viernes, 16 de julio de 2010

Para mi padre


En la desigualdad nos hicimos fuertes y resistimos. En la desigualdad se peleó no sólo contra edictos, decretos y homofobia, sino que se vivió en muchos casos bajo sistemas de terror y tortura sólo por ser diferentes. En la desigualdad soportamos persecución, redadas, cárcel y mil formas de atropello por querer vivir la vida que nos merecíamos. En la desigualdad nos escondíamos para poder bailar, conocernos, besarnos. En la desigualdad no queríamos vivir más, por eso luchamos, hablamos, participamos, cada uno desde su pequeño lugar y gracias a muchos que lo hicieron desde la tribuna pública sin importarles el qué dirán.

Ahora en la igualdad debemos ser parte de los que construyen desde el mismo lugar junto a todos los argentinos. Necesitamos de un tiempo de maduración y de un debate final que seguimos por televisión para enterarnos de que muchos todavía querían que la desigualdad reinara en este país. Por suerte quienes mantuvieron sus convicciones iniciales ayudaron a que otros entendieran este proceso de cambio, y las minorías accedieran al derecho del matrimonio civil. Como siempre en estos procesos quedan heridos, los argentinos sabemos de muchas instancias parecidas y mucho más crueles, por eso en este debate, que se dio en el ámbito de la democracia plena, nos debe llenar de orgullo haber conseguido el objetivo y, al mismo tiempo, tratar ahora de hacer sanar todas las heridas más rápidamente, para que podamos vivir en un país armónico, en donde siempre se mire hacia el futuro, en donde siempre busquemos la igualdad de derechos para todos y todas.

Personalmente me sentía ofendido cuando escuchaba cuáles eran los prototipos de familia única que proponían los que fueron el martes a la plaza. MI padre biológico (heterosexual) me abandonó cuando yo era chico sin importarle que me fuera con mi madre en su separación y nunca más quiso saber de mí. Ya mayor, encontré un padre, que fue mi padre y me enseñó gran parte de lo que soy hoy. El era homosexual y hace cinco años que ya no está, y no hay un día que no lo recuerde y sienta en mi corazón que ese sí fue mi padre.

Hoy esos derechos que tanto anhelábamos se consiguieron, hoy esos derechos a los que retrógradamente muchos se opusieron son parte plena de nuestra sociedad. Cuidemos este patrimonio que no es más que el patrimonio de un país que quiere vivir en libertad, de un país que merece tener habitantes felices. Tan felices como todos los que hoy, 15 de julio de 2010, se levantaron por la mañana y descubrieron un nuevo amanecer y comenzaron a llenar de mensajes los celulares, las casillas de correo, el facebook, contando cada uno cómo era su alegría, haciendo participar a todos de una esperanza.

Alejandro Zárate
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¡Fiesta!


Escuché el resultado entre sueños, mientras Pichetto maltrataba a Negre de Alonso y ella lloraba. ¿Por las miles de horas viajadas que no dejó de mencionar de principio a fin de la sesión y ahora se convierten en nada? Bueno, es un lindo relato para sus nietos. Les puede contar sus visitas a la provincia y lo que piensa la gente del interior, mientras los niños juegan a construir la sexualidad de los dibujos que proveen los cuadernillos de educación sexual (que a ella tanto horrorizan) que si Dios no mete la cola llegarán a las escuelas pronto, muy pronto. Más pronto de lo que todas y todos esperábamos. Vi el 27/33 y me quedé dormida preguntándole a mi mujer si se quería casar conmigo. No recuerdo la respuesta, me dormí de inmediato y esta mañana, cuando nuestro hijito nos despertó a las 8, es decir que sólo había dormido cuatro horas, en lo único que pensaba era “quién me manda a mí a querer una familia”. Así me levanté, malhumorada, llena de mensajes que decían “y para cuándo los confites”, felicitaciones y buenos augurios de todo tipo y tenor, la radio prendida, la tele prendida, mucho ruido, una sensación de irrealidad lo invade todo. Un poco por el sueño, otro tanto porque la realidad hoy es algo que venimos deseando hace tanto que no es fácil asimilarla como algo que ahora está ahí, fuera del cuerpo.

Ella, con la que me voy a casar en los próximos días, ya está organizando una fiesta para festejar la ley. Le digo que no sea tan atolondrada, que ahora tenemos que pensar cuándo nos vamos a casar, cómo, si vamos a hacer fiesta o no, tampoco vamos a organizar dos fiestas en quince días, eso es muy agotador, además de las miles que tendremos de los amigos y amigas que también esperaban esta ley con ansiedad. Y ella, que me viene incendiando con el casamiento y se hace la ofendida cada vez que en una nota a la pregunta de ¿se van a casar? yo contesto “eso se verá después, lo importante no es que nosotras nos casemos sino que se amplíen los derechos”. Hoy, que la posibilidad de casarnos es real, muy suelta de cuerpo me dice que no hay apuro para casarnos...

Me pongo a llorar y le digo “está nevando en Pinamar” y una emoción virulenta, espasmódica, me toma todo el cuerpo y le digo “es que tenés que adoptar a Furio” y lloramos juntas un rato.

Siempre supe que esto iba a suceder, que Marta iba a poder adoptar a nuestro hijo tarde o temprano, pero la verdad que no pensé que esto iba a suceder tan rápido, siendo él un bebé aún. Siempre que pensé en esa escena me la imaginé así: Furio se pone la campera y agarra sus documentos y los nuestros, él ya tiene 17 y más organizado que nosotras, sobre todo en estas situaciones que nos emocionan tanto. Marta llora, desde que se levantó que no deja de llorar, se pone las botas llorando, se maquilla llorando, me dice “ves que estoy gorda, nada me queda bien” llorando, se toma un café llorando. Yo busco la partida de nacimiento y, claro, no la encuentro porque Furio ya la guardó. El está listo hace rato con su campera puesta alimentando a los perros.

–¡Amor! ¿Dónde está la partida de nacimiento?

–En el cajón de los documentos –dice ella llorando.

–No, no está ahí, si te pregunto es porque ya busqué ahí.

–No sé, amor, vos te ocupás de los documentos.

–Yo me ocupo de los documentos. ¿Y los documentos caminan solos? Cuántas veces tengo que decir que dejen las cosas en el mismo lugar. ¡Furio! ¿Vos usaste tu partida para algo? ¿Por qué no está en el cajón..?

–La tengo yo, mamá, ya agarré todo, la libreta también. Voy prendiendo el auto, ¿les falta mucho?

–¡Amor! Estás lista.

–Sí, si encontrara mis anteojos. ¿Cómo puede ser que me muevan los anteojos de lugar? ¿Qué hacen con mis anteojos en esta casa?

–No sé, amor, ¿te fijaste en el bolsillo de tu impermeable? –dice llorando.

–¿Cuándo usé impermeable, Marta?

–Ayer, linda, ¿te acordás que llovió a la mañana?

–OK, me voy así. Los habré dejando en el estudio.

–Pero, amor, los tenés puestos –dice llorando.

Y me quiebro, de la misma manera que me quebré esta mañana y nos abrazamos y lloramos juntas un rato, mientras escuchamos que Furio toca la bocina desde del garage, pero no podemos soltarnos porque la emoción es enorme. Y vamos hasta el auto las dos llorando y él también está emocionado porque su madre, la que lo crió, lo arropó, lo retó, le mostró el mundo, le habló de su patria con pasión y con enojo, le explicó de su sexualidad, le enseñó a decir upa y a decir con orgullo “a veces la Argentina puede ser un lugar hermoso” podrá adoptarlo. En unos minutos nomás, cuando nos pongamos de acuerdo quién de las dos maneja y él diga “maneje quien maneje vamos a llegar tarde porque las dos están transidas”. Y yo voy morir de amor cuando escuche esa palabra de mi hijo porque es una de las tantas que tomó como suya del vocabulario dramático con que suele hablar su madre Marta.

Pero Furio no tiene 17 años, ni siquiera cumplió los dos. Entonces acusa recibo de nuestra emoción con berrinches propios de su edad y alguna que otra carcajada inesperada, como si quisiera decirnos “¿qué pasa, mamis?, ¡soy el hijo menor! Dejen de lagrimear y ocúpense de lo importante: mi comida”.

–Hoy puede comer chocolate de postre. ¡Estamos de fiesta!, amor –dice alguna de las dos, siempre llorando.

Albertina Carri

Y la Tierra sigue girando alrededor del Sol: aleluya. Ganamos nuevamente

Como entonces, como siempre, el movimiento de la historia y los que luchan por sus libertades ganó la batalla contra las verdaderas fuerzas del mal, las que hablan del Plan de Dios y comulgan con el exterminio. Las que desde hace siglos están manchadas de sangre, en muchos casos –muchos– con la nuestra...

Los y las naranjas mostraron sus fauces. No pueden ya mentir, nos odian profundamente. Lo atestiguaban sus caras, sus consignas: Argentina maricona. Sodoma, Homomonio...

Desde hoy ése es el pasado. Pero las caras y los insultos de senadores y senadoras como Negre de Alonso, Sonia Escudero, Olmedo quedarán grabados en la memoria del oprobio del pueblo argentino. Otros cuadros para descolgar y tirar.

Al comenzar el debate Negre de Alonso expresaba: “¿Les vamos a tener que enseñar qué es gay, qué es bisexual?”, refiriéndose a que los chicos y chicas en la escuela tendrían que conocer y aceptar que existimos. Bien por usted senadora, dijo lo que debió decir desde el principio, lo que todo el tiempo flotaba en el aire, lo que cada una de esas remeritas naranjas expresaban: odio, intolerancia, racismo, que no existamos.

Afuera del recinto la multitud gritaba enfervorizada a cada arremetida de esta mujer: nazi, nazi. Todo dicho.

Esa chusma es pasado, la historia ni siquiera los recordará. Por eso olvidemos y hagamos votos para que se inicie de ahora en más una nueva historia para nosotras y nosotros, gays, lesbianas, transexuales, travestis, bisexuales, intersexuales y lo que tenga aún que venir; la lista no se cierra, como el deseo, como la vida misma.

Ya no será la que a nosotrxs nos tocó vivir, condenados a cargar con nuestra hasta hoy “oprobiosa” marca supuestamente por violar la ley natural. Hoy ella se termina. De natural sólo le queda la mueca del odio y la sequedad de una carne yerma.

Esperamos que en poco tiempo sea posible volver a contar las viejas historias que narran el inicio del mundo y que nuestros hijos, hijas, nietos y nietas sean ese motor. Y así entonces podremos escuchar cosas como éstas:

Cuando la profesora le preguntó a Abel cómo se llamaba su madre el niño contestó: “Mi mamá se llama Adán” y ya nadie sintió vergüenza*.l

* Le debo esta frase a un sacerdote marplatense. ¡Qué bueno!


Carlos Figari

Y dale alegría a mi corazón

La histórica noche del miércoles y la madrugada del jueves, mis amigas y yo estábamos en la Plaza del Carmen de Rivadavia y Callao siguiendo la sesión por tv. Mientras escuchábamos algunos de los argumentos tuve tiempo de pensar mucho. Pensé en mi adolescencia, por supuesto, cuando todo empezó. Cuando yo empecé. Pensé en cuando a mi ex novia y a mí nos pegó un tipo en Resistencia en el año ‘98 porque íbamos de la mano. Pensé en que Marta Dillon nos quiso hacer una nota sobre lo que había pasado y que yo no me atreví, no quise hablar. Pensé en el padre de mi primera novia que me echó de su casa y que después cagó a palos a su hija. Pensé en ella, que me vino a ver horas después con un ojo morado. Pensé en cuando a mi querido Luciano, a Alejo y a mí nos agarró una razzia en Experiment, hace 20 años, y nos pasamos unas horas temblando de miedo de que nos llevaran en cana. Pensé en que hace un año me parecía imposible, hace unos meses improbable y que, incluso estando ahí, en Plaza del Carmen la noche del 14 de julio mirando esos horribles plasmas, una posible ley de igualdad me seguía pareciendo increíble. Pensé: ¿qué hace gente como Negre de Alonso o Rodríguez Saá discutiendo sobre un derecho nuestro que, como buen derecho, ni siquiera debería estar sujeto a debate? Pensé si no es demasiada la “tolerancia” con la que nuestra comunidad se ha tenido que armar para soportar que una mayoría se sintiera con el derecho a decidir sobre nuestras vidas. Pensé en muchos de los que conocí de jóvenes y que no llegaron vivos a esa noche. Pensé en mí, en nosotros, dos décadas atrás imaginándonos la vida que se nos venía encima, la que tendríamos que construir. Pensé en que me da orgullo escribir para este medio. Pensé en el 2008, cuando empecé a colaborar, las cosas eran muy distintas, mi vida era muy distinta. Pensé en los diversos modos en que aportamos nuestro granito de arena para este inmenso cambio. Pensé en la liberación de la palabra que es, para mí, la liberación del espíritu. Pensaba rodeada de amig@s cuando entró Alex Freire a la pizzería y anunció que la victoria sería nuestra. Entonces, pensé que deberíamos cruzar Rivadavia, cagarnos un poco de frío con las demás personas que estaban ahí, en la plaza. Por momentos pensé que quizás Alex se había equivocado. Que si eso pasaba no lo sentiría como una derrota, que no lo debería sentir como una derrota, que en ese plano tengo training para soportar que las cosas no salgan bien. Pero pensé también que tal vez sería distinto, que esta vez... ¿por qué no esta vez? Pensé en que ni siquiera quería pensar en una posible amargura. Y cuando el momento llegó, les juro que no pensé. Abracé a mi gente querida, a mi gente amada, y lloré, lloré, lloré como nunca había llorado, con una alegría plena, una alegría nueva que, les aseguro, no sabía, siquiera, que podía existir.

Paula Jiménez

No te la cuento, la viviste a tu manera

A tus 2 años y medio no sabías de tratados internacionales, ni convenciones, ni artículos, pero conocías (y vivías) cotidianamente cada uno de tus derechos; aun los que no tenías formalmente dados antes de que nos casáramos. A tus 2 años y medio conocías el valor de la verdad y la expresabas a tu modo con esa lógica que sorprende y descoloca.

A tus 2 años y medio te diste cuenta de que algo en las semanas de junio y julio de 2010 tensaba el ambiente en tu familia, que había ansiedad. Lo expresaste en berrinches y mal humor. Resulta llamativo que justo en ese momento hayas empezado tu etapa de los porqués. Así que una tarde, mientras nos preparábamos para salir con la cinta multicolor en el pecho, preguntaste por qué, y te dijimos que íbamos a la plaza.

–¡Yo quiero ir a la plaza a jugar! –te entusiasmaste.

Mamu –con toda su ironía– te respondió: vamos a una plaza de reclamos.

En esas semanas, nos levantaste la tarjeta roja varias veces porque en lugar de los dibu, en la tele mirábamos muchas noticias. También preguntaste por qué y te explicamos que esos señores y señoras que hablaban iban a decir que sí o que no; y que queríamos muchos SI porque así, mamu y mami nos podíamos casar.

–¿Por qué se van a casar?

–Porque nos queremos.

–¡Yo me quiero casar con vos y con mamu! –respondiste.

Durante varios días, cada mañana nos preguntaste: ¿ya pueden casarse? Varias veces te dijimos, todavía no. Pero el 15 de julio te levantaste y no preguntaste. Fuimos a tu cama y te dijimos: Juan, ahora sí mamu y mami nos podemos casar.

–¿Por qué? –dijiste.

–Porque ya dijeron que sí.

–Yo quiero ir con ustedes.

–Claro. ¡¡¡Además vamos a hacer una fiesta!!!

Y vos, con toda tu inocencia y tu maravillosa ternura nos dijiste:

–¡¿Va a haber torta?!

Gabriela Campos
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Arroz y vamos por más


Ahora que es posible tirar el arroz sobre cualquier pareja que desee casarse, también es posible tirar por la borda los argumentos que de alguna manera resultaron casi obligatorios: ni las familias homoparentales son mejores que otras ni podemos jurar que criaremos hijos e hijas completamente sanos, ¿o acaso hay alguien que sea capaz de comprometerse con tales juramentos?

Al sí del Congreso antes del sí y el arroz venidero en el Civil, y a la prueba de que los únicos demonios que vienen de a dos son los dos demonios de la teoría, caben dos peros de día siguiente: la cantinela, por parte de la defensa, de los resultados de las encuestas que determinan la ausencia de “patologías” en hijos de parejas del mismo sexo, hasta la pretensión de una especie de superioridad psíquica –serían más protectores, más afectivos, etc.– de sus familias, hasta una maestría para la institución heterosexual, formó parte de los argumentos puntuales, quizá necesarios pero, a tirarlos con el arroz pero para el otro lado: los casados por venir no tienen por qué demostrar que son capaces de relevar con híper eficacia las prácticas fallidas del casamiento con figuritas hechas según distribución de baños en bares. El otorgamiento de igualdad de derechos no debe empañarse con la diferencia de requisitos. La performance de Pepito Cibrián ante Susana Giménez (menos botox quizás hubiera permitido leer en su imperturbabilidad de rasgos, expresivo azoro) que terminó mientras él le tomaba la mano y la miraba fijo con el extorsivo slogan “Calle o Pepe” o “Pepe o calle”. Puede ser para poster, pero el derecho a tener hijos o adoptarlos no tiene que confundirse con un relevo del Estado en su función de sostén para la infancia arrasada. No debería exigírsele al casamiento gay ni tareas filantrópicas ni ejemplares. Ni la familia Falcón, la de triste nombre, ni la de Josephine Baker.


Chicanas radical chic


A pesar de la sudada de gota gorda de diputados y senadores para encontrar pruebas a favor del matrimonio gay en un improvisado Libro Gordo de Petete Queer que incluyó tanto a Freud como a los cátaros, la Biblia Hoy y el amor según Poldy Bird, son los que antes se llamaba “compañeros de ruta” los que parecen dudar por lo bajo.

1) Con las banderas del chorro divino Jean Genet o del Pasolini de los ragazzi di vita cuchichean ¡así que ellos también querían ser padres!, es decir, haciendo gala de lo que la escritora lesbiana Sheila Jeffreys llama “la incertidumbre radical”, en donde una filosofía de alta retórica niega, en nombre de un más allá revolucionario virtual, la demanda concreta de una comunidad discriminada, se oculta la necesidad de que el otro siga encarnando precisamente al otro –disidente, nómade, maldito, fuera de la ley– capaz de garantizar por contraste el modelo de lo mismo.

2) Un chiste sin demasiada imaginación –quiero decir sin esa meliflua imaginación de la cultura gay que va de Oscar Wilde, que fue preso a causa de un chongo de elite pero más presa de ese mismo chongo, a la trava rutera que no leyó a Quevedo pero como si lo hubiera hecho– dice que ahora lo raro y perseguido va a ser la condición hétero. Es así como antiguos izquierdistas de pancarta y prisión pueden quedar identificados con lo que en Estados Unidos actúa como la mayoría moral que siempre se ve amenazada por un enemigo cuyo número creciente e inabarcable suele adoptar la imagen higienista de la epidemia. Como si visualizar como multiplicación y mayoría a quienes simplemente acaban de hacerse visibles en un campo del que hasta entonces eran mayoritariamente excluidos no constituyera una de las formas de la discriminación misma.

3) Sí, para esos nihilistas de cuño progre, el matrimonio de gays y lesbianas ... (llénese la línea de puntos) les suena a un intento de relevo de los valores burgueses en lugar de cuestionarlos –“reproducen”, “parodian”–, al homofóbico no le pasa lo mismo. Si antes temía a una horda seductora y perversa que podría amenazar con su mero contacto a sus hijos, ahora teme quedar expulsado de su propia iglesia por haber fracasado en sus defendidas premisas universales. ¡Son los particulares agrupados los que podrían sostener ahora los vetustos valores universales!

Pero la apreciación de que casados, gays, lesbianas ...(llénese la línea de puntos) reproducen o parodian puede indicar simplemente que no existen aún patrones de inteligibilidad que permitan reconocer lo que en el casamiento entre ellos hay que no es ni reproducción ni parodia ni diferencia pura.

Si ahora en la institución del casamiento pueden entrar dos hombres o dos mujeres, siguiendo a Josefina Ludmer en su célebre trabajo Tretas del débil, cabe la posibilidad de que en el lugar asignado y aceptado se cambie no sólo el sentido de ese lugar sino el sentido mismo de lo que se instaura en él.

Arroz a los precursores

En este día siguiente que no es de resaca, cabe espurrear con la imaginación arroz a maricones, tortas y travas eminentes que aún en la categoría de “casos” hicieron asomar su ingenio entre las líneas de los médicos voyeurs y de los próceres comprensivos de otros siglos: a la Princesa de Borbón que estafó al Congreso Nacional pidiendo una pensión como viuda de un guerrero del Paraguay, a La Bella Otero que cantaba “Si con la boca yo te incomodo/y por la espalda me quieres dar/no tengas miedo, chinito mío/no tengo pliegues ya por detrás”, a Aída “la mujer honesta” que trabajaba en la Rosada y era tan pero tan femenina que decía no sentir nada (todas travestis observadas por el doctor Francisco de Veyga al despuntar 1900). A “la odiosa que no sabe odiar” y a “Chacho”, las niñas escritoras a quienes el Dr. Víctor Mercante consideró terribles miembros del “imperio de la anomalía” en su artículo “Fetiquismo y Uranismo femenino en los internados educativos”. Al maricón que el perito Moreno encontró en las tolderías (“este individuo, aunque vestido de hombre, no sale a bolear ni hace ningún trabajo de hombre, sólo se ocupa de cuidar a las chinas”). Y a las dos parejas de norteamericanos que el Gran Sarmiento descubrió viviendo en la isla de Robison Crusoe y de las que sólo menciona con discreción que vivían divididas en feudos domésticos “cuya causa no quisimos conocer”, uno con gorra carmesí y estampados de oro, otro que habla “no diré ya con la locuacidad voluble de una mujer, lo que no es siempre bien dicho, pues hay algunas que saben callar, sino más bien con la petulancia de un peluquero francés que conoce el arte y lo practica en artiste”. Y a Manuelita Rosas que escribía de Dolores Fuertes “¡¡¡¡Qué inhumanos son mis tíos que me han arrancado a una amiga, que es como si fuera mi esposa”, y al “invertido” de El juguete rabioso y a los cadetes del escándalo que pasaron del Colegio Militar a las fiestas negras de la mano de un tal Celeste Imperio y que terminaron suicidándose, arrestados o destituidos. Y a todas y todos los que hoy quieran pasar de la intensidad a la duración o meter la intensidad en la duración o comenzar a quejarse como cualquier hijo de vecino, luego de poner muñequitos idéntico/a/s en la torta de bodas, “¡qué puedo hacer con la bruja que tengo en casa!”.

María Moreno
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El matrimonio es historia


Nadamos en un mar de lágrimas, atravesamos la corriente cálida de este día de invierno helado abrazadas y abrazos al tronco de nuestros afectos, de quienes nos acompañan en el camino, capeando la marea y el mareo de comprobar una vez más que lo imposible sólo demora cuando es un río de gente que empuja. No puedo escribir nada original y no puedo abstenerme de poner en palabras lo que no se puede fijar en el papel porque se escapa por la tangente, porque se fuga en abrazos y en convulsiones de llanto enamorado. No puedo escaparme de la cursilería y tampoco quiero ¿o acaso los casamientos no se hicieron para habilitar el recreo en el patio del amor eterno? Que no existe. Es imposible. Pero lo imposible, ya lo dije, también tiene sus excepciones. Este texto, como la mayor parte de este suplemento, es urgente. Urgentes las ganas de que las emociones duren un rato más. Urgente la necesidad de compartir con las miles de personas que se conmueven, que llaman, que mandan mensajes, una especie de agradecimiento porque gracias a ellos y a ellos las familias que supimos conseguir no tuvieron que esperar a este reconocimiento legal para ser reconocidas por nuestros pares, nuestros prójimos, nuestras prójimas, para apropiarnos –ya que estamos–, de esa palabra tan evangélica ahora que la palabra evangélica se empuñó como lanza del odio. Urgente es, también, este orgullo que se expande por el pecho y estalla. Un orgullo diverso que tiñe las páginas que siguen, porque en definitiva también es para festejar que estas páginas existan como el soporte de todo lo que quisimos decir en esta semana en la que casi siempre terminamos abrazadas, abrazados. Orgullo de ser quienes somos. Orgullo de haber empujado el sentido común hasta desmadrarlo. Orgullo de haber puesto imágenes y palabras a nuestros amores, nuestros dolores, nuestras familias. Habrá que revisar ahora la agenda del día siguiente. Habrá que comprometerse con esa agenda con la misma pasión y decidirnos de una vez a llorar las amargas lágrimas de tanta muerte que nos precede en este camino y pende sobre las vidas y los proyectos de travestis, transgéneros, transexuales. Habrá que ponerle un nombre al homicidio de Andrea Pérez y habrá que hacer público y común ese duelo para poder decir basta de una vez. Porque ella, travesti, en situación de prostitución y trabajadora de la Cooperativa Nadia Echazú, murió encandilada por las falsas promesas del amor romántico de un chongo violento encorsetado en esos roles de género a los que ahora prentendemos quitarle su hegemonía. Esta ley de matrimonio igualitario pondrá su granito de arena o de arroz a través del lento desbaratarse de las instituciones tradicionales, a partir de los nuevos relatos familiares, a partir de que se empiece a enseñar en las escuelas que no hay opciones únicas ni para el binomio mamá y papá –ahora multiplicado en opciones múltiples– ni para lo que cada cual desea para sí mismo.

Anoche me dormí escuchando como entre sueños una propuesta de casamiento. Me desperté con la conciencia de que mi hijo menor también podrá tener mi apellido. Transito el día con las ganas infinitas de juntar tantos amigos y amigas como sea posible para brindar hasta marearnos porque este país será otro desde Ushuaia a La Quiaca. No voy a pedir disculpas por el desliz autobiográfico porque nuestras biografías son las que se exponen en las páginas que siguen. Porque con esa materia se asfaltó el camino que llegó a la resolución que hoy alumbra un país en el que vale la pena vivir aunque todavía falte tanto. Quedará en nuestra memoria el modo en que miramos a nuestros hijos la mañana siguiente. El modo en que ellos y ellas nos devolvieron la mirada como si supieran. Esta alegría que desborda y que fue acumulándose desde que, por ejemplo, los compañeros y las compañeras de este diario salieron a la calle el martes 13 a hacer ruido con lo que fuera para contrarrestar la avanzada fundamentalista. El modo en que un cumpleaños infantil en el que me tocó estar se lanzó a la calle de un barrio conservador a tocar cacerolas, matracas y sikus. Tengo ganas de agradecer, pero no debería, porque esto no fue para mí ni para nadie en particular. Fue por todos y por todas. Por la voluntad de cruzar la frontera hacia un cambio de era que todavía no se termina de dimensionar pero que ya se está dibujando en el horizonte. Amigos, amigas, queridxs todxs, preparen los pañuelos. Estamos nadando en un mar de lágrimas. Y son tan dulces estas lágrimas que no se puede hacer más que compartirlas. El matrimonio ya es historia, no solo porque esa instituciòn marca un antes y un después en el devenir del tiempor sino porque nunca volverá a ser lo que fue.

Marta Dillon

El día M

A nadie se le ocurrió que íbamos a llorar así. Nadie pensó en este estallido de alegría desmesurada, en este saltar con los otros, con los mil que a las cuatro y media de la madrugada nos apretamos hasta el final ante el Congreso para decir, como nunca antes: igualdad, igualdad, igualdad. Siempre la política guarda ese plus que se puede experimentar ante el triunfo final de una idea, de una sociedad, y de pronto, sin que nadie lo esperara, las viejas palabras vuelven a tener sentido. Las palabras tan manoseadas, tan gastadas por el uso que les han dado los traidores, se pueden repetir como una declaración de amor: ¡Igualdad! ¡Igualdad! ¡Igualdad! La emoción de la política, de una epifanía común, de un cambio histórico, nos tomó por asalto antenoche, en la plaza esa que cruzamos tantas veces antes, en la misma plaza donde bailamos tantas veces al terminar las marchas, durante todos estos años de soltería. El casamiento entre personas del mismo sexo es ley, y lloramos, juntos, porque un cambio así, sabemos, intuimos, sólo puede traer felicidad.

El miércoles, durante 16 horas, cuarenta mil personas se juntaron en la Plaza del Congreso para esperar la ley de matrimonio entre parejas del mismo sexo. El comienzo de la tarde, invernal y cruel, fue como un picnic fuera de época, en el que las familias con chicos se paseaban pura parsimonia comiendo garrapiñadas, los noviecitos de la mano como en paseo dominical de pueblo, las noviecitas a los arrumacos bajo ponchos y tapaditos, los chongos del Movimiento Evita a full con el parche del bombo, y Evita montonera mirándolo todo desde un cartelón, con el rostro del pelo al viento, en el corazón de un sol. La tarde fue apacible, pero se calentó, de a poco, con el ímpetu que da el montón. Las fotos tramposas de la media luz que salieron en los diarios habían mostrado el día anterior a una supuesta multitud naranja, convocada por la Iglesia y el peronismo de derecha, desgañitándose en rezos e insultos para frenar la votación de la ley en el Senado. Eran casi todos estudiantes de escuelas católicas chetas y un puñado de sindicalistas arreados en 16 micros de la CGT Azul y Blanca que lidera Luis Barrionuevo, y de los peones rurales, al mando del Momo Venegas.

El miércoles tampoco hubo mucho arreo que digamos. Menos micros, más gays, lesbianas, trans, y muchos amigos héteros llenaron la plaza a eso de las cinco. En un desafío televisivo y casi performático un grupo de cristianos ultras había copado la vereda de la avenida Entre Ríos, y colgado una bandera en las rejas del edificio: “Ni unión, ni adopción. Sólo varón-mujer”. Rezaban. Los activistas de las organizaciones glttb, los de la izquierda –que estuvo desde muy temprano con la clásica marea de banderas rojas– y los camarógrafos de la tele en busca de algo que mostrar, los rodearon, de a poco, cada vez más. “¡Iglesia! ¡Basura! ¡Vos sos la dictadura!”, les gritaba la multitud a los católicos. Uña señora de rulero ancho vuelto bucle marcaba el ritmo del rezo con un megáfono. Atrás, un morochón como salido del Angels sostenía una virgen blanca en las manos y le daba al Ave María como poseso. De fondo, largó un punchi punchi como de América, y el forcejeo de la policía para separar a los dos bandos provocaba uno que otro exabrupto. Con la disputa –hipertransmitida en vivo por los móviles en directo– hasta el frío exagerado se calmó. Un pibe de jean ajustado, campera corta y gorro de lana, se trepó como un mono a la reja y con una trincheta rasgó la bandera insultante y la hizo caer. Temerosa de que los huevazos que de tanto en tanto esquivaban los fachos se volvieran torrenciales, la policía los sacó del lugar en un operativo de abrazo sincronizado. Los condujo contra la pared del Congreso, hacia Rivadavia y más allá. Todos corrimos. Hasta que el tumulto se diluyó en Riobamba. La plaza era toda nuestra.

Al atardecer se dio esa mezcla que sólo el peronismo puede dar en estos tiempos: los piqueteros de la Aníbal Veron, los militantes del Peronismo transversal, mi nuevo amigo –el académico que les enseña doctrina justicialista a los delegados más jóvenes de la CGT–, junto a los modernos de raros peinados viejos, las trans pura sobriedad militante, las lesbianas de pantalón cargo y las de elegantes tapados de lana merino, el perfume del chori y el paty junto a los aromas importados que parecían haber sido vaciados en todos esos cuerpos, bellos, por cierto. ¡Cuánto chico lindo había en la plaza del amor! ¡Cuánto marido por metro cuadrado! Entre todos ellos busqué como un sabueso a los que sí se querían casar: tarea utópica. Una cosa es conseguir la ley, otra, muy distinta, incautos dispuestos a utilizarla. Ese ejercicio me llevó buena parte de la tarde, Cada tanto preguntaba, los tórtolos se miraban a los ojos, y decían cosas como: ¿vos qué decís? O, en una de ésas, el tiempo dirá. ¿Se lo habrán replanteado por la noche tarde, cuando al fin ganamos? ¿Habrá mucha demanda de síes en este mes para festejar? Quise sacarles el sí a mis amigos de toda la vida, que llevan 18 años juntos. Pero ese understanding que tienen, uno con dos novios más, el otro con ciento diez, no les funcionaria con esta ley monogámica. Pretenciosos, van por más: matrimonios múltiples, la nueva utopía.

Al atardecer, con esa luz que parece de estampitas de los Testigos de Jehová, el Barolo lucía a lo lejos como una postal marica, medio cursi, algo kitsch. Al pie del Congreso la fiesta se había encendido porque las bandas tocaban temas para bailar. Pasaron mi ahijado y sus papás, su hermanito, otro amigo más, todos bailando una de Bob Marley, y los niños en los hombros, para ver la multitud. Momento glorioso. Toda la plaza, desde el monumento, hacia las rejas recuperadas, llena. Los ambulantes, a pleno. El rey: un chico hermoso que ofrecía comida hindú: chapati vegetariano, decía en caligrafía infantil. A las 19.20, ese mujerón que es María Rachid apareció en el escenario del Inadi para anunciar una buena noticia que dejó el aire festivo hasta la madrugada: “Sabemos que el conteo de votos va bien, estamos dos votos arriba”. Los gritos de la multitud, ya dispuesta a permanecer, estallaron. Entonces Norma, la esposa de Cachita, alentó a la leonera: “Les cuento que la luna de miel tardó treinta años pero llegó”, dijo, y la masa le devolvió con besos. “Arriba la igualdad jurídica!”, bramó.

A los discursos los siguieron Francisco Bochatón y, más tarde, en un recital de lujo, con todo y banda, y con Liniers, Kevin Johansen produjo mareas de cadencia latina hasta que regaló su “Guacamole” para cerrar. A esa altura, en mi búsqueda del amor matrimonial, había dado con dos casos testigos de felicidad: el de Ignacio Porras y su novio Enrique Podasa, los dos de 23, uno estudiante de nutrición, el otro de biología, en Mar del Plata; y el de Natalia Zelechowski, de 34, y su novia Cristina Fernández –sí, señores, aquí no hay invención–, de 35. Los chicos se conocen hace tres años, casi viven juntos, y son de la generación cuyos padres se sueñan abuelos de sus hijos, los que piensan tener después de casarse, pronto. Cristina, la homónima de la Presidenta –aclaremos que para nada K– está además embarazada de cinco meses y luce una panza a la que el saco no llega a abarcar. Viven en Quilmes. Cristina trabaja en una fábrica de Berazategui. Natalia en el estudio contable del padre. El miércoles al despedirse les dijo a sus compañeras de trabajo: “Si sale la ley, prepárense para el casorio”. Por la noche ninguna de las dos estaba muy convencida, desconfiaban de la votación sólo por desconfianza hacia los políticos. Ahora Natalia podrá ser legalmente la madre de Francisca, que nacerá en primavera. Y luego, la del próximo bebé, que gestará ella, a su turno. Y se heredarán. Y se podrán dar la una a la otra los beneficios de pensión. Y se casarán pronto, con fiesta familiar.

Si hubo una pequeña patria geletetebé durante la noche y la madrugada, ésa fue el bar Plaza del Carmen, en la esquina de Rivadavia y Callao. Me hizo acordar al clima que se vivía en algunos antros de Madrid durante la república, o en los tramos menos cruentos de la Guerra Civil Española: al menos a lo que describe David Leavit en ese novelón que es Mientras Inglaterra duerme. A lo largo de la noche las mesas se armaron y desarmaron una y otra vez, y los encuentros de afuera se hacían más íntimos adentro, entre el abrazo, el chiste, la anécdota y el comentario de salón. Saloneras de gran ocasión, todos y todas seguíamos la data del último instante con júbilo y ardor. Y aplaudíamos convencidos a algunos de los estelares líderes que llevaron adelante la pelea por la ley: se los ganó el presidente del Inadi, el gay que primero se casó, la pareja de Norma y Cachita, el diputado Daniel Filmus –chongo maduro icónico para la platea gay–, y, al final, en una especie de homenaje previo al triunfo, la Rachid. La rubia de cara de porcelana entró al café por la puerta de Rivadavia, y giró por todo el salón, hasta dar la vuelta completa, olímpica. Al final del tour, bañada por el aplauso general, llegó a nuestra mesa, donde además estaba César Cigliutti, el presidente de la CHA, para darnos información. “Ya están por votar, aguanten, no se vayan –dijo la Rachid–. Estamos dos votos arriba.”

La tía Silvia Delfino –merecía un aplauso similar– tomó su abrigo y a sus talentos cercanos para volver a la calle, donde siempre suele estar. Cruzamos todos y todas la avenida, y nos mezclamos otra vez con los valientes de la plaza. La carpa de la CHA era el único lugar con calor. Por la ventana de plástico transparente se veía en una imagen borrosa el abrazo de dos chicos, pegados, juntos, a la espera de la votación. Pichetto le sacaba brillo al piso con la derrota de los conservadores en un discurso memorable interrumpido por la neurosis teñida y fucsia de la senadora Negre. “Y llora, y llora, y llora Negre, llora”, gritamos. Pampuro dijo algo que nadie entendió. Se venía el estallido. Primero la votación por el rechazo. Votar que no para decir que sí. Y luego la votación final. El 33 a 27 con más ventaja de la imaginable, increíble, real, real. El abrazo colectivo, el beso profundo, el salto, el gritito de alegría incontenible, esa exacerbación de lo físico que produce la emoción, ese dejarse ser del cuerpo habitado por algo superior, la certeza de que no estamos solos, que jamás lo estuvimos. Delfino lo gritó como pudo, como supo: “¡Mi país! ¡Mi país!”. Y otra vez lloré.

Cristian Alarcón

La calle y la palabra

La calle exige la gimnasia de la tolerancia frente a ese infierno que son Los Otros. Si no hay erotismo o feliz curiosidad en las miradas que se cruzan o se esquivan, será entonces necesario contar hasta diez cuando el horizonte se puebla de imbéciles o malparidos. Difícil imaginar el saludo de la paz mientras duran los abrumadores monólogos de taxistas asaltados por pensamientos existenciales, cuya formulación exacta o su solución encuentran fundamento en el comentarista paleolítico de la radio.

En el vórtice de grandes acontecimientos, como es el debate parlamentario por el matrimonio igualitario, la calle nos ha puesto todos los días a prueba, incluso a quienes caminamos un poco en posición de perfil egipcio. Titulares estratégicos de diarios, portadas éticamente encendidas, panfletos arrojados a la vereda, afiches donde los colores revelan tanto como las palabras. Del arcoiris al naranja, las insignias pueden ya prescindir de explicaciones. Este papelito es de los maricones, éste de los curas. El Vecino Naturalmente Indignado, para quien el uso de la palabra es un derecho suministrado por la usina del sentido común, entiende ahora que las uniones entre los raros pueden tener su reconocimiento jurídico sin que a él le cueste un peso, y que esa cierta repugnancia que le despiertan sus maneras y sus amores no tiene por qué estar también rubricada por el Estado. Algo de reciclado espiritual se ha conseguido en la Gran Aldea, a fuerza de militancia Gltbi y de cosmopolitismo mediático, y pocos pueden ya fingir ingenuidad ante el término homofobia.

No obstante, ay, para el Vecino Naturalmente Indignado, el tema de la adopción afea un debate que debería quedar inscripto en la minuta más o menos banal de las elecciones afectivas perversas entre dos-adultos-que-por-suerte-no-somos-nosotros. Allá ellos los homosexuales con sus gustos, pero con los niños no. Y aquel morochito sucio, que un rato antes le había tratado de meter sin suerte la estampita de San Roque entre los dedos, adquiere ahora el carácter de Sujeto Sagrado que debe tener un papá y una mamá, pero como único derecho humano. “Pero entonces que también críe a un pibe una pareja de simios, total, si todo da lo mismo... Además, qué tanto hablan los homosexuales de los chicos de la calle, si seguro van a querer adoptar rubiecitos y de ojos celestes”: el taxista ha meditado el tema con las herramientas de la tradición oral; los gays somos gente fina que transitamos entre la ópera y los perfumes de free-shop, y a otro con el cuento de que vamos a aceptar decorar un cuarto infantil para caripelas del altiplano. O vaya a saberse si el comentario tenía como objeto describir un gusto estético que devendría en gusto sexual. Así son de morbosos los normales en sus ensoñaciones, como lo fue en su mesa, esta semana, la señora Mirta Legrand inquiriendo a Roberto Piazza sobre posibles violaciones infantiles. El estereotipo del gay blanco, de clase media, concupiscente, vence cualquier evidencia que pueda uno presentar como descargo. Y ni hablar cuando al estereotipo se le suma la acusación de representar apenas una sexualidad “a la moda”, como si el gusto por la pija pudiera tener su correlato en la última camisa que ofrece en su vidriera el local de Tascani. Las argumentaciones dentro del taxi fachistón ingresan entonces al escenario del ridículo, y no vale la pena gastar más pólvora en chimangos. Por eso, la ventanilla vuelve a ser el único interlocutor posible.

El martes pasado, el Vecino Naturalmente Indignado robó cámara con su bronca difusa y mimética en la Plaza del Congreso: la inseguridad también es meter ideas raras sobre la feliz familia tradicional ideal, ese paraíso alacrán perdido desde siempre. Somos para ellos ladrones de un botín histórico, los niños conceptuales. Habrá que entregárselos, todo por culpa del Gobierno. No hay argumento que no se crea sabio y popular en boca de los apasionados manifestantes antimatrimonio igualitario, concentraciones paranoicas sobre clausuras del linaje humano, complots del sionismo kirchnerista montonero, reversión del orden natural, por el cual “el chico en el colegio tendrá que explicar que su papá tiene un pilín, y su mamá tiene también pilín”, el morbo jocoso fijo en la entrepierna. Tradición, Familia y Pilín. Un obispo académico habla de kulturkampf, lucha cultural, donde nosotros, los raros, pasamos a ser instrumento del destructor de las cosas, que es siempre el materialismo histórico.

¿Cómo tomar la palabra en una ciudad donde el Vecino Naturalmente Indignado se atribuye el poder de decirlo todo antes de que uno pueda siquiera abrir la boca, porque cuando él habla, cree que habla la comunidad entera? Como el extranjero del libro de Julia Kristeva, nos quedamos con la rabia oprimida en el fondo de la garganta, callados aunque sea a medias. Nuestra opinión minoritaria o es muy poca o es demasiada, y por incomprensible o mal comprendida siempre resulta una insolencia.

En una entrevista en C5N, Elisa Carrió se lamentó de que “la comunidad” (en estos días pareciera que los únicos seres que merecemos esa nominación somos los gays, las lesbianas y las trans) se obcecase con el matrimonio igualitario en lugar de agradecer la oferta de derechos en liquidación por parte del Senado, algunos tan bonitos como los que otorga el matrimonio: “Dicen que prefieren pelear por la palabra, aunque tengan que perder por eso los derechos”, aseguró, y con la mentira la Sibila del Impenetrable no se puso más naranja que de costumbre.

El 14 de julio, sin embargo, los gays, las lesbianas, las trans, tomamos la palabra, y nos quedamos afónicos de tanto festejo. Tomamos la palabra, y con ella todos sus derechos, incluido el derecho a no querer casarnos. Con la palabra, tomamos también la calle y corrimos alrededor del Obelisco, porque dejamos de ser, al menos dejamos de sentirnos, el extranjero silencioso de Kristeva. Quién sabe, las amargas lágrimas de la senadora Negre de Alonso en la derrota acreditaban que la Argentina se hacía por fin extranjera para sí misma, junto con nosotros. Miren, si no, cómo la hegemonía sexual se ha quedado sin lengua y sin sello. La marea naranja católica del día anterior en la Plaza del Congreso, donde vociferaba el Vecino Naturalmente Indignado contra el matrimonio igualitario, en nombre de esos niños conceptuales sometidos a la tiranía de los famosos dos pilines, tuvo que resignar el uso exclusivo de los nombres, que ya no serán para ellos lo mismo. Estarán ahora perdidos en el laberinto del lenguaje, como estuvimos perdidos nosotros, y tendrán que aprender que el universo ya no les pertenece.

Va finalmente mi recuerdo hacia el adolescente conchetón de remera naranja, sonrisa beata y crueldad bien administrada, que una tarde de éstas, en la 9 de Julio, me ofreció un volante lleno de esa cantinela de un papá, una mamá y un orden natural. El chico parecía aupado en una paz inconmovible, como quien camina por encima de la farsa de un mundo que, no obstante, sabe que los suyos mantienen bajo custodia. Yo iba a discutirle, pero me di cuenta de que sería inútil, porque él era subsidiario de la razón suficiente. Lo miré con la misma tranquilidad con la que me hacía el convite de la propaganda, y le dije “metétela en el culo, así los dos quedamos en paz”. Después me dio un poco de pena, verlo tan necio. El angelito de la remera naranja, pobre, estaba luchando contra el Angel de la Historia.

Alejandro Modarelli

Informe para una academia: Congreso de Formas de Vida

No voy a decir, como muchos de los integrantes de la Cámara alta aclararon, que yo tengo un amigo homosexual. Tampoco, como solía decirse hasta hace unos años, que tengo un amigo judío. Diré algo más radical: yo tengo un amigo fascista.

Este amigo, naturalmente, negará su fascismo diciendo que es anarquista y que su rabiosa oposición al matrimonio universal se basa en una repugnancia total y definitiva a cualquier forma de estatización de las relaciones humanas. Esa forma radical de pensamiento (que en momentos de excesos alcohólicos cualquiera podría suscribir) es lo que en filosofía política se reconoce como anarcocapitalismo, una de las máscaras que el fascismo tiene, con su desprecio a la juridicidad, las instituciones, las burocracias parlamentarias y todo lo que no tenga que ver con el decisionismo.

Según su criterio, habría que prohibir totalmente el matrimonio, y no ampliar su alcance. No discuto con él (¿quién puede o quiere discutir con un fascista?), pero sé que se equivoca en varios puntos, pero sobre todo en uno: el nivel de análisis.

Cualquiera puede poner a trabajar las hipótesis de Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado y declarar que allí está el Mal. Claude Lévi-Strauss se dejó llevar por la misma ilusión metodológica y en un texto memorable, la “Lección de escritura”, incluido en Tristes trópicos, declaró que escribir volvía a las personas esclavas de la Ley y las sometía a un ritual de poder. La historia de la escritura, en su perspectiva, coincide con la historia de la dominación.

Por supuesto, Lévi-Strauss tiene razón en un nivel de análisis, pero en otro no. En países como la Argentina, con índices endémicos de analfabetismo, una hipótesis así carece de todo fundamento liberador. Sólo desde la “grandeur de la France”, con su probada eficacia escolar, podría sostenerse una versión tan pesimista de la alfabetización.

Con el matrimonio universal pasa lo mismo: podemos señalar las miserias del “instituto matrimonial”, pero sólo a partir de su universalización, es decir, de la transformación de un privilegio en derecho. Ya podremos reírnos de la épica pequeñoburguesa de las locas y tortas casamenteras (como del voto obligatorio), pero lo primero es la causa de los universales (y después, su crítica).

Todo esto como introducción al comentario crítico del debate senatorial a propósito de la ley universal de matrimonio, que duró mil horas y que, como todo congreso académico, abundó en estupideces y poquísimos memorables momentos de claridad y brillantez.

Además, como lo que se debatía era la regulación legal de una forma de vida (porque las formas de vida, correlativas de actos de discurso, son instituciones propiamente jurídicas), los senadores y senadoras se entregaron a un rápido repaso de la historia de la sexualidad, las etimologías, los sistemas de parentesco, la institución griega de la pederastia, los chamanes y su relación dinástica con los hombres-mujeres, la determinación de la economía sobre la cultura, la psicología y los procesos de identificación, las relaciones entre cuerpo y género, en fin: un congreso de ciencias sociales o, más precisamente, sobre formas-de-vida, es decir: sobre la guerra civil que las define y las constituye (supongo que muchos académicos, becarios y estudiantes habrán estado en estos días redactando los discursos senatoriales, porque ya sabemos cuán brutos son nuestros políticos como para poder suponer que, de pronto, aparezcan citando a Gide, el Retrato de Dorian Gray, Virginia Woolf, Sor Juana Inés de la Cruz, Juana de Arco (que de psicótica belicosa pasó a ser torta asesina, en una apresurada operación de interpretación cultural) o Habermas, y estableciendo deliciosas diferencias entre el pater y el genitor.

Las posiciones eran, por cierto, dos (dejo de lado las abstenciones, que fueron pocas y cobardes): a favor del matrimonio universal y en contra. El debate, como era bizantino (porque el matrimonio entre personas del mismo sexo ya existe, porque las familias homoparentales ya existen, porque el mundo ya es el mundo), abundó en delicias retóricas.

Los argumentos de quienes estaban en contra eran de una estupidez y de una ignorancia que no merece comentario alguno. Baste señalar el modo en que el odio se filtraba en las hipócritas posiciones que partían del reconocimiento de la aceptación de la homosexualidad como realidad (“yo tengo amigos homosexuales” o incluso, como se animó a decir la siempre perfecta Hilda de Duhalde, “familiares homosexuales”) y la insoportable cantinela: “Yo no discrimino”, como si la discriminación fuera un verbo que pudiera declinarse en primera persona. No, señores y señoras de derecha: “discriminar” (como “asesinar”) es un verbo defectivo y sólo se conjuga en segunda o tercera persona: usted discrimina, ellos discriminan. Y el que es capaz de pronunciar un juicio semejante nunca es uno, sino el objeto de discriminación. “Yo no discrimino, pero ustedes son distintos”, ellos decían.

La siniestra informante señora Negre de Alonso no cesó de aclarar que ella no discriminaba, aun cuando se escandalizaba ante la mera hipótesis de tener que enseñarles a los niños, ahora, que además de hombre y mujer (“como se nace”), la sexualidad es construida y hay homosexuales, bisexuales y trans. Y defendió a los objetores de conciencia (tuvo que contestarle Norma Morandini). Señora Negre, usted se tiñe el pelo y es probable que el agua oxigenada haya destruido su masa encefálica: nada tiene que ver una ley de matrimonio universal como la que se discutía con la educación sobre determinadas variedades de lo viviente, lo que usted piense sobre lo normal y lo desviado no les importa ni a las Carmelitas que se cartean con Bergoglio, y a ninguno de nosotros nos interesa que tal o cual portero tribunalicio quiera o no casarnos. Para eso hay muchos empleados en el Estado.

Muchos de los objetores del proyecto con media sanción en Diputados (luego de insistir en su respeto a los derechos de las minorías sexuales) seguían machacando con los fundamentos “naturales” de la familia (como si a uno pudiera importarle el modo en que las cucarachas, las hormigas o las garrapatas viven para decidir su forma de vida). Las más lamentables eran una senadoras de provincia (yo soy provinciano y odio a los porteños, de modo que puedo pronunciar sin mala conciencia un juicio semejante), medio empastilladas y temerosas del juicio de Dios.

El más sólido de los representantes de la derecha fue Luis Naidenoff, de la UCR. Esgrimió argumentos leguleyos con gran solvencia que, si uno fuera idiota, habría aceptado sin dudar. Y la más astuta, la ya citada Chiche, que dijo el único argumento que podría haber frenado la iniciativa parlamentaria: el tema no es prioritario en un país donde hay miseria, hambre y los jubilados no cobran el 82% móvil.

Como la derecha, además de vil, es torpe, hizo caso omiso de tal argumento y se lanzó locamente a discutir lo natural, lo cultural, la infancia, la moral, la ética, las relaciones entre formas de vida y actos (jurídicos) de discurso, en fin: los temas de la filosofía más actual y más italiana, pero sin mayores respaldos argumentativos. Ahora, que se jodan.

Muchos repitieron argumentos eclesiásticos: los homosexuales tienen más de quinientas parejas. Es como si dijeran: “¿Pero cómo? ¿Además de coger mucho, quieren casarse?”. Y sí, señores, disentimos del heterosexismo por aburrimiento, y volvemos al instituto familiar por agotamiento. Ustedes, además de coger mal y poco, son malos padres. ¿Vieron qué paradoja?

Un médico neuquino, que se oponía al matrimonio universal, dijo o insinuó que ya hemos avanzado bastante, y que como ya nadie apedrea a los homosexuales (en fin, digamos), deberían contentarse con eso.

Una señora inverosímil se alarmaba porque, de acuerdo con el proyecto de ley, los hombres podrían pedir licencia por maternidad. Y otra, que a todas luces hacía mucho tiempo no le veía la cara a Dios, levantó su dedo admonitorio alertándonos de que la Argentina será proveedora de niños para los países donde hay parejas homosexuales reconocidas por la ley. Y otra, con voz de pito, denunció que se violaron los fueros porque dos senadoras fueron puestas en el avión presidencial, “como antes se encarcelaba a los disidentes”. Y agregó, perdida en unas nubes de Ubeda: “Yo tengo mucho proyecto de aborto” (ella misma parecía uno).

Entre los que estuvieron a favor de la ley se destacaron el insoportable Daniel Filmus, el cordobés Juez (genial: una precisa y deliciosa combinación de humorista, sabio de vereda y filósofo cínico), la chaqueña Corregido, calma y brillante al mismo tiempo, Blanca Osuna, Samuel Cabanchik, Oscar Castillo (que hizo una historia del amor deliciosa y puntuada de ironía, con menciones a las manducaciones por las que Julio César fue tan querido entre su tropa, y a la amistad mítica de Aquiles y Patroclo). Giustiniani, del Frente Cívico, citó a Jürgen Habermas. Pichetto, como siempre, bruto como un arado, desagradable y molesto.

Pero más allá de los retazos de ciencias sociales, hubo mucho clasicismo, mucha cosa griega y romana, y mucho humanismo. Fue como un Renacimiento por TV (que conste: TN transmitió los discursos casi sin interrupción y cortaba los discursos más salvajemente reaccionarios; Canal 7 no puso casi nada al aire).

María Eugenia Estenssoro, de la Coalición Cívica, finísima como siempre, señaló que las mujeres pueden identificarse “con esta situación (discriminatoria) que venimos a resolver”. Confesó que le gusta decir que “soy casada, divorciada, madre soltera y concubina”, y que eso demuestra la evolución de la familia. Sobre el proyecto alternativo de unión civil señaló que es “súper-precario, lamentable, escandaloso”, y lo probó sobradamente. Habló de sistemas de parentesco y destacó que los homosexuales quieren “relaciones sanas, dignas, dignificadas”. Y tiene razón. Puede quedarse tranquila la derecha: de estas uniones que el Senado ajustadamente ha garantizado no sale un niño puto ni una niña torta ni por casualidad. Esperemos que la Iglesia y la Televisión, que tanto han hecho por la proliferación del goce, sigan proveyendo.

Daniel Link

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domingo, 27 de junio de 2010

La crónica de luto


Ocho minutos de aplausos marcaron el comienzo de la despedida que la Ciudad de México, le dio a su escritor Carlos Monsiváis. Un gran amigo suyo, el flautista Horacio Franco, colocó una bandera gay sobre el féretro. Luego alguien agregó una bandera de México. Y siguieron los símbolos. El cronista implacable, de cuerpo presente, siguió dando de qué hablar y por qué llorar. Quedan sus lectores y lectoras como trece gatos locos, y huérfanos.

Dos banderas sobre el féretro de Carlos Monsiváis, el pensador de las costumbres, el crítico cultural más importante de México y “el único escritor mexicano que la gente reconoce en la calle”. La bandera nacional y la bandera del Arco Iris, juntas. El velatorio es en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad. Su despedida de museo no le hubiera disgustado, porque era coleccionista de todas las historias públicas y privadas; un arqueólogo de la cultura popular y los movimientos sociales. Ningún cambio de época se le pasaba por alto. Le hubiera hecho gracia posar ahora de pasado admirable, delante de las cámaras de televisión. Elena Poniatowska, la gran amiga, se acuerda del deudo más dolido, y se dirige directamente al muerto: “Soy una señora de 78 años, con 10 nietos tras de mí, y quiero decirte que nada en los últimos meses de tu enfermedad me ha conmovido tanto como el amor que te tiene Omar. Su dolor te honra, su entrega es tu trofeo y a mí me hace entender lo que significa la existencia real del amor sin límites”. Así habla la Poniatowska del viudo de Monsiváis, y no se les mueve un pelo a algunos de los políticos presentes, muchos en carrera dentro de un partido de la derecha mal maquillada como el PAN, que tiempo atrás recurrió ante el Tribunal Constitucional para herir de muerte al matrimonio igualitario aprobado el año pasado en el DF.

Dos banderas entrelazadas. Y sí: se ha colado entre los deudos acreditados aquella cría del Orden Establecido, que se hace televisar este 19 de junio de 2010 con todos los recursos gestuales aprendidos, sobre todo el de la fácil circunspección, porque estos funerales del autor de Los rituales del caos, por más que provengan de un homosexual, califican de patrios y no hay que perdérselos. El PAN se pregona “partido de la derecha moderna”. Su modernidad les ha enseñado que la tolerancia es ahora un valor globalizado, y como muestra basta oír a Felipe Calderón, el presidente panista de la República, que respeta a las parejas “formadas por personas del mismo sexo”. Las respeta, sí, pero a la vez certifica que no hay que autorizarles demasiada calidad jurídica, porque, ay, la “constitución habla de mujer y varón para el matrimonio”. La privatización de recursos naturales, pero también la defensa de la familia tradicional, pertenecen al inventario de su ideología que cree superadora de viejos estilos y contenidos. Ahí están ellos los superadores, con la cara dura, simulando un homenaje al maricón que los insultaba como un caballero. Acá en Argentina no tenemos un Monsiváis, que si no, ahí estarían de pie, derechitos, Macri y De Narváez.

Los señores del PAN no quieren pringar su respetabilidad remunerada rozando la otra bandera que cubre el cajón, que es la del orgulloso arco iris. Vaya junta ésa, los colores de México entreverados con la insignia revulsiva de las tortilleras y las jotas. Ni muerto este Monsiváis dejará de poner en aprietos a la Sociedad de la Decencia, que no ha podido convertirlo a la fe de la hipocresía. En medio del debate por el derecho al matrimonio igualitario en el DF, la Monsi, como se reconfiguró su apellido en los registros de bautizos gay, ensayó una invectiva que, a pesar de su firulete mexicano, uno puede comprender de inmediato: “Ah, dioses, cuando oigo hablar de la derecha moderna y observo la homofobia de los panistas, me dan ganas de quitarles el seguro a mis canicas”.

Ha muerto la Monsi a los setenta y algo, y el duelo verdadero es de los librepensadores, y el de los libres cogedores. No hay gay, no hay lesbiana ni trans de México que no le deba a él una cuota de su coming out, su conciencia de paria en rebeldía, y la recuperación pedagógica de una memoria histórica. Entre la proliferación de sus artículos y ensayos, rescato acá su “Gran Redada de los 41”, porque ayuda a la revisión de ese aire de familia que reúne las políticas del masculinismo y la homofobia en los países hispanoamericanos.
Trabajos forzados

En el México del liberal Porfirio Díaz los maricones chulos y coquetones entran al salón de los debates nacionales a través de las páginas de policiales de los diarios. Cuarenta y un locas de sociedad descubiertas por gendarmes en un jolgorio de 1901, la mitad vestidas de mujer y compitiendo por el puesto de la más bonita. La Monsi aprovecha la recuperación histórica del famoso incidente, que como consecuencia impuso a los detenidos la lección moral de trabajos forzados con pico y pala, como si con eso las jotas se olvidasen del gozo del corset. Recupera la anécdota urbana porque, escribe, “entrega a los gays de México el pasado que es, en síntesis, la negociación interminable con el presente”.

Dos banderas en el funeral. Si ya no se puede esperar nada mejor del orden policial en México o en Argentina, habrá que detener los embates de los tiempos con el aparato de una Justicia todavía colonizada por la “familia judicial”, un familia endogámica en donde la cría nace siempre católica. Minga el matrimonio gay, pero no obstante hay que saber cuidar el estilo. Ningún fallo contra la libertad de amar prescinde ahora, así como así, de las barrocas explicaciones posteriores, porque la vida democrática se ha vuelto tan cosmopolita como el movimiento por nuestros derechos humanos, y entonces los argumentos cavernícolas deben también globalizarse. La Monsi pasa revista a los archivos de la homofobia institucionalizada, donde se transita desde el “Arte puro=puros maricones” de los intelectuales orgánicos de la antigua Revolución Mexicana, hasta la invención del término “niños juguete” que utiliza hoy la Arquidiócesis de Guadalajara cuando se debate el derecho a la adopción para parejas formadas por personas del mismo sexo.
Lágrimas de subcomandante

Se dice en México que el subcomandante Marcos leyó más a Carlos Monsiváis que a Carlos Marx. Y que por eso derrama hoy sus lágrimas bajo el pasamontañas. Las batallas de y por los desposeídos de Chiapas incluyeron en el variopinto frente de discursos los derechos de gays, lesbianas y trans. Los manuales de la injusticia clasista abrevan también en el machismo, eso lo repite Marcos, y si el término va perdiendo su prestigio, mucho menos lo pierde su conducta. El machismo en los varones desposeídos se convierte en horrible arma compensatoria contra la humillación cotidiana, pero en los poderosos se glorifica y politiza en artículos de los códigos penales y en prohibiciones explícitas de los códigos civiles. Entre los comentarios al pie en sus capítulos, el machismo inscribe sus crímenes de odio, contra los cuales Monsi exigía incorporar a la ley escrita una figura específica. En Homofobia reproduce el testimonio del asesino serial Marroquín Reyes, que se autoelogia después de ser apresado: “Le hice un bien a la sociedad pues esa gente hace que se malee la infancia... Digo, se sube uno al Metro y se van besuqueando, voy por la calle y me chiflan, me hablan”. Ya lo ha dicho un conocido psicólogo puritano de Colorado en su Instituto para la Investigación Científica de la Sexualidad: hay que cuidarse del placer homosexual, porque los gays somos como pastores evangélicos, predicamos con el cuerpo y así conseguimos conversos.

Dos banderas en los fastos de su muerte. A la par que se extiende el término homofobia en el glosario de las instituciones y en los medios de comunicación, los políticos consideran imprescindible dar muestras de que no los comprenden las generales de la ley. Detrás de los simuladores, lloran en serio a Carlos Monsiváis las locas y las tortas. Lloran “las metreras”, como se conocen a los chicos gays que se trepan al primer vagón del Metro en las horas pico y que (hace Monsi la crónica en Apocalipstick) convierten la estación Hidalgo en la coreografía de sus estrategias yiratorias.
El pensador de los baños

Metrera confesa, además de académica, uno de los chicos del funeral me cuenta por mail: “La primera vez que me crucé con la Monsi fue en Insurgentes Sur, cerca del Trade Center. Yo tenía 20 años, y lo reconocí al instante. Le hablé con timidez. Carlos, le dije, estoy leyendo tu libro Los rituales del caos y me ha encantado. Me agradeció y me preguntó por una dirección, porque iba a presentar un libro. Me invitó a acompañarlo pero me disculpé porque tenía una reunión con compañeros, así que nos despedimos. En ese momento no tenía ni puta idea de que al escritor le decían La Monsi... Años después, aproximadamente en 2002, como parte de una investigación en buscar alternativas para prevención del VIH-sida en saunas, iba seguido a los baños de Rocío, un sauna en la Colonia Portales, donde Monsiváis vivió siempre. Siempre lo veía ahí leyendo La Jornada, y después de un rato se quedaba dormido. Le gustaba manosear a los jovencillos, pero la mayoría de las veces eran ellos quienes se ofrecían a enjabonarle la espalda... Una amiga güera (rubia) se lo encontró en los baños una vez y la Monsi le quiso tocar las partes. La güera le dijo ¡ay Maestro!, y le retiró la mano”.

En una de sus últimas entrevistas, Carlos Monsiváis dijo que escribía “por la inexorable urgencia de iluminar a mis compatriotas, pero sé que se oiría tan ridículo que me daría risa decirlo y entonces tendría que retirar la frase en medio de sospechas muy serias sobre mi salud mental”. En sus funerales de las dos banderas cabe entero el ecléctico México de la Virgen de Guadalupe, que es la patrona de todas las mezclas. El náhuatl, el maya y el castellano de Alfonso Reyes. Ahí delante del maravilloso cadáver conviven la Kahlo, la Félix, la Poniatowska y algunas disimuladas legionarias de Cristo; los herederos ideológicos de Porfirio Díaz y los caminantes nacos que conduce el subcomandante desde Chiapas al Zócalo.

Revueltos todos como en botica, como los trece gatos huérfanos que ahora la familia de la Monsi culpa de su enfermedad respiratoria. Todos mirándose de reojo, develados, iluminados, hechos crónicas urbanas.

Alejandro Modarelli
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sábado, 12 de junio de 2010

Código retro


Los levantes no fueron siempre por Internet, aunque usted no lo crea. Malva, memoriosa señora trans integrante de la redacción de la revista El teje, sistematiza especialmente, a pedido de SOY, técnicas de levante de antaño sin olvidarse de consignar ventajas y desventajas.

El código, el lunfardo, tengo entendido, fue forjado en el ámbito carcelario transformándose con el uso y con el tiempo en guía elemental para la convivencia entre reclusos y también para pequeñas sociedades. Creo yo que los ladrones de entonces no eran los de hoy. Los de entonces se consideraban ladrones profesionales, dotados de cierta ética, esto es, respeto por la vida humana y solidaridad con todo aquel que compartía su barrio. El código del hampa incluía protección entre familias, ayudar con el bagayo. La cultura del delirio ha cambiado, como todas las subculturas. Por eso, en lugar de detenerme en este lamento, voy a adentrarme en lo que me han llamado, que es concretamente recordar los códigos propios que teníamos para el levante del chongo, nosotros los jóvenes de entonces, los diferentes sexuales de muchas pero muchas décadas atrás.

La técnica gestual

Según mis recuerdos, las más usadas fueron la gestual y la manual. Trataré de explicar su mecanismo no sin aclarar que en mi época de adolescente, en Buenos Aires, hubo lugares propicios para aplicar esta metodología. Por ejemplo, el café-pizzería de la calle Rojas, en Caballito, que tenía una vitrola que por veinte centavos nos regalaba la música elegida. Allí, por las noches se reunían exponentes de un estrato muy particular. Los soplanucas, los vivillos, los ladrones y obreros del lápiz, amén de provincianitos buscones que para hacerse ver hacían sonar una y otra vez el mismo disco con las voces de Antonio Tormo o Margarita Palacios. Todos dispuestos a ser levantados por algún Toto, que seguro les daría para comer y dormir.

La marica en cuestión le hacía una seña con el dedo índice levantado o bien con la mueca de un beso lanzado al aire. Si la respuesta era afirmativa o con un gesto idéntico, el provincianito buscón o el vivillo respiraba, porque entonces morfi o atorro estaban asegurados.

La técnica manual

A partir del año ’47, estos cafés comenzaron a ser visitados por una policía con metodología bien específica: las razzias moralizadoras avanzaron justificando su atropello con la defensa de las buenas costumbres. La aparición de la nueva policía peronista nos mostraba sus garras. Ante este inconveniente nos refugiamos entonces en los cines continuados que habrían sus puertas desde las 11 de la mañana hasta pasada la medianoche. De acuerdo al horario, se proyectaban documentales, cortos de Chaplin o Laurel & Hardy, rematando con los clásicos dibujos animados. Tuvimos que amoldarnos a la situación, aunque muchos totos no asumieron que los tugurios de Flores, Mataderos y Palermo ya no daban para el puterío, y así les fue, como mínimo 30 días por la cabeza.

Ahí surge con creces el levante manual, que se acentuó en los cines continuados. Nos resultaba audaz, y en cierto modo temerario, pero había que arriesgarse. Entre la casi penumbra de la sala tratábamos de sentarnos en la butaca contigua a la de un chongo, que bien podía ser un vivillo, un soplanuca o un mataputo. Pasado un minuto de espera, el Toto comenzaba con el juego de “la mano muerta”, que consistía en rozar suavemente la pierna del chongo a modo de tanteo. Si el candidato era asunto, inmediatamente se abría de piernas y con un codazo te invitaba al toqueteo pleno, es de imaginar que la manito del Toto hurgueteaba la bragueta del pantalón, refugio del pedazo. En ocasiones el tipo buscaba ser masturbado, y eso era conocido en la jerga como “levantarse un pájaro”. También, luego de un rato, podía ser que el chongo con un movimiento de mano indicara el deseo de abandonar la sala para arreglar una salida o el coito inmediato. El maricón que tenía lugar estaba salvado, y para el que no, el zaguán de una casa, arbustos de una plaza o avenida eran hotel de paso. A esta conquista la llamábamos “levante de un soplanuca”. Haciendo referencia a que un tipo se dejaba llevar por una mariquita. Muchas veces teníamos la desagradable sorpresa al salir a la calle tras el chongo de que se trataba de una emboscada, un cana que había puesto la carne para la pesca de putos que llevaban a Devoto, 30 días. Los cines Eclerc, Mundial, Real, Cataluña y Radio City fueron testigos de lo que cuento.

La técnica actoral

En cuanto al levante callejero, es una modalidad con una dosis extra de ingenio, ya que se usaba la gestualidad, la mirada y el talento actoral. La mariquita mojaba con la lengua sus labios suavemente, con lo cual significaba la invitación al sexo oral, a lo que el chongo elegido, con un poco de suerte, respondería del mismo modo. Caso contrario, el puto recibía una furia de trompazos, o sea cobraba de lo lindo.

Se usó también el guiño de ojos, todo dependía de la capacidad de interpretación del chongo.

En Plaza Italia abría sus puertas La Enramada, lugar exclusivo para el chamamé, donde se sacaban chispas los correntinos bailando al compás de “El rancho’e la Cambicha” o “Kilómetro 11”. Ocurría que, generalmente, en las madrugadas domingueras todo el machaje salía de los bailes archi-caliente por las apretadas con las siervas. Los cafés aledaños, con sus nombres comerciales iluminados, le daban a la zona un aire pintoresco, en ellos se consumía lo tradicional, café con leche y pan y manteca, el submarino o el clásico chocolate con ensaimada. Dentro de este paisaje ciudadano, la marica ponía en práctica sus dotes actorales, que en un principio tuvieron éxito pero que luego fueron dejando de lado, ya que perdió eficacia debido a que la chongada mataputo se dio cuenta de que era un ardid.

“¡Señor! ¡Joven! ¡Muchacho! “De acuerdo al aspecto del chongo elegido era la palabra utilizada, dicha por supuesto con fingida preocupación para convencer. “¡Ay! Ando perdido y no encuentro la parada del colectivo.” Ese ¡Ay! debía ser dicho con un tono muy especial, le daba la pauta al chongo de que quien lo decía era un puto. “¿Vos me podrías decir dónde para el 60?” El tuteo funcionaba como un gancho para entrar en confianza. Mientras el mariquita hablaba, no apartaban su mirada de la bragueta del chongo. Podía suceder que el chongo no entendiera de inmediato y se necesitara hablar un poco más con ese tono maricón hasta que quedara claro. En ocasiones sucedía que el candidato era reacio o hasta maldito con las mariolas y de inmediato las sacaba de raje, puteándolas de arriba abajo. Cuántas veces el marica tuvo que salir corriendo como una gacela por la calle para salvarse del chimpunay.
Conclusiones

A estas contingencias se expuso el diferente sexual de mi tiempo cuando procuraba su momento sexual en un época en que tuvimos todo en contra. Machismo homofóbico, discriminación social, opresión policial fueron los condimentos que sostuvieron sistemas intolerantes y anti-putos durante casi 55 años, vale decir, desde 1947 a 1983, cuando asoma en la Argentina una democracia con distinto perfil que comenzó a atemperar el abuso sexual en nuestra contra. Abuso apañado por un código contravencional, pergeñado en los comienzos del peronismo, cuya vigencia comenzó a quedar nula con el nuevo código de convivencia urbana bajo el mandato de Aníbal Ibarra. Como última reflexión debe agregar que el levante, con las características señaladas, ya no es posible. Los tiempos cambiaron, todo es distinto y lamentablemente este cambio cultural trajo como consecuencia el deterioro del espíritu y de la mentalidad del hombre común, integrante de una franja ciudadana importante, me refiero a la excursión sistemática del campo productivo de una gran masa laboriosa.

Afortunadamente, el diferente sexual de este tiempo hace sus levantes y sus citas cib con chongos por Internet, situación que lo pone bastante a salvo de peligros y contingencias que surgirían si pateara la calle.

Nuestros códigos de conducta sexual fueron manifestaciones que corresponden a tiempos idos, y si los expongo ahora es para que nuevas generaciones se enteren de cómo vivíamos los homosexuales 80 años atrás. Sólo agregar, sin perder el humor, que nuestra modalidad para conquistar fue el alimento para nuestra sexualidad, en un tiempo en el que “el mono usaba chaleco”.

Malva
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martes, 8 de junio de 2010

Diego Gebel: pastor en los márgenes


Nota del año 2008, pero vuelta a publicar en homenaje del fallecimiento del señor Diego Gebel.

Esta es la última escena de la vida como laico de un niño llamado Diego Gebel.

Tiene doce años, pelo claro, lacio. Está parado en un jardín, en los fondos de una casa modesta del conurbano bonaerense. Mira al cielo y dice "Señor, si estás ahí, si existís, si tenés poder sobre algo, si podés hacer algo por ella: yo voy a ser tuyo, yo voy a estar siguiéndote por siempre".

En el baño de esa casa, a metros del jardín, Nélida de Gebel, su madre, comida por tumores en los intestinos, en la cúpula clara de su útero de 45 años, se dobla de dolor, solloza, suelta fluidos como sucede desde que los médicos le dijeron señora se va a morir, y entonces ella hace lo que puede: se encierra horas a doler, a gritar sin que la oigan.

En el jardín, el niño llamado Diego Gebel levanta los ojos al cielo: él, hijo de católica y protestante sin interés en cosas de la fe, piensa en su madre medio muerta y en su padre alcohólico y siente las piedras de la aniquilación trepándole por la garganta y dice Señor: yo voy a estar siguiéndote por siempre.

Es 1974.

-Mi casa -dirá Diego Gebel treinta y cuatro años después- era una casa abrumadora.


* * *

El hall del viejo cine Majestic, en la calle Vicente López de Villa Ballester, está vacío. Adentro, carteles que dicen Jesús, que dicen, también: Mansedumbre. Al frente, un escenario. Junto al escenario, una escalera que trepa hasta un cuarto y, en el cuarto, un escritorio, un sofá, dos paredes repletas de fotos. En las fotos, un hombre castaño y una mujer rubia abrazan a Isabel Sarli, Daniel Fanego, Georgina Barbarossa, Lía Crucet, Pocho la Pantera, Carmen Maura, Lucho Avilés, Diego Maradona, Gogó Andreu, Alejandra Pradón, Guillermo Francella, Cecilia Milone.

El hombre castaño es Diego Gebel, y es pastor. La mujer rubia es Mabel Kinzler, y es su esposa. El cine Majestic, su iglesia.

Y ésta, la historia de cómo llegaron hasta aquí.


* * *

La de la familia Gebel -mamá, papá, cuatro hermanos- fue, siempre, una casa estricta. Mamá Nélida y papá Federico, católica ella, protestante él, no eran religiosos, pero la ascendencia de ambos -inglesa, alemana- alcanzó para dar severidad a los retoños. No se veía televisión, no se decían malas palabras. Federico, el padre, fue carpintero toda la vida y fue, también, alcohólico y violento. Cuando los dos mayores se casaron y se fueron de la casa, Nélida parió a su último vástago, Dante.

-Yo venía mal -dirá Nélida de Gebel-. Pero después de Dante me puse peor. Diego fue mi bastón porque a mí me habían dado para morir en poco tiempo. Y un día él se fue al fondo y le pidió a Dios, y dijo Señor, si estás ahí, si hacés algo por ella, yo voy a estar siguiéndote por siempre. Y entonces mi hijo mayor, que ahora también es pastor, me insistió con que fuéramos a su casa. Cuando estuvimos allá me llevó a una iglesita de chapa. Pero nos quedamos en la puerta, y cuando el pastor dijo "que pasen los que quieran venir, que voy a orar por ellos", pasé por el pasillo entre toda la gente y me caí de rodillas. Sentí que me arrancaban algo, me sentí mal. Me llevaron a casa y me dormí. Al otro día apareció mi hijo mayor y me dijo: "Mamá, anoche Dios hizo una obra".

Y Dios, dice, había hecho: el médico no encontró en ella más que rastros de una cosa que se había detenido. Empezaron, entonces, a frecuentar una iglesia evangelista, la fe que la había curado. Federico, el patriarca, dejó de beber y diez años después devinieron pastores. Dante y Diego se entregaron a aquella fe que era la calma que nunca habían conocido. Cuando Diego tuvo 16, conoció a la niña de sus ojos. Se llamaba Mabel Kinzler; tenía doce. Se casaron tres años después y se mudaron a una casa propia. Tuvieron una hija, Silvana. Nueve años después, tuvieron otra: Melisa. Las dos se criaron en escuela pública, sin bares, sin bailes, sin novietes, sin viaje de egresado. Diego y Mabel estudiaban las cosas de la iglesia. Vivían de lo que él ganaba en la empresa Siemens, donde llegó a ser gerente de compras y ventas al exterior. Pero en 1991 dejó todo y se lanzó a lo que más quería: tener rebaño propio. Las cosas fueron bien. Pasaron del garaje de la casa a un local alquilado, y de allí a otro más grande, y en el año 2000, cuando la vieja estructura del cine Majestic se puso en venta, liquidaron la casa en la que habían vivido siempre y lo compraron. Un día, de paso por el centro, Diego Gebel se topó con lo que había visto cientos de veces por primera vez: las marquesinas de los teatros de la calle Corrientes. Y se preguntó: "¿Por qué Dios no puede tener un sitio acá?".

-Empecé a pararme en la vereda, a orar.

A pedir un lugar para llevar su iglesia: su iglesia, evangélica y tradicional, al centro.

Lo que llevó fue, claramente, otra cosa.


* * *

La casa no es una casa, sino un departamento en piso ocho, en el centro de Villa Ballester, provincia de Buenos Aires. Un alquiler de tres dormitorios, baño, cocina, living, y eso es todo y todo eso es de dos colores: blanco blanquísimo y verde manzana: sillones blancos y almohadones verde manzana; floreritos blancos y floreritos verde manzana.

-Nosotros teníamos todo naranja -dice el pastor-, pero mi hija, Silvana, se mudó, y como el departamentito de ella tenía las paredes pintadas de ocre, le quedaba mejor el naranja. Se llevó eso y yo puse todo verde.

Son las cinco de la tarde. El pastor usa camisas con cuello generalmente mao, generalmente de colores: hoy es verde. La pastora, sentada en el apoyabrazos de un sillón blanco, ojos claros, negro ajustado, camisa abierta hasta la comisura, es rubia platino, la piel pulida, blanca. Melisa, la hija menor, dieciocho años, jeans ajustados, chaqueta de cuero, es rubia platino, la piel pulida, blanca. Silvana, la hija mayor, veintitrés años, casada hace seis, madre de Amira, jeans ajustados, zapatillas doradas, es rubia platino, la piel pulida, blanca. Aquí vive, también, Brian, doce años, desde que el pastor supo que ese nene que solía ir a la iglesia estaba internado en el hogar del cura Grassi (en la etapa terminal del hogar del cura Grassi) y pidió su guarda.

-Cuando nos mudamos acá, nadie sabía que éramos pastores. Un día mis hijas sacudieron la ropa en el balcón, y el tender de la mujer de abajo quedó lleno de purpurina. Vino enfurecida; me dijo: "No sé qué harán vos y tus hijas, pero las mías estudian y trabajan, y no pueden ir con los calzones y el jean llenos de purpurina".

Desde el año 2004, cada lunes de noche, en el Teatro Concert de la avenida Corrientes 1218, el pastor Gebel, su mujer y sus dos hijas, escoltados por miembros de su iglesia, montan un espectáculo gratuito, un show de travestis encendidos, sketchs de humor no refinado, cuadros de bailes y canciones y -ésa es la gracia- un breve monólogo en que él, el pastor, insufla variaciones del mensaje que le importa: que a los solos, los rotos, los travestis, los gays abrillantados, las vedettes en franca retirada -su público de siempre- Dios los ama. Y después, y todavía, él y su mujer y sus dos hijas, escoltados por miembros de la iglesia, marchan al cabaret más conocido de Buenos Aires para llevar el Verbo a las mujeres profundas de la noche: marchan -los preservados de todo: del alcohol, de las drogas, del sexo fuera del matrimonio- a llevar la religión a aquella orilla en que la religión se eriza.


* * *

En la planta baja del shopping Abasto hay un bar. Ahí, Pocho la Pantera recita versículos de la Biblia. Pocho la Pantera es músico de cumbias, devino evangelista en 1995 y, desde su conversión, canta también música cristiana. En 2004, Diego Gebel lo contrató para cantar cristiano en el cine Majestic, su iglesia de Villa Ballester.

-Diego me comentó que quería estar en la calle Corrientes. Y le presenté al dueño del Teatro Concert. Empezó los lunes. Un día fui a cantar yo, pero me olvidé las pistas de las canciones cristianas. Y Diego me dice y bueno, cantá El hijo de Cuca. Y canté.

Es probable que el pastor, aquella noche, haya vislumbrado alguna cosa. Después llegó Mariana y, entonces sí, Corrientes 1218 empezó a llenarse.

Mariana A vive en un departamento pequeño de Almagro. En una de las paredes hay una foto enorme: alta y en torsión, de espaldas pero mirando a cámara, las nalgas duras y el roce tardío de una boa blanca que se derrama a sus pies. Mariana es actriz, vedette, travesti.

-Yo conocía a Pocho y él me preguntó si quería hacer un show en un lugar donde iba a hablar un pastor evangélico. Le dije que ni loca. Igual me lo presentó. Y yo le dije: "Mire que yo voy a ir con la teta y el culo al aire". Me dijo que sí. Lo hicimos una vez, y fue muy bien. Y otra vez. Después, él confió en mí como para que organizara el espectáculo.

En el espectáculo, que lleva por nombre Predicando entre plumas y strass, participan, además de Mariana A, Carlette Lamour -transexual-, Lorena Casal -travesti-, Ley­la Breach -transformista-, los bailarines Martín Marín y Mariano Livetti, Natasha Durán -bailarina y conductora del programa El garage-, Silvia Peyrou y Beatriz Salomón -desde hace dos semanas-, además de la familia del pastor en pleno.

-Todos cobramos sólo el viático, de cincuenta, cien pesos. Pero el pastor siempre va a pérdida. Alquila el teatro, no cobra entrada. Y todo eso para usar diez minutos y hablar de Dios. Fue vivo. Hizo eso para llegar a quien quiere llegar. El gay es una persona muy religiosa y el catolicismo no lo acepta, el judaísmo tampoco. Este movimiento sí. Y él no es un hombre que se presenta diciendo "les vengo a cambiar la vida".


* * *

La voz de Juanito Belmonte en el teléfono es entusiasta.

-Yo empecé a ir al teatro por Mariana. Ella me dijo si quería ir y me pareció bien.

Juanito Belmonte, representante de Enrique Pinti desde hace treinta años, aportó al show del Teatro Concert lo que faltaba: una buena rociada de caras conocidas.

-Empecé a entregar la Medalla del Exito. Yo invitaba a las estrellas y ellos iban porque me conocían. He llevado a Alfredo Arias, a Marilú Marini, a Carmen Maura, a Enrique Pinti. Yo soy católico, y a mí los pastores me parecen chantas. Y este hombre no. Me pareció muy bueno. El y su familia se mueven en este ambiente con una gran ingenuidad. Yo creo que él quiere llegar a esta gente que de otro modo no se acercaría a él. Pero que también tiene un costado cholulo. A lo mejor le hubiera gustado ser artista.


* * *

-Hola, Lía, cómo estás. Cómo está Tony.

En su casa blanca y verde manzana el pastor va y viene de la cocina al living. Lía es Crucet, oveja de su iglesia. El pastor tiene también el número de Zulma, de Isabel: a todas las llama por su nombre.

-Bueno, bueno. Si Dios quiere. Chau.

Es martes y el sol se puso. El pastor, sentado en sillón blanco, cuenta de los comedores que tuvo en tres villas. De cómo, en esos años, era un pastor tradicional.

-Esa gente tiene necesidad de Dios, y que no hay mucho por dónde canalizar. Los travestis, los gays, van a la iglesia oficial y no los dejan comulgar. Si van a la evangélica, les ponen una mano en la cabeza y sal Satanás. Yo no tengo el pensamiento secreto de decir "quiero que cambien". Yo quiero que conozcan a Dios. Pero claro que yo soy una amenaza, un pequeño problema para mi religión.

De los cuatro hermanos Gebel siempre fue Dante, el más chico, la estrella del firmamento familiar. Es pastor, vive en Miami, llenó con su prédica el estadio de Vélez en 1996, el de River en 1997, el de Boca en 2000 y el Luna Park tres veces gracias a su show Misión Argentina, luz, sonido y palabra de Dios, en el que lucha contra el mal vestido de Neo en The Matrix. Y, aunque criticado también por eso (por esa espectacularidad que puede tapar el mensaje), lo que más se escucha sobre Dante es palabra de admiración.

En cambio falsario, en cambio corrupto, en cambio renegado, perjuro, hereje, sacrílego: todas esas cosas se dicen, se dijeron, de su hermano Diego.


* * *

Lunes. Once y media de la noche.

En Corrientes 1218 hay luces de franco cabaret, mesas con manteles y sesenta personas: señores con nena al lado, travestis muy bien plantadas. En un buffet con aires de kermesse, atendido por mujeres de la iglesia, se exhiben porciones de tortas y de tartas, Gancia, Fernet y Coca-Cola. Sentada en una silla alta, botas de charol, suéter celeste derramado sobre un hombro, está Silvana, la hija mayor. En primera fila, en una mesa multitudinaria, el doctor Cormillot. En el escenario, Mariana A versión rojo y piel desnuda.

-Todos los artistas estamos aquí gratis -dice Mariana-. Lo hacemos por amor al arte y al pastor, que es él: el pastor Diego Gebel.

La música sube y el pastor, camisa violeta, pantalones negros, trepa al escenario.

-A mí me costó mucho hacer que la iglesia entendiese cuál es nuestro sentir -dice el pastor-. Pero Dios no hace excepción con las elecciones, sean sexuales, de religión. Lo que sé es que Dios tiene el mismo amor por todos sus hijos. Yo les vengo a traer esa palabra.

Durante la hora y media que sigue el pastor sube y baja del escenario y, cada vez, presenta a las estrellas de su firmamento: una transexual que parodia una conversación con un pastor de la Iglesia del Reino Universal; transformistas que cantan, travestis que bailan el tango, un cuadro llamado La novicia rebelde, con Mariana A y Melisa en roles principales y minifaldas mutuas; el doctor Cormillot, que sube a buscar su plaqueta y dice que no sabe cómo apareció ahí. Después, más bailes, más piel -más hija del pastor en minifalda-, hasta que suena la canción Gloria, faltas en el aire, y el pastor dice bueno, planta un banquito, se sienta, hace un chiste sobre sus rollos y dice que por favor.

-Por favor, ahora quiero que me escuche.

Y las luces bajan y todos -el señor solo con la nena al lado, y esa travesti y la vedette gastada- callan. Las respiraciones son estertores que levantan sus faldas en puntas de pie. Y en ese silencio ondulado el pastor habla tres, cinco, ocho minutos: historias de la Biblia sin demasiado adorno. Y después abre una llanura de silencio para sembrar, allí, lo que le place. Y lo que le place al pastor esta noche es esto:

-Yo quiero generar sed. Para que Dios pueda saciar, hay que tener sed. Por eso: sedientos, venid a las aguas.

En su teatro de revistas, sin lentejuelas ni luces ni música de fondo, el pastor dice yo estoy aquí:

-Yo estoy aquí porque quiero provocarles sed. Porque vivo sediento de Dios y nunca me va a alcanzar lo que recibo. Porque no me conformo. Porque nada me alcanza. Porque Dios es mi sed. Por eso, a todos los sedientos...

Y, al centro, suelta su flecha como quien conforta:

-... acá-hay-agua.

Sobre el silencio de la sala se esparce el líquido que cura:

-¿Cómo está tu corazón esta noche? Este aplauso es para tu Dios.

La gente aplaude aplausos respetuosos, y quince minutos más tarde, también sucede esto: saludo del final y Mariana A y Lorena Casal y Carlette Lamour y Leyla Breach con tanga al hilo y sonriendo a toda máquina, el pastor con traje renovado, la pastora con tajo y con escote. Melisa y Silvana: con lo mismo.


* * *

Aciera es la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina. En su documento acerca de la homosexualidad, titulado Reafirmando valores evangélicos, dice: "(...) desde Aciera declaramos que es irreductible la sólida postura bíblica en la que las Sagradas Escrituras presentan los actos homosexuales como graves desviaciones. Dichos actos son intrínsecamente desordenados. Son contrarios a la ley natural. (...) Por todo esto no puede recibir aprobación, en ningún caso, por parte de la Iglesia". Consultada que fue, la oficina de prensa de Aciera no dio respuesta a la solicitud de una entrevista para conocer su postura oficial con respecto al pastor Diego Gebel. En la Unión de Asambleas de Dios, a la que Gebel perteneció hasta renunciar por, dice, presiones un tanto solapadas, la respuesta fue más explícita.

-Cualquier cosa la llamamos -dijo, al teléfono, el pastor Gustavo Calardo.

Ante la insistencia, otro pastor agregó, días después:

-Dice el pastor Gustavo Calardo que le diga que cualquier cosa la llamamos.


* * *

Melisa Gebel, la hija menor del pastor, va a estar llorando en menos de un minuto.

Es una noche helada, pero el cubículo de la iglesia de Villa Ballester permanece caliente. Es domingo, más allá de las doce de la noche. Su hermana Silvana está sentada, enfundada en un abrigo de descarne celeste pastel. Melisa lleva una campera de matelasé corta. Dice que estudia danzas en el Centro Cultural Borges, pero que su vida está en la iglesia.

-La vida de los artistas es muy bohemia. Para mí, a esta edad, no estar casada es un atraso. Silvana se casó a los 17. Y mi mamá a los 16. A mí me encanta tener una familia.

Y ahora, de pronto, Melisa está llorando.

-Es que nosotros lo vimos pasar por mucho a mi papá. La gente de la iglesia duda de la moral. Lo ven como el presentador de un espectáculo. Y la gente que va allá, los travestis, son unas personas maravillosas.

Silvana: no se le mueve un músculo cuando -la voz lesiva- dice:

-Creo que tienen una fascinación por las vidas nuestras. Y creo, también, que jamás querrían que fuéramos como ellos.


* * *

Son más de las dos de la mañana. Lunes, otra vez. En el primer piso de Cocodrilo hay dos caños de techo a piso, una mesa larga, un sofá, chicas con las nalgas puestas: la ropa de trabajo.

-Yo llegué acá por Pocho -dice el pastor, sentado a la mesa larga junto a su mujer, frente a sus hijas, cerca de unos ocho o nueve miembros de su iglesia-. Me presentó al dueño, Omar Suárez. Alguien le había robado mucho dinero y yo le dije "Omar, perdoná". Y él dice que se sintió como impactado. Y me ofreció venir los lunes, presentar parte del show, y después hablar con las chicas.

Abajo hay poca gente. Clientes dispersos, una rubia reticulándose en la barra. Dos mujeres acodadas saludan al pastor, que atraviesa la pista y regresa sonriente.

-Hay que mandarles un remise el domingo. Van a venir al culto.

Dos o tres o cuatro horas después, dirá:

-La iglesia convenció a estas chicas de que Dios está lejos de ellas. Cuando yo las veo pienso que mis hijas podrían haber salido de casa con un bolso y un jean, y venir acá y cambiarse acá adentro. Si eso pasara, a mí me gustaría que se encontraran acá con alguien que hiciera lo que yo hago.


* * *

-Los pastores evangélicos pentecostales o neopentecostales tienen estilos muy distintos, y cada uno encuentra un nicho de mercado diferente. La lógica evangélica es adaptar el mensaje, ir a cada uno como cada uno te va a entender y aceptar. Y lo que hace este pastor parece llevar la diversidad evangélica al extremo. Por un lado, hace algo característico de los evangélicos, que es mostrar a la familia: "Estamos tan convencidos de esto que no sólo vengo yo, sino que es un proyecto familiar". Pero acá se redobla la apuesta. No sólo muestra a su familia, sino que la viste, y la desviste, como ellos. Su discurso con respecto a gays y travestis es una vanguardia evangélica interesante: no los condeno, los amparo. Por otra parte, en el culto evangélico, todo -el canto, el baile- forma parte de un espectáculo sacro. Acá es la lógica invertida: es un show hecho por personas que no son religiosas, con un único momento religioso. Y eso es menos blasfemo que hacer lo contrario. Los evangélicos van a decir: "No, acá se pasó de la raya", pero desde una visión externa uno podría decir: "Mirá, está haciendo lo mismo, pero al límite", dice Alejandro Frigerio, antropólogo, investigador del Conicet.


* * *

Villa Ballester. Domingo. Ocho de la noche. En el Majestic la orquesta toca redoblantes y marimbas. El pastor tiene un traje gris, una camisa rosa. Melisa: pantalón rojo. Silvana: el jean marcante, casquete imitación de tigre. La pastora es discreta: faldita beige, saco violeta, escote. Hay una ronda que baila, varios que tiemblan aferrados a cosas invisibles. Después, el pastor hará su prédica.

-Yo quiero que usted entienda que Cocodrilo es una joya a la que no le está dando ningún valor. Quiero que usted venga a Cocodrilo y al Teatro Concert y hable con esa gente. ¿A usted le molesta que yo ande con travestis?

-Nooo -dice la platea.

-Ah, bueno. Porque usted es tan puro. Porque no quiere un pastor relacionado con cierta gente. A usted qué le importa que las almas se pierdan. Que se jodan los otros si decidieron ser trolos.

Así, por diez, quince minutos. Siguen los testimonios, el diezmo, el pastor que, ya sobre el final, cierra los ojos y los fieles se acercan y él los toca y cae primero un nene de ocho años y después una mujer de pelo cano y después todos y después él mismo. Ya muy tarde, en sus oficinas, el pastor dice:

-Yo sé que Dante, mi hermano, nunca haría esto. Y no sé si no tiene razón. Porque el precio a pagar te cansa. Yo perdí mucha gente. La gente se siente amenazada. Acá yo traigo travestis, transexuales, y los hago subir al púlpito. ¿Que un travesti se pare en el púlpito? La gente piensa: "¿En qué va a terminar esto?"


* * *

Lunes otra vez, y Cocodrilo.

Los obreros de la iglesia son muchos: más de quince. Esta noche, además, el pastor trajo su troupe y ahora, en el primer piso, se aprontan para el ruedo: Carlette Lamour se arregla el corpiño, Mariana ajusta su plumaje. Abajo el cabaret arrasa. El dueño, Omar Suárez, sube al pequeño escenario y hace chistes, arenga.

-Ahora quiero presentarles a mi asesor espiritual. Un fuerte aplauso para el pastor Diego Gebel.

Vestido de rojo, deslizándose sobre un reggaeton de Calle 13, el pastor sube y dice que ha traído un poquito del show.

-Un poquito del show de la calle Corrientes que hacemos desde hace cuatro años...

Y pasan, entonces, Carlette y Lorena Casal y Mariana A, y cuando una rubia en pelo se monta sobre el caño, los miembros de la iglesia apartan la mirada. Después, el pastor se despide así:

-Gracias. Ahora quiero que mi hija Silvana suba y les dé un mensaje.

Y Silvana sube. Y alguien grita:

-Entregá a la nena.

Pero ella es una esfinge, un carámbano, de hielo. La miran todos. Los hombres: los clientes. Desde la barra, profundas, las chicas de la noche.

-Yo tengo la vida entera dentro de la iglesia -dice Silvana con la voz clara-. Nunca antes había entrado a un boliche. Pero quiero decirles, a todas las chicas, que merecen, más que yo, la ayuda de Dios. Que Dios las ama, mucho más que a mí. Que Dios las guarda, que Dios las cuida. Que no dejen que nadie las discrimine, porque ustedes son muy amadas y son tan hijas de Dios como yo. No queremos llevarlos a la iglesia. Queremos que sigan con lo que han elegido. Pero que sepan que Dios está con ustedes. Lo mejor para todas las chicas.

Y entonces los aplausos: que son los aplausos de los hombres.

-Ahora les voy a cantar una canción.

Serena, imperturbable, Silvana canta.

Cada vez que me alejé de ti pude volver para secar mis lágrimas.

Son las tres y media de la madrugada.

Leila Guerriero
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