domingo, 29 de marzo de 2009

Elogio de la pluma


Hace tres años, el 10 de marzo de 2006, con Alberto Migré se iba la pluma maestra de la telenovela argentina. En sensible homenaje, el poeta Fernando Noy, plumetí encarnado, evoca a esta y a otras tantas plumas que tan bien adornan la cola de este mundo, mundo pavo, pavo real.

Una pluma te saltaba desde cada ojo y movías el tuje como pavo real por lo que, ya desde niño, cómo no se iba a notar que eras evidentemente trolo, mientras tu padre recriminaba al cielo que no le hubieras salido Juan Domingo sino Evita.

A causa de sin permiso usar la augusta pluma cucharita, atesorada reliquia adentro del tintero en el cuarto o museo de las lágrimas, hasta que el vuelo poemático te granjeó la primera paliza inolvidable y seguro a modo de imprevisible venganza, la antigua tinta china manchaba la alfombra turquesa con tus propios talones fugitivos para siempre.

A los quince, en plena dictadura, también te detectaban el bamboleo plumífero y caías presa, coleccionando otro Segundo H, edicto de escándalo en la vía pútica, sólo por circular a la buena de Dios exhalando patchouli, masacrado por las botas de esas plumas de arsénico vomitadas como balas desde los patrulleros o patrullas de Eros.

Al tener que huir de tu país, fueron otras las plumas de aquella boa roja arrojada para cubrir algo de tu piel de Lilith desaforada sobre las propias ancas, inaugurando el ahora folklórico “bum-bum-less”, primer “cola-less” para el probable Record Gayness de Brasil, quien iba a decir importado por una bicha argentina que se sabía el samba desde otras vidas y apenas había logrado estaquear con tanzas hippies sólo el sexo bajo una estrella de mar embalsamada para desfilar en la Plaza Castro Alves de Bahía, oasis o imperio de la desmesura jamás visto, bajo la pluma invisible de tu piel amalgamando caricias, flashes o, por supuesto, lenguas.

También hubieron plumas de ébano y charol, con su altivez de cóndor al acecho en pupilas de tus amigas-hermanas el gran Pedro Lemebel o la gaúcha de Porto Alegre Caio Fernando Abréu que en los ‘70 insolentaba académicos declarando ser la Ney Matogrosso de los narradores que surgían en Brasil, hasta la siempre nuestra actual última diva Gran Marcova con el mismo plumaje sacro-obsceno que en los dedos buscones de Osvaldo Lamborghini comiendo Pipos de chorizo y flan de semen en las cazuelas de los cines Rose Marie, Eclaire o Avenida. Pájaros de Sodoma revoloteando la jaula pantalla donde nadie miraba, aferrados a los barrotes de piernas musculosas, marineras o bajo pantalones rasgados de Modart de los que al fin podían huir luego del chicle antropofágico, antigua ambrosía de los griegos.

Llegado a los ‘80, tu otra hermana, la inolvidable Batato, ideaba una puesta donde cada escena culminaba con la caída de una pluma bajo el cenital-genital como lengua alada que sólo tocaba el suelo para morder la almohada precipitándose en un abismo de gargantas, recuperando el vuelo, izada por el viento de aplausos.

Tantas plumas heredadas para una sola noche que ahora el recuerdo vuelve eterna, como las coleccionadas por la gran maga Gustavo Ros. Igual, quien más conoce sobre plumíferos secretos es la legendaria Vanesa Show, amiga-hermana a su vez de la diosa Nélida Roca, que sobre la desnuda piedra de su nombre encerraba el fetiche de un cuerpo escultural, irrepetible, dentro de otras plumas ardientes, imborrables.

Así aprendías que al estilo de las viejas carrozas pasivas en las perchas del closet, las plumas jamás se tocan entre sí porque acaban marchitándose, siempre rumbo al ansiado blanco braguetil que por suerte al fin se infla como el mejor gomón en un rescate.

Nada que ver con las cucias y negras de ciertas palomas buchonas ensordeciendo el cerebro desde los calabozos donde te trancaban.

Plumas por doquier, abanicando el vértigo yirando que incluso se volvían rock and roll desde las crestas aladas del pink-punk o las recientes plumas inoxidables y también ocultas en la plumífera manada de floggeys, rollingays o emosexuales que rutinan por suerte regresar, dentro de las bandadas galopando un placer donde el tiempo no pesa todavía con su feroz reloj de plumas de acero circulantes y la palabra pecado es un perfume en salivas enroscadas desde el celular o el imprevisto precipicio de una misma tabla como la cama volátil que jamás hubieras podido imaginar.

La educación sentimental

La primera vez que me encontré con Migré fue como una revelación. El había pedido que yo lo entrevistara en un evento público para homenajear a Claudio García Satur y mordí feliz el anzuelo: yo no había visto Rolando Rivas, taxista, pero sí el bulto de ese esplendor, ese James Dean bien alimentado que era Claudio/Rolando en 1972. Confieso que el prejuicio me había velado el conocimiento, más ocupado en buscar la filigrana intelectual que no deja nada entre los dientes, me había perdido el placer de escarbar en busca de los restos que deja la dentellada de lo popular. No sabía nada de Migré, pero aprendí rápido, como se aprende a amar a primera vista. Supongo que Paquito (Jamandreu) le había hablado de mí. El tenía el prurito de las maricas de traje y corbata, pero no por eso dejaba de ser lo que era. De hecho quería conocerme porque yo era más trola que él. Tenía la sensibilidad de las maricas precursoras de la camisa rosa, que en lugar de mostrar los dientes se escondían detrás del abanico de las convenciones.

Lo que recibí de él en ese contacto –y en todos los que siguieron, porque quedamos bastante pegados– fue una educación sentimental de lo popular, en la boca y la estampa de un clásico que sabía mirar y escuchar el otro lado del tejado de Corín (Tellado). ¿Cómo iba a saber que detrás de esa fragua de éxitos de televisión había semejante filosofía de tocador de braguetas y de culos? Migré me deslumbró con esa manera de entregarse, de convertirse en rehén del público. No para darle al público lo que quisiera sino para hablar con su lengua, sentir con sus emociones, poner un espejo para que puedan hacer sus morisquetas. El recibía como una orden del público lo que tenía que escribir. El es un icono, traspasó el misterio de la historia bien contada hacia la plena satisfacción de quien hinca el diente. La televisión después empezó con los arquetipos, los paradigmas, las boludeces. El, en cambio, sabía que si no intelectualizaba mucho, iba a descubrir la miga de lo que iba a amasar después. Tenía algo limítrofe en su sensibilidad marica: en él se ve lo magistral de la mujer, de la trola, pero encorsetado. Era propio de su tiempo abandonar la pluma por el trajecito negro. Pero era lo que pedía la gente. Y él tenía hambre de gente, de pueblo. Y sabía contagiarlo.


Fernando Noy
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Arnaldo, el misterioso


De amante irresistible en Piel naranja, pasando por el violento de Amo y señor hasta llegar a este maduro villano de Valientes, Arnaldo André ha recorrido un largo camino que comenzó cuando, recién llegado de Paraguay, quiso salir por la puerta del placard frente a la mirada atónita de Alberto Migré. Otras puertas se le abrieron gracias a la relación que comenzó entonces con el autor que le enseñó que el misterio sobre la propia vida puede ser la clave del éxito de un galán que se precie de tal.

La primera vez que se encontraron, al momento de salir del departamento, sin querer abrió un placard creyendo que estaba abriendo la puerta. El despiste le causó gracia a Alberto Migré, quien años después todavía recordaba el modo arrebatado de emprender la fuga de ese muchachito de rasgos aindiados y acento paraguayo, que esa tarde había leído durante dos minutos un pasaje de un libreto suyo, tiempo suficiente para que Migré diera por concluida la “prueba”, le estrechara la mano y le dijera “muchas gracias”. Pero, ¿quién iba a pensar que ese actor principiante, cuya belleza le auguraba destino de galán, pero que esa tarde había leído tan mal lo que Migré le había dado a leer, iba a terminar siendo el protagonista de muchas de sus telenovelas? ¿Quién iba a pensar que ese muchacho que se llamaba Arnaldo Andrés Pacuá, oriundo de San Bernardino, un pueblo a cincuenta kilómetros de Asunción, el mismo que acababa de malograr una oportunidad dorada, se convertiría en algo así como el prototipo del galán? Leyenda viva cuya fama supo extenderse por toda América latina y los Estados Unidos, y que fue capaz de conjugar en sus numerosos papeles la más honda ternura –como cuando en una escena memorable de Piel naranja le besaba uno por uno los dedos de la mano a Marilina Ross, susurrándole tras cada beso “rojaijú”–, así como el despotismo erógeno del macho que en Amo y señor repartía los sopapos que Luisa Kuliok recibía, alternando las mejillas para no quedar marcada.

AFAN DE PROTAGONISMO

Arnaldo André fue durante veinte años uno de los máximos sex symbols de la Argentina, pero nunca dejó que nadie metiera las narices en su fuero íntimo. Por eso no parece del todo casual que en esa escena de iniciación él aparezca abriendo la puerta de un placard (¡nada menos!) en su afán por escabullirse. Algo en lo que más de uno advertirá, cómo no, una clave simbólica. Más allá de que Arnaldo André ha sabido alimentar su propio mito, dejando que los demás murmuren y preservando, a su alrededor, un halo de misterio. No en vano jamás accedió a hacer una entrevista en su casa. Ni nunca se le ha conocido públicamente una novia (y mucho menos, un novio). ¡Justo a él, que durante años fue el hombre más deseado de la Argentina! A tal punto que se cansó de recibir regalos de sus admiradoras, llegando una de ellas al extremo de ofrecerle su fortuna para producirle una película. Destino de galán que André se empezó a forjar cuando Daniel Tinayre lo descubrió en una salita perdida de Belgrano en la que actuaba y le ofreció, a los veinticinco años, trabajar con Mirtha en la obra Cuarenta quilates. Una experiencia que le abrió las puertas para que Alejandro Romay lo contratara para hacer un ciclo de novelas cortas en Canal 9 que coprotagonizó con Alicia Bruzzo y Osvaldo Brandi, y que le permitió, al poco tiempo, volver a probar suerte con Alberto Migré, en pleno furor de Rolando Rivas, taxista. “Fue una amiga la que me convenció de que me hiciera tirar las cartas. Y una de las cosas que me dijo esa mujer fue que lo tenía que llamar a Migré cuanto antes. Así que lo llamé, especulando que no se acordaría de esa vez anterior en que nos habíamos visto. Migré accedió a tomar un café, nos encontramos, charlamos de esto y aquello, pero yo no me atreví a pedirle nada y él tampoco me ofreció nada. Así pasaron dos semanas hasta que lo volví a llamar y quedamos en almorzar juntos con la promesa de que tenía un ofrecimiento que hacerme. Ahí me dijo si me interesaría hacer un papel en Rolando. Un personaje del que se estaba hablando, pero que todavía no había aparecido. ¡Y eso a mí no me gustó nada porque yo pretendía que me dijera que iba a hacer un programa nuevo y que me quería como protagonista! Fijate lo pretencioso que era. Entonces Migré me dijo que cuando tuviera listo el libro, me lo mandaría. A la semana me lo mandó, lo leí y decliné la oferta, esgrimiendo alguna excusa, por supuesto. Pero al final me convenció y lo fui a hacer, desganado, más allá de que una vez allí puse mi mejor cara. Y me acuerdo del día en que cuando bajé del taxi en la puerta del canal un grupito de chicas se me vino encima para pedirme un autógrafo. ¡Y todo por un único capítulo en el que yo había aparecido unos minutos apenas! Ahí me di cuenta del error que hubiera sido no aceptar ese papel. Y así fue que Alberto Migré entró definitivamente en mi vida.”

UN HAPPY END

Luego de ese papel, Arnaldo André obtuvo al año siguiente su primer protagónico en Pobre diabla. Pero recién dos años más tarde le llegaría la consagración con Piel naranja, una novela en la que Migré trazó un triángulo amoroso entre un anciano, su joven esposa y el amante de ésta. En el último capítulo, el esposo liquida a su mujer, al amante y se suicida. Y así Piel naranja se convirtió en la primera telenovela argentina que terminó mal deliberadamente. “¿Por qué las telenovelas tienen que tener un código que las identifique? ¿Por qué tiene que haber un amor imposible a lo largo de la telenovela que al final se vuelve posible?”, dice André, quien ya se preguntaba en aquel entonces, cuando le sugirió a Migré evitar en Piel naranja el happy end, una idea que al autor al principio no le gustó mucho. “Yo pensaba que había que dar vuelta la telenovela, que había que mostrar otra cosa, sacarse de encima los lugares comunes. Después de todo, ¿por qué en las novelas tiene que haber un final feliz, si son los finales no felices los que más se recuerdan?”

Pero el rol de galán (¡y cuántas veces lo hemos oído quejarse por el encasillamiento padecido durante tantos años!) siempre le resultó limitado en su línea discursiva. “Después de las novelas de Migré, yo me fui a Venezuela y a Puerto Rico a hacer un tipo de televisión contra el que despotricaba, porque eran telenovelas malas en donde todo era exagerado y las relaciones no eran para nada creíbles, y que gracias a Dios nunca nadie las repitió en la Argentina. Pero, bueno, en ese momento me vino bien el cambio, irme. Y que en aquel entonces llamaran a un actor para trabajar afuera era algo halagador y poco frecuente. Cuando volví, Raúl Lecouna me ofreció hacer Amo y señor, y ahí sentí que existía la posibilidad de hacer algo nuevo. Ya no el típico galán romántico, el galán tristón y sufriente (porque antes los galanes lloraban: si la mujer lloraba un litro, el galán lloraba medio litro). Mi personaje en Amo y señor era un tipo fuerte, machista, peleador; un tipo que si necesitaba darle una cachetada a una mina se la daba, y para quien se hacía lo que él decía.

¿Y eso te parecía provocador o qué?
–Cuando arrancamos con Amo y señor, hacía muy poco que había vuelto al país la democracia, y la televisión venía de años de tocar temas, ya no digamos “rosas” sino directamente “blancos”. Había censura, no se podía hablar de ciertos temas. En las telenovelas casi no existían los triángulos amorosos; y si había alguno, era entre noviecitos. No se podía plantear una situación de infidelidad en el matrimonio. No se podía hablar de drogas. No se podía hablar de violaciones. Nada transcurría en una novela que tuviera que ver con asuntos como ésos. Y cuando empezamos a trabajar con Amo y señor en 1984, la apertura en la televisión ya estaba en marcha. Por entonces, Raúl Lecouna se atrevió a poner chicas en minifalda bailando arriba de una barra y con la cámara debajo. ¿Vos te pensás que en la época de los militares un galán iba a poder cachetear a una mina?

Pero André dice no haber recibido nunca un reclamo de ninguna agrupación feminista por fomentar la violencia de género. Aunque sí reconoce haberse cruzado con muchas mujeres que le pedían que las cacheteara (“En joda, pero me lo pedían”). Y si bien dice que en la Argentina es donde conoció a las mujeres más lanzadas, es fuera del país donde supo ser menos vergonzoso. “En otros países me atrevía a todo, hasta a cantar, cosa que acá no hubiera hecho nunca. En Venezuela, por ejemplo, llegué a grabar un disco. Bailé tap y canté ante dos mil personas en un teatro en Miami. Canté con mariachis en México. Y a veces, para divertir a mis amigos, les pongo los tapes y nos morirnos de risa viendo cómo bailaba. Pero acá es diferente. Decime si en la Argentina hay algún actor o actriz (y no me digas Natalia Oreiro, porque tampoco) que haya logrado pasar la barrera de su profesión y convertirse en cantante. ¡Ni uno! ¡No te lo perdonan! A lo sumo aceptan que hagas comedia musical, porque ahí sí se necesita que cantes y bailes. Pero, ¿dar un recital? ¿Grabar un disco? ‘Es poco serio’, piensan todos enseguida.”

KARMA DE GALAN

A esas formas menos serias de eludirle al galán (menos serias porque nunca soñó con convertirse en cantante) se les agregaron otras que le permitieron incursionar, en 1993, como actor de comedia en Gerente de familia. Admite que durante mucho tiempo sintió envidia al ver cómo otros actores hacían cine o eran convocados para programas de televisión en los que él no calificaba (El niño pez, de Lucía Puenzo, que puede verse en el Bafici por estos días, es la primera película que se estrena de los tres largometrajes en los que Arnaldo actuó en los últimos años).“Yo padecí muchísimo sentirme encasillado como galán, pero esa televisión fue muy generosa conmigo. Era una persona querida y todavía hoy sigo recogiendo los frutos de ese trabajo. Y la paga era muy buena. Pocos actores eran recompensados económicamente como yo. Y por eso digo que en la persistencia del galán el dinero fue un factor de peso. Pero no porque yo quisiera acumular fortuna, o para competir con otros colegas para ver quién ganaba más, sino porque tenía compromisos familiares asumidos desde chico. Y es hasta el día de hoy que sigue siendo importante saber que a mi familia no le falta nada. Fue así desde los once años, cuando murió mi padre. A esa edad empecé a trabajar como cartero en mi pueblo. A la mañana iba a la escuela y por la tarde era cartero. Aunque tampoco era que me pasaba el día entero trabajando: de las cartas que llegaban al pueblo, eran cinco o seis apenas las que repartía por día. En dos horas hacía el reparto y, como me sobraba tiempo, me quedaba cebándole tereré al jefe de correos. Ahora estoy escribiendo un guión cinematográfico sobre ese momento de mi vida. Luego fui asistente de mecánico, dependiente de almacén y, cuando nos mudamos a Asunción, hice un curso de radiofonía y a los 16 años ya era locutor de radio. Llegué a trabajar en tres radios a la vez y con parte de la plata que ganaba ayudaba a mi familia. Y tal vez fue ese rol de padre que asumí siendo tan chico lo que me permitió no sentir frustración de grande por no haber tenido hijos.”

UNA VEZ EN LA VIDA

Para André, el amor era el verdadero protagonista de aquellas telenovelas en que para hablar del estado de ánimo de un personaje se ensayaban metáforas y hasta se podía llegar a citar a algún poeta. Y así como antes la pareja protagónica jamás se besaba al principio y su beso era sumamente esperado, Arnaldo –quizás un poco chapado a la antigua– es de los que adhieren al fatalismo romántico que piensa que se ama una sola vez en la vida. “Yo no me he enamorado tantas veces como hubiera deseado. En realidad, soy de los que creen, de los que sienten, más bien, que uno tiene que enamorarse una sola vez en la vida. Y aunque te cueste creerlo, de todas las experiencias que tuve, en ningún caso me tocó a mí decidir los finales. Cuando mi papá murió, mi mamá tenía cuarenta años y usó luto los diez años siguientes. Nunca se volvió a casar, ni miró a otro hombre. Nosotros le hacíamos bromas, la cargábamos con algún conocido, le decíamos que tal o cual era un buen candidato, y a ella no le hacía ninguna gracia. Mi mamá murió siendo viuda de Pacuá. Y si bien no me parece un ejemplo a seguir, en el fondo la entiendo. Aunque con esto tampoco quiero sugerir que porque mi mamá fue así yo pienso que el amor sucede una sola vez en la vida. No. Pero lo que sí sé es que soy un hombre de compromiso. Y así como me comprometo en el amor, me comprometo en todo.” Y acto seguido agrega, agravando la voz y sesgando la mirada, de abajo hacia arriba, poniendo cara de malo: “Y ya no es necesario seguir hablando de esto”.

Pero seguimos. De una u otra forma seguimos hablando de eso. De lo que prefiere no hablar, más allá de que Arnaldo André lo asume como un tópico casi forzoso, parte de los gajes del oficio. De ahí que no lo tome por sorpresa la pregunta sobre si alguna vez le hizo caso al reclamo de la prensa del corazón de conocerle una novia. Dicho lo cual, contesta: “Muy al principio de mi carrera, cuando todavía tenía algunas ideas no del todo claras, de pronto me pedían hacer unas fotos con fulanita y yo me prestaba sin ningún problema. Incluso no tenía inconveniente en hacerle caso al fotógrafo cuando me pedía que la abrazara de tal o cual forma. Por eso no me sorprendía después, al cabo de una semana, cuando veía que en la nota publicada se me atribuía un romance con la tal fulanita. Se podría decir que yo me hacía el boludo. Pero al poco tiempo empecé a dejar de lado esas trivialidades. No me interesó más hacer ese tipo de notas y empecé a cultivar una imagen que es, hasta el día de hoy, la de un actor que sólo habla de su trabajo”.

Pero entre no querer contribuir a que una revista del corazón te invente un romance y decidir no hablar de tu vida privada, hay una diferencia...
–La otra vez alguien me preguntaba si tenía ganas de ir a ver a Liza Minnelli, y yo le decía que no, que no me interesaba, porque no tiene misterio la vida de esa mujer. Viene acá y va a lo de Susana, y todos sabemos quién es porque nunca tuvo empacho en que sus intimidades se ventilaran. En cambio, Madonna, con todo ese aparato que tiene a su alrededor y de quien se sabe tan poco, aunque creamos que sabemos mucho... bueno, ese misterio que la rodea es muy atrayente. Yo siempre pensé que alrededor de un actor debe existir eso. Yo jamás hago notas en mi casa. Odio esa cosa de andar diciendo: “Esta es mi cocina, este es mi baño, este es mi placard, este es mi living”. ¡Nada! Ni el frente de mi casa siquiera. En general, los periodistas han sido respetuosos con los temas que yo quería tocar en una charla. Y así como te dije que nunca dejaría que fotografiaran la piscina de mi casa, nunca permitiría que invadieran mi vida privada. Ni con quién vivo, ni con quién me acuesto, ni de cuántos miembros se compone mi familia, nada. Eso no debe interesar en absoluto. Y a esta altura tampoco tengo por qué decirte que no hablemos de este tema. La gente no sabe nada de mí y prefiero que no sepa nada. Es una fórmula que me ha dado resultado. El misterio, el misterio...

Patricio Lennard
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domingo, 22 de marzo de 2009

Raul Escari en la hoguera


La vanguardia del ’60 en el Instituto Di Tella, los 30 años bien vividos en París y la amistad cultivada con celebridades variopintas –Copi, Roland Barthes, Severo Sarduy, entre otros– alimentan el fuego de una autobiografía que arde en cada uno de sus libros y en cada conversación. Avanzando en el humo de su propia hoguera, Raúl Escari consigue que aparezca radiante la figura de “la loca”, que sigue viva burlando los malos pronósticos.

–¿No querés que te arme un joint?

No, gracias. No acostumbro fumar mientras trabajo.

–Es muy buena esta marihuana que me trajeron ayer. ¿En serio no querés? ¿Te armo uno para vos?

No, está bien, Raúl. Me dispersa el porro.

–Yo ya me fumé uno hace un rato, después de levantarme. Il n’y a pas des vacances pour l’herbe (“no hay vacaciones para la hierba”) me digo siempre, parafraseando la frase de Marguerite Duras, Il n’y a pas des vacances pour l’amour. Yo hace más de cuarenta años que fumo. Marihuana en Buenos Aires y haschís en Francia. Digamos que es parte del método: fumo y escribo al mismo tiempo. A Copi también le gustaba escribir fumado. Y a veces, de tan fumado que estaba, se le iba la mano. Como cuando en El baile de las locas los personajes cogen por el ombligo. Eso seguro que lo escribió fumado.

Copi, Duras, Enrique Vila-Matas, son algunos de los intelectuales que tuviste la suerte de frecuentar en Francia y cuyas anécdotas contás en tus dos libros, Dos relatos porteños y Actos en palabras, que publicaste en 2006 y 2007, respectivamente. Habiéndote codeado con tantos escritores, ¿por qué pensás que no te decidiste a escribir antes?

–No sé. Igualmente hablemos de publicar, porque escribir ya escribía. Yo estuve en la revista El Escarabajo de Oro, que dirigía Abelardo Castillo, adonde entramos al mismo tiempo Ricardo Piglia, Miguel Briante y yo, y de donde nos fuimos también juntos. Ahí publiqué mi primer cuento. Pero yo no soy un escritor profesional, ni mucho menos. Escribo cuando tengo ganas. Trabajé en otras cosas, hice otras cosas. Estuve en otro país más de treinta años. Trabajé en France Press como periodista. Antes de irme a París estuve en el Instituto Di Tella, hice dos happenings y uno de ellos se expuso hace poco en Nueva York. Me dediqué a vivir y a cultivar amistades interesantes, y eso se ve en lo que escribo. Ese culto a la amistad que marcó mi vida.

Sí. Y también llama la atención que tu ingreso a la literatura haya sido por el lado de la autobiografía...

–Todo es autobiografía. Y el libro que estoy haciendo ahora es autobiografía, y el otro va a ser autobiografía también. Ya siento que estoy instalado ahí. De hecho, acaba de salir un libro del crítico Alberto Giordano que se llama El giro autobiográfico de la literatura argentina actual, y el segundo capítulo está dedicado a mis libros. Así que... ¡hay una tendencia, hay una tendencia!

En tu caso, se trata de la autobiografía de una “loca”, palabra que preferís para describirte. Pero, ¿adónde han ido a parar las locas? ¿Qué ha sido de ellas?

–Cuando escribió la bibliográfica de El baile de las locas de Copi en 1977, Guy Hocquenghem consideraba que las locas eran obras de arte en vías de desaparición. Ya entonces él las veía como algo anticuado. Y ese peligro de extinción fue el mismo que después pareció correr la homosexualidad con la epidemia del sida. En aquel entonces se morían todos a la vez: se moría uno y, no bien terminaba de morirse, ya estabas al lado de otro que había sacado turno. Yo me lo pasé seis meses así, de hospital en hospital, viendo cómo se morían amigos míos. Copi, Guy Hocquenghem, Michel Creesole... ¡Se morían todos! Te puedo hacer un memorial, porque Francia era donde más se morían. Pero ese peligro de extinción después se comprobó que no era cierto, incluso en lo referido a las locas. Acá tenemos a la gran Marcova y todos lo sabemos. ¡Como para decir que las locas han desaparecido! Tenemos a la gran Marcova y con eso basta. Hasta donde sé, ella da unos cursos para “ser loca” y cobra alrededor de cincuenta dólares –como si fuera un psicoanalista lacaniano, que puede cobrar mucho dinero–, y te lo enseña divinamente. Pero las locas interesan cada vez menos, para qué engañarnos. Aunque tal vez eso se modifique si saliera a la luz algún caso de una loca que ha dejado de ser loca. Ese sería un caso que se podría exhibir en la Salpêtrière, un ejemplo extraordinario: una que fue loca toda su vida y a los 55 años se volvió heterosexual de golpe.

Al principio de Dos relatos porteños, vos das vuelta la famosa frase de Simone de Beauvoir (“No se nace mujer: se llega a serlo”) y decís que “no se llega a ser loca sino que se nace loca”. ¿De qué modo comprobás eso en tu caso?

–Sabiendo que me comporto como una loca desde que tengo uso de razón, lisa y llanamente. Ni siquiera la temprana muerte de mi padre influyó en ello: yo era loca desde antes. De chico tenía un álbum con fotos de actores y actrices y, después de que vi a los siete años La princesa que quería vivir, Audrey Hepburn se convirtió en mi objeto de adoración, al punto de que yo imitaba sus gestos. Me encantaba la manera que tenía de cerrarse el cuello de la robe de chambre con la mano derecha, mientras que con la izquierda se ajustaba la cintura, en la conferencia de prensa al final de la película. También recuerdo haberme excitado de chico leyendo Robinson Crusoe, el primer libro que leí de punta a punta. Particularmente en la escena en que Viernes hace su aparición y se planta frente a Robinson –que hasta ahí cree ser el único en la isla–, para luego arrodillarse en señal de sumisión, quedando su rostro, su boca –me imaginaba yo– a la altura de los genitales del otro. Pero yo no era de leer mucho en mi infancia, en realidad, y todos los libros de la colección Robin Hood que me regalaban para mi cumpleaños, casi todos historias de piratas, ni siquiera los abría porque estaban lejos de amoldarse a mi interés de niño gay que se sentía más atraído por el cine.

Y como buena loca, en tus libros hablás bastante de pijas también...

–Como todo gay, por supuesto. ¿Pero qué hay de raro en ello? Ser gay es formar parte de la cultura de la pija.

Pero de ahí a dar nombres y decir que, entre los intelectuales argentinos, el que tiene la pija más grande es Noé Jitrik (dato que decís haber chequeado preguntándoselo a Tununa Mercado, su mujer), hay alguna diferencia...

–Bueno, pero eso es una pavada, un chisme boludo. El otro día, Pablo Pérez me dijo que había leído una novela que se llama Puto, y que en todo el libro no había una sola mención a la pija. Y eso te da la pauta de que la pija es algo tan evidente, tan consustancial a lo gay, que en un libro así hasta se puede prescindir de mencionarla. Casi como a los camellos en el Corán, según la célebre acotación de Borges.

Vos te fuiste a París a fines de la década del ’60 y eso hizo que ser gay en tu juventud fuera para vos más fácil. ¿Cuánto hubo de autoexilio sexual en tu partida?

–La verdad, bastante. En el Instituto Di Tella, entre los hombres, había una amplia mayoría homosexual, pero casi todos tapados, a excepción de Alfredo Arias y Juan Stoppani. Los héteros de nuestro grupo equivalían al porcentaje, aunque de signo contrario, que Kinsey destinaba demográficamente a los homosexuales: el diez por ciento. Y a la hora de atacar al Di Tella los medios no hablaban del lado gay sino del lado frívolo o “divertido” (eufemismos, sin duda). No obstante, una beca que me gané para ir a París me permitió salirme de mi familia y dejar atrás el clima de homofobia y machismo que se respiraba y todavía se respira, aunque menos, en Buenos Aires.

Y de todos los gays eminentes que conociste en Francia, ¿con alguno pasó algo?

–¿Si me acosté con alguno, decís? Bueno, en una entrevista que me hizo María Moreno, que es una de las mujeres que más adoro en el mundo, le dije que con Copi, que fue mi gran amigo, tuvimos sexo una sola noche, algo que no se repitió después. Pero bastó que lo contara para que algunos ya me caratularan como “el amante de Copi”, nada menos cierto. En esa entrevista también le hablé de la vez en que Michel Creesole me preguntó si me acordaba de cuando nos habíamos fumado las cenizas de Copi. Una anécdota que después se hizo célebre, pero que no sé a ciencia cierta si fue realmente así porque ese día (un día después de que lo cremaran a Copi) nosotros estábamos en la casa de su madre y fue Michel el que le pidió permiso para armar una pipa de hasch. ¡Pero yo no vi que él abriera la urna donde estaban las cenizas y metiera un puñado en la pipa! Por lo que no sé si efectivamente nos fumamos las cenizas o si fue algo que él me quiso hacer creer.

¿Pero acaso importa que sea verdad esa anécdota?

–Importa si me rijo por el “criterio de verdad” que me impongo en la escritura autobiográfica, como digo en el prefacio de Dos relatos porteños. Aunque Gombrowicz era de la opinión de que la mistificación es recomendable para un escritor: “Enturbiar un poco las aguas a su alrededor para que no se sepa bien quién es”, decía. Y no es un mal consejo, si uno lo piensa un poco. No está mal mentir si eso hace más interesante una historia. Como tampoco estaría mal que te lleves de regalo este joint que estoy armando, total te lo podés fumar después tranquilito en tu casa.

Patricio Lennard
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domingo, 15 de marzo de 2009

Casa tomada


¿De qué se trata un año cuando el tiempo se estanca tantas veces en un minuto; un minuto en el que, por ejemplo, tres adorables criaturas lloran a la vez? Bueno, también puede ser que sólo una llore mientras el otro intenta quitar el protector del enchufe en silencio y la tercera, al mismo tiempo, sacude una lámpara de pie que por supuesto ya no está. “Hace un año –cuenta Andrea, una de las mamás de Jazmín, Abril y Santiago– teníamos muebles, ahora lo que queda está en venta por Internet.” Pensamiento práctico el de esta mujer de 40: de eso se trata el tiempo, ahora está, ahora no está. El tiempo es relativo, dice, pero igual se lo trata como si fuera un objeto inútil (o mejor, peligroso): no se busca el perdido, ni se ahorra el que faltará. Y es que no hay lugar para mucho más cuando se han tenido trillizos después de quince años de adorable pareja –“claro, si te la imaginás como un paisaje caribeño, pensá que cada tanto pasa un huracán”– y planes cumplidos minuciosamente: el auto, la casa, el trabajo independiente. Recién entonces los hijos, que tardaron apenas seis meses –el tiempo de gestación– en arrasar con todo.

Andrea y Silvina recurrieron a la fertilización asistida con donante anónimo, hicieron tres intentos, una mínima –de rutina en estos procedimientos– estimulación ovárica y voilá! Los tres “folis divinos” –y sí, la maternidad o su deseo somete a las mujeres a todo tipo de pavadas– que anunció sin rubor la ecógrafa augurando una inseminación exitosa se convirtieron en dos niñas y un niño que antes de hablar aprendieron a sobrevivir y enseñaron en silencio a sus madres que el deseo de vivir es voraz de caricias, presencia, constancia. No lo sabía Andrea el día que tuvo que abrir las historias clínicas de los tres en neonatología, todavía vestida con el ambo del quirófano donde Silvina se recuperaba después de la cesárea. Ella creía que tenía que ser fuerte. Había hablado sin parar mientras los tres emergían del vientre de su amor, tan chiquitos como una palma, sin saber siquiera respirar. Había contado chistes, se había tragado las lágrimas, había apretado la mano de su mujer como si así pudiera quitarle el miedo. Pero en la puerta de neo el personaje se deshizo en cuanto alguien más la abrazó: otra pareja pasaba por una situación similar y sin preguntas supieron lo que ella necesitaba. Todavía lagrimeaba cuando le dictó a la enfermera los nombres de sus hijos y explicó que eran dos madres y que el casillero del padre quedaría en blanco. “Mirá vos –dijo la mujer soltando la birome como si le hubieran pasado un mate–, justo estábamos el otro día hablando de eso y yo decía que a mí no me parecía bien... qué sé yo... ¿cómo van a hacer?” ¿Y a ella qué cuernos podía importarle? “La verdad que no tengo la menor idea, pero supongo que no va a haber ningún problema... salvo que nos quedemos discutiendo boludeces en lugar de abrir las historias clínicas.”

En el último año, además de perder muebles, Silvina y Andrea aprendieron a perder el miedo: sus hijos cruzaron la barrera del peligro que acecha a los prematuros. Y se deshicieron de las planillas: no más anotar cuánto comieron, cuánto bebieron, qué vitamina le toca a cada cuál; los tres caminan, crecen, comen con placer, saben cuál de las dos es mamu y cuál es mami y que la treta del débil –que ya no lo es tanto– es un espacio en el medio de la cama grande. Ellas, a su vez, entendieron en el cuerpo que parte de estar vivas es ser testigos de cómo se desbaratan los planes: “Tener trillizos fue como haber sacado pasaje en un crucero a Puerto Rico y a mitad de camino enterarnos de que vamos al Polo Norte. Hay que arreglarse para sobrevivir en el frío con la misma bikini que llevabas para la playa.” Pero las dos saben que el amor es una corriente sobre la que se puede flotar con los ojos cerrados –aun sin trabajo, con el auto vendido, la casa tomada– y a su ritmo se abandonan, usando de timón un optimismo parecido a la locura. Si este año pasó, pasarán también otros. Y tal vez ellas consigan tiempo para perderse cada una en el cuerpo de la otra. O para dormir. O para conseguir trabajo. Y por qué no tres vacantes en el jardín de infantes municipal. Y entonces sabrán de nuevo que, aunque hay minutos que el cansancio vuelve eternos, el tiempo es apenas un parpadeo y que ellas, chicas audaces, supieron atrapar la aventura en ese mínimo intervalo.

Marta Dillon
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miércoles, 11 de marzo de 2009

La justicia israelí otorgó a una pareja homosexual la adopción de un hijo


El tribunal familiar de Ramat Gan otorgó a una pareja de homosexuales el derecho de adopción de un joven de treinta años también homosexual y al que acogieron cuando tenía dieciséis, en un proceso legal sin precedentes.
La sentencia convierte a Iosi Even-Kama en hijo a todos los efectos del ex diputado de la Knéset, profesor Uzi Even y Amit Kama.
El procedimiento judicial se inició hace dos años debido a que la Universidad de Tel Aviv rechazó otorgar a la pareja Even-Kama los descuentos en los gastos de matrícula reservados para los hijos del personal docente de la facultad. Even es profesor de química de dicha institución.
Sin embargo, la historia sin remonta a 1995, cuando la pareja albergó en su casa a Iosi, que había sido rechazado por su familia debido a su condición de homosexual.
Uzi y Amit se casaron mediante el registro civil en 2004 en Canadá, y han actuado como padres de hecho de Iosi aunque hasta el asunto fue llevado a los tribunales en 2007 para legalizar la situación.
La adopción legal de Iosi fue facilitada por la renuncia de su padre biológico a sus derechos como progenitor. El mismo expresó su satisfacción con la resolución legal porque considera que "es lo mejor" para el joven.

www.aurora-israel.co.il

viernes, 6 de marzo de 2009

Buena leche


Iba a decir que Milk mostraba un despertar político meteórico como la salida de Athenea del interior de la cabeza de Zeus y no de un contexto ya sedimentado por las luchas feministas y gays iniciadas en los ’50 y ’60 –Gus Van Sant muestra mediante un efecto óptico de acelere cómo la pareja Milk/Smith aprieta frente a su local luego de la pelea con el licorero straight de enfrente y de pronto empieza a llegar todo el mundo–. Que en San Francisco, por tiempos del consejero Milk, ya había un amplio movimiento de gente que entiende, en bares para mostrar señales de código con el pañuelo de bolsillo, saunas en donde no importaba que se hubiera cortado el agua, baños de casas particulares en los que se tenía que adaptar las coreografías eróticas a la presencia de la bañadera o esquinas conocidas en donde fingirse Querelle de Brest con el pie apoyado en la pared, pose ideal para marcar los cuádriceps. Que la única lesbiana en cuestión hace prensa para Milk como en cualquier organización conservadora. Que por aquellos años no sólo existía la revista The Advocate y sus empresarios de aire libre con piscina aunque grandes difundidores de la causa, sino también Guy Sunshine en donde Gore Vidal se quejaba de que los varones jóvenes hubieran dejado el patio trasero en donde jugaba béisbol para sentarse horas ante la tele, lo que los había hecho “muy blandos, caídos de hombros, músculos flácidos, caderas anchas, voces agudas”. Y que antes que The Advocate estuvo The Ladder, editada por las lesbianas de Daughters of Bilitis y que empezó a salir en la década del ’50. Iba a preguntar: “¿Por qué en Milk el único a quien nadie quiere, es bastante hinchapelotas y se suicida, es latino? Pero luego pensé que escribir todo eso era pecar de “incertidumbre radical”, esa suerte de trotskismo parapolítico en nombre del cual se pone en cuestión un objeto valioso pero, como todos, determinado por sus condiciones, aún las que ha logrado burlar, mentando un hubiera que, como decía el viejo Sartre, es un verbo que no existe políticamente hablando.

Porque Milk es una gran película en situación (otra vez el viejo Sartre, pero ¿por qué no? ya que Los caminos de la libertad es una novela que termina, aunque pocos existencialistas lo recuerden, con que un gay adopta a un bebé). En este caso en situación significa conseguir el Oscar sin cambiar de piel y sin querer convertir a los ya convertidos –como suele suceder en los diálogos entre bellas conciencias–, sino alcanzando o intentando alcanzar sino el voto o la cabeza, al menos por ahora, el corazón de los adversarios. Si recién pedía un contexto, tendré que recordar que en Hollywood un héroe no tiene contexto: tiene enemigos. Y que no es verosímil: es valiente. Si en Los últimos días y Paranoid Park Van Sant había erotizado el cuerpo masculino con un estilo platónico que mostraba bellezas sublimes en semidesnudos edénicos en donde la carne parecía inconsciente de sí misma, en Milk aprovecha la legitimidad documental del unisex para tapar con ropa culos y otros bultos: era preciso pelearle a Hollywood la larga tradición hetero del beso y el mejilla a mejilla. Entonces insiste en el plano corto. Si la ausencia en escena del histórico chongo o su sorprendente angelización a través del personaje de Clive Jones puede ser cuestionada como un error histórico, Van Sant puede justificarla no sólo por un ellos eran así como lo hace, hacia al final de la película, con la aparición de los protagonistas verdaderos sino, a la manera de nuestro Néstor Perlongher, privilegiando en todas sus variantes a la loca por haber sido durante tantos años la figura preferida por la represión debido a su portación de visibilidad y estigmatizada aun dentro del mismo movimiento de liberación gay. Sin embargo, Gus Van Sant logra poner en juego matices suficientes como para que, en el grupo militante en torno a Harvey Milk, se perfilen ya las diversas formas de pensar y vivir lo gay, con acentos diferentes en lo jurídico, práctica erótica y forma de vida diferente, Apolo o Dionisios, traje con corbata o peluca. Milk repolitiza el outing quitándole el sentido actual de confesión pública espectacular para devolverle su función de acto individual decidido por estrategias colectivas de acuerdo a un proyecto político: en Milk darse a conocer se realiza tanto para exigir el reconocimiento de las diferencias como para mostrar que ya se está en todas partes en dirección a un poder que implica derechos para todos.

Si Milk parecía referirse a luchas del pasado liquidadas por un presente de difícil pero segura integración, la actual amenaza de anulación del matrimonio gay le da una indeseada vigencia. El Oscar a Sean Penn como mejor actor elige también al personaje, un líder político por sobre otro, el luchador individual, interpretado por Mickey Rourke y pegado a su propia vida: la rehabilitación (cambiar) es uno de los caminos para retornar a Dios y a la sociedad más caros al puritanismo. Y Anita Bryant le habría regalado una de sus naranjas fundamentalistas de líder amparada por una empresa juguera a Mickey Rourke o a su personaje, y llorado ante la biografía popular de uno y de otro, pero nunca a Sean Penn que, encima, es de izquierda, como no lo hizo a Harvey Milk.

Es cierto que muchos gays han declarado de mil maneras su amor a la tradición del melodrama y que el reconocimiento de las diferencias se reclama poniendo en escena casos irrefutables de inequidad pero que tanto en Milk como en Secreto en la montaña, pasando por Filadelfia, por lo menos un gay termine muerto, hace desear un cambio de ficción. Tal vez algún Oscar futuro sea para una película en donde el gay protagonista venza y viva sin pasarse a la comedia.

MarIa Moreno
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domingo, 1 de marzo de 2009

Niños trans


¿Qué haría usted si su hijo varón dice que quiere ser mujer? Hasta hace poco, frente a una situación así, la mayoría de los padres buscaba ayuda psicológica para intentar revertir algo que, a sus ojos, andaba mal. Pero ahora, en países como Estados Unidos, Canadá y Noruega, eso está cambiando: apoyados por médicos y psicólogos, muchos padres de "niños transgenéricos" dicen que no hay nada malo en que varones de cuatro años vayan al colegio vestidos con falditas rosadas y nenas de la misma edad, con el pelo corto y gorras de béisbol.
El caso de pequeñines que nacen con un sexo, pero desde chicos se sienten de otro, no es tan raro como parece. Si uno le pregunta a cualquier maestra jardinera seguro recordará algún alumno que llegaba al colegio con mochila de Barbie y que, al dibujar a su familia, se retrataba vestido de mujer.
"Dios te hizo hombre por alguna razón", le dijo una madre a su hijo después de verlo disfrazarse reiteradamente con tacos, collares, cartera y una toalla en la cabeza. "Dios se equivocó", contestó el niño. Tenía seis años recién cumplidos. Esto lo contó la madre en mayo de 2008 en Filadelfia, EE.UU., durante la Trans-Health Conference , un encuentro de padres de niños trans y psicólogos especialistas en la materia.
Algunos médicos en Estados Unidos han empezado a tratar a chicos así con drogas que bloquean la pubertad. La idea es dejar que, al aproximarse la adolescencia, a las niñas no se les desarrollen los pechos y que a los varones no les cambie la voz ni les salgan pelos enrulados en el cuerpo. Después, cuando sean adultos, podrán hacerse más fácilmente una operación de cambio de sexo.
Más allá del rechazo que pueda causar la idea, tal vez la pregunta fundamental tenga que ver con quiénes somos y cuál es el origen de nuestra orientación sexual. ¿Somos nuestras vivencias, somos nuestros cerebros, somos nuestros afectos? ¿Es cierto, como argumentaban las feministas, que el género es una construcción social? ¿Qué ingrediente pesa más en la formación de la identidad?
Cabe preguntarnos si el horror inicial que sentimos cuando nos enteramos de esto no se basa en un prejuicio. Basta buscar transgender children en Internet para encontrar cientos de entradas que narran el rechazo que muchos de estos niños sufrieron desde chicos por parte de su familia. La mayoría llega a la adultez odiando sus cuerpos y con largas historias de depresión.
Una de las madres que asistió al encuentro en Filadelfia afirmó que la tristeza de su hijo se había curado "al dejarlo usar una faldita". ¿Será así?, ¿tan fácil? ¿Cómo estar seguros de que un niño varón es mujer y no, simplemente, gay? ¿Qué grado de seguridad hay que tener para tomar una decisión que puede alterar tan radicalmente la vida de un hijo?
Para los padres de niños trans , el gran problema es que tienen que tomar decisiones trascendentes por sus hijos cuando ellos todavía son muy pequeños para hacerlo. Todo lo que decidan podrá cambiar su vida para siempre. ¿Cómo estar seguros de que dejarlos ser felices ahora garantizará su felicidad futura? Y al revés: ¿cómo estar seguros de que el camino que conduce a mayor salud mental y alegría es evitar cada día, cada hora, que los niños se vistan y actúen como quieren?
Tal vez en esto, como en tantos otros temas que rozan la intimidad de nuestros semejantes, sólo las personas afectadas, sus familias y algunos expertos tengan verdadero derecho a opinar. Los demás, aquellos que nunca hemos experimentado algo similar, lo mejor que podemos hacer es mantener un silencio respetuoso ante aquello que, por desconocido, escapa de nuestra comprensión.

Mori Ponsowy
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Matrimonio, ese deseo prohibido


Se puede echar una mirada a esta imagen y cerrar los ojos. Hacer silencio para que se apague el bullicio que impone el mármol negro, el juego de espejos, la cuenta innecesaria sobre si hay dos o tres lavabos en ese baño: las marcas de la burguesía. ¿Qué quedaría entonces en la memoria? Seguramente, la niña. La niña dos veces en la foto; la niña, su abrigo peludo, su mirada oblicua, sus ojos enamorados de ese hombre que, se sabrá después —cuando un epígrafe aporte más datos para encuadrar la imaginación—, es uno de sus padres. El otro padre tal vez ya haya pasado por el baño; es el día de la boda de los dos hombres y por eso la niña luce engalanada. Esa podría ser la razón, también, de la mirada curiosa: ella tiene edad para saber que es un privilegio asistir a la boda de los padres; la mayoría de las bodas suceden cuando los niños o las niñas aún no han nacido. Es un evento extraordinario, entonces, como podría ser cualquier fiesta, salvo que las de este tipo, así llamadas bodas, matrimonios, casamientos, suceden en pocos lugares del mundo. Casi se los podría contar con los dedos de la mano. Pero la demanda para que existan da la vuelta al mundo, al mundo occidental, al menos. Casarse sigue siendo un sueño para quienes lo tienen prohibido por la ley y por eso la emoción en la voz del joven guionista de Milk —Dustin Lance Black— cuando enunció en público ese deseo de adolescente, “enamorarse y casarse”, casi una pancarta política en el estrado de la ceremonia de los premios Oscar, en el estado que acaba de quitar el derecho al matrimonio a las parejas del mismo sexo.

La niña de la foto se llama Stassa. Su imagen —tomada por Mattia Insollera—, pero seguramente también su historia, acaba de ser premiada con el World Press Photo, un galardón al que cualquier reportero o reportera gráfica que se precie aspira a lo largo de su carrera. Sus ojos curiosos, la pizca de orgullo que se puede adivinar en ellos cuando la mirada se enreda con lo que ya se sabe de ella, forman parte de la galería de la memoria de esta época, en la que todavía el matrimonio puede ser un evento extraordinario, aunque sólo merced a la restricción a la que está sometida buena parte del mundo.

Sin autor
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sábado, 21 de febrero de 2009

De otro planeta


Como presidenta del jurado del Festival de Berlín, acaba de entregarle el Oso de Oro a una película peruana que aborda la violencia de género. En los cines locales todavía se la puede ver desafiando los límites que impone la vejez en El curioso caso de Benjamin Button. Ultimos capítulos, apenas, en la historia de Tilda Swinton, la actriz de la estampa andrógina, la mujer que inspiró a Derek Jarman —actúa en siete de sus ocho películas— y que ahora alienta un documental para recordarlo y honrarlo, la que ha sabido desafiar el sistema de géneros en cada uno de sus roles... Tilda Swinton, esa chica que no se anima a afirmar sin dudar que es realmente una chica, habló en exclusiva con Soy de lo que fue y lo que vendrá.

Dicen que Derek Jarman la eligió para su película Caravaggio por su aterradora semejanza con las mujeres que aparecen en los cuadros de ese pintor. Pero también es posible afirmar que Tilda se asemeja a las mujeres de Cranach, de Botticelli o de Vermeer, quienes a su vez no se parecen entre sí. “No es que yo tenga nada muy especial, de hecho soy idéntica a muchas personas de mi familia en Escocia, hasta diría que soy mi padre sin bigotes”, bromea ante la insistencia de los comentarios sobre su estilo andrógino (y freak también). Lo cierto es que un don enigmático y al mismo tiempo amable reside en esta estampa, cuerpo y rostro lavado, que ha convertido a Tilda Swinton desde el encuentro con Jarman en 1985 en un icono top de la moda andrógina, en una referente de la libertad queer, especie de celebración andante de lo ambiguo. Si luego de trabajar en siete películas con Jarman aún le faltaba salir del caparazón local británico, en 1992 le tocó protagonizar Orlando de Virginia Woolf en la versión de Sally Potter. Desde entonces, el cuestionamiento de géneros e identidades fijas que parece encarnarse en su figura, tomó carácter internacional. Resulta muy difícil no ver algo de lo que planteaba Virginia Woolf en su personaje capaz de mutar cuando Tilda Swinton hace de bruja blanca en Las crónicas de Narnia o cuando interpreta al ángel en Constantine, de Francis Lawrence. Y lo mismo ocurre cuando aparece en tramas mucho más realistas, como en la película Julia, de Erick Zonca, donde hace de alcohólica, o en el rol de amante de Ewan McGregor en Young Adam. A lo largo de su brillante trayectoria en el cine europeo, que últimamente incluye una promenade por Hollywood, ha participado en numerosos films decididamente queer, o que plantean una temática Glttbi, lo que no parece ser a esta altura una mera casualidad sino parte de una militancia personal y estética contra los límites que encierran las vidas, las inteligencias y los cuerpos. Acaba de terminar de filmar en España una película de Jim Jarmusch junto a Bill Murray y Gael García Bernal. También tiene en el tintero un proyecto con Marilyn Manson como director de un film sobre Lewis Carroll y trabaja actualmente en la creación de una fundación, que cuenta con el respaldo de la World Cinema Foundation, entidad dirigida por Martin Scorsese, y cuyo objetivo es regalar un paquete de películas a los niños que cumplan 8 años y medio para introducirlos en el mundo del cine.

Esta mujer de 48 años, sin rictus de cirugías ni de maquillaje, pero tampoco del paso de un tiempo cruel, llega a la cita con un despampanante tapado bermellón que nunca se quitará durante la entrevista y ante cada pregunta se rasca la cabeza, como quien se propone buscar las palabras justas con el método más rudo y elemental. Cuando le preguntan cómo nació su relación con Jarman, sobre quien el año pasado realizó un notable documental, rechaza por completo la palabra musa, porque le resulta demasiado pasiva. No sólo para ella sino para él. Prefiere aventurar que tal vez fuera su extraño parecido con una mujer pintada en un cuadro de Caravaggio, el verdadero motivo de lo que fue una amistad, una conversación interminable hasta la muerte del director en 1994. Si la palabra musa no le gusta para su relación con los directores de cine, la palabra modelo le queda chica para la inspiración que significó Tilda en varios modistos de alta costura y sobre todo en la dupla de Viktor & Rolf, cuyas camisas andróginas le deben mucho al torso de Swinton.

Si dejamos afuera la palabra musa, ¿cómo se define?

—Me considero más bien una suerte de modelo del artista, porque así es como me enseñaron a trabajar. La performance más emblemática para mí es la del burro en la película Au hasard Balthazar de Robert Bresson. Ese es mi objetivo, es mi santo grial. Tratar de ser tan animal como ese burro.

¿Con qué criterios elige sus roles?

—Nunca elijo los roles, elijo a la gente. Esto tiene que ver con el hábito que desarrollé en los comienzos de mi carrera. Todo empieza con una conversación, luego de ahí salen los proyectos y, por último, veo qué voy a hacer en la película. Para mí el rol en sí mismo es lo menos importante.

¿Cómo surgió la idea del documental titulado Derek sobre Derek Jarman?

—La idea surgió de una conversación que tuve con los dos productores del documental, Colin McCabe e Isaac Julien. Decidimos realizarlo porque, durante nuestros viajes por el mundo para hablar con estudiantes de cine, nos dimos cuenta de que nadie sabía quién era, y de que tampoco se podían conseguir los DVDs de sus películas. Y esta ha sido una gran frustración para mí en los últimos diez o quince años. También hicimos este documental para honrarlo y para rememorar la época en la que él hizo sus películas.

¿Qué tenían de especiales los tiempos de Jarman?

—Eran tiempos en que nos quejábamos porque era difícil hacer películas y por el clima político, sobre lo difícil que era ser un artista de la resistencia cultural contra Margaret Thatcher o Ronald Reagan. Aunque, en realidad, las cosas funcionaban mejor en esa época porque había financiación para el cine, cosa que ya no existe. Te daban un poco de dinero y tenías la seguridad de que ibas a recibir más para los próximos cinco proyectos, entonces el artista tenía la posibilidad de desarrollarse. Ahora todo se rige por el mercado, hay un organismo que está supervisado por la lotería a la que sólo le importa generar ganancias. Les interesa más el dinero que la cultura. Y creo que esto está relacionado con el colapso de la televisión. Antes había una industria televisiva digna, no se hablaba de la industria del cine y por eso se podían hacer mejores proyectos.

¿Cómo definiría el legado de Jarman?

—Su impacto es muy particular. Fue un activista cultural, y no sólo me refiero a su actividad política sino también a su lucha contra el sida y las doctrinas represivas del gobierno británico. Jugó un papel muy importante en la resistencia cultural, incluso a nivel internacional. Y como artista británico fue muy significativo porque formó parte de una larga e ilustre tradición en el mundo del arte. Inglaterra, como todos los países pequeños, es muy buena para enterrar a sus más grandes artistas. Derek es un ejemplo maravilloso de un artista internacional que logró prevalecer y tener un impacto también en su propio país.

La película Orlando presentó con una potencia inigualable la ambigüedad de los géneros, lo lábil de los compartimentos preestablecidos. ¿Cómo ve usted esta cuestión?

—El film está basado en el texto clásico de Virginia Woolf, que fue escrito hace mucho tiempo. Yo pienso que, como en cualquier posibilidad de transformación, uno también puede jugar con el cambio de género. Mi idea de identidad de cualquier tipo es que no estoy segura de que realmente exista. He examinado esta idea de forma lateral desde que hice Orlando y otros films que tocaban el tema de la transformación de género. Por ejemplo, últimamente estuve pensando sobre lo que significa ser madre. Cuando se es madre, ¿se pierde todo o se puede retener una identidad multifacética? Toda esta idea de transformación y de género me interesa como actriz. Es un tema muy personal: yo puedo decir categóricamente, como lo hace Orlando en el film, que probablemente soy una mujer.
¿Probablemente?

—No sé si alguna vez voy a poder decir que soy una chica, por mucho tiempo me sentí como un chico. No lo sé, quién sabe. Voy cambiando.

Hay una escena en la que Orlando experimenta la muerte y luego decide transformarse en mujer para poder dar a luz. ¿Qué significado le encuentra usted a esta escena?

—Orlando trata del espíritu. Me acuerdo de que cuando filmamos esa película pensaba que el film era sobre la transformación, porque ésa era mi tarea como actriz. Pero ahora creo que el objetivo de Orlando no era cambiar sino continuar siendo la misma persona. Hace poco vi el film nuevamente y me conmovió esa sección de la película en particular, la parte de la transformación, la escena de la batalla, porque soy hija y hermana de soldados. Pienso constantemente sobre qué hace eso al espíritu, tener que tomar el tipo de decisiones que tienen que tomar los soldados.

¿A veces la coherencia se encuentra en el cambio, en la transformación?

—Orlando tiene la ventaja de poder transformarse, no todos tenemos ese privilegio. Pero pienso que el personaje intenta ser coherente con su espíritu, es decir, para lograr mantener unido su espíritu decide transformarse en una mujer.

Más de una vez ha interpretado roles masculinos. ¿Sabe por qué será?

—Para mí es natural hacer esos roles. Me gusta caminar por la cuerda floja, balancearme de un lado a otro dentro de la identidad sexual y de género. Aún no me han crecido las tetas, ni se me han ensanchado las caderas. Lo intenté en la película Julia, pero luego se me fueron. Creo que Julia es una personificación de una mujer y no una mujer.

¿Hasta qué punto esta idea de transformación forma parte de un experimento con usted misma? ¿Hay límites?

—Sí, hay límites. Por ejemplo, como te comenté antes, soy madre y me interesa mucho lo que le ocurre a una persona cuando es madre o padre. Yo sé algo de lo que puede o no ocurrirte cuando sos madre. La idea es darle una vuelta de tuerca. Darse cuenta qué parte de vos perdés y con qué partes te quedás.

Además de la maternidad y la paternidad, ¿qué otro tipo de transformación física la preocupa?

—El envejecimiento. En la película grandiosa de David Fincher, The Curious Case of Benjamin Button, tengo un papel pequeño de una mujer que vive toda su vida en un estado de lamento porque tuvo la oportunidad de nadar a través del canal cuando tenía diecinueve años, pero no lo hizo, y desde ese momento se arrepiente de no haberlo hecho. Cuando es vieja lo hace y logra dar vuelta su vida haciendo lo que siempre quiso hacer. Y eso es muy inspirador. A medida que envejezco me doy cuenta de que existen ciertos conceptos que nos limitan de tal forma que determinan el orden de las cosas que uno debe hacer.

¿Por ejemplo?

—Si no te divertiste lo suficiente en la adolescencia, podés hacerlo con cuarenta o sesenta. La gente está pensando constantemente que es demasiado tarde para hacer ciertas cosas. ¿Por qué? Percibir la vida de esa forma me inquieta. Mis hijos tienen once años y ellos me transportan a esa edad. Ahora estoy pensando en cómo es tener once años.

Tuvo el privilegio de trabajar con los mejores directores. ¿Cómo logró obtener tanta libertad de elección?

—Estoy de acuerdo, me encuentro en una posición privilegiada. Empecé a trabajar en un ambiente muy especial con Derek Jarman, con el que colaboré ocho años y estuve en siete de sus películas. Era como estar en un jardín de infantes, tuve la oportunidad de desarrollar cierta sensibilidad y una forma de trabajar. Cuando Derek se murió en 1994, me quedé sin mi mayor colaborador. Afortunadamente para esa época ya había trabajado el tiempo suficiente y la gente me empezó a contactar para ofrecerme proyectos. Esa fue mi bendición.

Y como Jarman, trascendió las fronteras de su país de origen...

—Recientemente he tenido una aventura rara en Estados Unidos. Ha sido un viaje extraño, no sólo porque estaba lejos de casa sino porque trabajé en el sistema de los estudios, que es un lugar muy exótico, misterioso e interesante. Pero esta aventura está llegando a su fin y ahora estoy trabajando más en mi casa. Aunque el hecho de que Hollywood esté contratando a gente como Andrew Adamson para hacer el film Narnia o Francis Lawrence para hacer Constantine o Spike Jones para Adaptation es una buena señal.

El año pasado dirigió e inauguró en Escocia un festival de cine llamado “Ballerina Ballroom - Cinema of Dreams”. ¿En qué consiste? ¿Qué tiene de especial?

—Fue una fiesta. El año pasado alquilé una sala de bingo que se encuentra en mi pueblo, Nairn. La alquilé pensando en transformarla en un cine con funciones para los sábados, a modo de prueba. Quería mostrar mi colección de DVDs, cualquier película que no fuera el tipo de películas que muestran en los multicines. Poco después, Mark Cousins (crítico de cine) y yo finalmente decidimos testear la idea y hacer un festival en agosto. Colocamos un pequeño anuncio al público vía Facebook y vinieron seis veces más personas de las que habíamos calculado que podían entrar en la sala, y se transformó en una especie de evento internacional y fue fascinante. Mostramos Las amargas lágrimas de Petra von Kant, de Fassbinder, y fue la mejor proyección privada que vi de esa película en mi vida.

¿Por qué?

—He visto esa película varias veces en universidades y en cinematecas, en donde todo el mundo hace comentarios del estilo “este film es sobre esto o aquello”. En cambio, en nuestro festival los espectadores eran mujeres de avanzada edad y gente que nunca había visto un film de Fassbinder, fue una experiencia intensa para el público, pero al día siguiente volvieron para ver Miss Marple. También proyectamos El arbolito que canta y suena, de Francesco Stefani; Cantando bajo la lluvia; La bota, del director iraní Mohammad Ali-Talebi; y 8 y 1/2 de Fellini. Una de las razones por las que funcionó tan bien este festival es que nadie sabía bien qué estaba haciendo. La entrada costaba 3 libras, pero si traías una torta o usabas una pieza de ropa que estuviera relacionada con el contenido de la película, podías entrar gratis. Como resultado hemos creado el proyecto “Cinema of Dreams” (“Cine de los sueños”), que es una especie de festival de cine ambulante. El gobierno escocés nos pidió que llevemos este concepto a Pekín el mes que viene para mostrar películas escocesas. Vamos a seguir haciendo este festival, aunque no sabemos exactamente cómo.

¿Tiene planes para nuevas películas?

—Ultimamente se me ha estado acercando más gente para ofrecerme papeles. Ahora estoy trabajando más en Europa otra vez. Trabajé con el cineasta francés Erick Zonca, con Luca Guadagnino en Italia, con Béla Tarr en Hungría. El próximo film que voy a hacer es con Lynn Ramsay, una directora escocesa. La filmación va a empezar más adelante este año, espero. Es una adaptación del libro titulado We Need to Talk about Kevin (Tenemos que hablar de Kevin), que fue una novela polémica sobre una madre que tiene dudas sobre su rol de madre. Es un tema duro, pero Lynn Ramsay es un talento extraordinario de Escocia. Ha hecho dos películas, Ratcatcher (Cazador de ratas) y Morvern Callar, y no ha filmado en siete años.

Parece algo contenta cuando habla de volver a Europa. ¿No se siente bien trabajando en Hollywood?

—No me considero parte de ese sistema y tampoco me ha causado ningún sufrimiento. Soy una turista allí. Es un lugar muy interesante para visitar, pero yo soy de otro planeta.

Vera von Kreutzbruck, desde Berlín
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lunes, 16 de febrero de 2009

Una lesbiana en Ciudad Gótica


Los trajes ajustados, la ropa interior colorida y los antifaces siempre hicieron que la imaginación popular vinculara la actividad superheroica con el paisaje gay: son un lugar común los chistes sobre Batman y Robin. En plena era del cambio-Obama y tras la década de represión-Bush, la DC Comics –empresa que creó al hombre murciélago, a Superman y a la Mujer Maravilla– decidió modificar al personaje Batwoman –no confundir con Batichica– y hacerla abiertamente lesbiana. El proyecto, que tiene como desarrollador al guionista de la firma Greg Rucka, es en realidad de 2006, cuando el personaje de Kathy Kane –una rica heredera que se dedica, inspirada por Batman, a combatir la delincuencia– fue introducido en la historieta 52. En una entrevista concedida al sitio especializado Comic Book Ressources, Rucka advierte que el rumor de que esta Batwoman –personaje creado en los 60– era lesbiana, surgió en un artículo del New York Times que, en realidad, estaba plagado de inexactitudes y tomaba como fuente al ejecutivo de la DC Dan DiDio. “Citaban cosas que él no dijo nunca, y de pronto todos los fans decían que 52 era la historieta del personaje gay, lo que no era cierto.” Sin embargo, respecto de la historieta que saldrá a partir de junio en los Estados Unidos –en el número 854 de la revista Detective Comics y con el título Battle for the Cowl–, Rucka confirmó: “Sí, es lesbiana. Y además es pelirroja. Las dos cosas son características del personaje; nada más que debería ser juzgado por sus propios méritos. Si alguien tiene problemas con eso, es cosa suya, no mía. Mi trabajo es escribir la mejor historia posible para un personaje que todos ven sensacional y que merece ser protagonista de su propia historieta”.

Esta encarnación de Batwoman, pues, implica la primera aparición de un personaje abiertamente homosexual en el mundo de la historieta mainstream. Aunque desde hace años varios otros personajes han sido “sospechados” de orientación homoerótica. Existe un sitio, Gay League, que promueve la historieta con personajes gay y discute la orientación genérica de muchos otros. Claro que ninguno es una estrella “grande” o protagonista de alguna serie. La lista de personajes arco iris puede chequearse en http://www.gayleague.com. El mundo se prepara para un traje con capa arco iris.

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domingo, 15 de febrero de 2009

El comandante del Castro


En 1978, Harvey Milk, el activista gay más importante de los Estados Unidos, fue asesinado en San Francisco junto al entonces alcalde George Moscone, y el crimen marcó y despertó a una generación. Ahora la importancia como militante por los derechos civiles del político llega por fin al cine comercial de la mano de Gus van Sant, el director de Mi mundo privado y Elephant, que en su regreso al cine mainstream lo eligió como protagonista de su film biográfico Milk, que compite por el Oscar a Mejor Película y cuenta con una enorme actuación de Sean Penn. Aquí reproducimos fragmentos de uno de los discursos más famosos de Harvey Milk, que se conoce como “Hope”, es decir, “Esperanza”, pronunciado poco antes de su muerte.

Mi nombre es Harvey Milk y vine a reclutarlos.

¿Por qué estamos aquí hoy? ¿Por qué están aquí tantos gays? ¿Qué está pasando?

Quiero explicarles por qué es importante que haya candidatos gays y que se elijan gays. Hay una razón y es muy importante, y creo que si mis amigos y votantes que no son gays la entienden, también van a entender por qué me presenté tantas veces, hasta llegar.

Hay una gran diferencia, una diferencia que sigue siendo vital, entre elegir a un amigo de los gays y elegir un gay. Los gays fuimos calumniados a nivel nacional. Nos emplumaron, nos acusaron de pornógrafos, de ser abusadores de menores. No alcanza con tener amigos en el poder, por más buenos amigos que sean.

La comunidad negra lo entendió hace tiempo: los mitos contra los negros sólo pueden ser contestados por líderes negros elegidos por el voto, para que la comunidad negra sea juzgada por esos líderes y no por sus criminales. Los hispanos no pueden ser juzgados por los mitos o los criminales. Los asiáticos no pueden ser juzgados por los mitos o los criminales. Y ya es hora de que los gays no seamos juzgados por los mitos o los criminales.

Como todos los demás grupos, tenemos que ser juzgados por nuestros líderes y por los que salieron del closet. Si somos invisibles, quedamos en el limbo, gente sin familia, sin padres, sin hermanos ni amigos, sin profesiones. Un buen porcentaje de esta nación queda así compuesta por estereotipos de potenciales abusadores de menores. La comunidad negra ya no es juzgada porque tenga amigos sino por sus legisladores y líderes. Tenemos que darle a la gente la oportunidad de vernos por nuestros legisladores y nuestros líderes. Un gay elegido puede marcar la agenda, ganarse el respeto del país en general y de los jóvenes en nuestra propia comunidad que necesitan ejemplos y esperanza.

Los primeros gays que elijamos tienen que ser fuertes. No se pueden conformar con sentarse en última fila. No pueden conformarse con que les den las sobras. Tienen que estar por encima de la trampa y la dádiva. Tienen que ser, por nuestro bien común, independientes e incorruptibles. La frustración que sentimos es porque no nos entienden, y los amigos no llegan a sentirla. Pueden verla en nosotros, pero no pueden sentirla. Porque un amigo nunca salió del closet. Yo me acuerdo cómo fue mi salida del closet y cómo me encontré con que no tenía modelos.

Y no puedo olvidarme de qué cara tiene alguien que perdió la esperanza. Sea gay, sea viejo, sea un negro buscando un empleo que no está, sea un latino tratando de hacerse entender en una lengua que le resulta extranjera. Y hablo en primera persona porque estoy orgulloso, orgulloso de estar aquí frente a mis hermanos y hermanas gays, orgulloso de ustedes. Es hora de que tengamos varios legisladores que sean gays y estén orgullosos de serlo, que no se queden en el closet. Creo que un gay no tiene que evadir sus responsabilidades y tener miedo de que lo saquen de su puesto.

Los gays de aquí y de todo el país, los jóvenes que están saliendo del closet y escuchan a la derecha religiosa por los medios, lo que necesitan es esperanza. Ustedes tienen que darles esperanza. Esperanza de un mundo mejor, un mañana mejor, un lugar adonde ir si las presiones en casa se hacen insoportables. No sólo para los gays sino también para los negros, los latinos, los viejos, los lisiados... Si ustedes ayudan a elegir más gays, les estarán mandando una clara señal a los que se sienten afuera, una señal de que es posible avanzar. Si un gay puede, las puertas están abiertas para todos.

Harvey Milk

Vida y obras
Harvey Milk fue el primer hombre gay elegido para un cargo público en los Estados Unidos; fue supervisor en San Francisco (una suerte de concejal) en 1977, cuando era alcalde George Moscone, después de tres intentos fallidos. Sus intensas campañas, su estilo confrontativo y simpático le ganaron la calificación de “populista gay” y de “alcalde del Castro”, barrio donde inició su carrera cuando ya tenía más de 40 años. En sus 11 meses en funciones logró, entre otras cosas, hacer pasar una ley que prohibía la discriminación laboral por orientación sexual, y más tarde aplastar en elecciones a la Iniciativa Briggs (o Propuesta 6), que exigía prohibir que las personas homosexuales fueran maestros o profesores (una campaña de la derecha religiosa que agitaba la bandera de asimilar homosexualidad con pedofilia como fantasma más importante).

Harvey Milk y el alcalde Moscone fueron asesinados el 27 de noviembre de 1978 por otro supervisor, Dan White, un joven ex policía y ex bombero. Durante la noche del crimen, la ciudad vivió una impactante vigilia con velas que demostró –por si hacía falta– el afecto de la comunidad por el supervisor, y lo mucho que había cambiado la ciudad de San Francisco, desde entonces ejemplo mundial de tolerancia. Dan White fue llevado a juicio, y tuvo una condena efectiva de apenas 5 años; sus abogados sostuvieron que el ataque de ira había ocurrido por un abuso de comida chatarra (!!!) que habría disminuido sus facultades racionales. La absurda condena y la más absurda defensa iniciaron una revuelta en el Castro que se extendió al resto de la ciudad y pasó a la historia como “Los disturbios de la noche blanca” (White Night Riots): 3 mil personas pelearon hasta el amanecer con la policía, y la ciudad de San Francisco sufrió un millón de dólares en pérdidas materiales. Dan White se suicidó a los 39 años, poco después de salir libre de prisión. La vida y la militancia de Harvey Milk fueron documentadas en The Major of Castro Street (1982), la biografía escrita por el periodista gay Randy Shilts (autor de la impactante y clásica investigación sobre los primeros años del sida Y la banda siguió tocando) y The Times of Harvey Milk, documental de Rob Epstein que ganó el Oscar en 1984. Después de años de idas y vueltas, Gus van Sant logró llevar la historia al cine mainstream con la biopic Milk, que se estrena la semana que viene y compite por el Oscar a Mejor Película. La actuación de Sean Penn como Milk es medida, impecable, valiente. Lo acompaña un elenco sobrio que forma un conjunto casi ideal: James Franco y Diego Luna interpretan a dos de sus parejas en diferentes momentos de su vida, Josh Brolin se carga la difícil tarea de interpretar al asesino Dan White, y el joven Emile Hirsch impresiona en su creación de Cleve Jones. El crecimiento de ese personaje, de jovencito prepotente y callejero a militante y compañero de Harvey Milk (que lo formó en la política) está narrado con gran inteligencia. Cleve Jones fue, años después, el creador de la San Francisco Aids Foundation y del NAMES Project AIDS Memorial Quilt: un gigantesco tapiz conformado por miles de más pequeños paneles-tapices personalizados hechos de ropa, peluches, perlas, plumas, telas, sábanas o cualquier otro género. Cada uno lleva el nombre del ser querido que ha muerto víctima del sida y lo confeccionan parejas, amigos y familiares. El tapiz completo hoy pesa 54 toneladas y es el objeto de arte popular y colectivo más grande del mundo. Rob Epstein también hizo un documental sobre este proyecto, Common Threads: Stories From The Quilt y ganó su segundo Oscar, en 1989.


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sábado, 14 de febrero de 2009

Flechazos


Lea el título dejando que el suspiro enamorado se escape de su boca. O diga ay, así como si se escapara sangre por la herida de un amor perdido. Ay, amor; con la cansada complicidad que dan los años compartidos. Ay, con la añoranza de lo que todavía no se ha conocido. Ay, amor, con el miedo que da la certeza de que todo pero todo puede ser arrasado por su potencia. Lea el título como quiera o como pueda, pero sobre todo lea las historias que siguen. Y si se escapa un lagrimón, que sea en honor de San Valentín.

Quien busca, encuentra

A pesar de que la única luz en la sala era el resplandor de la película sobre las butacas vacías, y de que el avance furtivo de uno sobre el otro los terminó arrastrando al cubículo de un baño en donde ni por un segundo repararon en las frases que otros habían escrito en la madera cuarteada junto a números telefónicos y nombres propios que no eran sino excitadas contraseñas; a pesar de que no se habían dicho sus nombres y de que algo de la urgencia que en lo oscuro entrelazaba genitales los había acompañado a ese lugar en donde un tubo fluorescente que funcionaba mal les permitía ahora mirarse a los ojos y saber que se gustaban, uno le dijo al otro: “Yo vengo acá a buscar el amor de mi vida”.

Entonces Claudio, que estaba casado y que vivía en Santa Fe, y que había venido a Buenos Aires a un congreso de ginecología, tragó saliva, cerró los ojos y recibió de Aldo su primer beso. Pero no el primer beso que esos dos muchachos se daban esa noche en esa fortaleza en que circunstancialmente se había convertido ese cubículo de un baño cuya sordidez no escapaba a las generales de la ley de cualquier cine porno, sino el primer beso que él le daba a un hombre. A un hombre que un segundo antes había tenido la enternecedora desfachatez de hablarle de amor en un lugar como ése. “Me pareció raro, me causó gracia, pero no le hice ningún comentario. Y también fue raro que lo dejara besarme. Si bien no era la primera vez que iba a un cine porno, ya que hacía más de un año que había empezado a sentir deseos hacia el mismo sexo, aunque siempre que me querían dar un beso les corría la cara. Es más, ni siquiera hablaba en esos lugares. Para mí todo era muy fugaz, muy impersonal, y lo único que hacía era ver, a veces tocar, pero no terminaba de sentirme parte de esa sexualidad porque creía que, en mi caso, era algo pasajero. De hecho, cuando me casé yo no fantaseaba con hombres. Con mi mujer estuvimos cinco años casados y durante los primeros tres yo estaba completamente seguro de lo que sentía. Hasta que lo conocí a Aldo y ahí fue que cambió todo.”

Los dos revuelven el café que se han servido en la mesa del living, casi el único mobiliario del departamento al que acaban de mudarse en el barrio de Caballito. Y cuando Claudio cuenta que aquella noche de mayo de 2006, cuando salieron del cine, fueron a un hotel a hacer lo que no habían hecho en ese baño, Aldo salta y lo corrige: “A un telo fuimos. Llamemos a las cosas por su nombre”. Antes, Claudio había iniciado el relato diciendo que había sido “en un lugar gay” donde se habían conocido. “¿Un lugar gay? ¿Pero qué tipo de lugar? ¿Una discoteca?” “Un lugar gay...”, repite, ante una pregunta que no se sospecha indiscreta pero que su rictus de incomodidad así la pone en evidencia. Pero Aldo, que parece más desprejuiciado, y que en un momento dado trae de la habitación una carpeta que en realidad es un álbum de recuerdos en el que han ido juntando papelitos escritos en bares, entradas de cine, pasajes de ómnibus y hasta el envoltorio de un preservativo, no tarda en despejar el pudoroso eufemismo. “Encontrar el amor en un cine porno es muy significativo. Cuando me crucé con Claudio, antes de que se planteara la situación de tener sexo express, como se acostumbra en ese tipo de lugares, le dije: ‘No, pará. No vayamos tan rápido’. Entonces salimos y caminamos un montón, desde Suipacha y Corrientes hasta Combate de los Pozos y México, donde quedaba el telo. Un trecho en el que tuvimos tiempo hasta de arrepentirnos.”

Era la noche de un lunes, y una cena en una pizzería fue lo que le siguió a un encuentro sexual que para los dos fue por demás apasionado. Y acaso por los nervios que aún no se habían disipado del todo y por los recelos obvios de hombre casado, Claudio le había dado a Aldo un celular que no era el suyo y hasta le había dicho que se llamaba Lisandro. Habían quedado en encontrarse dos días después a la salida de un teatro, a una hora determinada, y la confiada certidumbre de que Aldo iría comenzó a desvanecerse cuando ya habían pasado dos horas y Claudio todavía lo seguía esperando. “Durante todo el día yo había tratado de contactarlo para decirle que no iba a poder ir, pero me saltaba que el número no correspondía a un abonado en servicio. Entonces nunca le pude avisar, no fui y nunca nos encontramos. Y para colmo de males él tampoco tenía mi teléfono, porque circunstancialmente yo estaba sin celular. Después de todo, él era un tipo casado y vivía en Santa Fe, ¿qué ilusiones me iba a hacer yo con un hombre casado?”

Al término del congreso, Claudio volvió a Santa Fe, deprimido por no saber qué hacer para contactar a Aldo. Y fue tal el impacto que éste le había producido, que a partir de allí decidió dejar de tener relaciones con su mujer justificando su bajón con cuestiones laborales. “Sabía que se llamaba Aldo Fernández y que vivía en Valentín Alsina. Y si bien antes de irme de Buenos Aires busqué y rebusqué en la guía telefónica y llamé a varios de los ochenta mil Fernández que figuraban, me fui sin saber nada de él y totalmente deprimido. Me había hecho mucha ilusión de volver a verlo, y ese fin de semana me lo pasé maquinando cómo hacer para encontrarlo. Y ahí fue que se me ocurrió la idea de contratar un detective.”

Con los pocos datos que tenía (estaba al tanto, además, de que Aldo trabajaba en una editorial en la calle Florida y que estudiaba comunicación social en la UBA), Claudio llamó a una agencia de investigación privada creyendo jugarse así una última carta. “Pero mirá que estos datos son poco concretos... Fernández hay miles”, dice que le dijo el detective, quien para su enorme sorpresa lo llamó una semana después para informarle que creía haber localizado al susodicho. “Cuando me llamó, estaba medio dormido y no me acordaba quién era”, comenta Aldo. “Hola, ¿Aldo? Soy Lisandro.” “¿Quién?” “Lisandro...” “Perdoname, pero no me doy cuenta quién sos...” “Ah, bueno, si no te acordás, no importa. Lo dejamos así, no hay problema.” “¡No, pará! Estaba dormido. Dejame pensar un poco.” Entonces se acordó y le sobrevino el susto. “No entendía cómo había conseguido mi teléfono y pensé que podía ser un loco. Me empecé a preguntar qué querría conmigo y me imaginé un montón de cosas. Para colmo era la época de lo secuestros. Le pregunté cómo había conseguido mi número y al principio no me quería decir, pero cuando me dijo que había contratado un detective me pareció re tierno. Eso no quitó que yo tuviera mis reparos ante su insistencia de volver a vernos. De hecho, cuando vino a Buenos Aires, todos mis amigos me decían: ‘¡No vayas, no vayas! Está enfermo’.”

La noche en que se volvieron a ver Aldo cuenta que Claudio estaba muy lindo, vestido con un saco sport y una bufanda de colores. Y que después de cenar fueron al mismo telo de la primera vez, y que esa fue la primera vez en que un hombre se aventuró adentro suyo. “La relación ahí comenzó a ser formal, y yo a los quince días viajé a Santa Fe. Claudio se separó en septiembre de su mujer y para entonces ya estábamos enamorados. El 18 de junio van a ser tres años que estamos juntos... Qué rápido que pasa el tiempo, ¿no? Si hasta parece mentira.”

De los pies a la cabeza

“Las chicas trans siempre nos creemos poco merecedoras del amor genuino. Nos sentimos más un pedazo de carne deseado que merecedoras del amor”, dice Ariana Cano mientras Tomás, su pareja desde hace siete años, le hace mimos a un perrito retacón que va y viene por debajo de la mesa y que ella insiste en identificar como su hijo. En su casa del barrio de Villa Crespo, Ariana, que es conductora de radio, acaba de terminar la transmisión de un programa que sale una vez por semana en una radio de Uruguay, y cigarrillo en mano se dispone a repasar su historia de amor no sin antes desplegar sobre la mesa su álbum de fotografías. “Con Tomás nos conocimos un 29 de diciembre de 2001. Yo había estado tres años en la India, donde experimenté una transformación de vida muy fuerte, y al poco tiempo de mi vuelta a Buenos Aires mi papá murió de cáncer. Entonces con mi vieja decidimos ir a pasar año nuevo a Brasil, para tomar un poco de distancia, y no va que cuando estamos en Retiro y me dispongo a subir al ómnibus nos topamos en la puerta. El se corre y yo me corro, y otra vez los dos lo mismo. Hasta que le digo: ‘Bueno, nene, decidite’, y ahí recién me cede el paso. En la frontera, él escucha que yo hablaba portugués y me pide que lo ayude a cambiar dinero. Hicimos el cambio, empezamos a charlar y ahí te diría que comenzó todo. Fueron veinte días de vacaciones en los que compartimos un montón de cosas. Y si bien a mí mamá al principio Tomás no le gustaba y yo insistía en que no era otra cosa que un amor de verano, me terminé quedando con él seis meses en Brasil, mezcla de vacaciones, trabajo y luna de miel adelantada.”

Tomás, que es peluquero, cuenta que antes de conocerla a Ariana venía de tener sólo historias heterosexuales. “Imaginate: familia paraguaya, súper machista. Yo mismo era un mataputos, de esos que dicen que a los putos hay que ponerlos todos en la isla Maciel y prenderlos fuego. Más allá de que eso no me significaba un problema a la hora de relacionarme con gente gay en mi laburo. Pero de pronto la conocí a ella. Yo estaba lejos de todo, no conocía a nadie, estaba en otro país y me dije: ‘¿Qué puede pasar?’ Si no le decía a nadie que me había encamado con una travesti, ¿cómo iban a enterarse? Eso fue lo que pensé en un primer momento, aunque no me generó ningún conflicto sentirme atraído por ella. Me enamoré y punto. Lo vi por ese lado.” Y ahí Ariana agrega: “Le pasó lo que le pasa a cualquier homofóbico: se dejó curar. Porque el homofóbico tiene tanto miedo de ser lo que ve, que lo agrede. Acá tenés un caso”.

Pero en esos primeros veinte días que pasaron juntos en Florianópolis, lejos de lo que podría imaginarse, no tuvieron sexo. “Al principio, nos pasaba que los dos nos gustábamos pero no nos decíamos”, dice Ariana. “Salíamos, caminábamos por la playa de la mano, pero no pasaba nada.” ¿Cómo que no pasaba nada? “Sí. Hasta el 20 de enero no nos encamamos. Ni un beso, nada. Veinte días de la mano, comiendo juntos, durmiendo juntos, pero ni un beso. No sabemos bien por qué. Entablamos una conexión muy espiritual de entrada.”

Esa conexión es la que Tomás confirma cuando dice que lo que lo enamoró de Ariana fue “su alma, su persona”. Más allá de que enseguida aclara, quizá temiendo el descrédito por cursilería, que también se enamoró de “su terrible cola”. “A mí lo que me enamoró de él es su bondad. Sentís su bondad todo el tiempo”, dice Ariana por su parte. “Es muy buen amante. Sexualmente, lo mejor que conocí. Y eso que conocí mucho, eh. Hoy por hoy, cualquier tipo te garcha, pero nadie le dice a su novia, como le dijo él en su momento: ‘Che, mirá, estoy saliendo con una trava’ ¡Y tenía sólo 24 años! ¡Era muy chico!” Hoy Tomás tiene 31 y Ariana 40, y esa plenitud sexual que ella dice haber conseguido con él le permitió superar ciertos pudores. “El fue el primer hombre delante del cual yo pude desnudarme por completo porque a las transexuales, por lo general, a diferencia de las travestis, nos da mucha vergüenza tener un pito. En nosotras es como un defecto físico y nadie, obviamente, quiere mostrar sus defectos. Por eso tener sexo puede ser todo un tema. El me enseñó a manejarlo, al extremo de que hoy me puedo pasear desnuda por mi casa tranquilamente, algo que antes era para mí impensable. Empecé a descubrir esas cosas, y hacerlo me permitió empezar a sentirme una persona más completa. Dejé de ser yo de la cintura para arriba, y empecé a ser de los pies a la cabeza.”

Hacerse compañía

Se conocieron chateando. “¡Cuándo no!”, podrán decir algunas. Pero vale aclarar que no lo hicieron en una de esas salas en que la búsqueda de sexo puede encararse bajo seudónimos tan poco sugerentes como “la más lechuda” (sic) o “perra casada” (basta entrar a cualquier sala de chicas para extraer, cual objets trouvés, ejemplos de una larga lista que incluye nombres más discretos como “Mamá46bi” o extravagancias del tipo “GayBuskNoviaLesbiana”), sino en una de esas aburridas salas de trivias en las que uno se mete a contestar preguntas y a poner a prueba su cultura general porque anda desvelado y no enganchó ninguna película en el cable. Así, entre preguntas mortales como “¿quién fue el segundo hombre en llegar a la luna?” o “¿qué longitud tiene la prueba del maratón?”, Laura y Soledad empezaron a charlar hasta que el moderador amenazó con echarlas, ya que conversar iba en contra de las reglas generales de esa sala. Pero ahí mismo ellas intercambiaron sus direcciones de msn y se quedaron hablando hasta bien entrada la madrugada. Y si bien Soledad, a la cuarta o quinta línea, le dijo que era gay, Laura acusó recibo bastante más tarde. “Yo había tenido una sola experiencia homosexual, así como al pasar, y me consideraba heterosexual. Pero después, con el transcurrir de los días, cuando empezamos a hablar y a conocernos más, empecé a sentir la necesidad de verla y de saber cómo estaba. Cada vez que me metía al msn, lo primero que hacía era fijarme si su nombrecito aparecía conectado.”

Y ya que toda historia de amor muchas veces se forja y robustece gracias a los obstáculos que le salen al paso, vale decir que la instancia cibernética del idilio que en un principio ninguna se atrevió a confesarle a la otra no se debió a la timidez o a la fobia social de alguna de las dos sino al hecho de que Laura vivía en San Nicolás y Soledad en Villa Celina, partido de La Matanza. “Nos conocimos en marzo de 2006, unos meses antes había muerto mi papá, y yo andaba bajoneada, y un día le dije que me quería ir a un lugar donde no hubiera nada. Ni televisión, ni teléfono, ni radio, ni turistas, nada”, cuenta Soledad. “Y entonces me dijo: ‘¿Y qué te parece Pergamino?’ ‘¿Pero qué hay en Pergamino?’ ‘Nada. ¿No querías un lugar donde no hubiera nada?’ Y así quedamos en encontrarnos, supuestamente un punto intermedio para las dos, aunque yo terminé viajando cuatro horas y media y ella cuarenta minutos apenas.” A lo que Laura agrega, luego de jurar y perjurar que el error de cálculo no fue a propósito: “Cada una, en su interior, se moría de ganas por conocer a la otra. Y ese sábado fuimos a comer, anduvimos paseando, y cuando llegó la hora de irnos y estábamos a punto de sacar los pasajes, Soledad me dijo: ‘¿Y si nos quedamos a dormir?’ A todo esto, todavía no había pasado nada: habíamos ido a un laguito, nos sentamos ahí, pero ninguna se había animado a dar el primer paso. Y le dije que sí, más allá de que al otro día entraba a laburar a las 2 de la tarde en un local de videojuegos donde era cajera. Nos fuimos a un hotel que estaba a una cuadra de la terminal y nos dieron una habitación con dos camitas: tampoco daba para andar pidiendo una cama doble cuando todavía no nos habíamos dado ni siquiera un beso”.

Al otro día se levantaron y cada una regresó a casa con la firme intención de volver a verse. Y mientras Soledad terminaba en Villa Celina con una noviecita que había conocido unas semanas antes, Laura le decía a su madre que era bisexual “para suavizar la noticia”. Así empezaron los viajes periódicos de Laura a Buenos Aires, que fueron apuntalando una relación que lidiaba con el escollo de la distancia. “Nos conocimos en persona un 24 de marzo, y la próxima vez que nos vimos fue para Pascua. Laura después empezó a viajar cada quince o veinte días, y a los seis meses nos compramos los anillos y decidimos que se venía para Buenos Aires.” “Las despedidas eran terribles”, apunta Laura. “Yo venía un viernes y me iba un domingo o un lunes. Y ese domingo o ese lunes eran muy angustiantes. Cada vez que íbamos a Retiro decíamos cuándo sería el día en que por fin no tuviera que ir allí para despedirme sino para ir a San Nicolás a visitar a mi familia. Para colmo, nos despedíamos con un abrazo y un beso en el cachete, pensando que podía haber algún conocido que si nos veía en la estación podía contarle a mi mamá que su hija estaba en Retiro a los besos con una mina.”

Soledad y Laura cumplen tres años de relación en marzo, y ya llevan más de dos conviviendo. Y si ya están planeando tener un hijo con el aporte paternal de su mejor amigo gay es porque a la vida se la imaginan juntas. “Yo supe que quería estar con Soledad cuando me di cuenta de que era una persona con la que podía hablar durante cinco horas sin aburrirme. Eso fue lo que más me gustó de ella: saber que si el día de mañana llegamos a los 70 años y no tenemos otra cosa para hacer más que conversar, vamos a disfrutar de hacernos compañía.”


El amor, esa potencia

“Se tolera que dos chicos vayan a acostarse juntos en la misma cama, pero no se les perdona si a la mañana siguiente se despiertan con una sonrisa en los labios, si se toman de la mano. Lo insoportable no es que partan en busca del placer sino el despertar dichoso.” Con esta frase, dicha en una entrevista de 1978 y recogida por Didier Eribon en Reflexiones sobre la cuestión gay, Michel Foucault deja ver lo que para él entraña la homofobia en un mundo en que la relación lineal entre sexualidad y represión ha quedado sin efecto (el poder no ordena callar la sexualidad, nos dice, sino que insiste en multiplicar el discurso que la sostiene y en inventar clases de sexualidades “perversas”). Pero algo que también expone esa frase es cómo el amor homosexual, “el estilo de vida gay, y no los actos (homosexuales) en sí mismos” vienen, felizmente, a embrollar las cosas. “Fabricar otras formas de placeres, de relaciones, de coexistencia, de lazos, de amores, de intensidades”, es lo que el filósofo francés opone tanto a la idea de una posible subversión sexual —candente en la década del ’70— como a la creencia de que los gays son, antes todo, sujetos sexuales. Y es allí donde el estereotipo de los jóvenes que se encuentran en la calle, se seducen, se ponen la mano en el culo y a los quince minutos ya están teniendo sexo, es desarticulado cuando Foucault pone en evidencia “todo lo que puede haber de inquietante en el afecto, la ternura, la fidelidad, el compañerismo, a los que una sociedad un poco aseada no puede conceder un sitio sin temer que se formen alianzas, que se anuden líneas de fuerzas imprevistas”.

En el amor existe la posibilidad certera de volvernos visibles. Y si el sexo no es tan intranquilizador es porque siempre ha sido mucho más cómodo tenerlo en una cama y entre cuatro paredes. Que todavía esperemos a que se apaguen las luces en el cine para tomarnos de la mano es un signo inequívoco de que la esfera pública sigue siendo un lugar más o menos incómodo para demostrarnos afecto. Por eso, que el año pasado una pareja de gays y una de lesbianas hayan elegido el Día de San Valentín para reclamar en Chile por la discriminación que sufren las minorías sexuales con un maratón de besos que duró ocho horas y que tuvo lugar frente al Palacio de La Moneda, habla a las claras de que en el amor hay una potencia política que es incontenible.


Patricio Lennard
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