sábado, 27 de marzo de 2010

Mina cumple


Recluida en su casa de Suiza desde hace 30 años, Mina, que ayer apagó 70 velitas, sigue haciendo lo que tiene que hacer una diva para mantener el fuego sagrado.

La cantante italiana Mina Anna Mazzini cumplió 70 años el 25 de marzo, lo que ha desatado en su país un aluvión de homenajes y efemérides. La carrera de “La Tigresa de Cremona” apodada así por su ímpetu de predadora felina, comenzó en 1958 y desde ese momento no decayó jamás. Sus grabaciones llegaron a las cimas de los rankings al punto de convertirla en la cantante italiana con más discos y canciones en Hit Parade de la historia de la música de su país. Sus apariciones en programas de TV, hoy reliquias en blanco y negro, la hicieron atravesar fronteras y todavía hoy siguen siendo transmitidos. Studio Uno, Canzonissima ’68, Sabato Sera, Teatro 10 y Milleluci (última transmisión de Mina junto a la gran Raffaella Carrá) fueron el marco perfecto para que La Tigresa se pusiera al nivel mediático de las grandes divas del cine italiano de los ’60.En 1963 escandalizó a su país cuando en una conferencia de prensa confesó que esperaba un hijo fruto de su relación con el actor Corrado Pani, con quien no iba a casarse. Una madre soltera por más que se llamara Mina, recibía entonces el portazo de la RAI. El 18 de abril de 1963 nació Massimiliano. Un operativo CLAMOR de parte del pueblo, o mejor dicho, del público, forzaron a los señores de la RAI a abrirle la puerta otra vez en 1964.

Audaz y de avanzada en sus dichos como en sus atuendos, impactaba en la Italia conservadora de aquel entonces con su escultural cuerpo, sus cejas depiladas, sus grandes ojos y sus minifaldas vertiginosas que creaban tendencia. Vivía las canciones con su mirada y el molino de sus brazos acompañaba las melodías como nadie jamás lo había hecho ni lo hará. Según Louis Armstrong: “Mina es la cantante blanca más grande del mundo”. La divina Sarah Vaughan dijo que, de no tener su voz, querría tener la de Mina. Su personalidad transgresora la convirtió en el icono gay italiano por excelencia, siendo también el personaje más imitado por los transformistas de ese país aun hoy día. Víctima de un acoso periodístico cruel y sin límites, y hastiada de las consecuencias del éxito, poco a poco fue alejándose de la vida pública. Realizó un magnífico recital de despedida en 1978 del cual queda un registro titulado Mina Live. En los años ’80 fue noticia cuando, a causa del bombardeo de corticoides debido a una neumonía virósica, llegó a pesar más de 120 kilos. Desde entonces se recluyó en su residencia de Lugano, Suiza. En fin, cosas de diva: renunció a su contacto con el público en pleno apogeo de su carrera, negándose a gigantes del calibre de Federico Fellini, Dean Martin, Luciano Pavarotti e incluso Frank Sinatra. Le daba, según sus dichos, privilegio a su rol más preciado: madre y esposa. En 2001 volvió a causar sensación cuando subió a Internet un documental (que luego registró en DVD, Mina in Studio) donde se la veía divina, totalmente en forma, mostrando su modo de trabajo en la grabación de un disco.

Luego, el ostracismo otra vez de la mano de su esposo, el cardiocirujano Eugenio Quaini, sus hijitos, Massimiliano (47) y Benedetta (38), y de sus dos nietos. El único contacto con su público, que la sigue con una devoción conmovedora, son sus discos en lso cuales cada año se atreve a géneros más insólitos. Su discografía a esta altura supera los 100 títulos con innumerables ediciones (codicia de los coleccionistas) en todas partes del mundo. Qué más decir, desde aquí, Tanti auguri, Signora Mazzini!

Cristian Lucano
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miércoles, 24 de marzo de 2010

Seremos viejas y locas pero no seremos pocas


Hace ya algunos años, desde que cumplí siempre casi cuarenta, me dan unos ataques tremendos a principio de año: se me va el hambre, no tengo ganas de nada y me taladro el marulo con el tiempo que se viene encima. Que si no es fácil ser puto o trava o torta o hetero o lo que sea que seas, menos fácil es ser lo que elijas + VIEJA. Puto viejo resuena en mi cabeza. Me pongo sobredimensionada de histérica, quiero correr pero los tacos se me enredan en las veredas y si bien la angustia ataca, tampoco andar por la vida, encima, con la cara moretoneada como recién salida de una rinoplastia de esas que dejan las narices como ricos quesitos Adler. Quiero volaaar, pero no tengo alas ni de lechuza.

Me voy a la casa de mis viejos en busca de contención, que con todas las diferencias siempre están. Me subo al tren Sarmiento. Y pienso y pienso y pienso: quisiera volver a nacer y ser el jinete sin cabeza. Recuerdo cuando era chico, las cachetadas, los retos por cagarme encima en vez de correr al baño y cagar como cualquier chico normal, cagarme en ella cagarme, era eso, aunque ella no entendiera nada y quisiera arreglarlo con algunos soplamocos y retos. El no apoyes los codos en la mesa de papá, el no hables fuerte que escuchan los vecinos de mamá, el no te metas, y el esconderme para ponerme los zapatos de taco y los vestidos cuando la casa quedaba sola, y el disfrutar encerrada en un galpón cortando revistitas Anteojito y haciendo cuentos de príncipes que no llegaban nunca y de princesas que nunca sería.

El tren Sarmiento llega a Moreno. Mamá atiende, si una está en el baile... bailemos. Mamá se preocupa, me mira, me dice que en unos días se van a la casa de la costa, que puedo ir con ellos. Huelo a mar, siento el sol, me gusta la idea, hace casi tres años que compraron la casita y nunca quise ir debido a la cláusula inamovible dictaminada por mi reina madre: nada de travestismo. Vestidito de maricón de civil y solo sol, arena y viento. Mmm... poner cosas en la balanza, ver ventajas y desventajas... pienso pienso y pienso. Y sí, me voy, unas vacaciones sin tacos, ni maquillaje ni bocinazos no me vendría nada mal después de todo.

Llegamos al mar después de casi 6 horas de aceptable convivencia: viejo vas a 140 en los carteles dice 100 Km... Empieza el régimen militar, se arma un cronograma de programa alimenticio para la breve estadía de diez días: sábado pollo; lunes pescado, martes calamares; domingo ñoquis. A la playa de 8 a 11 y de 15 en adelante dijo un médico en la tele que el sol está muy cancerígeno. Divido mi cerebro en dos: canales uno positivo y uno negativo, intento pasar todo por el primero, camino por la arena a la orilla y junto piedritas de todas las formas y colores, sedimentadas por quién sabe cuantos años por el mar, cada una era distinta, y pienso en la diversidad, en que todos somos distintos pero que no convivíamos como en el mar, sentí que quería ser piedrita bañada en agua y sal. Vuelvo a las reposeras donde estaban mi madre y mi tía, guardo las piedritas y veo un, me dispongo a dibujar algo en la arena como cuando éramos chicos y me encanta dibujar, mi madre gira la cabeza y sentencia:

—Ahhh... no madurás más, vos... lo único que faltaba, que te pongas a dibujar en la arena con un palito. Arremete al rato mi tía en el papel de villana secundaria

—y sí... no madura más...

Seguí dibujando porque me encanta, ayudada por mi canal cerebral positivo... hice un hermoso chanchito. Me senté como si nada a tomar sol en la reposera, pensando en esas piedritas que vienen y van dejándose llevar como si nada, tan diferentes una de la otra y conviviendo sin joderse para nada. Miré el mar inmenso, el que abrazó a Alfonsina, y me prometí a mí misma:

...Nunca dejaré de dibujar en la arena ni caminar por el borde del mar, no de juntar piedritas.

Sin autor
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Un general de EE.UU. escandalizó a Holanda


Un día después de que el ex comandante de la OTAN y ex general estadounidense John Sheehan dijera que las tropas de paz holandesas no pudieron evitar en 1995 la masacre de Srebrenica, Bosnia, por contar con homosexuales entre sus filas, el gobierno holandés reaccionó indignado y repudió sus dichos.

Sheehan afirmó anteayer que la moral de combate de las tropas holandesas era demasiado baja para defender el enclave musulmán de Srebrenica, debido a la presencia de homosexuales. Lo dijo en una comparecencia del Senado en Estados Unidos sobre la posible autorización de gays en las fuerzas de combate norteamericanas.

Srebrenica era vigilada en 1995 por "cascos azules" holandeses -con una presencia reducida y sin mandato del Consejo de Seguridad de la ONU-, que se retiraron tras las amenazas de ataque. A continuación, las fuerzas serbobosnias conquistaron la ciudad y mataron a 8000 musulmanes. Sheehan añadió que el entonces jefe del Estado Mayor holandés, Henk van den Breemen, le confesó que los gays en su ejército fueron "parte del problema" en Srebrenica.

El primer ministro holandés Jan Peter Balkenende denunció como "irresponsables" las declaraciones del militar norteamericano. "Para los soldados holandeses, sean homosexuales o heterosexuales, es sumamente equivocado hablar así, sobre gente dedicada que estaba trabajando en circunstancias sumamente adversas´´, agregó.

El embajador holandés en Washington, Bos Renée Jones, dijo que en ningún informe a nivel nacional e internacional se detectó "alguna relación entre la masacre y la presencia de soldados homosexuales".

Agencias DPA, AP y ANSA

sábado, 6 de marzo de 2010

Cama adentro


Seis años atrás, con la película Una noche en Buenos Aires, Darío Marxxx se convertía en el primer director de cine porno gay del país con productora propia. Ahora que ya tiene nueve películas en su haber, incluida la recién estrenada Doble moral, está en condiciones de contar algunos secretos del oficio y de trazar la silueta del actor porno ideal.

¿Cuándo fue que a Darío Marxxx se le agregaron dos x?

—En realidad las tuvo siempre. Yo me llamo Darío Marcelo, y como Darío es un nombre que no uso nunca, me puse Darío Marxxx, por lo que fueron tres y no dos las x que vinieron con su cromosoma.

¿Y qué te llevó a hacer películas porno gays cuando nadie se dedicaba a eso en la Argentina?

—Si vamos al caso, ahora tampoco hay otras productoras que se dediquen al rubro. Seguimos siendo los únicos. Acá se produce porno hétero, y si el porno gay no está del todo bien visto es por el punto de vista heterosexual con que se maneja la industria argentina del porno. Yo he ido a algún que otro festival de cine triple X (festivales que son siempre heterosexuales) y he sentido cierto menosprecio de parte de mis pares. Como si los demás directores (que en la Argentina son cinco o seis, no más) no me consideraran un par por hacer porno gay, o como si lo que yo hago no se pudiera comparar con lo que ellos hacen.

¿Y en qué dirías que sí hay diferencias?

—En una película hétero, la estrella es la mina. Siempre. Mientras que en una película gay la estrella es el chico, por lo que casi todos son estrellas. Por eso sale más caro producir una película gay que una película hétero. En una película gay les tenés que pagar a todos más o menos lo mismo, salvo en el caso de los protagonistas. En una película hétero les pagás a las chicas, y a los chicos, en muchos casos, los conseguís gratis. Eso es una práctica habitual, cumplirle la fantasía al tipo que piensa: “Bueno, voy a coger con minas lindas y encima me pagan”. Pero en una película hétero un pibe a lo sumo gana 200 pesos (si es que no va gratis), mientras que en una película gay lo menos que gana un pibe son 700 pesos.

¿Por qué pensás que tuvo que pasar tanto tiempo para que alguien se propusiera hacer porno gay en la Argentina?

—Supongo que por la hipocresía que todavía existe socialmente. Buenos Aires es una ciudad que se considera gay friendly, pero lo es por necesidad y no por convicción. ¡Buenos Aires es gay friendly para el turista! Cuando empecé a hacer películas, no conseguía una sola empresa que me auspiciara con lubricante, con preservativos, con ropa interior. Y hemos hecho presentaciones de las películas en bares, en discotecas, y hubo empresas que nos dieron champán, pero con la condición de que no las nombremos. Ahí te das cuenta de los prejuicios que todavía existen.

Contando Doble moral, ya llevás nueve películas filmadas. ¿Qué cambió de tus comienzos hasta ahora?

—En Una noche en Buenos Aires, que a mí me gusta porque es la primera película que hice, yo no tenía idea de nada y los defectos técnicos que tiene son terribles. Entonces yo todavía no filmaba, sólo dirigía, y tuve que armar un equipo de camarógrafos que después siguió trabajando conmigo. Pero ninguno de ellos había filmado porno antes, y mucho menos porno gay, sin contar que eran todos tipos heterosexuales. En las primeras películas eso fue un poco complicado. Sobre todo porque, si bien los pibes lo veían como un trabajo, era raro para ellos tener que andar metiendo la cámara en esos lugares. Me acuerdo, por ejemplo, de que en la escena final de El cumple de Lucas —en donde todos le acaban encima al protagonista—, uno de los camarógrafos no se pudo contener y dijo: “¡Uy, qué asco!”. Entonces lo agarré, lo saqué aparte y le dije: “¡Pero no! ¡No podés decir eso!”. Y él se disculpó en veinte idiomas, diciéndome que le había salido de adentro, que no estaba acostumbrado.

Una de tus últimas películas, Vampiros en Buenos Aires, tiene una trama de ribetes fantásticos y hasta efectos especiales. Pero, si uno se fija en Internet, salta a la vista que la pornografía ha ido girando en los últimos años hacia una estética mucho más afín con el reality: escenas sexuales sin música y sin más actuación que la que supone el acto sexual en sí mismo.

—Nuestra idea, de ahora en más, es filmar una película por año y además filmar escenas para comercializarlas por Internet. Hoy en día la gente ya no quiere tener el disco en su casa y las películas con trama son cada vez menos. Pero a mí me gusta que una película tenga un mínimo argumento. Como director lo digo. Más allá de que sea una estética más amateur, lo que hoy, sin duda, está marcando tendencia.

¿Y por qué pensás que el sexo tiende a depurarse de ese modo en la pornografía?

—No sé si los directores están tan de acuerdo con eso. Seguramente es lo que piden las productoras, además de que es mucho más barato. Hay una película de Falcon filmada en Atenas, que son dos DVD, y que te das cuenta de que tiene un gasto de producción de la puta madre. Imaginate lo que les habrá salido trasladar a todos esos modelos americanos a Grecia, pagarles el hospedaje, los sueldos... Es como una película de cine. Una superproducción de ese tipo hoy ya no tiene sentido. La gente se ha acostumbrado a ver pornografía en la computadora y no en un televisor LCD de 42 pulgadas. Por eso ya no es necesario fijarse tanto en los detalles. El sexo es mucho más real, la cámara está ahí, te muestran las luces, el set de filmación.

Y hasta podés jugar al actor porno, filmándote con el celular, en la comodidad de tu casa.

¿Qué tipo de pornografía te gusta y qué cosas te excitan más en una película porno?

—Me gustan las películas con chicos con cuerpos más normales. No me gustan tanto las películas americanas, por el estereotipo de chico americano, musculosito, rubiecito. Me gustan más los chicos latinos. Pero lo cierto es que la pornografía que se hace en el mundo se produce, en gran medida, para el público americano. De ahí que haya mucho porno gay producido en Europa del Este, en donde el tipo de chico que encontrás es muy parecido al americano.
¿Y con tus películas? ¿Nada?

—Jamás les he dado una utilidad erótica a mis películas. Muchas veces me preguntan: “Che, cuando filmás, ¿no se te para?”. Y no, ni ahí. Es un trabajo. Lo veo desde un lado completamente distinto al que lo ve la gente. Porque una cosa es lo que yo veo y otra lo que ve la cámara. De lo que estoy pendiente todo el tiempo cuando filmo es de lo que ve la cámara.

¿Te llama la atención que hoy en día el bareback (sexo sin preservativo) sea el género más producido en la industria del porno gay a nivel mundial?

—No sé si me llama la atención... Es todo un tema ése. Hay empresas que no harían nunca bareback, y hay empresas que nacieron haciendo ese tipo de películas. Jeff Palmer, que empezó filmando para Falcon y después se pasó a SX Video, y que muchos lo consideran uno de los actores pioneros del bareback, es un caso paradigmático. Y esto lo digo porque una vez que un actor filma bareback es muy difícil que después lo contraten de una empresa que no se dedica al género. Si vos te fijás, en los Estados Unidos no hay muchas productoras de bareback, mientras que en Europa son casi todas. Incluso ves chicos muy jovencitos filmando ese tipo de sexo. Y si bien al principio de las películas te ponen advertencias, que dicen que es una práctica riesgosa, que no se recomienda hacerlo y que lo que te están vendiendo es una fantasía, de cualquier modo lo hacen. Estas advertencias con respecto al sexo no seguro tendrían que aparecer, supuestamente, también en Internet. Pero no aparecen.

¿Y por qué filmarías y por qué no filmarías bareback?

—Filmaría bareback con chicos que estén en pareja, obviamente con los tests que es necesario hacerse. Y no filmaría bareback porque, como te decía antes, es un paso que no tiene punto de retorno, pensando en el funcionamiento del mercado del porno.

Al principio, en tus películas te las arreglabas con taxi-boys, pero después fueron apareciendo chicos que, sin ser del rubro, también querían actuar. ¿Con qué situaciones se encuentra un director porno a la hora de hacer un casting?

—Lo primero que le pregunto a un pibe cuando viene es por qué quiere hacer una película porno. Y ahí ya me doy cuenta de si viene por la plata, o porque es exhibicionista, o si busca cumplir una fantasía. Te encontrás de todo. Un tipo, por ejemplo, vino al casting con su mujer y su hija de siete años... ¡a sabiendas de que era para filmar una película gay! Después hubo otro caso de una pareja, un chico y una chica, que vinieron los dos al casting y que me dijeron que la fantasía de ella era ver cómo el marido se cogía a un tipo. Y yo le dije: “Mirá, todo bien, pero yo no soy Julián Weich para andar cumpliéndole sueños a la gente”. Al chico lo elegimos y a la mujer le aclaramos que no podía venir, pero el día de la filmación se apareció igual, con la excusa de que venía a traerle cigarrillos al marido. Lo que pasa es que quienes lo ven de afuera, por lo general, tienen una idea bastante errada de lo que es hacer porno. En una película se corta, se cambia de escena y no se coge como se coge habitualmente. Si no filmaste antes, te aseguro que se prenden dos luces y te enfoca una cámara y lo más probable es que se te baje la pija.

¿Qué hay que tener para ser un buen actor porno?

—Personalidad, presencia. Si tenés 20 centímetro de pija, perfecto, por ahí te eligen por eso, pero la actitud es lo más importante. Yo siempre digo: no se coge sólo con la pija o con el culo: se coge con todo el cuerpo. Y el tipo que está viendo una película se tiene que calentar, si no, no sirve. Si vos estás cogiendo en una selva, bueno, por ahí el erotismo puede estar en el lugar; pero si estás cogiendo entre cuatro paredes, depende de vos que el tipo no se quede dormido o busque pasar a la escena siguiente.

¿Y qué pensás que busca alguien en el porno gay argentino que no encuentra en otras películas?

—La curiosidad de ver caras conocidas. El morbo de ver si tal o cual es activo o pasivo. Y también lo excitante que puede ser ver coger en tu idioma. En nuestras películas, cuando los chicos cogen, siempre tratamos de que hablen. Y lo que dicen son cosas que dice cualquiera. Esa proximidad excita bastante. Nada de “Oh, yeah!” entonces.

Patricio Lennard
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viernes, 5 de marzo de 2010

En una escuela de Nogoyá autorizan a un abanderado a vestirse de mujer


Tiene 17 años y un desempeño escolar sobresaliente. Se trata de un estudiante, primera escolta de la Escuela Superior Doctor Antonio Sagarna, de Nogoyá, Entre Ríos, que fue autorizado a asistir al colegio vestido de mujer. El pedido fue hecho por él, con el respaldo de sus padres. "No soy feliz dentro del envase de hombre", explicó ayer a LA NACION.

Su caso fue tratado por directivos de la escuela y el consejo consultivo que actúa en el ámbito del establecimiento educativo, y llegó incluso hasta las más altas esferas del Consejo General de Educación de Entre Ríos.

"Por ahí hay gente que no entiende y me dicen que esto que yo quiero demostrar es un pecado. Mi respuesta es que si acaso es un pecado voy a pecar cada segundo de mi vida, porque esto es lo que quiero para mí", dijo con firmeza.

El tema fue tratado con profundidad en el ámbito escolar. "Lo que ha ocurrido -dijo la vicerrectora de la escuela en diálogo con El Diario , de Paraná-, y por más polémica y difusión que exista, no quita mérito al momento de destacar la inteligencia y aplicación en el estudio, lo que llevó a que [el alumno] sea escolta de la bandera. Y lo seguirá siendo y en ningún momento se cuestionó su permanencia como alumno regular."

La docente afirmó que no fue para nada una sorpresa el pedido del alumno. "En la calle o en su casa, este chico utiliza siempre ropa de chica, y a la vista de cualquiera que no lo conoce es una chica más. Incluso cuando vino a anotarse para este último año a cursar creo recordar que andaba con una pollerita mini."

Cuestión de nombre

"Kylie" es el nombre con que el menor ha pedido a sus allegados que lo llamen. En su escuela ya autorizaron el cambio de vestimenta. Sin embargo, por cuestiones legales, para la escuela continuará siendo el jovencito que indica su documento. "Más allá de que él se haya autoimpuesto un nombre femenino, nosotros, y no por capricho, tenemos que seguir dirigiéndonos a él con el nombre que figura en su documento de identidad. Incluso, por ser menor de edad y no estar legalmente autorizado a cambiar su identidad", agregó la directiva escolar.

El protagonista de esta historia se siente plenamente mujer y sostiene que simplemente tiene "un envase de varón".

"Desde los cuatro años tengo esta elección sexual, cuando iba al jardín de infantes y le confesé a mi mamá que me gustaba un compañerito. Ella en ese momento le restó importancia, pero ahí supo que yo iba a ser como soy", contó.

Sin embargo, hoy, sus padres y hermanos lo respaldan en su decisión: "El día que yo le dije a mi mamá, ella me aceptó como soy y yo siempre le estaré agradecida. Lo mismo que a mis hermanos, que me quieren como soy".

Asegura que la relación con sus compañeros es dispar. "Hay quienes aceptan cómo soy y quienes no. Yo soy consecuente conmigo, que es lo que me interesa. Y, fuera de eso, acá no hubo mayores problemas. Se están resolviendo cuestiones como qué baño voy a usar en la escuela. Mientras eso no quede claro estoy evitando ir al baño", confió a LA NACION.

Desde el máximo ámbito educativo entrerriano hubo también un respaldo explícito a Kylie. "No podemos hacer otra cosa más que respetar su elección, la de sus padres y la decisión de la escuela", dijo la presidenta del Consejo General de Educación y ex senadora nacional Graciela Bar.

Kylie tiene 17 años, cursa quinto año, es primera escolta de la bandera argentina y exhibe un promedio de calificaciones superior a 9. "Lo que yo quiero es que la gente me entienda", pide con firmeza de cosa decidida.

Jorge Riani
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jueves, 4 de marzo de 2010

Santas características


“Creo que Jesús era un gay compasivo superinteligente que entendió los problemas humanos. En la cruz perdonó a los que le crucificaron. Jesús quería que fuéramos amables y compasivos. No sé qué hace que la gente sea tan cruel. Intenta ser una mujer gay en Oriente Medio, vales lo mismo que muerta.”

Tal vez los anteojos de Sir Elton John ya no son lo que eran en su juventud pero sus estridentes declaraciones siguen dándole esa pátina de espectacularidad maricona que tanto adoran sus fans. Reinterpretar a Jesús como un “gay compasivo superinteligente”, como lo hizo en la entrevista que dio a la revista inglesa Details Parade es mucho más estridente que cualquier atuendo y ha tenido repercusiones de toda clase de iglesias cristianas que han puesto el grito en el cielo no sólo por lo de gay sino también por lo de “súperinteligente”. El caballero, que habló en la misma entrevista de su matrimonio con David Furnish, tenía un objetivo claro: alertar sobre el modo en que se trata a los homosexuales en Africa y Oriente Medio, aunque no es seguro que ciertos personajes como el Papa alemán hayan logrado pasar de la primera línea al meollo del asunto.

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En tránsito


Stephan Jacob se define como un hombre trans homosexual. Nació en Bélgica hace 54 años y reside en La Plata, desde hace uno. Hasta los 48 vivió como mujer, tuvo dos hijxs, un marido, luchó por el derecho al aborto. Pero un día vivir como varón se manifestó como “urgencia” impostergable y empezó su transición. Actualmente es uno de lxs organizadorxs del Festival ¿Anormales? por la visibilidad de los chicos trans, las personas intersex y las lesbianas.

Ser un chico trans es...

—Ser un auténtico varón con una historia diferente a la historia de quien fue asignado varón al nacer. Esa historia es la de ser educado como una chica y haber ocupado ese lugar de chica en una sociedad sexista. Y es también la historia de haberme confrontado a la transfobia, sentir en el cuerpo la violencia que opera en esta sociedad contra quien se atreve a enfrentar las normas del género. Ser chico trans es haber padecido, en mi historia como chica, cuando era visto como chica, todo el discurso sexista, y luego, como trans, todo el discurso médico y psiquiátrico. Es por eso que cuando la gente me pregunta si en otra vida me gustaría nacer chico, yo respondo que no, a mí me gustaría volver a ser trans. Parte de la riqueza de ser trans está en esta historia del tránsito. Esta experiencia forma parte importante de mi historia y de mi identidad trans.
Esto es algo de lo que se ha dicho poco...

—Sí, y tiene que ver con la transfobia, una transfobia externa e interna que hace que uno se sienta con vergüenza de ser lo que es y decirlo, pero infelizmente creo que sobre todo se debe a que para la gente en general la vida trans es siempre asociada al sufrimiento. Ser trans es ser visto como alguien que como mucho merece compasión, alguien cuya vida nos produce la exclamación de “¡pobre chico!”. Pero ésta no es la experiencia que yo rescato, mi experiencia es rica, e inigualable, es de haber tenido la oportunidad de vivir en la adultez una segunda pubertad, de haber experimentado al menos tres formas de estar y ser percibido en el mundo. Mi cuerpo considerado como “monstruoso” y fuera de la norma es productor de un placer inimaginable, replantea la idea de la belleza y de lo sexy.
Vos has sido un activista de muchos años...

—En Bélgica, a los 17 años y siendo mujer, he sido activista por la legalización del aborto. Luego ya estando en Portugal, donde viví por varios años, casado y con dos hijxs, me puse en contacto por medio de la Internet con una comunidad trans en lengua francesa que operaba desde Francia, Bélgica, y otros países europeos, pero donde había muy pocos chicos trans. Y es que la llegada a la visibilidad de los chicos trans en Europa es de hace poco tiempo, cuatro o cinco años atrás, no mucho más. En Portugal ya casada y con hijxs, he pasado por una etapa en la que me era imposible seguir viviendo como mujer pero tampoco sabía lo que era ser trans. En este tiempo yo acabé diciéndome que esperaba terminar la crianza de mi hijo más chico para después suicidarme. En el mientras me encontré un día en la Internet con la palabra transexual, trans...chico trans...aleluya, ya está, me dije (se ríe).
¿Y cómo fue ese encuentro con la comunidad trans?

—Fue de revelación y de salvación para mí. Pero cuando viajé a Francia para encontrarme con otrxs activistas trans, al presentarme como trans y homosexual, me dijeron: “Tú no tienes cualidad para ser trans, no existes, no puedes ser trans y ser homosexual”. Me confronté así con un segundo problema, con toda la restricción de la propia comunidad trans que asume los criterios normativos del género y la sexualidad. Más allá de esto, ciertamente la comunidad trans es un lugar de contención, de ayuda básica. La fuerza que da la comunidad es gigante porque cuando llegas a la consulta médica o a la de endocrinología ellxs conocen menos que nosotrxs acerca de nuestra condición. Nosotrxs tenemos más información porque hemos compartido nuestras historias y testimonios y llegamos a ser nuestrxs propixs expertxs.
Uno de los cortos que presentarán en el Festival muestra a varones trans en una marcha de visibilidad...

—Se trata de un corto sobre la primera participación de los chicos trans en las marchas “Existrans” (http://www.existrans.org/) de visibilidad de la comunidad trans que se realiza cada año en Europa y en algunos países de América desde hace ya 14 años. La marcha se realiza cada año en un país distinto. En ellas los chicos trans nos sacamos la remera para mostrar con orgullo las marcas corporales que nos quedan como parte del tránsito de identidad. En estas marchas también se han integrado las personas intersex y contamos con reivindicaciones específicas de parte de este grupo. Una de las reivindicaciones más importantes de la marcha es contra la psiquiatrización y los protocolos elaborados y usados para diagnosticar la “disforia de género”. Como dice la consigna del grupo trans de España, La Guerrilla Travolaka: hay que cambiar la idea de “disforia de género” por la de “euforia de género”.
¿Cómo valoras la articulación de lxs trans con las lesbianas, lxs intersex y el resto de la comunidad LGTB?

—Para mí la articulación es muy importante y necesaria. No veo el activismo sin la posibilidad de ir juntxs en contra del sexismo, la heteronormatividad y la psiquiatrización. Si hay algo que debe unirnos a las mujeres, a las lesbianas y a lxs disidentes de género y sexual es el reclamo por el derecho al propio cuerpo. Ese derecho al propio cuerpo se expresa tanto en la lucha por la legalización del aborto como en la batalla contra la esterilización forzada a que son sometidos los chicos trans en Europa. Si una chica pide ser esterilizada no se lo permiten, en cambio a los trans se nos obliga como parte del protocolo de adecuación corporal. A lo que nos enfrentamos es a una discriminación e imposición de roles de género bajo la patologización de todo aquello que enfrenta la normas. Esta es la base del sexismo, del rechazo a la homosexualidad, a la identidad transgénero o al cuerpo intersex. Es la misma cosa. Es por esto que tenemos mucho para trabajar junto al feminismo, aunque los grupos feministas esencialistas lo nieguen y se resistan.
La cuestión trans está articulada a la transfobia y a la violencia que genera ¿qué dicen las estadísticas?

—Las estadísticas oficiales dicen poco, éstas apenas hablan de la violencia verificable en un cuerpo verificable a través de protocolos definidos por el Estado y la medicina que determinan lo que es cada quien. Entonces las estadísticas sólo hablan de las personas que de acuerdo con el protocolo oficial son trans. El resto queda como basura, este resto no cuenta ya que no responde a los criterios oficiales o el cuerpo médico no ha intervenido en el proceso de la definición. La asociación canadiense ATQ (http://www.atq1980.org/archives/articles/statistiquessurlespersonnestranssexuelles.html) afirma que un 33,3% de las personas trans se suicida antes de conseguir la transición. Esto, por ejemplo, no aparece en la estadística oficial. En Francia, si yo me someto al protocolo de cambio de sexo, yo no soy declarado como trans debido a que soy homosexual. Para el cuerpo psiquiátrico francés yo soy alguien heterosexual y con hijos. Son incapaces de reconocer la diferencia entre la orientación sexual y el género. En Portugal me pasó lo mismo. Había cuatro criterios que yo no cumplía para poder ser catalogado como trans: mi orientación sexual, la edad de mi transición, el haber tenido hijos y mi estado civil de casado. Se podría decir que yo fui el primer casamiento homosexual ilegal en Portugal (ríe).
¿Por qué organizar un Festival de cine y documental sobre chicos trans, intersex y lesbianas?

—Hay varias razones. Primero, para visibilizar identidades que siempre han quedado en la parte de atrás del movimiento LGTBI; en particular, la comunidad de chicos trans ha sido la menos mostrada por los medios. Segundo, porque hay muchos chicos trans invisibles que ni siquiera pueden nombrar su experiencia porque no encuentran el nombre que la represente. También, porque hay que ganarle al machismo y al sexismo que hace representable y apropiable la femineidad y que objeta la posibilidad de apropiación y representación de lo masculino por voces no autorizadas. No es casual que las chicas trans gracias a esto gocen de mayor popularidad, que sus cuerpos sean la foto de tapa de las marchas del orgullo. Para una cultura patriarcal y heteronormativa los chicos trans somos desechables porque quedamos fuera del mercado de consumo al servicio del varón heterosexual. El chico trans se vuelve una figura inadmisible, odiosa, indeseable. El chico trans no interesa al mercado de la imagen. Lo mismo podemos decir de las lesbianas y las personas intersex.

El Festival “¿Anormales?” va dirigido a restaurar estas imágenes rechazadas, pretendemos contribuir a su visibilidad.

Festival ¿Anormales? Del 17 al 21 de marzo, Casa Brandon.
festivalanormales.blogspot.com
brandongayday.com.ar

Yuderkys Espinosa Miñoso
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El espejo desordenado


Por primera vez desde su primera edición en 1983, vuelve a publicarse La brasa en la mano, la novela de iniciación de Oscar Hermes Villordo en la que diseña toda una cartografía del deseo homosexual en los años ’50 y con la que patea el tablero tanto de su propia literatura como del modo sesgado y estetizante con que se venía tratando a la sexualidad disidente entre otros autores argentinos. Pero además, esta nueva edición tiene el valor de ser promovida por el Instituto de Cultura de la provincia del Chaco para su colección Rescates, devolviendo así el legado de este escritor que murió de sida en 1994 al patrimonio literario de su provincia natal. Como anticipo exclusivo, éste es el prólogo de la obra que será presentada mañana en la feria del libro chaqueño.

En un cuento de Misteriosa Buenos Aires, Manuel Mujica Lainez imaginó un espejo de-sordenado. Es un espejo veneciano, Venecia es tierra de hechizos y embrujos. Como si fuera un reloj, el espejo atrasa o adelanta las imágenes reflejadas en él. La luna del espejo tarda en devolver la imagen, como si ésta surgiera de lo más hondo del agua quieta. O por el contrario, se acelera y muestra algo que aún no ha sucedido, no se ha reflejado. El espejo tiene un efecto retardado, o adelantado. Es turbio. Está desordenado.

Pues bien: es una hermosa e inquietante metáfora para definir la relación de Oscar Hermes Villordo con Manuel Mujica Lainez en particular y en general con otros escritores ricos y aristocratizantes, con la derecha liberal y con la revista Sur. Plebeyo entre los patricios, biógrafo de varios autores de linaje (Mallea, Bioy, Manucho, Victoria Ocampo), pateó el tablero con una novela realista y antiestetizante sobre la homosexualidad como fue La brasa en la mano, un insólito e importante best seller de la apertura democrática, publicado en 1983; rompió el culto de la elegancia y la referencia sexual elusiva a lo Pepe Bianco. Aunque esto no significó una forma de traición, en absoluto. Simplemente vivió en una relación contradictoria y productiva con la elite literaria.

El deseo –sentirlo, vivirlo, narrarlo– fue el motivo del espejo empañado y turbio, del desfase. No rompió el espejo, no trajo la desgracia. Sí señaló las zonas grises, la desdicha de los personajes sin defensa, la absoluta intemperie de lo marginal.

“El Myriam terrible había aparecido” escribió en La brasa en la mano en referencia a su alter ego en la novela; “el que por obstinación, porque conocía, porque no quería renunciar, se acostaba en el balneario con los guardiamarinas, los bañistas, el último borracho del bar, el chofer que

iba a orinar en el yuyal, el primer encontrado, los prostituidos que acaban por desear otro cuerpo, los estibadores de la madrugada, el enfermo escapado del hospital, el muchacho perdido, los desocupados que lo llenaban de bichos y se peinaban con el pañuelo atado al cuello para no salpicarse; todo eso que está al margen y era la ola de su balneario que aparecía y desaparecía según los reclamos de las cárceles, los hospitales y la policía”.

Villordo no rompió el espejo pero sí lo de-sordenó.

***

La novela de aprendizaje de Villordo registra algunos rasgos típicos –como el advenimiento desde el pueblito del interior a la gran ciudad– y otros nada típicos. La familia presenta una posición curiosa: eran privilegiados en un contexto de acentuada precariedad. Nacido en 1928 en Machagai, un pueblo de Chaco al que adelantándose al realismo mágico hubo que cambiar de lugar porque se inundaba continuamente, tuvo una infancia ligada a la tierra y a las raíces indígenas que él narraría con cierta idealización en su último libro, Ser gay no es pecado, un opúsculo escrito por encargo ya al borde de la muerte. Ahí da cuenta de una sexualidad prematura y naturalizada.

“Tenía yo poco más de seis años cuando le dije al criado que nos cuidaba a mi hermano y a mí que quería acostarme con él. Yo sospechaba que él lo había hecho, o podía hacerlo, porque lo había oído hablar con el amigo con el que andaba. Me atraía. Se llamaba Wenceslao y era negro. Mi padre lo trajo a la casa seguramente sacado de algún calabozo porque era de confiar. Así se conseguía la servidumbre entonces en esa provincia.

–¿Qué me pide, niño? ¿Qué va a decir el subcomisario?

El subcomisario era mi padre, por eso lo del calabozo.

Debí decirle que ni él ni yo iríamos a contarle nada al uniformado, pero me quedé mirándolo, grabando ese momento en que estábamos solos, yo sentado en el baúl viejo que había debajo del emparrado, y él de pie frente a mí.

No hablamos más. Después lo vi murmurar con el amigo y señalarme. Fue la primera vez que me sentí rechazado”.

Más allá de ese rechazo primigenio, quizás adelanto de otros rechazos sociales y literarios, Villordo dio a entender que no tuvo una infancia desdichada. Hay, sin embargo, un recuerdo de esa infancia de pueblo y a cielo abierto, que no pudo licuar ninguna idealización: el de un crimen por odio sexual. Demasiado pronto sus ojos vieron ese horror en forma directa.

Fernando era un joven vendedor ambulante que aparecía por el pueblo fascinando a los chicos y seduciendo a las mujeres, empujando con fuerza de su carro, querido por los vecinos, alegre y desenfadado. Nada hacía prever el mal agazapado, el rencor o la envidia, o simplemente el odio en estado puro. Un día muy caluroso, el niño Villordo y su mejor amigo escaparon de la escuela para jugar en la plaza. “Aunque crecidos, y entregados libremente a nuestros afectos, éramos muy chicos para ser testigos por primera vez de un crimen contra homosexuales. El primer indicio de que algo había ocurrido fue la gente agolpada que vimos después de traspuesto el molinete. Frenamos la carrera. No; no la paró nuestra decisión sino las escena atroz. El muerto tirado boca arriba en el cantero, bajo los naranjos agrios, era Fernando. Junto a él estaba otro, caído, dado vuelta en posición supina prono, según los sumarios policiales que copiaron las crónicas de los diarios. (...) Se habló de cartas que la policía encontró en los bolsillos de los muertos, cartas llenas de malas palabras que la pareja de amantes dirigía a la autoridad en su furia suicida, pero nada de eso convenció a nadie y todos dijeron que tanto Fernando como su amigo habían sido asesinados”.

El padre aparece como una figura singular, un comisario de campaña que trataba bien a los presos, los usaba de criados en su casa y encarcelaba al hijo en la comisaría cuando éste cometía una falta o se excedía en una travesura. Pero en la comisaría el niño Villordo era tratado con devoción y cuidados extremos de parte de presos y policías, justamente por ser el hijo del subcomisario. Al final, contó Villordo, ese hombre de ley que fue su padre “murió en su cama, no en un tiroteo con contrabandistas o en un enfrentamiento con asaltantes armados, o en todo caso, víctima de las armas que manejó y casi no usó, prudente y respetuoso, aun en ese mundo que llamaba con cierta burla, ‘fuera de la ley’; no, no murió ahí ni así, sino en su cama, cuando el corazón se detuvo mientras dormía.”

El padre había sido además de un policía benigno, un buen lector, y sumado a un tío historiador y una abuela de origen francés muy culta, pudieron haber influido en su afición por la literatura.

En la casa de un amanerado y entrañable profesor de la escuela encontraría una muy bien provista biblioteca, que le despertó una dormida voracidad por los libros.

Terminado el colegio, Villordo recibió una beca para estudiar en Catamarca y finalmente se trasladó a Buenos Aires para seguir el profesorado. ¿Cómo fue que el niño de Machagai llegó a relacionarse, en los tempranos años 50, con Manuel Mujica Lainez, la revista Sur, el diario La Prensa? Varias tramas se entretejen ahí.

Villordo ganó un premio del Ateneo popular de la Boca en 1953 por Poemas de la calle. Ese libro merecería al año siguiente la Faja de Honor de la Sade. Y, además, entraría a trabajar como empleado en la institución, lo que le permitió conectarse con muchos escritores. Nótese ya desde muy temprano su posición diagonal, oblicua respecto del ambiente literario.

Manucho pronto lo tomó bajó su ala protectora, lo que, bastante obvio, tenía que ver tanto con su vocación literaria como con su condición sexual. Cuando surgió la oportunidad de figurar en una colección de jóvenes escritores, uno ya consagrado debía presentar a un nuevo; Mujica Lainez presentó a Villordo con palabras muy elogiosas, aunque años después Villordo sospecharía que Manucho no terminaba de considerarlo del todo un escritor.

Villordo también trabaría amistad con Pepe Bianco y llegaría a publicar cuentos en Sur (una primera versión abreviada de su novela corta Consultorio sentimental, apareció en la revista de V.O.) pero la relación empezó con el rechazo de un texto de atmósfera homoerótica.

“Le llevé un cuento que se llamaba El niño internado”, contó Villordo en una entrevista. “Hay un militar que se hace lustrar las botas por un chico y hay entre ellos una relación muy pero muy ambigua. Pepe me dijo: no se lo voy a publicar. Bueno, le contesté, pero por qué no. Porque me corresponden las generales de la ley, me dijo. ¿No es gracioso? Igual colaboré en Sur. No mucho. Me daban libros para comentar.”

Cuando llegó a Buenos Aires, además de estudiar en el profesorado ya que le habían transferido allí la beca de Catamarca, Villordo había empezado a trabajar en periodismo. Durante muchos años lo hizo en el diario La Prensa. Quiso profundamente al emblemático periódico de la oligarquía que paradójicamente lo echó tras quince años de servicio por adherir a una importante huelga liderada por el dirigente gráfico Raimundo Ongaro. La huelga triunfó pero como Villordo ya era encargado de sección, no lo perdonaron. “Un día fui a trabajar y encontré a otro en mi lugar. Y me fui, pero renuncié al cargo, a la indemnización y no mandé el telegrama que me pedían. Estaba indignado.”

Tiempo después ingresaría al diario La Nación, donde trabajó hasta su muerte.

Su inserción en el mundo literario, gracias a la SADE y al periodismo, se iba desplegando con cierta naturalidad aunque desde un ángulo más sombreado que luminoso. Fue el biógrafo de todo un segmento elocuente del campo intelectual. Hizo biografías por encargo para la editorial universitaria: Genio y figura de Eduardo Mallea (1973) y Genio y figura de Adolfo Bioy Casares (1983) mientras que en sus años finales repetiría el gesto con Manucho. Una vida de Mujica Lainez y con la biografía colectiva El grupo Sur (póstuma, 1994).

Mientras tanto, en 1971 publicó una novela simpática y sensible llamada Consultorio sentimental (la que había sido anticipada en Sur).

Para escribirla había aprovechado una curiosa experiencia como redactor en una revista femenina donde contestaba las cartas de lectoras en el correo sentimental bajo el seudónimo de Luisa Lenson. La sección se llamaba “Secreteando” y, en realidad, lo que hizo Villordo fue una suplencia de la escritora Luisa Mercedes Levinson. La novela transcurre en el ambiente de una redacción alocada donde los géneros y las identidades están mezcladas y confundidas. Entrar a la redacción, escribió, “era ser transportado al loquero donde tecleaba una máquina, se paseaban las chicas, se reía el dibujante, se aburría el ordenanza y no se creía en nada, absolutamente en nada”.

Más allá de los pases de comedia equívoca, hay una historia lateral protagonizada por un redactor llamado Michel que llama la atención por su crudeza y, a la vez, arrebato romántico. Empieza cuando Michel conoce en un baile a un muchacho escapado del hospital durante una salida furtiva del pabellón de enfermedades infecciosas (presumiblemente, está afectado de tuberculosis). Traban una gran amistad y el interno introduce a Michel en el mundo de los habitantes del hospital que entran y salen cuando pueden, y él se ofrece para hacerles de correo con sus novias. Más adelante, Michel conocerá a un interno taciturno y deprimido, el Flaco, quien pronto va a morir. La amistad se desliza a una forma más honda del amor, y en los momentos finales, Michel cumple con el último pedido del moribundo: le trae morfina para poder morir en paz. El mismo le aplica la inyección, y mientras el Flaco va entrando a la muerte sin dolor, “el redactor hizo algo que nadie comprendió: besó el punto rojo que quedó en el brazo de su amigo, con una rápida inclinación de cabeza, y enseguida desinfectó con el algodón el lugar”. Después de la muerte del Flaco, sus compañeros le regalan al redactor unas libretitas llenas de direcciones que encontraron en sus bolsillos, para que las conserve como recuerdo.

“Estaban conversando debajo de la ventana donde había una canaleta con un desagüe, semiocultos por los arbustos, como convocados por el muerto, cuando a él se le ocurrió ver qué direcciones tenía la libretita. Eran de mujeres, muchas mujeres, sólo mujeres. Lita, Perla, Cuca. Michel fue rompiendo una a una las hojas en pedacitos, incesantemente, sin darse cuenta, mientras el agua de la canaleta se llevaba los fragmentos, y sus lágrimas, también incesantemente, sin darse cuenta, le caían por la cara.”

Esta historia probablemente anticipe varias líneas de fuerza de su literatura que encontrarían cauce explosivo en La brasa en la mano: ternura y crudeza, estallido y contención, patetismo y lirismo en la perspectiva sobre los personajes; y el desencuentro en el delicado equilibrio del amor y la amistad entre varones.

Cuando en 1983 apareció La brasa en la mano, Villordo se fue convirtiendo en un personaje público. Salía asiduamente por televisión y daba entrevistas hablando abiertamente sobre su homosexualidad. El libro llegó a sobrepasar los sesenta mil ejemplares en los días de la incipiente democracia. Como parte del destape en cierne, era bastante elocuente. Vendrán luego La otra mejilla y El ahijado, donde se reiteran las peripecias homosexuales por suburbios, obras en construcción, cárceles, circos y otros enclaves de un circuito plebeyo, cada vez más alejado del círculo estetizante de la experiencia de sus maestros o colegas mayores.

El núcleo de la vivencia homosexual que narra Villordo en sus libros publicados desde 1983, está anclado en la década del 50. Según lo explicaba en una entrevista, “el año de La brasa en la mano es 1950, cuando no había libertad pero se podía conversar, los homosexuales se mezclaban en la corriente como podían. Esa experiencia es la que está en el libro. Y también los lugares. La ciudad entera es el escenario de la novela. Está la estatua de San Martín a propósito, el héroe impoluto que señala con el dedo, y la plaza San Martín, que era un centro de yiro, de búsqueda. El comercio no era exclusivamente monetario. Había interés en la homosexualidad, eso estuvo siempre presente. Pero generalmente había que sostener económicamente al amado”.

En cierta medida la novela fue “vivida” en los años 50, y escrita entre los 60 y 70. En 1976, durante una estadía en los Estados Unidos por una beca Fullbright, la pasó en limpio. Hubo un intento de publicarla en México que no prosperó, y recién vio la luz en Argentina en junio de 1983, en los estertores de la dictadura, y gracias a una decisión editorial de poner sobre la mesa los textos más fuertes posible.

Diez años después casi exactos de la aparición de La brasa en la mano Villordo hizo pública su enfermedad que pronto le causaría la muerte. Fue a través de un artículo en La Nación el 9 de septiembre de 1993.

“A mí no me va a tocar. Pero me tocó. Tengo sida. Lo supe hace dos años. No le dije hasta ahora para reservarme el sufrimiento y si lo digo ahora es con el único fin de ser útil. Si no lo consigo desde ya pido perdón.”

Lo que en esos últimos tiempos había sido un secreto a voces en el mundo literario, con la revelación pública llevó a Villordo a una militancia resignada pero activa. Dio entrevistas, reconoció sin vueltas a través de un video que había llevado una vida sexual promiscua, instó a hacerse el análisis y a no discriminar a los enfermos. Eran años donde arreciaba la presión de la Iglesia Católica sobre las costumbres y ciertos monseñores querían enviar a gays y lesbianas a vivir a una isla, entre otros dislates. Villordo, católico practicante, terminó enfrentándose a los voceros de su iglesia, aunque sostuvo su fe.

“Alguna vez, permítanme citarme en medio de mis padecimientos –escribió en el artículo de La Nación–, escribí unos versos: ¡Yo que creí que era de espuma y soy de sangre y de ceniza! En efecto, el sida vino a probarme que soy un cuerpo por el que circula el líquido con el ancestral sabor del mar, condenado al impalpable polvo que resta del leño quemado...Si me lo ocultara, fracasaría en la lucha. Oscar Wilde sabía que el dolor es un momento muy largo. El sufrimiento también, con la diferencia de que está fuera del tiempo y entonces es larguísimo. Tampoco debe ignorarlo el enfermo.”

Murió el primer día de 1994 en el Hospital Británico.

***

La brasa en la mano es un ejercicio de narración arborescente, una novela que a la manera de Proust, se va por las ramas. En la medida en que el narrador intenta contar a sus amigos lo feliz que está porque un joven amante le ha declarado su amor, se pierde en los pormenores de las historias de vida de esos amigos (Beto, Myriam, Adolfo, Babá) y cuando termina de recorrer las ramas, el amor ya se ha terminado porque el amado lo abandona para irse de viaje. Gran parte del problema es que está enamorado de un heterosexual u homosexual no asumido en términos sociales y de la moral media de la época. La raíz proustiana del relato es innegable: los celos, las idas y vueltas del amor por un “inferior” social, un amor no correspondido, un equívoco obsesionante y persistente (“¡y todo por una mujer que no era mi tipo!”, resuena el grito de Swann). La fiesta de la marquesa de Saint Euverte encuentra aquí un equivalente en la fiesta de Babá, a cuyo término se precipita el final de la relación del narrador con Miguel. Banquete, desborde, celebración de la decadencia y parranda de suburbio se dan cita a los postres en la fiesta de Villordo, “cuando el banquete tenía las señales del rímel de la ojera de Conce, que se la había corrido marcándole una estría en la cara blanqueada, la sofocación de la Viuda, cuyo calor iba en aumento, la costra de Baba, más pegajosa, y su sonrisa más blanda, porque aunque él no tomaba bebía furtivamente de mi copa. Y tenía, sobre todo, la alegría de la borrachera colectiva, su fuerza, que si bien desata las convenciones, crea a la vez otras, las inventa, y ya no se sabe ante cuál de ellas se está, porque cuesta reconocerlas en la exageración”.

El relato es además una fabulosa cartografía de la sexualidad más o menos clandestina de los años 50 en la ciudad de Buenos Aires, con sus prototipos, códigos y enclaves: los soldados, los “señores con plata, las plazas y el suburbio con sus ranchos al descampado, la sexualidad del proletariado urbano y suburbano, y los lugares más secretos de mezcla social como los bares portuarios y las paradas de los camioneros.

Cuando Villordo puso este libro sobre la mesa inexorablemente pateó el tablero. En principio, rasgó el velo de su propia literatura, más elusiva y amable hasta entonces, y cruzó la línea del tratamiento sesgado y estetizante que se le había otorgado a la homosexualidad en los círculos de alta literatura de los que él mismo se alimentaba: los desmayados pupilos de Bianco, los lánguidos efebos de Mujica Lainez, se desintegraban literalmente en manos de los personajes de Villordo, donde el sexo ocupaba el primer plano y donde los sentimientos también se decían por su nombre, en un mundo plebeyo que dejaba muy atrás, como en una comarca remota y alguna vez entrevista en un viaje ya lejano en el tiempo, el deseo que sólo tenía credenciales si estaba legitimado por la Belleza, pagando algo así como un derecho estético a la existencia.

Villordo pateó esa forma de la Belleza; deseó al pobre, al feo y al enfermo.

Desordenó el deseo de la elite.

La primera vez

Hasta La brasa en la mano no se había escrito una escena similar a la que describe la iniciación sexual de Mario-Myriam, a los nueve años, con un muchacho de veinte. Hay un tono absolutamente ambiguo entre la curiosidad, el deseo, la seducción y finalmente la violación. Parece ser una escena de “entendimiento” entre el chico y el muchacho que se va trastocando en otra cosa, en otra clase de deseo. Es, sin dudas, una de las escenas más fuertes de la literatura argentina.

“Entonces lo dejó hacer, tanto que el muchacho extremó sus cuidados, le dijo muchas palabras tiernas y sólo cuando él quiso encogerse por el verdadero dolor, que presentía más que sentía, le separó brutalmente las nalgas y empujó. Iba a gritar pero el otro le hundió la cabeza en la almohada, y con una sabiduría que sólo mucho después comprendería, lo tuvo allí sin soltarlo, sin atender a sus forcejeos y haciéndole doler, yendo y viniendo, como si su cuerpo fuese una mano apretada, un pequeño puño que no quería ceder pero que al fin cedería, hasta el grito cuando se sintió hundido y los testículos del otro golpearon entre sus piernas, y lo dejó gritar, le dijo que ya estaba, que no era nada. Y aunque el sufrimiento fue insoportable, tocó hacia atrás (como se lo pedía el otro, para consolarlo), y aguantó, comprobó que ‘faltaba poco’, que no debía asustarse si le gustaba, conteniendo los gemidos cada vez que el muchacho se movía y le decía que era guapo, que así debía ser, que hiciera el último esfuerzo, mientras lo levantaba por debajo y lo tocaba él también, y el peso del cuerpo lo apretaba hasta asfixiarlo, el aliento le quemaba el cuello y la otra mano (la que había soltado el empuje) le hacía daño, lo abría entre las nalgas, cada vez más para llegar al final, que ahora sí llegó, cuando se soltó y fue penetrado con un grito que lo ahogó, le llenó la garganta, le impidió gritar, lo aflojó, y tal vez con un desmayo, porque nada supo, insensibilizado por el dolor, cuando quiso reaccionar, el amigo se despegaba lentamente, ya no temblaba y con mucha delicadeza lo libraba del suplicio, poco a poco para evitarle el sufrimiento (pero sin conseguirlo porque no acababa de salir) y caía a su lado y lo acariciaba, lo abrazaba con una ternura que lo hacía llorar, comenzando por las nalgas y el orificio obliterado (que le limpió) y siguiendo por las lágrimas, que tanto lo avergonzaron. Así fue la primera vez, decía”.


Claudio Zeiger
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jueves, 25 de febrero de 2010

La reina ha muerto


El 11 de febrero, el mundo de la moda recibió una noticia tan inesperada como impactante: Alexander McQueen había muerto. Pocos días después se supo que se había ahorcado en el placard y mientras sus hermanos velaban a su madre. Con apenas 40 años, había revolucionado la moda, introducido la clase obrera en la alta costura, respondido a la prensa que lo criticó, recibido una condecoración de la Reina Madre a pesar de haber injuriado en un traje a medida al príncipe Carlos, subido el espanto cotidiano a las pasarelas, escandalizado a un mundo que vive del escándalo.

Flores dispuestas cual ofrenda rocker por los fans de la moda en las fachadas de las tiendas McQueen de Nueva York, Los Angeles, Londres y Milán, sumadas a un repentino furor por los foulards con estampas de calaveras cotizadas en 225 euros, esos pañuelos que luego de los pantalones bumsters que durante 1996 marcaron el reinado del tiro bajo fueron uno de sus diseños más democráticos, sumado al incremento en un 120 por ciento en las tiendas departamentales Selfridges y Liberty de prendas con su etiqueta, son algunas de las acciones de moda que siguieron al estupor que generó la noticia de la muerte del diseñador inglés Alexander McQueen.

El contexto fue tan dramático como sus puestas: el diseñador que tuvo predilección por cubrir el rostro propio y los ajenos con máscaras se suicidó el 11 de febrero colgándose de una soga, en su hogar de Mayfair, mientras que el resto de su familia –seis hermanos y su padre taxista– velaban el cuerpo de Mrs Joyce McQueen –su venerada madre–, una asistente social que había alimentado en el pequeño Lee el gusto por la moda, pero también por la tradición scottish y las tramas sangrientas.

Tenía 40 años y revolucionó las pasarelas de alta costura de fines del siglo XX y comienzos del XXI con ardides emparentados con el cine de horror, la ciencia ficción y las construcciones sartoriales de belleza inédita ricas en citas historicistas. Muchas de sus construcciones podrían pasar por piezas de un raro museo con eje en la historia del traje, aunque con anclaje visionario, pues McQueen trabajaba en las siluetas del presente y anticipaba las del futuro.

Otro de sus aportes consistió en disparar el ingreso de la clase obrera a los ateliers parisinos: en 1996 trasladó sus storyboards para colecciones con escarabajos, plumas de pájaros, escenas de sadomasoquismo, ironías sobre amigos drag queens y botas de madera que emulaban piernas ortopédicas al mismo salón de la avenida George V de París donde Hubert de Givenchy diseñó los trajes para Audrey Hepburn en los films Sabrina y Desayuno en Tiffanys. La varita ejecutiva de Bernard Arnault –entonces presidente del holding LMVH– lo había designado sucesor de John Galliano como consecuencia de una estrategia de marketing destinada a remozar la imagen de mausoleo de las firmas más tradicionales para así cautivar a las nuevas generaciones de consumidores.

El joven inglés –quien con facilismos fue calificado de “niño terrible” y también de “hooligan de la moda”– aterrizó con su figura regordeta y sus bandejas de comida chatarra sin siquiera hablar ni una palabra de francés. Pero sus vastos conocimientos de las técnicas de corte y de realización de moldería derribaron toda barrera lingüística. Vale mencionar que en cuestiones de argot fue experto en deslizar las mejores puteadas dirigidas hacia las cronistas de moda que con frecuencia se escandalizaron en el transcurso de sus desfiles. Pasó con “Highland Rape”, la colección de 1996 que admitió faldas kilt de primorosa factura en modelos con las piernas ensangrentadas y cordones de tampones a modo de accesorio (él argumentó como leitmotiv su homenaje a una masacre del siglo XVIII). Y los improperios continuaron luego de la presentación de “The Birds”, un homenaje a Alfred Hitchcock que hizo volar plumíferos en la pasarela y exaltó vestidos y sombreros símil pájaros. O cuando una cronista del Women’s Wear Daily tuvo la pésima idea de dudar acerca de la autenticidad de un tartán en tonos de amarillo, rojo y negro que él designó como icono de su historia familiar: “Nuestra insignia es una cabeza de lobo, el slogan Constante y Leal y la trama, la de un tipo diabólico llamado John, quien enterró vivas a sus dos hijas para impedir que se unieran en matrimonio a los hermanos McQueen”, fundamentó Lee. Acto seguido, la cronista tembló en silencio y nunca más le cuestionó ninguna gama cromática.

La biopic de McQueen admite otros matices dignos de sus compatriotas del punk couture: abandonó el colegio a los 16 años, fue aprendiz de Anderson & Sheppard, una sastrería del barrio Saville Row que realizaba trajes a medida para el príncipe de Gales. Fue allí donde en la entretela de un traje a la medida de Charles el joven Lee bordó la expresión I am a cunt. (Pese a ello, en 2003 fue condecorado con la Orden del Imperio Británico de manos de la Reina Madre. Asistió al Palacio de Buckingham ataviado con falda kilt y un sombrero al que describió como “una banana en la cabeza”. “Fue todo muy extraño, venía de bailar en el Claridge, fui casi sin dormir, pero mi madre adoró la ceremonia”, dijo luego a la periodista Sarah Mower.)

Entre sus etapas de aprendizaje hubo ratos de sosiego, tanto en pasantías en el atelier del diseñador japonés Koji Tatsuno como con el italiano Romeo Gigli. O el posterior paso por la casa especializada en vestuario teatral Berman and Nathan, su escuela para emular geishas, las variaciones sobre la silueta victoriana e imponer el maquillaje guerrilla style que luego copiaron una y otra vez los estudiantes de diseño del mundo entero.

Su graduación oficial remite a 1994 y a la escuela Central Saint Martin’s. Allí presentó la colección “Jack The Ripper Stalking his Victims”: había sido confeccionada gracias al dinero del seguro de desempleo y, según cuentan, con telas de encaje y tartanes robados a sus compañeros de piso. Apenas irrumpió en la pasarela fue adquirida por la excéntrica editora Isabella Blow, por entonces lupa cazatalentos y editora de la publicación Tatler.

A comienzos de 2000, además de casarse con el documentalista George Forsyth y de celebrar la boda con una fiesta en un yate en las aguas de Ibiza con Kate Moss oficiando de madrina, Lee vendió el 51 por ciento de su marca propia al grupo Gucci por una cifra millonaria.

Su dieta de fast food ya había sido reemplazada por otra más nutritiva y selecta, y cultivaba una disciplina digna de un gimnasta. El matrimonio con el joven director fue extenso y culminó en 2007. En 2008, Lee contó a la crítica de modas del New York Times, Cathy Horyn, que su actual vida afectiva consistía en citas con un actor porno. En 2006, Kate, la madrina de la boda, tras aparecer posando en un tabloide inglés consumiendo cocaína, fue redimida del escándalo por su amigo diseñador mediante un holograma que reproducía su silueta flotando, mientras modelos reales desfilaban al ritmo de “The Last Dance”.

En un intento de retrospectiva del estilo McQueen, “La Dame Blue”, en el invierno 2008, ofició de homenaje post-mortem a su principal mentora, la editora inglesa Isabella Blow. Tuvo vestidos de cóctel con técnicas sartoriales y cinturas exageradas, robes de colores, trajes negros y tocados desarrollados para la ocasión por el sombrerero Philip Treacy. El bastidor para tales artificios fue una estructura de metal con alas, mitad mariposa, mitad flamingo, que cambiaba de colores en cada pasada. Y allí otra trama de moda inglesa con final trágico: en mayo de 2007, luego de hacer un cameo en Vida acuática de Wes Anderson –y, dicen, enferma de un cáncer de ovarios–, Blow se suicidó con una variedad de veneno mataplantas.

La última colección de Alexander se vio en el marco de las colecciones masculinas de Milán, léase enero de 2010, y entre sus recursos de buena sastrería expuso estampas emparentadas con el cine de David Cronenberg: de patterns con calaveras sobre bastidores color piel que emularon planos macro de anatomía patológica remixados con rituales de alguna tribu: los modelos, en su mayoría pelirrojos, los combinaron con... ¡barbijos negros! La llamó “Ann Balitheor Cnámh” y, al cierre, Lee salió a saludar ataviado con la simpleza de jeans, camisa blanca, un suéter de pura lana inglesa con escote en V y botitas de gamuza. Un año antes, también en Milán, su manifiesto de moda para hombres respondió al título “The McQueensberry Rules” y simuló un tour por estilos de un aristócrata del siglo XVIII, orgulloso de su colección de bastones tallados, pero estilizado cual pandillero dark. Los abrigos de paño con piel, los sombreros superpuestos sobre cofias, los ojos delineados con kohol, algunos delantales de cultor del leather y, como máxima provocación, medias de bailarín en color piel, se matizaron con trajes en estampas escocesas y holgados cardigan que emularon la factura casera. En el medio de una y otra hubo un homenaje a surfers en technicolor.

En octubre de 2009, desde la colección femenina “La Atlantis de Platón”, ideada para el verano 2010, hizo apología de las texturas desarrolladas con tecnología digital mediante una recreación de vestidos para mujeres anfibias usuarias de minicrinolinas. Al inicio del fashion show y desde un corto, la modelo brasileña Raquel Zimmerman posó desnuda en alguna playa y rodeada de serpientes, filmada por el fotógrafo Nick Knight. Hubo robots que oficiaron de camarógrafos y que luego dieron paso a la multitud femenina con sus animal prints tecnologizados y en colores inéditos. Iban montadas sobre los zapatos más excéntricos y fetichistas desde los creados por Yantourny (el zapatero que a comienzos del siglo XIX inició la modalidad de lista en espera, pues se tomaba años en entregar a sus clientas sus creaciones risquée) y de los que podemos ver ejemplares en YouTube, en los clips de alta rotación de Lady Gaga.

“La Atlantis” se transmitió online desde la web del fotógrafo y tuvo una audiencia de 40 millones de espectadores.

El diseñador que llevó el espanto de lo cotidiano a la pasarela, recientemente con la colaboración del productor de imagen y sonido Sam Gainsbury y antaño con Simon Costin, en varias ocasiones destacó las influencias en su obra del performer inglés Leigh Bowery. Establecer analogías con las calaveras con diamantes de Damien Hirst es una frivolidad indigna de McQueen, quien innovó los modos de abordar la pasarela una temporada tras otra. Dispuso modelos caminando sobre el agua o paseando lobos como si se tratasen de adorables mascotas, prendió fuego en los catwalks, encendió maquinarias que simularon las técnicas de action painting sobre el corsage de un vestido de la modelo Shalom Harlow. Además mudó y dejó sin habla a los habitúes de la primera fila con réplicas de pabellones de neuropsiquiátricos concebidos como salitas para ver moda inusual.

En la reciente New York Fashion Week –esta semana– hubo un homenaje espontáneo a su obra: fue casi un funeral en la pasarela bocetado por la modelo Naomi Campbell. Si bien inicialmente respondió al propósito de recaudar fondos para las víctimas del terremoto de Haití –con el título Fashion for Relief– devino en tributo al diseñador. En señal de duelo fashionista y sin alivio, las modelos-lloronas Helena Christensen, Karen Elson, Angela Lindvall y Daphne Guinness iban fabulosamente ataviadas con los rescates de originales McQueen de sus buenos fondos de placard: llevaron vestidos con crinolinas, sastrería iconoclasta, botas y zapatos descollantes, mientras secaban sus lágrimas en los velos de alta costura tramados por McQueen.

Victoria Lescano
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sábado, 20 de febrero de 2010

La ética de la promiscuidad


Norteamericano de nacimiento, hispanista por ejercicio intelectual y seductor por práctica cotidiana, Bradley Epps —profesor de Harvard y director de un programa de estudios sobre “Mujer, género y sexualidad”— habla de la necesidad de sacudir el término queer, quitarle un tanto su pátina anglosajona y devolverle su carga revulsiva y disidente en tanto proceso en curso y no resultado final. Lo queer como torcido, como desvío, línea de fuga o, más gráficamente, como un espiral que con sus altibajos habla de la larga convalecencia de las “verdades fundamentales” como Dios o la naturaleza.

Rubísimo —mezcla de Cowboy de medianoche y Ennis del Mar—, un norteamericano a no ser por sus zigzagueantes eses españolas —el acento brasileño lo perdió mediante el esfuerzo personal luego de que a los dieciséis años obtuviera una beca para estudiar en Victoria, Brasil, estado del Espíritu Santo— y el abuso melodramático del adverbio “terriblemente “, seductor compulsivo —parafraseando a Isadora, quien decía “yo podría bailar ese sillón”, él podría decir “yo podría seducir a ese sillón”—, Bradley Epps es técnicamente profesor de lenguas y literatura románicas en el departamento de español y portugués de Harvard y director del programa de estudios de “Mujer, género y sexualidad”, dos renglones de títulos que se podrían resumir en una palabra: “queer”. Un analista y un practicante de los goces queer, eso es lo que sería, aunque el término sea ahora un campo de batalla académico producto de una asonada de profesores y activistas en donde la escolástica a menudo parece lavarlo de su pasado de injuria, de cortada y barro. Se resignifica, sí, pero siempre queda la costra.

—Para mí, el discurso queer está entrando en crisis precisamente por la incapacidad de bregar con la globalización, el neoliberalismo y el consumismo. Las estrellas son todas de habla inglesa. Casi única y exclusivamente. Si saben otra lengua es probable que sea el francés, pero un francés pasado por la criba teórica. Sé que lo que digo se puede entender como la típica crítica contra el imperialismo cultural, ¿por qué no?

Libertad, identidad, queer, siempre se pasan por un tamiz anglosajón. Podría ser afroamericano, asiático-americano, pero siempre es americano en el sentido de estadounidense.

Nómade de claustros —Atlanta, Providence, Boston—, primero estudiante pobre —confiesa que en Madrid ligaba por un baño caliente (“éste me gusta, pero, ¿me dejará duchar?”)—, callejero entre los baños de Chueca y Malasaña, con sólida formación filosófica, pero también en antros, Epps no logró imponer el programa de estudios de “Mujer...” inmediatamente:

—El decano nos dijo que no. Concretamente me salí en medio de la reunión porque dijo: “Esos temas están tratados allá” —y con la mano señaló en dirección a la clínica—, en donde tienen todo tipo de tratamiento médico y psicológico. Y hasta sus grupos sociales.

Hoy, por el programa han pasado visitantes como Adrienne Rich, Leo Bersani, Pedro Lemebel y otros objetores de la heterosexualidad obligatoria.

Pero vamos más atrás y más lejos: Catawba.

—Es un pueblo muy pequeño de los Apalaches de Carolina del Norte. Allí nací. Aquello era el sur de Faulkner, de quien me habían dicho que sus obras eran terriblemente difíciles, pero cuando las leía —a excepción de El sonido y la furia, que me costó— me entraban porque... ¡nosotros hablábamos así! Mi padre llevaba una pequeña imprenta comercial que había heredado de su padre; y mi madre, que primero no trabajaba, fue maestra de escuela. Joe y Betty (José e Isabel) se parecían mucho a Doris Day y James Gardner.

¿Eran religiosos?

—Pero no estrictos. Recuerdo que cambiamos de iglesia, incluso de secta. Habíamos empezado como metodistas y luego pasamos a ser presbiterianos porque yo había tenido problemas con lo que allá se llamaba La Escuela de la Biblia, que se enseñaba durante las vacaciones de verano. Estaba muy afectado por las láminas de color de aquellas biblias infantiles. Había dos que me chocaron terriblemente. Una era la del Diluvio con todos esos los animales ahogándose: jirafas, leones, tigres, osos... Recuerdo vagamente —debe ser un recuerdo de un recuerdo de un recuerdo— que le pregunté a la profesora: “¿Por qué se mueren los animales?”. Y ella me dijo: “Por el pecado de los hombres”. Y yo le contesté: “Pero si los animales no son los hombres, ¿por qué tienen que pagar el precio de los pecados de los hombres?”. La otra lámina era la de Abraham e Isaac: Abraham con la navaja en alto a punto de degollar a su hijo porque Dios se lo había pedido. Protesté. Yo tendría cinco años y me echaron de la escuela. Llegué a mi casa en medio de la mañana y recuerdo que mi mamá se asustó: “¿Qué haces aquí a esta hora?”. “Pues me han echado por replicón.” Un poco más tarde, yo ya tendría seis, siete años, estaba con mi familia escuchando al pastor que hablaba de las llamas del infierno y del castigo eterno y de cómo se retorcerían los cuerpos, y mi hermano y yo nos pusimos a llorar. Entonces mi padre se levantó indignado y dijo: “Basta ya, nosotros nos vamos de aquí, esto no es para los niños”. Entonces cambiamos de secta, que luego me di cuenta de que es como si hubiéramos cambiado de club social. Mi padre solía cantar en la Iglesia Negra: llegó a cantar en la boda de Denzel Washington con Paulette Pearson, que se casaron en el pueblo.

¿Hasta ese momento eras un niño “derecho”?

—Recuerdo una recepción de orientación, previa a un viaje de becarios, en las afueras de Nueva York, donde a los chicos nos apartaron de las chicas para anunciarnos que tal vez nos llevaran a un prostíbulo. Yo estaba cagado de miedo porque supongo que habría intuido que me costaría. Luego no pasó, pero mi hermano, que me llevaría un año y medio y era bastante atractivo, una noche se puso a masturbarse. Es uno de los primeros recuerdos que tengo yo de una experiencia medianamente sexual. Hoy, mi hermano es profesor de educación física en una escuela secundaria de Carolina del Norte. Está casado con una cristiana casi fundamentalista (o integrista) y con dos hijos (que me libran del peso de no tener que “perpetuar” el apellido de la familia, “gracias a Dios”, al menos de manera carnal: los escritos, para ellos, no importan; allí lo de scripta manent sólo vale para la Biblia... mi carne será, pues, verba volant).

La mayoría de los libros y artículos de Brad Epps están en inglés, pero en español los que tiene son suficientes para ver en qué anda: Desde aceras opuestas: literatura-cultura gay y lesbiana en Latinoamérica, Estados de deseo: homosexualidad y nacionalidad (Juan Goytisolo y Reinaldo Arenas a vuelapluma) y Retos y riesgos, pautas y promesas de la teoría queer.

La h de hispanista

En Harvard creían que habían importado a un posmoderno, a lo sumo a un afrancesado, pero no a un “rarito” que teoriza sobre la raridad. Sus profesores más de una vez le habían dicho: “¡Ay, yo recuerdo cuando recién llegado aquí hacías aquellos trabajos tan bonitos sobre el neoplatonismo en Lope de Vega o sobre las influencias petrarquistas en La Celestina!”.

—Yo siempre había erotizado la teoría. Descubrí a todos los maîtres a pensar (Derrida, Foucault, Lacan, Irigaray) al mismo tiempo que el sexo tanto heterosexual como homosexual, entonces mi relación con la teoría es no tanto intelectual como carnal.

Será por eso que para Brad Epps, como para muchos activistas, el relato autobiográfico no es la impasse demagógica en una clase magistral, ni el ejemplo del maestro, sino la teoría en la materialidad de un cuerpo a través de sus ficciones cronológicas: no hay jinetas entre tesis filosófica y chisme, escritorio y barra, claustro y dark room. El tono de Brad Epps es el mismo entre las paredes forradas de una sala de conferencias que en la mesa de pub que comparte con sus estudiantes para el martini de las siete, esa bebida que en los suburbios de las novelas de Cheever y en otro tren entonan a gays tapados y casados, a adúlteros a quienes la culpa congela entre la barbacoa y el paseo de la mascota.

—Cuando llegué a Providence me hice amigo de un chico guapísimo con el que acabamos compartiendo un pisito. Yo estaba saliendo con una chica francesa. Una noche ella estaba de viaje y había tomado un poco, volví al pisito, mi compañero estaba en la cama y empezó a hablarme de sus experiencias amorosas; de pronto me confesó que había estado con un chico y yo le dije: “¿Con un chico?”, sorprendido, pero muy excitado también. “Sí, supongo que seré bisexual”, dijo (no era nada bisexual, era completamente gay). Después agregó algo así como que “bueno, me gustaría acostarme contigo”, pero yo entendí “me gustaría acostarme”, y le dije: “¡Ay sí, cómo no!”. Recuerdo que se puso como muy animado y yo pensé: “Bueno, ¡realmente tendrá sueño!”. Y me levanté para irme a mi cuarto. Entonces él me dijo: “¿Cómo? ¿Te vas? ¿No me acabas de decir que querías acostarte conmigo?”. Pero, ¿de qué estábamos hablando? El corazón me latía con mucha intensidad. “¡Ah, ¿es eso?” Bueno, y pasó. Pero me costó bastante asumirlo. Tardé tres semanas en correrme, en acabar y él me decía: “Pero tú tienes una potencia que...”. Era como si yo me dijera “con tal de que no te corras no serás gay”, y me lo pasaba pipa. Hasta que me dejé llevar y dije: “Pero esto realmente no está nada mal”. El tipo se enamoró, pero a mí me costaba asumirlo y seguía saliendo con mujeres. Una noche llamó “puta” a la francesa... ¿Estás grabando? ¡Madre mía cuando sepa! (Aunque es imposible que se entere porque no lee castellano). Yo le dije a ella: “Vete a tu casa que quiero hablar con él”. Ella se fue. Entré en su cuarto y le dije: “Bob, tenemos que hablar”, y antes de que me diera cuenta se me había echado encima, me había dado un golpe en la cara y empezamos a rodar. De pronto me di cuenta de que estaba sangrando. Llegamos hasta la cocina, entonces él agarró un cuchillo, un cuchillo enorme, yo lo tomé fuerte del brazo y me puse a llorar: “Bob, ¿qué haces?”. Entonces se desplomó. Ahí me di cuenta de que era un gran momento dramático para mí y por eso quería agotarlo al máximo, así que me fui corriendo con la camisa abierta, la cara llena de sangre y el pelo revuelto a tocarle la puerta a mi amante francesa: “¡Oh, mon chérie, que est qui il t’a fait?”. ¡Al día siguiente era noticia de media universidad!

El espectro de la libertad

La irrupción del sida fue para Brad Epps la coartada para adentrarse en el compromiso teórico con la sexualidad y la lengua, con el activismo y la agitación cultural en un marco académico en donde se le reprochaba que ensuciara sus preocupaciones estéticas con la política.

—Era el espectro de la muerte —te estoy siendo totalmente honesto— el que me dio el valor, me gusta la palabra, para superar todo condicionamiento profesional. Tardé años en hacerme el test. Cuando fui al médico y le hablé de mi situación, me dijo: “Seguro que eres seropositivo, pero asintomático, así que más vale que no te hagas el test”. Le dije: “No lo entiendo... ¡me está diciendo que casi seguro que soy seropositivo y que no me haga el test!”. “No —me dijo—, porque una cosa es saberlo a ciencia cierta y otra cosa es dudar, porque una vez que recibas el diagnóstico no lo podrás ocultar y te puede afectar la carrera.” El proceso por un lugar vitalicio en Harvard ya estaba en curso —era el año ’90—, pero él sabía que en la situación laboral no había ninguna garantía.

Existen leyes que limitan la discriminación en ese sentido.

—Pero hay mecanismos más sutiles. Me habían contado que un hispanista de renombre se estaba muriendo de sida, luego me enteré de que no era cierto. Era un rumor que estaba circulando y, debido a ese rumor, en una universidad de categoría lo habían tachado de la lista de candidatos porque uno de los mandamases, un tipo superconocido, había dicho: “No vale la pena porque dentro de tres años no estará, entonces habrá que volver a las andadas y hacer otra búsqueda. ¡No es eficiente!”. A eso yo lo tenía muy metido en la cabeza. Tenía una fantasía bastante maligna de escribir un artículo que llevaría por título “Me gané la cátedra, pero también el sida en Harvard”. Sorprendentemente, dadas mis prácticas que en aquel entonces no eran nada seguras, soy seronegativo. Me hice el test cuando tenía 39 años. El médico me llamó por teléfono a casa: “No te lo vas a creer... ¡eres seronegativo!”. Me quedé de piedra porque sigo enamorado de David, mi compañero de casi veinte años, que sí es seropositivo. “¿Pero por qué no te alegras?”, me dijo el médico. Y yo: “Es que me estás anunciando alguna manera de separación. Me había hecho a la idea de que era algo (ya sé que es imposible) que compartiríamos con mi pareja”. Fue una noticia paradójica para mí. Luego, cuando me di cuenta de que David había experimentado no sólo una gran alegría sino un gran alivio, a través de su reacción yo pude sentir lo mismo: alivio y alegría. Toda mi primera carrera pasó bajo el espectro de eso que no se reconocía en la esfera académica oficial, sólo en algunos reductos. Yo tengo nostalgia del espíritu de cuerpo y las reivindicaciones entre colegas que luego se murieron, otros que estaban muy mal y que gracias a ellos fui ganando mi libertad profesional.

Promiscua(mente)

Sylvia Molloy, pionera en la organización de un congreso sobre hispanismo y homosexualidad en donde Brad Epps participó con la ponencia “Los maricas rojos en Juan Goytisolo”, propone como traducción local para “queer”, “degenerado”, palabra que desde los médicos positivistas a mamá Cora es un vasto instrumento de discriminación, pero que carece de la carga injuriosa, callejera, del “puto” o “tortillera”. Habrá que esperar que, más allá de la voluntad o la corrección política, alguna otra traducción dada vuelta por la acción política quede en la lengua al igual que gay.

—Lo queer, que se ha propuesto como la superación de la identidad, se ha convertido no sólo en espacios institucionales sino en otra identidad más. A mí me interesa que se retome una diversidad internacional, que se vaya desangloamericanizando, sobre todo en EE.UU. y Gran Bretaña. Claro que reconozco que una vez que un discurso pasa por los ámbitos institucionales, es susceptible la transformación y tal vez incluso la tergiversación. Pero quisiera pensar, más allá de una condena sencilla, aquella tergiversación, ya que la palabra misma se conecta con los vericuetos torcidos de lo queer.

¿Tergiversar es queer?

—La figura que se me ocurre es la del espiral, lo que Vattimo llama Verwindung, que no es la superación, no es la síntesis, no es el momento de epifanía, de revelación, de superación, de trascendencia, sino de indagación en los vericuetos del abismo.

Algo más cloacal.

—El término que emplea Vattimo, en La fine della modernità y otros escritos suyos, es alemán: Verwindunges y proviene de Heidegger, aunque dice que éste no lo emplea mucho; de hecho, Vattimo afirma que el concepto, aunque no el término, marca la filosofía de Nietzsche: es un término/concepto clave del pensamiento nihilista, pero del nihilismo en su sentido posibilista, ya que la falta de fundamentos no es catastrófica sino todo lo contrario; de hecho podría ser “entendido” y “aceptado” como tal, tal vez ayudar a evitar las catástrofes que resultan de imposiciones fuertes, unidireccionales, dictatoriales e incluso violentas de una sola lectura del mundo y de la verdad del mundo, es decir, todas aquellas líneas rectas que suelen prohibir que el recto, como símbolo carnal de tantas otras cosas, se goce “improductivamente”. Esta es una vulgaridad mía, ya que Vattimo, “pese” a ser homosexual, mantiene un nivel discursivo mucho más alto —demasiado en mi opinión— seguido por muchos de sus críticos más machos, más altamente filosofantes. En un plano más alto y aceptablemente filosófico, con respecto a los “fundamentos” o a lo “fundacional”, podríamos pensar en el Satz vom Grund de Heidegger, un título polívoco que significa no sólo “Principio de la razón” sino también un “Salto desde la Tierra” o “Desde la razón”, etcétera. Que el principio —en toda extensión de la palabra— se pueda entender como un salto y no una base o fundamento inmutable —Dios, naturaleza— ya de por sí es “algo”...

Bueno, bajando, si no al recto, a los lectores: un poco de pedagogía.

—Trato. Semántica y etimológicamente, Verwindung significa un torcimiento o distorsión (de ahí el giro o la espiral) a la vez que una convalecencia (como proceso más que como resultado). Es un término que en inglés se relaciona con winding (un giro o, mejor aún, el acto de girar, aunque también se emplea en el sentido de “dar cuerda” a un reloj). Se distingue, pues, del hegeliano Aufhebung, al menos en el sentido más fuerte: “superación” (aunque las huellas de lo “superado” persisten sous rature) y cuya operación suele concebirse como una línea ascendente (sola y mezquinamente grande, como el “¡Arriba España!” de los falangistas). Es decir, Verwindung no es lineal, ni (sólo) ascendente. Piensa, por ejemplo, en los altibajos de una convalecencia: aquí los de una supuesta convalecencia de la enfermedad de la metafísica “fuerte” (y esta metafísica fuerte incluye el patológico binomio masculino/femenino que hace que lo “trans” resulte tan “problemático” para todos aquellos regidos por el binomio y tan importante, tan valioso y valiente, para otros como yo). Es, en fin, un término que señala una dialéctica débil o debilitada, de nuevo: más un proceso o curso (espiral, torcido) que un producto o final. Vattimo sugiere una especie de re-signación generalizada e interminable que no debería equipararse, al menos de una manera unívoca, a la “resignación” religiosa. Aquí la “re-signación” de-signa más bien una “aceptación” del estado mixto del mundo, promiscuo diría yo (de ahí mi “ética de la promiscuidad”), así como una (lenta, accidentada) convalecencia del dominio de la metafísica fuerte, unívoca en su conceptualización de la verdad frente a una proliferación de verdades. De ahí que Verwindung se asocie con la inoperabilidad ética de discursos fuertes, unidireccionales, totalizantes, totalitarios o incluso rectos (en el sentido de “directo” o straight) y de ahí que yo, tal vez algo perversamente (es decir, torcidamente), lo asocie con el término “queer”, que también señala un torcimiento, o distorsión, o desvío, o tal vez incluso deriva.

Por ahí va tu nuevo trabajo teórico.

—Lo estoy improvisando un poco ahora. Que yo sepa (y no es que sepa tanto), no se ha ligado Verwindung, con toda su herencia filosófica, a queer, con toda su historia de mierda callejera (es decir, la historia del término como insulto, ahora resemantizado, pero sólo en parte, como paradójico signo de orgullo), en parte porque los mandamases de la teoría queer no conocen o al menos no citan las obras de Vattimo, y en parte porque los que sí las conocen, muchos de los cuales son los machos filosofantes que te señalé antes, no “se rebajan” a cuestiones “meramente” vivenciales y, más aún, anecdóticas. Tal vez si hubiera aceptado la invitación de acompañar a Vattimo como sujeto/objeto sexual cuando me lo propuso hace muchos años en Madrid (le interesaba mi “bello rostro” —palabras suyas— y tal vez otras cosas, no mi “capacidad intelectual” poco desarrollada en aquel entonces), podría haber efectuado, “desde dentro” ese queering de Verwindung, pero ahora, cuando tengo la edad que él debiera haber tenido cuando lo conocí aquella vez en Madrid, me limito a hacerlo “desde fuera”, en un campo meramente verbal....

¿Qué es eso de la ética de la promiscuidad?

—La ética de la promiscuidad supone una heterogeneización de la moral, de la democracia y de la moral de la democracia, que se nutre de una gran diversidad de prácticas, experiencias e ideas, personas y partes, entre las cuales están las de la formación socio-sexual más asociada a la promiscuidad: la homosexualidad masculina-heterogénea, a pesar de los esfuerzos por estandarizarla.

En este momento se está discutiendo aquí el casamiento gay.

—Y tengo entendido de que hay resistencia, no sólo de sectores derechistas sino también bien pensantes: cuando los extremos se tocan, merece estudiarse. Con David no nos hemos casado porque no forma parte de nuestro imaginario. Pero reconocemos la importancia de ese derecho. Si hay compañeras y compañeros que lo desean, ¿quiénes somos nosotros para decirles que es un deseo incorrecto? Pero podría haber uniones de más de dos personas, ¿por qué no? Aunque uno de los grandes riesgos es el olvido del sujeto solo. Aquel que por la razón que sea no quiere emparejarse o buscar una vida a dúo. O que prefiere un movimiento más promiscuo, aunque eso también puede darse dentro de la pareja. Podría haber uniones de más de dos personas, ¿por qué no? Eso es algo que a mí me sigue preocupando mucho.

Dos sigue siendo el modelo.

—¡Estamos ante el predominio, la consagración del dos!

María Moreno
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lunes, 25 de enero de 2010

De la clandestinidad al orgullo


Tenían las dos 37 años cuando descubrieron el amor y el placer cada una en el cuerpo de la otra. Antes de eso ni siquiera se animaban a pronunciar la palabra “lesbiana”. Mujeres casadas, con una relación casi familiar entre ambas parejas, Norma Castillo y Ramona “Cachita” Arévalo lograron a pesar de todo desafiar su educación católica, su secreta vergüenza, sus prejuicios. Hoy, 30 años después, lideran el primer centro de jubiladxs LGBT y esperan que la Justicia les dé el sí para poder casarse.

Una puerta celeste enmarcada en un frente de paredes blancas separa a la monotonía del barrio porteño de Parque Chas de la calidez hogareña y festiva que Norma Castillo y Ramona “Cachita” Arévalo imprimen a su casa de Bucarest al 1400. Allí, las visitas son bien recibidas a cualquier hora del día, una manera de prepararse para transformar su hogar en un centro cultural largamente planeado. Norma y Cachita tienen exactamente la misma edad: 67. Juntas desde hace 30, firmaron su unión civil en junio del año pasado con un festejo que reunió a todos sus vecinos. Sin embargo, lo que ellas quieren es casarse y por eso presentaron una acción de amparo ante la Justicia que todavía no tiene respuesta. Para ellas ya llegó la hora de contarle al mundo lo que durante tanto tiempo no pudieron. Es que dos de esas tres décadas de pareja fueron vividas en la clandestinidad, en un pueblo colombiano al que emigraron siguiendo a sus maridos y, en el caso de Norma, también huyendo de la represión de la última dictadura militar.

Volver a la Argentina fue también una apuesta a quebrar el silencio, a reunirse con otros y otras como lo hacen a diario en el primer centro de jubiladxs LGBT de Argentina del que Norma es la presidenta. Su voz es la que se escucha en esta entrevista, mientras su esposa –aun sin papeles– asiente, se sonroja y se maravilla del camino recorrido y de ese paso que dieron juntas una noche de ron, calor y baile en el que una mordida en la oreja abrió la puerta a lo que nunca habían imaginado.
¿Cómo se conocieron?

–A Ramona la conocí en marzo del ‘71 por intermedio de Julio, mi marido. Ella era la mujer del primo de mi esposo y vivía con él en Uruguay. Cachita llegaba con su marido de visita a la Argentina, para luego radicarse definitivamente en Colombia, que era el país natal de mi esposo y toda su familia. En aquel momento yo tenía 28 años, hacía muy poco tiempo que me había casado y vivía en La Plata. Así fue la primera vez que nos vimos y no volvimos a hacerlo hasta el ‘77, cuando con Julio nos fuimos a vivir al pueblo donde ellos estaban.
¿Te gustó desde el principio?

–En aquel tiempo, ni siquiera podía pensar en una relación con otra mujer. Si alguien me hubiese dicho que iba a enamorarme de Ramona, me habría caído redonda al piso porque era totalmente homofóbica y parte de un sistema conservador que hoy quiero derribar por completo. Durante toda la primaria, las monjas del colegio al cual asistía, en Corrientes, se habían encargado de inculcarme toda su doctrina de culpa y aberración hacia los “sodomitas”, por lo que no había otra alternativa que casarse con un hombre y formar una familia “como Dios manda”.
Pero te gustaban las mujeres...

–En aquel momento, no podía definir concretamente qué me sucedía. Me acuerdo que en mi adolescencia estaba embelesada con Doris Day, pero era algo oculto. Me gustaba, pero no podía definir ese sentimiento y, mucho menos, exteriorizarlo.
Entonces, ¿te casaste para seguir ocultando aquello que no podías explicar?

–Me casé porque Julio me gustaba. Era bastante enamoradiza y él me había flechado. Además, el hippismo, que comenzaba a hacerse visible en nuestro país, daba margen a una revolución en la que todo el mundo tiraba la chancleta. Si una chica tenía 23 o 24 años y aún era virgen, la miraban raro. Es así como preferí olvidarme de lo que me pasaba y vivir una vida heterosexual como mis padres y la sociedad entera me habían inculcado. Después, las cosas cambiaron, porque yo no era la misma y, además, porque había reaparecido Ramona en mi vida.
¿Por qué decidieron vos y tu marido dejar la Argentina y vivir en Colombia?

–Teníamos que irnos, eran tiempos muy jodidos. Yo estudiaba y militaba activamente en La Plata y en aquellas épocas de dictadura era muy difícil hacer política en el país. Me acuerdo que en una de las tantas manifestaciones que hicimos en la universidad, durante la dictadura de Onganía, la cosa se puso pesada y los milicos nos soltaron a los perros. Uno de ellos me agarró del poncho que llevaba puesto y casi me devora viva; ese día pensé que no viviría para contarlo. De todas maneras, aquellas no fueron épocas tan crudas como las de Videla. En marzo del ‘76 todo empeoró y, luego de un año de sucesos indescriptibles, tuvimos que exiliarnos a Colombia.
¿Indescriptibles?

–Me resulta muy difícil hablar del tema porque me enfrenta a un pasado de mucho dolor. Básicamente, quiero resaltar que lo que me pasó, tanto a mí como a muchos de mis amigos, fue terrible y, aún hoy, me siguen doliendo los muertos. En aquella época, yo trabajaba como colaboradora en el Hospital de Niños y, desde que empezó la dictadura de Videla, el panorama comenzó a tornarse caótico y terrorífico. Todos los días nos enterábamos de la desaparición de un compañero y los allanamientos nunca faltaban; la pasábamos muy mal. Tuve que irme porque no me quedó otra y no tenía margen para elegir. Si hubiese existido la opción, sin dudas me hubiese quedado a luchar por mi país, pero me detuvieron y, luego de apretarme, me torturaron hasta el cansancio. Las alternativas eran dos: me iba a Colombia con mi marido o me mataban.
¿Fue difícil el exilio?

–Cuando me fui de la Argentina comencé a vivir nuevas experiencias y me alejé de la política, pero nunca olvidé mi pasado. Mientras iba en el tren rumbo a Colombia, recordaba todo lo que había dejado en el camino y sentí un dolor que aún perdura. En la frontera con Bolivia, había un alambrado que separaba a ese país con el nuestro y cuando lo crucé, sentí que estaba abriendo una nueva puerta, sin dejar cerrada la anterior. Hoy, a la distancia, ese pasado aún pesa.
¿Asumiste que eras lesbiana cuando volviste a ver a Ramona?

–La historia es bastante increíble, pero me di cuenta que me gustaban las mujeres un minuto antes de subirme al tren que me haría abandonar el país. Realmente, creo que soy medio retrasada porque siempre llegué tarde a todos lados y, mucho más, a darme cuenta de lo que sexualmente me pasaba (risas). La cuestión es que si no hubiese sido por Teresa, nunca me hubiese asumido.
¿Quién es Teresa?

–Teresa era una vieja amiga de militancia que vivía al lado de mi casa, junto con otra chica que también militaba conmigo. Ella vio primero que nadie lo que yo sentía y fue la primera en hablar de mi sexualidad. Aunque tenía varios conflictos y estaba un poco loca, era una persona muy especial y no tardó en hacerse mi amiga. En aquel entonces, yo estaba casada con Julio y no existía la posibilidad de una relación lésbica, pero Teresa había visto algo en mí. “A vos te rascan un poco y se descubre lo que escondés”, me insinuaba constantemente y yo no entendía nada. Por eso, lo que me dijo un minuto antes de que me subiera al tren, me cambió la vida por completo: “Vos me querés a mí”. Fue en ese momento cuando caí en la cuenta de que era cierto lo que decía: me gustaban las mujeres. Y, más aún, me gustaba Teresa.
¿Lamentaste no haber tenido una relación con ella?

–No. Teresa era muy buena amiga, pero estaba muy loca. ¡Me hubiese complicado la vida más de lo que la tenía! (risas). Ella significó mucho para mí y fue la persona que me ayudó a descubrir mi sexualidad y lo que yo quería realmente.
Sin embargo, decidiste continuar con tu matrimonio...

–Absolutamente. Era muy difícil para mí hablar de ello. Cuando llegamos a Colombia, nos fuimos con Julio a vivir a Pivijay, el pueblo de su primo, y allí me reencontré con Ramona. Nos hicimos amigas y ella, sin saberlo, me ayudó mucho en todo este proceso. Al poco tiempo, estaba enamorada de Cachita y la necesitaba mucho, pero callé porque tenía miedo de su respuesta. Como siempre digo, los guiones de Alberto Migré quedan chicos para nuestro culebrón, porque no sólo estaba enamorada de una mujer, sino que ésta estaba casada con el primo de mi esposo y tenía un hijo adolescente; detalles suficientes que reducían mis posibilidades por completo. Pero una noche me olvidé de todo e hice algo que cambió la historia (risas).
¿Qué sucedió?

–Estábamos en la fiesta de un vecino del pueblo y, como yo nunca supe tomar, me encontraba totalmente alcoholizada de ron. La fiesta terminaba y nuestros maridos bebían las últimas copas, mientras que Ramona y yo entrábamos al auto para esperarlos e irnos. Estábamos una al lado de la otra y hablábamos, hasta que, movida por un instinto que no sé de dónde nació, me acerqué a ella y le mordí la oreja, despacito. Si no hubiese estado borracha, nunca lo hubiera hecho.
¿Aquella fue la primera vez que estuvieron juntas?

–No, esa noche quedó todo ahí porque estaban nuestros esposos. Al día siguiente, no me acordaba de nada y Ramona se apareció en mi casa para decirme que teníamos que hablar. Me quise morir porque imaginaba que era algo relacionado con lo que a mí me pasaba, pero no podía recordar qué había hecho. Así estuvimos una semana hasta que un día aprovechamos que nuestros maridos se habían ido al campo para juntarnos. Cuando llegué a lo de Cachita, ella no dudó en enfrentarme con la firmeza que la caracteriza: “¿Vos me hubieses hecho lo mismo estando sobria?”, me preguntó y yo le contesté que sí, sin saber lo que había pasado. Así fue como estuvimos toda la noche juntas y vivimos nuestra primera experiencia lésbica, a los 37 años.
¿Cómo siguieron tu matrimonio y el de Ramona luego de aquella noche?

–Mi relación con Julio continuó hasta que quedé viuda. En un principio, lo que nos pasaba era tomado como un juego pasajero y no teníamos pensado terminar con nuestros matrimonios ni empezar con una relación. Con el tiempo, Cachita se separó de su marido, su hijo se fue con él a Barranquilla y ella comenzó a vivir en nuestra casa. Lo mío fue todo mucho más costoso y duró varios años, dada la enfermedad de mi esposo. El era alcohólico, fumaba mucho y, con el tiempo, se enfermó de cáncer de laringe. Yo sentía mucha culpa por lo que le pasaba y más por la relación clandestina que llevaba con Cachita.
¿Ramona te pidió alguna vez que dejaras a Julio por ella?

–No, todo lo contrario. Ella me contenía y me ayudaba a afrontar la enfermedad de mi marido porque, a pesar de todo, yo seguía con él. Mientras Julio estaba enfermo, pasamos varios meses sin estar juntas y entre las dos teníamos que cuidarlo para que no tomara ni fumara.
¿Qué pasó luego de la muerte de Julio?

–En ese momento comenzamos a construir nuestra relación, aunque me costó bastante dejar las culpas, y hasta creo que aún hoy me persiguen. Seguíamos juntas en la casa de Pivijay y la gente nunca hizo ningún comentario al respecto. Obviamente, la mayoría de nuestros vecinos y familia sabían de la relación, pero nunca nos faltaron el respeto ni nos dieron vuelta la cara. Creo que es algo que se imaginaban desde antes de que muriera mi esposo. Además, el hijo de Cachita lo tomó de maravilla y hasta me pidió que fuera la testigo de su boda.
Hace doce años que viven en Argentina. ¿Por qué regresaron?

–En principio, para que Ramona se reencuentre con su hijo, que estaba estudiando aquí, y porque yo necesitaba reconstruir mi pasado. Realmente, el volver a la Argentina significó un nuevo giro en mi vida y hoy quiero mostrarme al mundo entero, para que mi historia pueda contribuir a que la gente no discrimine, ni tome un camino erróneo como yo, siempre movida por el terror y la culpa.
EL PRESENTE: SALDO DE CUENTAS PENDIENTES, AMOR Y MILITANCIA
¿Por qué motivo volviste al activismo?

–Sin dudas, para saldar las cuentas pendientes con mi país. Aún hoy me duele haber dejado la Argentina, mi trabajo y mis amigos en el momento en que más se necesitaba luchar, pero lo vuelvo a repetir: no tuve opción. Yo hubiese elegido quedarme, por eso me pone muy triste escuchar comentarios tales como: “¿Vos qué hiciste por el país?, si en la primera de cambio te fuiste”. No me hace bien revolver nuevamente toda la historia, pero acá estoy y debo aprender a enfrentarme con mi pasado para poder curar las heridas. Es por eso que hoy lucho por una Argentina en la que no se discrimine por elecciones sexuales y para que los jóvenes de hoy no tengan que ocultarse mañana, como yo lo he hecho.
¿Cómo fue el proceso que culminó con la instauración del primer centro de Jubilados LGTB de Argentina?

–La iniciativa comenzó cuando todavía estaba en Colombia. Hacía bastante tiempo que tenía interés de cooperar con todo lo relacionado con las cuestiones de género, así que no bien llegué a Buenos Aires comencé a trabajar en ello. Por medio del grupo La Fulana, conocí a María Rachid y, a través de ella, a Graciela (Balestra) y Silvina (Tealdi), del grupo Puerta Abierta, que abordaban un tema de gran interés para mí: la situación de los homosexuales de la tercera edad. Realmente, sentía una preocupación absoluta por aquellos gays que, como yo, pisaban los 60. ¿Dónde estaban? ¿Adónde fueron? ¿Se habían evaporado?
¿Y dónde estaban, finalmente, los homosexuales mayores de 50?

–Escondidos, como en su juventud. En nuestra época las palabras gay y lesbiana eran tabúes, y muchas de las personas de nuestra generación arrastraron esa lógica de autodiscriminación.
¿Cuál fue la respuesta que obtuvieron?

–La reacción fue apabullante y exitosa. Formamos una comisión directiva de nueve jubilados y fui nombrada presidenta del centro. El tema es que no todos se animan a dar la cara, por miedo a la reacción de sus familiares; muchos tienen miedo de reconocerse. Es por eso que, si bien en un principio se inscribió un número de personas que superó nuestras expectativas, con el tiempo dejaron de ir por la misma lógica de autocensura y culpa. Pero, como diría Ramona, no somos cucarachas para escondernos dentro de un placard. Es por eso que los viejos debemos dejar atrás los tabúes.
El año pasado hiciste, junto a Ramona, la unión civil. ¿Cómo fue ese momento?

–Todo surgió gracias a la iniciativa de Luis D’Elía, que fue nuestro testigo. El fue quien nos puso esta idea en la cabeza y nos ayudó a que podamos concretarla. Acá, en Parque Chas, la respuesta fue increíble y los vecinos nos hicieron una fiesta.
¿Cómo conociste a Luis D’Elía?

–A Luis lo conocí meses después de instalarnos en Buenos Aires. Nosotras regresamos a la Argentina en 1998, pero recién seis años después llegamos a Parque Chas, ya que antes vivíamos en el pueblo de Goya, Corrientes, donde yo nací. Así fue como me contacté con la gente de las cooperativas de la Federación Tierra y Vivienda de Boedo y luego, con ayuda de Luis, instalamos un centro en Parque Chas. Desde ese entonces, trabajamos en programas de viviendas con el objetivo de generar espacios dignos de desarrollo, crecimiento y trabajo para todas las personas. Como tantos compañeros de la cooperativa, puedo observar que hay presupuesto y programas de autogestión, pero no se construye nada. Por eso, creo que el cooperativismo es el único camino para que todo el mundo, independientemente de su sexo, género y edad, tenga una vivienda digna.
Volviste a la Argentina por las cuentas pendientes y muchas de ellas ya están saldadas. ¿Qué otras metas tenés en mente?

–Esta semana comenzamos a poner en condiciones el patio de nuestra casa, para que funcione como un centro cultural abierto a todos los que quieran formar parte. Realmente, hace mucho que quería dedicarme a esto, pero nunca he contado con el tiempo suficiente. Hoy tengo puestas todas mis energías en enseñar pintura y hacer mis propios cuadros, ya que no sólo me da satisfacción enseñar, sino también pintar y reciclar materiales para mis creaciones. Tengo bastidores hechos hasta con chalas de choclo, y todo lo que encuentro en la calle me lo traigo para el taller; alguna vez lo usaré (risas). Por otro lado, tenemos ganas de casarnos, ya que si bien estamos muy contentas con todo lo que nos pasa, la unión civil no es suficiente.
Por este motivo, presentaron un recurso de amparo en la Ciudad de Buenos Aires para poder casarse. ¿Esperan un dictamen favorable a corto plazo?

–Si fuera por nosotras, nos casaríamos mañana, pero todo lleva su tiempo. Con Ramona presentamos el pedido de casamiento el día que hicimos la unión civil y, obviamente, nos dijeron que no. Hace un mes realizamos, nuevamente, el pedido de matrimonio y nos lo volvieron a revocar. Es por eso que presentamos un recurso de amparo y hay que esperar a que termine la feria judicial para que se produzca el fallo. Yo creo que va a ser favorable, pongo todas las fichas en eso. Las cosas tienen que cambiar.


El culebrón según Cachita

“¿Qué sentí cuando mi amiga me mordió la oreja? Y... La verdad que un corrientazo muy fuerte (risas). No me enojé, todo lo contrario, pero sabía que las cosas no eran igual. En ese sentido, nunca tuve traumas, lo mío con Norma se dio naturalmente y cuando me empezó a gustar, no me hice demasiadas preguntas. De todas maneras, tenía dudas sobre lo que le pasaba a ella. Por eso, una noche en que mi marido se fue a visitar a su hermana la llamé para que viniera a mi casa y –al pan, pan y al vino, vino– puse las cosas en su lugar. Aquella fue nuestra primera vez y aún la recuerdo.

“A Norma la conocí a los 28 años. Las dos estábamos casadas. Sinceramente, nunca había sentido el deseo de estar con una mujer y creo que es por las enseñanzas que me inculcó mi familia desde mi infancia, en Uruguay. De esas cosas no se hablaba. Así fue como me casé con un colombiano que tenía un primo en Argentina y, cuando decidimos irnos a vivir a Colombia, pasamos antes por la ciudad de La Plata a visitarlo. Ahí estaba ella, pero en ese momento no entraba en mi cabeza que de aquella mujer me iba a terminar enamorando. Ni de ella, ni de ninguna otra.

“Me casé para irme definitivamente de mi casa, si bien con mi ex marido teníamos una buena relación y llegué a quererlo, me empujaron a él los maltratos de mi abuela. Además, a los 18 años me revelaron un secreto que lo cambió todo: mi mamá era, en realidad, mi abuela. Mi verdadera madre era a la que yo había considerado mi hermana durante todos esos años, y a la que no veía nunca. Nunca supe los motivos de la mentira, pero tampoco me interesaron. En cuanto pude, me casé y me fui.

“Cuando llegó Norma a Pivijay, luego de su exilio, las cosas marchaban bien. Nos habíamos hecho grandes amigas y todas las semanas nos juntábamos en la casa de alguna de las señoras del pueblo a jugar a las cartas. Nada fuera de lo normal hasta aquel día del auto, cuando me mordió.

“Lo que siguió se dio todo a las escondidas. Pasó bastante tiempo hasta que pudimos vivir nuestro amor libremente, pero el sacrificio valió la pena, así como también los años de relación clandestina y las culpas de Norma por su marido enfermo. Hoy estamos sumamente felices y, si bien hay gente que mira raro o no comprende nuestra relación –como mi verdadera madre–, mi alegría más grande es que mi hijo nos haya aceptado de la manera tan sincera en que lo hizo. Hoy los tiempos son distintos. Hoy tenemos el suficiente valor para no escondernos y demostrarles a todos cuánto nos amamos”.

Damián L. Martino
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