sábado, 22 de agosto de 2009

Corazón de cine porno


Cuando volví de España, donde había vivido durante 3 años y medio, volví a ocupar mi antigua habitación en la casa de mis padres. Una noche de desvelo empecé a buscar algo para leer y en uno de los cajones encontré una antigua revista Eroticón; presa de la melancolía, me puse a hojearla recordando mis primeras noches calientes en soledad, donde fantaseaba con encuentros carnales con hombres, que a esa altura eran sólo puras fantasías, imposibles de llevarlas a la realidad. Seguí hojeando la revista sin prisa pero sin pausa hasta que encontré una nota sobre cines porno en la porteña ciudad. Maravillada con semejante novedad, me la leí de pe a pa sin perder ningún detalle. Asombrada y excitada, no podía creer lo que leían mis ojos. Me pareció más fantasía que realidad, pero igual me quedó la duda. Uno de los cines donde más se había detenido el cronista era el Cine Plus, ubicado sobre la calle Rioja, justo al lado de la bailanta Latino Once. Me quedó volando por la cabeza, y sobre todo por la bragueta, la nota que había leído, y ya que era del Oeste y viajaba diariamente a la Capital, pensaba tomar coraje para meterme a ver qué pasaba realmente en ese cine porno. Varias veces miré de lejos la pedorra sala. Pasaba por enfrente, pasaba por la misma vereda y nunca me animaba. Me sentía sucia, perversa, pajera... Hasta que un día mi cuerpo debatió con mi mente sus necesidades y salió ganando. Corría el año ’96. Cuando entré, saqué la entrada con la cabeza baja y empecé a ver que había más de un tipo deambulando por el lugar. En la oscuridad de la sala, después de acostumbrar la vista como los gatos, empecé a ver decenas de tipos que andaban dando vueltas por todos lados. Eran tipos y tipos y más tipos, como un grupo de experimentados cazadores. Había tipos en las escaleras con los pantalones bajos, tipos besándose, manoseándose, había escenas de sexo completo, oral, grupal, romántico, sexo, sexo y más sexo.

En el primer piso, las escenas de la pantalla grande mostraban películas hétero; poco tiempo después entendí que esas películas eran el anzuelo ideal para los trabajadores chongos cansados, que venían a buscar un pete express, sentados con cara de boludos hundidos en las butacas que, seguramente al cerrar los ojos ante una boca caliente, soñarían que la que succionaba era la porno star de la pantalla.

Arriba la sala gay y un cuarto oscuro donde los cuerpos se transformaban en revoltijos de carne. Fiestas negras, duchas blancas, lenguas salvajes: en la carta de ese cine el menú era variado y podías comer, chupar y tragar hasta saciarte.

En los baños, la cosa era más íntima si querías revolcarte con la puerta cerrada en el cubículo del inodoro, aunque la mugre en general era exagerada. Papeles sucios amontonados en olorosas montañas, el piso alfombrado por forros usados y a veces, si tenías suerte, había agua. Por años y años, mi vida sexual pasó a desarrollarse en ese cine en particular, aunque recorrí por simple curiosidad varios cines de Buenos Aires, cada uno con un perfil específico y respondiendo a un concreto mercado.

Durante los largos años que retocé en los baños, en los rincones y hasta en las butacas, me enamoré, hice amigos, encontré algunos novios no muy perdurables pero que me entretuvieron bastante, cumplí increíbles fantasías, me crucé con las entrepiernas más chicas de mi vida, y con las más grandes e inolvidables, y vi cosas que si tuviera que contarlas una por una, no me alcanzarían ni días, ni meses, ni años. Hoy, en el año 2009, esos eróticos reductos siguen estando, abrigando el deseo y los cuerpos calientes que prefieren enredarse en prácticos retoces, sin histerias, ni versos prearmados. No son discos, ni pubs maricas de diseño, pero lo que es seguro es que muchas de las maricas que histeriquean en la noche bolichera o en la calle, en los cines porno se transforman en bestias carnales y salvajes guiadas por puro instinto, y entienden que, después de todo, en esa oscuridad permanente, todos los gatos somos pardos, mal que a una le cueste aceptarlo.

Juro que durante todo ese tiempo nunca me arrepentí de haberme echo asidua víctima erótica de esas salas promiscuas y calientes; eso sí, para qué negarlo: a veces me he sentido una rastrera rata de alcantarilla... y otras tantas... una diosa bañándome desnuda en la Fontana di Trevi, como la grandiosa Anita Ekberg en sus años más calientes del cine de oro italiano...

Palito, bombón...

Si las butacas hablaran...! Las de los cines porno, claro. Aunque hoy por hoy, más que hablar, acaso chirriarían. No obstante la andanada de nuevos multiespacios en los que el fragor del cuerpo a cuerpo prefiere las cabinas con glory holes o la erótica humedad del sauna, o la forma en que definitivamente Internet cambió la manera de mirar pornografía, todavía hay cines XXX que siguen existiendo en Buenos Aires. El mítico cine Ideal (Suipacha 378) es uno de los referentes insoslayables. Frecuentado por señores que van en busca de muchachos que van en busca de señores generosos, y en donde más de un oficinista de la city se toma un descansito a la hora del almuerzo, el Ideal es junto con el ABC (Esmeralda 506), en cuyas salas gays dan una programación continuada todos los días hasta las 5 de la mañana, los bastiones que resisten en el microcentro porteño. Para los que prefieren una incursión con un toque lumpen y, por qué no, bizarro, quizá la mejor opción sea el Once Plus (Ecuador 54), justo frente a la Plaza Miserere: una suerte de "salón de los pasos perdidos" sexual para quienes cotidianamente van a tomar o bien el tren o bien un colectivo. El cine Box (Laprida 1423) es uno de los pocos que siguen en las inmediaciones de la antigua vía gay por excelencia, la avenida Santa Fe, la cual, junto con el resplandor de la pantalla en que tantos bigotudos besuqueros hicieron las delicias del público homosexual en la década del ’80, ha dejado de ser también lo que solía.


Naty Menstrual
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Haciendo cola


No habías cumplido quince años y ya le robabas anfetaminas a aquella vecina obstinada en adelgazar para conseguir marido. Eras rellenita y, como toda niña andrógina, con piel de seda, estilo inglés. Te sentías mujer ya desde los primeros pasos en puntas de pie, cuando con tu familia forzosamente emigraron al bravío Oeste del Gran Buenos Aires. En los casi olvidados años setenta, tus primeros paseos nocturnos oscilaban entre las estaciones desde Moreno hasta Liniers. Así fuiste descubriendo a otras como vos, en trasnoches iniciáticas de yire. Mientras ellas se alimentaban de sandwichs de milanesa regados por Sumuva, vos apenas podías tragar un paquete chico de las galletitas Manón, por lo que enseguida comenzaron a identificarte con ese nombre. Las anfetas te pegaban como si al mismo tiempo fueras Leonardo Da Vinci y La Gioconda, Dalí y Gala, Toulouse Lautrec y La Goulou. Te encandilaba descubrir ese mundo al que pertenecías y así, junto a ellas, comenzó la audacia de atreverse a usar las primeras túnicas rosadas además del peligroso rimel y lápiz negro en los ojos. Los andenes exhalaban nubes con vahos de Mary Stuart, Coty y en tu caso el insólito Patchouli o el Musk que según contaban, se destilaba del semen de los ciervos.

Trolas de aquellos tiempos en que ser pasiva era casi una ley, nada de mujeres fálicas. Te llamaban “better” y la palabra “gay” no había irrumpido aunque, para hacerla corta, muchas se bautizaban con ahora iconos del primer puterío, desde La Montiel a La Merello, pasando por tantas Marlenes y etcétera. Pero vos eras simplemente La Manón, primera hippie del trolaje insomne y les resultabas algo rara a algunas colegas como La Congoleña, Reina de Paso del Rey, Lulú, Zarina de Merlo o Marisa Gata Mansa, suprema emperatriz de las teteras, es decir los baños públicos de Morón donde bebían su leche. Con ella lograbas entrar en la Base Militar de esa zona, gracias al poder de una morena prostituta muy protectora de las locas que habían hechizado al Oficial Cortés, siempre de turno los fines de semana. A eso de las dos de la mañana, el tipo entraba a alguna de las ranchadas y con el simple sonido del silbato hacía formar batallones de conscriptos veinteañeros semidormidos, algunos semierectos, todos en calzoncillos. Marisa elegía como si estuviera catando pulpos pero vos, perdida en el mambo de la décima estenamina, seleccionabas sólo uno, especialmente por el color de sus ojos y después te hacías la difícil porque en verdad todavía te hacían doler con sus cactus de seda. Mientras, Marisa se pasaba casi diez en el sector de la enfermería donde los elegidos ya afrechos improvisaban su harén de verdad inolvidable e irrepetible en aquellos feroces tiempos antiputos.

La Gata Mansa comentaba con las otras que eras una marica nueva bastante extraña, pero demasiado bien dotada de asentaderas. Por eso te propuso un insólito favor al que accediste como en un juego peligroso pero encantador, ya que tu única misión consistía en esconderte detrás de un enorme ombú que todavía subsiste sobre la avenida Rivadavia y, hasta el amanecer, cuando algún coche pasaba manejado por hombres, salías en medio de la oscuridad bajo el farol donde improvisabas un semi streaptease para exhibir tu culo de magnolia adolescente. Cuando el coche se detenía, de inmediato en tu lugar, Marisa salía desde las ligustrinas y, haciéndose pasar por vos, ejecutaba ahí mismo su célebre mamada. Espiando así aprendías las artimañas del succionar hasta abducir en un grito de placer a los muchachos que enseguida se iban a veces diciendo tan sólo gracias, pero jamás su nombre.

Fernando Noy
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Escenas de amor prohibido


Anders als die Andern (Diferente de los otros, 1919) es la primera película de la historia con temática homosexual explícita y perspectiva militante. Producida apenas la Primera Guerra Mundial había terminado, constituye un documento impresionante sobre el encuentro entre una estética y una ética.

CINE Y MILITANCIA

El Dr. Magnus Hirschfeld (14/5/1868 - 14/5/1935) fundó en 1897 el Comité Científico Humanitario (Wissenschaftlich-Humanitäres Komitee) para defender los derechos de los homosexuales, promoviendo la anulación del artículo 175 del Código Civil prusiano que criminalizaba las relaciones entre personas del mismo sexo.

Como parte de esa campaña, que incluía la recolección de firmas (Hirschfeld se las ingenió para incorporar en su vasto listado de adherentes a lo más granado de la intelectualidad de la época), el médico propuso al cineasta Richard Oswald la realización de una película que mostrara en qué estado de desprotección legal vivían las personas homosexuales. Médico y cineasta (ambos militantes) idearon una ficción moralizante que se estrenó el 28 de mayo de 1919 con considerable escándalo, que luego se perdió y que fue reconstruida hace dos décadas por Stefan Drösler para el Museo del Cine de Munich (Alemania), a partir de los fragmentos que pudieron rescatarse de una copia encontrada en Ucrania, fotografías y sinopsis del guión.

Si no tuviera otros atractivos, al menos la película nos permite recuperar a Hirschfeld (representándose a sí mismo) como un simpático oso que arenga a la sociedad alemana en contra del nefasto artículo 175, y entrever apenas (sus secuencias son las más dañadas) a la genial Anita Berber, infatigable animadora de la escena contracultural expresionista de la República de Weimar, bailarina, actriz, cocainómana, cabaretera (en el sentido alemán), bisexual escandalosa, muerta de tuberculosis a los 29 años (en 1928), en fin, moderna.

UN MELODRAMA

El argumento de Anders als die Andern (Diferentes de los otros), la película urdida por Hirschfeld y Oswald, es de una sencillez y de una eficacia apabullantes. El conocido violinista Paul Körner (papel desempeñado por Conrad Veidt, el extraordinario actor que el mismo año de 1919 actuó en El gabinete del Dr. Caligari como Cesare, el asesino sonámbulo) recibe la admiración del joven Kurt (Fritz Schulz). Decide ponerlo bajo su tutela y darle clases particulares (que a todas luces incluyen intercambios de fluidos corporales). Cierta tarde, mientras pasean por el bosque tomados del brazo (conocida es la predilección alemana por las prácticas outdoors), son interceptados por el infame Franz Bollek (Reinhold Schünzel), una loca mala que, al mismo tiempo que les dice groserías, decide chantajear al afamado violinista.

Franz se presenta en casa de Paul y lo conmina a pagarle por su silencio. Asqueado, Körner accede al pedido del chantajista, que amenaza con denunciarlo a la Justicia como infractor al artículo 175.

Mientras tanto, los padres de Kurt se afligen por la desmedida pasión del joven por su tutor y le prohíben que vuelva a verlo. Consultado el Dr. Hirschfeld, éste comunica a los padres que su hijo no es enfermo ni depravado, sólo homosexual y, como tal, merece el mismo respeto que cualquiera

Franz Bollek se reúne con un amigo en un dancing para locas (probablemente la secuencia más brillante de toda la película), a quien le cuenta su plan para seguir expoliando al violinista que le ha dicho que no volverá a darle un solo centavo. La loca mala aprovecha la ausencia de Paul Körner y su sirviente e ingresa en la casa para robar. El joven Kurt lo sorprende y se traban en una lucha cuerpo a cuerpo. Luego llega el dueño de casa y entre los dos echan al delincuente. Körner se ve obligado a contarle a Kurt lo que está sucediendo y éste, aterrorizado, decide abandonarlo todo y deja la ciudad.

Bollek denuncia al violinista. Se instruye el juicio. Hirschfeld testifica, ilustrando su tesis con imágenes perturbadoras de mujeres–hombres y hombres-mujeres. La Corte condena al chantajista a dos años de prisión y al violinista a una semana de reclusión.

Salido de la cárcel, Körner encuentra que le han cancelado los conciertos, las giras, las invitaciones. Recuerda su infancia en el internado, cuando los bedeles lo retaban porque se metía en la cama de los compañeros. “Siempre lo mismo, siempre”, seguramente piensa.

Desesperado, solo, abandonado incluso por su pupilo, decide suicidarse.

Se subraya el mensaje de la película: el artículo 175 sólo beneficia a los oportunistas, a los especuladores, a los delincuentes. Sostenerlo es tolerar y estimular el chantaje.

UNIVERSALISMO

Pero la película (lo sepa o no) dice mucho más que eso. El expresionismo alemán encuentra en Anders als die Andern una historia en la que sus rasgos más característicos cuadran, podría decirse, casi naturalmente: nada más “natural” que representar la cara de quienes cultivan el amor que no osa decir su nombre con ojeras. Esas miradas hundidas, acostumbradas al mirar furtivo entre los matorrales de los bosquecitos alemanes, lo dicen todo. Ojeras: vicio, desesperación, intensidad, perfidia. Lo que sea, en todo caso, está en esas caras en las cuales los ojos se hunden en pozos de sombra, no importa que se trate del noble violinista o de la loca chantajista. Pero, además, lo que aúna, separa. Ojerosos, Körner y Bollek son los polos opuestos de una comunidad insostenible, y el desprecio que cada uno siente por el otro parece ser el mismo que cada uno siente por sí mismo. ¿Quiénes son los diferentes y quiénes los otros a los que hace referencia el título de la película? ¿En qué momento la diferencia podría dejar de ser tal para convertirse en un rasgo común de identidad? ¿En qué pliegue secreto lo otro podría alcanzar a ser lo mismo?

Dos son las escenas que, en este sentido, se contraponen: por un lado, la voz de la ciencia, representada por un Hirschfeld magnánimo que alecciona a los altos tribunales sobre los derechos universales, con prescindencia del género y de la sexualidad. Por otro lado, la voz de los cuerpos, representada por esos muchachos trajeados que bailan no se sabe qué (¿un vals ligero, una mazurca?) en el dancing que frecuenta el chantajista. ¿Pero, cómo? ¿De qué se ríen ellos? ¿Y cómo es que no tienen ojeras y se los ve felices, entregados a las circunvalaciones del baile y el abrazo de sus parejas? ¿No temen que Bollek los denuncie o les pida plata para guardar silencio?

Pareciera que ellos no tienen nada que perder, nada que ocultar, nadie a quién temerle: han optado por dejarse ver bailando, haciendo de la fiesta (de la que ni el chantajista, ni el violinista, ni su pupilo participaron nunca) el único ámbito posible para la conciliación de todos los contrarios y la disolución de todas las tensiones.

Esos jóvenes que despreocupadamente bailan llenando el cuadro pueden o no ser los mismos que se abrazaron en las trincheras de la Primera Guerra pero, en todo caso, participan del mismo espíritu para el cual cualquier instante puede ser el último.

Para ellos, que están más allá de todas las prohibiciones y todos los mandatos (así se los ve en la película), la crisis de entreguerras del universalismo (que todavía nos arrastra) representó la posibilidad de inventar espacios nuevos de frecuentación: nada que ver con la cultura burguesa, sus tribunales, su ciencia humanitaria y su arte. No hay nada que expresar sino, sencillamente, dejarse llevar por la música a otra parte.

Anders als die Andern
(Diferentes de los otros, 1919)
Blanco y negro. Muda, 50 minutos
(version reconstruida por el Filmmuseum). Producida por Richard Oswald.
Con Conrad Veidt como Paul Körner, Anita Berber como Else, y otros.
Version en DVD con letreros
en aleman y en ingles.

Para ver la pelicula completa en la web con subtitulos en ingles:
http://video.google.es/videoplay?docid=3563045247830800308&ei=iMWPSu9-l9b4BoyQ1IwN&q=Anders+als+die+Andern

Daniel Link
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lunes, 10 de agosto de 2009

Esa rubia bestialidad


Hay algo en Daniel Craig que transpira peligro, pero no se trata de la amenaza de músculos, fierros y escenas de acción a las que está asociado hoy después de tener la gran corona varonera: interpretar a James Bond, ¡y hacerlo bien! Que se entienda: Daniel Craig (inglés, 41 años, más petiso de lo que parece, criado en Liverpool) está increíble en las Bond, cuando anda de torso desnudo casi no se puede mirar la pantalla, tiene ojos diabólicos, transparentes, como ciegos; está rubio y frío como el sol de invierno. Ahora mismo se estrena otra con Daniel –dan ganas de llamarlo por el nombre, aunque probablemente en su presencia cualquiera ensayaría un tartamudo “Mr. Craig” y después se arrastraría hasta un pozo para morir–. Esta película nueva se llama Defiance y es la historia de los hermanos Bielski, que en la Bielorrusia invadida por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial salvaron a más de mil judíos escondiéndolos en un campamento en los bosques, y también luchando con los alemanes, armados, resistiendo. Es una historia de voluntad y supervivencia admirable y conmovedora, pero la película es mediocre; la dirige Edward Zwick con todos los clichés posibles, y algunos nuevos. Daniel Mr. Craig es Tuvia Bielski, el hermano mayor, el que decide hacerse cargo de los refugiados, un ex contrabandista medio bestia, que dispara si tiene que hacerlo pero es un gran tipo. A Daniel el personaje le queda bien (a pesar de que es ridículo que hable mitad en inglés mitad en ruso, como hacen todos los otros personajes: hay que encontrarle una solución a este dilema del idioma) pero mejor le queda la chaqueta de cuero marrón y la boina; ni hablar cuando se agarra tifus y anda tosiendo, y después se duerme afiebrado y despierta pálido, ¡qué brillo en esos ojos eléctricos! Es un escándalo apuntar estas frivolidades con una película de tema tan serio y canónico, pero no es culpa del espectador, es de Zwick, que es un director penoso (dirigió Diamante de sangre, no hay mucho más que decir).

Entonces, centrándonos en Daniel, hay algo en Defiance que se repite y no es grato: es su nuevo personaje de héroe de acción, a los tiros y dando patadas (anticipado por su participación en Lara Croft: Tomb Raider, donde hace de ex novio de la heroína). Le sale porque es talentoso, pero no le sienta. Había otro Daniel Craig antes, y era mucho mejor. Mucho menos famoso también, pero tanto más interesante, aunque probablemente por ese camino no saldría del indie. El ojo entrenado lo habrá bichado por primera vez en El amor es el diablo (1998), donde hacía del novio chorro de Francis Bacon. Una hermosura toda sucia y callejera, inolvidable la escena de la bañera (un desnudo tremendo: a Craig el agua le queda extraordinaria), qué ganas de tirarle con algo por la cabeza a Derek Jarman, que está pérfido y maligno como Bacon, qué injusticia arruinarle la vida a Daniel, ladronzuelo de alma atormentada que al final se suicida para tratar de devolverle algo del daño al señor pintor. Poco después hizo de Ted Hughes en la fallida Sylvia, biopic sobre Plath y el Poeta Laureado de 2003 donde ella es Gwyneth Paltrow. Y a ella no le da, pero Daniel como Ted está perfecto: arrogante, talentoso, hermoso en su saco de tweed, peligroso –porque ella, celosa y depresiva, no puede lidiar con un amor turbulento– y compasivo con Hughes, que desde el suicidio de Sylvia fue nominado como poco menos que el asesino. Además, tiene una melena castaña, y es inexplicable lo bien que le sienta la oscuridad allí. También hay escena marina, y hay que decir que para Casino Royale se puso más grandote, pero ya tenía un cuerpo increíble, cosa aún más evidente cuando está desnudo después del sexo en un sillón, hacia el final.

Otro secreto de Craig: Infamous de 2006, la otra película sobre Truman Capote y A sangre fría, donde hace de Perry y el homoerotismo se desparrama. Además, es mejor película que la de Philip Seymor Hoffman, y el actor Toby Jones haciendo de Capote enamorado es una maravilla. Aunque hay que decir que el Perry real no se parecía a esa cosa hermosa tras las rejas que es Daniel Craig.

Lo próximo para Daniel, parece, es más Bond. Y bueno. Nadie reniega de la bestia rubia, eh, es un gusto. Sólo que dan ganas de ver otra vez un poquito de aquella misteriosa oscuridad.

Mariana Enriquez
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sábado, 1 de agosto de 2009

La conspiración de los machos


“Soy Ian Brettes, soy transexual, pero nunca voy a ser un chongo ni lo quiero ser.” Afirmar su identidad masculina y a la vez negarse a cumplir con los mandatos más retrógrados de la misma; construir una familia con su novia y seguir en el barrio a cargo del negocio familiar que inició su padre, parecen ser razones suficientes para que los vecinos lo persigan, lo señalen y hasta lo muelan a golpes. Esta historia, donde unos cuantos ejercen la “normalización” por mano propia mientras la policía se regodea en su negligencia, transcurre en Isidro Casanova. Y en muchos otros pequeños lugares de este mundo que, aunque parezca tan gay friendly, sigue siendo tan hostil.

El primer golpe estalló en su cabeza un 19 de julio. La fecha está en los papeles que él guarda encarpetados en un local atiborrado de herramientas, rayos, ruedas y repuestos de bicicletas. Pero, por supuesto, también está en su memoria y hasta se imprimió en sus hábitos, cada vez más anclados en ese mínimo espacio donde trabaja y pasa la mayor parte del tiempo. Ese día de invierno había empezado como una mañana cualquiera, levantando las persianas del local que durante 30 años estuvo al mando de su padre, sacando el cartel que anuncia arreglos y guardería de bicicletas, poniendo a sonar el reggae que para él es tanto música como mantra espiritual. Y lo que siguió, tampoco se escapaba de la rutina: un reclamo de visibilidad. Aunque esta vez la reclamaba de la manera más concreta posible. Fue a pedirle a su vecino, César Rodríguez, de profesión matarife, que por favor les pidiera a los camiones de reparto que no se estacionaran durante tanto tiempo en la puerta de la bicicletería. “Es que no me ven”, le dijo, amigable, como es su estilo. Ese “no me ven” que vuelve cada vez que tiene que decir “soy transexual” y le contestan como le contestó ese vecino: “Tortillera, marimacho, salí de acá, lesbiana de mierda”. Después el golpe, de arrebato, sin que atinara a cubrirse la cara, el dolor y la sorpresa. “Me insultó, me humilló, se subió a su auto y se fue”, cuenta Ian, 38 años, artista callejero mientras viajó por Latinoamérica y por España tratando de juntar dinero para cumplir su sueño de modificar su cuerpo para que finalmente lo vean como él es. El, un hombre trans. Claro que eso, justamente, es lo que nadie (en su barrio, al menos) quiere ver. Mucho menos después de que todos en la cuadra supieran que él, la tortillera marimacho, no aceptaba ser disciplinado a la fuerza.

“Estaba todo ensangrentado, porque me dio en la nariz, así, sin que yo lo viera venir, además de haberme humillado delante de todos. Por eso me fui a la comisaría a hacer la denuncia. Y esa vez me trataron bastante bien, me hicieron hacer una radiografía, me revisó un médico... pero se ve que como todos lo supieron, el odio fue creciendo.”

El odio como un huevo empollado por la conjura de los machos de la cuadra. A ese primer golpe siguieron otros. Poco más de un año después, Ian terminó inmóvil en una silla de ruedas. “Y siempre el mismo argumento: mi sexualidad. ‘Vos querés tener una como la que me cuelga a mí’, me decían y me mostraban los genitales. Si era tan macho que fuera a pelear, me desafiaban. Pero yo no quiero ser un hombre así. Yo soy Ian Brettes, un chico trans, un hombre pacifista, como Jesús”, dice y se ríe. Es que la peor golpiza la sufrió un Viernes Santo.

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Ese 19 de julio de 2008 la violencia –“homofóbica, transfóbica, lesbofóbica, como la quieras llamar”– plantó el primer palo de una cerca que a lo largo de un año iría encerrando a Ian y a su pareja en un espacio cada vez más reducido. El local está siempre con llave, ella y él apenas salen para ir a dormir y son muchas las veces que se quedan dentro, en parte por la inmovilidad obligada que impuso un corte en una pierna que seccionó tres tendones. En parte por el miedo. Los amigos que antes iban a tocar “los cueros” –instrumentos de percusión que se apiñan entre el aquelarre de herramientas– empezaron a sentir las amenazas y dejaron de visitarlxs. Andrea, sin embargo, no puede dejar de amar la cotidianidad que había empezado a construir con su novio. De pie frente al vidrio recauchutado de “Cicles Brettes” dice: “Está lindo el barrio”. Será el sol que la pone optimista. Aun a riesgo de dejarse llevar por el prejuicio, se puede confesar que cuesta ver la belleza en esa esquina de Isidro Casanova que exhibe un triángulo de tierra donde ya no queda pasto, una calesita olvidada y el pegoteo de afiches que anuncian el show de un grupo llamado Ku-lona. Sobre el asfalto cariado que aumenta el ruido de los colectivos ondean los pasacalles: “Compro pelo. Cambio tu estilo y pago hasta 1800”. Debe haber al menos 60 personas en la plazoleta, entre las paradas de colectivo y los negocios, un tránsito habitual de gente, telón de fondo inconmovible del hostigamiento constante contra Ian y su novia, aunque sobre todo contra él.

“Yo creo que soy así desde que nací. Siempre quise ser un varón, es como suelen decir, que tenés un cuerpo equivocado. Aunque yo sé que siempre voy a ser trans y está bien. Sí es verdad que me quiero operar. Me gustaría sacarme de acá –dice y se señala el pecho–. A mí me encantaría poder usar una musculosa y no estar mostrando las tetas, tener un pecho lisito, de varón.” Si el género puede ser una máquina de violencia, Ian pone un ejemplo concreto enunciando su deseo; ese “atributo” que se supone femenino no parece pertenecerle siquiera a quien lo porta. Es de los otros, de la mirada de los otros.

“Volví de España en 2001, a fin de año, porque me avisaron que mi papá estaba muy mal. Allá había visto a un médico ya, Iván Mañera, para hacerme la mastectomía y empezar el tratamiento hormonal. Pero bueno, también tengo toda la vida para hacerlo y él no podía esperar. Fue muy lindo, estuve cuatro meses acá con él, me enseñó todo de su oficio. Porque mi papá corría carreras de bicicleta y mi tío también. El quería tener un varón y bueno, después de cuatro mujeres vine yo, el trans. Para él siempre fui su hijo. O su hija, pero siempre me respetó. Y mi mamá también, para ella soy Ian. Desde los 20 que soy siempre Ian.”

Después de la muerte de su papá, Ian siguió con el negocio, orgulloso de las fotos que muestran el local en sus diferentes épocas, de conservar la bici con que de niño corrió su hermano mayor una competencia, y también de los ídolos y colores rastafari que para Ian son su religión y su filosofía. “Lo que pasa es que en ese momento yo tenía una familia, vivía con mi pareja que tenía una hija que iba a la primaria y no me veían tanto por acá, venía, me iba, era el hijo de Brettes y listo. Desde que me separé y después me junté con Andrea, bueno, me empezaron a ver, a pensar, ‘¿Es el hijo o la hija?’ ‘¿Quién es el travesti este?’ A la gente le molesta mucho una persona distinta en el barrio. Y más que yo soy tranca, toco mis cueros, hago artesanías, estoy en la mía y eso es peor porque creen que soy débil. Tal vez si fuera quilombero no serían tan agresivos.” Pero lo fueron, de hecho, desde que se escuchó el primer “marimacho” en la cuadra enunciado como un insulto, la violencia siguió trepando su espiral. Y las denuncias policiales que se suponía que servirían de protección fueron el arma de doble filo que terminó cortando la historia de Ian en dos, antes y después.

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“Acá en la plazoleta paran unos pibes a los que yo siempre les presté herramientas, los traté bien, no había ninguna mala onda. Hasta que después de lo del matarife, un día vinieron a pedirme la amoladora justo cuando estaba con un cliente. Les pedí que esperaran un poquito, que la estaba usando. Y ahí empezaron: ‘¿Qué te pasa, estás indispuesta, torta de mierda?’” Las estrategias del macho no son muy creativas, hay que decirlo, y sin embargo la humillación encuentra su huella en cicatrices mal cerradas.

El hostigamiento fue cotidiano, desde la primavera hasta diciembre. Perseguían a Ian y a Andrea cuando lxs veían por la calle, le mostraban los genitales como nenes crueles que exhibieran un chupetín a quien no se lo puede comprar, como si Ian creyera, como ellos, que ser hombre es tener un falo entre las piernas. “Se llegaban a desnudar por la calle, ‘¿vos querés ésta, no?’, me preguntaban, un asco. Y siempre la homofobia de por medio. No es por hacerme la víctima, yo no me quiero hacer la víctima, es así nada más. Y todavía siguen igual, el domingo mismo volvieron con los mismos insultos y los mismos argumentos.” Pero el 22 de diciembre de 2008, los insultos trocaron en golpes. Puños, palos, patadas; contra Ian, contra Andrea y contra un amigo que estaba en el local a punto de compartir la comida que habían preparado ahí mismo. Era casi de día, cerca de las nueve de la noche. Hernán, Víctor, Marcelo y Malena. Ian duda en decir sus nombres pero de inmediato se convence de que es necesario aunque no sepa sus apellidos. Es una manera de conjurar al miedo, de afirmar esta boca es mía y también puede ser una herramienta. Aun cuando haberlos denunciado, esa misma noche de verano, sirvió para nada. Un llamado al 911, la exhibición de las marcas de los golpes, los vidrios rotos del local, nada de eso conmovió al teniente primero Pablo César Balbuena, de la Distrital II Oeste San Carlos. No quiso tomar la denuncia, no llevó a los amigos a la comisaría, dijo que iba a mandar un patrullero mientras él iba a perseguir a los agresores y nada de eso sucedió. Ian y Andrea fueron al día siguiente, con unos moretones tumefactos perfectamente fotografiados y archivados en sus carpetas marrones, a la Distrital para que les tomen la denuncia. Allí, otro agente, apellidado López, les dijo que tenían que esperar a Balbuena. “La verdad es que si hubiera que pegarle a todos los putos que hay por ahí no daríamos abasto... algo más debe haber pasado”, dijo López haciendo gala del mecanismo habitual de culpar a la víctima. Nadie tomó la denuncia ese 23 de diciembre. En ese mismo momento llamaron al Inadi, donde les pidieron los datos de la comisaría y les dijeron que se presenten a hacer la denuncia al día siguiente porque se iban a encargar de que se las tomen. Esta vez, como regalo de Navidad, fue Balbuena el que atendió: “No les puedo tomar la denuncia porque ya las denunciaron a ustedes por riña callejera. Yo no puedo hacer nada”. Ian y Andrea guardaron la bronca como pudieron, con esa energía volvieron al Inadi el primer día hábil de esa semana de fiestas. “Pero nos pedían los apellidos de los pibes, las direcciones, los teléfonos y pruebas que eran imposibles. Nos sugirieron que fuéramos al Colegio de Abogados de Morón, pero al final nos desalentamos. Ni siquiera sabíamos entonces que podíamos hacer una denuncia directamente en la fiscalía”.

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“¿Qué me mirás, lesbianade mierda?” Ese fue el único aviso de lo que vendría, ¿pero cómo iba a adivinar Ian que la infección del odio iba a explotar cuando los insultos contra él se habían vuelto cotidianos? El panadero de la esquina, Martín David Albarrán, el que tiene un local alquilado que linda con el suyo, había hecho blanco sobre él. “Pero yo, con esa cosa que tengo de querer arreglar todo hablando, como un boludo, me acerqué. Y me entró a pegar, piñas, patadas, me revoleaba de los pelos... los empleados de él lo querían parar y no podían, hasta vino la mujer y sin soltarme le dio una piña tremenda...” ¿Qué tenía que defender a esa “gorda tortillera”?, gatilló con la lengua el panadero mientras zarandeaba el cuerpo de Ian, desarticulado por la sorpresa y la humillación. “Me tiró contra la vidriera de su negocio y mi pie atravesó el vidrio, el tipo me agarró del piso y me arrancó de ahí. Se abrió un tajo gigante, cortó tres tendones, me tuvieron que hacer cirugía para que no perdiera la movilidad del pie. Ahí vinieron tres patrulleros porque el tipo estaba sacado... se ve que alguien más que Andrea llamó.”

Fueron tres patrulleros, los efectivos bajaron de sus autos, Albarrán, el panadero, encontró consuelo en sus uniformes: “Miren lo que me hizo, me destrozó el negocio”. Ian sangraba en el piso, Andrea pedía por ayuda. Nadie se acercó, ni los policías, ni los vecinos, ni las vecinas. Al menos por diez eternos minutos. Ian era otra vez invisible a pesar de la sangre, de los gritos de su novia, del propio dolor que después del desconcierto empezaba a sentir. “Los canas me miraban y se reían, murmuraban con el panadero...”

El remisero que finalmente lo trasladó al Hospital Paroissien le dijo que él había visto cómo lo arrancó del vidrio roto lastimándole todavía más la pierna. Pero todavía no saben si saldrá de testigo. En realidad, no hay una causa abierta por esta agresión hacia Ian. Lo que hay es una imputación contra él por daños y lesiones que la policía tomó correctamente y que lo obligaron a firmar, notificándose, cuando pudo trasladarse hasta la comisaría para hacer su denuncia. Otra vez estaba ahí Balbuena para atenderlo. Le pidió sus datos completos: nombre, dirección, DNI, teléfono. Cuando terminó le dijo que estaba “imputada” y que él, teniente primero, no podía hacer nada porque el otro había actuado primero.

A fin de mayo, Andrea tuvo que ir a la fiscalía para radicar otra denuncia, Albarrán la había visto entrando a la bicicletería y al grito de “lesbiana conchuda” le juró que la iba a matar mientras pateaba la persiana de “Cicles Brettes”. Después vino la amenaza de que no les iban a renovar un contrato de alquiler, que la relación contractual de más de 30 años que había empezado con el padre de Ian iba a terminar porque si no el panadero no iba a volver a alquilar el local de la esquina. Finalmente se resolvió, pero el hostigamiento nunca se detuvo. Hasta que el 18 de julio llegó la notificación que hacía un mes la comisaría tenía cajoneada para que se presentara a ratificar la denuncia por lesiones que un año antes había presentado Ian contra su otro vecino, César Rodríguez, el matarife. “Corrigieron la fecha adelante mío, no sé por qué no me la habían traído.” Y fue esperando en la puerta de un juzgado cuando conocieron a Johana, una travesti a quien Andrea y Ian le contaron su historia, que pudieron empezar a hacer otro camino que todavía no termina.

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“El problema es que nadie quiere ver o entender lo que sos. Acá está culturizado que haya transexuales de varón a mujer, pero no al revés. Una vez fui al Hospital de Clínicas porque me había dicho una amiga travesti que ahí le daban hormonas y me sacaron corriendo, me dijeron que lo que yo quería era imposible. Ahora mismo que nos conectamos con otras compañeras que nos están dando una mano, unas dicen que somos lesbianas y otras se ofenden porque apareció eso en una lista de correo. Me piden a mí que me defina, que diga si soy ‘una concha o un transexual’, no sé qué pasó, es como que a pesar de los golpes que sufrimos todos no podemos entendernos.” Lo de siempre, Ian parece invisible, aunque su voz sea firme y su boca no deje de decir cada vez que es transexual porque así se reconoce, un hombre transexual, con el cuerpo que tiene, el mismo que quiere modificar pero del que no reniega. “Yo soy yo. Ian. Y mi nombre es un apócope del que me dio mi mamá con todo su cariño y del que tampoco voy a renegar. Yo en mi cabeza sé muy bien quién soy. Me encantaría tener barbita, eso sería piola, y no tener que usar musculosa y mostrar las tetas, pero siempre voy a ser trans. Ahora parece que confundo porque tengo el pelo largo. Pero porque tengo mis rastas, es por mi ideología rastafari, no voy a renegar tampoco de eso. No soy un típico chongo ni lo voy a ser nunca. Estoy en contra del machismo y siempre respeté a la mujer. No reprimo mi lado femenino, todos lo tenemos. Existe mucha diversidad, pero parece que a todo el mundo lo tranquiliza una etiqueta bien clarita.”

Afuera, del otro lado de la puerta con llave de la bicicletería, un patrullero estaciona y se baja un policía. Va a buscar el pan de cada día en el negocio de Albarrán. Dentro, Ian acomoda otra vez sus carpetas de fotos, papeles y denuncias entre las figuras de Buda y de Shantii, una diosa india; entre un libro de Barthes, La cámara lúcida, y otro de Paulo Coelho; entre los discos de Bob Marley y de la argentina Alika. Ahí está todo lo que quiere y también lo que no. Conviven el miedo y la decisión de que no lo expulsen del lugar que él quiere tanto como quería su papá que él quisiera. El 12 de septiembre, le ofrecieron en el Inadi, se organizará un festival “en contra de la violencia, pero de toda violencia, como para que se me vuelva en contra”, dice él que sabe que en ese barrio va a quedarse. Y que de alguna manera va a tener que seguir viviendo. O de una manera, como Ian, ese varón trans que usa rastas hasta la cintura, escucha reagge como si fueran mantras y tiene pulsión por solucionar los conflictos hablando. Aun cuando eso mismo le cueste sangre.

Marta Dillon
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sábado, 25 de julio de 2009

Cosas de la naturaleza


Vanguardistas y rebeldes, los pingüinos siempre consiguen desmarcarse de quienes intentan etiquetarlos. Primero se quitaron de encima, con apenas un revoleo de plumas, todo el peso de ese remanido argumento que indica que “lo natural” es que las uniones sexuales son entre macho y hembra, y con fines únicamente reproductivos. Naturalmente, los pingüinos exhibieron sus relaciones sexuales entre machos en cuanto zoológico pudieron, desde Alemania hasta el Central Park, en el corazón de Nueva York. No contentos con el jolgorio, también adoptaron huevos y criaron pichones sin por eso desarticular la pareja “gay”. Incluso uno de esos pichones ha sido bautizado con un nombre netamente argentino: Tango, que dio lugar a cuentos infantiles destinados a celebrar la diversidad. Ahora, ya bien instalada esta raza de aves en el imaginario homosexual —hay que anotar que cuando en el zoológico de Bremerhaven, en el norte de Alemania, quisieron meter hembras entre los machos para evitar conductas “contranatura”, las organizaciones Glttbi pusieron el grito en el cielo para impedirlo—, los bípedos alados volvieron a hacerles un corte y una quebrada a quienes ya no esperaban más de su comportamiento animal y demostraron que no sólo pueden ser “gays” sino también bisexuales. Resulta que en el zoológico de San Francisco, la pareja de Harry y Pepper, dos machos con seis años de relación estable, se desarticuló cuando Linda, una pingüina viuda, enamoró a Harry. Dicen que al principio entre los machos hubo peleas de temer, pero que ahora los tres se llevan muy bien, y hasta hubo biólogos como el profesor de la Universidad de Oxford, Stuart West, que explicaron el comportamiento como “habitual” también entre los monos bonobos, aunque no tengan ninguna función evolutiva. Lo cierto es que los pingüinos, indiferentes a la explicación científica, siguen dando cuenta de que la diversidad es posible y que lo único “antinatural” es ese deseo humano de andar etiquetando comportamientos.

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Cazando al homo


“¿Qué puede llevar a un niño de 11 años a tal estado de desesperación como para quitarse la vida? Me lo pregunto todos los días y probablemente nunca conozca la respuesta. Lo que sí sabemos es que Carl fue acosado implacablemente en su escuela.” Con estas palabras, la madre de Carl Hoover-Walker, quien se suicidó en abril de este año, se dirigió al Congreso para pedir que se implementen las políticas antibullying en todas las escuelas de Estados Unidos. “Le decían gay, marica, se burlaban de su manera de vestirse y de moverse. Y la escuela no hizo nada, ni los maestros sabían qué responder. Sólo tenía once años, aún no se identificaba como gay o heterosexual o cualquier otra orientación. Era un niño. Todos esos chicos en su escuela que lo llamaron de tantas maneras lo hicieron porque creyeron que eran las más hirientes y dañinas palabras que podían usar para insultarlo. Y así fue.”

Por estos mismos días aparecen estudios que reconocen un vínculo entre el acoso escolar y la tendencia al suicidio. La sensación de desprotección y de callejón sin salida que sufren los niños y niñas burlados sistemáticamente se ve potenciada por la actitud de los adultos: “Son cosas de chicos”, “Esto en mi época también sucedía”, “Con esto se va a hacer hombre, así es la vida”. Estas frases aparentemente inocuas son, como mínimo, un acto de negligencia si parten de los profesionales de la educación. El encubrimiento, la vista gorda, refuerza la idea de que el que sufre algo habrá hecho. El que sufre no tiene a quien recurrir y en parte siente que ni siquiera se lo merece.

El círculo actualmente se cierra en el plano virtual con lo que ya ha sido bautizado como cyberbullying. Los menores son acosados vía mail y vía chat, reciben correos electrónicos que amenazan con divulgar un “secreto” vergonzante. Si bien existe ya una batería de software para evitar este tormento, menos costoso y eficaz sería hacer crecer a niños y niñas por fuera de la homofobia y sus prejuicios. Por el momento, mientras existan en la web juegos como “Cazar al homo”, que fue producido en Francia, prohibido luego y es furor en Georgia (el país) entre el público infantil, la no discriminación es una utopía. El juego transcurre en una selva donde se pasean los nudistas gays a quienes los cazadores, ataviados de verde y con caras de machos, deben disparar para evitar que éstos se los violen. Los creadores del juego se asombran de las reacciones adversas que ha provocado el juego: “Pretendíamos reírnos de los cazadores y no de los gays”. Y tal vez tengan su parte de razón. Es probable que al asunto le esté faltando un poco de sentido del humor. Pero mientras haya suicidios y cazaputos, poco espacio queda para la risa.

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Iconos para la dama y el caballero


La National Portrait Gallery de Londres acaba de inaugurar su largamente anunciada exposición Gay Icons: sesenta personalidades de culto escogidas por diez gays y lesbianas de culto también. Un modo oficial de capitalizar el creciente avance de los derechos de la comunidad Glttbi en el mundo, así como también un modo de ponerle marco a la diversidad.

¿Qué tienen en común Versace, Lady Diana, Navratilova, Francis Bacon, John Lennon y Tchaikovsky? No mucho, tal vez, excepto que todos fueron elegidos como grandes figuras en la muestra Iconos Gay que acaba de inaugurarse en la National Portrait Gallery de Londres. Para la exposición, que coincide con los festejos por los 40 años de Stonewall, el museo que conserva los retratos de las personalidades más importantes de la historia local, convocó como curadores a diez referentes de la comunidad gay-lésbica del mundo anglosajón y cada uno a su vez escogió sus seis iconos —los heterosexuales estaban admitidos— inspiradores a nivel personal o para la comunidad Glttbi en su conjunto.

El resultado: sesenta retratos históricos que se exhiben junto con sus correspondientes y breves biografías, más las razones a las que se debe tamaño honor. “Cómo me habría gustado que esta selección hubiera estado disponible cuando yo era una joven tratando de entender mis propias reacciones frente al mundo. Qué inspiradores habrían sido estos retratos, me habrían hecho entender que yo no era de ninguna manera la medida de mí misma.” Con esta reflexión, una de las organizadoras y curadoras, la comediante Sandi Toksvig, deja en evidencia un efecto colateral de la muestra que estará abierta hasta mediados de octubre: el de servir de apoyo a las juventudes rezagadas en el closet y víctimas del bullying que aún hoy sigue presente tanto aquí como en las escuelas británicas.

La lista de curadores se completa con Elton John, el actor Ian McKellen, los escritores Sarah Waters, Jackie Kay y Alan Hollinghurst, y Chris Smith, miembro del Parlamento; lord Waheed Alli, político y empresario de la comunicación; el barón Chris Smith, político; Billie Jean King, ex tenista; y Ben Summerskill, presidente de la organización británica de lesbianas, gays y bisexuales Stonewall. A su vez, como valor agregado, algunas de las fotos escogidas vienen firmadas por verdaderos iconos como Andy Warhol, Snowdon, Cecil Beaton y Mary McCartney.

Fotos cantadas

La más cantada es la elección de la banda Village People, elegida por Waheed Alli, probablemente el único político gay y musulmán del mundo. La princesa Diana, por supuesto, también está presente y elegida en calidad de “icono de la moda”, “icono feminista” (sic), y también por su sentido humanitario, recordando que allá por los años ’80 la princesa apareció dándole la mano a un enfermo de sida en un gesto que desafió públicamente aquella idea, todavía extendida, de que la enfermedad se transmitía por contacto físico. Otro icono infaltable es el taxi-boy devenido actor Joe Dallesandro, musa de la dupla Morrissey/Warhol en películas como Heat y Flesh. La autora Virginia Woolf también es de la partida porque, además de sostener una larga relación con la escritora Vita Sackville West, transformó para siempre el lugar de las mujeres en la literatura. Como no podía ser de otro modo, la muestra también incluye una foto de la tenista Martina Navratilova, hoy una suerte de campeona universal del lesbianismo, pero cuya salida del armario a comienzos de los ’80 fue una verdadera hazaña del deporte. Harvey Milk y Allan Turing, protagonistas de unas vidas tan apasionantes, novelescas, como destruidas brutalmente a manos de la homofobia, también ponen su rostro en este extenso cuadro de honor.

Los adelantados

Sandi Toksvig explica que, además de desafiar estereotipos, el objetivo de la muestra es “celebrar la vida de las personas que han servido de ejemplo, especialmente en momentos en los que ser abiertamente gay estaba prohibido”. En esta línea se ha elegido al rugbier australiano Ian Roberts, cuya salida del closet dio por tierra con toda una serie de estereotipos sobre masculinidad entre los siempre sospechosos forcejeos del scrum. En el caso de la coronela Margarethe Cammermeyer, el título ya lo dice todo. Expulsada del ejército norteamericano tras declararse lesbiana, Cammermeyer apeló la decisión y ganó un juicio que no sólo forzó su reincorporación a las filas sino que declaró inconstitucional la ley que prohibía que gays y lesbianas se unieran al ejército. En este grupo no podía faltar el retrato del obispo norteamericano Gene Robinson, quien desde que salió del armario circula con chaleco antibalas debajo de la sotana.

Los escritores han seleccionado un buen número de autores victorianos y artistas decimonónicos tal vez no muy conocidos más allá del mundo anglosajón. Tal es el caso de Gerard Manley Hopkins, cura jesuita y poeta de versos homoeróticos, o la pintora de animales Rosa Bonheur, famosa menos por sus pinturas que por convivir con otra mujer, fumar y vestir pantalones en el siglo XIX.

Como el museo decidió que la muestra fuese exclusivamente fotográfica, las elecciones quedaron restringidas a los últimos ciento cincuenta años, dando lugar a toda una serie de bromas en la prensa local sobre la ausencia forzada, por ejemplo, del David de Miguel Angel.

Una imagen vale mAs

Uno de los retratos más sugerentes es sin dudas el de k.d. lang, la cantante canadiense de música country: lang aparece con ese look tan característicamente butch de pelo corto con jopo y blazer ancho que luego se popularizó en los ’90. Otro retrato impactante es el de Peter Tatchell, el activista del grupo OutRage! Se trata de una falsa foto de fichaje policial, en la que Tatchell aparece sosteniendo un cartel donde se lee “terrorista queer”. Si la foto no deja de ser una puesta escénica en tono zumbón, la historia que la motiva no lo es: Tatchell fue procesado por actos terroristas cuando, durante la boda del príncipe Carlos y Camilla, colgó una bandera en la que se leía: “Charles se puede casar dos veces; los gays, ni una”. Otra imperdible es la del actor Ian McKellen, a quien uno siempre imagina declamando ya sea en versión Ricardo III o como Gandalf en El señor de los anillos. En la foto de la muestra, sin embargo, McKellen aparece relajado y sonriente, vistiendo una remera rojo fuego con el slogan: “Algunas personas son gay. Ya. Supéralo”.

Si toda antología es arbitraria, la posibilidad de que los curadores eligieran a sus personajes tomando como eje la influencia que tuvieron en su propia e íntima vida abrió el ingreso a personajes no del todo relevantes, o al menos elecciones que pecan de un excesivo personalismo. Esto se aplica a casi todas las figuras seleccionadas por la tenista Billie Jean King, quien eligió al líder sudafricano Nelson Mandela y a su propia familia posando en una aburrida foto de living. Lo mismo puede decirse de Elton John, quien optó por Bernie Taupin, su propio letrista y sin dudas importantísimo para su propia carrera. Otros de los “raros elegidos” son Lennon y M.L. Rostropovich, el célebre cellista ruso, figuras admirables sin duda, pero cuya relevancia para la comunidad gay aún está por determinarse. En realidad las elecciones hablan sobre todo de la persona que elige por sobre todas las cosas. La escritora de sagas lésbicas, Sarah Waters, rescata a dos autoras que la han marcado: Daphne du Maurier y Patricia Highsmith. El presidente de Stonewall abre un abanico en el que ingresaron el pintor Francis Bacon, la ex tenista Martina Navratilova y De Genneres.

Error y omision

Para algunos de los visitantes que escriben con vehemencia en el libro de la muestra, resultan imperdonables las ausencias de Kylie Minogue, Barbra Streisand y Liza Minnelli. La respuesta de los organizadores fue que la exposición busca desafiar estereotipos, no confirmarlos. También llamó la atención la falta de figuras más jóvenes de la cultura contemporánea. Invitados a elegir sus propios iconos gay, muchos visitantes se inclinaron por Beth Ditto, la pulposa cantante y militante “anti-fattismo” de la banda Gossip. Pero tal vez la pregunta que más contundencia y menos respuesta ha recibido entre las primeras críticas que mereció esta muestra es por qué tanto las personas bisexuales como travestis y transgéneros brillan por su ausencia. No figuran entre los curadores, ni entre las sesenta fotos seleccionadas. Muy extraño y también un tanto violento, si se tiene en cuenta que la muestra se inspira en la revuelta de Stonewall, donde travestis y drags tuvieron un lugar protagónico. La bisexualidad y el transgénero parecen ser dos categorías molestas y fáciles de olvidar a la hora de construir los bustos de próceres y héroes. Queda claro que Gay Icons no será la muestra más profunda, ni revolucionaria del mundo (tampoco se propone serlo). Pero da para pensar, y en tren de asociaciones, invita a jugar con la idea de una exposición similar en la Argentina. En esa muestra por ahora sólo imaginaria, ¿quiénes serían los iconos infaltables? Se abren las listas.

Paula Porroni
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Elogio del chongo


La conversación con Juan José Sebreli, uno de los intelectuales más provocadores del panorama argentino –fama que empezó a gestar desde su primer libro, en 1960–, sucede en el bar El Olmo, un lugar que es contraseña para los varones homosexuales que crecieron sin cuestionar el mandato del armario. Allí, junto a la ventana en la que suele sentarse, el autor de Historia secreta de los homosexuales en Buenos Aires cuenta cómo acuñó la categoría de chongo, por qué abandonó el Frente de Liberación Homosexual que había fundado y por qué nunca se enamoró, todo sin dejar de tomar nota de un paisaje urbano del que ya siente nostalgia.

Leyendo a los trece años a Oscar Wilde, y un poco después a Proust, se convenció de que la homosexualidad podía ser algo prestigioso. Pero, ¿de ahí a soñar con ser un escritor homosexual cuando fuera grande? No, por cierto. “Después de todo, ¿qué es ser un escritor homosexual? ¿Y qué es un escritor homosexual?”, se pregunta Juan José Sebreli, sin notar que la palabra ha concitado la mirada incómoda de una señora que ha sacado a su nieto a tomar el té esa tarde. Una escena que podría haberse derivado en la pregunta: “¿Qué es homosexual, abuela?”, y que ese señor de pelo blanco hubiera podido responder –parafraseando a Gore Vidal– diciendo que “homosexual” se trata de un adjetivo y no de un sustantivo.

Si algo no le falta a Sebreli es autoridad para hablar del tema. Para comprobarlo, basta leer su imprescindible Historia secreta de los homosexuales en Buenos Aires, un extenso ensayo incluido en su libro Escritos sobre escritos, ciudades bajo ciudades, pionero en su género; o saber que en la década del ’70 fue uno de los fundadores del Frente de Liberación Homosexual (FLH), la primera agrupación política de ese tipo que hubo en la Argentina; o transitar las páginas de su autobiografía, El tiempo de una vida, en donde homosexualidad es palabra dicha en primera persona. En ese libro, el ensayista cuya fama de provocador comenzó a gestarse cuando en 1960 publicó su primer libro, Martínez Estrada, una rebelión inútil –en donde se cargaba al autor de Radiografía de la pampa–, enhebra momentos de su formación intelectual (su ingreso a la Facultad de Filosofía y Letras en 1949; su entrada al grupo de la revista Sur con apenas 21 años; su participación en la revista Contorno junto con David e Ismael Viñas; su amistad “existencialista” con Oscar Masotta y Carlos Correas) con aspectos de su intimidad sexual que principian en su infancia.

“La primera vez que oí hablar abiertamente sobre algo relacionado con la sexualidad, curiosamente, se refería al tema tabú por excelencia: la homosexualidad”, escribe Sebreli en El tiempo de una vida. “El desencadenante fue el escándalo de Miguel de Molina, cantor y bailarín español, detenido y expulsado del país por la dictadura de 1943. Tenía doce años y no escuchaba hablar de otra cosa, en la calle, en la escuela, en mi casa, en todas partes. Hasta mi madre, tan melindrosa, repitió delante de mí, como si nada, un chiste alusivo que circulaba en rueda de maestras.” Después vinieron, sí, las lecturas de Wilde y de Proust; los pantalones largos, la bohemia en la calle Viamonte y los amigos homosexuales, y el espíritu de flâneur que llevaría al joven Sebreli a recorrer los barrios apartados de la ciudad y a descubrir el frenesí de los “amores de paredón”. “La búsqueda no era solamente de chongos”, dice quien se jacta de haber acuñado en su libro Buenos Aires, vida cotidiana y alienación el estereotipo del muchacho joven, activo y viril, unas veces proletario, otras directamente lumpen, cuyo hábitat en su época clásica era el barrio de extramuros, los hoteluchos de Constitución o las pensiones del centro. “Era también el buceo de otras zonas, proletarias, por un lado, y de bajos fondos, por otro. El único medio que tenía para acceder a esas zonas eran los vínculos sexuales. Algo que también se da en los casos de Wilde y Proust, quienes pudieron salir del círculo cerrado en que vivían y conocer que existía el pueblo gracias al sexo. Había en mí una curiosidad sociológica. Un atractivo por zonas recónditas de la ciudad más que algo de índole sexual, diría. Porque los ligues eran en el centro. Uno iba a los barrios como en una excursión, pero el ligue, básicamente, estaba en el centro. En la calle Lavalle, en la calle Corrientes, en los cines lumpen, en los baños de las estaciones de tren. No había que irse muy lejos. A los chongos no se los iba a buscar a sus guaridas; ellos venían solos. Había un cine que quedaba en Parque Patricios, en las calles Caseros y Rioja, el Pablo Podestá, que era el summum del lumpenaje. Chongos en camiseta y chancletas que venían de las taperas de Villa Soldati y para quienes ‘las luces’ del centro estaban en Parque Patricios. Se encontraban cosas increíbles ahí, era todo muy selvático. Después estaba la desaparecida zona de cines de la calle Lavalle, los baños de los cines. Había tres o cuatro cines famosos, en donde había un desfile permanente y lo común era ‘hacer el ajedrez’, como se le decía en el argot de los habitués a cambiarse de butaca para buscar con quien desahogar el deseo. También había lugares gays donde se tomaban copas, e incluso alguno donde se bailaba, como el Anchor Inn, en San Juan y Paseo Colón, a comienzos de la década del ’70. Ahí se iba a levantar marineros. Era una época en que la llegada de un barco era un acontecimiento porque los marineros se desparramaban por la ciudad y los gays salían de cacería. Venían suecos, ingleses, alemanes, de todas partes. Aunque con el tiempo, lamentablemente, tanto los marineros como los barcos de carga fueron desapareciendo.”

¿Y qué era lo que más le atraía de esos chongos?

–Lo distinto. Yo me movía en un mundo de gays, el gay era lo cotidiano, y acostarse con un gay era como acostarse con alguien de la familia. No resultaba. No tenía el atractivo de lo exótico. De hecho, creo que lo que más me atraía de los chongos era lo exótico, no tanto lo viril. Eso está bastante bien representado en el famoso cuento de Carlos Correas, “La narración de la historia”, que es la relación de un muchacho de clase media, estudiante universitario, con un chongo de Constitución. Un vínculo que por el hecho de entrecruzar dos mundos tan diferentes está condenado a lo efímero, en la medida en que no se puede tener una relación duradera con un chongo, porque todo lo que hay de atractivo en el plano sexual desaparece en lo cotidiano.

Cual deus ex machina, un muchachito en ropa deportiva pasa por la vereda, inconsciente de su belleza, y a Sebreli se le van los ojos. En el bar El Olmo, en la esquina de Santa Fe y Pueyrredón, siempre se sienta en la misma mesa, pegada a la puerta. Un punto estratégico para el ejercicio de la mirada penetrante: el deporte favorito de los clientes gays de ese café al que Sebreli va habitualmente de tarde, con su anotador y sus lecturas de turno. “Ha desaparecido un hábito característico de la cultura urbana que es el paseo. La gente antes salía a pasear. Florida era un salón al aire libre, y ahí los gays encontraban su alimento. Florida de 6 a 9 era un lugar fabuloso. Hoy hay multitudes que caminan, pero nadie pasea. Santa Fe es la única que quedó como lugar nocturno. La esquina de Santa Fe y Pueyrredón es un punto de encuentro de taxi-boys, y también ves algunos turistas porque todavía figura en las guías de turismo gay, más allá de que el circuito se trasladó hace años”, reconoce con esa mirada melancólica que persiste en su rostro incluso cuando ríe.

“Yo nunca hablé de mi homosexualidad con mis padres. ¡No! De eso no se hablaba. Aunque seguramente lo sabían, porque nunca tuve novia. Mi familia se caracterizaba por evitar los dramas: si pasaba algo, miraban para otro lado. De hecho, yo también rehúyo las situaciones conflictivas. Sé que hay personas que me quieren y que son homofóbicas, y yo dejo que lo sean. Si alguna vez surge el tema, defenderé mi posición, pero no me gusta confrontar por motivos como ése. Además habría que ir peleándose con casi todo el mundo porque la homofobia sigue existiendo. La gente sigue siendo homofóbica, incluso los jóvenes, pero no lo dicen porque el paradigma actual sostiene que no es políticamente correcto. Después de todo, la aceptación pública de la homosexualidad no llega a medio siglo, y los prejuicios no se destierran de un momento a otro... Tenemos que conformarnos con que haya leyes que prohíban que esos prejuicios puedan ser activos, pero, ¿cambiar la mente humana? Eso va llevar mucho, mucho tiempo.”

No obstante, en algún lado dice que la discriminación es algo que está condenado a desaparecer. ¿Sigue pensando lo mismo?

–La discriminación social, sí. Aunque puede haber retrocesos. Uno nunca sabe. Fijate lo que era la República de Weimar: la libertad que existía allí era la que hoy podría existir en cualquier sociedad avanzada. Pero luego vino el nazismo, los campos de concentración, la persecución y asesinato de homosexuales. Es difícil que hoy se vuelva a dar una situación semejante, pero no se descarta. En realidad, a lo que me refiero es a la discriminación desde un punto de vista legal, porque la discriminación como una representación de la conciencia y como acto individual continúa existiendo.

Sartre pensaba que el antisemita es el que define al judío. ¿Se podría decir lo mismo con respecto a la homofobia?

–Sí. Creo que la homofobia es lo que define al homosexual. El homosexual como tipo humano, como estereotipo, es una invención del homofóbico. Ciertas características del homosexual no existirían en una sociedad sin discriminación. Y esto se ve en cómo las teorías gays han sido influenciadas por las teorías feministas, que fueron un poco anteriores. Existen dos teorías opuestas: la “teoría diferencialista” y la “igualitarista”. La igualitarista sostiene que las diferencias son producto de la discriminación: cuando no hay discriminación, el homosexual está totalmente integrado en una sociedad común, y la diferencia entre ser homosexual y ser heterosexual es casi lo mismo que tener ojos azules o negros. Si uno habla de las diferencias entre el varón y la mujer, hay variables de orden biológico, no cultural, ya que las diferencias culturales fueron creadas por una sociedad que es discriminadora y sexista. Lamentablemente, en los movimientos gays hoy predomina bastante la concepción diferencialista, que es la que piensa que hay una comunidad homosexual, que tiene sus valores propios, a los que hay que reivindicar, etcétera, etcétera. Pero, ¿cuáles son esos valores propios? Pensemos en lo que ocurría con el racismo en los Estados Unidos: mientras que los racistas fanáticos creían que había que matar a los negros, los racistas moderados decían que había que darles educación, salud y otros derechos, pero separados de los blancos. Hoy el presidente de los Estados Unidos es negro y está todo mezclado. Y así es como debería ser: tendría que haber un presidente homosexual y no importarle a nadie si es homosexual o no. Y ahí el modelo es Simone de Beauvoir y su libro El segundo sexo. De Beauvoir era igualitarista. Más aún: llegó a decir que la mujer liberada tenía que integrarse al mundo del varón porque los valores eran los del varón y no los de la mujer. ¿Cuáles eran los valores de la mujer? Los del hogar, el cuidado de los hijos. ¿Cuáles eran los del varón? Los de la acción, la política, el trabajo, la intelectualidad. Valores que aunque hayan sido apropiados en un principio por los hombres, son los verdaderos valores. Una idea que aún hoy horroriza a más de una feminista.

Tendencias inadmisibles

El triángulo rosa invertido con el que se distinguía a los homosexuales en los campos de concentración nazis fue el emblema que eligieron esos jóvenes que una tarde de agosto de 1971 se reunieron en un departamento de la calle Rioja, cerca de Plaza Once, con la idea de crear el Frente de Liberación Homosexual, el cual sería conocido por sus siglas FLH. “Yo estuve entre los creadores del FLH y eso es algo que reivindico –dice Sebreli–. Pero después el propio FLH empezó una desviación hacia el castrismo y, lo que es peor, hacia el peronismo de izquierda, con la que no estuve para nada de acuerdo. “Yo me bajé antes de que el FLH se autodisolviera. Primero tuve un problema con el periódico que sacábamos, que se llamaba Homosexuales, para el cual había escrito una nota sobre los UMAP (Unión Militar Ayuda a la Producción), que eran los campos de concentración en donde encerraban a homosexuales en Cuba, y que no me publicaron. Al poco tiempo, el grupo que encabezaba Néstor Perlongher se hizo peronista. Algo inadmisible porque el peronismo era homofóbico, ¡los montoneros eran homofóbicos! Fueron a Ezeiza a recibir a Perón con la banderita del FLH, con los carteles del Frente, y eso sirvió para que la derecha dijera de los montoneros que eran putos y drogadictos. Los propios montoneros llegaron a fusilar a dos compañeros homosexuales porque consideraban que los homosexuales eran ‘apretables‘, según la jerga que se usaba entonces. Esto me lo contó Silvina Walger, que era militante montonera. ¡No podés defender los derechos humanos de los homosexuales y ser castrista y montonero! La Cuba castrista ha sido de los máximos enemigos de los homosexuales. El Che Guevara y Fidel Castro eran dos homofóbicos totales.”

Más allá de sus discrepancias, ¿cómo recuerda el espíritu de esos jóvenes?

–Al principio éramos todos intelectuales. Se intentó hacer una cosa muy ambiciosa, que quedó en la nada porque el militantismo lo arruinó todo. Ese afán de estar con los guerrilleros y con la moda... En fin. La gente seria como Blas Matamoro y otros intentamos hacer una encuesta tipo Kinsey sobre los homosexuales argentinos. Era una tarea seria, pero que a los otros no les interesaba. En lugar de eso, querían ir a la Plaza de Mayo. Y esa encuesta, que se había empezado a realizar, finalmente quedó en la nada, como tantas otras cosas. Se discutían ideas, se pretendía hacer una tarea de elaboración teórica de esclarecimiento... Pero el militantismo de la época no lo permitía.

¿Y con Perlongher cómo se llevaba?

–El era un tipo muy inteligente, pero tenía una desviación: se dejó llevar –en parte, por lo joven que era– por la moda cultural de la época. Primero por el montonerismo y el peronismo de izquierda, y después por el post-estructuralismo. El libro que hizo sobre la prostitución masculina, que es excelente, tiene dos influencias que son contradictorias. Una es la de la escuela sociológica de Chicago, que es una escuela de la década del ’20 que estudiaba los grupos marginales. Pero eso lo mezcla con el pensamiento de Foucault y Deleuze, que no tiene nada que ver y es bastante confuso. Lamentablemente Néstor murió muy joven y en los últimos años se había deteriorado muchísimo, al punto de terminar en una secta religiosa afrobrasileña. Era un tipo de una gran inteligencia, pero no llegó a dar todo de sí por su muerte prematura; y su obra, pienso, no es tan extraordinaria como algunos pretenden. La parte mística, religiosa e irracionalista de Perlongher no la reivindico, aunque sí La prostitución masculina. Y todos esos cuentos, que se han hecho después tan populares, como “Evita vive”... Es algo bastante arbitrario. Evita aparece como una especie de personaje dionisíaco cuando en realidad era una mujer completamente fría, casi asexuada. El sexo había sido una herramienta de ascenso, pero no mucho más. La verdad, no sé dónde él le vio lo dionisíaco.

Decir nunca

La palabra “promiscuidad” sale de su boca de pronto, pero ya no está la señora pacata en la mesa de al lado. “Reinaldo Arenas reivindicaba la promiscuidad como un acto político de protesta contra la sociedad represiva”, comenta Sebreli, y no es difícil advertir que él está de acuerdo. “Si bien soy partidario del amor libre y no de los matrimonios, no me opongo al matrimonio gay como tampoco al heterosexual, siempre y cuando el matrimonio gay sea exactamente igual que el matrimonio hétero. Pero hay que tener cuidado de no confundir la asimilación con una posición conformista hacia la sociedad actual”, alerta quien en El tiempo de una vida confiesa que nunca estuvo enamorado y que disfrutó siempre de las relaciones casuales. “Yo nunca estuve enamorado. Nunca estuve enamorado de nadie. A lo sumo, las relaciones un poco más duraderas que tuve fueron con gente de clase media baja. Los lumpen me atemorizaban un poco. El chongo lumpen era para probar una vez y nunca más porque eran peligrosos. Pero sí gente de clase media baja, muchachos de barrio, que estaban un poco en el límite de una vida convencional de familia. Y siempre bisexuales. Los tipos que realmente me han gustado eran bisexuales. Homosexual, casi ninguno. Tampoco fueron exitosas mis relaciones con gente de clase media y mucho menos si eran intelectuales. El ejemplo más claro es el affaire que tuve con Carlos Correas. Ambos coincidíamos en que dos intelectuales en la cama son como dos focos luminosos enfrentándose. Existía, sí, el modelo de pareja que encarnaban Simone de Beauvoir y Sartre por aquellos años, pero después se supo que era todo un invento. Ellos nunca habían tenido una relación sexualmente exitosa. Incluso, mucho antes de que las cartas que lo comprobaron salieran a la luz, yo no podía imaginármelos acostándose. De Sartre se notaba que era básicamente un franelero, un froteur (por algo en El ser y la nada hay todo un capítulo dedicado a la caricia). Lo que menos le interesaba a Sartre era el coito. Y Simone recién conoció su primer orgasmo con Nelson Algren, su amante, que era una especie de chongo. Un norteamericano duro, alcohólico, nada intelectual aunque fuera escritor, con quien Simone alcanzó la plenitud sexual que no tuvo con Sartre. Un cuadro de situación que coincide bastante con mi teoría de que en el terreno sexual hay que buscar lo opuesto, lo diferente. Pero bueno, obviamente es una cuestión de gustos.”

La explicación que da de por qué nunca pudo enamorarse en su autobiografía es por ser tan racionalista. ¿Renunciar al amor puede ser una elección? ¿De qué modo uno puede defender el derecho a no amar, la posibilidad de no ser amado?

–Pensar que quien no ha tenido pareja es un frustrado es lo mismo que decir que un homosexual es un frustrado al lado de un heterosexual. El prejuicio contra el tipo solo, contra el “solterón”, y la idea que identifica la soltería con la neurosis es algo que hay que combatir, al igual que el mandato de la pareja monogámica, fiel e indisoluble, que es algo que responde más a dogmas religiosos que al deseo, o al amor incluso.

En ese prejuicio del que habla está la idea de la vejez homosexual en soledad. Una representación que es claramente homófoba, pero que a su vez constituye una situación relativamente habitual entre los gays mayores.

–Cuando uno es viejo, es más dificultoso tener relaciones, y más aún si a uno le gustan los jóvenes. Yo no me acostaría con alguien de mi edad y entiendo que a la gente joven le guste, por lo general, la gente joven. A mí también me gustaban los jóvenes cuando era joven. Y no me siento discriminado por eso, porque es un deseo legítimo en el fondo. Diferente es cuando se ridiculiza con esa excusa al “viejo libidinoso”. Antes te tildaban de “carroza”, que era el término despectivo que se usaba para referirse al viejo que buscaba levantarse jovencitos. Pero a decir verdad hay una minoría de muchachos a los que sí les gusta la gente grande. El otro día leía que el gran politólogo Giovanni Sartori ha iniciado, a los 85 años, una relación con una mujer mucho más joven que él. Un caso que no es para nada excepcional, si se tiene en cuenta que Goethe tenía a los 72 años amores con una joven de 17, y que Victor Hugo siguió teniendo múltiples relaciones sexuales con mujeres jóvenes hasta su muerte. A los 75, André Gide registraba en su Diario encuentros con jóvenes cuando ya creía que eso no volvería a ocurrir, y pedía “permanecer carnal y deseoso hasta la muerte”.

De hecho, hay estudios que demuestran que el deseo no desaparece nunca en la vida de un individuo, salvo por razones de enfermedad, y que sólo se extingue con la muerte.

–El deseo sexual no desaparece, aunque las funciones genitales disminuyan. Se puede llegar a un intenso orgasmo, aun sin eyaculación ni erección, y las limitaciones corporales se compensan con la imaginación y la fantasía. El sexo en la vejez muestra que en el deseo predomina la conciencia. Todo el cuerpo, y ya no sólo los órganos genitales, se erotiza y el acto sexual se vuelve más variado y polimorfo que el monótono coito. Se enriquece con juegos, imágenes y sensaciones; se afirman tendencias como el fetichismo y el voyeurismo, consideradas perversas por el prejuicio. En el capítulo I del libro de “Los reyes” del Antiguo Testamento hay una insólita página sobre el erotismo en la vejez. El rey David estaba viejo y aunque lo arropaban no podía sacarse el frío. Sus servidores le buscaron entonces a una hermosa doncella, que se acostó desnuda junto al rey, y fue el íntimo contacto de los cuerpos lo que hizo que el rey ya no tuviera frío. Entre sus muchas falsedades y maldades, algunos fragmentos de la Biblia pueden ser un espejo de la vida real, por cierto. Nadie duda, de hecho, de que siempre va a ser mejor un chongo que una bolsa de agua caliente...

Patricio Lennard
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sábado, 18 de julio de 2009

El rey mutante


Pasados los fastos de su entierro, queda de Michael Jackson la figura del cyborg, tan orgánico como producto de la tecnología, un ser más allá del sexo y de la raza porque a una y otra categoría supo desafiar en múltiples transformaciones hasta convertir su cuerpo en una materia lábil que sólo puede completarse con su obra.

En su libro Cool Memories, un diario formado por ensayos rotos y mínimos, Jean Baudrillard viaja por la cultura del primer lustro de los ’80 para seguir el pulso de su tiempo, para tratar de hacer el libro más contemporáneo posible. En su elíptica captura de ese presente, Baudrillard se cruza a mitad de su camino con el Michael Jackson de Thriller y lo define con una cita del sociólogo Alain Soral: “Jackson es un mutante solitario, precursor de un mestizaje perfecto porque es universal, la nueva raza a partir de las razas, por así decirlo. Los niños de hoy no tienen un bloqueo en relación con una sociedad mestiza: éste es su universo, y Michael Jackson prefigura lo que ellos imaginan para un futuro ideal”. A esa idea nítida sobre una nueva forma de mestizaje cultural, Baudrillard agrega: “Michael se ha hecho rehacer el rostro, desrizar su cabello, aclarar la piel, o sea que se ha construido minuciosamente: esto es lo que lo convierte en un niño inocente y puro; el andrógino artificial de la fábula que, mejor que Cristo, puede reinar sobre el mundo y reconciliarlo, dado que es más que un niño dios: un niño prótesis, un embrión de todas las formas soñadas de mutación que nos liberarían de la raza y del sexo”. Unos años después, Baudrillard vuelve a invocar a Jackson para soltar la frase más contundente de su versión de las nuevas sensibilidades de los ’80, donde la política de la diferencia de la revolución sexual se volvía “juego de la indiferencia” de los sexos: “Todos somos transexuales. Así como todos somos mutantes biológicos en potencia, también somos transexuales en potencia. Y ni siquiera es una cuestión de biología. Todos somos simbólicamente transexuales”. La biografía de Jackson lo autorizaba a semejante afirmación, y es verdad que el Rey del Pop fue la quintaesencia de una nueva clase de monstruo que modeló la tecnología. El monstruo en que nos trasformamos todxs.

EL EXTRAÑO MUNDO DE JACKSON
En el comienzo de todo fue el espanto: Thriller fue catalizador de mutaciones y el principal afectado por su radiación fue Michael Jackson. Es verdad que todo comenzó en Jackson 5, en esa infancia corrompida por el pop donde el niño perdió la inocencia que trató de recuperar convertido en un andrógino Peter Pan que sueña desesperadamente la tierra del Nunca Jamás. Si bien es cierto, ese dato biográfico del niño estrella volcado a reconstruirse como ficción de la industria de la música es recién en Thriller donde adquiere mayor importancia, cuando su vida se transforma en una tecnoficción. Ese disco-Frankenstein no sólo cambió la historia de la música pop, con su híbrido de estilos del hard rock a la balada, pasando por el pop bailable, sino que, sobre todo, la revolución de Jackson se hizo cuerpo en el videoclip como forma de arte total, como juguete tecnológico ideal para la metamorfosis. Abrevando en la estética homoerótica de la película de terror adolescente de la década del ’50, en el video Thriller Jackson se transformaba en Gato Monstruo y en zombie, convertido en el rey del terror pop gracias a los efectos de maquillaje de las manos mágicas de Rick Baker, un cirujano-artista-plástico del cine, también creador de FX de Videodrome de David Cronenberg, una película sobre el cuerpo con prótesis de video. Y desde ese momento Michael Jackson fue un cyborg cronenbergiano, y se puede hacer una biografía de él a partir de sus videoclips, que absorbieron su existencia trocada en imagen táctil de su cuerpo. Su sexo no era masculino ni femenino, porque no era biológico, era tecnológico, tenía el sexo del cyborg, antes que Donna Haraway lo definiera en su manifiesto sociofeminista sobre la construcción de los géneros de 1991: “Un cyborg es un organismo cibernético, un híbrido maquinal y orgánico, una criatura de la realidad social tanto como una criatura de la ficción”. Jackson hizo del cuerpo su discurso, más que otrxs ídolos del pop/rock, porque era un cantante-bailarín de gracia felina, donde su paso más famoso, el moon walk, ponía en escena su doble direccionalidad característica: el paso fingía la mímica de caminar hacia adelante pero se deslizaba hacia atrás. Pero sobre todo Jackson fue un cuerpo mediado por la tecnología, donde se transformaba, videoclip mediante, en un ser extremadamente proteico: no era ni blanco ni negro, ni masculino ni femenino, ni joven ni viejo, ni atlético ni enfermo, ni humano ni animal, ni lindo ni feo y, sobre todo, ni bueno ni malo: al papel del delincuente juvenil que le gustaba interpretar en los videos se le superponía el inofensivo ángel de la luz asexuado. En la secuencia de la canción “Speed Demon” de su película Moonwalker (1988), Will Vinton lo convierte en muñeco de plastilina, dibujo animado, y cuando baila como humano está literalmente fuera de la ley: es que Jackson movía la pelvis con una ambigüedad insólita, su mano en la bragueta a veces parecía agarrar el paquete y a veces su dedo se hundía como si tuviese las dos gónadas del hermafrodita perfectx. En su otro videoclip célebre, Black or White (1991), fue el primero en usar el software morphing virando el rostro de personas de distintas razas y pigmentaciones, y convirtiéndose él mismo en pantera negra: su cuerpo de cyborg ya devenido software lo liberó de la identidad sexual y racial. Identidad deriva de idéntico, y Jackson, como buen mutante, nunca quiso ser igual.

CADAVER EXQUISITO
Si me permiten la expresión, Jackson fue claro desde el principio: al aceptar hacer el rol del Espantapájaros en The Wiz (1978), la remake del clásico camp El mago de Oz, sabía que su destino era ser un monstruo de cuento infantil, el freak domesticado, hogareño, que acompaña los sueños de una generación como el ET de Spielberg para el que compuso una canción. En Thriller quedó establecido, pero se subrayó en Ghosts (1997), un mediometraje dirigido por Stan Winston, quien junto a Rick Baker sería el artista de efecto de maquillaje más virtuoso del Hollywood fantástico. Ahí, con la tecnología digital, el cuerpo de Jackson dejó de ser analógico para explorar nuevas transformaciones virtuales: el rey del pop es ahora rey del píxel, fantasma en la máquina, materia incorpórea que atraviesa todos los cuerpos, como su voz, como ese falsete que lo hizo famoso, el más célebre de la historia de la música, que viaja a la velocidad de la ambigüedad, porque es un quejido de animal en celo con timbre humanoide andrógino. Si existen las reinas del grito del cine de terror, las scream queens, Jackson fue más que el rey del pop, el rey del falsete: la voz artificial fue su modulación predilecta hasta el punto de ser la canción de todxs. Cantar y bailar es falsearlo todo: lo natural queda fuera del cuerpo. En Cool Memories, Baudrillard escribía que “la música del walkman penetra en nuestro cuerpo como en un sueño”, Jackson fue ese sueño tecnológico que nos atravesó para siempre, que nos cambió nuestro cabezal natural por uno de género artificial indefinido. Al igual que Valentino fue al cine la apolínea figura que perturbó en los ’20 las concepciones sobre lo masculino y lo femenino, enloqueciendo a una generación con su erotismo visual indeterminado, Jackson fue el cyborg que hizo de la tecnología del video una estética desafiante. Y al igual que con Valentino, su funeral fue un evento monumental porque nos interpela sin discriminación: todxs somos sus viudxs tecnotransexuales. Pero ahora la tecnología voraz no para: la medicina forense sigue con sus técnicas necrófilas de autopsias donde dicen y se desdicen, porque la ambigüedad de Jackson no para ni post mortem. Eterno en su provocación, su cuerpo aún sigue siendo un discurso de signos en contradicción, para la interpretación latente, un Frankenstein semiológico que revive todo el tiempo: un moderno Prometeo secular que no necesita el fuego de los dioses para generar verdadera vida, sino que se despierta con cada clic mundano sobre un píxel monstruoso que hace pop.

Sin autor
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miércoles, 15 de julio de 2009

El negocio de la diversidad


El crecimiento del turismo y los negocios vinculados a la comunidad gay-lésbica sigue incrementándose en Buenos Aires: hoy habrá un encuentro internacional de empresas del rubro. Y anunciarán la creación de una cámara específica.

Revistas, tiendas de ropa, compañías de turismo, tarjetas de crédito, boliches, hoteles, restaurantes y otros tantos rubros tradicionales de esta ciudad se han volcado al mercado gay, lésbico, bisexual y travesti (GLBT), un segmento de la sociedad discriminado y segregado durante siglos. El fenómeno se consolidó al punto de generar ayer una reunión en el Hotel Axel, en el porteñísimo barrio de San Telmo, donde se presentó el segundo Encuentro Internacional de Empresas y Emprendedores Orientados al Segmento GLBT. El objetivo, coincidieron los patrocinantes, es afianzar a Buenos Aires como destino gay friendly en América. El principal destino, dijeron los más osados, “por su seguridad y vida cultural”. El año pasado, de los 2.500.000 turistas que visitaron la ciudad, 500 mil fueron turistas GLBT. Hoy se anunciará, además, la creación de la Cámara de Comercio Gay.

La presentación duró poco menos de una hora, pero sirvió como primer contacto entre empresarios y empresarias del rubro. Hubo intercambio de tarjetas personales, los típicos “yo te llamo” y las invitaciones de rigor para ir a bailar más tarde. Habrá más de 400 participantes, en su mayoría extranjeros adinerados que participarán de las conferencias que se harán hoy y mañana en el Hotel Axel, en la calle Venezuela 649 (ver aparte). El evento fue declarado de interés turístico y económico en la Legislatura porteña y está auspiciado por el gobierno porteño, a través del Ente de Turismo y la Secretaría de Turismo de la Nación.

Steve Roth, de la agencia de comunicaciones OutThink Partner, mencionó la envidiable campaña que hizo para posicionar a la empresa aérea LAN Chile dentro del emergente mercado GLBT. “La diversidad está en todas las esquinas de Sudamérica”, fue el slogan que propuso a esta compañía líder dentro del segmento en Estados Unidos, cuando se trata de viajar por estos pagos. La gráfica del slogan destaca cuatro postales argentinas: la Floraris Genérica en Recoleta, una tanguería llamada Caminito en La Boca, una vista nocturna de Puerto Madero y las cataratas del Iguazú. Terminada la presentación, el joven Roth tradujo a alguien las bondades argentinas: “Hay naturaleza en Misiones, hay una bella ciudad, hay nieve en Bariloche si quieres ir a esquiar, es muy completo”. Mañana dará una conferencia sobre el “mercado gay internacional”, a las 16.45.

Uno de los organizadores de la velada, Gustavo Noguera, de la revista Gnetwork360, dijo estar sorprendido “con el interés del mercado en este tipo de propuestas” y agradeció a los esponsors que ayudan a difundir “que este es un nicho interesante y hay mucho por hacer”. Noguera, junto a Pablo de Luca, adelantaron la creación de la Cámara de Comercio Gay Lésbica Argentina (ver aparte). La edición 2009 de este encuentro, resaltó Noguera, estará focalizada en tres ejes: las Cámaras de Comercios Gay en el mundo, el marketing del sector y el turismo enfocado en ese segmento.

Sentados en la pomposa barra del Hotel Axel, el dueño de este lugar y dos similares en Barcelona y Berlín, el catalán Juan Juliá, repasó las virtudes de esta ciudad junto a su gerente porteño, Elvio Cornetti. “No sé cómo estarán los demás hoteles. A nosotros nos va bien, tenemos el 60 por ciento de la capacidad ocupada, aunque bajamos las tarifas. Pasamos de 200 a 120 dólares el cuarto, un poco por la crisis, otro poco por la gripe A.” Un rato antes, durante la conferencia, había dicho que en lo que va del año “se triplicó la demanda turística en el hotel, gracias a la diversidad turística y cultural que brinda esta cosmopolita ciudad”.

¿Qué diferencia a Buenos Aires de San Pablo o de Río de Janeiro?, preguntó Página/12. “Bueno, San Pablo tiene la marcha del Orgullo Gay más grande, pero turísticamente hablando no da una oferta tentadora. Lo que tiene Buenos Aires es un circuito extraordinario: tiene teatros, tiene tango, buenos restaurantes, shoppings, mucha historia. Acaba de ser elegida por la revista Out Traveller como el destino preferido de la comunidad gay”, respondió Juliá. “¿Y Río?”, insistió el cronista. “Bueno, Río de Janeiro siempre fue la meca gay en América latina. Pero Buenos Aires es una ciudad más segura y con más vida cultural.”

Consultados sobre la discriminación, tanto Juliá como el gerente Cornetti aseguraron que Buenos Aires es una ciudad abierta, tolerante y que este tipo de encuentros promueven más apertura aún. Sin ir más lejos, en ese mismo barrio, en San Telmo, los vecinos y comerciantes impulsaron una declaración de “barrio amigable con los gays”. Además, resaltaron la unión civil que permite a parejas de un mismo sexo tener una unión legal ante el Estado. “Ni hablar de las fiestas y el ocio, esos también son atractivos fundamentales”, dijo Juliá.

El gerente de este hotel cinco estrellas que se define como “hetero friendly” destacó el perfil del turista gay: hombres solteros, educados, sin hijos, adinerados y generosos. “Comen afuera, hacen compras, salen de noche y piden cultura. En promedio, tienen un gasto diario de 200 dólares”, dijo Cornetti. Al lado suyo, su jefe catalán insistió con los objetivos de este segundo Encuentro de Empresas y Emprendedores: “Fomentar las relaciones profesionales dentro de la comunidad GLBT y abrir un espacio para que las corporaciones que quieren dirigir sus productos a nuestra comunidad sepan un poco las reglas del juego”. El cierre del evento estará a cargo del ministro de Cultura porteño, Hernán Lombardi.

Para un mercado mas sólido
El lanzamiento de la Cámara de Comercio Gay Lésbica Argentina (Ccglar) fue anunciado ayer entre aplausos y aullidos. “El objetivo es diseñar estrategias conjuntas, potenciar y promover el turismo gay en nuestro país. Además de apoyar el desarrollo de negocios y productos dirigidos al segmento”, dijo Gustavo Noguera, fundador de la Ccglar junto a Pablo de Luca. La Cámara comenzará a funcionar en dos meses y ya tiene una dirección electrónica para los interesados (info@ccglar.org). Durante la presentación, De Luca agregó que la Cámara también busca establecer y fortalecer vínculos con empresas con valores de diversidad e inclusión. “Vamos a capacitar, a buscar apoyo oficial y hacer alianzas, en el plano internacional vamos a tratar de participar de ferias y eventos para difundir lo que se hace en Argentina”, adelantó Noguera.

El anuncio recibió el respaldo de Justin Nelson, fundador de la Cámara de Comercio Gay y Lésbica de Estados Unidos; de George Neary, vicepresidente de una cámara similar en Miami, y de Pascal Lepine, presidente de la Cámara de Comercio Mundial del Turismo Gay. Fueron estas tres presencias, admitió Noguera a Página/12, lo que motivó el adelanto del anuncio por el fuerte aval recibido. “La idea surge como parte de un comienzo para que el mercado sea más sólido y para que podamos vender a la ciudad y al país desde este lado”, explicó Noguera. “Por eso, la idea es unificar los esfuerzos y difundir toda la oferta también en el exterior, coordinados con las organizaciones que ya tienen una gran trayectoria.”

La Cámara será la segunda en Latinoamérica, ya que Brasil fundó la propia hace algunos días. “Creemos que cualquier tipo de rubro puede estar interesado en participar –comentó Noguera–. Lo importante es que se entiendan las particularidades del segmento y quieran difundir a la Argentina como un destino gay. Por ahora estamos diseñando la estructura del directorio de esta Cámara y están comprometidos el Hotel Axel, Chueca downtown, LAN Airlines.” ¿Cuáles son las particularidades? “En principio deben aceptar los códigos de lo gay. No basta con poner una banderita con el arco iris para declararse gay friendly”, concluyó Noguera.

De empresas y marketing gay
La primera conferencia del segundo Encuentro Internacional de Empresas y Emprendedores Orientado al Segmento GLBT comenzará hoy a las 14.40 y versará sobre la historia de la Cámara de Comercio de Gays y Lesbianas en Estados Unidos. El título es “Negocios por la Igualdad”, los conferenciantes serán Chance Mitchell y Justin Nelson, cofundadores de la Cámara. Ambos explicarán cómo insertarse en las grandes corporaciones a través de la diversidad comercial y el impacto político desde la asunción del presidente Barack Obama. Luego hablará el canadiense Pascal Lépine, cuya cámara internacional con sede en Montreal representa a organizaciones de negocios de catorce países.

Durante esta primera jornada, también se hablará de turismo (con el caso testigo de Miami de por medio) y de Brasil como otro escenario potable para el segmento. Este último tema será abordado por los brasileños Clovis Casemiro (de las aerolíneas TAM), Talmir Duarte (de Parada Gay en Florianópolis) y Marta Dalla Chiessa (de la asociación de turismo GLBT). La última actividad será a las 18, cuando Matt Skallerud dé una conferencia sobre marketing, redes sociales (MySpace, FaceBook, Twitter, entre otras) y web 2.0, con orientación a este segmento. Skallerud fundó varios sitios web pioneros en el tema en Estados Unidos, como gaywired.com o lesbiannation.com.

Mañana las conferencias apuntarán a las campañas publicitarias y disertará el fundador de la consultora Out Now, que funciona en Londres y París. También hablarán Tom Nibbio sobre “Una visión global sobre el turismo gay” y Steve Roth (LAN Airlines) y Juan Juliá (de Hotel Axel). El viernes habrá una fiesta de cierre en Crobar. Las actividades que se desarrollan en el Centro Cultural de España en Buenos Aires (Paraná 1159) empezaron el 3 de julio y seguirán hasta el 23 del mismo mes. Se trata de la exposición “De la disco a la manifestación”, en la que participan artistas como la realizadora cinematográfica Albertina Carri, Leandro Allochis, Maite Cajaraville y Mujeres Públicas, entre otras. El 21 de julio, a las 19, se hará una mesa redonda allí sobre producciones culturales argentinas que abordan “las estéticas, los imaginarios y las problemáticas queer”.


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