viernes, 8 de mayo de 2009

Aráñame otra vez


Cuando se estrenó, en los años ’70, el cruce de un militante político y un homosexual que comparten celda en una cárcel argentina, y la poderosa historia de amor que transcurría ahí hasta desembocar en un beso entre dos hombres, produjo un impacto inimaginable hoy en día. Un impacto político, cultural y sexual. Treinta años después, ya convertida en musical, en película de Hollywood y en hito literario, Rubén Szuchmacher emprendió la tarea de volver a subir El beso de la mujer araña a un escenario. A una semana de su estreno, Humberto Tortonese habla de su regreso al teatro como Molina (junto a Martín Urbaneja como Valentín) y el propio Szuchmacher habla de cómo y por qué quiso “desmariconizar” la obra.

¿Me escuchás, me escuchás? Ay, no paro de hablar, dice Tortonese. Y es cierto. Empezó a las tres de la tarde, con el ensayo de El beso de la mujer araña, ahora son las nueve de la noche y está en medio de la entrevista, y sigue recordando, contando, gritando por momentos, riéndose, enojándose, habla rapidísimo. Antes de eso, dice, pasó todo el texto en su casa, un texto largo, difícil, donde él justamente habla y habla, cuenta películas, ovilla palabras, el tejido hermoso de ese personaje entrañable que es Molina, el gay encerrado en una celda a merced de su imaginación y otro hombre al que en su despliegue de historias atrapa, mete en su red rococó infalible de palabras de época. Tortonese es Molina en la versión de El beso de la mujer araña que se estrena pronto dirigida por Rubén Szuchmacher, la mujer araña es él ahora también, contando su historia, la de un actor que comenzó en los ’80 a hablar y no paró jamás. La señora sentada en la mesa contigua, cuando Tortonese se levanta para irse, lo detiene, le sonríe coqueta y le dice: “Te escuchaba hablar y pensaba, esa voz tan particular, esa voz...”, “tan reconocible”, completa el actor y sale del bar. Antes había contado lo cansado que estaba de escuchar su propia voz, relatando siempre la misma historia de los descontroles del Parakultural, una historia que se resignifica ahora, cuando él es el Molina que soñó Manuel Puig, el Molina Perfecto con su ropa de calle, una camisita de bambula violeta y su pelo largo lacio atado en un rodete bajo. Y todo sucede en el Teatro El Cubo, a apenas dos cuadras de la que fue la casa de Batato Barea, donde Tortonese vivió algunos de los mejores momentos de sus años salvajes.

Entonces dirá cosas como: “A veces me dicen Ay, yo también fui underground; y yo digo ¿Ah sí? No me acuerdo de vos”. Pero también dirá: “Con todos los parakulturales somos hermanos del alma”. De su dupla de oro con Urdapilleta: “Es como con las parejas, no duran para siempre y nosotros aguantamos bastante”. Y concluirá: “Los cambios en la vida los tenés que tener, puede ser mejor o peor que antes lo que hagas, pero seguir con lo mismo aburre”.

LO SERIO NO QUITA LO SOLEMNE

La escena es toda negra, con una bombita potente, una idea brillando colgada de un cable pelado como único detalle de color. La escena es amplia, no da la idea del típico cuartucho con que se representa una cárcel, sino de un lugar neutro, un paisaje mental donde dos seres antagónicos, míticos, un gay y un militante marxista, pasan las horas. Tortonese la recorre de punta a punta, cortando el aire con su cuerpo delgado como un bisturí, levanta los brazos para decir: “Tenía un peinado alto. Muy alto. Esos que se hacen las mujeres cuando van a vivir un momento importante”. Tiene los ojos perdidos, como si la nuca o los dientes de esa mujer pantera que describe estuvieran revoloteando a su alrededor, o como si hubiera algo realmente metafísico en un peinado banana. La seriedad de la escena es la misma del proyecto, algo que a Tortonese lo fascina y aterroriza a la vez.

Cuenta que cuando le dieron el texto, lo leyó de un tirón, sentado sin moverse en un silloncito de su casa; pero que después, “cuando empezamos a ensayar, me di cuenta de lo difícil que era. Tenés que estar muy concentrado, meterte, por momentos me encanta y me meto mucho, pero yo no estoy acostumbrado a hacer este tipo de obra, tan, entre comillas, seria-seria, con tantos pies y diálogos y todo. La voz humana, la obra que hice antes, tenía algo de seriedad pero también un poco de grotesco mío, que me dejaba llevar, y con esta dije ‘Bueno, vamos a ver qué pasa’. Y fue mucho más difícil de lo que pensaba. Más allá del texto, por momentos yo decía: ¿Qué estoy haciendo, no será demasiado solemne esto?’”, se ríe y sigue: “Porque de estas cosas yo en un momento me burlo viste, de la solemnidad, pero bueno, los ensayos siguieron, fui entrando y entrando. Y ahora ya estoy adentro”.

Y viéndolo actuar, observar enamorado e inmóvil a su deforme media naranja Valentín, no cabe duda de que lo está. Pero hubo otras cosas en el medio, cosas que lo hicieron zambullirse, cosas como fanatizarse con las películas que se cuentan en la obra, fanatizarse con Puig, comprender la encendida traducción que del cine a la literatura hizo el escritor, la misma que él ahora hace de la literatura al teatro: “Cuando ves las películas La mujer pantera, de Jacques Tourner, y su continuación, hermosas, esa cosa de época, blanco y negro, ves el delirio de Puig que hay en eso, en lo que él cuenta y pasa realmente y lo que no, en las cosas en que Puig se va para otro lado, y decís qué genial, cómo este hombre ha hecho de una película, una maravilla”.

Y justo lo más interesante, la maravilla de la versión de Szuchmacher, y de la particular encarnadura que hace Tortonese de Molina es ese temple, mostrar la ternura de un personaje que se ha representado con grandilocuencia, el William Hurt superlativamente gay en batas vaporosas, de la película de Babenco, más aún conociéndolo a Tortonese y su tendencia natural al desborde. Resulta raro verlo tan lavado, haciendo el gay naturalista, dejando aparecer así los matices que quedaban oscurecidos en otras versiones, llenas de vibrato.

LOS ’70 NO FUERON LOS ’80, PERO...

En la escena hay también tres productores distintos que entran y salen, un cuidado excesivo por los detalles, silencio en la sala que se cuida con recelo, un ensayo que no puede ser presenciado por nadie ajeno a la producción. Y lo que sorprende a Tortonese es esa forma, hacer una obra que no haya salido de un proyecto de amigos, como las que hizo con Alberto Ure, o con Urdapilleta y Batato Barea. Tortonese hará radio y televisión de éxito, compartirá podio con las divas mediáticas del momento, pero aun así el teatro es el lugar más cercano a su corazón y le sorprende no poder desbordarse así como así: “Había algo en las obras que hice que salían más naturalmente. Con Batato y Urdapilleta, ésa era la forma que teníamos de hacer las cosas, decir: Bueno ¿qué hay? Pongamos esta música, leamos tal poema. Este es otro tipo de teatro para el que yo ahora estoy un poco más preparado, en otro momento creo que no hubiese agarrado, no hubiese tenido la concentración necesaria. En todas mis obras tomaba alcohol, por ejemplo, porque decía: bueno, me relajo, pero para ésta me da un poco de miedo, digo ¡a ver si me chupo y me olvido la obra, me quedo en blanco!”.

Pero todo lo anterior existió, y de algún modo sigue estando ahora. Da la sensación de que Molina sería algo así como el hermano mayor de Tortonese. Es que él empezó a teatrear a comienzos de los ’80, con la dictadura aún tibia en el recuerdo de quienes la vivieron, pero con ese deseo de libertad ciega, loca, poética de la que justamente él y Batato y Urdapilleta serían los más perfectos representantes. Forzado a pensar en el asunto, dice: “Y, en el Parakultural había una cuestión política, sí, pero no en lo que hacíamos nosotros, no era esto de la militancia, uno estaba en desconchar, en vestirse de mujer y decir un poema y todas esas cosas que eran políticas, pero desde otro lado. En ese momento era una cuestión de libertad. Cuando vos ves la libertad, en cualquier época que estés, la querés vivir. Podés tener la consecuencia que hubo en la época del Proceso, que los que vivieron con libertad murieron. Por suerte terminó, porque con lo que yo viví después, hubiera sido un desaparecido. O me salvaba porque me iba”.

Y entonces lo que perdura es esa catarata de palabras que no se detuvo nunca, su decir inexacto, incompleto, pero vertiginoso, escatológico y brillante, ingenioso, que se escucha y se destaca en la radio, o en la tele, que repitió los lamentos de Jean Cocteau y que se inauguró con los poemas que le enseñaron Batato y Urdapilleta. “La poesía siempre me encantó, yo leía. Pero cuando me encontré con ellos dos, me encontré con dos seres poéticos. Totalmente distintos. Urdapilleta más intenso, dramático y Batato una espuma. Pero los dos con poesía adentro.” Tortonese da entonces la mejor definición de Marosa di Giorgio o la mejor explicación de su arribo al teatro porteño: “Batato nos hizo conocer a Marosa di Giorgio, que era una poeta... loca, que era lo que uno era en ese momento, lo que uno quería actuar, entendíamos perfectamente esa locura. Ese poema del muchacho que termina de almorzar y se escarba los dientes en la ventana, el pajarito arroja excremento y cáscara de alpiste, yo no encuentro muy grato escarbarse los dientes, pero el muchacho lo hace y tiene esas nalgas de seductor, que me pierdo y lo amo. Yo digo ese poema ¡y me acuerdo de Batato! Porque Batato lo decía y era fantástico. Era eso: la mezcla de una señora con un chongo fuerte y todo escrito de una manera y desde una cabeza poética increíble como es Marosa”.

Y Humberto Tortonese es ahora Molina, en El Cubo, a dos cuadras de la casa de Batato. Alguien a quien recuerda así: “Era un ser muy luminoso, único, esas personas que valorás de por vida. Por eso perduran, porque tienen esa luz y tuvieron un impulso de cambiar las cosas, de protestar, de decir qué es el teatro serio. Yo creo que Batato está acá y me ve hacer esta obra y me mata. Me dice salí de acá, y me saca y yo me voy con él”.


> RUBEN SZUCHMACHER HABLA DE SU PUESTA
Por el amor o por la revolución

Szuchmacher viene de poner en escena a Máximo Gorki, a Arthur Miller, nombres que se escriben con mayúscula en la historia del teatro, nombres del realismo y sobre todo de un cierto clasicismo. No importa. Szuchmacher siempre logra hacer hablar a aquello que parecía enmudecido por el tiempo, puede hacer una maravilla con el Brecht más Brecht o con la pieza más ploma del realismo soviético. Y de pronto, llega a las manos de este director errático, cambiante, un texto de Manuel Puig, un escritor supuestamente no teatral que también hizo teatro. Pronto editorial Entropía va a editar el Teatro completo del escritor y uno podría preguntarse dónde se ubicará ese librote. En los anaqueles de qué, si en los de teatro o junto con sus novelas, porque Puig está más solo que un perro de playa en el teatro, es un autor que no se piensa como teatral, sino como un extranjero tanteando un territorio. Bien por él y lástima por la academia que se pierde tratar de entender, o simplemente disfrutar a Puig que sí es o también es–, pero ¡lo es!– un dramaturgo. Es más: El beso de la mujer araña es desde su primer momento, desde que era una novela y aún nadie la había adaptado, una obra de teatro. Con sus diálogos, con sus personajes antagónicos forzados a mirarse las caras todo el tiempo, y hasta con sus injertos teóricos explicativos y psicoanalíticos, es más teatro contemporáneo que ninguna otra cosa.

Szuchmacher cuenta que su mayor objetivo para la puesta fue “desmariconizar” a Puig. Un trabajo difícil, casi titánico, digno de su ojo y su mano expertos, porque hay que tener en cuenta que esta obra fue y sigue siendo víctima de un mal que Szuchmacher denomina la venganza de Hollywood. Dice: “Sucedió que a esta obra se le ha sobreimpuesto la película de Héctor Babenco que Puig odió, súper hollywoodense, con un William Hurt exagerado que todo el tiempo actúa como diciendo ‘ojo que yo no soy puto’, y la marcó por completo, hizo un proceso a la inversa. Sacarle el contenido maricón era muy complicado”. Trabajar en contra de esa imagen fue la apuesta de Szuchmacher en su abordaje de Puig, y lo hace al despojar al personaje de Molina de aquellas cualidades de mariquita tan subrayadas en las versiones anteriores, y al emparejar las edades de los personajes. Si bien en el texto se da a entender que Molina es un poco mayor que Valentín, el director prefirió que el militante estuviera encarnado por un actor que pareciera de la misma edad que su compañero. El elegido fue Martín Urbaneja, un actor del off con una carrera prominente. Molina y Valentín se convierten entonces en una pareja posible, se alejan de la trillada idea de pareja de marica viejo-chongo joven, abandonan ese lugar común para convertirse en dos que se fusionan en esta puesta, hacia un lugar mucho más inquietante.

La obra consigue volver a un Puig originario. Nos permite escuchar las palabras, lo que aun resuena fuerte, lo tramposo de un texto que parece reproducir formas de habla cotidianas, pero que en realidad inventa un lenguaje lleno de arcaísmos y poesía. No hay costumbrismo en El beso de la mujer araña, sino todo lo contrario: extrañeza, una oralidad inventada, que se aferra a modelos del pasado para reírse, para hacer con ellos otra cosa, bricolage pop, cinefilia emocionante, telenovela burlesca. Lo que hay es un encuentro de discursos de época, el del militante y el del gay, que construyen algo demodé, algo hermosamente “fechado”. Estamos hablando de una obra donde al final hay un beso entre dos hombres, una imagen emblemática, que tuvo un impacto a fines de los ‘70 difícilmente traducible al día de hoy. Aunque, como dice Szuchmacher: “Ese beso no está planteado de manera escandalosa, sino que va de costado hacia ese lugar. Pero ver en ese momento a dos hombres besarse no es verlos hoy. Hoy es algo irrelevante”.

Pero desmariconizar no es borrar las marcas de sexualidad de la obra, sino acentuar ese encuentro singular, forzado pero interesante, ese amor diferente e incierto. Szuchmacher da una idea clave: “Toda la obra es sobre si alguien es capaz de hacer algo por otro, sin pedir nada a cambio. Puig escribió eso. Si uno escucha correctamente la obra, escucha eso”. Y ahí es donde El beso de la mujer araña, la imagen mental que se crea cuando uno lee la novela o la imagen real cuando uno ve a Tortonese-Urbaneja arriba del escenario, sigue hablándole al presente: “Molina ayudándolo a limpiar la caca al otro. ¿Cómo a Puig se le ocurre esa escena tan increíble? Que alguien se cague en el escenario. Esa es la situación más ominosa que le puede pasar a una persona. Y si uno va y ayuda al otro en ese momento es el acto de amor más grande. Todo el sistema de traición que hay en la obra parece importante, pero en el fondo no lo es. Finalmente son dos personas haciendo algo sin esperar nada a cambio. Por el amor o por la revolución, son dos personas que se resisten a la traición”.

Molina y Valentín se resisten al paso del tiempo.


9 de mayo de 1981
Querida familia:
Ayer me llegó la carta del lunes, con los datos de Erté, ya ahora puedo accionar. Buenísimas noticias de Madrid, el estreno final para la crítica fue extraordinario de aplausos, etc., la reacción del público es fuertísima, se ríen mucho y al final lloran bárbaramente, eso les hace calcular que con buenas o malas críticas (como en toda Europa, las críticas españolas no salen hasta después de unos días) será éxito de locura, calculan de dos a tres años en cartel. Me llamó el mismo Martín (Pepe Martín, uno de los protagonistas de la obra), desde la casa, horas en el teléfono de la alegría, dice que después de saludar al director (que ya se traía el libro en el bolsillo) pidió un alto en los aplausos al público, colocó al libro en una mesita del decorado como indicando al autor y ahí se vino abajo el teatro de aplausos y ovaciones, se empezaron a parar las personas y todos aplaudieron de pie, una locura. Así que mejor imposible.

Esta carta de Puig a su familia a propósito del estreno de la puesta de El beso de la mujer araña en Madrid está incluida en Manuel Puig, Querida familia Tomo 2 Cartas americanas. Nueva York Río (1963-1983) (Editorial Entropía).

Las funciones de El beso de la mujer araña se realizarán los jueves a las 21 hs., y los viernes y a sábados a las 20, en El Cubo, Zelaya 3053. Entradas desde $ 60.

Mercedes Halfon
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domingo, 3 de mayo de 2009

Susana Guzner



Elegí nacer en la ciudad de La Plata, Argentina un 18 de octubre de 1944. A consecuencia del asesinato de mi única hermana, Ana, a manos de la execrable Triple A - escuadrones de la muerte creados y gestionados por la entonces presidenta Isabel Perón -, y ante las amenazas a mi propia vida, En 1976 me vi forzada a exiliarme en Madrid y posteriormente en Las Palmas de Gran Canaria. En la actualidad alterno mi residencia entre España y Argentina.

Soy licenciada en Magisterio y Psicología Clínica y he estudiado periodismo, Antropología Cultural, idiomas, música y canto coral, fotografía y Bellas Artes.

Mi trayectoria laboral es intensa y multifacética. Además de un buen número de trabajos esporádicos y heterogéneos, en el campo de la docencia he ejercido como maestra de enseñanza primaria; profesora de Psicología e Historia de la Educación en Secundaria y Catedrática de Psicología Evolutiva II en la Universidad de La Plata.

Durante un largo período ejercí como Psicóloga de publicidad para diversas empresas públicas y privadas, simultaneando esta actividad con la de articulista de opinión y crítica ( Revista Mujeres, Revista Internacional de Arte Lápiz, Época, El Faro de Vigo, Medios de Comunicación Social, Amigos del Teatro del Teatro Juan Bravo de Segovia ), etc.

He colaborado como guionista en TV Española y diversos canales autonómicos, creando sketches y guiones para teatro y televisión, siempre con la mujer como protagonista. Actualmente colaboro para diferentes medios y portales internacionales de Internet.

Mi novela La insensata geometría del amor (Plaza & Janés, España, 2001) está traducida a varios idiomas y según la macroencuesta realizada por una empresa estadounidense entre miles de lectorxs hispanohablantes, ha sido considerada como la mejor novela contemporánea de temática lésbica en lengua castellana.

OBRA

Dos orillas: voces en la narrativa lésbica

Por iniciativa del Grup ELLES de Barcelona, veinte autoras abordan las distintas aristas del universo lésbico. Cuento, relato y prosa poética
se reúnen en este tomo que, de orilla a orilla de España y América, ofrecen un panorama de su mejor literatura. Los royalties de venta
estarán destinados a proyectos de Cooperación Internacional con la población lesbiana más desfavorecida.Coordinada por Minerva Salado, escriben, además de Susana Guzner. Sonia Rivero Valdés, Hellen Dixon, Odette Alonso, Mª Concepción Regueiro, Patricia Toledo y otras reconocidas autoras.

Aquí pasa algo raro

Aurora Barragán, una ejecutiva madrileña, viaja a Las Palmas de Gran Canaria en busca de un merecido descanso. Mujer de carácter equilibrado, impávida y racional, a raíz de un cúmulo de insólitos errores es reconocida como una de las suyas por los integrantes de una mafia internacional buscada por la Interpol. A consecuencia de esta fatídica confusión de identidades, la pacífica Aurora se verá envuelta en una vorágine de acontecimientos rocambolescos que llegarán a poner en peligro su propia vida.

Aquí pasa algo raro es una obra para todos los públicos, en la que conviven géneros raramente emparentados: la novela negra de riguroso planteamiento y la novela de humor coral, con personajes variopintos de diversas nacionalidades y objetivos. La acción es trepidante, las situaciones decididamente cómicas se suceden y la narración posee un estilo fluido, ágil y directo que engancha tanto por la solidez de la historia y su intrincada trama de misterio como por los momentos hilarantes que se suceden sin tregua.

No solo duelen los golpes

No sólo duelen los golpes: Palabras contra la violencia de género es una obra colectiva donde un grupo de escritoras y periodistas se han unido por primera vez para rendir tributo a las mujeres víctimas de la violencia de género.

Aportan sus textos, además de Susana Guzner, Isabel Coixet, Ángeles Caso, Rosa Montero, Soledad Puértolas, Rosa Regàs, Cristina López Schlichting, Elena Pita, Marta Sanz, Ana Rosetti, Mariló Montero, Espido Freire, Mª JesúsÁlava Reyes, Pilar Adón, Isabel Franc, Sara Rosemberg, Mara Torres, Lola Robles, Remedios Zafra, Brigitte Terrasson, Cristina Peri Rossi, Laura Freixas y Ruth Toledano.

Que suenen las olas

Obra colectiva de relatos de mujeres que escriben en Marruecos y en Canarias.
Coordinada por Teresa Iturriaga Osa y Leila Chafai.

Detectives BAM

Desde pequeña Pepa Alonso fantaseaba con ser detective y su sueño se ha convertido en realidad. Pero lo que nunca imaginó es que en el caso más difícil de su carrera su propia biografía sería la protagonista. Detectives BAM es una obra sagazmente concebida tanto para subir a un escenario como para ser leída como una novela, y en ella Susana Guzner nos propone con refinada sutileza un divertimento satírico y mordaz por el cual desfilan personajes reales junto a otros míticos del imaginario colectivo, especialmente del femenino. Sus continuas situaciones irónicas de ritmo trepidante nos transportan a una celerado comix visual donde se entremezclan sin pausa los golpes de efecto inesperados, la música, los cambios constantes de luces y desplazamientos y una logradísima atmósfera que oscila entre el absurdo y lo probable. A no dudarlo, Detectives BAM es una originalísima propuesta que rompe moldes y donde la reflexión y el regocijo nos muestran su mejor rostro.

La insensata geometría del amor

Tras una breve temporada en Italia, María planea regresar a Madrid, donde reside. Pero en el aeropuerto de Roma su mundo será sacudido cuando conozca a Eva, una bella y enigmática mujer que termina fascinándola. Ambas se ven obligadas a retrasar su vuelo a raíz de una amenaza de atentado en Fiumicino. Este hecho fortuito hará que emprendan un viaje de Roma a Venecia mientras se descubren la una a la otra.

Este es el inicio de una apasionante historia de amor entre dos mujeres, retratada de manera sutil y jalonada de escenas memorables.

A través de sus protagonistas, Guzner nos muestra las primeras luces de la seducción y los claroscuros de una pasión desbordante, plena de sensualidad, dudas, ironía, desencuentros y complicidad.

Punto y Aparte

No es una aseveración gratuita afirmar que en la literatura de temática lésbica hay un antes y un después de Susana Guzner. Su fulgurante irrupción en el panorama literario hispanohablante con la exquisita novela La insensata geometría del amor – de inminente traducción a varios idiomas - ha puesto muy alto el listón del buen quehacer literario. Así lo confirma la multitud de lectoras y lectores que han consagrado a “ la Insensata…” como “libro de culto” y punto de referencia indispensable en el cualquier polémica sobre la lesbianidad y sus lenguajes propios.

Tras una pausa que a su público le ha parecido demasiado larga, la autora vuelve a sorprendernos abordando el relato – género que suma vertiginosamente adeptos en todo el mundo -, y nos propone un sugestivo abanico de historias de diferentes registros y estilos - la elegía, la novela corta, el paso teatral, la epístola, el diario, etc. -, adecuando con su maestría habitual la sintonía del lenguaje a cada una de las narraciones. En sus palabras, “son los argumentos quienes deciden cómo desean ser escritos, yo me limito a escucharles y a “envasarlos” según sus exigencias”.

Punto y Aparte es un apasionante y apasionado paseo multifacético que nos conduce a través de un laberinto de sensaciones. La sutil tela de araña que urde su autora atrapa desde las primeras líneas y nos enternecemos o emocionamos, criticamos y reímos, nos enfadamos, reflexionamos, nos divertimos y disfrutamos al son que dicta su batuta.

Guzner es de esas escritoras que poseen el don innato de la seducción. Su aguzada capacidad de observación le permite regalarnos retratos psicológicos tan verosímiles como profundos y darles vida con esa manera aparentemente sencilla de trasmitir vivencias, ambientes, lenguajes y situaciones con un estilo elegante, inteligente y creativo que induce a una inmediata y honda complicidad.

Tan potente es la identificación emocional con su escritura que las fronteras físicas entre el libro y quienes lo leemos parecen desvanecerse y pronto nos convertimos en arte y parte de sus historias.

Advertencia sobre el uso de este libro: si se dispone a leer Punto y aparte asegúrese antes de que podrá dedicarle su tiempo en exclusiva. Con toda certeza le será imposible sustraerse a la fascinación de sus narraciones y es muy probable que retome una y otra vez su lectura. Si esto sucede tómelo como un fenómeno normal, aunque suele dejar secuelas. Altamente positivas, claro está.

72 Juegos para jugar con el espacio y el tiempo


72 juegos para jugar con el espacio y el tiempo es una propuesta lúdica con juegos sencillos y divertidos, fácilmente realizables en el aula o en cualquier otro ámbito, utilizando objetos cotidianos y al alcance de cualquiera y específicamente concebidos para ahondar en el conocimiento, manejo y dominio pleno de nociones tan abstractas como el Espacio y el Tiempo.

Ambos son conceptos polisémicos que las criaturas irán desentrañando en el transcurso de su desarrollo evolutivo. El ser humano es, en sí mismo, una entidad espaciotemporal cuya vida transcurre regida por el tiempo y el espacio. He enfocado el tema de la sensibilización al espacio desde una triple aproximación, y los divertimentos que sugiero están pensados para trabajar tres áreas básicas: el propio cuerpo y los objetos en el espacio: reconocimiento y profundización de relaciones; el espacio personal: análisis y exploración del espacio vivencial o existencial; el yo y su entorno: conocimiento y adaptación al espacio de convivencia.

En cuanto al tiempo, mis propuestas van dirigidas a profundizar en la comprensión del mismo tanto a nivel social - reloj, almanaque y otras convenciones - como a nivel personal, esto es, la percepción de los tiempos personales, su valoración,
retentiva, observación, utilización, memorización y apego a los mismos.

Habida cuenta del resonante suceso obtenido por La insensata geometría del amor desde su primer lanzamiento, la editorial Punto de Lectura (México), publica una tercera edición de esta novela de culto traducida a varios idiomas.

Punto de Lectura, México, 2009 ISBN: 978-607-11-0161-7

Tras una breve temporada en Italia, María planea regresar a Madrid, donde reside. Pero en el aeropuerto de Roma su mundo será sacudido cuando conozca a Eva, una bella y enigmática mujer que termina fascinándola. Ambas se ven obligadas a retrasar su vuelo a raíz de una amenaza de atentado en Fiumicino. Este hecho fortuito hará que emprendan un viaje de Roma a Venecia mientras se descubren la una a la otra.
Este es el inicio de una apasionante historia de amor entre dos mujeres, retratada de manera sutil y jalonada de escenas memorables. A través de sus protagonistas, Guzner nos muestra las primeras luces de la seducción y los claroscuros de una pasión desbordante, plena de sensualidad, dudas, ironía, desencuentros y complicidad.

“Una novela que te lleva por su lectura como quien navega velozmente por un río, con una historia a veces tierna, a veces desgarrada, por momentos desternillante y, en su conjunto, caliente y agitada como la vida”.
Rosa Montero, periodista y escritora

“Una novela plena de intriga, inteligencia, emoción e ingenio, escrita con notable agilidad y situada en un Madrid contemporáneo, donde los personajes secundarios se encargan de retratar un estilo, el actual, y una época cargados de contradicciones, incertidumbres y dudas. De una extraordinaria verosimilitud, posee diálogos plenos de vivacidad que enganchan por la credibilidad psicológica de los personajes tanto como por la hondura de los sentimientos”.
Cristina Peri Rossi, poeta, narradora y ensayista


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Diversidad ante todo


Hay putos fashion de milenio, putos calabazas de Caraza, putos de clase media, medios putos, putos del todo y zarpados de puto. Putos de corso, de cotillón, putos con sueños de escaleras de Maipo, putos de barsuchos maricones imperios del playback. Putos inteligentes, descerebrados, osos, gatos, gordos como chanchos, putos gansos. Zoológico de trolazos, containner de maracaibos, cóctel explosivo de maricas repartidos por las calles, en el cielo viajando en aviones de primera clase y putos viajando apretujados en colectivos a ras de tierra. Y hay putos huecos, mononeuronales. Con p de profundos, de pedantes, de pedorros, de princesas delirantes, con p de pijudos, p de poetas. Y están los pasivos, los activos y los novedosos versátiles. Putos progres, zurdos y fascistas. Lindos, feos, vestidos en Zara y en La Salada. Flogger-blogger-troler en la costanera andando con sus rollers. Modernas cibernéticas, de tarde de novelas y de danzas macumberas. Putos de cine porno, de bibliotecas, de Angels y de Amerika. De dance rave party pastilleros y de ácido lisérgico, maracas zurdos porreros y maracas duraznos de merca.

Pero no sólo hay putos en este mundo. No estamos solos. Estamos hermanados con las tortas, por ejemplo, pero no de cumpleaños. Hay tortas brandon de jean chupin caído a la cadera pelo corto despeinado y me visto con lo primero que encuentro, aunque me lo programé bien programado. Tortas con jeans de macho gordas como tanques australianos que se acomodan el choto fantasma, las tortas refinadas que se tiran a la almeja en marea alta o marea baja como las mejores. Tortas bosteras, profesoras de educación física, camioneras con el 1114 estacionado en la tapuer, las de Palermo Hollywood y las de La Matanza. Las que son periodistas, literatas, taxistas, repositoras y las tortas que dan más miedo que son las tortas cana.

Y así, me quedo corta, de todo como en botica: travestis, trans, hermafroditas, trogloditas, tapados, asfixiados en el ropero ahora denominado closet que es más fino, bisexuales, asexuados, putones verbeneros...

Somos seres individuales aunque ciertas características puedan agruparnos, enguetarnos y hacernos parecer sin ser, muchas veces del más idéntico y profundo palo. Sí, de ser y parecer estoy hablando. Cuánto de realidad, cuánto de teatro, puro teatro como sabe cantar como nadie la Lupe que nos resuena a todas las maricuecas cascabelonas en las películas de Almódovar. Shakespeare, otro del palo, hizo salir de la boca apasionada de Hamlet, calavera en mano aquello de “‘Ser o no ser, esa es la cuestión”.

Y yo ahora reflexiono, flexiono, flatuciono y me pregunto de puto profundo que me hago (porque una a la final tiene sentimientos): Parecer o no parecer... ésa es la cuestión.

Naty Menstrual
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Secretos de una vaquera


Annie Proulx, experta en asuntos rurales y en pueblos chicos, es la autora del cuento que llevado luego al cine por Ang Lee se convirtió en un emblema mainstream del amor gay, imposible y conmovedor. En Secreto en la montaña, los vaqueros Jack y Ennis sucumbían ante la homofobia generalizada mientras burlaban el mito de macho, encarnado por John Wayne y el Hombre Marlboro. La autora estuvo en Buenos Aires y habló de cómo fue que se le ocurrió esta idea y por qué habría querido que no se le ocurriera jamás.

”Quizá usted sepa qué significa escribir como una mujer, yo no lo sé”, responde a esta cronista la escritora Annie Proulx, quitándose de encima uno de los sayos que se le endilgan. Ser mujer y escribir como tal. De hecho ha sido incluida en el título de un libro recientemente editado y dedicado a la historia de la literatura femenina de su país. “Nunca pienso en mi sexo al escribir, eso es algo que preocupa a otros”, responde en referencia a otro de los sayos, que le dio fama mundial y que viene a raíz del éxito arrasador de su cuento en el que narra los amores imposibles entre Jack y Ennis, los ya famosos amantes de Secreto en la montaña, a partir de la versión del director Ang Lee en esa película que, según remarca la autora, si se perdió el Oscar es porque la homofobia no sólo se da en el campo sino también en las mejores ciudades...

Annie Proulx, que hoy supera los setenta años, hace doce que escribió Brokeback mountain, un relato sobre dos jóvenes vaqueros que se enamoraban en uno de los ambientes hostiles por excelencia de los Estados Unidos para todo lo que no sea la patria, la familia y la propiedad. Para Proulx, ganadora del premio Pulitzer en 1994, escribir ese cuento fue más difícil de lo que pensaba: “La gente cree que los cuentos son más fáciles que las novelas, pero se necesita mucha habilidad para escribir un relato corto y no caer en una mala imitación de Raymond Carver”. Pero en el caso de Brokeback mountain, la mayor dificultad radicó precisamente en la propia identidad, la formación, el género. “Tuve que meterme en las mentes de dos muchachos mal hablados y sin educación y eso me llevó mucho trabajo, sobre todo cuando quien escribe es una mujer mayor, blanca y heterosexual. Me tomó mucho tiempo pensar cada personaje y encontrar el equilibrio en la historia.” La autora reconoce que tenía pocas esperanzas de que alguien publicara esta historia sobre la atracción física entre dos hombres del Oeste norteamericano, la región que dio vida al Hombre Marlboro, el icono más fuerte de la publicidad estadounidense, que a su vez imitaba a la estrella más grande creada por Hollywood, John Wayne, protagonista del mito fundacional de ese país, el cowboy que arriaba ganado y combatía a los indios con un lazo en la mano y un cigarrillo en la boca. Pero la revista The New Yorker publicó el cuento, que luego ganó el premio O. Henry, entre otras distinciones.

Génesis de una historia de amor

La historia de Jack Twist y Ennis Del Mar, encarnados por Jack Gyllenhaal y el ya mitológico Heath Ledger, surgió cuando, a mediados de los ‘90, Proulx visitó un atestado bar de una zona rural del interior de Estados Unidos. “Había mujeres atractivas y un olor a sexo flotaba en el aire. Pero, sin embargo, en un rincón había un hombre viejo que miraba con insistencia a los jóvenes que jugaban pool. En sus ojos había una mirada hambrienta que me hizo pensar que tal vez fuera gay. Y entonces yo misma me pregunté ¿cómo habría sido su vida en su juventud? Luego desapareció este hombre anciano y en su lugar apareció Ennis. Y luego Jack.” Cuando la historia fue publicada, hubo un enigmático silencio por parte de las asociaciones gays. Es muy posible que de no ser por la versión cinematográfica esta pieza hubiera quedado en la misma nebulosa en la que han quedado otros grandes textos que dieron cuenta de la opresión del Oeste americano, como lo han sido los de Burroughs o los de Pynchon, que no disfrutaron del favor mass mediático.

Pero, para su desgracia, la escritora recibió decenas de cartas de hombres que declaraban haberse identificado con los personajes. “Esta es mi historia, por eso abandoné Idaho, Wyoming, Iowa”, decían muchas de las cartas provenientes del opresivo interior norteamericano y “quizá las más conmovedoras eran las de algunos padres, que decían ‘Ahora entiendo el infierno que atravesó mi hijo’”, recuerda Proulx. Pero a juzgar por la cantidad y el tenor de gran parte de esa correspondencia, la autora repite en varias entrevistas que habría preferido no haber escrito este cuento. “Me inundan de manuscritos, guiones, cartas, reescrituras y reelaboraciones del texto original y, en general, comienzan diciendo: ‘Mire, yo no soy gay, pero...’. La idea es que porque son hombres entienden más a los hombres que yo. Absurda idea sobre todo para alguien que a contramano de lo que se enseña en muchos talleres literarios –escribir sobre lo que uno conoce– asegura que en sus libros no hay nada autobiográfico y aconseja, en cambio, escribir “sobre lo que a uno le gustaría conocer”. Además, este cuento es sobre la homofobia, la historia de amor es entre dos personas, que además son homosexuales.

En cuanto a la adaptación cinematográfica de su cuento, aunque manifiesta estar de acuerdo con la versión, destaca también que Ang Lee quería cambiar el acento cerrado y casi ininteligible de los vaqueros por un refinado inglés neoyorquino para que los diálogos fueran más fáciles de seguir. “Pero yo me negué, así como cuando quisieron incluir una escena que sonaba simplemente terrible: en ella Jack y Ennis ayudaban a unos hippies cuyo vehículo se había descompuesto. Como agradecimiento, estos hippies les ofrecían a Jack y Ennis sus mujeres.” Sin duda, la escena que se pretendía incluir intentaba decir por demás algo que ya estaba dicho, o mejor, subrayado sin palabras en el resto del texto. Hay una prepotencia del orden heterosexual que avasalla hasta con el deseo. “Creo que no hay trabajo más destructivo que el del guionista”, agrega Proulx en esta charla casi íntima que sostiene con periodistas argentinos en su visita a Buenos Aires.

Usted vivió en Wyoming, el estado donde transcurre la historia. ¿Podría describirlo?

–Es un estado conservador, de mayoría blanca y de derecha, monocultural, muy masculino en su idiosincrasia y sin interés por los libros. Allí lo único que le importa a la gente son las vacas y los caballos.

Pero usted se decidió irse a vivir allí...

–Sí, en 2003 me compré una casa. Porque me enamoré de su paisaje.

¿Cómo son las mujeres que viven allí?

–Cada uno cumple con un rol aquí donde se supone que no hay homosexuales, por ejemplo. ¿Las mujeres? Sé que una de ellas fue a Irak como soldado. En general, son simples observadoras, tienen un rol secundario frente a los hombres, aunque algunas dirigen grandes fincas e incluso portan armas si ven un coyote. En mi país, todos quieren ser cowboys, incluso las mujeres. Mucha gente viene del Este para convertirse en vaquero. Pero ya no vivo en Wyoming, los inviernos allí son muy duros y por eso me mudé al Sur, a Nueva México, donde vive uno de mis hijos. Ahora vivo cerca de Albuquerque, que es todo lo opuesto a Wyoming: es una ciudad donde se mezclan todo tipo de culturas, razas y lenguas, y que además está muy cerca del campo.

Es la primera vez que Proulx vive en una ciudad. Nació en una zona rural de Connecticut, vivió en Vermont, donde se convirtió en una experta pescadora, y también en la isla canadiense de Terra Nova, donde casi no crecen plantas pero hay osos y la gente se desplaza en canoas. Allí transcurre su novela The Shipping News, también llevada al cine y distribuida en Argentina como Atando cabos, con Kevin Spacey y Julianne Moore en los papeles principales. Antes de dedicarse por completo a la literatura, Proulx trabajó como periodista freelance en revistas para el hogar del tipo “hágalo usted mismo” y libros de cocina, destinados a un público campestre. En los ‘80 fundó un periódico rural, donde escribía sobre temas tan variados como “el clima, manzanas, canoas, ratones, sidra y lechugas”, según contó ella misma en la revista Contemporary Authors. El tema de su conferencia en Buenos Aires no es casual: todas sus obras narran situaciones rurales, donde el paisaje y el trabajo manual tienen gran protagonismo. Allí “las cosas todavía se hacen con cierta carga física, lo cual siempre es gratificante”.

¿Qué está escribiendo en estos momentos?

–Estoy trabajando en una especie de “mémoire” triste sobre mi casa en Wyoming, que está en venta. Pero ahora lo que me mantiene ocupada es la lectura: estoy aprendiendo muchas cosas sobre balcones, geología, arquitectura... El otro día compré por 25 centavos un libro maravilloso sobre nudos, donde se explican cosas como cómo atar una vaca a un poste (risas).

Milagros Belgrano Rawson
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La maja macha


¿Alguna vez tu mamá te descubrió revolviéndole el placard cuando eras chico?

–¡Sí, claro! Montones de veces. De hecho, como ella trabajaba –era maestra–, tenía una chica que me cuidaba y le llegó a tener prohibido que yo me vistiera de mujer. Porque ya de pequeño disfrazarme era mi juego favorito. Hacer shows con la fregona en los que usaba el plumero como si fuera un micrófono. Algo que cualquier niño ha hecho alguna vez, aunque quizá no con tanto desenfado como yo lo hacía. Pero bueno, eso mis padres lo justificaban diciendo: “nos salió artista”. Y era la excusa por la cual ese tipo de juegos estaban más o menos aceptados.

No se escandalizaban...

–La verdad que poco. De hecho, vestirme de mujer no era algo que yo hiciese a escondidas. Lo que no quiere decir que no me diera cuenta de que alguna diferencia había entre esos niños de mi edad que soñaban con llegar a ser astronautas o futbolistas, y yo, que encontraba divertido hacer teatro vestido de dama. Si hasta mi abuela me festejaba cuando a la hora de un show que aquí sería como el de Susana Giménez yo me ponía a imitar las coreografías delante de la tele. “¡Ay, pero mira qué gracioso el niño!”, le decía a mi abuelo. “¡Tiene las piernas más bonitas que las bailarinas!” Y mi abuelo bufaba.

Y tu papá, ¿qué decía?

–Mi padre es una cosa curiosa, porque él era artista, hacía espectáculos de humor, salía de smoking y hacía chistes, muchos de ellos machistas, y en uno de los números aparecía vestido como Lola Flores y la imitaba. Y yo a veces cogía la ropa de mi padre para vestirme y recuerdo oírlo despotricando: “¡Ay, este niño maricón! ¡A ver si se deja de una buena vez de tanto mariconeo!” ¡Pero yo estaba haciendo lo que le veía hacer a él! ¡Lo imitaba, en algún sentido! Por eso él no me puede recriminar nada: porque mi veta artística, en gran parte, a él se la debo.

¿Y cómo te iniciaste en el transformismo?

–Hubo una etapa en la que el transformismo quedó ahí, en la infancia. Cuando eres pequeño no tienes tanta conciencia de lo que está bien y lo que está mal, y cuando entras al colegio y notas que eres diferente o que se ríen de ti, no te queda otra que recatarte un poco. Obviamente no me iba a jugar al fútbol con los machos de mi clase, pero por lo menos disimulaba. Yo tengo 29 años y la libertad que hay ahora con el tema gay no es ni de lejos la que había entonces. Ahora los gays más jóvenes no salen del armario porque nunca han estado dentro. En España, hoy ves chavales de 13, 14, 15, 16 años que son gays y tienen su novio y van de la mano por la calle como si fuera lo más natural del mundo. Pero cuando yo viví la adolescencia la cosa era muy diferente. A casi todos les tocaba tener una etapa “hétero”, y en esa etapa estudié teatro y tenía novia, hasta que a los 20 años rompí con todo, me hice gay y me fui a Madrid para ser artista. Y como todo buen actor en sus comienzos empecé poniendo copas detrás de una barra. Con la salvedad de que era en un local de Chueca en el que había, claro, shows de transformistas. Pero yo veía esos shows y me parecían tan malos... Porque el transformismo no es sólo vestirse de mujer y hacer playback de la cantante que admiras. Entonces me dije: “¿Y por qué no probar aquí?”. Y así fue que di el salto de la barra al escenario.

Pero me imagino que alguna mano te habrán dado esos transformistas, por más malos que fueran...

–Sí, desde ya. Además yo no tenía nada, ni siquiera unas medias de lycra. Nada de nada. Por lo que una noche me acerqué a uno que imitaba a Isabel Pantoja y le pedí si no me podía prestar algún vestidito de mi talla. Y me dijo: “Sí, cómo no, mañana mismo te traigo uno”. Pero me tuvo como tres semanas con idas y vueltas, y me daba largas, y me daba largas”. Hasta que un día se vino con un vestido horrible, que hasta tenía quemaduras de cigarrillo, pero que entonces para mí era lo más bonito que había. Aunque ahora pienso y me digo: “¿Pero cómo fui tan tonto? ¿Por qué directamente no fui y me compré uno?”. El caso es que me prestó ese vestidito y con ese vestidito me subí al escenario. Y una vez que ya me había hecho un nombre y tenía una cierta fama, supe que ella se andaba jactando de ser mi madrina artística, de que me había abierto las puertas del show y me había ayudado a dar los primeros pasos. Aunque sin duda la peor mentira de todas fue que para mi debut me había prestado un vestidito hermoso.

En tu caso, ¿la ropa es sólo tu uniforme de trabajo? ¿Ni medio gramo de fetiche?

–No, para nada. No hay nada que tenga que ver con un fetiche sexual en la ropa, y muchos menos con sentirme mujer. No hay una necesidad en mí de travestirme, sino necesidad de público, de espectáculo. Nacha La Macha es un personaje que me inventé, y porque es una señora se viste como tal. Ella nació de mi admiración hacia divas del espectáculo como Rocío Jurado, Lola Flores, Concha Velazco, Rocío Durcal, o por artistas como Los Pimpinela, que de chico me gustaba imitar desdoblándome, haciendo de hombre y de mujer yo solo.

¿Te ha pasado muchas veces que se te acercaran hombres atraídos sexualmente por tu personaje?

–Sí, me ha pasado mucho eso. Y en esas situaciones actúo en consecuencia, dependiendo de cuánto me guste el chico que se acerca. Pero, bueno, es parte de la magia del transformismo. Aunque es tal la veracidad que logra el personaje de Nacha que es capaz de despertar deseo en hombres que no son gays y que se sienten atraídos por la mujer que están viendo. Y eso es un halago por partida doble, porque no sólo me siento admirada sino que también me doy cuenta de que lo que hago lo hago muy bien en razón de que me ven como una mujer sexualmente apetecible.

¿Y eso no te ha obligado a hacer el amor vestido de Nacha?

–¡Ay, es tan incómodo acostarse con todo eso encima! Imagínate con la peluca, el corsé, las tetas de relleno, las pestañas postizas... No es algo que haga habitualmente, no. Además, como te decía antes, en el tema sexual no soy nada fetichista. Y acostarme como Nacha me obliga a seguir actuando.

¿Y qué de los noviecitos que después de conocerte se enteraron de que tu trabajo era éste?

–Pues hay de todo. Al principio, sufría bastante cuando me enfrentaba con los prejuicios típicos que los demás tienen de los transformistas: que somos mujeres las 24 horas, que somos unas locas, que en la cama nos gusta ser pasivos. El gay siempre estereotipa al macho y su mayor meta es llevarse a la cama o ponerse de novio con el más masculino. Si eres loca, estás mal vista y te rechazan. Y yo he vivido muchos rechazos de ese tipo. Tuve un novio argentino en Madrid a quien de entrada no le aclaré a qué me dedicaba y con quien estábamos muy enamorados, pero que cuando se lo dije me respondió que hubiera preferido que fuera taxi-boy, actor porno o que vendiera droga. ¡Cualquier cosa menos eso! De ahí que cuando conozco a alguien no me guste que sepan de mi vida artística, por lo menos al principio.

¿Vos te enamorarías de otro transformista?

–¡Sí, por qué no! Imagínate si nos fuéramos a vivir juntos: ¡lo que sería ese placard, Dios mío! De hecho, yo vivo con otro transformista, que no es mi pareja sino uno de mis mejores amigos, que se llama La Prohibida. A mí no me molesta la pluma para nada. Y me puede gustar tanto un chico que no parezca gay como un chico amanerado. Siempre y cuando sea un chico, claro está, porque si no sería lesbianismo.

¿Y qué es lo peor de convertirte en Nacha?

–Lo que llevo peor es maquillarme. Siempre digo: “Ojalá inventaran una mascarilla que te pudieras poner sobre la cara y listo”. También sueño con ser algún día muy famosa y ganar dinero suficiente como para tener un peluquero personal y una maquilladora y no tener más que tumbarme y que lo hagan todo ellos. Tardo más de una hora entre que me afeito, me maquillo, peino la peluca y me visto. Hubo un espectáculo que hice, titulado La noche de Nacha, en el que al final me desmaquillaba y me desvestía en escena. Un cuadro que es muy tradicional dentro del transformismo, pero que a mí me venía bien porque me servía para ahorrar tiempo. Y a mucha gente le gustaba, pero había fans que iban a ver a Nacha ilusionados con sacarse una foto al final de la función y tenían que conformarse con una foto con Nacho. Y no era lo mismo, obviamente: para el Facebook no rendía.

¿Y cómo sería Nacha si se vistiese de hombre?

–¡Pues sería lo que ves! ¡Sería como yo!

Pero sos vos el que se viste de Nacha...

–¡Claro!

¿Y si Nacha se vistiese de vos?

–Pues simple: se desvestiría.

Patricio Lennard
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viernes, 1 de mayo de 2009

¿Paranoia, gripe porcina o una colosal maniobra digna de Maquiavelo?


Escuchando, mirando y leyendo de aquí y de allá la avalancha de información mundial acerca de la gripe porcina, y en especial reflexionando sobre el efecto de tal sobredosis de calamidad sobre mi persona y lxs demás, mi paranoia me ha propuesto una hipótesis de trabajo que, si no concuerda con la realidad (de saberse en que consiste “la realidad”) al menos me ha tranquilizado bastante.

Una aclaración previa: considero que existe una paranoia “mala”, la patológica, aquella que se instala insidiosamente como un gusano maligno en la psique y provoca intenso sufrimiento - tal es el caso de la esquizofrenia paranoide -, y otra normalita, también llamada intuición aguda, una suerte de faro que nos capacita para ver debajo del agua, leer con agudeza ciertos acontecimientos y vislumbrar certezas ocultas a simple vista. Algo así como esos juegos gráficos infantiles que constan de una serie de números. No se ve nada concreto, pero dibujando una línea en el orden correcto surge de la nada una ballena, una flor o una rústica casita.

Pero a lo que iba. En un insight fulminante (así son las corazonadas, fulminantes), he verificado un hecho más que notorio: de la noche a la mañana las impresionantes y machaconas noticias sobre la crisis económica internacional, sus temibles secuelas de cierres de empresas, millones de desempleados, dinerales estatales puestos al servicio de bancos usureros para salvar sus activos, Etc.Etc. ya no adornan los titulares en mayúsculas. Han pasado a un discreto segundo plano.

Veamos: se reúne el G20, de inmediato el G8, Obama viaja a México… Y como por arte de magia surge la alarma de una nueva cepa de gripe, precisamente en Mexico, que de alarma pasa a ser certeza en poquísimos días, la OMS remonta en una semana de alerta 2 por epidemia a alerta 5 por pandemia mundial… Sin tregua, sin estudios confiables, con una cantidad de muertes, seamos sincerxs, bastante escasa (ni remotamente cercana a los cientos de miles que se cobran cada año las gripes estacionales) y todos los gobiernos se afanan con medidas precautorias para “dar batalla” a la que parecería ser una suerte de tercera guerra mundial bacteriológica. Si prestan atención se habla del tema estrella en términos bélicos, tan caros a la medicina oficial y a las multinacionales de los laboratorios. Combate, defensa, ataque, flancos, baterías, avances y retrocesos, armas defensivas, armas ofensivas, armas de ataque masivo…Muuuy sospechoso todo esto.

Nos recomiendan encerrarnos en casa, tapabocas, cuidados obsesivos, evitar el contacto con otras personas, en síntesis, se instala institucionalmente una paranoia paralizante y sumamente amenazadora, aunque lo cierto es que no hemos visto ni muertos ni sus familiares, ni entierros, ni cremaciones. No se en otros países, en el mío no se ha dado noticia de ello, ni tampoco en los medios italianos, estadounidenses, españoles y franceses que suelo mirar diariamente.

Anoche, mirando un telediario argentino, se entrevistó a la madre de una compatriota que volaba desde California a Buenos Aires, comenzó a sentir síntomas de catarro y hubo un aterrizaje no previsto en Lima para internarla allí. Pues bien, de nada sirvió que la madre declarara reiteradamente que había hablado con su hija, que ésta no sentía más que una molesta tos y quería marcharse de su obligado encierro. El reportero no la soltaba, como un perro perdiguero: ¿Pero es la gripe porcina? Madre: mire, no sé, no lo creo. ¿Las pruebas médicas que muestran? Madre: solo le han hecho un análisis de sangre y ha dado todo correcto. ¿Usted va a viajar a Lima para estar con su hija en estos duros momentos? Madre: no veo la necesidad, ella dice que está bien ¿No teme por si vida? Madre: de momento no, ya le digo, el análisis no muestra nada anormal... ¿Y no piensa volar para traerla al país?... Y así hasta que la “noticia” ya no dio más jugo y se la despidió con un seco: muchas gracias, señora.

Y de pronto surgió otra película en mi mente, como un flash revelador. ¿Y no será esta puesta en escena muy bien orquestada a nivel mundial, una maquiavélica cortina de humo? ¿Realmente existe una cepa mutante dela gripe estacional de alcance internacional y grado 5 en la escala OMS? ¿Y si de esas reuniones G ha surgido la consigna general de entretener y enceguecer a la población mundial con otras prioridades (se nos va la vida en ello, no es para menos) y ejecutar algunos planes que, en condiciones normales, provocarían la airada reacción de las ciudadanías? Planes tales como una devaluación generalizada de las divisas nacionales, por ejemplo, más despidos, reacomodos en los índices bursátiles y demás maniobras en la oscuridad que, ante el pánico por contraer la enfermedad, aceptaríamos por buenos sin otorgarle mayor trascendencia, o en le peor de los casos, como una inevitable consecuencia de una peste…virtual.

Seguiré atenta los acontecimientos, mi paranoia no es infalible ni mucho menos, pero les aseguro que la conclusión a la que he arribado (y mucha otra gente también) me ha tranquilizado lo suyo con respecto a mi salud, aunque no hacia las novedades económicas inminentes que intuyo.

Que alguien, o muchos, se están enriqueciendo a costa de nuestro pánico es evidente. ¿Cuántos más lo harán, y de que forma?

Aquí dejo esta reflexión. Puede que desvaríe, lo admito, pero huelo a colosal tramoya, tengo mis añitos y he vivido bastantes trampas del Poder.

Susana Guzner
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lunes, 27 de abril de 2009

Judíos ortodoxos salen del clóset


El judaísmo ortodoxo y la homosexualidad son dos facetas difíciles de conjugar que se abrazan en una exposición en Jerusalén en la que un grupo de artistas religiosos “sale del armario” a través de sus obras. Los catorce protagonistas de la muestra Salir del Arca Sagrada: Belleza, Creencias e Identidad se enfrentaron de distinta forma al choque entre su condición de homosexuales y su profunda fe y educación judía.

Algunos se vieron obligados a abandonar sus creencias para sentirse libres, otros optaron por ocultar a su comunidad sus tendencias sexuales y los más valientes las hicieron públicas y se enfrentaron al ostracismo social. “No yacerás con un hombre como se yace con una mujer, es una abominación” (Levítico, 18:22) es el controvertido párrafo de la Torá que condena a los gays judíos creyentes al desgarro entre su identidad sexual y su religión.

Avi Rose, uno de los artistas que exponen sus obras en la muestra, entiende que ese verso “está abierto a diferentes interpretaciones” y, desde su fe judía sin fisuras, siente que Dios lo ama “igual que al resto de la humanidad”. Junto con su marido forma el primer matrimonio homosexual reconocido legalmente en Israel y vive abiertamente su condición, algo que no pueden hacer varios de sus colegas de la exposición, que presentan sus obras bajo nombres ficticios.

Identidad sexual y judía. Las fotos y los cuadros transmiten sus miedos, dudas, fe, sensualidad y sensación de opresión. Algunos artistas recurren a imágenes controvertidas, como una mujer con los brazos cubiertos por las filactelias que se colocan los hombres para el rezo de la mañana o dos varones ataviados con el manto religioso para la oración (talit) acariciándose cariñosamente las manos.

La muestra, según explica la curadora de la exposición, Ofra Zucker, trata de poner sobre la mesa “la conexión entre la identidad homosexual y la identidad judía”, un tema del que “muchos no quieren hablar porque no creen que se pueda ser gay y ortodoxo al mismo tiempo”.

Pero sí se puede, como demuestran más de trescientos hombres y mujeres ortodoxos y gays de Jerusalén que se reúnen periódicamente en los grupos Jevruta y Bat Kol para tratar sobre sus problemas y puntos en común. Rose, profesor de Historia del Arte y del sionismo de origen canadiense que se define como “un judío tradicional, homosexual y casado”, entiende que “hay que hacer un ejercicio de integración y vivir plenamente ambas identidades”. Pese a reconocer que no puede ignorar el Levítico, ni dejar de constatar que “el judaísmo lo discrimina”, asegura que puede vivir con ello y buscar un equilibrio. En una situación parecida se encuentra Dina Berman, que forma parte de Bat Kol, un grupo de mujeres religiosas gays en el que recuperó el sentimiento de pertenencia a una comunidad, ya que la sociedad ortodoxa de la que procede “no aprueba que sea lesbiana”.

Rose y Berman coinciden en que cada vez hay más entornos en los que pueden vivir libremente su identidad. “Jerusalén está creando una revolución ortodoxa”, asegura Rose. “Hay sinagogas donde la gente como nosotros puede ir y sentirse a gusto y hay rabinos que hablan de aceptar a la gente en un nivel más profundo. Está ocurriendo y somos parte de ello sólo por no renunciar a ser quienes somos”, afirma.

Decisión polémica: aceptan las uniones gay y la homosexualidad de los rabinos

El organismo más importante del judaísmo Masorti (conservadurismo judío), un movimiento mundial de esta religión, ha aceptado la ordenación de rabinos homosexuales y la celebración de compromisos entre personas del mismo sexo.

Esta decisión, que llega tras años de debate, fue denunciada por los más tradicionalistas de esta agrupación como un claro indicio de que este movimiento del conservadurismo judío había abandonado su compromiso de adherirse siempre a la ley judía, pero celebrado por otros como una muy esperada maniobra hacia la igualdad.

“Vemos esto como un gran paso adelante”, dijo Sarah Freidson, estudiante rabínica y copresidenta de Keshet en Nueva York, un grupo con ramificaciones en todo el mundo de estudiantes del Seminario de Teología Judía que presiona por el cambio y la diversidad sexual, según The New York Times.

De las tres resoluciones que se debían adoptar sobre la cuestión de los rabinos homosexuales, los 25 rabinos que conforman el comité legislativo de este organismo aprobaron una a favor, y votaron en contra de dos. De esta manera, el comité delegó en las sinagogas la misión de decidir si aceptan o rechazan rabinos homosexuales y celebran compromisos del mismo sexo.

“Creemos en el pluralismo”, dijo el rabino Kassel Abelson, presidente del panel del Comité sobre Ley Judía y los Estándares de la Asamblea Rabínica.

En protesta, cuatro rabinos conservadores dimitieron del comité legal, agregando que esta decisión viola la ley judía, o Halajá.

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sábado, 25 de abril de 2009

Arte y política


28 años de pareja, dos matrimonios apócrifos –ni en México ni en la Argentina existe aún la chance de que dos mujeres se casen–, al menos cien canciones escritas a dúo y con la convicción política de que todavía hay lugar para la protesta, más la puesta de un cabaret andante y la creación de un teatro –El Hábito, donde Chavela Vargas volvió del ostracismo al que la había condenado el olvido hace ya 20 años– son apenas parte de la vida y la producción en común de Liliana Felipe y Jesusa Rodríguez, dos mujeres que saben que amarse da trabajo, pero que el trabajo también es capaz de enamorar.

Liliana Felipe, la cantante argenmex que el boca a boca –sobre todo entre lesbianas– fue instalando hasta convertir en misa pagana cada uno de los shows que esporádicamente hace en la Argentina, es una rara avis en esta época: como pocas –y pocos–, ella, junto a su esposa, la actriz y directora Jesusa Rodríguez, reivindica la canción y el arte de protesta, así, a la vieja usanza. Los derechos sexuales, la resistencia civil, la ecología, la defensa de las minorías, el feminismo, el anticapitalismo; todos temas de sus canciones, pequeñas performances que estas mujeres planean juntas y que son capaces tanto de arrancar lágrimas como carcajadas en un público que las reconoce y las adora, tanto aquí como en México. En los 28 años que llevan en pareja, Jesusa y Liliana se casaron dos veces y criaron dos perros salchichas (Lucho y Cirilo); giraron durante cinco años por Europa con una versión femenina del emblemático Don Juan de Mozart; compusieron obras de teatro y letras de 13 discos (la música sólo Liliana); montaron el cabaret El Fracaso, luego el teatro-bar El Hábito –impulsor y referente de la movida mexicana durante quince años, que además rescató del olvido a Chavela Vargas, la cantante mexicana que acaba de cumplir 90 años la semana pasada–, y actualmente pusieron toda la energía en el Movimiento de Resistencia Civil Pacífica, a partir de las últimas elecciones mexicanas que terminaron en un escándalo por fraude y dos gobiernos en paralelo. De esa militancia surgió el tema que allá y acá se está convirtiendo en himno: “Nos tienen miedo porque no tenemos miedo”. Activismo-amor-vida cotidiana-arte para ellas son lo mismo. A lo largo del año pasado estuvieron dos veces en el país: una para cantar en el Espacio para la Memoria, en solidaridad con H.I.J.O.S. –la hermana de Felipe es desaparecida y su sobrina milita en H.I.J.O.S. Córdoba–, y la otra para participar de un festival en apoyo a la campaña para la despenalización del aborto. Incluso la gira de presentación del nuevo disco, Mil veces mil, apenas si da puntada sin hilo. Es que ellas prefieren la arenga a la promoción porque encuentran el sentido de componer en que la gente tenga material para cantar sus reivindicaciones. Hay algo del ‘70 en sus recitales-mitines, es cierto, pero con la diferencia del humor, lo más serio que tienen.
¿Cómo se conocieron?

Jesusa Rodríguez: –Yo estaba actuando y vi a Lili en el público: fue amor a primera vista.
Generalmente el público corre a los actores.

J.R.: –Yo corrí al público, pero sólo me enteré de que era argentina. Esa noche le dije a una amiga: “Hoy conocí a la chica con la que voy a vivir toda mi vida”. Pasó un año. Un día entró a la Escuela de Teatro donde yo ensayaba y pensé: “Ahí está otra vez”. Tampoco entonces me atreví a mucho más que preguntarle el nombre, pero ella tuvo que llamarme luego por un asunto del ensayo...

Liliana Felipe: –Ahí ya me había dado cuenta, llamé con otras intenciones, aunque tenía un motivo profesional.
Entonces fue todo inmediato.

L.F.: –No, pasó un tiempo, porque Jesu me dijo todo o nada y le dije que no, que yo era muy promiscua y quería seguir así.

J.R.: –Ella tenía novios, novias, los lunes, martes, miércoles; yo ya no quería saber nada con eso. Pasó como un mes, ella estaba cantando fuera de DF, la fui a buscar y ahí cambió su actitud; ya nos quedamos juntas.
¿Por qué cambiaste?

L.F.: –En detalle ya no me acuerdo...

J.R.: –Yo sí (se ríen).
Tenías novios también. ¿Es como dice la canción: “Cada cosa que ves es dos o tres”?

L.F.: –Todo eso.

J.R.: –Creo que a todos nos gusta de todo, después vas prefiriendo.
Ustedes hicieron un casamiento apócrifo, cuando no estaba legalizado.

L.F.: –En 2001 hicimos una boda que fue más una performance.

J.R.: –Es que la pareja presidencial de entonces, muy conservadora y católica, anunció que pediría al Vaticano anulación de sus respectivos matrimonios para casarse entre sí, y lo lograron: la plata que habrán puesto... Si ellos se podían casar, nosotras con más razón. Espíndola, un gran artista plástico, nos hizo unos trajes de papel...

L.F.: –No, antes tienes que decir que salimos a buscar vestidos de novia, pero como las mexicanas se casan a los 18 años, no nos entraba ninguno.

J.R.: –En la ceremonia hicimos la ópera Cándido de Voltaire, tiramos una Biblia a la basura, ofició de sacerdota Claudia Hinojo, una importante luchadora por los derechos lésbicos desde los ‘60, y tuvimos madrinas múltiples, hasta el diablo nos bendijo. Nos divorciamos ese mismo día.

L.F.: –Ahora tenemos la unión civil, que existe allá desde hace poco.
¿Cómo fue para vos, Liliana, ser lesbiana o bisexual en los ’70, mientras viviste en la Argentina?

L.F.: –Acá no se asumía cuando yo estaba (hasta el ’76), pero nunca lo oculté y no tuve problemas, tampoco con mis padres. Puede ser que tenga un recuerdo idílico, yo era la joven promesa musical de Villa María, todos me querían y lo asumían, o eso es lo que me inventé en el recuerdo.

J.R.: –Es que Liliana tiene unos padres especiales, la educaron en la franqueza, con libertad; yo en cambio vengo de una familia católica, muy cerrada en el pudor, la clase media mexicana en general es así: todos cogen con todos pero que no se note, si no se muestra está bien, incluso la homosexualidad.

L.F.: –Ahora sí se ven parejas besándose...

J.R.: –Pero sólo las jóvenes, no maduras, a no ser en los actos específicos. Yo al principio hice escenografía muchos años y en los grupos de tramoyistas, grupos de machos que se comportan como tales, tenía más problemas por ser mujer y joven que por lesbiana.

L.F.: –Luego, Jesu y yo hemos sido una pareja muy productiva, hemos generado trabajo alrededor, quizás eso te conecta pronto o de otro modo, la gente te quiere, nunca tuvimos que dar explicaciones.
¿Qué las mantuvo 28 años juntas?

J.R.: (A Liliana) –Ni un día más, te lo advierto.
Ah, ésa es la fórmula, día por día.

L.F.: –Como en Alcohólicos Anónimos, cada día dices sólo por hoy (se ríen mucho).
¿Qué sostiene el amor?

J.R.: –Primero esa flama incomprensible que te llevó a esa persona y no a otra y no sabes por qué. Luego el trabajo de todos los días, hay que sortear las dificultades, pero lo que te impulsa a sortearlas es aquello primero e incomprensible.

L.F.: –Las diferencias también, nos hacemos necesarias una a la otra, o complementarias, a mí me gusta cocinar y a Jesu no, yo soy muy inútil para destornilladores, arreglar cosas, y ella puede con eso. Y si leemos la misma noticia en el diario a mí me interesa cómo organiza ella el pensamiento, también con las obras de teatro y ahora con los actos políticos; yo soy muy dispersa, ella me estructura, me contiene.

J.R.: –Una de las cosas más gozosas que recomendaría a las parejas es leer juntas en voz alta; nosotras decidimos qué libro, en este momento Tratado de ateología, de Michael Lonfrey; leímos capítulo a capítulo El Quijote, Las mil y una noches...
El nuevo disco se basa en Las mil y una noches. ¿Por qué?

L.F.: –Porque debería ser un libro de educación sexual en los colegios, tiene una libertad que no hay en Occidente. Se supone que hay varias autoras en él. Recomiendo volver a leerlo, pero en una versión no censurada.

J.R.: –Cómo el mundo islámico puede tener esa tradición maravillosa y a la vez tanta represión con las mujeres. El Decamerón no llega a esa imaginación, libertad y locura. Cuando hicimos el cuento de la mujer que hace el amor con un negro y con un orangután, unos estadounidenses lo tomaron como discriminación racial.
Eso dice más de ellos que de ustedes...

L.F.: –Primero hicimos una obra de teatro, el disco es sólo la música. El detonante fue que apuñalaron a un amigo por puto, en Querétaro. Así es que llevamos la obra a todas las regiones más cerradas de México para concientizar sobre vivir el erotismo con alegría, con libertad.
¿Va en esa línea ese tema de “si los sexos verticales, transversales...”?

J.R.: –En Letra S, una publicación relacionada con el VIH, leímos: “La homosexualidad ha sido un chivo expiatorio de todas las épocas, para los occidentales es de los orientales, para los burgueses es de comunistas, siempre es del otro”.

L.F.: –Para el aceite son cosas del vinagre, para el azúcar problemas de la sal.
Uno de los CDs se llama Lilith y habla del segundo fracaso de Dios. ¿Cuál es el primero?

L.F.: –El. Me impactó la historia de Lilith (soy Liliana), es la que se te aparece cuando tienes orgasmos nocturnos sola. La sobredimensión del culto a María fue para eliminarla, estaba muy arraigada y es la que trae el conocimiento, que es el diablo.
Las brujas...

L.F.: –Sí, ese conocimiento femenino al que temen los hombres y la Iglesia que empieza con sus instrumentos de arrancar clítoris, toda esa locura rompeútero de la Inquisición... Siento que ahí se detiene la civilización, cuando matan la transmisión oral de salud, hierbas, canciones... Esta Iglesia no ha cambiado, es hasta demasiado obvia en su intento de posesión del cuerpo femenino.
Vinieron a apoyar la despenalización del aborto...

L.F.: –En México se logró porque se empezó a hablar del tema, y así pasamos de 1500 muertes en un año a una sola y por otra razón. Me entristece que Cristina Fernández, siendo mujer, no lo apoye. Ella o yo podríamos pagar un aborto en una clínica con condiciones higiénicas. Es sobre todo un problema de mujeres pobres, que además tienen menos acceso a la anticoncepción y más desamparo para ser violadas. No tiene nada que ver cuando lo comparan con despenalizar la droga, nadie se hace un aborto por gusto. Y sí es una decisión; las que tienen que opinar son las mujeres, es su cuerpo.
Están en un accionar más directo. ¿Por eso dejaron El Hábito?

L.F.: –Cuando 300 mil personas murieron de un sopetón en el tsunami, también después de haber dado talleres a unos 20 grupos de unas cien mujeres indígenas campesinas cada uno, se vaciaba de sentido quedarnos encerradas en una vanguardia que de algún modo ya piensa como una y a la vez no tiene la fuerza de esas mujeres indígenas. Sumado a que quince años de trabajo nocturno es agotador, cuando quieres ir a dormir están todos enfiestados y a la mañana te tienes que levantar igual a administrar y hacer compras. Pero sostuvimos el teatro sin pedir subsidios ni ayudas nunca a ningún tipo de organismo, así es que se puede. Ahora se lo pasamos a un grupo de chavas: Las Reinas Chulas.
Ustedes relanzaron a Chavela Vargas en El Hábito. ¿Ella es una precursora?

L.F.: –¿De la lucha lesbiana me dices? No, no me parece...

J.R.: –Ella nunca lo había dicho públicamente, aunque luego dijo que sí. Es un símbolo porque todo el mundo lo sabía, pero entonces no se decía, estaba implícito.

L.F.: –Como cantante sí es un símbolo para mí, por eso la convencimos de hacer cuatro fechas cuando ya había dejado de cantar; se colmaba, continuó por dos años.
Leí en algún reportaje que también Liliana había dejado la música y Jesusa le puso un piano por ahí para tentarla...

L.F.: –Estaba muy enojada por todo lo que pasaba en la Argentina y sentí que ser concertista de piano era pequeño burgués y que no servía para nada.

J.R.: –Tenía que ver con lo de Esther (su hermana desaparecida en el ’77 junto con el marido). Sí cantaba en grupos con guitarra, flauta; cuando la escuché, me enamoré más. Pero le dije que quien ha querido al piano nunca lo deja; renté uno y lo dejé en la sala, le dije que porque me gustaba como mueble, y ella volvió poco a poco a tocar.
¿Por qué te fuiste del país?

L.F.: –En enero del ’76 fui con un grupo musical a Perú a dar unas funciones; ahí me encontró marzo y el golpe en la Argentina, desde lejos te dabas más cuenta del infierno y ya decidí no volver. Tenía 22 años, seguí viajando, como en Diario de motocicleta (la película de Walter Salles sobre la juventud del Che Guevara), pero a pie: Ecuador, Colombia, Venezuela... Fui a México a visitar a una amiga y me enamoré de ese país, me quedé. “Amigo mío, cierra tu tienda y vete a otro lado”, dice un texto de Las mil y una noches que musicalicé; los que tengan que irse de su lugar por las razones que sean se van a sentir bien con esa canción.
¿Cómo fue el recital en el Espacio para la Memoria, ex ESMA, que dieron este año?

L.F.: –Demasiado, había estado hacía unos meses y todo lo que vi y sabía se me vino encima en el recital, era como invocar a los demonios y a la vez exorcizarlos. Pensé que no iba a poder continuar, no podía respirar, es que las cosas no se limpian, siguen las presencias, los humores, lo que se vivió ahí. Pero si dejaba que me ganara la emoción tenía que bajar del escenario e irme, así es que me concentré en recordar las letras, tocar el piano, cuando bajé sentí un gran vacío, como si me hubieran golpeado en los oídos y estuviera en shock.
En “Las histéricas somos lo máximo” dicen: “Ya no sé si poner punto final o ponerle punto G”, o sea que una represión...

L.F.: –Es todas las represiones, efectivamente.
Y todo lo dicen siempre con humor.

J.R.: –Fíjate que cuando se habla de sexo, ya sólo por eso la gente se ríe, es una forma de la represión, está acostumbrada a que debe ser tratado desde la picaresca; nosotras hacemos un humor que habla libremente del sexo. También porque la gente ya tiene tanto dolor que no quiere más, a través del humor puede escuchar.
Y el enfoque del tango, Liliana, porque hiciste un CD, ¿no te parece machista?

L.F.: –Sí, sobre todo por eso de mi mamita (acompaña con dramatización de piedad, sobreprotección y devoción)... pero es que me obligaron (se ríe mirando a Jesusa).

J.R.: Yo se lo pedí, me parece que el tango es tan bueno que excede eso, como el bolero. Además, algunos no son... ella admira mucho a Discépolo.
En las canciones también hacen referencias a la ecología: las iguanas, las ballenas, las corridas de toros.

L.F.: –Siempre digo que soy una cabaretera culta, clerofóbica, antitaurina. En mi vida trato de cuidar el equilibrio ecológico, todos debiéramos hacerlo. En la Argentina nos desespera ver cómo se desperdicia aquí el agua, porque en México no hay. Pero, allá, cómo se trata el tema en los medios es una falsedad, las compañías transnacionales son un monstruo que degrada todo y son las que hacen las propagandas: “Cuida el agua”.
¿Cómo fueron aquellos talleres con campesinas indígenas?

L.F.: –A través del Instituto de Seguro Social, que tiene clínicas en todo México. Yo era la maestra de música, por la mañana escuchábamos sus charlas con la psicóloga social y con el grupo de teatro lo representábamos por la tarde. Había que tener estómago para lo que oíamos, moneda corriente la violación por las clases dominantes y sus agentes; pero en estos talleres podían hablarlo y comprender que no eran las únicas, salir del círculo cerrado.
¿Hay vacas sagradas?

L.F.: –Hoy, Doña Rosario Ibarra de Piedra, una luchadora mexicana muy íntegra.

J.R.: –Si lo preguntas irónicamente, por suerte se está viniendo abajo la importancia de una diva de Hollywood al lado del interés que cobra un documental sobre alguna vida particular, más que personas hoy se está desacralizando una mirada.
Este disco cierra diciendo: “Nos tienen miedo porque no tenemos miedo”. ¿Será eso?

L.F.: –Esa es la base, cuando nos reímos de algún gobernante, cuando el pueblo empieza a hacer chistes de él, le pierde el miedo. Por eso, aunque nuestros familiares no tuvieron la misma oportunidad, son importantes los juicios a represores aquí: cuando te plantas, los echas, por eso se resisten. Esa frase... tenía una melodía que me taladraba el cerebro y sabía que era una canción sobre los desaparecidos, las muertas de Juárez y acontecimientos similares; un día leo en una carta escrita por alguien del Movimiento: “Nos tienen miedo porque no tenemos miedo”, y le dije a Jesusa: “Esta es la frase”. Ahora siento que esta canción la necesita la gente.
¿Te referís al Movimiento...?

L.F.: –De Resistencia Civil Pacífica, Jesusa es un miembro muy activo, yo no soy tanto de salir a la calle, participo como compositora, la gente necesita tener canciones que sepan transmitir las luchas. Me satisface mucho que mis canciones sirvan, a veces las cantan y no saben quién las compuso y no me importa.

J.R.: –Consideramos legítimo el gobierno paralelo de López Obrador; el otro, reconocido “oficialmente”, llegó por fraude...

L.F.: –Impuesto por la Coca-Cola, Bush, la Iglesia y todos los intereses que lo necesitaban. Y nunca hubo un movimiento tan insultado como el nuestro, o sea que parte de esos intereses son los medios de comunicación. Ahora las dictaduras son económicas.
“Tú me prestas a tu hermana, yo la vendo en carnaval y a la corta o a la larga se la cobro a tu mamá”...

J.R.: -Sí, eso hace referencia al Nafta, que fue la entrega del país, ese invento de EE.UU. para beneficiarse de Latinoamérica y perjudicarla.

L.F.: –Préstame a tu hermana es la peor provocación a un mexicano, va más allá de ofender a la madre, es terrible.
Un tema de ustedes que habla de las soldaderas cita a Poniatowska: “La Revolución Mexicana trató mejor a los caballos que a las mujeres”

L.F.: –Por eso la revolución en que creo es la de las conciencias. Hay que tratar de ser cada vez mejor persona.

Ada Melandri
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sábado, 18 de abril de 2009

Señora Show


¿Cómo fue tu niñez?

—Nací en La Banda, Santiago del Estero. Hija de ganaderos y matarifes de origen árabe con muchísimo dinero, de clase alta, súper alta. Mi abuelo era de Alejandría y mi abuela, marroquí. Al tema de mi sexualidad, si es eso lo que me preguntás, no sé cómo se lo tomaron. Me importó tres carajos si lo tomaron o no lo tomaron. A mí que no me jodan. Así nomás. Ante todo, el respeto. Y eso se gana ubicándose primero. Cuando mis padres se separaron yo me vine para Buenos Aires y no volví nunca más. Yo supero las etapas: las cosas feas de la vida, si las recordás, las sufrís dos veces; pero como me lo preguntás, te contesto. Cuando me vine para acá trabajé lavando copas, pelando papas... el dinero se lo quedó mi padre con sus abogados tránsfugas que desheredaron a mi madre. Simple. Eso fue a mis 12. A mis 15 me vine y me enteré de que no podía trabajar sin autorización del padre. Me tomaron igual. Llegué a Retiro a las 2 de la tarde, me metí en un hotel pulguiento, yo llevaba una valija de cartón, fijate vos, y a las 5 de la mañana agarré el diario. A las 6 ya estaba trabajando de lavacopas en un bar. Eso sí: la premisa era lavar copas el primer mes y después chau.
¿Qué es lo que más te llamó la atención de la gran ciudad?

—Quedé fascinada con las luces. A mis 17 fui al Maipo, pasé casualmente por la puerta, miré la cartelera y me fui un domingo en el horario del vermouth a ver la revista Las Wiffanas con Juanita Martínez, Pérez Prado, Marrone, Mareco... Me fascinó. Dije en el acto: “¡Ay! Pero estas mariquitas no bailan tan bien”... Claro, yo ya era viva, siempre tuve el ritmo en el cuerpo. Ya venía ganando los concursos de rock & roll, mambo, cha cha cha, rumba, chacarera, escondido, zamba... Todo en Santiago del Estero. Siempre tuve elegancia y porte al bailar. Actitud y aptitud.
¿Cuándo empezaste a travestirte?

—Yo no pensaba en travestirme. Un 21 de septiembre, las locas y algunas machas no tan machas de la compañía decidimos disfrazarnos. Yo agarré y me puse unas medias caladas, un turbante y le dije a un secretario de la Lobato: “Decile que me preste una estola de plumas”. Me la puse y salí caminando del camarín. No me reconocieron. Adolfo Stray preguntó: “¿Quién es esa potra que pasó ahí?”. Esa fue mi prueba de fuego: cuando me miré al espejo me quería morir. Estupenda... Fue un flash, como todo en mi vida. (La señora se arregla el pelo y desmenuza quirúrgicamente un pedazo de tostado mixto.) Es mi estilo de vida. No busco las cosas, las cosas me buscan a mí. Eso lo aprendí sola, como todo lo que hago. Un día que estaba haciendo mi página web me puse a pensar a quién agradecer. No se me ocurrió nadie. Voilá.
¿Cuándo nace Vanessa Show con nombre y apellido?

—El nombre Vanessa me lo puso Eber Lobato. El Show me lo pusieron cuando bailaba en Can Can, en la calle Seaber, donde es la recova ahora, una especie de cul de sac al que se llegaba bajando una escalera por Posadas. Cuando me vio un periodista de Crónica me dijo: “¡Ah, pero vos sos todo un show!”. Y ahí quedó. Cuando yo trabajaba en el teatro Corrientes, en Las gatas calientes en el tejado del Corrientes, hacía un número de gatos en el tejado con una chica y tenía un antifaz. En esa época salía la revista Así y salió una nota sobre mí que Héctor Ricardo García tituló “El señor Vedette”.
¿Cómo era ser travesti en épocas pasadas de dictaduras y represiones?

—Y... difícil. (La señora contesta mientras se lleva la uña del pulgar a la boca y piensa.) Pero a mí no me importó nada. No me tembló el pulso... nada. Fue todo así: ¡taka! Ningún problema. Es más, yo estaba con la Lobato en el segundo año con ella, que recién había llegado de París. Hicimos Corrientes esquina Champs Elyseés y ¿Pourquoi pas? Durante esos 24 meses hice cine, teatro, televisión y giras bajo la batuta de Eber Lobato, marido de Nélida. (La señora toma un café ligero, con leche tibia, sin espuma y con sacarina. En jarrito.) Yo terminaba de hacer una revista que se llamaba La vedette son ellos, en la época de oro del café concert y en lugares como Hidrógeno; los primeros que venían a verme eran de la policía. Uno de ellos —que después me enteré de que era comisario— le preguntó al dueño quién era la vedette, cuál era el chico vestido de mujer. Yo estaba en el escenario en ese momento, y el dueño me marcó. “¡Pero es una mujer esa chica!” Y me hizo llamar cuando terminé. “El espectáculo es maravilloso, acá no se toca más, no se los molesta más”, ordenó. Igual, si entraban por las malas, yo les iba a hacer un escándalo, eh, no te creas. En esa época se pensaba que si la cana te caía una vez, la gente no volvía. Mentira. La gente hacía cola igual para los espectáculos de revista.
Se diría que fuiste una privilegiada.

—Bueno, te estoy haciendo un recorte en tiempo y espacio. El problema fue cuando me volví de Italia en los ‘70 y vuelvo a trabajar en Hidrógeno. Ahí la Triple A me empieza a caer y a decirme que yo era un terrorista sexual. Cuando me dijeron eso, yo les dije: “Listo. Si no puedo trabajar, dénme la pistola que empiezo a robar”. Voilá. También cuando hacíamos La revista del tercer sexo —la primera compañía íntegramente hecha por travestis en el Teatrón de Pueyrredón y Santa Fe—, imaginate, ¡el camión de culata venía! Todos adentro. Pero a mí la persecución me resbalaba, me importaba poco. De hecho, hasta llegué a tener un par de affaires con policías... pero ahí no ahondo.
¿Cómo sobrellevabas el tema del nombre propio en esas épocas en las que viajabas? Antes no se hablaba de este tema, gran generador de discriminación...

—Nada. Siempre digo que el color de piel es el segundo pasaporte en Europa. Antes y ahora, siempre fueron iguales. Si te ven de piel oscura o con rasgos demasiado árabes, te paran. Ese es el resultado de tanta colonización en Africa y Asia, que cuando se les quieren meter los colonizados se vuelven locos. No les gusta. Aparte yo tenía mi carta de residencia. Mi abogado me dijo: “Usted no diga nada. Meta la carta de residencia dentro del pasaporte. No hay pregunta alguna. Si tiene problemas, que hablen conmigo”. Tengo tres pasaportes llenos de permisos para trabajar.
¿Te gusta la política?

—Soy recontra peronista. Adoro a Cristina, detesto a la Carrió, que la criticó a la Presidenta porque de la cena con los reyes de España vino y se embarró en Tartagal y dijo: “Del ridículo no se vuelve”. Mirá quién habla... ella, que andaba con la cruz de palo, las tetas hasta la rodilla y cinco dedos de raíces negras en la cabeza. ¿Eso no es ser ridícula? Yo creo que los argentinos estamos acostumbrados a las crisis, tenemos que tomarlo de la mejor manera y vamos a salir adelante, como siempre. Lo que pasa es que la gente no se acuerda de que, hasta hace unos años, había 17 monedas en el país; la gente se olvida. La oposición que tenemos se amontona como estiércol de cojudo: amontonados al pedo. Critican pero no tiran una buena. Poné por favor en la nota que la Carrió se cree Marilyn y es Piggy, la chancha de Los Muppets. Voilá.
¿Te gusta el lujo, vivir bien?

—Para Vanessa sí, se merece lo mejor. Voilá, acá te hablo en tercera persona. Por puntual, talentosa, creativa... por el buen gusto que tiene. Vanessa tiene un lema: si hay que comprar, hay que comprar lo mejor. Que no siempre es lo más caro. Vanessa sabe. Tiene mundo, tiene códigos, sabe lo que es un escenario, lo que es un diseño, sabe lo que es un vestuario, lo que es una pluma, un glamour... el glamour es lo que una foto te transmite. Ubicar una pluma en un tocado, una mirada, eso es el glamour. Siempre fui ambiciosa, pero con límites: no quiero ser la más rica del cementerio. Quiero tranquilidad. Sobre eso lo sabe todo, de la A a la Z, el abecedario le queda chico a Vanessa.
¿Te salvó la belleza en medio de tanta segregación?

–No me di cuenta. Sabía que tenía buen cuerpo... como en esa época no tenía senos, ni nada... Mirá, te digo algo: todo lo que hice, lo hice sin culpas. Ah, y no acepto consejos de nadie, eh. (El dedo índice de la señora se mueve como un limpiaparabrisas.) A mí no me va esa gente que te ve divina y te viene a aconsejar. Yo les pregunto: ¿por qué no viniste antes cuando necesitaba el consejo?
¿Sos solitaria?

—Sí, me encanta estar con mi perra Tutú y mi gatito Minu, un gato amarillo tipo Garfield.
¿Qué tipo de hombre te gusta?

–Un albañil. A todas nos gustan así... ¿Vos pensabas que te iba a decir Brad Pitt o un empresario? ¡Por favor! No me interesan un carajo. ¡Que los empresarios produzcan y le paguen al albañil para que venga a mi casa! Ahora los chongos no son como los de antes. Andan con claritos en el pelo, se liman las uñas... Eso del metrosexual es un puto que tiene la solicitud en el bolsillo. No me interesa para nada alguien que se mire al espejo más que yo.

Juan Tauil
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La familia Ingalls se hizo queer


En una misma semana, la que inauguró el mes de abril, esa pátina deprimente en que se había convertido el triunfo de la Proposición 8 en California –que consagró en ese estado el matrimonio únicamente para parejas heterosexuales– comenzó a disiparse. Es que, por distintas vías, dos estados sumaron su estrella a esa bandera alternativa que junto a las barras y las estrellas reúne a los miembros de los Estados Unidos que consagraron el matrimonio para parejas de cualquier sexo o género: Vermont –que aprobó el matrimonio gay por la vía legislativa– y Iowa, en donde la Corte Suprema declaró que la prohibición para casarse a las parejas del mismo sexo es anticonstitucional. Y las agencias de viaje ya tomaron nota: en este reducto del corazón de América del Norte no hay ninguna ley que diga que es necesario ser residente para casarse, así que muchos miles de personas que viven en otros estados ya están comprando sus boletos de avión y planeando sus bodas en esta tradicional región rural de paisaje ondulado. Los conservadores –asumen– están en pánico: a partir del 24 de abril (cuando el matrimonio ya no sea sólo para algunas personas) Iowa podría convertirse en “la Meca del matrimonio gay/lésbico”.

UN SI QUIERO EN EL TERRUÑO

Iowa no ha sido precisamente el lugar más atractivo para las personas Glttb, pero a lo largo de la historia ha ocupado un lugar bastante ambiguo. Aquí la derecha religiosa es muy fuerte desde hace varias décadas, pero a la vez se trata de uno de los estados pioneros en términos de garantizar los derechos civiles de las minorías. Iowa votó a Bush, pero también fue el lugar donde Obama ganó su primera batalla decisiva en las internas contra Hillary Clinton. Y si bien en las últimas elecciones Obama no tuvo el porcentaje de apoyo que obtuvo en las grandes ciudades, Iowa se volcó de conjunto en su favor. El viernes 3 de abril el estado de Iowa sorprendió una vez más a los Estados Unidos pegando uno más de sus giros aparentemente imprevisibles. Que los gays y las lesbianas puedan casarse en este estado tiene un impacto fundamental para el conjunto del país, porque Iowa es simbólicamente el corazón de la tradición.

Ubicado justo en el medio de Estados Unidos, se trata de la región que usualmente se describe con el término “heartland,” que grosso modo podría traducirse como el “corazón de la tierra” o el “terruño”. Para mucha gente Iowa representa la esencia misma de la nacionalidad “americana”. Es la contrapartida de las urbes de la costa atlántica y pacífica, que son percibidas como demasiado “internacionales”, un rótulo que no es para nada inadecuado. En Los Angeles o Miami pareciera que se habla más el español que el inglés, mientras que Nueva York y Boston están entre las ciudades del mundo con mayor porcentaje de personas extranjeras. Iowa es exactamente lo opuesto, la abrumadora mayoría es blanca y vino de Europa del norte muchas generaciones atrás. Salvo algunas excepciones, las culturas indígenas fueron eliminadas o desplazadas, hay un porcentaje muy pequeño de afroamericanos y las personas latinoamericanas que vivimos aquí somos una minoría diminuta. Aquí, el argentino hijo de españoles o italianos que tiene aspecto mediterráneo –como es mi caso– no es considerado blanco sino “de color”. Por eso es que las personas más conservadoras ven a Iowa como la quinta-esencia de la “americanidad”. Un lugar que no ha sido “contaminado” por “otras culturas” o por estilos de vida liberales. Aquí, la familia Ingalls sería feliz. Que las lesbianas y los gays se puedan casar en Iowa antes que en Nueva York es algo así como que haya primero matrimonio gay en Salta que en Buenos Aires.

EL FACTOR SORPRESA

En realidad, fue el mismo conservadurismo de Iowa, junto con una tradición de jueces liberales en la Corte Suprema, el que hizo posible que ahora todos y todas podamos casarnos aquí. Porque sin la ley dictada en 1998 por el Congreso de Iowa prohibiendo el casamiento entre personas del mismo sexo, la Corte Suprema no habría podido abrir la boca en este tema. Pero en 2005, seis parejas de gays y lesbianas pidieron casarse en la ciudad de Des Moines y cuando se les negó su derecho aludiendo a aquella norma, decidieron hacer juicio contra el condado de Polk, donde está localizada la ciudad. En el 2007 estas parejas ganaron el pleito, la decisión fue apelada y llegó así a la Corte Suprema del estado. El viernes 3 de abril, los siete jueces de la Suprema confirmaron unánimemente que las personas del mismo sexo también se pueden casar y declararon inconstitucional la ley de 1998.

Es que, a diferencia de lo que ocurre con el Poder Legislativo, los jueces no están afectados por la presión del electorado y se supone que deciden en base a la Constitución. Y la Suprema de Iowa tiene una larga tradición a favor de la igualdad y los derechos de las minorías:

- En 1839 esta misma corte abolió la esclavitud, 26 años antes de que lo hiciera el resto del país tras una sangrienta guerra civil (en la que Iowa luchó a favor de los estados del norte, que estaban contra la esclavitud de las plantaciones del sur).

- En 1868 la corte abolió la segregación racial en las escuelas, 85 años antes de que lo hiciera la Corte Suprema de Estados Unidos.

- En 1869 Iowa fue el primer estado en aceptar la práctica de la abogacía por parte de las mujeres.

- En 1873 se abolió la distinción racial en cualquier espacio público, 91 años antes que el resto del país.

Además, en relación con la cuestión de las leyes matrimoniales, la Corte Suprema de Iowa también tiene un antecedente muy fuerte: fue la primera en legalizar el casamiento entre personas de diferentes grupos raciales. Cuando la Corte tuvo que decidir si era constitucional prohibir que una minoría se casara, toda esta historia jugó un rol fundamental. Habría sido demasiado vergonzoso que un estado con esta tradición hubiera dado la espalda a un argumento en favor de la igualdad y contra la discriminación de un grupo históricamente perseguido: las lesbianas y los gays.

Ahora, la decisión de la Corte Suprema no puede ser apelada, ya que la ley declarada anticonstitucional era estatal y no puede intervenir la Corte Suprema federal. La única vía que tienen los sectores conservadores para que deje de dolerles este golpe de gracia sería modificar la misma Constitución del estado; algo que no es tan fácil. La mayoría del Congreso es demócrata en este momento, y los que están en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo son en su mayoría republicanos. Los diputados demócratas probablemente no se hubieran arriesgado a sacar una ley a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo por el costo político de tal postura. Sin embargo, ahora que la Corte Suprema tomó una decisión, tampoco se van a organizar en contra. Por otro lado, los requerimientos legales para enmendar la Constitución podrían demorar, al menos, hasta el año 2012. Probablemente, lo único que la Legislatura de Iowa pueda hacer para que no se modifique tanto el paisaje de sus apacibles praderas es votar una ley que establezca la residencia en el estado como requisito para casarse. Pero aun esa medida tomaría cierto tiempo. Menos del necesario para pedir un turno en el registro civil, y eso es lo que exaspera a los sectores más conservadores que encontraron su vocero en un diputado republicano, Steve King, capaz de comparar el casamiento entre personas del mismo sexo con el casamiento entre “duendes y unicornios”. King es el mismo que soñó con prohibir el empleo de gays y lesbianas en Iowa, claro que lo hizo en voz alta y dentro del Congreso.

CONDADO HOMOFOBICO, CORTE IGUALITARIA

Con su decisión, la Corte Suprema se presentó como garante de la igualdad legal y de la Constitución. El condado de Polk, en su apelación a la primera instancia, había argumentado que no podía casar a personas del mismo sexo porque eso dañaría el matrimonio tradicional. La Corte contestó que otorgarles derechos a unas personas no daña los de otras. Nada impide que las parejas heterosexuales sigan casándose. El condado de Polk insistió con que las parejas del mismo sexo no son las más adecuadas para criar niños y niñas. La Corte respondió que si el estado de Iowa pretende proteger a la infancia debería sacarse una ley que prohíba el casamiento de todas aquellas personas que efectivamente han sido condenadas por dañar a niños y niñas alguna vez (por ejemplo, aquellas personas que abusaron sexualmente de menores). Si en vez de hacerse esto se excluye a los gays y las lesbianas, sostuvo la Corte, entonces se trata de una decisión arbitraria contra un grupo social en particular. El condado de Polk sostuvo que el objetivo de limitar el casamiento a parejas formadas por un hombre y una mujer era promover la procreación, y la Corte le contestó que en ese caso las personas heterosexuales estériles tampoco tendrían que poder casarse. El condado de Polk sostuvo que el casamiento entre personas del mismo sexo va contra las creencias religiosas de la mayor parte de la gente que vive en Iowa. La Corte respondió que existen grupos religiosos que apoyan el casamiento para todos y todas y que además el Estado y la religión, según la Constitución lo establece, van por separado. No todas las cosas que dijo la Suprema, sin embargo, son favorables para las personas Glttb. Los jueces sostienen que la mejor crianza es siempre con un padre y una madre. Pero aclaran que esto no puede ser usado en contra del derecho a casarse porque muchas familias que no son Glttb están formadas por una sola persona adulta. Lo fundamental es que frente a todos los argumentos la Corte Suprema privilegió uno solo: la igualdad ante la ley.

El cambio que se produjo en Iowa no sólo tiene un impacto a escala nacional por el simbolismo de Iowa como estado representativo de la nacionalidad “americana”. El hecho de que la decisión se base en el principio de igualdad ante la ley sienta un precedente muy fuerte para decisiones futuras, y marca una estrategia que puede ser utilizada con éxito en otros estados (¿quizás en otros países también?). Aquí, la idea del “rule of law” (aplicación de la ley) es muy fuerte, y si la Corte Suprema de un estado tradicionalmente conservador señala una violación a la Constitución, eso tiene un impacto muy fuerte a escala nacional.

Los siete jueces plantearon ideas que se aplican a la constitución de la mayoría de los países. Según reza el documento que produjo la Corte, la igualdad ante la ley es el criterio de mayor relevancia para la Constitución, y por lo tanto ninguna ley puede violar ese principio de igualdad jurídica. No se puede legislar diferente para distintos grupos sociales sin violar la Constitución. Aun cuando la mayoría de la población esté en contra de esta decisión –explican los jueces–, la igualdad legal no puede ser sometida a votación. Se trata de un argumento central del que es posible aprender en cualquier geografía. En una democracia no se puede votar todo, algunas cuestiones fundamentales están garantizadas por la Constitución, y no pueden someterse a la decisión de la mayoría. No se puede votar si hay o no esclavitud, no se puede votar si hay o no hay igualdad de derechos entre varones y mujeres, no se puede votar la libertad de expresión. Y no se puede votar si las personas Glttb somos ciudadanos de segunda o de primera.

Pablo Ben, desde Cedar Falls, Iowa
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domingo, 5 de abril de 2009

En busca de la nueva iconografía gay


DIEZ FAMOSOS HOMOSEXUALES BRITÁNICOS ELIGIERON REFERENTES. NI MADONNA NI BECKHAM.
Resultaron electos sesenta referentes de la defensa de los derechos civiles. Los preferidos fueron Mandela, Milk, Bacon y Virginia Woolf, entre otros. La muestra será en la National Portrait Gallery de Londres, en el mes de julio.


Conocer a los referentes de figuras públicas gays permite explorar la historia social y cultural de la homosexualidad. Al menos en esa premisa se basa la exposición que prepara la National Portrait Gallery de Londres, que convocó a diez personalidades gays británicas para que elijan a los íconos que los inspiran. Además del músico Elton John, fueron invitados –entre otros– la campeona de tenis Billie Jean King, los escritores Sarah Waters y Allan Hollinghurst, el actor Ian McKellen y los lores laboristas Chris Smith, el primer político inglés que admitió su homosexualidad, y Waheed Alli.

Los electores seleccionaron personalidades en seis categorías: entretenimiento, arte, música, literatura, deportes y política. Y el resultado fue sorprendente: aquellos personajes que siempre aparecieron ligados al estereotipo gay, como Madonna, David Beckham y Kylie Minogue, quedaron afuera.

Quienes fueron elegidos son los artistas Francis Bacon y David Hockney, los escritores Walt Whitman, Virginia Woolf o Patricia Highsmith, el dramaturgo Joe Orton, el compositor Pyotr Tchaikovsky, la cantante k. d. lang y el conjunto musical Village People. En los retratos fotográficos que estarán en exposición también habrá lugar para referentes de la política mundial como el sudafricano Nelson Mandela y Lady Diana, la princesa de Gales. Además, estará, elegido por McKellen, Harvey Milk, el político estadounidense al que Hollywood dedicó el año pasado una película protagonizada por Sean Penn.

En el terreno musical, Elton John eligió al gran violonchelista y director de orquesta ruso Mstislav Rostroprovich, un heterosexual reconocido por su libertad artística y su militancia por los derechos humanos. Los resultados completos de la selección no se saben aún porque la galería se guardó algunos nombres para sorprender. Entre las imágenes en exhibición, 60 en total, habrá trabajos hechos por reconocidos artistas como el gigante pop Andy Warhol –que fotografió a su actor fetiche Joe Dallesandro–, Cecil Beaton, Fergus Greer y Linda McCartney, la fallecida mujer de Paul McCartney.

Iconos Gay, tal el nombre de la muestra, podrá verse desde el 2 de julio hasta el 18 de octubre. La directora de la exposición, Sandi Toksvig, aseguró que los visitantes se sorprenderán “tanto por las inclusiones como por las exclusiones” en la selección, y cree que algunos de los retratados estarán asombrados de ser íconos gay. La directora agrega: “Espero que la muestra anime a aquellos que siguen luchando por su sexualidad”. En ese sentido, desde la galería cuentan que la intención es ir en contra de los estereotipos y reconocer, a la vez, a las personas que, por diversos motivos, fueron fuente inspiradora para estas figuras.

Toksvig se basó en su propia experiencia: cuando hizo público su lesbianismo, fue maltratada; una situación en la que le resultó difícil encontrar un modelo, en particular uno gay. En aquel tiempo, eran muy pocos los casos públicos: estaba el de Martina Navratilova, y no muchos más. Una situación que también ha cambiado radicalmente y que la propuesta del museo espera poder mostrar.

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