lunes, 2 de junio de 2008

La Flor de mi Secreto


Florencia de la V, 28 años. De los carnavales de Llavallol y la noche gay a la comedia familiar más vista de la televisión.

¿Cuántas reinvenciones caben en tu cuerpo? ¿Cuántas veces te convertiste en otra cosa? La biografía de Florencia de la V, la diva nacional definitiva, es la historia de una reconstrucción. Y eso no implica únicamente la decisión de travestirse. En efecto, el episodio medular de esta historia ocurre en 1993, momento en que nuestra heroína, por entonces un gay de Llavallol con el acelerador a fondo, se desentiende de su condición biológica y sale a la noche de Monte Grande vestida para matar. Se aturde de alcohol y caricias fugaces y, al amanecer, mareada de felicidad frente al espejo, llega a una conclusión irreversible: "No me saco la pollera nunca más".

Desde esa noche inolvidable, su revisión del yo comienza a operar en todos los órdenes, no sólo en la identidad de género. La vida de Florencia se convierte en materia maleable, la épica mutante de un chico iluso que se cría en el barro y termina destellando, voluptuosa y mordaz, en las marquesinas del Centro y en la comedia familiar más exitosa de la televisión argentina. Una versión total de la mujer que se inventó a sí misma, con todos los ingredientes de las leyendas del espectáculo.

En ese camino, Florencia recurre a varios rasgos de la narrativa de aventuras. Es el mocoso que quiere escapar de casa con un circo; es el mariquita precoz que engaña a un terapeuta conductista; es el puto más divertido y sagaz del barrio; es una adolescente grácil e introvertida que, en los carnavales de Zona Sur, se resiste a montarse la indumentaria de la comparsa; es una expulsada que vaga por la noche sin proyectos ni futuro aparente; es la reina de la escena queer de Buenos Aires; le hace perder la cabeza a un Gladiador Americano en un boliche de Ocean Drive; se cuela en el jet set mediante operaciones de prensa falaces. Y finalmente se convierte en Laisa Roldán, la bestia de los 40 puntos de rating y el primer gran golpe de una comediante asombrosa. Y todo eso antes de cumplir los 30.

Es agosto. estoy en las bambalinas del teatro Lola Membrives. Rolo Puente fuma en una ratonera que hace las veces de camarín. Lleva puesta una bata de seda sintética estampada de arabescos; las piernas huesudas se extienden hasta el zócalo. En algún punto de ese sucucho, entre la mirada pálida del veterano y las hilachas de humo azul, parece flotar el fantasma del esplendor de la calle Corrientes.

Los tacazos de Florencia de la V, vedette y capocómico a los 28, me arrean hasta el final del pasillo, el camarín de la primera figura: Acá estuvieron Olinda Bozán, Tita Merello, Susana Giménez, me dice Flor mientras se maquilla, imperturbable. Un asistente se asoma y le pregunta si necesita algo. “Una Coca común y una Bayaspirina, por favor.

Se dice que los que hacemos teatro de revista no tenemos sangre en las venas... Tenemos champagne. Me sonríe a través del espejo, entorna los ojos y levanta ligeramente el mentón, apelando a un rictus de condesa gélida que, luego de un par de encuentros, aprenderé a decodificar: está siendo terminante. Graciosa, enigmática y terminante.

Florencia es una mujer a primera vista seria, refinada y, de a ratos, un poco melancólica. No le lleva mucho tiempo entrar en confianza, pero fuera de su círculo íntimo se mantiene como una persona distante. Casi no se mezcla con el resto del elenco. Ultimamente está demasiado ocupada. “El trabajo en el espectáculo es como la vida de los leones”, me explica agrandando los ojos. “Una vez que empezás a matar, le agarrás el gusto y querés cazar presas cada vez más grandes.”

La voracidad estelar de Florencia creció como la gula de su personaje televisivo: desde que, en una escena ya antológica del primer capítulo de Los Roldán , la Isabel se mete un tremendo pancho en la boca (el prematuro highlight erótico pop de la televisión familiar 2004), Florencia comenzó a absorber luces y afecto de un modo alucinado, de a ratos peligroso. La ansiedad fue cada vez mayor, me cuenta y se recarga de rímel. Quería hacer más cosas y explorar campos que ni me hubiera imaginado. Pero mirame ahora: no tengo ni un día libre. Se detiene y frunce el ceño, como si acabara de darse cuenta. Elegí esta vida pensando que no iba a ser tan difícil, pero no creo que sea aconsejable hacerlo durante muchos años, porque me van a internar. Ni siquiera puedo disfrutar lo que me pasa. Un artista espera esto toda su vida, pero a la larga te das cuenta que todo no se puede. El cuerpo aguanta, pero no sé hasta qué punto.”

En esta noche helada de sábado, luego de una semana intensa de grabación, tiene que protagonizar dos funciones de (Una revista) diferente. Para colmo, después del Membrives se disfrazará de Laisa e irrumpirá en un cumpleaños de 60 para cantar el hit “La gata” a cambio de algunos billetes. Aun en la cima de la popularidad, de la V no descuida aquello que la llevó al estrellato: las changas.

Los altoparlantes del teatro “dan los cinco” para salir a escena. Cientos de espectadores –matrimonios veteranos, jubiladas solitarias, pajeros de diversa índole– esperan la apertura del telón. Allí aparecerá Florencia enfundada en un vestido rojo, haciendo playback sobre una versión de Cabaret”, rodeada de un dispositivo de bailarines, vedettes y comediantes. Hacia el final, en los mejores quince minutos del show, de la V se destapará con un monólogo en el que condensa toda su experiencia de barrio bajo, vida nocturna y supervivencia en la farándula.

“Cuánto viejo que hay hoy. ¿Qué pasó? Soltaron al pami”, rompe el hielo. “Miren que si no aplauden me meto adentro, prendo una vela negra y les hago cagar sangre.” Carcajadas. Sobre Moria: “Cómo se puso... Mirá si llego a decir que es una conchuda.” Más risas. Sobre la audiencia: “¿Hay algún puto acá, además de los bailarines? Acá se hacen mucho los machos, pero si tirás una pija al aire no llega al piso seguro”. Ovación femenina. Sobre su estado de ánimo: “Acá ando, esquivando el éxito. Apunada de tanto estar en la cima”. Aplausos. Sobre su primer encuentro con Sofovich: “Me comí la bombacha de los nervios”. Sobre Rolo Puente: “Ahora se le dio por tomar Viagra, pero más que nada para no mear la tabla”.

“Uno va adoptando frases”, me explicará después. “Eso es muy de gay, y muy de barrio. ¿Viste que el gay es muy de sitcom, muy de tirar gags todo el tiempo? Yo odio el bache. Siempre hay que meter un bocadillo que te despegue. Cuando empecé me preguntaron si se me acercaban mucho los tipos. Y yo dije: «Bueno, al que le gusta el durazno, que se aguante la pelusa.» Y quedó.”

¿En que casillero del tablero queres ser/ travesti mediático cabe esta rompecorazones? A diferencia de Cris Miró, que tuvo a su cargo la ingrata tarea de “abrir camino” (o al menos una ranura), de la V está a punto de trascender el rótulo genérico para convertirse en una comediante de carácter. A diferencia de la española Bibi Andersen, que basó su fama en la mímesis casi perfecta del cuerpo femenino, Florencia construyó un tipo de belleza personal y ambigua, sin deshacerse del todo de los rastros de su pasado de testosterona. A diferencia de Cal Stephanides, el hermafrodita que protagoniza la gran novela Middlesex (del norteamericano Jeffrey Eugenides), su decisión no se ancla en una peculiaridad del quinto cromosoma: Florencia nunca sintió haber nacido en el cuerpo equivocado (y eso la ubica, casi accidentalmente, junto a la avanzada teórica que descarta el paradigma genérico bipolar: varón/mujer). Como Fernando Peña, resquebrajó varios presupuestos de su universo de pertenencia. Pero mientras Peña surgió de la alta burguesía para convertirse en ícono contracultural mediatizado, Florencia hizo el camino inverso: empezó en los márgenes de la noche y acabó seduciendo a la familia argentina en el horario central de Telefé. Lo dicho: de la V es un caso único.

Ahora bien, ¿cómo llegamos a este momento de fama, vestidos de strass y persecuciones periodísticas? La reconstrucción del pasado propio es una tarea compleja. ¿O acaso nunca se te dio por idealizar, simplificar o exagerar episodios de tu vida? En el caso de una travesti, toda esa reinterpretación se potencia significativamente. Si cambiar tu identidad de hombre a mujer es una revolución personal, ¿cómo no alterar y darle forma caprichosa al resto de tu existencia? En el decisivo ensayo Cuerpos desobedientes, travestismo e identidad de género, Josefina Fernández escribe : “El travestismo incluye cambios de roles e identidad, no sólo de lo masculino y femenino, sino también de la realidad y la fantasía. En muchos sentidos es, en sí mismo, una fantasía, un medio de proyección de un modo de ser diferente”.

Florencia parece ejercer una práctica cotidiana de borramiento, digestión y recuperación de muchos de los rastros de su pasado. Refiriéndose a etapas idénticas de su vida, puede recordarse invariablemente desenfadada e introvertida, charlatana y muda. Y en ese proceso de reinvención (que todos vivimos, pero no siempre de un modo tan completo), algunas cosas desaparecieron y otras reaparecen, mutadas, al cabo de un par de temporadas en el olvido. Vayamos por partes.

Capítulo 1 : Casa de muñecas

Todo empieza el 2 de marzo de 1976, quince minutos antes de las 11 de la mañana, en una sala del Hospital de la Madre y el Niño de Resistencia, Chaco, hoy convertido en una mole oscura en la que opera el Casino Gala. Sabina Báez, una costurera misionera, y Claudio Trinidad, un maestro mayor de obras paraguayo, tienen en poco más de un año a su segundo hijo varón, a quien bautizan Roberto Carlos.

La familia vive en una casita de Villa Los Lirios, un barrio de calles de tierra en el Sur de Resistencia. Florencia no puede recordar el período chaqueño de la fábula, porque al poco tiempo los Trinidad se mudan al Sur del conurbano bonaerense. Tampoco recuerda el capítulo que corresponde a su madre, porque antes de que la memoria ilumine los primeros tramos del relato, Sabina muere de cáncer.

Claudio trabaja como obrero metalúrgico y se instala con sus dos hijos en una casa pequeña situada en la calle 1° de Marzo y Doyhenard, en Llavallol. Roberto se cría allí junto a su hermano mayor, su padre, la nueva pareja de su padre y los dos hijos de la madrastra en tránsito.

A esta altura, Florencia es un chico fantasioso que asiste a la escuela primaria Nº74, a un par de cuadras de su casa. Cuando se retrotrae a ese tiempo, piensa en el pasto escarchado que pisaba en el trayecto al colegio. Lo odiaba, pero su padre no le permitió faltar a clase jamás. “Siempre fui bastante inteligente, pero era vaga. Estaba en la luna. Me la pasaba inventando historias. Entretenía a la clase.” Las telenovelas, las películas clásicas por atc y los Sábados de súper acción consumían buena parte de su atención. Una tarde, la figura de Liza Minnelli en Cabaret se le presentó como una especie de revelación: resuelta y distinguida, plástica y distante. Algunos atributos que, años después, contribuirían a moldear su identidad femenina.

Estamos en uno de esos momentos en que la fábula adquiere una forma tan concisa y profética que huele a biografía ficcional. A los 8 años, el chico devoraba las telenovelas de Verónica Castro y Andrea del Boca con el frenesí de una mucama soñadora. Pero la asistencia al turno tarde de la escuela atentaba contra su adicción a Rosa salvaje, Los ricos también lloran, El derecho de nacer... “Por las novelas me pasé a la mañana”, cuenta Florencia. “Hice todo un teje en el colegio y un día llegué a casa diciéndole a mi papá que me pasaba a la mañana porque la tarde estaba excedida de gente. Era tremenda. Siempre fui muy novelera. Laisa Roldán tiene mucho de eso: es trágica. Todo es el llanto, el sufrimiento.”

Las tardes en Llavallol habían mejorado. La casa estaba vacía, el televisor estallaba de amoríos desgarradores y nuestra heroína podía disfrazarse de lo que se le antojara, incluyendo intromisiones en el placard de la madrastra. Según asegura Florencia hoy, su identidad psicosexual estuvo definida desde siempre. Le atraían los varones, le gustaban las muñecas y detestaba al terapeuta que su padre le obligaba a visitar. “Yo pensaba que era mujer, que en algún momento iba a cambiar. No lo hablaba con nadie. En mi casa jugaba con muñecas. Pero cuando iba a lo del terapeuta, me ponían autos y muñecas y yo elegía los autos. Era loquita, no boluda.”

Desde muy pequeño, al igual que muchas travestis, manifestó un impulso por abandonar el hogar paterno. La primera vez que intentó llevarlo a la práctica fue a los 8 años, cuando vio la película El circo, en la que Andrea del Boca se fuga de su casa. “Yo quise hacer lo mismo. Armé la valija y me fui a un circo pulgoso a veinte cuadras de casa. Me sacaron cagando.”

Capítulo 2: Despertando a la vida

Florencia tiene una respuesta para casi todo conflicto o virtud personal: un recurso que se desprende de la combinación de su pragmatismo barrial y una módica elaboración psicoanalítica. Una tipa de barrio que empezó a hacer terapia en el momento en que la curva de la fama comenzó a pronunciarse. “Internamente, siempre quise cortar vínculo con mi casa, por las dudas de todo. Por si me iba, para no extrañar tanto. Eso me hizo bastante independiente.”

–¿Tenía algo que ver con que temías ser rechazada?

–Capaz que tenía que ver con un poco de todo. Yo siempre fui muy autista en mi casa, desde muy chica. A medida que fui creciendo, más todavía. Nunca fui muy familiera. Soy bastante solitaria.

–¿No te ves con tu familia?

–Sí. Los veo una vez por mes, por ahí. Ahora un poco más. Mañana voy a llevar a mi sobrina a ver a Barney. ¿Sabés dónde lo dan?

Como ignoro el dato, volvemos atrás. A los 12 años, mientras trabajaba de cadete en una tintorería, tuvo otro de esos momentos reveladores: vio a Locomía en Bunker. “Era Alcatraz”, recuerda con los ojos fuera de órbita. “Los hombres se besaban. Te juro que me dio miedo y placer al mismo tiempo. No podía creer que en la Argentina estuviera pasando eso.”

Apenas terminó la primaria, y luego de que un compañero de séptimo grado le robara un beso en la boca, resolvió mudarse a La Plata, a la casa de una tía. El primer año de la secundaria asistió a la enet Nº5. “Como te decía, siempre quise huir de mi casa. Nunca me pude quedar con lo pactado.”

El clima universitario de la ciudad le “abrió la cabeza”, pero después de un año comenzó a extrañar. Volvió a Llavallol con el pelo largo y se inscribió en el turno vespertino de la Media Nº2, de modo que pudiera trabajar durante el día. “Cuando empecé en La Plata, todo calladito, no se daban cuenta que era gay. Pero ese año terminé hecho una loca de atar. Estaba curtido, lejos de mi casa. Era un plumero. Entré al secundario de acá sin que me importara nada. Los compañeros no me podían decir nada, porque yo era más puto que las gallinas. Tenía una actitud tan asumida que la gente prefería no meterse conmigo. La pasé brutal. Era la reina del colegio.”

Después de la tintorería, atendió un videoclub. Aprovechó el empleo para ver películas. Si en la infancia Liza Minnelli había representado la hipérbole de lo femenino, a comienzos de los 90 el referente fue la refinada Julia Roberts en Mujer bonita .

A los 15 años, un compañero de clase lo invitaba a la casa para confiarle secretos sobre él y su novia (una ex amiga de Florencia). Después de algunos coqueteos y sesiones de televisión, se besaron y tuvieron sexo. “Era un amor flasheado, imaginate. Un día me invitó a ver una película a la casa, de noche. Mi papá no me dejó. Al otro día no volví a mi casa. Estuve como una semana afuera. Paraba en lo de la hermana del chico. Ahí quebré otra barrera con mi papá. Desde entonces no me dijo nunca más nada.”

Cuando todavía era un adolescente, tenía el pelo negro y lacio, “como una Azúcar Moreno”. En el barrio se lo conocía como “La Freddy”. Atraía a hombres y mujeres por igual, aunque las mujeres siempre le provocaron “alergia” (ninguna fantasía lésbica). Tenía aspecto femenino y cuando salía de noche con sus compañeros del secundario, asegura, solían confundirlo con una chica. “Hasta que un día mis amigas me dijeron: «¿por qué no nos vestimos todas?»”

Capítulo 3: Biología no es destino

Hasta los ultimos tiempos del colegio secundario, Florencia no se imaginaba que terminaría travistiéndose. Hasta esa noche en que se calzó la pollera, salió de rueda nocturna por Monte Grande y experimentó una asfixiante ráfaga de felicidad; una travesti, para ella, equivalía a una excentricidad de Carnaval. “En el barrio, cerca de casa, se armaba un corso bárbaro con Los Dementes de la Loma. Yo a veces me subía a los micros, me iba a Burzaco y de repente veía que bajaban cuarenta travestis que no lo podías creer. Algunos eran un desastre, pero otras eran increíbles. Yo pensaba: ¿cómo hacen para estar así? Los viejos putos comparseros me decían «nena, vos tené que tomar hormona». Pero me daba miedo. Y las lindas no te decían nada, las hijas de puta. Imaginate ese micro: era un cogedero de gatos. A mí me querían sacar a bailar, pero nunca acepté. Me quedó como asignatura pendiente.”

Marcela Ramallo, una travesti que baila en los carnavales de Zona Sur desde hace veinticinco años, recuerda el día en que Florencia se acercó por primera vez a un ensayo de Los Dandys de Llavallol. “Era brava, como toda persona que recién comienza. Mucha personalidad. Se vino a un ensayo de la comparsa y no fue tan bien recibida. Venía a querer imponerse a un territorio que desconocía. La comparsa ya estaba armada con brillo, con plumas, pero a ella ese tipo de ropas no le iban. Tenía el pelo largo, era flaquita. No tenía pechos, pero estaba vestida de mujer. Pretendía salir de pollera de jean y top, el pelo suelto y nada más.”

Lo que ocurrió, según explica la nunca escrita autobiografía de Florencia de la V, fue que su travestización conllevó un proceso de introspección. Cuando era un varón gay, Florencia era explosiva. Desde el momento en que empezó a travestirse, prefirió pasarse de pudorosa. “Siendo travesti no podía andar con una pandereta en el culo, porque ser travesti ya es naturalmente llamativo. Siempre pensé que con un travesti es suficiente. Dos son multitud, una comparsa. El travesti no es consciente de sus movimientos.” Sonríe y menea los hombros a la par de los pechos. “Y yo pensé: más vale que vaya yo solita. Dentro de todo, a la noche todos los gatos son pardos.”

Después de terminar la secundaria, Florencia –que había heredado la máquina de coser de su madre y tenía buena mano para confeccionarse vestidos– se inscribió en la carrera de Diseño de Indumentaria en la uba, pero la abandonó rápidamente. Para esa época, el vínculo con su padre estaba diluido. Vagaba de casa en casa, sin ningún rumbo cierto. Tuvo algunos trabajos pasajeros en el conurbano y frecuentaba el circuito gay de Capital, pero empezaba a ver que la vida de una travesti pobre no tenía nada que ver con la de Julia Roberts. Fue una de esas noches de 1995 que Roly Sanova, un diseñador chaqueño que por entonces compartía un departamento de Corrientes y Salguero con su hermano Eduardo, la encontró llorando en un banco de la Plaza Almagro, diciendo que para ella el mundo se había acabado.

“Estaba re-mal”, cuenta Roly. “Había tenido problemas en la casa y no sabía qué hacer. La invité a vivir con nosotros. Estuvimos juntos tres años, hasta el 98.” Era momento de elegir un nombre en serio. Despojarse del cabaretero y permisivo “Karen” que usaba hasta entonces y optar por un nombre más discreto. Roly fue quien terminó rebautizándola. “Le sugerí Florencia. Y le puse una parte del apellido de mi mamá, que es Meave de la Vega.”

“¿Sabés qué difícil es empezar, de un día para el otro, a vivir tu vida en femenino? Imaginate. Me llevó un tiempo asimilar todo eso”, dice Flor con un mohín de aflicción. Experimentó brevemente con algunas hormonas, pero el tratamiento químico la aterraba. Era hora de enfrentar a su familia por primera vez. Aprovechó el casamiento de una prima: se confeccionó un vestido “divino” y entró desfilando sobriamente a la iglesia San Franciso de Asís de Llavallol. Nadie de su familia se acercó a decirle nada. “Creo que los dejé sin palabras.”

Para entonces, su estética femenina estaba predeterminada: generacionalmente, Florencia se sitúa entre la travesti veterana que imita a la vedette despampanante y la del último tiempo, que tiene como espejo idílico a la lolita. “Yo siempre supe que la gente se confundía con el travestismo, que fue lo que me llevó a mí a ser travesti”, explica. “Si bien empezó todo como un juego, darme cuenta que quería ser travesti era una cosa seria. No era joda. Tenía que evaluar muchas cosas. Y entonces prioricé mi felicidad. Hasta que no lo hice, no sabía qué era lo que realmente me hacía feliz. A mí me mató. Pero eso no quería decir que me convirtiera en un carnaval carioca caminando. Ahí está la diferencia. Yo quiero ser mujer, no una caricatura. Y con el tiempo me di cuenta que, a medida que te relajás, podés ser mucho más femenina que cuando pretendés acentuar los rasgos de mujer.”

Capítulo 4: El camino a la fama

En los primeros tiempos de la transformación, los hermanos Sanova fueron algo así como los Malcolm McLaren y Vivienne Westwood de Florencia de la Vega. A comienzos de los 90, Eduardo y Roly organizaban desfiles en el Chaco con modelos andróginos y diseños de vanguardia, algo difícil de asimilar en una ciudad como Resistencia. “Yo le hinchaba mucho las pelotas para que se exhibiera de forma más femenina. Le cargamos las pilas con el tema maquillaje, peluquería, producción”, cuenta Roly. “Le ayudamos a construir la imagen. Mi hermano, además, tenía muchas conexiones en los medios. Ibamos a los lugares donde teníamos que estar: Morocco, El Cielo, Pacha...”

Florencia todavía no había entrado en el quirófano. Y si de algo estaba segura, es que no quería saber nada con la silicona líquida. “Muchas travestis, cuando están aburridas, empiezan a inyectarse silicona industrial por todos lados: las tetas, la cadera, el mentón, la frente, los pómulos... Y así quedás hecha un Muppet. He visto algunas bellezas que terminaron destruidas por la silicona líquida.”

En el 96, el cirujano Raúl López Bandera lo puso así: “Vos no podés andar sin tetas”. “Sí, parezco Valeria Mazza”, admitió Flor. Y así fue que tuvo sus primeras y moderadas prótesis mamarias, que por aquellos silicofílicos años menemistas se conseguían a unos 4 mil dólares el par. “Fue lo mejor que me pasó en la vida”, asegura. ¿Pero cómo llegó al voluminoso pecho plástico que, en estos días, remata su aplanador metro ochenta (o casi)? “Me volví a operar años más tarde, porque las que me habían puesto eran muy chiquitas. Fue con Gustavo Sampietro, el mismo que me hizo la depilación definitiva.”

Con su flamante adquisición pectoral, Florencia comenzó a trabajar de drag queen . Desfilaba en discotecas, promocionaba un solárium en Belgrano, se consagraba reina de Bunker por enésima vez... El círculo parecía cerrarse: sólo podría trabajar de travesti. En un punto, le resultaba descorazonador.

Viajó a Miami con un amigo, un poco de vacaciones, otro poco para probar suerte. Sirvió tragos en Mambo, un boliche en Ocean Drive. “Los americanos se enloquecían conmigo, porque era morocha, me daban buenas propinas. Para mí, que no tenía ninguna perspectiva, que no tenía ni idea qué iba a hacer con mi vida, estaba bien.” Thomas, un luchador que participaba en Los gladiadores americanos , se enamoró con desesperación y le propuso matrimonio. “Estaba enloquecido”, recuerda Florencia con el tipo de sonrisa que usa para definir turbulencias benignas. Es una sonrisa que combina estupor y un dejo de sarcasmo. “Yo le dije que sí, pero al final me vine para acá. Me siguió llamando a mi casa hasta cuatro años después.” Imaginen a esa pareja: una travesti de Lomas y un titán del catch televisivo yanqui. No pudo ser.

En el 96, de regreso a Buenos Aires, Florencia y los Sanova organizaron dos operaciones de marketing para insertarla en el jet set. Una fue en la entrega de los Martín Fierro. Le diseñaron un vestido de gala negro y verde, alquilaron una limosina blanca y llevaron a Florencia hasta el lugar de la ceremonia. Eduardo y Roly se mezclaron entre la gente y comenzaron a gritar el nombre de la misteriosa dama. De la Vega irrumpió, altiva y electrizante, y las cámaras se abalanzaron como si se tratase de una verdadera estrella. “Fue todo un montaje”, recuerda Roly. “Y funcionó.”

La segunda operación fue cuando el rrpp de Morocco, Hugo “Guga” Pereyra, le presentó a David Copperfield. Aunque el hecho no pasó a mayores, desde la tevé chimentera se alentó la hipótesis de que el mago había “cambiado a Claudia Schiffer por una travesti argentina”. La prensa compró la “noticia” y Florencia, estratégica desde el comienzo, negó el rumor con la sonrisa ambigua de los cazadores de fama.

Al poco tiempo, el productor Ernesto Medella, mano derecha de Carlos Rotemberg, citó a Florencia en una oficina de Canal 9. Cris Miró había contraído una neumonía y alguien tenía que ocupar el lugar de la travesti en el elenco de Más pinas que las gallutas , la obra de Hugo Sofovich que se representaba en el Tabarís. “Yo no ganaba un sope. Hacía algún que otro desfile, alguna que otra promoción, pero andaba siempre con lo justo. Con un poco de suerte, juntaba 300 al mes.” Medella puso sobre la mesa un contrato de 2 mil pesos. Florencia tragó saliva. “¿Qué tengo que hacer?”, preguntó. El papel era aparentemente sencillo: debía salir a escena en corpiño y bombacha y gritar “¡Me violaron!” La idea de enfrentar al público en ropa interior le dio pánico, pero era una oferta que no podía rechazar.

Llegó al ensayo el día previo a su debut, en mayo de 1997. Tenía 21 años. “Era una nena”, recuerda la actriz Cinthia Guerra. “Tenía el aspecto de una chiquita desvalida que se escapaba del destino de Godoy Cruz. Llevaba puesto un tallieur hermoso. Era súper femenina y, a la vez, tenía la gracia de un puto jodón.”

Ese día comenzó el proceso de extraversión de nuestra heroína. Y desde entonces todo fue en ascenso.

Capítulo 5: El vértigo de la cima

En los estudios de america que dan a la calle Gorriti, el camarín de Mirtha Legrand permanece cerrado detrás de una estrella dorada. Faltan quince minutos para que empiece el almuerzo y la única comensal todavía no aparece. Una productora de mirada torva merodea el hall con el tranco de un boxeador antes de saltar al ring. Veinte minutos después del mediodía, se abre el portón con un estrépito y un Peugeot gris mete la trompa en la playa de entrada al galpón, desembarazándose de una ristra de fotógrafos, curiosos y buscadores de autógrafos. Florencia de la V (reducido su apellido a una inicial debido a la demanda de una homónima que pretende el nombre en exclusividad) baja del auto forrada en satén y abrigada con un saquito de hilo (“como la Realeza británica”, dirá luego al aire), secundada por un vestuarista, un coiffeur y una jefa de prensa de Ideas del Sur.

Detrás de un par de lentes ahumados, Florencia me saluda con un gesto y entra en un camarín pequeño. Al rato manda llamarme y me dice que le disculpe el montaje del operativo, pero últimamente su vida se convirtió en un lugar extraño. Le digo que almorzar sola en lo de Mirtha Legrand debe ser un acontecimiento extraño. Sonríe sin dejar de hacer puchero frente al espejo. Tiene la elegancia y la frialdad de una diva nacional. Frente a las cámaras, Mirtha dirá que es “la reina de Buenos Aires”. Una manera básica, anticuada y bastante pertinente de definir el momento de una estrella que parece heredar el porte de viejas glorias del espectáculo porteño. “Yo siempre digo que vino bien el ingreso de Florencia en la farándula para que volviera el glamour que estaba perdido”, dice José Luis Ferrando, su vestuarista. “En este país tenemos mucha diva grasa. Y Florencia jode desde un lugar de Carlitos, pero se produce de tal manera que entra en un lugar y rompe todo... Si hoy se va de acá a las carreras de Ascot, la dejan entrar sin problemas.”

Después del postre y el brindis con champagne, se me ordena que suba al remís estacionado en la entrada. Del lado de afuera del estudio, una tropilla de paparazzi espera la salida de la invitada. Mauro Viale se parapeta contra el portón, listo para una nota-emboscada. Florencia sale, responde preguntas con estoica frivolidad, esquiva un par de cámaras y se cuela en el asiento trasero del auto. Camino a su departamento, me dice algo sobre la necesidad de no tener de enemigos a ciertos periodistas “siniestros”.

Desde sus primeros pasos en el espectáculo, Florencia creyó entender “las reglas del juego”, y no le gusta exagerar su papel de luminaria cercada por la prensa. Sabe que su primer territorio de comediante fueron los programas de chimentos. Antes que actriz, fue entrevistada.

Lo que no quita que, en los recientes tiempos de fama exorbitante, el tratamiento que le dispensaron ciertos medios la pusieran al borde de un ataque de nervios, en especial cuando el foco se detuvo en su identidad genérica. En un par de semanas, la factoría de noticias que gira a su alrededor produjo dos títulos ligados a su condición de travesti. Laisa se vistió de chico para una escena dramática de Los Roldán (periodistas como Jorge Rial criticaron el episodio con falso tono proteccionista) y la revista Paparazzi publicó una foto en la que a Florencia, por debajo de la minifalda, se le adivinaba un bulto que bien podía ser un testículo. Lo curioso es que el título de tapa era: “El secreto de Florencia”. “Como si yo hubiera dicho que tenía una concha grande como una cacerola”, me dice con una sonrisa.

Llegamos al departamento de Florencia en Las Cañitas, encajado en un edificio nuevo, de pórtico lustroso. Aquí vive junto a su pareja, Pablo Goycochea, un odontólogo entrerriano (divorciado, dos hijos) al que conoció en el boliche El Angel de Gualeguaychú, hace siete años. La prensa intenta contactarlo periódicamente, pero su intimidad es impenetrable. Cuando llegamos al pallier , se escuchan algunos ruidos del otro lado de la puerta. “¿Estás vestido?”, pregunta Florencia antes de girar la llave. “Sí”, responde él desde adentro.

Tiene la complexión de un patovica, movimientos rápidos y el pelo corto y paradito. En un recreo entre el gimnasio y el consultorio, se mueve vertiginosamente de la cocina al comedor, dos ambientes asépticos, de mobilario sintético, bastante impersonales. Pablo es un tipo simpático, aunque parece tener su carácter. Mientras Florencia se mete en el dormitorio para cambiarse, él comenta algo sobre el ahogo mediático. “Un día de estos se me va a escapar una derecha a mí...”. Cierra el puño y luego baja la voz: “Aparte, a ella le está haciendo mal. No va a terminar bien”. Señala la puerta de la habitación y luego se va del departamento agitando las llaves.

Florencia sale de la pieza sin el vestido de satén: jean, musculosa blanca y sandalias. Tiene el pelo recogido, la cara distendida y un vaso de agua saborizada en la mano. Me ofrece pedir comida por teléfono. Más allá de su bandeja de Dieta Delivery, la heladera está casi vacía. Desde que empezó a trabajar demasiado y debió suspender el gimnasio, comenzó a engordar un poco (está en la edad exacta en que, por la rutina, la preservación de las formas empieza a convertirse en una tarea un tanto ardua). Me lo resume con retórica maradoneana y su típico tono de chusma de barrio: “Trago como vikingo en celo, y no quería terminar como la Gorda Matosas”. Luego se vuelca, dócil, en el sofá y me cuenta su método de supervivencia.

“Desde el momento en que empecé a reírme de mí, el resto dejó de reírse. Yo tengo una conducta muy femenina, por eso no me molesta decir lo que digo, ni me molestó vestirme de varón para el programa. Si bien el medio me acepta, siempre me tiraron esa de «Eh, Florencia, que el paquete, que esquivemos el bulto...» Siempre se mofaron de mi condición. Y ahora, cuando en un programa, con un libreto, tengo que hacer de varón, salen a cuestionar un montón de pelotudeces: «Eh, nosotros la compramos de mujer...» Primero me joden con que me afeito antes de salir a los Martín Fierro y después dicen que siempre me vieron mujer. Es un discurso pelotudo y de gente chata. Por eso trato de no prenderme.”

Cuando salimos a la calle, lleva una campera de cuero negra, tacos altos y lentes oscuros. La gente la observa con una sonrisa incrédula: esa señora no tiene mucho que ver con Laisa Roldán. Nos subimos a su coche nuevo, un Ford Ka azul oscuro al que ella llama el “Laisa Móvil”. Apenas salimos del garaje, un auto clava los frenos a pocos centímetros de nuestro paragolpes trasero. Florencia no parece darse cuenta de lo cerca que estuvimos de chocar.

Cómo decirlo... Sentado en el asiento del acompañante, tengo la sensación de que el parabrisas está demasiado cerca de mis narices. En el tramo que va de su casa a Ideas del Sur, mientras suena el disco de Bebo & Cigala, ella conversa con su gracia habitual y pisa los frenos sin muchos escrúpulos. Si el imaginario vial misógino indica que las mujeres son malas al volante, puedo decir que Florencia es absolutamente femenina.

Antes, en la intimidad de su casa, me había dicho que, para ella, el público relegó a segundo plano el factor travesti, aunque sabe que “la inserción en la sociedad todavía cuesta”. Y trata de recordar qué cambió desde los viejos tiempos. “En mi barrio estaba el Tuerto Mario, que era un puto más feo que una deuda. Pero hacía cosas de costura, no era prostituta. Después estaba la Cacho, de Loma Verde, y todo el mundo la trataba de mujer. En los barrios bajos está mucho más asumido el travestismo. Son más respetadas.”

Cuando empezó a usar pollera, los infames Edictos Policiales ya estaban vigentes, de modo que el travestismo era motivo de detención. “Yo nunca tuve problemas con la policía, porque siempre fui muy discreta. Nunca quise ser una zarpada. Temía que, por ser divertida, piensen que estaba regalada. Y así, los hombres que se me acercaban nunca me trataron como a una más.”

Esa distancia que Florencia expresa respecto “del gremio” es la que hace que no goce de la simpatía de algunas travestis. “Ella sólo se representa a sí misma”, dice Lohana Berkins, maestra y militante al frente de alitt (Asociación de Lucha por la Identidad Travesti Transexual). “No creo que, por ser travesti, tenga que hacerse cargo de toda la comunidad. Pero sí creo que es un poco violenta la manera en que desconoce al mundo al que pertenece. En ella hay imágenes de una comunidad preexistente, que fue estableciéndose en la sociedad. Ninguna travesti se autoconstruye.”

Hace tiempo que Florencia se adueñó de su destino, subvirtiendo todo aquello que en su vida, a priori, parecía inevitable. Y así como supo desentenderse de su condición cromosomática, ahora desmiente lo que la teoría queer progresista presupone de una travesti. La postura (a)política de de la V (más cercana al pensamiento medio de la pequeña burguesía que al de las chicas de Godoy Cruz) es una prueba de que la travestización, o cualquier otra elección genérica o sexual, no contempla necesariamente la inclusión de un marco ideológico acorde.

Cuando le menciono el Código de Convivencia y los incidentes en la Legislatura, comenta: “Me parece vergonzoso que no se pueda terminar de votar una ley. Por otro lado, andá a París a tocar un edificio histórico: ¡te meten preso de por vida! No sé, es respetable desde los dos lugares. La gente no quiere que le cojan en la puerta y los travestis no se quieren mover. Es complicado”.

Para Lohana, el lugar de popularidad que ocupa Florencia no contribuye en nada a la causa. “Creo que los mismos que pagan los 40 pesos para verla en el teatro, o los que miran Los Roldán , son los mismos que piden a gritos la vuelta de los Edictos Policiales y todo tipo de castigo, segregación y zonas rojas para las travestis. Esta es la contradicción que produce el fenómeno Florencia de la V.”

Capítulo 6: Entre tus piernas

La sesión de fotos para esta entrevista se hace en una de las mañanas más frías del año. Una turbina de aire caliente, dispuesta en el centro del patio de un caserón derruido, evita que Florencia se escarche, desnuda, entre un par de macetones y una pared descascarada. Su entrega a la lente es total, por momentos sobrecogedora. No sólo por el frío, sino porque su cuerpo, en estos días, es el foco de un montaje mediático obsceno. A ella no parece importarle mucho.

Entre toma y toma, su equipo de producción (maquilladora, estilista, vestuarista) trabaja sobre su imagen en una habitación que da al frente del ph. Se improvisa una charla de peluquería en la que la mitad de la farándula termina dialécticamente triturada. “Cómo le gusta la garcha” (sobre una cachorra con fama de reventada.) “Mostrale 500 pesos y vas a ver cómo entiende, ese gato” (sobre una vedette en leve ascenso.)

Curiosamente, Florencia no tiene agente de prensa personal, ni manager, de manera que ella misma se encarga de responder los llamados y concertar entrevistas. “A medida que fui creciendo artísticamente, me gustó más estar sola. Como todo el tiempo estoy con tanta gente, prefiero tener momentos para descansar la cabeza. Me gusta tener el control sobre todo.” Su celular vibra a un promedio de tres veces en diez minutos. Ahí va de nuevo. Llaman del local La Mejor Flor, preguntando qué dedicatoria acompañará el ramo para Mirtha Legrand. “Ay, no sé, inventate uno”, le pide Florencia a su vestuarista.

“¿Ves, Pablito? No puedo estar en todo”, me dice a través del espejo (casi siempre Florencia me habla a través de un espejo). “Producirme para las fotos, hacer la nota con vos, pensar una dedicatoria... Es too much.” El peluquero le adosa un aplique rubio. Florencia ladea la cabeza y entorna los párpados. “En algún momento me voy a tener que platinar. A la gente le gusta el rubio, ¿no te parece?”, consulta. Levanto los hombros. “Sí, el platinado da diva. A la gente le decís diva y piensa en una rubia”, intenta convencerse. “¿Qué más me falta para ser diva? Un divorcio tormentoso...”. “Y ponerle un restaurante a tu ex”, tercia uno de los asistentes, y todos estallamos en un concierto de risas digno del área de secadores de una peluquería.

En mi segunda visita al camarín del Lola Membrives descubro que, en ese proceso de consagrarse una diva completa, le faltaba algo más que un divorcio tormentoso. Y el detalle está ahí, acurrucado en la falda de su bata de terciopelo rojo: una bolita de algodón de dos meses a la que Florencia bautizó Cayetano (lo compró esa misma tarde, 7 de agosto, día del santo patrono de los trabajadores). Es un maltés enano muy chic, el pichicho adecuado para una estrella de la calle Corrientes y de la franja familiar de Telefé. “Quería un perro grande, un Golden Retriever, pero esos te comen todos los muebles”, me explica y tuerce la boca.

Florencia había ido a Easy, en verdad, a comprar una soldadora para el marido de su madrina, un herrero con el que trabajó cuando era chico. Semanas atrás, le saquearon su taller de Llavallol, así que quiso darle una mano. No consiguió la soldadora, pero en la vidriera de la veterinaria de Jumbo se encontró con este cachorro esponjoso y decidió adoptarlo. Le dijo a la vendedora que era para su sobrina. Mentira.

Los vendedores se sorprenden cuando ven a Florencia en el mundo real. Tan sobria, tan poco Laisa. “El hecho de hacer de travesti en la televisión me llevó años de terapia, el poder separar mi vida de la ficción. Por eso me salió este personaje tan rico y gracioso. Laisa es un invento, una construcción mía, y eso me da la libertad de llevarla a un punto límite. Aunque puede que sea mi inconsciente. Capaz que en el fondo soy una travesti comparsera.”

Cuando observe por primera vez los contactos de las fotos, recordé las horas en que estuvo en el patio del caserón, desnuda y entregada a la cámara. Contra esa pared, la humanidad de Florencia parecía sintetizar todo lo que alguna vez fue y aquello que ha dejado de ser. Su anatomía es, de algún modo, la cartografía de una transformación. Las marcas quirúrgicas en los pezones, las crestas angulosas de la cadera, el tatuaje gótico que tiene a la altura de la ingle, las uñas recortadas como cuchillas, el “conchero” para “trucar” sus genitales, los muslos tonificados y espléndidos, el semblante rígido, la sonrisa profesional.

Estaba envuelta en su bata roja y tenía unas zapatillas Puma gastadas que suele usar para descansar de los tacos. Se había despertado a las seis de la mañana y mantenía su proverbial simpatía distante. En el momento de enfrentar a la cámara, anteponía una fachada de seducción y frialdad que me resultó admirable y, por alguna razón, remotamente triste.

Quizá porque, en esos días de estruendo mediático, su masculinidad subyacente despertaba todo tipo de sensaciones: curiosidad sexual, alcahuetería morbosa o fascinación estética. Florencia pondera todas las variantes. Ninguna la incomoda (al menos eso dice.) Evidentemente, la chica a la que le avergonzaba ponerse las plumas en Carnaval ha recorrido un largo camino. “Tengo una relación tranquila con todo mi cuerpo”, me dijo al día siguiente en el camarín de Laisa, metida en un vestidito de lycra corto y escotado.

–Y eso incluye tus genitales, supongo.

–Obvio. Si no, ya me hubiera operado. Hay muchas transexuales que dicen que nacieron en el cuerpo equivocado. Para mí, hacerte una vagina no te hace ni más ni menos mujer. Yo nunca me voy a olvidar de lo que fui cuando nací, en lo que me fui transformando y en lo que decidí ser. Si hoy elijo vivir como travesti y mañana elijo operarme, será otro momento. No creo en eso de la mujer completa. Algunas tienen mucha mística con eso, con que vinieron en el envase equivocado. Para mí es un chamuyo.

En lo que para ella será el insólito invierno de 2004, su posible operación de cambio de sexo se convirtió en una especie de asunto de Estado, tema de conversación de panadería y de patio escolar. “Son cosas que siempre dije, pero ahora se amplifican demasiado”, asume. “Por suerte, la gente que va al teatro no paga para ver al travesti: paga para ver lo que hago artísticamente. Y el día que me quiera hacer una concha, me la haré porque se me cantan las pelotas. Nunca me importó el qué dirán. Por eso soy lo que soy. Si algo prioricé siempre fue mi felicidad, no lo que pretendían los demás. Siempre intenté agradarme a mí, antes que a otro. Y para vivir así tuve que asumirme y estar tranquila con todo mi cuerpo, con lo que soy. Tengo que acostumbrarme a que de todo se hable en público, ya lo sé. Pero también sé que todo pasa, nada dura.

Pablo Plotkin
Octubre del 2005

Asesinos homosexuales


No todos podíamos ser buenos. De hecho algunos de los personajes más terribles de la historia fueron también homosexuales. Asesinos brutales que, exactamente igual que los heterosexuales, desviaron su personalidad hacia extremos aberrantes y aterradores. Tristes pruebas de la generación que pueda alcanzar la naturaleza humana y que reunimos aquí en una particular cámara de horrores compuesta exclusivamente por miembros de la Comunidad LGTB.

Pilles de Rais, el Barba Azul sanguinario

Aparece en todas las crónicas y listados como el primer asesino gay de la historia, aunque en realidad, en su caso, la supuesta homosexualidad no era más que una anécdota sin importancia dentro de una personalidad monstruosa, desviada, obsesionada con el diablo y, definitivamente, enferma. Nacido en 1404 en Francia, mantuvo una estrecha relación con Juana de Arco, desde su posición de primer teniente en los ejércitos de oposición inglesa la invasión inglesa. Una época de feudalismo medieval en la que un noble como era el mariscal Pilles de Rais podía someter y casi disponer a voluntad de su pueblo sin ser cuestionado ni mucho menos perseguido.

Así fue que, durante ocho largos años, De Rais pudo llevar a cabo sus macabras fantasías sobre más de doscientas victimas. Eran chicos adolescentes y niños que reclutaba de familias a las que prometía el bienestar de sus hijos trabajando para el en calidad de sirvientes, jóvenes a los que en realidad torturaba en la intimidad de su castillo: una de sus practicas habituales consistía en colgar a los muchachos y mirar placidamente como se asfixiaban para “rescatarlos” justo antes de que se produjera la muerte, abrazarlos entonces simulando que todo había sido una broma, y degollarlos finalmente cuando el niño comenzaba a tranquilizarse de nuevo. Eso si no optaba por sodomizar al crío y ordenar a sus cómplices que lo decapitaran en el momento mismo que el sádico alcanzaba el orgasmo. Las cabezas eran guardadas como objetos de deseo que después acariciaba y besaba hasta que se descomponían por completo y tenían que ser desechadas (… y reemplazadas).

La barbarie quedó impune hasta que la inquisición, en 1440, lo procesó, ahorcó y quemó por crímenes de brujería, herejía y, solo en tercer lugar, infanticidio.

Richard Loeb y Nathan Leopold, los asesinos enamorados

La historia de Richard y Nathan es la de dos jóvenes ejemplares, de dieciocho y diecinueve años respectivamente: ricos, de buena familia, estudiosos, y con un coeficiente intelectual muy por encima de la media. Dos personas del todo normales que decidieron cometer un asesinato por el sencillo deleite de demostrarse que podían hacerlo.

Una idea que al parecer surgió de nathan, el mayor de los dos y el mas dominante en la relación de pareja que mantenían. Gran seguidor de Nietzsche y su teoría del superhombre, estaba convencido de poder llevar adelante el crimen perfecto junto a su compañero. Corría 1924, y Bobby Franks, un chico del barrio de apenas catorce años, fue el elegido. A la salida de clase, la pareja asesina convenció al niño para subir a su coche, lo mataron, y malenterraron el cuerpo en una zanja, pidiendo posteriormente un rescate de 10.000 dólares al padre de la victima. No fueron necesarios. Antes de que la transacción económica pudiera llevarse a cabo, la policía halló el cadáver y junto a él unas características gafas poco corrientes que condujeron rápidamente al nombre de Nathan. Al ser interrogado, el muchacho utilizó como coartada a su compañero Richard, quien sin embargo no fue capaz de mantener la misma sangre fría que el primero y confesó toda la verdad. El supuesto crimen perfecto había sido un fracaso.

Sin embargo, fue con la detención cuando comenzó la parte más interesante de todo este caso: el juicio, uno de los más famosos e importantes del siglo por imputar a miembros de las más altas esferas sociales. Un juicio que tuvo como máxima estrella la homosexualidad de sus acusados. Clarence Darrow, celebre abogado contrario a la pena de muerte, que llevó la defensa de la pareja, centró gran parte de sus argumentos en la relación de amor que existía entre sus clientes. Alegó locura momentánea utilizando la homosexualidad como prueba inequívoca de que Nathan y Richard eran personas enfermas, desviadas y pervertidas sexualmente. Gracias a ello, a ser homosexuales y por tanto enfermos (sic), se libraron de la ejecución y fueron condenados a cadena perpetua.

Richard murió en prisión apuñalado por un compañero que lo acusó de intento de violación, y Nathan quedó libre tras 33 años de condena.

Andrew Cunanan, el hombre de las mil caras

Ya desde joven Andrew había demostrado un ambicioso deseo de convertirse en alguien y una curiosa facilidad para reinventarse a si mismo acorde a sus delirios de grandeza. Encaminó sus primeros pasos hacia la fama y el dinero fácil frecuentando clubes en los que ofrecía sus servicios sexuales a hombres mayores que lo agasajaban con valiosos regalos. Fue en el barrio de Castro, San Francisco, donde pudo codearse con la gente mas importante y donde, por ejemplo, conoció personalmente a Gianni Versace, Lisa Kudrow y Hugo Grant, convertidos mas tarde en blanco de sus iras por no ayudarle a conseguir el papel en el cine que según él merecía. Mientras, trabajo como actor porno en películas de todo tipo, incluyendo algunas con prácticas sadomasoquistas.

Su sangrienta carrera comenzó a mediados de los noventa con los asesinatos de Jeff Trail y Davis Madson (dos de sus amantes que se estaban liando a sus espaldas), continuó con Lee Miglin y William Reese y culminó con el par de disparos a Versace, momento en el que Cunanan ocupó por fin la primera plana de todos los periódicos. Convertido en el hombre mas perseguido del país, fue cercado por cuatrocientos agentes del FBI en una casa-barco en Miami Beach. Acorralado, Andrew se disparó a si mismo el 23 de julio de 1997.

Jeffrey Dahmer, el carnicero de Milkwaukee

En enero de 1992, Jeffrey Dahmer fue condenado a 957 años de prisión por el asesinato de quince personas, victimas en su mayoría homosexuales y de raza negra con los que ligaba en las zonas de ambiente de Milkwaukee o Chicago. Tras emborrachar al pobre muchacho que hubiera caído en sus garras, lo estrangulaba y desmembraba mientras tomaba polaroids, y al tiempo que usaba sus cabezas para practicarse tétricas felaciones. Algunos de los restos eran después cocinados e ingeridos, otros disueltos con ácido, y muchos de ellos guardados como un trofeo, especialmente las cabezas y los genitales.

Uno de los episodios más infames de este caso ocurrió cuando una de las victimas, un chico llamado Konerak, de apenas catorce años, logró escapar del apartamento de Dahmer justo antes de que éste pretendiera abrirle la cabeza con un taladro. Borracho, drogado y en estado de shock, el chico corrió por las calles hasta dar con dos agentes de policía a los que fue incapaz de explicarles con coherencia lo que ocurría. Un estado que Jeffrey supo aprovechar argumentando que aquel muchacho era su novio de diecinueve años y que acababan de tener una fuerte pelea conyugal. Sin duda movidos por la homofobia, los agentes prefirieron no entrometerse en asuntos de maricones y dejaron a Konerak de nuevo en manos del monstruo. El pobre muchacho vio impotente como regresaba al apartamento 213 de la mano de su asesino, abocado al más depravado de los crímenes.

Tras su posterior detención (curiosamente posible gracias a que otra de las victimas logró escapar de la casa de Dahmer, esta vez con mas suerte), el carnicero fue internado en prisión, donde murió a manos de Christopher Scarver, un interno de raza negra.

John Wayne Gacy Jr., el payaso asesino

Para el vecindario en el que vivía, en Chicago, John era un hombre modelo, prospero en los negocios y volcado en numerosas obras benéficas recorriendo hospitales infantiles con sus enormes zapatones y su nariz colorada bajo el nombre de Pogo el payaso. Difícil imaginar que aquel hombre fuera el mismo que años atrás había sido condenado por acoso sexual a un empleado, y el mismo que había sido abandonado por sus dos esposas tras descubrir estas sus inclinaciones homosexuales hacia hombres demasiado jóvenes. Una inteligentísima labor de lavado de imagen que le permitió esconder durante años el retorcido asesino que llevaba dentro: recorría las zonas homosexuales de Chicago en busca de algún joven, chaperos en su mayoría. Los llevaba a casa y allí los emborrachaba, sacando después unas esposas como juguete sexual. En el momento en el que la victima dejaba que Gacy cerrara el diminuto candado del artilugio, quedaba firmada su sentencia de muerte. Entre sus practicas habituales estaban las torturas de todo tipo, el estrangulamiento y, como no, la violación, antes o después del asesinato.

En 1978, gracias a las acusaciones de una de sus victimas y de los padre de otra, Gacy fue arrestado tras una inspección policial en su casa que culminó con el horrible hallazgo de numerosos cadáveres en el sótano y el jardín. En 1980, tras un juicio en el que el payaso justificó sus actos argumentando que sus victimas eran unos “despreciables mariquitas”, la sentencia dictaminó pena de muerte. Un 10 de mayo de 1994, Pogo el Payaso fue ejecutado.

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101 formas de llamar a un homosexual


“Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos
gotas de sucia muerte con amargo veneno.
Contra vosotros siempre,
Faeries de Norteamérica,
Pájaros de La Habana,
Jotos de Méjico.
Sarasas de Cádiz,
Apios de Sevilla,
Cancos de Madrid,
Floras de Alicante,
Adelaidas de Portugal.
¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas!”

"Federico García Lorca"


Desde el bíblico sodomita, el mítico uranio y los históricos 41 y jota, pasando por la mariposa y el mayate, y los comunes maricón y puto, hasta los muerdealmohada y cachagranizo: los homosexuales han sido llamados de distintas maneras según el lugar y el tiempo.

Desde que en 1869 Karl Maria Kertbeny acuñó el termino “homosexual” han surgido infinidad de términos para nombrar a los hombres que tienes relaciones eróticas con otros hombres; dichos términos pueden ser relacionados con animales, eventos históricos, plantas, personajes y que a través del tiempo han ido evolucionado.

La palabra “gay”, jovial, alegre, es quizá el término universal más reconocido con el que se conoce a los homosexuales; dicha palabra se empieza a utilizar en la década de los treinta en las cárceles de los Estados Unidos para nombrarlos despectivamente. La jerga de las cárceles muchas veces acuña y dicta la manera de llamar a los homosexuales en países como México y España. “Gay” proviene a su vez del vocablo catalán-provenzal “gai” y que durante mucho tiempo fue empleado para nombrar a los prostitutos. En los últimos años otro término se ha popularizado para nombrar a los homosexuales y su estilo de vida “queer”, torcido o raro, que al principio, como la mayoría, era un término despectivo y que los propios homosexuales, dando una vuelta de tuerca, adoptaron como propio.

Antes de que Kertbeny acuñara el termino un homosexual era conocido como “sodomita” al referirse a la antigua ciudad de Sodoma y sus implicaciones y a los que tenían coito anal. Así como “uraniano” ocupado por Platón en El Banquete pues era la musa Urania la que provocaba el amor a lo masculino, entre hombres, el amor a los mancebos. Un término ya en desuso es “nefandario” que es aquel que comete un pecado repugnante hablando en un contexto moral y religioso.


En los Estados Unidos existen palabras como “homo”, “pervert”, “affeminate”, “faggot” y “fag” que son las formas más insultantes de señalar a un homosexual; “faggot” es la rama o palo con que se enciende una chimenea. Y siguiendo con la relación del fuego y los homosexuales están “flamer” que viene siendo como un hombre en llamas o llameante, “flaming fairy” que es un hada o un pequeño ser mágico en llamas, y puede haber una tautología con el término “mariposa” que más adelante aparecerá.

“Silly savage” tonto salvaje, “limp wrist” mano caída, “fruttie” afrutado, “butt fuckers” coge culos, y “sweeties” para nombrarlos cariñosamente.

En América latina las palabras son tan variadas que sería arduo catalogarlas por países, regiones y épocas. En Argentina “trolo”es la palabra más común, viene de trolebús y de tomarse del tubo para no caer. “Café con leche” es la manera decente de nombrar a los hombres que gustan de otros hombres, mitad café y mitad leche; o “se le cae la polvera”, “vuelta y vuelta” son otras frases más coloquiales. En Ecuador “papaya”, “camarón”, “sopa” son las más frecuentes, así como “picañoña”, entender ñoña como mierda. En Costa Rica “playo”, en Brasil “viado”, y “cayuco” en Cuba; en Guatemala palabras como “mamplor”, “morro” y “hueco” se utilizan para designarlos, y recientemente “barbarizada” y “gayshas”.

En México ocurre lo mismo, según la región y la época se puede llamar de muy distintas maneras a los homosexuales, por ejemplo “mampo” en el sureste del país, “cuxpé” en Yucatán, “señorito” en el norte, “muxhe” en Veracruz; “shoto”, “choto”, que en las danzas de algunas festividades rurales es la representación del diablo que porta una antorcha llameante, pero también se les conoce así a los cabritos lactantes, los que maman. A este término se le asocia también con “mayate” que se ha generalizado ya como hombre homosexual, pero que en algunos pueblos se le conoce así al hombre que tiene relaciones sexuales con los “chotos” pero también con mujeres y que generalmente no se reconocen a sí mismos como homosexuales. El término “mayate” tiene otra acepción que es la del insecto, escarabajo, que tiene contacto con el excremento.

Es tan común llamar burlonamente a un homosexual “María” que se han derivado algunos términos de dicha palabra, uno de los más comunes es su
diminutivo “marica”, “maricón”, “mariquita”. Palabras como “marimba”, “mana”, “marisco”, “mandril” se utilizan en el mismo sentido y derivan de la misma palabra; y muy recientemente “manigüis”.

Regresando a la jerga carcelaria “mariposa” y “mariposón” eran utilizados en España en el siglo XVI para nombrar a los “sodomitas” que cumplían sentencia en alguna prisión. Esta metáfora de las “mariposas” y los homosexuales se da en relación con el fuego, de nuevo, al referirse a la mariposa que vuela alrededor de la llama atraída por su luz hasta que termina quemada. En México “jota” y “joto” se derivan de la crujía donde eran metidos los homosexuales en la cárcel de Lecumberri. La jota era una crujía sin celdas y sin puertas en donde las “jotas” convivían. Pero también está el histórico “cuarenta y uno” que fue el número de homosexuales detenidos en aquella redada en la época Porfiriana y que terminaron en Yucatán encarcelados y condenados a trabajos forzados.

El término más común y despectivo, sin dudas, en nuestro país es “puto”, que no solo se utiliza para nombrar a los homosexuales sino también a los cobardes. No es raro escuchar entre heterosexuales la frase ¡no seas puto! refiriéndose a no ser cobarde. La palabra deriva de “puta” y su acepción con la prostitución, así “puto” en primera instancia se convierte en un hombre que se dedica a dicho oficio. De “puto” han provenido tales como “puñal, “pulga”, “putazo”, “Plutón”, “plutoniano”, “pulmón”, “putón”, “putiflais”.

Pero existen otras palabras como “culero”, “hueco”, “raro”, “loca”, “lilo”, “mujer sicológica”, “cornetero”, “sobrinero” porque no tendrá hijos; están los lugares comunes como “de ambiente”, “del otro lado, Laredo o bando”; o los que hacen referencia a lo chueco de la situación como “desviado”, “invertido”, “amanerado” y “torcido”; los que hacen alusión a las manos y sus inclinaciones como “mano quebrada”, “cacha granizo”, “quiebra la muñeca”, “mano caída”, “mesero sin charola”; y existen otros totalmente en desuso como “bardaje” homosexual pasivo, “cacorro” afeminado, “garzón” mancebo, “sarsa”, “ninfo” hombre que cuida demasiado de su apariencia, “güilo”, “pastilla”, “larailo”, “liandro”, “floripón” adorno de mal gusto, y el tan popular por mucho tiempo “pederasta”.

“Macha”, “muchacha”, “fakir”, por tragar fierro, “comadre”, “gasha”, “Clara”, “perra”, “pobrecita”, “ella”, “chicuela” son palabras que utilizan, actualmente, los propios homosexuales para llamarse entre ellos; sin dejar de lado los consabidos y demasiado gráficos como, “soplanucas”, “chupapitos”, “muerdealmohadas”, “te gusta el arroz con popote”, “te gusta la coca cola hervida”, “te gusta meter reversa”, “se te hace agua la canoa”, “para orinar te agachas”, “adorador de la yuca”, “de la cáscara amarga” y “salta pa´trás”. Y por último lo más rudos visualmente como “te almidonen las tripas”, “te correteen la solitaria”, “te midan el aceite”, “te revienten las ligas” y “te apachurren los frijoles”.

Lo interesante de este listado es que continua y que cada día se enriquece de nuevas formas para llamar a los homosexuales cariñosa, despectiva, alburera o crípticamente; quizá ningún otro término como hombre, mujer, lesbiana, bisexual, trasgénero, y demás, tiene tantas derivaciones, acepciones, significados y maneras como las hay para nombrar a los hombres que aman a otros hombres.

¿sabes qué es el pozol, el cochito y las garnachas?

soymariquita@groups.msn.com

Sodoma y Gomorra: la gran calumnia


La historia de Sodoma y Gomorra en Génesis 19 es a menudo considerada como el locus clasicus para la discusión de la homosexualidad. El relato mismo comienza en Génesis 18 con la inesperada visita a Abraham y a Sara de tres hombres, aparentemente Dios y dos ángeles. Después de comer, aprovisionados gracias a la hospitalidad de Abraham y Sara, los tres visitantes se preparan a cumplir el objetivo de su viaje: la destrucción de Sodoma y Gomorra. Sin embargo, antes de dejar enteramente la escena, el Señor decide compartir con Abraham el destino de las dos ciudades, en una de las cuales reside el sobrino de Abraham: Lot. La explicación dada por el Señor a Abraham es significativa para comprender el relato: "Por cuanto el clamor contra (en hebreo: "de") Sodoma y Gomorra se aumenta más y más, y el pecado de ellos se ha agravado en extremo, descender‚ ahora, y ver‚ si han consumado su obra según el clamor que ha venido hasta mi, y si no, lo sabré"(Génesis 18:20-21).
Esta anunciada intención por parte de Dios lleva al lector a la conclusión de que el pecado por el cual Sodoma será juzgada es alguna forma de injusticia y/u opresión de algunas personas por parte de otras. La razón para tal conclusión se fundamenta en la palabra "clamor" (en hebreo tsaaqah), que generalmente indica un "grito de socorro" de una persona o un grupo oprimido. Uno puede esperar que el relato continúe con la descripción de incidentes de opresión e injusticia. Aquello que sigue, sin embargo, es el relato de los dos ángeles que, tras entrar en la ciudad de Sodoma, encuentran a Lot, el sobrino de Abraham. De acuerdo con las antiguas obligaciones de hospitalidad, Lot invita a ambos a pasar la noche en su casa: "Pero antes de que se acostasen, rodearon la casa los hombres de la ciudad, los varones de Sodoma, todo el pueblo junto, desde el más joven hasta el más viejo. Y llamaron a Lot, y le dijeron: Dónde están los varones que vinieron a ti esta noche? Sácalos, para que los conozcamos. Entonces Lot salió a ellos a la puerta, y cerró la puerta tras sí y dijo: Os ruego, hermanos míos, que no hagáis tal maldad. He aquí ahora yo tengo dos hijas que no han conocido varón; os las sacare fuera, y haced de ellas como bien os pareciera; solamente que a estos varones no hagáis nada, pues que vinieron a la sombra de mi tejado" (Génesis 19:4-8)
Aquello que sigue es el rechazo de la oferta de Lot. Los ángeles entonces revelan a Lot su misión, le explican que "el clamor contra ellos ha subido de punto delante del Señor; por tanto, el Señor nos ha enviado para destruirlos". La destrucción que siguió fue tal que Sodoma y Gomorra llegaron a ser el símbolo del juicio de Dios por excelencia. Antes de proseguir con "el pecado de Sodoma" es necesario examinar la historia similar en Jueces 19. Un levita y su concubina se niegan a detenerse en la ciudad de Jebes (Jerusalén) prefiriendo pasar la noche en Gibeah. En la plaza de la ciudad se encontraron con un anciano que les ofreció hospitalidad en su hogar. "Pero cuando estaban gozosos, he aquí que los hombres de aquella ciudad, hombres perversos, rodearon la casa, golpeando a la puerta; y hablaron al anciano, dueño de la casa diciendo: Saca al hombre que ha entrado en tu casa, para que lo conozcamos. Y salió a ellos el dueño de la casa y les dijo: No, hermanos míos, os ruego que no cometáis este mal: ya que este hombre ha entrado en mi casa, no hagáis esta maldad. He aquí mi hija virgen, y la concubina de él; yo os la sacaré‚ ahora; humilladlas y haced con ellas como os parezca, y no hagáis a este hombre cosa tan infame"(Jueces 19:22-24)
El relato continúa contando como el Levita arrojó a su concubina a los hombres, quienes abusaron de ella toda la noche. Al amanecer el Levita la encontró muerta en el umbral de la casa. Furioso dividió su cadáver en doce partes y las envió a través de todo el territorio de Israel. Este acto significó un llamado a tomar las armas: el pueblo de Israel contra la tribu de Benjamín, en cuyo territorio se encontraba Gibeah. Después de una lucha que duró tres días entre Benjamín y el pueblo de Israel, "derrotó el Señor a Benjamín delante de Israel" (Jueces 20:35).
Aquello que tienen en común ambos relatos es la trama siguiente: Un habitante de una ciudad ofrece gentilmente hospitalidad a visitantes que llegan durante el anochecer sin tener un lugar donde quedarse. Poco después que comienza esta hospitalidad, "los hombres de la ciudad" se aproximan a la casa con la intención de "sacar" al hombre/hombres "para que les conozcamos". El anfitrión llega hasta el extremo de la defensa de sus huéspedes que ofrece a sus hijas vírgenes a los hombres. En el relato del Génesis este ofrecimiento es rechazado, mientras que en el relato de Jueces la concubina parece satisfacer el deseo sexual violento. En ambos casos, el juicio de Dios cae sobre la ciudad y sus habitantes. Ahora bien, ¿Es un juicio por homosexualidad? Definitivamente no.
¿Cuál es la ofensa sexual de estos relatos paralelos? La palabra hebrea que significa "conocer" (yadha) puede tener connotaciones sexuales, así por ejemplo "conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín" (Génesis 4:l). Obviamente la misma palabra puede llegar a tener otros significados, tales como: "llegar a tener conocimiento de" como en Génesis 29:5; Exodo 1:8; Job 42:11. Basándonos en tales usos diferentes, nos debemos preguntar si la palabra "conocer" en Génesis 19 y en Jueces 19 significa simplemente que los hombres de la ciudad querían llegar a conocer a los visitantes, o se refieren al deseo de tener un conocimiento carnal de los mismos. Cualquiera de ambas interpretaciones es posible. Sin embargo, parece ser que es la última la que intentan estos relatos porque la inmediata respuesta de Lot, quien ofrece sus dos hijas "que no han conocido varón", esto es, que son vírgenes (comparar el término "virgen" (betulah) en Jueces 19:24). No es posible esperar que la palabra “conocer” sea empleada en dos formas diferentes en dos versículos consecutivos. Probablemente se trate de abuso sexual en masa, pero no de homosexualidad, y menos tal y como es considerada hoy en día, ya que implica una relación sexual-afectiva, inexistente por completo en estos pasajes.
Mientras que algunos intérpretes han tratado de remover totalmente el tema de la homosexualidad de estos relatos, no nos parece posible o responsable el hacer eso. Sin embargo, es necesario tener en mente que el acto homosexual no es el único tema en esta narración, además, se desvirtúa en realidad lo que es la homosexualidad. En verdad, las ofensas en este relato son variadas. Primero, es la obvia intrusión de los hombres de la ciudad en la hospitalidad que se había ofrecido a los huéspedes. Además, si se tratara sólo de actos sexuales “entre varones” que sentido tiene entonces ofrecer mujeres a cambio? Son entonces los actos sexuales compulsivos y los abusos sexuales sobre todo contra huéspedes lo que se castiga o es sólo la homosexualidad?
Otra pregunta que surge cuando dos relatos tienen similitudes tan sorprendentes: ¿Conocía el autor de uno de los relatos la otra historia o es que ambas narraciones derivan de una fuente común? En un sentido, tal decisión es imposible de efectuar sin un cierto grado de certeza. Sin embargo parece que la historia no pertenece a la redacción original de Sodoma.
La razón para este juicio está basada en la tradición sobre Sodoma en la predicación de los profetas que confirman nuestra sospecha previa de que el clamor contra Sodoma parece apuntar hacia el pecado de opresión y/o injusticia. Cuando los profetas emplean el ejemplo de Sodoma (en algunos casos Gomorra) para ilustrar la naturaleza del pecado posterior de Israel, el pecado enunciado nunca incluye la homosexualidad, y solo una vez un pecado sexual, es decir, el adulterio (Jeremías 23:14). En las otras citas la naturaleza del pecado atribuido a Sodoma (y Gomorra) son las vanas ofrendas, la iniquidad y la opresión, el haber fallado en el cuidado de la viuda y del huérfano (Isaías 1:10-17), y parcialidad en los juicios legales (Isaías 3:9). El profeta Ezequiel interpreta el pecado de Jerusalén como el de Sodoma tu hermana cuyo pecado se define precisamente de la siguiente forma: "He aquí que ésta fue la maldad de Sodoma tu hermana: soberbia, saciedad de pan, y abundancia de ociosidad...y no fortaleció la mano del afligido y del menesteroso"(Ezequiel 16:49).
En otras palabras, el relato sobre Sodoma en Génesis 18-19 parece haber sido conocido solo parcialmente por los profetas posteriores. Su destrucción fue el ejemplo por excelencia del juicio de Dios, pero el relato sobre Lot, los visitantes angélicos y la ofensa sexual aparentemente no formaba parte de la memoria relacionada con Sodoma. La falta de conocimiento sobre la historia de la violencia sexual en Sodoma conduce a la probabilidad de que la misma pertenecía originalmente a Gibea (Jueces 19) y tiempo después de Ezequiel (siglo VI a C.) fue transferida también a Sodoma. La amenaza del acto homosexual puede ser en verdad parte del relato actualmente común a Génesis 19 y Jueces 19, pero el deseo del rapto homosexual es considerado junto con el rapto heterosexual y la intrusión en la hospitalidad como la causa del juicio de Dios sobre las ciudades de Sodoma y Gibea. No se puede determinar con ninguna certeza que la homosexualidad en sí misma sea el tema de este relato.
Algunos predicadores proclaman descuidadamente que Dios destruyó a las antiguas ciudades de Sodoma y Gomorra a causa de su "homosexualidad". Aunque algunos teólogos hayan considerado la homosexualidad el pecado de Sodoma, una lectura cuidadosa de las Escrituras corrige tal ignorancia.
En el capítulo 18 del Génesis, para anunciar su juicio de esas ciudades, Dios envía dos ángeles a Sodoma, donde Lot, el sobrino de Abraham, les ruega y persuade de que permanezcan en su casa. En el capítulo 19 nos cuenta que "los hombres de la ciudad, todo el pueblo junto" rodearon la casa de Lot reclamando la entrega de sus visitantes, "para que los conozcamos". La palabra hebrea correspondiente a "conocer", es en este caso "yadha", que generalmente significa "tener cabal conocimiento de". Podría también expresar el intento de examinar las credenciales de los visitantes o, como en raras ocasiones, el término implicaría un contacto sexual. Si fuera este último el significado intencional del autor, hubiérase tratado de un claro intento de violación masiva. Horrorizado ante esta gravísima violación de las antiguas reglas de hospitalidad, Lot intenta proteger a sus visitantes ofreciendo sus propias hijas a la furibunda multitud, una acción moralmente atroz, para los cánones actuales. El pueblo de Sodoma se niega y entonces los ángeles los hacen quedar ciegos. Lot y su familia son rescatados por los ángeles y las ciudades son destruidas.
Cabe destacar varios puntos. Primero, que el juicio de esas ciudades por sus iniquidades había sido anunciado antes del supuesto incidente homosexual. Segundo, que todo el pueblo de Sodoma participó en el asalto a la casa de Lot; hombres, mujeres, todos, y en ninguna cultura la población homosexual ha ido más allá de ser una pequeña minoría. Tercero, que el hecho de que Lot ofreciera a sus hijas, demuestra que él sabía que sus vecinos tenían intereses heterosexuales. Cuarto, si la cuestión era sexual, ¿por qué no castigó Dios a Lot y a sus hijas quienes cometieron incesto inmediatamente después? El punto más importante: ¿por qué ninguno de los otros pasajes de las Escrituras que se refieren a este episodio, hace alusión alguna a la homosexualidad?
¿Cuál fue el pecado de Sodoma? En Ezequiel 16:48-50 se especifica claramente: los habitantes de Sodoma, como mucha gente hoy en día, tenían abundancia de bienes materiales pero no se solidarizaban con las necesidades de los pobres y adoraban ídolos. Los pecados de injusticia e idolatría infestan a todas las generaciones. La nuestra será juzgada de la misma forma si nos creamos falsos dioses o somos injustos con nuestros semejantes.

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Disgayland: fantasías animadas de ayer y hoy


Que en el mundo "nada es verdad ni mentira, todo es según del color del cristal con que se mira" se nos aparece como un tópico, ciertamente cursi, que, como buena parte del refranero, dice verdades como puños, a saber, verdades que se consolidan a puñetazos que impactan sobre el impávido rostro de quienes acaban por ser víctimas de dichas verdades. Los gays y las lesbianas constituyen un sector de la sociedad especialmente proclive a tener que escuchar y, en su caso, esquivar, estas verdades con apariencia de gancho de izquierda o, más bien, de derechas: aunque, en lo que a discriminación y violencia de género se refiere, no caben demasiados distingos políticos.

El filme "El celuloide oculto" (de Robert Epstein y Jeffrey Friedman, USA, 1995), no recomendado en nuestro país para menores de 13 años, lleva a cabo un sólido desmantelamiento del tópico del cristalito con el que echamos una mirada al mundo y de la fragilidad de dicho cristal cuando la realidad hace que estalle y se nos estrelle en toda la estúpida cara de quien quería verlo todo color de rosa. Dicho filme, a modo de documental, nos muestra los esfuerzos ímprobos que gays y lesbianas llevaban haciendo durante años (todos los años de la historia del cine) para ver en las producciones de Hollywood hasta el más mínimo rastro que pudiera pasar desapercibido a una mirada desatenta de una huella de homoerotismo, de un guiño hecho a un público al que no se le podía ofrecer un discurso, un imaginario más explícito por motivos evidentes. Es sorprendente descubrir toda una gran corriente homoerótica subterránea que atraviesa filmes de renombre, superproducciones conocidas por todos, pelis del oeste, donde la homosexualidad se abre camino un poco como siempre lo hizo en el seno de las sociedades represivas: estando pero no estando, con esa forma de presencia-ausencia espectral que tanto asusta al heterosexismo dominante, víctima del pánico de no acabar de conocer muy bien a un enemigo indefinible, contra el que no se sabe a ciencia cierta cómo luchar de modo eficaz. Al final se acaba casi siempre a cañonazos. La cosa es no ponerse delante. Asunto difícil que históricamente ha causado demasiados estragos.

En nuestro país, el libro de Ricardo Llamas "Miss Media. Una lectura perversa de la comunicación de masas" (Barcelona, Ediciones de la Tempestad, 1997) nos abrió los ojos por primera vez a la sutileza homoerótica presente en los medios de comunicación. Su "lectura perversa", como la de "El celuloide oculto", no consiste en la inocencia de cambiar el color de los cristalitos para ver las cosas de otra manera. Puestos a desmentir la simple acusación de que los gays lo único que hacemos es forzar las cosas y buscarle tres pies al gato, queriendo vernos reflejados donde estamos por completo ausentes, deseando, humano deseo, identificarnos con los modelos mediáticos que se nos proponen en vez de que éstos nos resulten por completo alérgenos, casi podríamos calificar a estas lecturas de lecturas "ultrarrealistas" o, sencillamente, de "realistas". Cuando un gay echa un vistazo a lo que sucede en su derredor no necesariamente "delira" ni se encierra en un mundo paranoico construido a su imagen y semejanza, que habla de él todo el tiempo (aunque el mismo Freud reconocía que en todo delirio existe siempre un granito de verdad, ein Körnchen Wahrheit). Más bien esta mirada autorreferencial omnipresente parece caer del lado de la heterosexualidad, que fracasa estrepitosamente en su intento de construir un espacio aséptico de autorreferencialidad en el cual quede excluido lo gay. Con cristales o sin ellos, con visión de rayos X o infrarrojos, utilícese la metáfora que se prefiera, el espectador del filme aludido o el lector de "Miss media" acaba dándose cuenta de que existe un "cacho" de realidad que hasta entonces se le escapaba y que no hace falta ser gay para percibirlo. Tal vez tan sólo algo de entrenamiento e interés. No vamos a descubrir ahora que todo conocimiento es interesado y más aún el "nuestro", portador de un señalado interés emancipatorio. Desde luego, nada ilustrado. No se trata de ilustrar, de iluminar todavía más. Demasiados focos acaban cegando y disimulando las arrugas de los protagonistas, quemando las zonas de sombras, aplanando los relieves. A veces lo evidente no es lo que el foco vuelve blanco del todo, indiscernible; la evidencia pasa quizás por intensidades graduales de luminosidad, justamente las que permiten ver un cierto colorido antes de que toda la gama se funda en el blanco.

"El celuloide oculto", decía, no es apto para un público menor de trece años. Puede deberse a su temática gay. Antes de los trece años hay cosas que mejor no deben saberse. Sin embargo, el experimento que os quiero proponer hoy se adapta perfectamente al público infantil, es más, está hecho expresamente para ellos, para las niñas y los niños: los dibujos animados. En los dibujos animados se halla presente, nada nuevo por otra parte, todo el ideario y los principios de la sociedad que, dibujándolos, se dibuja a sí misma y se transmite amablemente entre risas, persecuciones, batacazos y candor a los más pequeños inculcándoles sus propios esquemas. Entre los que se encuentra, evidentemente, la representación dominante de la masculinidad, la cuestión del género, de la identidad sexual, del papel social de gays y lesbianas, etc. Trataremos pues de analizar tres ejemplos (Space Jam, El toro Ferdinando y Bichos) escogidos un poco al azar, valdrían cualesquier otros, sobre la construcción y el reflejo del sujeto homosexual en los dibujos animados y el modo en el que los gays resultan especialmente adecuados para verse convertidos en personajes de dibujos animados, dotados de una especial ternura, simpatía y vis cómica. En qué medida los personajes gays de dibujos animados puedan convertirse en modelos de identificación o de rechazo según sean presentados será asimismo objeto de controversia. De lo que no cabe duda es de que los niños, que tanto parecen preocupar al discurso explícito acerca del bienestar social en la actualidad, también tienen su pequeño derecho a ser niños gays y niñas lesbianas y poder tomarse la papilla a gusto, dicho en términos técnicos, sexualmente apuntalada, con personajes de dibujos animados que se correspondan con una opción sexual y una actitud ante la vida lo más parecido posible a la suya en vez de dibujos que les produzcan vómitos, eructos y desgana. Los padres y las madres saben de sobra que su niño les come mucho mejor desde que le ponen "Bichos" en vez de "Bambi" y que su hijita devora desde que le compraron "Mulan" y se olvidaron de "La Cenicienta". Nada es casual.

Besar a la blanca-Nieves o besar al negro-Jordan: el despertar a la sexualidad

Sólo unos padres muy retrógrados obligarían a estas alturas a que sus hijos vieran Blancanieves. Puede que esto suceda, incluso a menudo, pero los Digimon, las Bolas de Dragón, los Pokemon y compañía arrasan con el romanticismo barato de los cincuenta. Los Estados Unidos parecen estar perdiendo la batalla en lo que a educación infantil, a través de la pequeña o gran pantalla, se refiere. La esquicia de las "mangas japonesas" deja fuera de juego a cuantos aún sitúan este término junto a otros que marcaron épocas pretéritas de la alta costura como "cuello Mao", "cintura imperio", "escote palabra de honor", etc. Sirva esta puntualización tan sólo para reconocer que, de entrada, reducir nuestra investigación a los dibujos animados procedentes de las factorías Disney o Warner implica un sesgo nada despreciable y un resabio de candor eurocéntrico inexcusable. Quienes seguimos siendo fieles a Disney y a sus novelas familiares neuróticas ya hemos perdido el salto generacional que nos impide orientarnos en las inextricables genealogías esquizoides de las mangas niponas. Por muy deleuzianos que nos reclamemos, seguimos siendo freudianos hasta la médula en esto de los dibujos animados.

Pero en los Estados Unidos también se ha producido una transformación en el ámbito de las películas de animación. Una muestra de ello fue la combinación en la pantalla del pretendido mundo de irrealidad de los dibujos con la introducción de personajes de carne y hueso. Hay múltiples ejemplos de ello: Pedro y el dragón Elliot, ¿Quién engaño a Roger Rabbit?, Space Jam, filme este último del que analizaremos una secuencia, tal vez su mejor secuencia, la más popular, que se utilizó con profusión a la hora de publicitar la película. Se trata de la secuencia del beso de Bugs Bunny y Michael Jordan. Habría mucho que comentar acerca de los efectos de sentido y la significación que supone fundir el mundo de la realidad y el mundo de la ficción, la situación de seres humanos y dibujos animados en un mismo plano, la confusión de límites, la indistinción de barreras, el desdibujamiento del sujeto y la humanización del dibujo. El hermeneuta hará, si quiere, su particular agosto con una fuente inagotable de recursos heurísticos y correspondencias muy fáciles de establecer. Basta con trasponer metafóricamente estos dos mundos en conflicto a otros dos mundos cualesquiera y establecer paralelismos. La tentación está en no hacerlo.

Volviendo a la secuencia del beso y situándola en su contexto más inmediato, ésta se produce una vez Michael Jordan ha sido abducido del mundo real de los humanos al mundo en dos dimensiones de la Warner. El ajetreado viaje y la precipitada caída a un césped dibujado le provoca una pequeña conmoción que, ya que hemos ingresado en otro ámbito distinto al de la vida real, es convenientemente indicada con unos pollitos que revolotean en torno a la cabeza de Michael. Cuando éste abre los ojos, al primero que ve es a Bugs Bunny zampándose su habitual zanahoria. La aturdida reacción de Jordan comienza por espetarle a Bugs esta pregunta: "Eres un dibujo, no eres real" [A mí esto me recuerda la reacción entre estupefacta, ingenua y asombrada de algunos gays armarizados, heterosexuales en apuros ante su ¿primera? relación homosexual, habitualmente muy alcoholizados para afrontar semejante circunstancia vital; de pronto, tras haber "consumado", miran a su pareja de turno como si ésta fuera un dibujo animado, boquiabiertos, como si se hubieran acostado con Bugs Bunny: eres un dibujo, no eres real, como tampoco lo es el polvo que acabo de echarme con un tío, como tampoco es real que me ha gustado, etc.]. A lo que Bugs replica desafiante: "Con que no soy real, ¿eh? Si no fuera real, ¿podría hacer esto?". Y acto seguido le estampa un rotundo beso de ventosa en los labios. Acostumbrado a ver cine de animación, el eco de esta secuencia se hace evidente: es la versión posmoderna, a la Warner, del beso Disney de los cincuenta. Lo que estos besos tienen de común es su función de corte, de transición, de despertar. Del maleficio, el encantamiento, el sueño, la magia, la irrealidad al mundo convencional de la vigilia y de la realidad más prosaica. De la virginidad atolondrada al ingreso en la sexualidad.

Con lo que llegamos, por fin, al objeto de nuestro discurso: la sexualidad de los dibujos animados y su cambio a lo largo del tiempo. No es éste lugar para hacer un recorrido histórico exhaustivo de dicha evolución o involución, a lo más sólo tendremos espacio para establecer nítidos contrastes saltando abruptamente en el tiempo los demasiados años que separan Blancanieves de Space Jam, las múltiples fronteras que separan a Michael Jordan del Príncipe (su diverso grado de realidad ontológica, no sólo por su condición o no de dibujo animado, sino por ser Michael un personaje célebre, más célebre que el Príncipe de Blancanieves, compartiendo en su inmortal popularidad planetaria casi el mismo estatuto que Bugs Bunny, metamorfosis que parecen sufrir todas las grandes estrellas; por no hablar de su pertenencia a razas diferentes, etc.) y el salto, también, que supone establecer paralelismo alguno entre un clásico de Disney y una película de segunda fila de la Warner. El beso de Blancanieves es muy sencillo de analizar: chico con iniciativa besa a chica desmayada; beso heterosexual; rol masculino tradicional como tradicional es el de ella en lo que a sexo se refiere. Beso lícito, inmaculado, puro y lleno de amor verdadero: amor verdadero que es el que surge entre hombre y mujer, con una misma posición social, guapísimos ambos, con roles jerárquicos y de sumisión perfecta e inamoviblemente distribuidos, ambos también de raza blanca y dibujos animados los dos.

El desafío de la Warner es realmente una ofensiva en todos los frentes. La función del beso es, sin embargo, en términos explícitos, la misma: Bugs no encuentra otro modo de convencer a Jordan de que su mundo es real y de que él, Bugs, es real (de que las maricas existen), no halla otra manera de despertarlo de su sueño de hombre unidimensional (y heterosexual) que dándole un beso en los labios. Sólo que esta vez los sujetos que intervienen en el beso han cambiado bastante. No perdamos de vista ni un solo momento que esto lo están viendo niños. Niños que ven cómo Bugs Bunny besa en los labios a Michael Jordan para despertarlo de su sueño. Niños que ven cómo la reacción de Jordan es de asco inequívoco por la expresión de su gesto y por la acción consecuente de limpiarse la boca con desagrado tras el beso. Evidentemente, ahí, en el beso al negro-Jordan hay una enseñanza lo mismo que la había en el beso a la blanca-Nieves. Los guionistas (Leo Benvenuti, Steve Ruonick, Timothy Harris y Herschel Weingrod) están intentando transmitir algo, quieren hacer un gag, mover a la risa provocando una situación cómica contando con la empatía del espectador quien, supuestamente, casi obligadamente, ocupará el lugar de Jordan y querrán hacerle sentir lo que sintió Jordan al ser besado en la boca por Bugs. Sólo que siendo los niños tan pequeños, más que empatía y complicidad con el guionista, que es lo que nos pasa a los adultos (?), tal vez lo que hagan sea simplemente aprender la lección sobre sexualidad que se les trasmite cinematográficamente, a saber: si te besa Bugs Bunny en los labios tu reacción ha de ser de asco y deberás limpiarte la boca. Y el niño lo graba en su mente, lo archiva para saber cómo reaccionar ante una situación parecida. En este preciso instante la cosa empieza a chirriar en mi mente y quizás en muchas otras mentes infantiles: ¿Por qué tendría que sentir asco si me besa Bugs? ¡A mí me encantaría! No comprendo la reacción de Jordan. ¿Por qué pone esa cara y se limpia? ¿Tienen saliva los dibujos animados? ¿Son húmedos los besos de Bugs Bunny? ¿Raspa la lengua de los conejos? Yo he besado muchas veces a conejitos de verdad: es estupendo, hacen cosquillas, son suaves y buenos. También he besado a Mickey en Disneyland París... ¿debería haber reaccionado de otro modo?, ¿escupiendo, diciendo ¡puaj! y limpiándome?

Colapso del pequeño espectador. Colapso mío. Por muchas más razones que seguro también comparten los más pequeños. Para empezar, ¿por qué, como espectador, habría de identificarme con Michael Jordan? ¿Porque él es humano y Bugs no? Puestos a elegir, siempre me he sentido más identificado con Bugs que con Jordan. Al menos es un caso hipotético. Mi caso, si se quiere. Sólo que entonces, si yo soy Bugs, de lo que tengo que hacerme a la idea es de lo que se siente al besar en los labios a Michael Jordan. Estas cosas suceden: yo era de los que se identificaban con el coyote y odiaba al correcaminos; siempre detesté a Piolín, todavía hoy le tengo ganas; yo era Bubu, no Yogui; en otras cosas soy más tradicional, por ejemplo, encuentro imposible identificarme con los malos de Disney: con Cruela, con Maléfica, con la bruja de la manzana, con la serpiente Ka o con Shere Kan. No se trata de llegar a la identificación tampoco, se trata de ocupar el lugar de un personaje: más recientemente, aunque hace ya algunos años, ocupé el lugar de Pocahontas, debatiéndose entre Cocoon, su novio de la tribu de toda la vida y Jonathan Smith. He de decir que no comparto en absoluto su elección. Los dibujos animados están llenos de hombres guapos y deseables, perfectos objetos de deseo. Esto llega a ser tan evidente que hay quien no lleva a sus hijos a ver Hércules porque no quieren que vea a un héroe que hacía mariconadas. Habrá de disculpárseme el tono autobiográfico y confesional pero es el camino más corto para evitar objeciones como que no hay deseo sexual en los dibujos animados o que los personajes de ficción no despiertan la libido tanto como si fueran de carne y hueso.

Pero volvamos al punto crucial en el que se produce una identificación "extraviada" del espectador que acaba besando a Jordan. Esta trayectoria libidinal debería estar bloqueada pero, de hecho, no lo está. Es posible hacer este camino. Sólo que ello implica una inmediata sanción: el asco de Jordan. Ésta es la moraleja, la sutil introducción de que algo no está bien: un beso puede producir en el otro una reacción de asco. Hay besos que dan asco. Hay besos asquerosos. ¿Cuáles? Abruptamente, a un nivel mínimo de interpretación, Space Jam nos dice que el beso en la boca de Bugs Bunny a Michael Jordan resulta asqueroso, al menos para este último. Al comienzo de la película, Michael fue besado, lamido enteramente por su perro al llegar a casa, mostrando idéntica reacción. Puede ser una pista, una posible interpretación: a Michael no le gusta que le besen los animales. Pero el abanico de posibilidades que pueden explicar su asco es inmenso. Y todas estas posibilidades, a la vez, se entrecruzan como motivos lícitos que pueden despertar el asco, predominando una u otra, o varias. Como adultos que somos y acostumbrados al mundo heterosexual, aparte de lo desagradable o no que resulte besarse con animales, mucha gente lo hace, no está del todo mal visto (mientras no se crucen las barreras de la zoofilia), la explicación quizás más evidente del asco de Jordan al ser besado por Bugs es que Bugs es un tío y Jordan no soporta que un hombre le bese en los labios. Esta es toda la risa que provoca el gag: reírse de los maricones. Hay que ver, no obstante, la situación en su conjunto. Los niños van al cine acompañados de sus padres. Y ríen unos y ríen otros. Pero, ¿de qué se rien los niños y de qué se ríen los padres? Hasta una cierta edad los niños no saben cuándo hay que reírse ni cuándo algo es gracioso: aprenden cuándo y por qué y cuánto hay que reírse. Si los padres se ríen, se ríen los hijos. La risa es una conducta aprendida. La risa paterna arrastra e instruye la risa de la prole. Sólo años más tarde sabrán los niños de qué se estaban riendo cuando Bugs besó a Jordan. Sólo años más tarde comprenderán por qué ellos no tenían ganas de reírse; porque besar a un conejo no da risa, es agradable sin más, pero se rieron porque sus padres se reían. O descubrirán que se reían porque con Bugs siempre te da la risa; se reían de la pura felicidad que supone besar a Bugs... pero que sus padres se reían por otros motivos. ¿Y si el beso a Jordan se lo hubiera dado una coneja, la novia de Bugs que sale más adelante? ¿Seguiría siendo todo tan gracioso? ¿A qué se debería la risa? Tal vez yo vea así las cosas por ser hombre y por ser gay. Otros las verán de otro modo. Pero resulta indudable que en la escena del beso de Space Jam hay una censura explícita al beso homosexual entre varones. Los niños aprenderán esto entre otras cosas, por no entrar en el monto añadido de culpa que habrán de sufrir si a alguno encima se le ha ocurrido identificarse con Bugs Bunny para poder besar imaginariamente a Michael. Empezamos a rozar la pequeña gran tragedia del niño gay.

Mas no quiero ser maniqueo ni monotemático. El asco puede deberse, como ya he señalado, a muchos otros factores. Hagamos una sucinta enumeración de dichos factores, de los que ya conocemos dos. 1) el asco a ser besado por un animal y 2) el asco a ser besado por un hombre; 3) a Jordan le da asco ser besado por un personaje de ficción, no le gusta que le besen los dibujos animados; 4) a Jordan no le gusta que le besen los conejos (ni los perros), otros animales puede que sí; 5) a Jordan no le gusta ser besado por desconocidos o gente a la que no conoce lo bastante, prefiere saludar estrechando la mano a esta otra forma de saludo; 6) a Jordan no le gusta que le besen individuos de la raza blanca, si admitimos que Bugs es de raza blanca más bien que negro, variable racial nada despreciable; 7) a Jordan simplemente no le gusta Bugs, porque no está cachas, porque es feo, porque no es su tipo; 8) a Jordan no le importa en absoluto que le bese Bugs pero detesta que le huela el aliento a zanahoria; 9) a Jordan le fastidia el beso de Bugs porque sólo practica el sexo entre deportistas. No queramos ser exhaustivos. Socialmente, dependiendo también del contexto, cada uno de estos factores será preponderante o calará más hondo en el espectador, llegará a ser más o menos relevante despertando su correspondiente conciencia de culpa.

Parecería que hemos agotado el bombardeo y la tormenta cerebral que puede provocar esta simple escena en las conexiones sinápticas del espectador, más aún si es de corta edad. Nada más lejos de la realidad. Nos falta analizar el por qué del beso, por qué Bugs decide besar a Jordan sin solicitar su consentimiento como hiciera el Príncipe de Blancanieves hace muchos, muchos años. ¿Se trata de acoso (homo)sexual? ¿Cuál es la motivación, el deseo que lleva a Bugs a besar al jugador? ¿Se moría de ganas de besar a Jordan e inventó la triquiñuela de que la mejor forma de demostrarle que era real era besándolo, robándole un beso? Puede que estemos asistiendo a una escena romántica de beso robado, a un enamoramiento silencioso y delicioso de un tímido conejo, que sólo ve la luz fugazmente en esta súbita manifestación de cariño. Pero la primera lectura, aquella que resulta más evidente es que el beso de Bugs es fruto de la provocación, Bugs utiliza el beso como humillación: buena lección para los infantes. Un beso puede ser extremadamente violento, puede reducir el otro a la nada, sobre todo si un hombre besa a otro hombre para someterlo. Estamos hartos de ver esta escena entre machos: te beso porque soy un tío y soy tan tío que puedo besarte, soy activo, y encima eres tú el que se siente culpable y queda de maricón, de pasivo impotente. Otra cosa sería meterse a analizar en profundidad este desbordamiento de testosterona, o lo que tengan los conejos. Vayamos más deprisa. Bugs también puede haber besado a Jordan porque le van los humanos; para hacerse el gracioso porque es un personaje simpático; para ver sencillamente qué se siente; porque le encanta la raza negra o porque es una víctima más del mito fálico que la acompaña, etc. La combinatoria que permite hacer esta escena en cuestiones de género, diferencia, opción sexual son prácticamente ilimitadas, tarea que queda para otra ocasión.

De flores y abejas: el doloroso picotazo de la virilidad

El toro Ferdinando es un cortometraje de Disney, que obtuvo un Oscar en 1938 dentro de la categoría de "Mejor corto animado". Podemos darle cuantas vueltas queramos e intentar marear la perdiz hasta la saciedad como en el caso anterior del beso de Bugs y Jordan, pero nadie se llevará a engaño con tan solo ver una vez este corto: el toro Ferdinando es inmediatamente y sin transición alguna el prototipo tradicional de varón afeminado y pusilánime. La censura a nivel consciente es mínima por no decir inexistente. El contenido manifiesto aparece tal cual, brutalmente, sin disimulo. Ni siquiera los dibujos animados, ni que se trate de un toro parecen servir de excusa. Porque definitivamente se tratará de un toro, sí, pero amariconado. Casi parece superfluo realizar una lectura o una interpretación de El toro Ferdinando porque ya todo se halla explícito, resulta obscenamente palpable. Tan palpable como la heterosexualidad de La dama y el vagabundo, por ejemplo, todos son ejemplos válidos de heterosexualidad en la filmografía de animación hasta una época reciente, salvo contadas excepciones. Curiosamente, la excepción es un cortometraje, un episodio marginal, mucho menos conocido que el resto de personajes de Disney.

La historia de la vida de Ferdinando es singular. Comienza la narración cuando aún es muy pequeño, apenas un becerrito que vemos entre los demás pero que, pronto, se va a hacer notar. A diferencia de sus compañeros, Ferdinando lleva siempre las orejas gachas, con actitud risueña, pacífica, no salta ni corretea, ni mucho menos se dedica a guerrear con los demás becerros dándose todo el día de topetazos. A Ferdinando lo que le gusta es "aspirar el perfume de las flores a la sombra de un alcornoque" entre profundos suspiros y miradas perdidas en el cielo, yendo de allá para acá contoneándose en sus andares despaciosos. El narrador del cuento, en un momento dado, nos informa de que: "su mamá se entristecía a veces al verle tan ensimismado y tan solito"... y tan maricón. El típico niño rarito que no juega al fútbol, ni se ensucia la ropa, ni quiere saber nada de los otros niños. Si ya encima le da por coger florecillas silvestres, hacer ramos y coronas y pasarse el día aspirando su aroma, lo más probable, y esta es la hipótesis más suave, es que su madre le diga, como hace su madre vaca: "Hijo mío, Ferdinando, ¿por qué no juegas como los demás becerritos y les das topetazos?". El cortometraje nos ahorra las humillaciones de los compañeros, el mal rollo de Ferdinando, la imposibilidad de mantener una actitud como la suya sin el más mínimo desgaste psicológico, la presión del medio, el sinvivir de la escuela, el horror del padre, la visita al psiquiatra y, de adolescente, aunque estas cosas se van dejando de hacer, a la casa de putas con papá a ver si se espabila. Pocos gays se han librado de este recorrido siniestro quemando cada una o varias de estas etapas.

La infancia de Ferdinando parece, empero, libre de estas preocupaciones. Ante la inquietud de su madre, responde: "Me gusta más sentarme aquí en paz y aspirar el perfume de las flores silvestres". Evidentemente, Ferdinando es el prototipo de niño gay desde el punto de vista heterosexual. La infancia de algunos gays guarda un gran parecido con la de nuestro toro, la de otros ni siquiera coincide mínimamente. Cuestión de estereotipos. Habrá gays que no se sientan en absoluto identificados con Ferdinando y heterosexuales que sí, pero esa no es la cuestión. Nadie piensa, viendo este corto, que Ferdinando es el arquetipo de un heterosexual de letras. Sorprende en la narración de la historia el juicio de valor que emite la voz en off acerca de la actitud de la madre de Ferdinando ante la respuesta de su hijo: "Y como era una madre indulgente dejábale seguir sentadito absorto en su dicha". ¿Qué ha querido decir realmente al calificar a la madre de Ferdinando de "indulgente"? ¿Acaso está insinuando que Ferdinando es como es porque su madre lo deja y le permite esas actitudes florales? ¿Tal vez deja entrever la posibilidad de que, de no ser su madre tan indulgente, Ferdinando sería como los demás becerros? ¿Es culpa de la madre y de su educación indulgente el comportamiento de su hijo? ¿Podemos pensar que el narrador está haciendo alusión a que con un poco más de mano dura al niño se le iban a quitar todas sus tonterías? Evidentemente sí. A Ferdinando lo que le hace falta es un bofetón y ser educado como un niño. Y si no quiere, se le obliga por la fuerza. Algo nos debe sonar de todo esto. Madre indulgente, por no decir sobreprotectora y consentidora, niño mariquita. A todo esto, ¿dónde está el padre de Ferdinando? Sencillamente no está. Probablemente lo mataron en una corrida. Perfecto. Madre indulgente sobreprotectora-padre ausente: niño homosexual. Las causas están claras. Lo que el corto no dice es por qué el número de becerros homosexuales, dado que sus padres están ausentes necesariamente por haber sucumbido al estoque de un torero, no es sorprendentemente mayor. Será que la homosexualidad tiene una causalidad multifactorial.

Nuestro protagonista crece. Curiosamente es negro zaino, mientras que los demás toros son marrones. Su estampa es la más fiera; Ferdinando es el más grande y el más fuerte (su pusilanimidad no proviene del lado físico, no es un toro escuálido ni enclenque) sólo que persistía con la manía esa de pasarse el día suspirando y oliendo flores mientras sus compañeros rivalizaban para ver quién iba a una corrida. El día de la selección, mientras los ganaderos ojeaban los toros, que se esforzaban en alardes de valentía y fortaleza, Ferdinando seguía despreocupado a lo suyo, "seguro de que no lo elegirían a él". En estas, se dirige a su alcornoque para estar a la sombrita, con la mala fortuna de que "se sentó sobre un abejorro". La picadura del insecto entonces le hace reaccionar como un "hombre", le supone una especie de inyección de virilidad exultante aunque de efectos momentáneos y limitados en el tiempo. Del dolor sale disparado y en su loca carrera, bufando como alma que lleva el diablo, con un aspecto aterrador, destroza un muro, derriba a los demás toros como si fueran bolos y hasta arranca de raíz su alcornoque favorito. Parece que en lo que se refiere a la virilidad todo es ponerse. Ferdinando puede pero no quiere. Algo muy distinto a querer y no poder o a no querer ni poder. Para ser del año treintayocho el corto hasta resulta moderno. Como resultado de su exhibición de fuerza por encima de la media, lo seleccionan para la corrida.

En la plaza, Ferdinando vuelve a hacer de las suyas. El picotazo de heterosexualidad o de virilidad, tanto da cuando se juzga la orientación sexual por actitudes externas fácilmente identificables, le duró lo que el escozor. Asustado en los toriles, lo único que le hace salir a los medios galopando es el ramo de flores que le acaban de tirar al torero. Ve una flor y se pierde. En medio de aquel mundo hostil e incomprensible, el ramo le pareció un oasis. Al verlo salir, cundió el pánico y la expectación hasta que Ferdinando: "Sentóse tranquilamente y empezó a aspirar el perfume de las flores". Ensimismado, no hace ni caso de las provocaciones ni la desesperación del matador que le suplica le embista y le dé una cornada (sin comentarios), hasta el extremo de rasgarse la chaquetilla y ofrecerle su pecho a Ferdinando. Éste, para su sorpresa, descubre en el pecho del torero una flor tatuada con la leyenda "Daisy", deja momentáneamente el ramo y le da un cariñoso lametón al antológico tatuaje que acaba por poner a su hipotético enemigo de los nervios. Dos no pelean si uno no quiere. La lástima es que esto sea mentira y la actitud de Ferdinando no sea sin más traducible en términos de heterosexismo y homofobia. Menos aún la conclusión del cuento, donde nuestro toro mariquita: "continúa hasta la fecha a la sombra de su alcornoque favorito aspirando la fragancia de las flores silvestres en dulce paz y es muy feliz".

La mariquita: un bicho raro con crisis de identidad

Una de las puestas en escena más significativas del sujeto homosexual llevadas a cabo por Disney tiene lugar en Bichos, su tercer filme de animación por ordenador después de las dos entregas de Toy Story, películas estas tres que, sorprendentemente, superan con creces, en lo que a guion se refiere y a la construcción de los personajes, a los clásicos de animación convencional de la factoría. Podríamos llevar a cabo una lectura de conjunto de Bichos en la que veríamos cómo el contexto general de la película sirve de encuadre perfecto para situar la problemática de la visibilidad homosexual, de la doble vida del individuo gay, del solapamiento en su existencia de la verdad y la mentira y de la generalización que tiene lugar a lo largo y ancho de todo el largometraje de una noción de verdad ficticia o ficción verdadera, más allá de la cual no se puede ir, a saber, del borramiento de un punto de referencia privilegiado desde el cual poder decidir entre lo verdadero y lo falso, lo auténtico y la mera apariencia.
El núcleo argumental del filme es la vida de un hormiguero que vive bajo el chantaje periódico de los saltamontes, a los que han de ofrecerles comida a cambio de que éstos no les destruyan el hormiguero. Flic es la hormiga protagonista que decide partir del hormiguero para buscar ayuda fuera. En la gran ciudad confundirá a una compañía de circo con un montón de valientes y terroríficos insectos, contratándolos para defender su hogar amenazado.

El personaje sobre el que nos vamos a centrar se llama "Francis", un insecto perteneciente a esta compañía de artistas de circo, gente de teatro especializada en el fingimiento, en hacer parecer verdadero lo que supuestamente no lo es, el mundo de la representación frente al de la realidad. Los compañeros de Francis son una araña, un escarabajo rinoceronte de aspecto terrorífico pero absolutamente tímido y asustadizo, y un insecto palo que se queja todo el tiempo de que nunca puede hacer de sí mismo, sino de escoba, de astilla. Llega a decir literalmente que él no es más que atrezzo. En una escena de la película, Francis lo lleva agarrado volando y, al atravesar las ramas de un árbol, se le cae y sigue volando con una ramita de verdad sin darse cuenta del cambiazo. La confusión reina hasta tal punto que el insecto palo lo único que se le ocurre decir para ser visto es : "Soy el único palo que tiene ojos". Dicha compañía teatral va a ser tenida todo el tiempo por el hormiguero por un aguerrido ejército de mercenarios que van a luchar contra los saltamontes. Flic sabe la verdad pero la oculta. También él miente, todos mienten. Todo el hormiguero llega a verse envuelto en una gran mentira: construir un pájaro falso con hojas para asustar a los saltamontes. Cuando al final empiecen a pedirse explicaciones, todos habrán mentido. La escena más terrible, cruel y sanguinaria de la película es cuando un pájaro, esta vez de verdad, acaba comiéndose al jefe malo de los saltamontes. Resulta verdaderamente impactante por lo inusitado de tal demostración de violencia en una película para niños. Sin embargo, por primera vez en la historia del cine de animación, Bichos vuelve a sorprendernos cuando, tras los créditos, aparecen una serie de tomas falsas en las que los protagonistas aparecen como actores de verdad, como personajes reales que han estado actuando en la película. En una de estas secuencias vemos la toma falsa de la escena en la que el pájaro se come al saltamontes, descubriendo que el pájaro utilizado en la película era una maqueta, un engendro mecánico y que la muerte, efectivamente, no se ha producido. La línea del horizonte de lo verdadero como punto último de referencia se va desplazando continuamente, quedándonos con la idea de que dicho desplazamiento puede ser ilimitado, con lo que, finalmente, careceríamos de criterio para discernir entre lo verdadero y lo falso, para desenmascarar la apariencia y el fingimiento. Se podrá decir que el criterio de verdad de Bichos, la verdad última y lo que decide al fin y al cabo son precisamente las tomas falsas: extraño criterio de verdad posmoderno donde a lo último que se puede aspirar en la escala del saber, como máximo referente de autenticidad es, justamente, a la toma "falsa", desechada, inválida, inservible.

Mas volvamos a nuestro personaje, Francis. Francis es un insecto, una mariquita. Nada de particular en que un personaje de una película de bichos sea una mariquita. La asociación del significante "mariquita" con un uso peyorativo para insultar a los homosexuales varones no necesariamente ha de estar implicada y no ocurre del mismo modo en todos los idiomas. La homonimia existe, pero jugar con ella no es de obligado cumplimiento. Tampoco es el caso de que estemos forzando nuestra interpretación y, guiados por nuestro particular interés, nos fijemos en el personaje de la mariquita para extraer de él un material que confirme o apoye tesis previa alguna. Todo es mucho más fácil y evidente. Francis es una mariquita y en Bichos se utiliza la homonimia de este vocablo para crearle a Francis una crisis de identidad: Francis es insultado, vejado, humillado por propios y extraños que lo llaman mariquita en sentido peyorativo, refiriéndose directamente a su opción sexual. El propio personaje está construido, como veremos a lo largo de seis secuencias significativas, desde la ambigüedad que supone portar este nombre, ser (una) mariquita.

La primera aparición de Francis ocurre cuando sale a escena, en el circo, para actuar. La actuación consiste en aparecer disfrazado de flor y recitar poesías. Francis lleva una corona de flores y sus movimientos son decididamente afeminados. Su rostro es absolutamente femenino, con dos parches de colorete y enormes pestañas. Su gesticulación, su vuelo, sus ademanes nos hacen pensar en todo momento que la mariquita es de sexo femenino. En medio de la actuación, dos moscardones que están entre el público, llevados por esta misma presunción, increpan a Francis groseramente: "¡Eh, nena! ¿Quieres salir con un insecto de verdad?". La oposición entre "la mariquita" y "un insecto de verdad" es inequívoca; una mariquita no es un insecto de verdad. Donde dice "insecto", evidentemente, hay que poner "hombre": la mariquita no es un hombre de verdad, un machote. Paralelamente, las moscas, están haciendo alarde de su hombría ante lo que presumen es una mujer, ofreciéndose sexualmente a ella como hombres de verdad. A Francis esto parece no gustarle y se va volando delicadamente -todo está preparado para engañar al espectador- hacia las moscas. De repente, su actitud cambia, se arranca la corona de flores, la tira con violencia y les espeta a las moscas: "¡Qué! ¿Que por ser una mariquita tengo que ser chica?"; éstas reaccionan con asombro, lo mismo que nosotros: "¡Ahí va, es un tío!". Las apariencias, también en este caso, nos habían engañado. Se puede ser una mariquita y ser del sexo masculino. Parece ser que ésta no era la primera vez que le sucedía esto a Francis y no será la última. Al contrario, todo el mundo dará por supuesto que la mariquita es de sexo femenino. El enfado de Francis es monumental y saca a relucir su lado más machirulo y viril, un vozarrón en tonos bajos y rotos, un comportamiento desafiante y agresivo, completamente macarra. Tanta exteriorización de violencia hace llorar incluso a unas pequeñas larvas que hay entre el público, que se asustan del miedo que les da Francis cuando abandona su habitual aspecto de mariquita. Una mariquita que es un tío y además es un broncas asusta a cualquiera, además de sorprender.

Una segunda secuencia nos muestra a su amigo, el insecto palo, terciando en la disputa con las moscas: "No habléis así a Mari". Francis responde: "Te he oído larguirucho". Su propio amigo no le llama por su nombre, sino que le llama Mari, burlándose de él, entrando en el juego. Hasta ahora tenemos planteado un problema, digámoslo así, de género: Francis es un hombre con un "cuerpo de mujer", un hombre, un insecto de sexo masculino que pertenece a una especie cuyo nombre genérico es el de "mariquita", lo que induce al equívoco. Pero este problema viene a solaparse con un segundo problema no menos importante, a saber, que "mariquita" no sólo es un nombre que lleva a pensar en lo femenino -por la semejanza con el morfema de genéro "-a"-, sino que es un término corriente en castellano para designar peyorativamente a los gays. Francis, además de sufrir un problema de género, padece las consecuencias de una opción sexual socialmente denigrada. Francis es un hombre con apariencia de mujer, pero sigue siendo un hombre; Francis es un hombre en el cuerpo de una mujer, un transexual; Francis es además (una) mariquita, digámoslo también, un travestido. Las cosas se le complican muchísimo: no tiene más opción que la de escoger entre transexual o travestido, heterosexual o gay. Todo ello por ser portador del significante "mariquita". Dejemos aquí, por el momento, la cuestión. Y sigamos con la caracterización progresiva del personaje.

Una tercera secuencia nos muestra el encuentro con las moscas, después del desafío de Francis, en un bar, ya fuera del circo. Éstas aparecen y, al verlo, dicen: "¡Ahí está esa!", designándolo en femenino. Y empieza una brutal escena, una horrible escena de provocación y de humillación de una violencia de género absolutamente increíble: "¿Cómo estás marinena?", "¡Qué bonita! ¡Qué bonita es la mariquita!", dicen las moscas, que son tres y una es enorme, mientras sujetan cada una las alas de Francis y las mueven de arriba abajo. El espectador gay, yo en este caso, se siente por completo horrorizado al ver retratado de esa forma tan realista algo demasiado conocido y que pone los pelos de punta. En una película de dibujos animados, en una película inocente para niños cuyos personajes son insectos, de pronto aparece una escena de humillación y violencia contra una mariquita tal cual. En esta secuencia del bar, a mi juicio y desde mi sensibilidad, es clara la preponderancia de la discriminación por opción sexual, por ser marica, sobre la de género. Se pueden hacer muchas lecturas de esta escena, pero quien no reconozca a dos sujetos homófobos humillando a un gay, llamándolo "marinena" y diciéndole "qué bonita es la mariquita" sencillamente no está interpretando, está participando en un cierto holocausto. No se necesita mayor confirmación. Aun así la cosa sigue y se disipa cualquier equívoco posible cuando una de las moscas le dice a Francis: "¡Vamos, payaso, levántate y lucha como una chica!". Esta vez se dirige a él en femenino, se da por enterado de que es un hombre, pero le dice que luche como una chica. No recuerdo ninguna otra escena de cine no animado tan descarnada como ésta.

Una cuarta aparición de Francis, menos violenta en los términos y queriendo ser más simpática, nos lo muestra rodeado de las hormigas benjaminas del hormiguero que lo han hecho su héroe. Éstas aparecen y le dicen: "Señorita Francis [...] Por votación será nuestra madrina honoraria". Las pequeñas lo han tomado sin más por una señorita y lo han convertido en madrina. Su nombre, encima, es susceptible de declinarse en femenino, ya que en nada estorba al oído que el señor o el señorito Francis, pueda pasar a ser la señorita Francis. Nuestro protagonista se resigna. Éste parece ser su sino.

Poco después, de nuevo rodeado e incordiado hasta el infinito por sus pequeñas admiradoras, dejándose hacer, dos señoras hormigas que contemplan la tierna escena se dicen la una a la otra: "Mira, es como una madre para todas". Francis también es madre. No puede evitar esta actitud maternal tampoco. Todo le va estupendamente de cara a la galería y recibe aprobación y obtiene incluso éxito social cuando se comporta como una mujer. Cuando decide mostrarse tal y como es, como un hombre, las larvas del circo salen llorando y, en esta escena, cuando se cansa de ser madre y madrina y espanta a las hormigas, todas las pequeñas que tanto lo adoraban se echan a llorar. A Francis le cuesta mucho trabajo ser auténtico. No le dejan ser lo que es. En cuanto lo intenta, es inmediatamente sancionado. Si es que sabe lo que es y quién es, lo que quiere y lo que le gusta, cuándo finge y cuándo no: está absolutamente extraviado en lasperformatividades de género.

La última secuencia en la que se resuelve el peculiar conflicto de esta mariquita sucede del modo siguiente: Flic, la hormiga protagonista, se siente derrotado. Todo le ha salido mal y exclama desconsolado: "Dime una cosa que haya hecho bien". Sus amigos del circo intentan consolarlo de algún modo hasta que el insecto palo da con la clave para nuestro asunto: "De no ser por ti, Francis no habría entrado en contacto con su lado femenino". Outing a lo bestia. Delante de todo el mundo, su mejor amigo reconoce que Francis tiene un lado femenino que no quería reconocer, pero que por fin lo ha hecho. La mariquita intenta resistirse, pero no puede: "¿Ah sííí? Pues,... ¿sabes?... tienes razón".

La solución final del conflicto de identidad parece suavizar las cosas y dejarlo todo en tonos grises, en vez de los tonos rojos sangre de la mariquita, salpicados y contrastados por negros puntos. Moraleja Disney: todo los hombres tienen su lado femenino y está bien y es bueno que lo reconozcan y lo asuman para ser más felices, más sincero consigo mismos y mejores hombres, al fin y al cabo. El problema es cuando dicha problemática se vehicula a través de un significante tan marcado como es el de "mariquita" que lleva las cosas por muy distintos derroteros, cambiando el escenario completamente y remitiendo a una problemática social mucho más sangrante. Aparte de que esta magnífica moraleja de Disney en absoluto concuerda con la mayoría de las mentalidades paternas y maternas que están viendo la película. A muy pocos padres les agradaría ver (ni mucho menos contribuir ni fomentar) cómo su hijo va descubriendo e integrando sin conflictos su lado femenino. A casi ningún padre le agradaría que, después de ver Bichos, su hijo saliera de la sala impactado por Francis, habiéndose identificado con él hasta la médula y que en adelante Francis fuera su héroe en vez de Flic, la hormiga audaz, valiente y aventurera, verdadero protagonista de la historia. Seguramente, cuando su hijo le pidiera tener Bichos en vídeo y le exigiera comprarlo con la carátula de Francis (el vídeo se comercializa con cuatro carátulas distintas, una de ellas, con la mariquita), a lo mejor no se plegaba a sus deseos, poniendo quizás como excusa, que lo importante es la película, no la carátula, sin querer dar su brazo a torcer.

Lo más curioso de la crisis de identidad de este bicho raro que es la mariquita es que sólo se produce en estos términos para los espectadores castellanoparlantes. Es decir, que Francis sólo es homosexual cuando vemos Bichos en castellano, idioma en el que "mariquita" tiene esta connotación inequívoca (no queda excluido que ocurra también en otro idioma). En inglés, la lengua original de la película, las cosas suceden de otro modo: Francis no tiene ningún conflicto homosexual no asumido, su problema es sólo uno, que porta un nombre genérico que contiene dos lexemas, uno de los cuales es lady. En inglés[1], mariquita, el insecto, se dice ladybug o ladybird. ¿Cómo ser lady y ser un tío? es el problema de Francis en inglés. Lo que las moscas le dicen es: "Hey, cutie!, wanna pollinate with a real bug?". Una ladybug no es a real bug. Ladybug, para las moscas, parece ser una contradicción en los términos. Lo que intenta desmentir la respuesta de Francis: "So, bein' a ladybug automatically makes me a girl, is that it, fly boy?", con pocas probabilidades de conseguirlo, ya que, a todas luces, está diciendo una tontería: ser una lady no implica necesariamente ser una girl. Evidentemente que no, pero eso es algo que hay que explicárselo a las moscas, de género insecto, de género humano o de género imbécil. Es necesario explicar por qué se puede ser un hombre en un cuerpo de mujer, por qué se puede ser un hombre con aspecto de mujer, etc., etc., etc.
That's all folks!

[1] En alemán sucede algo semejante, con una ligera variación. Mariquita se dice Marienkäfer. En este caso, la feminidad viene significada, no por el nombre genérico lady, como sucedía en inglés, sino por el nombre propio Marie. Los juegos de palabras que, no obstante, tienen lugar son similares. No se dirá Srta. ni Lady Francis, sino Fräulein Käfermarie. Pudiéndose anotar además que, coloquialmente, ein netter Käfer equivale a una "chica bonita".

Paco Vidarte www.sentidog.com

Las locas y el Che


Mis mejores amigos son homosexuales. Mi hermano y mi hermana lo son. Sin embargo, no tendría que empezar este artículo aclarando mi posición sin criticar ciertas posturas frívolas, que no son posiciones ideológicas de los homosexuales, no fuera considerado en la actualidad políticamente incorrecto.

En las vacaciones del verano pasado, me topé con varios muchachos con camisetas que lucían la famosa imagen del Che, del fotógrafo cubano Korda, aunque se dice que los derechos de autor los cobra la dictadura castrista desde hace mucho rato. Me acerqué a los jóvenes y pude percatarme de que a juzgar por sus conversaciones, por el modo de moverse, en sus almas vibraba La Bayamesa, que es una de las tantas formas poéticas que tenemos los cubanos para describir los amaneramientos femeninos en los hombres.

Vivo en El Marais, bohemio barrio parisino en cuyas casas se han instalado una buena parte de la comunidad homosexual, masculina en su mayoría, con su éxito de boutiques dedicadas al género. Intelectuales burgueses, negociantes judíos, libreros y comerciantes culinarios se asustan ante la invasión de tiendas chinas al por mayor, de traiteurs asiáticos y del mundo nocturno homosexual; yo no creo en la mezcolanza. Amo mi barrio con su mestizaje y su amalgama de géneros, pero no puedo pasar por alto, que en las vidrieras de ropa para mariposas (otro apodo poético para las locas) se exhiben con demasiada frecuencia las camisetas con la imagen del Che. El Che en todos los colores y a precios desorbitantes.

A principios de año organicé una exposición de dibujos eróticos de mi amigo, el pintor cubano Ramón Unzueta, en una de mis librerías preferidas: Les Mots à la Bouche. Meses más tarde firmaba ejemplares de mi novela Lobas de mar traducida al francés en el mismo espacio. Le he tomado mucho cariño al librero, Walter Alluch. Es un hombre alto, atento, servicial y siempre que me aconseja un libro da en el blanco. Fue el caso de La mauvaise vie de Fréderic Mitterrand, alguien a quien admiro desde que hacía aquellos magníficos programas de cine en la televisión francesa. La novela autobiográfica de Fréderic Mitterrand es una joya literaria y humana, y como me ha entrevistado en varias ocasiones hemos podido conversar sobre Cuba. Su punto de vista es muy claro en relación a la dictadura. Me fascina quedarme arrebujada en un rincón de la librería o bajar y descubrir las películas y los álbumes eróticos.

Vaya sorpresa que me llevé cuando al puntear con el dedo los lomos de los DVD encontré una película porno, filmada en Cuba, y en cuya portada sonreía un joven cubano, encuero de la cintura hacia abajo, mostrando sus partes más íntimas -y ¡qué partes!- y cubierto el pecho, no podía ser de otra manera, con una camiseta roja con la figura del guerrillero, delineado en negro. Me dije: "Ahí está, el hombre nuevo."

Hoy me he vuelto a tropezar con una loquita asiática, mano partida a la cintura, remeneo de caderas y tumbe lánguido de párpados; desde luego, camiseta chea, que en Cuba quiere decir, ridícula. No me pude contener. Le pregunté si sabía quién era el Che. Sonrió tímidamente, no me contestó.

Al llegar a casa llamé a un amigo homosexual. Me comenta que toda esta "euforia maricona" (palabras suyas, él es cubano) con el Che se desprende de la película de Walter Salles. En el mes de mayo de 2004 se acababa de estrenar en el Festival de Cannes la cinta Diarios de motocicleta, cuyo tema es el viaje y descubrimiento personal del continente latinoamericano por dos jóvenes argentinos montados en una vieja motocicleta, Ernesto Guevara, de 23 años, estudiante de Medicina, y Alberto Granado, de 29 años, bioquímico.

Mi amigo me explica que un número importante de homosexuales interpretaron que el Che era loca -no de carroza, de motocicleta- porque lo interpretaba Gael García Bernal, quien al mismo tiempo estrenaba personaje de loca en la película de Pedro Almodóvar La mala educación.

El azar concurrente lezamiano resulta delicioso. Con lo que odiaba el argentino a los homosexuales, con lo que los persiguió en Cuba, y ahora resulta que ha pasado de ser el héroe de mayo del 68 a mártir del Orgullo Gay. Curioso. El personaje más homofóbico que ha parido la Historia de las revoluciones es adorado por ese público de consumidores de fanatismos de izquierdas. Lamentable.

Voy a poner un ejemplo publicado en el diario El Nuevo Herald digital el 28 de diciembre de 1997: Cómo asesinaba el Che. Su autor es Pierre San Martin (pseudónimo).

"Eran los últimos días del año 1959; en aquella celda oscura y fría 16 presos dormían en el suelo y los otros 16 restantes estábamos parados para que ellos pudieran acostarse, pero nadie pensaba en esto, nuestro único pensamiento era que estábamos vivos y eso era lo importante; vivíamos hora a hora, minuto a minuto, segundo a segundo sin saber que depararía el siguiente.

Fue como una hora antes del cambio de turno cuando el crujiente sonido de la puerta de hierro se abrió, al mismo tiempo que lanzaban a una persona más al ya aglomerado calabozo. De momento, con la oscuridad, no pudimos percatarnos que apenas era un muchachito de 12 ó 14 años a lo sumo, nuestro nuevo compañero de encierro.

'¿Y tú que hiciste?', preguntamos casi al unísono.

Con la cara ensangrentada y amoratada nos miró fijamente, respondiendo: 'Por defender a mi padre para que no lo mataran, no pude evitarlo, lo asesinaron los muy hijos de perra.'

Todos nos miramos como tal vez buscando la respuesta de consuelo para el muchacho, pero no la teníamos. Eran demasiados nuestros propios problemas. Habían pasado dos o tres días en que no se fusilaba y cada día teníamos más esperanzas en que todo aquello acabara. Los fusilamientos son inmisericordes, te quitan la vida cuando más necesitas de ella para ti y para los tuyos, sin contar con tus protestas o anhelos de vida.

Nuestra alegría no duró mucho más cuando la puerta se abrió. Llamaron a 10, entre ellos al muchacho que había llegado último; nos habíamos equivocado, pues a los que llamaban nunca más los volvíamos a ver.

¿Cómo era posible quitarle la vida a un niño de esta forma; sería que estábamos equivocados y nos iban a soltar? Cerca del paredón donde se fusilaba, con las manos en la cintura, caminaba de un lado al otro el abominable Che Guevara.

Dio la orden de traer al muchacho primero y lo mandó a arrodillarse delante del paredón. Todos gritamos que no hiciera ese crimen, y nos ofrecimos en su lugar.

El muchacho desobedeció la orden, con una valentía sin nombre le respondió al infame personaje: 'Si me has de matar, tendrás que hacerlo como se mata a los hombres, de pie, y no como a los cobardes, de rodillas'.

Caminando por detrás del muchacho, le respondió el Che: 'Xon que vos sos un pibe valiente'...

Desenfundando su pistola le dio un tiro en la nuca que casi le cercenó el cuello.

Todos gritamos: asesinos, cobardes, miserables y tantas otras cosas más. Se volteó hacia las ventanas de donde salían los gritos y vació el peine de la pistola. No sé cuántos mató o hirió. De esta horrible pesadilla, de la cual nunca logramos despertar, pudimos darnos cuenta después, en la clínica del estudiante del hospital Calixto García, adonde nos habían llevado heridos. Por cuánto tiempo, no lo sabríamos, pero una cosa sí estaba clara, nuestra única baraja era la de escapar, única esperanza de superviviencia".

Cito en toda su integridad el testimonio con la esperanza de que la comunidad homosexual, con quien me identifico y de quien soy solidaria, entienda que llevar la imagen del Ché como moda, constituye un insulto para muchas de sus víctimas, entre las que se encontraron grandes escritores homosexuales cubanos: Virgilio Piñeira y Reinaldo Arenas. Sin contar los niños que han crecido traumatizados con el famoso lema como tarea vital: Seremos como el Che . O sea guerrilleros y terroristas.

Zoe Valdéz El Mundo, Madrid / Julio 21, 2005

miércoles, 28 de mayo de 2008

Memorial recuerda a los homosexuales asesinados por los nazis


Berlín cuenta con un monumento en homenaje a los 7.000 homosexuales y lesbianas que murieron en campos de concentración durante el Tercer Reich y a los más de 54.000 que fueron procesados por su orientación sexual entre 1933 y 1945. Las autoridades berlinesas saldaron así la deuda histórica con ese grupo, que reclamaba un memorial propio desde hace 16 años.
El alcalde-gobernador de Berlín, el socialdemócrata y homosexual declarado Klaus Wowereit, denunció que la sociedad alemana de la posguerra "ocultó e incluso continuó persiguiendo y discriminando" a esas víctimas del nazismo.
El monumento levantado en nombre de Alemania pretende ser, no solo un memorial en recuerdo de las víctimas homosexuales del nazismo, sino también un símbolo permanente contra la intolerancia, la xenofobia y la discriminación de los miembros de ese colectivo, dijo Wowereit.
Los artistas escandinavos Michael Elmgreen e Ingar Dragset diseñaron el recordatorio, compuesto por un simple cubo de casi cuatro metros de altura y cinco metros de largo sostenido sobre columnas y que en una de sus esquinas proyecta la imagen de dos hombres besándose, a través de una ventana.
El régimen nazi castigó sobre todo a hombres homosexuales. De ahí que en el primer vídeo -que irá cambiando cada dos años- aparezcan dos varones.
La escultura se emplazó cerca de la céntrica Puerta de Brandeburgo y frente al Monumento por las Víctimas del Holocausto, que recuerda a los cerca de seis millones de judíos asesinados por el Tercer Reich.
"Con este memorial, Alemania quiere honrar a los perseguidos y asesinados, mantener viva la memoria de la injusticia y establecer un símbolo permanente contra la intolerancia, la hostilidad y la marginación social", reza el texto del monumento, cuya creación fue aprobada por el Parlamento alemán en 2003.
El ministro de Cultura de Berlín, el conservador Bernd Neumann, subrayó en el acto de inauguración que el monumento recordará a "quienes fueron condenados por su orientación sexual, los miles que fueron encerrados y asesinados en los campos de concentración".
A la inauguración acudieron varios centenares de invitados especiales, entre los que figuraban la presidenta de la comunidad judía de Berlín, Lala Süsskind; el líder del Consejo Central de los Sinti y Roma (gitanos), Romani Rose y el realizador homosexual Rosa von Praunheim.
También en el Tiergarten se levantará este año un monumento que recordará a los 500.000 gitanos asesinados por el Tercer Reich, una suerte de fuente cuya ejecución ha sido encargada al artista israelí Dani Karavan.

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domingo, 25 de mayo de 2008

Disneyworld celebra el Gay Day


En el año 1991, un pequeño grupo de gays que había decidido vestirse con llamativas remeras rojas y organizar una reunión en el Disneyworld de Orlando, no tenía idea que el boca en boca convertiría a su evento "Gay Day" en un acontecimiento de proporciones épicas. En el transcurso de seis años, los asistentes al evento habían ascendido a los 60 mil y lo que antes era un solo día se convirtió en casi una semana de actividades.

Cuando el Gay Day (www.gaydays.com) se lleve a cabo este año (como todos los años, el primer sábado de junio) se estima que unos 135 mil gays y lesbianas se den cita en el famoso parque de la Florida.

"Con tanta gente, cada año es una experiencia diferente, lo cual hace que este evento sea tan interesante", asegura Brian Rush, un residente de Florida que ha participado de cada Gay Day desde mediados de los 90. "Lo único que hago siempre es mantener la tradición de usar una remera roja cuando asisto a Disneyworld el primer sabado de junio. Es el equivalente a asistir a una marcha del orgullo gay y brindarle apoyo a nuestra comunidad".

Las fiestas nocturnas para hombres gays era lo que dominaba las opciones del evento en los 90, pero en la actualidad, la programación del Gay Day incluye un paquete de fin de semana para lesbianas y lugares de reuniones para familias gays en Disneyworld y en el SeaWorld.

"Cuando comenzamos nuestra actividad hace siete años atrás, no existían eventos organizados especialmente para mujeres, y ahora hay al menos diez", cuenta Alison Burgos, co-productora de “Girls in Wonderland” (www.girlsinwonderland.com). "Promotores locales y de nivel nacional se encuentran trabajando en conjunto para hacer que las lesbianas se sientan bienvenidas".

A pesar de que el Gay Day no está esponsoreado por Disney, la empresa, la cual está a favor de la no discriminación en el lugar de trabajo y provee beneficios de salud a las parejas de hecho de sus empleados gays, apoya su existencia. "Es un excelente grupo de gente", asegura la vocera de Disney, Zoraya Suarez. "Estuve presente en el parque durante el Gay Day del año pasado y era maravilloso ver todas esas remeras rojas y a todas esas familias multi-generacionales unidas en armonía dentro del predio".

El uso de remeras rojas es la costumbre típica del evento, aunque los ropajes adornados con los colores del arcoiris que evocan a la bandera del orgullo gay y las orejas del ratón Mickey en las mujeres y las de la ratoncita Minnie en los hombres también suelen verse en esta celebración anual.


© Traducción de Esteban Rico para SentidoG.com