheras felices y de las otras, disimulada sin maestría en la disimulada madurez por un bigote más guarango todavía, ganador de un concurso de modelos masculinos que podía pasar de Errol Flynn a Cantinflas (sin, como suele decirse, solución de continuidad) es la que cuenta en esta autopsia superficial, fisonómica, sin interés por cerebelo ni meninges. A nadie se le escapará que la materia que nos ocupa no es la ornitología sino las memorias de una persona que supo proyectarse como leyenda en su propio tiempo, y que se llamaba Thomas Lanier Williams, conocido como Tennessee, concesión amable al milieu del que provenía, río y pantano y mansiones opulentas de columnas blancas. Chozas que improvisan un combo pobre con una tabla de lavar, un peine de dientes enfundados y un palo monocorde. Verano y humo.

Sí, lo llamaban “Bird”, pájaro, los conocidos, un reparto variado y no siempre luminoso de amigos, amigos de los amigos, enemigos acérrimos (entre los que no hay que excluir a los críticos teatrales, George Sanders de ópera bufa, séquito contagiado de ludibrio). Sigamos. La nariz decidida y curiosa del Bird, capaz de aspirar el aire pecador del Sur entero o gótico para exhalarlo ante un museo de jesuitas chismosos y convincentes, proclives a dar por cierta su conversión al catolicismo. El pelo siempre escaso o extranjero del Bird sobre la frente ancha que inventó, sumando las penurias de los personajes a las neurosis de los actores, los elencos disfuncionales del siglo veinte más eficaces para resumir un océano de imágenes y escenas: Blanche Du Bois, Tallulah Bankhead, Claire Bloom, la señora Stone (de abrupta primavera sin esperanza), y Kowalsky, Chance Wayne, Ana Magnani, Jon Voight, Burt Reynolds, Burt Lancaster (poco importa que el segundo Burt nunca haya asistido al casting; poco importa en serio el segundo Burt). El ceño despejado del Bird, con su inocencia ajena a la perplejidad, ajena de veras con voluntad angélica (un dulce pájaro de juventud lanzado al aire se convierte, por obra y gracia de la oxidación, en un heraldo negro con voluntad de quiróptero) al infierno que los otros subalquilan (aunque esos otros fueran el morrudo Gore Vidal de sutilezas dignas de Fairbank, el remilgado Paul Bowles de preocupaciones menos estéticas que gastronómicas o un Glenway Wescott glabro, expuesto al sol como moneda cuya ceca es un águila próxima, vecina, no proverbial ni simbólica, en el álbum vetusto de una marica mexicana de las que se atreven a hospedar turistas embriagados por el exceso de hospitalidad). La barbilla sojuzgada del Bird, huidiza, que tantas molestias le debía de procurar, y que el libre albedrío capilar de los setenta le ayudó a mentir: un esmero heroico que subraya como disfraz taimado las mezquindades propias de Natura.

La hybris (hubris) del Sur del Bird, que enaltece y deroga los linajes y las virtudes latinas, ejemplo vicioso pero de vigencia convencional, proporciona los ejemplos o los derrocha: un taciturno Poe virginiano contra un educado Poe del Este. Un Pound de Idaho capaz de admitir que perdieron la guerra (de Secesión) quienes merecieron ganarla. Un Bayard Sartoris como víctima solemne de la avidez militar del “reino de este mundo que estaba para mí”: el pintoresquismo hegemónico del realismo mágico, ralea sin realeza afantasmada por esa derrota de la inteligencia amparada en los Estudios Culturales. Flannery O’Connor y Carson McCullers. La conveniencia de una atmósfera a la hora de incorporar un mundo. Sí, de nuevo Tennessee Williams: verano y humo.

El libro que con violencia y ternura whitmanianas, de incomprensión simétrica, quisiéramos que leyeran todos son las Memorias de Tennessee Williams, veraces hasta el histrionismo y la nimiedad. En su lánguida presunción de audiencia, no de lectores, en su literalidad abnegada o angustiosa ayudan a hacernos creer que una vida es, nada más, una vida, categoría a la vez insuficiente y cuantiosa.

La vida se cuenta a partir del repertorio disponible de figuras a mano, consultorio de la expresión y las emociones. Vidas muy diferentes se adecuan al estilo, y James Joyce termina pareciéndose a Swift (autor al que vía Beckett vía Cioran no admiraba) por la mera publicación de un epistolario. Según C. E. Feiling, Gore Vidal y Raymond Aron compartían conclusiones éticas y comportamientos sintácticos, aunque escribieran en idiomas distintos. Algo que en aras de una lectura técnica quiere decir: las lealtades.

En los años en que las memorias de Tennessee Williams fueron publicadas por primera vez, a fines de los setenta, parecían no parecerse a nada. Sin embargo, parecen parecerse mucho a las que el informe Kinsey despabiló, vigilia dispuesta a deponer el “yo” de los pudores a la veracidad hiperbólica. Tennessee Williams no incurre en ella. Viola el principio de lirismo autobiográfico precedente: de Anaïs Nin a Dorothy Parker, de Henry Miller a Frederick Prokosch, pero no por eso consagra el ímpetu de los alardes a la actividad sexual. Podemos aprender, vía Tennessee Williams, que un marine entrenado para invadir territorios ajenos puede emitir la quejumbre de su “pequeña muerte” hasta siete veces seguidas, pero no averiguar los detalles circunstanciales ni las condiciones políticas que desataron la invasión.

En el dejo indiferente y afanoso con que el memorialista cuenta el pasado no deja de advertirse que el dramaturgo más importante del siglo veinte sabía ya que su misión carecía de la austeridad y el laconismo exigidos a las obras Verdaderamente Importantes: las declamadas con monótona superioridad metafísica en los escenarios del Gran Hotel Abismo. De Ibsen a Brecht, de Strinderg a Beckett, de Ghelderode a Copi, los arduos demiurgos de estéticas y técnicas ajenas parecen darse el lujo de no inhibirlo. Ni siquiera la variedad de recursos de Lee Strasberg, del taller de al lado, propenso a la tarea de regalarle errores de toda laya. Contra la Historia del Arte, contra la Historia del Teatro (ejecutor de lo efímero en cada una de sus representaciones), Tennessee Williams, el hombre que creció en St. Louis, dueño de una imprudencia local sostenida por la reputación, hace crecer hasta la infancia final que la sucesión atolondrada de anécdotas y episodios, asistida por el vibrato de lo irreconocible, podrá borrar, como un torrente del talento dramático, el acento de un doblaje (en primera persona) de esa materia vital, biográfica, conquistada por la experiencia. La traducción de tal abuso de confianza es igualmente fatídica e inolvidable. Pretende persuadirnos de que los escrúpulos y prejuicios de un idioma pueden ser borrados por otro en el ejercicio de reponerlos a una actualidad dudosa, española. Que esa cátedra corrupta de malentendidos tenga la forma final de un libro es una circunstancia que no podemos repudiar antes de agradecer, como se ha hecho.

Luis Chitarroni
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Ilse Fuskova: A los cuatro vientos


¿Cuándo fue la primera vez que te sentiste atraída por una mujer?

—En el ’85, en Brasil, me enamoré de una militante española. Fue fuertísimo. Estuve casada 30 años, tengo 3 hijos, pero esa atracción no la había imaginado nunca. Yo tenía 56. Jamás me volví a enamorar de un varón. Durante aquel maravilloso encuentro de mujeres en Bertioga, no sólo yo sino muchas mujeres argentinas se descubrieron lesbianas o bisexuales. Eramos dichosas en ese clima exuberante, bailábamos a la noche en la playa y tomábamos caipirinha. Todo eso influyó.
¿Qué te impulsó a convertirte en una lesbiana pública?

—Fueron caminos que se me dieron y que no busqué. Después de Bertioga, viajé a Berlín a ver mi hijo, y al año siguiente a San Francisco. En ambos lugares vi esa realidad de las lesbianas. Estaban orgullosas. No disimulaban para nada: al contrario. Y a mi regreso, ya separada e independiente económicamente, no sentía ningún temor. Así que cuando me llamaron para participar de un programa televisivo no lo dudé. Traía conmigo la imagen positiva de EE.UU. y Alemania, y el bagaje teórico, porque yo leía muchísimo. Me dije: ésta es una opción para todas las mujeres, no sólo para mí.
¿Qué opción, la de hacerse visible?

—La de compartir sentimientos profundos con otra mujer. Me sentí liberada. Era como abrir la puerta de una prisión donde sólo la heterosexualidad era opcional, y en la que si había una relación lésbica tenía que ser en absoluto secreto. Yo sentí que de golpe tenía libertad, información y un gran deseo de gritarlo a los cuatro vientos. Esto fue lo que me dio fuerzas para convertirme en una lesbiana pública. Esto, y un grupo de estudio donde leíamos a Adrienne Rich, su texto Lesbianismo y heterosexualidad obligatoria.
¿Conociste a Rich?

—Sí, en una reunión política en Estados Unidos. Entró al salón sosteniéndose en dos bastones —tiene problemas de artritis— y cuando me dijeron que era ella, me acerqué y la abracé. Se quedó cómo preguntándose qué personaje enloquecido sería yo —porque las norteamericanas no son tan efusivas— y entonces le conté que su texto era como una biblia para nosotras, las argentinas.
Rich también estuvo casada, se separó y se enamoró de otra mujer, y a partir de un momento fue atravesada por una conciencia que modificó para siempre su vida íntima y su vida pública, ¿te sentías identificada con ella?

—Sí, pienso que sí. Creo que cada tanto en las sociedades hay como un espíritu revolucionario que amplía las mentes y empuja a abrir el espacio social. Y a nosotras nos agarró esa ola. Seguro que ella no podrá explicar exactamente. Es sentir que de repente algo te lleva en una dirección. En todo momento revolucionario aparecen ciertas vidas que hacen más visible ese atreverse al cambio. Yo creo que esto está más allá de la decisión propia. Y no es sólo una tarea personal. No se pueden dar clases para hacer ese camino. Es algo sutil, funciona a nivel de la intuición.
Los debates que se armaban en la televisión en los ’90 cuando vos aparecías, mirados desde el 2008, se ven toscos y conservadores tanto de parte de la audiencia como de los conductores. ¿Cómo hacías para responder tan tranquila?

—Me sentía muy segura, no tenía dudas de que eso debía ser dicho y que yo estaba en una situación de libertad. Ni siquiera consulté a mis hijos si ir o no ir a la tele. Eso estaba más allá. Yo lo sentí como una apertura de conciencia social y no podía no hacerlo. Cuando fui al programa de Mirtha Legrand en el ’91, mis propias compañeras feministas me decían: no vayas, te van a querer humillar. No las escuché, asistí a pesar de todo, y fue buenísimo. Terminó el almuerzo con 36 puntos de rating. ¡Con qué seguridad hablé! De alguna manera, yo desarmaba los argumentos de Mirtha. Agradezco haber podido hacer ese camino.
Además aquello te encontró con Claudina...

—Exacto. Porque Mirtha me preguntó de qué origen era mi apellido y le contesté que uso el de mi madre, Fuskova, porque mi familia paterna no quería que usara el de mi padre. Claudina, que también es de origen checo, empezó a escribirme, y yo, que no contestaba la mayoría de las cartas, a ella sí le respondí. Y mirá si no estarían las cosas ya planeadas —por llamarlas de alguna manera— que ella, que en ese momento estaba con mucho trabajo, aquel día se había enfermado y pudo ver el programa. Hay casualidades que no lo son tanto. Si Claudina no se hubiera enfermado no lo hubiera visto. A los seis meses de eso empezamos a convivir y hace 16 años que estamos juntas.
¿Cómo se concretó la publicación de Amor de mujeres?

—También: pura casualidad. Claudina y yo nos decíamos: necesitamos escribir nuestras historias. Yo venía del entorno cultural porteño, donde se suponía que circulaban ideas nuevas, y sin embargo no me descubrí lesbiana hasta los 56 años. En cambio ella, que venía de una pequeña ciudad de Entre Ríos, lo sabía desde los 5. Entonces, pensamos, podía ser muy interesante ver cómo se entrelazaban estas dos vidas. Primero escribimos para fotocopiar y repartir, y después nos pareció que estaba tan lindo que fuimos a tres editoriales con el texto. A los 15 días nos llamó Planeta y firmamos contrato.
¿Cómo ves con el paso de los años la situación de las lesbianas?

—Se ha abierto un espacio muy grande. Por un lado la visibilidad es mucho mayor, aunque todavía una maestra no pueda decir que es lesbiana. Una mujer artista sí. O una mujer como María Moreno puede mostrar lesbianas en la televisión. Ahora, yo me pregunto ¿por qué había poquísimas mujeres en el casamiento de Piazza? Porque todavía les cuesta, incluso a los hombres gays, darnos un espacio.
¿Y no pensás que las mujeres tienen temores o pruritos ante la visibilidad?

—Creo que no es fácil decirlo todavía. Se podrá decir casi con seguridad a nivel académico, o en espacios privilegiados. Pero eso lo tiene que calibrar cada persona. Claudina y yo ya no corremos riesgos en ningún lado por decir que somos lesbianas. Mi experiencia es que cuando lo decís con convencimiento te respetan. Nosotras hicimos la Escuela de Bellas Artes y allí lo dijimos en todas las cátedras. No hubo ningún problema, incluso hicimos circular material teórico y la gente se acercaba para tener más datos.
¿En qué consistían los Cuadernos de existencia lesbiana?

—Al principio fueron historias personales. Compañeras que no estaban dando la cara prefirieron hacerlo así, contando cómo se habían desarrollado esas relaciones, qué peligros sentían. Pero también era necesario hacer circular material teórico. Y yo traduje del alemán, del francés, del inglés, textos de lesbianas europeas y estadounidenses. Los cuadernos inaugurales los editamos con Adriana Carrasco. Eran fotocopias, y estaban escritos con máquinas de escribir. Los primeros compradores fueron chicos gays: Cigliutti, Ferreyra, Carlitos Jáuregui. Ellos querían tener un pensamiento feminista e hicieron un gran trabajo. Más tarde los vendíamos en encuentros, o en acciones callejeras. Las feministas los compraban y las otras también, pero a veces ponían excusas: “Lo quiero para una amiga”, o “tengo una hija confundida”. Mi sueño es sacar los 17 números juntos.
¿Cómo te sentiste al abrir el encuentro de lesbianas de Rosario?

—Fue muy emotivo ese recibimiento que me hicieron, como un homenaje. En el encuentro había muchas mujeres grandes que me saludaron con lágrimas en los ojos, y comprobé que, en efecto, mi accionar estuvo bien, fue necesario y oportuno. Además aquél fue un proceso personal del que no salí lastimada. Yo tuve una vida muy rica, hecha de relaciones, de conocimientos. Y tuve también una búsqueda espiritual. Y cada vez me acerco más a una intuición de un sentido del todo.
Justamente, tu poema “La isla” comienza diciendo “Lo que de la tierra más amaba/ volvía a encontrarlo en otro cuerpo”, dando una idea de integración...

—Me gusta lo que me señalás. En este momento estoy muy interesada y leo mucho sobre tecnología: ella nos ha permitido conocer el cosmos como hasta ahora no se lo conocía. La tecnología es parte de la naturaleza y del crecimiento. Y la que hoy explora el cosmos es conmovedora. Hay todo un movimiento religioso alrededor de eso. Oraciones en las cuales se habla tanto del Cristo cósmico como de la teoría cuántica. Las cosas se van desplegando, así como la sexualidad. Hoy en día hay gente que en mitad de su vida se hace transgénero, y en este momento, en un hospital de Buenos Aires, se asiste a 60 personas que están cambiando de sexo. Están en otro nivel, y a mí me parece conmovedor. Otro tema que me fascina y que tiene que ver con esto y con las mujeres, es el tema de envejecer. Hoy sabemos que envejecer no es que se te mueren las neuronas. Sólo algunas. Estas hacen lugar para que las que quedan se expandan, ocupen espacios y se interconecten de una manera que una persona joven no puede, lo cual da una capacidad de ver la realidad y la propia vida de modo diferente. Nos anulan los mensajes sociales que dicen que una mujer que envejece es prácticamente descartable. Yo creo que ésa tiene que ser la lucha: por la autoestima de envejecer hasta que seamos llamadas y llamados a otros planos. Porque parece que la vida digna de una mujer termina en la menopausia, después se opera, se rellena. El otro día escuché esta frase:

El alma tiene, el yo quiere. Es decir que al alma no le falta nada, pero el yo sale a comprar. Entonces a las mujeres grandes, si aceptamos el proceso de envejecer, cada vez nos van a vender menos cosas. Como antes la opción lésbica, hoy defiendo el derecho a envejecer.

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sábado, 27 de septiembre de 2008

Espiando la zona oscura


Con ansia de explorador, el cuerpo dispuesto como un campo de ensayo y un manojo de reglas que pueden inventarse cada vez; así se aventura el cronista en prácticas de sexo radical como el S/M o el bondage. Un viaje al reino del dolor y la sumisión, donde los destellos del placer conjuran a la muerte. Una reivindicación del goce sin ninguna corrección política; pero eso sí, siempre de común acuerdo.

”Ha entrado y yo llevaba las cuatro fajas de sábana en los brazos, como los atributos de un rito, de un bautismo. Yo había dejado a la vista el negro falo inflado de agua hirviendo y engrasado, las disciplinas, las pinzas de la ropa, no ha puesto expresión de sorpresa. Le he dicho: ¿quieres ser mi víctima o mi verdugo?” (Los perros).

Por la promesa que encierra, este texto de Hervé Guibert podría provocar temblores mayores que cualquier sucesión de imágenes del canal Venus, el clásico “mete y saca” de unos órganos sexuales en general bien dotados para el ojo de la cámara, o para el espectador que busca menos masturbarse que observar en estado alfa cómo otros supuestamente gozan por él. No es que las rutinas pornográficas de la televisión de cable carezcan para el mirón de combustible sexual, muy útil además para los encuentros de alcoba. Antes bien, la escena pornográfica puede ejercer como salvación de ese encuentro de dos, al meterse con ellos en la cama y hacerse cargo del deseo. Pero Los perros recrea algo más allá de ese tercero hospitalario: a través de la puesta en acción del juego sadomasoquista (S/M), el texto invoca un momento mesiánico, un raro goce siempre por llegar, en cuya espera el cuerpo —el sujeto de ese cuerpo— deviene campo de ensayo radical de dolor y placer, de acuerdo con un pacto entre quienes se eligen víctima o verdugo. Quizá después vendrán las caricias, los besos y el reposo, lo que dentro de la subcultura S/M llaman, en su lengua de origen, “el after care”, el cuidado posterior, que todo buen Amo debe procurar a su esclavo, a riesgo si no de perderlo. Ternura que adviene acaso tras una experiencia extrema de disolución.

Hay no obstante que aclarar que el S/M es apenas una de las prácticas sexuales que forman parte de una cultura mucho más vasta, cuya sigla, surgida en 1991, es el BDSM. Prácticas que se relacionan a menudo entre sí: Bondage (ligaduras); Disciplina; Dominación y Sumisión y Sadomasoquismo. La subcultura leather, o de cuero, surgida en los ‘50 entre la comunidad gay californiana y neoyorquina, está estrechamente vinculada al BDSM.

“El relato de Guibert fue para mí como un disparador, algo que venía a pintar eso que se me cruzaba por la cabeza desde chico. ¿Cómo sería sentir que estás a merced de un ogro? Todavía no sabía bien el nombre de esa experiencia del relato. Al mismo tiempo, yo me calentaba mucho con unos personajes de Titanes en el ring, sobre todo Míster Moto. Cuerpos musculosos y agresivos, imaginate cómo me puse cuando vi por primera vez los dibujos de Tom de Finlandia. Lo del cuero, que viene muchas veces tan asociado al S/M, era apenas un agregado. No era como en otros un fetiche, una condición para hacer plena la fantasía. Entonces empecé a investigar por Internet y me puse en contacto con mi primer Amo. Así fui aprendiendo códigos con él y negociando las características del primer encuentro. El tipo no esperaba a cerrar la puerta y ya en la escalera me ponía una bolsa en la cabeza. Era como si alguien te asaltara con violencia y vos decidís no luchar, entregarte, y eso fuera entonces tu manera de hacer cargar al otro con la responsabilidad de tu existencia. A ver qué hacés ahora conmigo: te cedo el poder, sos mi Señor pero, ojo, esa posición te la tenés que ganar todo el tiempo. El juego de poder es fluido, exige que yo te vea y decida subirte al trono. Porque en tu presencia intuyo tu saber, del que me voy a alimentar. Enseguida vinieron las experimentaciones con el dolor, las ataduras o bondage; al tiempo me puso un collar, me dijo: ‘Esta es una señal de entrega hacia mí, de amor. No se lo doy a cualquiera’. Soy tu perro, le dije, y no me da asco comer de un plato en el piso. Después de la sesión nos quedábamos conversando de películas o libros y muchas veces dormimos juntos abrazados a la noche, cogiendo según las normas comunes. Mis encuentros S/M tuvieron lugar a lo largo de un año, y son recuerdos muy intactos. Dejé la práctica porque me quedaban marcas en el cuerpo y no podía desnudarme delante de mi pareja, que no sabía nada de mis escapadas. Además, el dolor de entre semana persistía y no sé por qué ahora eso me ponía sobre todo triste. Podría definir ese sentimiento como el de un pibe que fue abandonado en una casa vacía y está esperando a que el mayor vuelva. Era como un bajón después del éxtasis. Pero haber entrado en ese mundo me dejó una resistencia al dolor físico que todavía me asombra. Mi cuerpo tuvo a través del Amo la posibilidad de llegar más allá de lo que yo imaginaba, y le quedó, digamos, una especie de sabiduría.”

Sabiduría del cuerpo. Las prácticas de Adrián —de él se trata el testimonio— llevan a pensar en las constataciones del filósofo Michel Foucault. El BDSM sería, según su descripción, un trabajo de conocimiento, más cercano a un arte de vivir el deseo, a una ascesis, que a la verdad misma del deseo que postula el psicoanálisis, soterrado en el inconsciente. Importaría acá menos una ciencia que dé cuenta del origen y clasificación de sus goces —por ejemplo, qué fantasma edípico está detrás de ellos— que una determinada forma autónoma y ascendente de explorarlos o reinventarlos. Así, la humillación de un sumiso que debe limpiar la mierda de su dominante, el dolor de un esclavo, se convierten en experiencias que los trascienden. Su cuerpo, su mundo imaginario, será un espacio estratégico para desplegar sensaciones de placer impensadas. Ya el hecho de que el juego S/M no tenga como eje anatómico los genitales sino más bien toda su superficie, recorrida por instrumentos extraños y específicos, aleja al cuerpo de una tradición de goce que lo constreñiría necesariamente a penetrar, a ser penetrado según el mandato bíblico. En un artículo de 1977, Foucault —fascinado con sus visitas a los centros S/M gay de San Francisco— proclama: “¡Abajo con la dictadura del sexo...! Estoy a favor de la descentralización, la regionalización, la privatización de los placeres”. Como se ve, toda una plataforma teórica y política donde el sexo querrá hallar otros ejes que no residan sólo en la hondura y el imperio de los órganos sexuales. No se buscaría, pues, emancipar un deseo cuya verdad y producción han sido establecidas de antemano sino de innovar, de crear otras formas. No se trata, tampoco, de un programa autoritario al estilo del Marqués del Sade, de quien Foucault se iría alejando, hasta llamarlo “el sargento del sexo”. Al formularse la pregunta de Guibert —“¿Quieres ser mi víctima o mi verdugo?”—, la escena sadomasoquista moderna se construye bajo la regla permanente del consenso.

La práctica del fist fucking, “coger con el puño”, es toda una variante de goce, la única práctica sexual inventada en el siglo XX y en el interior de la cultura S/M californiana. Pone en primer plano una región del cuerpo que no tiene la función clásica de producir placer: el puño, el brazo. “Un arte —dice la teórica queer Gayle Rubin en The Catacombs— que necesita seducir uno de los músculos más sensibles y estrechos del cuerpo.” Algo que fue definido como “yoga anal” y que requiere para su ejecución un ámbito de silencio, de intimidad y de confianza.

Un cine XXX céntrico porteño, un club de hombres de cuero sobre la calle Viamonte, nos regala un fresco de fabulosa masculinidad emperifollada de insignias alrededor de la barra del bar. De pronto, dos que evocan a motoqueros americanos de los años ‘50, y que acaban de contarse la semana con una cerveza en la mano, se pierden en un laberinto penumbroso hacia una sesión de fist fucking. De la conversación y la risa de salón al silencio de una ceremonia que otros buscarán presenciar circunspectos. De la inquietud de ese silencio en la mazmorra a las quejas gozosas de uno de esos dos hombres. Su recto es ya una isla donde queda enterrada, junto con el puño del compañero, una larga tradición de sexo macho. A su lado, raros objetos rituales: un balde lleno y otro par de guantes. Mis ojos se inclinan ante el acontecimiento. Un varón que ofrece de ese modo su cuerpo acelera el universo, y con ese cuerpo que se abre al abismo hay algo en mí que también se modifica y aún no sé de qué se trata.

Me estoy sintiendo vivir cuando me dueles

La subcultura S/M del ambiente gay y lésbico de San Francisco y Nueva York se encontró en los años ‘60 y ‘70 con la incomodidad de una corriente de activistas que veían en toda esa parafernalia de estética militar o leather —y sobre todo en sus recreaciones de las formas de poder— una evocación enamorada del fascismo, algo más o menos impresentable en su reclamo de aceptación e integración igualitaria en la polis democrática. En su libro Public Sex. The Culture of Radical Sex, Pat Califia, en aquella época una lesbiana que se definía como “sádica” (un nombre irritante incluso para las Amas o dominantes femeninas) y hoy es transgénero, se quejaba de las organizaciones gays y lésbicas que pedían a los grupos S/M mantener en el closet su sexualidad, para admitirlos dentro del movimiento. El feminismo ortodoxo, que veía la pornografía en contigüidad con las formas históricas de explotación y sometimiento de las mujeres, llevaba además a las lesbianas S/M, como las del colectivo Samois, al ostracismo penitente. “Como misioneras británicas en la Polinesia, insisten en interpretar las prácticas sexuales de otros conforme su propio sistema de valores. Un perfecto ejemplo de esto es el debate en torno de la transexualidad. En su forma actual, el feminismo no es ya el mejor marco para el trabajo teórico sobre las sexualidades divergentes”, escribe Califia en 1980.

Eleonora D. Lud es una feminista anarco, del barrio de Montserrat. Siendo además BDSM, no usa cuero porque se decidió hace tiempo por la ética veganista. Es decir, no consume nada que provenga del sacrificio ni del abuso de los animales. Prefiere unos códigos de vestuario más cercanos al glam. Y ama ponerse portaligas para la sesión, medias de red, unas prenditas insinuantes que disgustarían a cierto feminismo. “El feminismo ortodoxo no entendió que en el juego BDSM aquellos términos y prácticas como roles, dominación o sumisión difieren de las relaciones de poder y opresión estabilizadas en instituciones, que son previas, rígidas y permanecen en la opacidad de lo cotidiano. Mirá, si no, la desigualdad en la retribución a la mujer por el mismo trabajo que hace un varón, o en el control de su cuerpo y la reproducción. Acá el punto es el consenso y el placer, no es como con esa esposa que el marido viene del trabajo y para descargarse le pega o se la coge contra su deseo. Se teatralizan las relaciones de poder, se hacen explícitas las estructuras de sometimiento o de crueldad, de jerarquías y opuestos. Esos modos de relacionarse pueden habitar en el núcleo fantasmático de mi deseo, y seguramente esté en toda sexualidad. ¡Cuántas parejas no han actuado en un momento alguna escena S/M, o D/S! Sin que signifique, digo, que quiero ser efectivamente violada por un batallón, humillada por un jefe o que quiero navajear a mi pareja. Por eso en este ambiente hay que estar muy atento en el momento de la negociación en no caer en manos de alguien que busque dañar en serio. Además, abundan los tipos que en realidad lo único que buscan es sexo con mujeres que suponen fácil. Eso se va aprendiendo en la socialización BDSM. Las chicas nos conectamos sobre todo por Internet, aunque ya existen algunos lugares de encuentros privados. A mí me parecería muy disruptivo que surgiera una comunidad de este tipo pero queer, es decir donde pudieran experimentar juntos lesbianas, gays, trans, cross-dressers o bisexuales.” Eleonora es switch, que en el lenguaje BDSM indica al que puede intercambiar los dos roles, el dominante o el de sumisión, según lo acuerde con el compañero o compañera. En el medio local es poco menos que una oveja negra. Incomoda, porque los roles, al parecer, no son acá tan fluidos como le hubiera gustado a Foucault. Y, para ella, desestabilizar los roles es una decisión, un goce de orden político. Le pregunto qué significan y cómo se escriben, además de ese término ilustrativo (switch), otros que me enumera: Vanilla, todos lo que no son BDSM. 24/7: algunas parejas de sumiso y dominante ejercen las 24 horas, los siete días de la semana. “La vida de mi mamá, pero en este caso con consenso”, se ríe Eleonora. RACK: “Risk Aware Consensual Kink”, que se traduciría como Racsa, riesgo asumido y consensuado para prácticas de sexo alternativo. EPE: intercambio erótico de poder. SSC: seguro, sano y sensato, consensual. Floggers: látigos utilizados para disciplinar. Pero, en fin, Eleonora sugiere que nada es definitivamente tan seguro y quizá tampoco tan sensato, como tampoco lo es en otras formas de sexualidad, pero plantear así el tema parece ser una buena estrategia contra los miedos de los primerizos.

“Hace ya varios años que no tengo sexo penetrativo. Eso significó para mí una transformación en el modo de gestionar los placeres. Fue una construcción creadora, en el sentido que tenía para Michel Foucault, y una deconstrucción de esa pieza históricamente tan bien armadita en Occidente que es el cuerpo sexuado y el uso recto de la sexualidad. Es una forma de resignificar en el sexo las estrategias de poder. Olvidarme de esa dimensión política sería como reducir la experiencia BDSM a un asunto de psicología, de hedonismo extremo, de producción en el cuerpo de sustancias químicas que llevan al nirvana a través del dolor. Algo de ese estilo está presente en Homos, de Leo Bersani.”

Leo Bersani, amigo de Michel Foucault, no es un teórico de la cultura caro al pensamiento BDSM. Nadie puede, sin embargo, dejar de admitir su lucidez, aunque disienta de sus críticas. Con el capítulo “El papi gay” entre las manos, les pido a Marcelo y a Matías, pareja S/M y miembros del Club Leather de Buenos Aires, una respuesta a Bersani, que consideraba en 1991 que, si bien las vuelve explícitas y levanta por tanto una represión social, en su abierta adhesión a las estructuras de poder —y al indisimulado apetito de éxtasis que éstas prometen—, la cultura BDSM sería en realidad cómplice de su subsistencia. Marcelo no duda: “Creo que esa visión pertenece a una época pasada en que todavía se privilegiaban ideales de una igualdad que muchas veces terminaba por ser meramente formal. Que en el caso de la comunidad Glttb suspendía las diferencias de posición, que en la realidad seguían intactas. Esos ideales fueron necesarios en un proceso político que va desembocando en la adquisición de derechos civiles, en una seguridad jurídica que se fue extendiendo. Veo un cambio de percepción de la cultura BDSM hacia mediados de los años ‘90, cuando el horizonte de igualdad legal ya está afirmado. Plantear opuestos, gestionar las diferencias, vuelve entonces a resultar atractivo. Ahí se fortalecen ciertos grupos de intereses sociales específicos, como el nuestro. Empieza un período de visibilidad BDSM, en la que Matías y yo militamos hoy en la Argentina. Antes de 2000 aparecen en Buenos Aires los clubes Fierro Leather y después el nuestro. Las primeras reuniones comunitarias se hicieron en el cine ABC y en Tomás. En la Argentina va evolucionando, pero de a poco, nuestra aceptación dentro de la comunidad Glttb. El nuestro es un contexto social similar al mexicano, de un cierto avance de derechos igualitarios y lenta revalorización de lo diferencial. Hoy la gran escena BDSM está en Alemania, en Barcelona, y no tanto en Estados Unidos, donde el ámbito público fue decayendo por efecto de las políticas conservadoras de estos años, que terminaron por minar los ambientes alternativos”.

La hipótesis de Marcelo se completa con una intuición que hubiera entusiasmado a Reinaldo Arenas o a Néstor Perlongher. Para él, las prácticas BDSM vendrían a restituir por una vía lateral un modelo relacional de opuestos que había sido repudiado en el auge de la cultura gay igualitarista, como el del chongo y la marica, el tío y el sobrino, el fuerte y el débil, pero privándolo de las estructuras y efectos de dominación históricas.

La voz profunda, la actitud magistral de Matías cuando habla, me perturba. Es Amo, pareja de Marcelo, aunque tiene otros esclavos, y por alguna razón en su interior mi cuerpo lo adivina antes que mi conciencia. Es el primer dominante con el que converso desde que inicié mi investigación. Defiende en nombre de la diversidad el derecho de los leather a buscar lo que les gusta, la masculinidad: “Quienes nos tildan de machistas están equivocados. No revalorizamos al macho en tanto que macho sino un gusto por las formas, unas formas además muy codificadas”. Cuando se piensa en sus prácticas corporales, desvirilizadas en su acepción clásica, uno puede admitir esos argumentos. Matías compara su función de Amo con la de un explorador de personalidades, un psicólogo atento al lenguaje de los cuerpos: “Al principio uno tiene que asumir la tarea del espía. En general —y es mi caso—, se accede al saber hacer S/M primero jugando como sumiso. Porque, por ejemplo, el arte de las ataduras con cuerdas, que remite a un viejo arte japonés, no es simple. Negociar un contrato, tampoco. No cualquiera tiene idiosincrasia de Amo y eso enseguida se nota. Si sos inexperto, tu sumiso puede detener el juego, aburrirse. Si te excedés y no respetás la palabra de seguridad, lo perdés y tu fama de loco corre por todos lados. Incluso existe el metaconsenso, esto permite detener por seguridad la sesión si pensás que tu sumiso está sobrepasado, embriagado, y por algún motivo no echa mano a la palabra clave”.

En su eminente embriaguez, el cuerpo S/M quizá sueña en última instancia con explorar la cercanía imaginaria de la muerte. En Un año sin amor, Pablo Pérez, aficionado al S/M agobiado por síntomas del sida, busca a través de un diario personal —a la vez reescritura erótica de su cuerpo— usurpar los tiempos y blasones de la muerte, que cree próxima, para vivificarse. La escena S/M se abre entonces para él como un campo propicio de restitución de placeres: “Cada orgasmo es para mí como un golpe eléctrico que me revive un poco, aunque sea por unos minutos; como un rayo que me trae de la muerte a la vida”.

Multiplicidad de dimensiones. Un Amo desconocido me pregunta por chat si conozco las reglas de la sumisión. La pregunta me recorre el cuerpo. “No las sé, Señor. Me gustaría aprenderlas de su mano.”

Alejandro Modarelli

El Reino de Patricia I y los ámbitos web
En general, la imagen que divulgan los medios de comunicación sobre BDSM es la de la dominación profesional, la figura un poco gore, un poco glam de una mujer reforzada en cuero, látex o vinilo y su látigo. La relación de la comunidad BDSM con ese oficio rentado es compleja y oscilante. En Barcelona existe un local de encuentro que no sólo admite la presencia de profesionales sino que la promociona, y otro cuyas normas taxativamente la prohíben.

Desde 1997, cerca de Praga, alrededor de unas antiguas mansiones ducales funciona The Other World Kingdom, un centro de dominación pago donde gobierna la Reina Patricia I. Ahí, todos los hombres son sus esclavos —como en esas familias S/M múltiples que existen en los países nórdicos— y le tributan impuestos.

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Eligen los 12 libros más importantes de la literatura gay y lésbica


Jesse Monteagudo, una autoridad en literatura gay y lesbica, ha trabajado con el archivo de la Librería Stonewall para realizar la recopilación de los los 12 libros más importantes en la historia de la literatura LGBT, y que fuera publicada por la web AfterElton.com.

A continuación, la lista realizada por el escritor:

1. LA BIBLIA

Más que cualquier otro libro, La Biblia le ha dado forma a la opinión que la civilización occidental se ha formado respecto a la homosexualidad. Sacadas de contexto, las (mal)interpretaciones de varios pasajes bíblicos han sido usados como excusa para asesinar, torturar, apresar, violar y discriminar a los gays, lesbianas y bisexuales a través de los siglos. Menos atención se le ha prestado a varios pasajes de pasión homoerótica: Ruth y Naomi, David y Jonathan, sin olvidarnos de Jesús y su "amado discípulo".

2. LOS POEMAS DE SAPPHO (alrededor de 600 años a. C.)

Sappho, la "musa decimal", escribió acerca del amor entre mujeres y en el camino hizo de su nombre y de su hogar (la isla de Lesbos) un sinónimo de homosexualidad femenina. A pesar de que la mayoría de sus poemas fueron destruidos o se perdieron, lo que quedó de ellos ha influenciado a artistas como Amy Lowell, Renee Vivien, Hilda Doolittle, May Sarton, Olga Broumas, Judy Grahn y a cualquier otra escritora lesbiana de los últimos 21 siglos.

3. EL SIMPOSIO DE PLATÓN (alrededor de 389 años a. C.)

Los clásicos diálogos de Platón no son solamente los mejores ejemplos del "amor griego" jamás escritos, sino que también logró que Sócrates, su maestro, se convirtiera en el sinónimo del amor gay de la misma forma en que Sappho lo es para el lesbianismo. Sócrates y sus compañeros de cena formularon una teoría clásica acerca del amor entre hombres: "No conozco mayor bendición para un hombre joven que está comenzando su vida que la de un amante virtuoso…" El Simposio, según Byrne R.S. Fone, "es de enorme importancia en la formación, contextualización y entendimiento de la imaginación homosexual y su tradición". "El legado de Platón", dice Warren Johansson, "le ha dado forma a las actitudes del hombre occidental respecto al amor por la belleza y su expresión sexual".

4. HOJAS DE HIERBA de Walt Whitman, tercera edición (1860)

La edición de 1860 de la obra maestra de Whitman incluyó por primera vez los poemas "Calamus", los cuales "celebran las necesidades de los camaradas". Estos poemas acerca de la democracia y la hermandad hicieron más que adentrarse en "caminos inaccesibles"; también iniciaron la "tradición homosexual en la poesía norteamericana" que continuó de la mano de Hart Crane, Allen Ginsberg, Robert Duncan, Thom Gunn, Edward Field y Gavin Geoffrey Dillard.

5. CIUDADES DE LA LLANURA (SODOMA Y GOMORRA) de Marcel Proust (1921)

"Ciudades de la Llanura" es la Parte IV de la monumental obra de Proust "En Busca del Tiempo Perdido", "uno de los mejores trabajos del siglo XX y de todos los tiempos" (J.E. Rivers). "Proust", escribe Warren Johansson, "fue el primer novelista en tratar la temática de la homosexualidad de manera extensa y más que cualquier otro escritor, cargó con la responsabilidad de introducir esta temática dentro de la literatura moderna". Al expresar sus propias "paradojas personales, culturales y estéticas", Proust sacó a la homosexualidad del closet literario.

6. EL POZO DE LA SOLEDAD de Radclyffe Hall (1928)

Los intentos de las autoridades británicas y norteamericanas de censurar este clásico de amor lésbico lo hizo más famoso de lo que se merece. Hall, una mujer muy masculina a la que sus amigos llamaban "John", creía en aquella teoría de que la homosexualidad era el "tercer sexo" y su héroe, Stephen Gordon, generaba más lástima que simpatía. "A pesar de sus falencias", opina Jeannette Foster, "El Pozo de la Soledad ayudó a lograr una mayor tolerancia hacia las parejas de lesbianas en nuestra sociedad". La novela de Hall, según Evelyn Gettone, "ayudó a colocar al lesbianismo en la conciencia del público el cual hasta el año 1928 se habían encargado de ignorar este fenómeno casi por completo".

7. EL HOMOSEXUAL EN USA de "Donald Webster Cory" (Edward Sagarin) (1951)

El clásico libro de Cory "es el resultado de un cuarto de siglo de participación en la vida de los Estados Unidos como homosexual. El acercamiento subjetivo del libro intenta no solo proveer una reflección sobre la comunidad, sino también permitir la exposición de la opinión vista desde adentro del grupo". Al hacer esto, Cory le quitó de las manos el tema de la homosexualidad a los "expertos" y lo colocó en las de aquellos que más saben del asunto: los gays y las lesbianas. Generaciones de activistas han sido influenciados por este libro.

8. AULLIDO Y OTROS POEMAS de Allen Ginsberg (1956)

La Generación Beat, según D'Emilio, "presentó un importante desafío a las presiones del conformismo reinante" durante los años 50. "A través del ejemplo de los beats, los gays pudieron percibirse a si mismos como inconformistas en vez de seres desviados, como rebeldes en contra de las normas establecidas en vez de personalidades inmaduras e inestables". Ginsberg dedicó “Aullido” a sus amantes Jack Kerouac, William Seward Burroughs y Neal Cassady. El poema es "una descripción de la sexualidad gay masculina como algo alegre, delicioso e incluso sagrado". Las autoridades ayudaron a la popularidad del libro al intentar prohibirlo, pero “Aullido” pudo sobrevivir a todas las amenazas, abriéndole el camino a otras francas descripciones del amor entre hombres.

9. LA CANCION DEL LOCO de "Richard Amory" (Richard Love) (1966)

El "pastoral gay en cinco libros y un interludio" de Amory hizo historia gay con sus descripciones explícitas del amor entre hombres, sus positivos retratos de los gays y su visión poética y casi mística de la hermandad homosexual que trascendía barreras culturales y raciales. El activista Jack Nichols llamó a "La Canción del Loco" "una importante contribución a la cultura gay". El libro inspiró una película, dos secuelas, una parodia y el premio "Golden Age" de literatura “gayrotica” (1966-1974).

10. LESBIANA/MUJER de Del Martin y Phyllis Lyon (1972)

Muchos de los libros de temática gay más influyentes fueron escritos luego de los disturbios de Stonewall y de la aparición de los movimientos de gays, lesbianas y feministas. "Lesbiana/Mujer" es uno de los más importantes por varias razones, siendo la principal las autoras del mismo. Amantes desde el año 1953, Martin y Lyon fundaron “Daughters of Bilitis”, la primera organización de lesbianas en el año 1955. "Lesbiana/Mujer", se convirtió en el libro que toda lesbiana debía leer como parte del proceso de asumir su homosexualidad. Martin y Lyon se encargaron de narrar su propia salida del closet a través del sexismo de los hombres gays y la homofobia de las feministas. A pesar de que Del Martin ya nos ha abandonado, "Lesbiana/Mujer" sigue siendo su contribución literaria más importante.

11. CRISTIANISMO, TOLERANCIA Y HOMOSEXUALIDAD de John Boswell (1980)

A pesar de que la clásica historia del fallecido Profesor Boswell es una indudable obra maestra, se la ha incluido en esta lista por su amplia influencia en los estudios LGTB. Boswell, quien enseñaba historia en la Universidad de Yale, introdujo la ciencia gay en el ámbito académico, en el cual floreció. Boswell y su libro le abrieron camino a Allan Berube, George Chauncey, John D'Emilio, Estelle Freedman, Lillian Faderman y Esther Newton, entre otros académicos gays.

12. Y LA BANDA SIGUIO TOCANDO de Randy Shilts (1987)

Shilts fue uno de los primeros reporteros en cubrir la epidemia del SIDA, la cual terminó con su vida y con la de otros tantos escritores gays (incluyendo al antes mencionado John Boswell). Junto con su versión cinematográfica, "Y la Banda Siguió Tocando" se convirtió en una poderosa y controversial crítica a la negación, el prejuicio, la apatía y la ignorancia que generó tantas muertes a causa del SIDA. "El éxito del libro", escribe Jim Marks, "se debió al tejido de eventos y de gente relacionados a la epidemia del SIDA por medio de una narración convincente; de cómo se desató esta tragedia en la cual hubieron tan pocos héroes, mucha decepción y demasiados muertos".

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sábado, 20 de septiembre de 2008

Mujeres musulmanas piden en Londres que se mate a los gays y a los apóstatas del Islam


Han sido denominadas en Inglaterra como las ‘predicadoras del odio‘. Un reportaje que será emitido por Channel 4 este martes, del que ha informado este lunes el diario británico Daily Mail, muestra a un gran número de mujeres musulmanas en una de la mezquitas más importantes de Londres pidiendo a sus fieles que ayuden en el asesinato de gays y apóstatas del Islam.

Las predicadoras fueron filmadas en secreto en la mezquita londinense de Regent’s Park y han realizado estos discursos durante cerca de 18 meses. En ese sentido, el reportaje indica que a la citada mezquita han acudido cada día miles de musulmanes que no han denunciado los hechos.

En las grabaciones se puede ver, por ejemplo, a una mujer etiquetando a la Cristiandad como “asquerosa” y una “abominación”. Otra, conocida como Angelique, asegura que Gran Bretaña es la “tierra del mal”.

Apedrear a las adúlteras

En otro discurso, una mujer llamada Um Amira dice sobre un hombre: “Él es musulmán y él se ha salido del Islam… ¿qué es lo que tenemos que hacer? ¡Le mataremos, le mataremos, le mataremos!”.

Además, añade que las mujeres adúlteras deberían ser apedreadas hasta morir y que las personas que han practicado el sexo antes del matrimonio tendrían que recibir 100 latigazos.

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La prostitución gay crece en Caracas


El año pasado un censo registró a 52 hombres en el circuito de Parque Cristal y la avenida Solano que ofrecen servicios sexuales. También son víctimas de la violencial.

La mayoría es menor de 25 años y algunos son adolescentes. Algunos clientes, muchos de ellos "padres de familia" piden servicios exóticos como el meterse en una urna vestidos de novia. El Mundo hace una crónica del tema:

"A un compañero mío lo mataron. Se lo llevaron y no apareció más", confiesa Javier, quien se reconoce como "prostituto". Javier comercia con su cuerpo hace cinco años en la avenida Francisco Solano, en Caracas.

Luis era su compañero, tenía 25 años. Trabajaban juntos en la misma zona y fue asesinado hace un mes. "Apareció con dos tiros en la cabeza", recuerda Javier. La última vez que lo vio fue cuando lo recogió un cliente en una camioneta, con dos hombres a bordo. Tres semanas después encontraron el cadáver.

Javier dice que Luis había robado a uno de sus clientes en su propia casa y por eso fue sentenciado.

"Le dio una pastilla para dormirlo y luego lo dejó sin nada. Le robó un DVD, una computadora, el televisor y ropa".

Asegura que no consume drogas como algunos de sus compañeros. Marihuana, "perico" (cocaína) y pastillas son las más usadas.

Servicio completo

Para Javier, la jornada transcurre desde las 9:00 pm hasta las 6:00 am. El servicio se ofrece en hoteles.

El "JJ" de la avenida Andrés Bello es uno de los más frecuentados. Pero si el cliente prefiere, es atendido en su casa.

Algunos piden el servicio sexual sin protección. Pero Javier aclara: "Sin preservativo no lo hago". Sin embargo, algunos aceptan hacerlo por más dinero.

A sus 22 años señala que su familia no sabe que se prostituye. Calcula que puede ganar en una "buena" noche Bs.F. 800. Trabaja de lunes a lunes. Para él, no existen feriados.

Una penetración cuesta 120 bolívares fuertes y el servicio completo de una hora Bs. F. 150 (negociable). La masturbación, entre 40 y 50. Los clientes son variados. Desde hombres solos hasta parejas heterosexuales.

Considera que el negocio ha mermado luego de sucesos que han conmovido a la opinión pública. "Los clientes tienen miedo", y acota que hay un grupo de personas que fingen prostituirse para asaltar a incautos.

Circuito sexual

Jesús Medina, pediatra y activista gay desde 1998, es fundador de la ONG Alianza Lambda, que trabaja en favor de homosexuales, bisexuales y transgéneros.

Medina confirma que las dos zonas donde existe comercio sexual masculino son la avenida Francisco Solano, los alrededores de Parque Cristal y la avenida Lecuna, aunque en menor medida.

"Son muy aseados, visten bien y casual. Suelen llevar un pequeño bolsito donde guardan los preservativos", describe.

Un censo realizado por Lambda en 2007 contabilizó 52 homosexuales que se prostituyen en la zona, en su mayoría menores de 25 años. Algunos admitieron el uso de drogas. Se encontraron bisexuales que están casados.

"Es una población móvil. Algunos no son constantes. También hay menores de edad y sus familias lo saben. La mayoría son de Caracas".

Los riesgos no son pocos: "Supe de un muchacho que se montó en un carro y el conductor estaba desnudo dentro del vehículo y lo ató a él con unas esposas. No se acuerda de lo que ocurrió.

Amaneció desnudo en el apartamento del tipo. Al parecer, consumieron licor, drogas y tuvieron sexo sin preservativo, quién sabe cuántas veces".

Vitrina en pantalones

Para el común de las personas que transitan a altas horas de la noche por Caracas, resultaría un hecho normal observar a jóvenes solos o en parejas ubicados en algunas esquinas y aceras de la ciudad. Para la clientela de la prostitución homosexual, que no es poca, es fácil identificar a sus prospectos. "Los carros pasan, dan la vuelta. Hacen un circuito. Ellos saben. Es fácil darse cuenta cuál es el carro que pasa varias veces. El conductor normalmente hace una seña (de cualquier tipo). Luego se detiene y el muchacho aborda el vehículo. Entonces, puede ocurrir cualquier cosa", relata Medina.

Cinco cicatrices en su cuerpo denotan parte del riesgo que asume desde su condición de transexual. Leslie asegura que un policía metropolitano le disparó hace cuatro meses desde una moto. El resultado: dos heridas de bala en el pecho, dos cicatrices en su brazo y una en la espalda que le afectó un nervio de la pierna izquierda. Fue "atendida" en el Hospital Pérez de León. "Me disparó porque no le quise dar el dinero.

Cuando uno no les da, te lo quieren quitar a la fuerza", señala. Su nombre comercial es Leslie. Asegura tener 18 años y trabaja desde hace cinco meses en la avenida Libertador. La tarifa es de Bs.F. 120 por hora. Las edades de sus clientes oscilan entre 23 y 60 años. Un cliente ocasional le paga entre dos y tres millones de los viejos. Lo lleva a su casa para que se vista de novia y se meta en una urna. El cliente se masturba y al final le dice: "vete al baño antes de que te mate", cuenta Leslie.

Priscila, Jessica, Alondra y Deborah son algunos de los 35 transexuales que comparten el mercado del sexo en el que dicen atender también a parejas. Un negocio que puede dar una utilidad de entre 800 y 1.000 bolívares fuertes en una noche.

Según el psicólogo Leoncio Barrios, profesor de la UCV e investigador de las conductas sexuales de hombres y mujeres en Caracas, "la violencia se origina a partir de que estas personas se asumen como femeninas. Entonces, se hacen vulnerables a la agresión, al abuso y al matraqueo policial porque movilizan psicológicamente dos cosas: la homofobia y la misoginia".

Por su parte, el sociólogo Carlos Colina destaca que los "crímenes de género por orientación sexual" han venido aumentando en Venezuela. "El Estado venezolano necesita asumir con seriedad el problema de la violencia urbana. Hay un trasfondo estructural en los problemas de violencia que hay que considerar para tomar medidas a futuro", reconoce.

Según Colina, investigador del área de comunicación y ciudad, "existe un proceso de habituación a la violencia urbana que se transforma en un hecho cotidiano y que termina por culpabilizar a la víctima".

Afuera del closet

Barrios no reconoce a los trabajadores sexuales masculinos como promotores de la violencia nocturna en Caracas sino, más bien, como receptores de ésta.

Define a la prostitución gay como una "variante sexual" que ha estado presente desde hace unas dos décadas, sólo que ahora es más permisiva la norma social, desde la cual hombres que antes no se atrevían a contratar este tipo de servicios ahora lo hacen "de manera recreativa".

Advierte que hay una mayor oferta de trabajadores sexuales masculinos porque hay mayor demanda. No cree que exista necesariamente un `destape’ en la oferta gay, sino un mercado sexual en auge que se traduce en la gran cantidad de personas que buscan este tipo de servicio. El psicólogo admite que estamos ante una sociedad "hipócrita" porque muchas de las personas que pagan por la prostitución gay son heterosexuales, profesionales, que tienen una esposa y que asisten a una junta de condominio como cualquier otra.

Calificativos morales aparte, en Caracas se mueve de noche una ciudad bizarra, que de tanto no ser atendida devino en voraz tierra de nadie.

Caracas – (Cadena Global)
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Celeste Carballo prepara su disco de tangos


A los 51 años lanza "Celos", un disco grabado en vivo, integrado mayormente por tangos propios y ajenos. Critica a los que se acercan al género por esnobismo. Y dice que sigue sintiendo como rockera.

El auto avanza a los tumbos entre el empedrado y los baches de La Boca. Haciendo juego con el paisaje, el estéreo escupe, a todo volumen, tangos. Celeste Carballo maneja y superpone su suave voz en vivo a su potente voz grabada: hace observaciones sobre los temas, elogia a sus músicos, explica por qué también ella decidió grabar un disco de tangos. En esa historia hay dos claves: los almuerzos domingueros y Daniel Melingo.

"En la mesa familiar de la quinta, los domingos, todos cantábamos. Yo soy la menor de ocho hermanos: cada uno de ellos tenía su repertorio de tango. Eduardo era el más gardeliano; Gabriel tiraba para Goyeneche; Dora tenía una voz argentina, brillante; Violeta era onda el tango de los '70; a Graciela le gustaban los más románticos... Todos tenían su personalidad definida y diferente. Yo cantaba tangos de Julio Sosa, y me sabía los de Eduardo porque lo escuchaba siempre.

Pero sentía que era la música de ellos: lo veía como un terreno prohibido. Hasta que, en el 2000, Dany Melingo me abrió la puerta: empezó a grabar sus propios tangos y me invitó a cantar en un show. Y yo, que había cantado toda la vida en mi familia, tuve un bandoneón al lado por primera vez. Fue muy movilizador. Y me empecé a acercar al tango como compositora: él me dio el permiso que yo no me daba. Fueron ocho años de desarrollo".

Entre Celesteacústicados, su último disco, de 2004, y hoy, Celeste Carballo estuvo reacomodándose. "Tenía mi lugar de ensayo en San Telmo cuando los alquileres se triplicaron. Se terminó mi contrato y chau San Telmo. Estos años me dediqué a a recuperar mi espacio vital, ponerme al día con los impuestos... Tuve que reacomodar mi vida junto con la Argen tina, como todos". También giró por el país y, claro, trabajó en Celos, este disco de tangos. "Pero yo no me disfrazo de tanguera", aclara con el índice en alto. Como si hiciera falta: pelo teñido de negro, remera negra de los Ramones, jeans negros, botas negras: si hubiera un disfraz, sería de rockera.


¿Por qué la aclaración?

Porque me desagrada cuando lo veo en otros. Yo no me hago la canyengue, la tanguera. Hablo desde mí, ahora, aquí. Que quede claro: hago la música desde mí.

Hablabas del tango como terreno prohibido. ¿Te daba miedo el ambiente?

No, no sentía que fuera mi lugar de pertenencia. Yo cantaba blues, el tango era la música de mis hermanos mayores. Era algo personal, generacional. No era una cuestión profesional: nunca tuve una visión de marketing, temor de cómo lo iban a recibir. No pienso en los demás cuando estoy haciendo una canción: es una conexión cósmica que fluye.

¿Y por qué de repente empezaron a fluirte tangos?

Porque Dany Melingo me mostró que ese lugar estaba disponible y que sí me pertenecía. Porque soy porteña, crecí con el tango, admirando a Piazzolla, viví 25 años en San Telmo escuchando tango y el asfalto. Cuando supe que era un idioma que me pertenecía, escribí 14 textos en una semana.

Hasta ahora habías grabado un par de tangos y decías "El tango es mi amante, no me voy a casar con él". ¿Este disco es el anillo de compromiso?

No, ni ahí, sigue siendo mi amante. Lo que pasa es que ahora se enteró todo el mundo. Pero anillo no tengo con nadie. Igual, tengo un montón más de tangos. También tengo un disco de rock para sacar en cualquier momento.

O sea que no dejás el rock.
Es que no puedo dejar mi propia piel. No me la puedo quitar.

Omar Mollo dice que la frivolidad del rock está bien durante un tiempo; Iván Noble, que el rock es una situación hormonal. No es lo que te pasa a vos.

No es lo que me pasa a mí y no es lo que le pasa a Mick Jagger. ¡¿Qué hormonal?! No: la música te elige a vos, uno no la elige. Yo tengo una actitud natural para el rock. Aunque haya compuesto baladas, las canto con una postura emparentada al rock, no a la canción melódica. Uno no se puede divorciar de sí mismo.

¿Cuál es tu teoría sobre el auge del tango en los últimos años?

Será porque nos hemos empezado a mirar con nuestros propios ojos. Es crecimiento cultural.

¿Y qué les dirías a los que hablan de oportunismo?

Que traten de hacerse millonarios tocando tango: misión imposible. Acá juega el de la zurda, el corazón. Es expresión, identidad. Soy porteña, nací en Devoto. ¿A quién le voy a cantar? ¿A la Virgen de la Candelaria? Hasta en el blues le canté a Buenos Aires, con Para salir de Devoto.

Pero hizo falta la mirada de los extranjeros para valorar al tango.

No creo, porque antes de la explosión del 2001, que fue la que trajo el turismo, ya había bandas tocando tangos. Si no, Melingo nunca hubiera existido. Lo que pasa es que en los '80 el tango no nos dejaba acercarnos. Por el lado de Piazzolla, era infranqueable. Y por el otro estaba aletargado, con un repertorio que no se renovaba.

¿Quién va a escuchar estos tangos?

Mi público es muy polimorfo, muy raro. Son todos, no es nadie... No se sabe quién es. Tengo casi 52 años y mucha gente de mi generación me saluda por la calle. Me dicen "antes iba siempre a tus shows, pero ya soy grande, no estoy para el rock". Ellos tienen una excelente oportunidad de estar en mi show y de comprar este disco.

¿Te deprimen los vaivenes de público?

No, yo merezco ser feliz, y lo soy. Es un devenir. Las entradas se venden: quién las compra, no sé, pero después recibo cataratas de mails llenos de emoción.

Ahora están de moda los regresos: Soda Stereo, Cadillacs...
Te ahorro la pregunta: yo miro hacia adelante, no hacia atrás. Amo el ir, siempre voy a estar yendo hacia alguna parte, nunca voy a volver a ningún lugar. Tengo muchas cosas nuevas para hacer. Lo que ya hice, bien hecho está. Si quieren regresar, busquen los discos. Yo sigo adelante.

Diario Clarín de Argentina

Reconocen a Motorola por sus políticas de inclusión LGBT


Por sexto año consecutivo, Motorola ha alcanzado un puntaje del 100 por ciento en el Índice de Igualdad Corporativa 2009 (CEI) realizado por la organización de derechos humanos Human Rights Campaign. El CEI 2009, el cual se ha dado a conocer esta semana, ha calificado a 260 compañías de los Estados Unidos respecto al trato que ofrecen a sus empleados y consumidores de la comunidad LGBT.

"Motorola se siente honrado de haber sido reconocido por sexto año consecutivo por Human Rights Campaign como una compañía que promueve y apoya las iniciativas para nuestros empleados LGBT", dijo Jeanette Kilo-Smith, vicepresidente de la división de Inclusión y Diversidad Global de la empresa. "En Motorola, la inclusión y la diversidad son elementos críticos en nuestra forma de hacer negocios en cada región y en cada país del mundo. Nuestro objetivo es que cada compromiso que tomamos con nuestros empleados, clientes, accionistas y los miembros de cada comunidad con las que convivimos y trabajamos, sea inclusivo con todos ellos. Es una inteligente manera de hacer negocios, pero más que nada, es hacer lo correcto".

Motorola siempre ha sido reconocida por su compromiso con la inclusión y la diversidad de su personal. Además de su puntaje perfecto en el CEI de los últimos seis años, Motorola ha recibido reconocimientos respecto a su compromiso con la comunidad LGBT por parte de las revistas Fortune, Corporate Responsibility Officer y Diversity/Careers in Engineering and Information Technology.

El CEI se encargó de calificar a 583 empresas en total, evaluando las practicas con sus empleados LGBT, incluyendo políticas de no discriminación, beneficios de salud para transgéneros y para parejas de hecho de sus empleados gays. Los esfuerzos de Motorola en asegurar la igualdad de su personal LGBT en cada una de las categorías de la encuesta le otorgaron el prestigioso puntaje de 100 por ciento.

San Francisco – (PRNewswire)

© Traducción de Esteban Rico

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Censuran a Jaime Bayly


Miami – (Critica)

El peruano Jaime Bayly tiene una semana difícil. Primero fue censurado por la dirección del diario El Nuevo Herald de Miami, que decidió no publicar su habitual columna de los domingos por “contenido inconveniente”. Después, no pudo terminar la emisión del lunes de su programa El francotirador, que se emite por el canal Mega TV de la misma ciudad, porque denunció en cámara que no le aumentaban el sueldo.

Esa noche, mientras el programa se difundía en vivo en todos los Estados Unidos, Bayly la emprendió contra el excesivo frío que tiraba el aire acondicionado, y después contra la decisión de la cadena de congelar su salario. Según dijo, en un párrafo de su contrato estaba estipulado que en agosto debía recibir un aumento de sueldo, cosa que no se produjo.

El periodista decidió entonces desahogarse ante la audiencia, sin obviar detalles como que –según su propio relato– la cadena había anunciado recortes para todos los contratos sin atender a que “el único contrato que no debería haberse tocado es el mío, porque mi programa le dio a esta emisora cierto prestigio que no tenía”.

Dicho esto, a Bayly no se lo vio más en pantalla. Fue reemplazado por una larga tanda comercial y luego por la segunda media hora del programa del viernes anterior. Ya en aquella emisión, el periodista estaba en pie de guerra: dijo al aire que si no lo habían amedrentado Hugo Chávez ni Fidel Castro, mucho menos lo harían los directivos de un canal de televisión.

El dardo era para Raúl Alarcón Jr., el empresario cubano-americano propietario de Spanish Broadcasting System, la empresa que maneja el canal. Si bien durante el censurado programa del lunes Bayly comenzó disculpándose con Alarcón por sus dichos del viernes (calificó de “exabrupto” sus declaraciones y trató al empresario de “amigo”), la cosa no tardó en ponerse caliente cuando, casi inmediatamente, le recordó a su jefe que él no era su “esclavo” y que mientras él escribía libros, el poderoso Alarcón se dedicaba a controlar empresas.

En cuanto al episodio con El Nuevo Herald, el periódico decidió no publicar el domingo último su columna semanal, porque, entre otras cosas, confesaba que sufría impotencia sexual debido a los somníferos que toma como paliativo de la profunda depresión que atraviesa. En uno de los párrafos, Bayly escribió: “No ignoro que corro ciertos riesgos mezclando tantos barbitúricos que me han vendido sin prescripción. Pero encuentro cierta belleza mórbida en el hecho de tragar las pastillas y no saber si será la última noche…”.

Aunque acaso lo más fuerte sea la frase siguiente: “Por eso, cuando me fui a dormir, me sentía un pedazo de mierda, un inútil, un comatoso sexual, un impotente a los cuarenta y tres años. Tuve que tomar más pastillas que las acostumbradas para evadir la realidad…”. En el final del artículo, Bayly se refirió a lo frustrado que se siente al ver postergado su deseo de volver a ser padre: “Sólo me da pena porque estaba ilusionado con tener un hijo con Sofía. Ella es mi última esperanza. Ella o alguna pastilla que me despierte del coma sexual. Ruego auxilio a los médicos amigos”.

En la columna contó cómo le va con su novio argentino, las conversaciones telefónicas que mantiene con su madre o la relación con sus ex mujeres. Con 42 años, dos hijas, más de 20 años de televisión, varios libros publicados y un largo registro de confesiones públicas, el polifacético animador es, desde siempre, un personaje controvertido.

Además de contar, con pelos y señales, detalles de su intimidad, Bayly demostró en el último tiempo que es capaz de cualquier cosa en cámara: puede comentar el juicio al ex presidente peruano Alberto Fujimori tanto como confesar que debe mucho dinero, opinar sobre el secuestro y liberación de Ingrid Betancourt, vender hamburguesas en plena calle junto a Beto Ortiz (otro presentador peruano), entrevistar a su propia madre, expresar arrepentimiento por haber ayudado a un político a ganar una elección o pelearse en público con el padre del jugador del seleccionado peruano de fútbol Claudio Pizarro.

Lo cierto es que nada de lo que hace pasa desapercibido ni le evita consecuencias desagradables: otro futbolista nacido en su país, Paolo Guerrero, lo amenazó con demandarlo penalmente debido a que Bayly ventiló supuestos actos de indisciplina ocurridos en la concentración del seleccionado peruano en noviembre de 2007, cuando el combinado recibió en Lima a su par de Brasil por las Eliminatorias.

Otro juicio millonario en su contra es el que lleva adelante Laura Bozzo, una conductora de televisión, que le reclama el pago de 5 millones de dólares acusándolo de calumnia, fraude y falsedad. ¿Qué dijo Jaime de la señora Bozzo? Que tanto ella como su productora pagaban a panelistas falsos para que mintieran en el talk-show que Bozzo conduce.

Y eso no es todo para Bayly y su mala fortuna: en los últimos tiempos, El francotirador, que mandaba en los números del rating y alguna vez ganó su franja con un programa grabado, vio disminuidos sus guarismos.

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