sábado, 13 de septiembre de 2008

Crónica de un fin de semana de amor entre gordos y peludos


Cuerpos orgullosos del desborde de sus carnes, de sus pelos, sus ruidos, su hambre, su deseo. Así se reconocen los osos en el universo queer, lejos de la disciplina diet, cerca del exceso. Pero hay más que simples rasgos estéticos: la comunidad que se reunió en un primer –y numeroso– encuentro nacional puso en acto su filosofía de vida en tres días con peso propio.

Alrededor de dos meses antes de cumplir los once eufóricos años de existencia, el Club de Osos de Buenos Aires decidió hacer el Primer Encuentro Nacional de Osos, en Córdoba. Ampliar fronteras, conquistar ámbitos para expandir la sensibilidad osuna siempre fue un objetivo del club. Pero si alguien presenció el viaje a Colonia, Uruguay, de la tímida veintena que formaba el grupo de socios fundadores del club hace más de diez años, apenas encontraría relaciones con el grupo que en 2008 llenó dos micros y viajó desde Capital unas diez horas para encontrarse con otros osos de distintas provincias, como Salta, Río Negro, Santa Fe, Mendoza y Córdoba. En aquel momento, los fundadores se preguntaban: ¿se puede crear y sostener una agrupación basándose en el aspecto físico de sus integrantes, una sociabilidad por afinidad erótica? La subsistencia del Club de Osos de Buenos Aires, como de otros (¿cientos, miles?) similares alrededor del mundo, prueba que la respuesta a esta pregunta es sí. Los osos crecieron en visibilidad, en diversidad, en energía erótica y en propuestas. Poco quedó de la discreción de aquellos pioneros agrupados para compartir una forma alternativa de entender el cuerpo, el amor, el sexo y la amistad entre fanáticos y portadores de pelos corporales, barbas, bigotes y físicos excesivos que van de morrudos a obesos. Pero, ¿hay o tiene que haber algo más que la cuestión física?, ¿existe la cultura osuna?, ¿hay algo así como una filosofía en ese deseo orientado a ciertos rasgos específicos generalmente asociados a la masculinidad? Tal vez, seguir la lógica de este Encuentro Nacional sea una forma de pensar algunas respuestas.
Pilosofía

El encuentro de osos tuvo una grilla reducida y puntual repartida en tres días: una tarde de sauna, una cena en un restaurante, una fiesta en una disco y un asado al aire libre en las bajas sierras. Una vez acomodado cada uno en su hotel, la cuestión era romper el cubito de la manera más contundente, en plan deshielo radical:

desatarse las ropas y respirar aires calientes de sauna para que la libido hierva. El lugar elegido, perdido en el subibaja callejero de la ciudad cordobesa, se llamaba VA.X (juego gráfico que descompone la palabra vapor, usando la equis y desnuda la letra del adn del porno). Hay, claro, en la experiencia del sauna gay, como ya estudió algún sociólogo, la supremacía del cuerpo sin las marcas sociales de vestimenta, posibilitando una relación carnal menos mediada, más culturalmente anónima, primitiva, como si el contacto con la civilización acabara en la puerta del sauna. Nada mejor para un oso que desglamurizar el gusto gay por la ropa de diseño, por el brillo, por la pluma. Nada mejor que los osos para contradecir la filosofía de Hegel cuando decía que el vestido contribuye a “disimular los pequeños detalles del cuerpo que tienen relación con la vida animal, tales como venillas, pelos o arrugas de la piel, a fin de destacar únicamente el lado espiritual de la forma en sus contornos verdaderamente vivos”. Como su nombre lo indica, los osos se acercan a una vida más zoológica, más carnal que espiritual, exponiendo sus rasgos físicos sobredimensionados en contra del pudor que imprime la invasiva estética diet. En este sentido, en la pulsión nudista a revelar lo que para otros es defecto (gordura, vellos profusos, etc.), los osos se relacionan con la filosofía cínica (no confundir con el sentido moderno de cinismo), despreciada por Hegel. Como bien los describe Michel Onfray en su libro Cinismos. Retrato de los filósofos llamados perros, Diógenes y sus secuaces griegos usaban la mínima cantidad de ropa posible, paseando sus cuerpos a la luz del día, incluso al borde del exhibicionismo (uno de los cínicos, Antístenes, hacía agujeros en su ropa para mostrar sus genitales). El deseo por el bulto, piloso y/o carnal, es importante. Los osos en el sauna desfilaban con lo mínimo, apenas un lienzo que servía, a veces, para ocultar los genitales. A algunos les quedaba como taparrabo, como prenda primitiva y aindiada; a otros como una minifalda trans, y caminaban como muñecas peludas por los pasillos, orgullosos de sus caderas gordas. Porque en los osos hay matices para entender la masculinidad, un rango muy amplio que va del indio a la trans, porque las posibilidades de estilo osuno se despliegan sin red, hay quienes parecen la mujer barbuda, y quienes son casi el hombre de Neanderthal. Así, en el sauna se podía ver el postulado central de la filosofía de vida de los osos, su tendencia a que el cuerpo sea una experiencia más real, terrenal, menos espiritual. Fuera del idealismo fotográfico de la representación física de la cultura gay hegemónica, el erotismo osuno incorpora el “defecto”, exhibiéndolo como rasgo afrodisíaco.

La diferencia animal

Hay que detenerse en las barbas para tratar de seguir con la filosofía de la vida y las formas osunas. Un capítulo del libro de Onfray sobre los cínicos se llama “Retrato con barbas y otras pilosidades”, y allí se expone la visión del pelo facial por parte de Schopenhauer: “Este atributo sexual en medio del rostro indica que se prefiere a la masculinidad común, a hombres y a animales, antes que la humanidad. Se busca ser ante todo un hombre y sólo después un ser humano. En todas las épocas y en todos los países en alto grado civilizados, la supresión de la barba siempre nació del legítimo sentimiento opuesto: el de construir ante todo un ser humano in abstracto, sin tener en cuenta la diferencia animal del sexo. El largo de la barba, en cambio, siempre se correspondió con la barbarie, cuyo nombre recuerda”. Obviamente, los osos, como los cínicos que se autoidentificaban con los perros, prefieren salir de esa forma civilizada de uniformidad y dejar que la barba marque diferencias animales. El oso prefiere una sexualidad concreta, escrita en el cuerpo sin nada de abstracciones, la diferencia anatómica ante todo. Y en el sauna se practicó el sexo animal más que nunca, que para eso estaba. Las orgías osunas son particularmente distendidas, con una informalidad de las performances eróticas, y VA.X colmó su cupo, haciendo que muchos tuviesen que hacer colas para esperar que se desocupe algún armario donde dejar los atributos de la civilización antes de participar de la fiesta de las bestias peludas liberadas.

Usando una metáfora física, Onfray escribe que “las raíces de una auténtica filosofía escudriñan primero el vientre y luego la cabeza”, para referirse a la predilección de los cínicos por la realidad física, sensible, antes que por la abstracción espiritual. Para los osos, lo físico es lo primero, pero el vientre deja de ser una metáfora para pasar a ser una prioridad. Porque la segunda actividad del encuentro era una cena en Las Tinajas, un tenedor libre céntrico. Ahí entraron todos los que quisieron, fueron alrededor de 150 osos y cazadores para seguir el fin de semana hedonista y poder recuperar los kilos perdidos entre tanto vapor y gimnasia sexual en el sauna. Y marcaron un mito para todo Córdoba: se cuenta que un grupo de gordos logró hacer saltar la banca del tenedor libre. Esa noche, se rumorea, a los dueños de Las Tinajas los números no les cerraron.

Quienes conservaron fuerzas después de la doble gran comilona (sauna y tenedor libre), fueron a la disco gay Zen esa trasnoche de sábado, y pudieron ver casualmente a la Tota Santillán, el conductor bailantero, que pasó por esa disco y es, para muchos osos y cazadores, un sex symbol autóctono, compartiendo el podio con Rodolfo Ranni y Enrique Liporace, entre los cuerpos célebres más babosamente deseados por la comunidad osuna.

Amor oso

El domingo, la manada se dispersó, algunos osos prefirieron recorrer el centro de Córdoba, otros irse por zonas más rurales, campestres, a distenderse antes de la fiesta nocturna. Franco Pastura y Raúl usaron parte del día para ver el casco histórico. Franco es uno de los socios más activos del Club: tiene 47 años y participa en varias actividades culturales, como el programa de radio Doble Banda y los ciclos de cine. También está escribiendo sus memorias, donde relata la extraña ruta del deseo por los cuerpos gordos, vivida primero en la intimidad de su trunca carrera religiosa para cura, y luego como visibilidad osuna mediática, reivindicando su deseo frente a la cámara que se le ponga al cruce. Actualmente lleva adelante una causa auspiciada por el CELS contra la Policía Federal, por ser víctima de una razzia en una fiesta gay en el boliche Cero Consecuencia hace un par de años. Franco está en pareja abierta y binacional con Raúl, un oso brasileño de unos 140 redondos kilos, que tiene un año más que él y es un erudito apasionado por la arquitectura urbana. Ambos se conocieron en una fiesta del club, hace casi dos años, en uno de los viajes frecuentes de Raúl desde su natal Río de Janeiro a su venerada Buenos Aires. El encuentro no fue exactamente un flechazo: en esa época, Franco se cuidaba para no engordar, era un flaco peludo a quien no le gustaba su imagen como gordo, pero Raúl le pidió que por favor subiese de peso, porque así las cosas no iban a durar mucho. Poca carne, poca pasión. Franco entendió el pedido perfectamente, a él también le gustan los gordos desde su adolescencia. Ahora, su panza crecida es un acto de amor por Raúl, y la paseó orgulloso por la capital cordobesa mientras acompañaba a su novio por catedrales, iglesias y otros edificios que juzgaba con ojo maestro, detectando modificaciones y vestigios de su construcción original. En el interior de los edificios sacros, los feligreses rezaban para glorificar su vida espiritual, mientras Franco y Raúl caminaban celebrando la sensualidad física de las curvas de las cúpulas y de sus panzas.

Rey al pelo

La fiesta del domingo a la noche fue más de lo que se podía esperar, alrededor de 700 personas participaron del ritual osuno. La idea era terminar de encumbrar al cuerpo osuno libertario, alejado de las disciplinas físicas, sumando el baile y el alcohol para hacer del evento un gran carnaval dionisíaco (y unos pocos sumaron el placer del humo dulce de una hierba, por ahora, prohibida en el país). El momento más esperado de la noche era la elección del Rey Oso y el Cazador. Este ritual monárquico, con aires paganos, constaba de dos grupos de postulantes que exponían sus atributos físicos a la concurrencia y el aplauso del público dictaminaba quién era el preferido para el trono. Para los cazadores se presentaron una serie de flacos que gustan de osos y mostraron su acrobacia erótica en una serie de strip-tease amateur: algunos tenían el cuerpo torneado y lampiño, casi como un stripper profesional. Se llevó el premio un mendocino, una de las provincias que más osos trajeron. Entre los postulantes para el Rey Oso había leathers peludos, morochazos norteños, alguno con pollera (una rara moda entre los osos esa noche) y mucha diversidad de tamaños de panzas. La corona quedó en Córdoba, pero estuvo bastante disputada por varias delicias de curvas masculinas, como Favio, un barman tucumano de la disco gay Dios los Cría. El “woof”, gruñido característico usado entre los osos para demostrar la excitación, esa noche se repitió en público y en la intimidad, confundiéndose más de una vez con el quejido del orgasmo. Y los ruidos del placer plenario de ese pequeño festival nocturno de la carne excedida todavía tienen ecos en las fantasías de osos de distintas provincias.

Al otro día, los que fueron capaces de levantarse antes del mediodía, fueron a un asado en las bajas sierras, alrededor de Villa Carlos Paz, y el sol rabioso junto a un ambiente casi bucólico habilitó para sacarse la remera por última vez junto a la comunidad osuna para reiterar el goce hedonista de la carne asada (por el sol, por las brasas) de la forma más silvestre posible, antes de volver a una domesticada vida más o menos rutinaria, más o menos civilizada, que a cada oso le tocó en mala suerte.

Diego Trerotola
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“¡El dark room va estar completamente cerrado!”


Tres pares de anillos diferentes, siete madrinas, mil invitados, 50 policías de seguridad y tantos tragos, tanta comida y tanto glamour como para opacar la corte del rey Sol. ¿La noche de bodas? Pura ternura, los novios dormirán cucharita.

El hombrecito que abre es de una amabilidad ostentosa, y uno se siente como en casa aunque esté en el palazzo de Roberto Piazza, donde también funciona su atelier de vestidos. Por estos días, el modisto se prepara para lo que considera un “gran evento internacional”, el casamiento con Walter Vázquez, su pareja desde hace nueve años. Para que resuene, tramita obsesivamente la presencia de Cristina Fernández de Kirchner, a la que sueña en primera fila durante la ceremonia y fuera del lugar, la discoteca Amerika, “una vez que empiece el puterío”.

“Tenemos 50 policías de seguridad privada. El dark room está totalmente cerrado. Cuando digo puterío, lo uso como código de diversión, de transexuales que van a hacer show. De Adabel Guerrero que va a hacer un baile erótico, de la negra Figueroa que va a hacer caño (y es la mejor especialista que hay en la Argentina)”, se ve obligado a aclarar. Walter, aportando palabritas y rellenando discurso con datos como un eximio agente de prensa, dice que “hasta la llegada de Moria hay que hacer un break y hasta ese momento la gente se va a encontrar con nuestras amigas modelos con máscaras venecianas, un mimo haciendo de Pierrot, un hombre colgado en tela, como un submundo del Cirque du Soleil”.

Roberto Piazza: –En todas las barras vas a tener comida y champagne libre, cócteles, fernet. Lo que se te ocurra lo podés pedir. Tenés comidas de todas las razas. Querés jabalí, lo tenés. ¿Querés ciervo? ¿Una pizza? Tenés una pizza.

El diálogo transcurre en tránsito por el pequeño castillo, despojado, menos barroco que el preconcepto, sorprendentemente minimalista en el caso del interior de la heladera en la que se destaca sólo un vaso con líquido amarillo y un plato de acelga con arroz que Roberto define como “un asco que sólo puede comer un perro”. Luego le cambia el humor al encontrarse con el vestido de la madrina, de una de las siete en realidad, Doña Rosa, madre de Walter, “que representa también a la mamá de Roberto –dice el novio–, que anda volando por ahí, y a todas las madres que pueden entender un amor distinto”.

Roberto: –Ella no quería que se le viera lo clásico de las señoras, la piel del bracito. Las mujeres tienen esas cosas raras, y yo las conozco. El vestido de María José Lubertino es un fuego, de alta costura que no lo tiene nadie, lo más de lo más que se pueda llegar a pensar...
–¿Le queda o lo devuelve?

Roberto: –Y... No, le queda, le queda... Pensé, a ver Rosa... (distracción). ¿Qué pasa Mario? ¿Quién está llamando?

Mario: –Se cortó, porque está cargando el celular.

Roberto: –¡No! Se corta porque no llegás (ruido de pasos: Mario vuelve a la planta baja). Y eso –sigue el modisto– descansa sobre el cuerpo de Rosa. ¿Qué podíamos hacer para que Doña Rosa estuviera contenta? “No te quiero encorsetar, ni desnudar, ni que hagas papelones que muchas mujeres harían”, le dije. Te hago un vestido negro, recto, porque el negro aclara. Como una camiseta entera...

Walter: –¡Una túnica sobre un vestido!

Walter se ilumina cuando el tema es una madre a la que describe como “una mujer de muy buena figura a la que le encanta peinarse”. Roberto dice que “al morir mi vieja, el cordón se rompió y nunca más. Nunca intimé demasiado con la familia”.

La boda, como candado para evitar futuras crisis, pero no como transición a un sistema menos flexible sin casas separadas, ni fantasías con terceros. De hecho, uno de los planes para la luna de miel en Buzios es abrir la pareja, cosa que –dicen– nunca hicieron más que “con látex”, según informa Walter. No hace tanto se separaron por “cuestiones del carácter de Roberto” (que a las nueve de la noche es común que pida a su novio que se vaya a su casa de Olivos), pero siguieron con Walter a cargo de la sección bijouterie.

Walter: –Fue la comezón del séptimo año.

Roberto: –Pero te puedo asegurar que Marilyn Monroe no somos.

Walter insiste en que se refería a que “la crisis fue una cuestión de tiempo, y se superó”. El recuerdo de la crisis incluye la mención a citas secretas que volvían a unirlos en la cama (a la que en segundos nos desplazaremos). “Pasaban semanas y fifábamos, porque me agarraba una calentura...” Pero Walter corrige: “No, no era una calentura solamente”.
–¿Podemos pasar al cuarto, así anticipamos el lugar en el que pasarán la noche de bodas?

Roberto: –Los tres, ¿querés? ¿Te animás? Entramos en terreno peligroso, Página/12, ¿eh? Mario, ¿quién llamó recién?
–Permiso, paso.

Roberto: –Bueno, adelante, sacate la ropa, ponete cómodo.

La visita al “nidito” obliga a la aclaración de que esa cama no es compartida por la pareja. Walter es siempre un invitado. El argumento para las camas separadas (“como Patricia Sosa”, que abrirá la gala en Amerika) es que “la casa se carga mucho con las clientas. Y si son las nueve, mejor andate”, dice Roberto. “A mí no me gusta pensar de a dos. Soy totalmente egocentrista porque los artistas somos así.” La cruz y el Cristo junto a su enorme retrato, todos presidiendo la cama, llevan a Roberto a recordar a “un amigo gay que tenía a la Virgen al lado de la cama y la tapaba con un trapo para coger”. El no lo hace porque “Cristo también cogía”. Ninguna noche de lujuria es planificada como desenlace para la bacanal. Un sueño tranquilo, esta vez juntos, a lo sumo en cucharita, asoma como una realidad mucho más probable. “Al otro día es martes y yo tengo que llamar al banco. Todos los días llamo.”
–¿Todos los días llama al banco?

Roberto: –Para ver si está al descubierto.

Hasta mitad de la fiesta se dedicará al trabajo de ser anfitrión, pero después empezará a tomar alcohol, con mesura, para no terminar en “un pedo morboso”. ¿Y eso? “Me pongo en pedo y cogemos todos juntos.” Walter corrige en el acto: “Tampoco hablemos de un libertinaje. Estamos juntos y entendemos que somos machos y con deseos. Pero no metemos a cualquiera.”

Roberto: –En Buzios, si se da la joda, ahí sí. Pero no un negro. A él le calientan los negros. A mí me gustan los rubios de ojos claros.

El cajón de la ropa anterior, penúltima escala de esta avant première exclusiva para Soy, sorprende con muchísimos calzoncillos muy chiquitos de la firma Narciso, con detalles –se supone– sensuales, como tener agujeritos que transparentan los genitales o dejan una parte del cachete al aire. “Tenemos de todo para esa noche. Esto es lycra con un transfer de plata”, indica Roberto, contradiciendo lo anterior. “Yo me voy a poner este blanco con agujeritos. Es un culotte, ropa erótica”, señala Walter. Roberto aprovecha la situación para hacer escuela entre los lectores de Página/12 a los que imagina mal asesorados: “El boxer se usa chiquitito, ¿escucharon? Como promociona Armani con David Beckham”.
–¿La ropa interior sí se comparte?

Roberto: –Esto es todo mío.

Walter: –La otra noche vine y teníamos ganas de jugar y me puse uno de él.

Roberto: –A mí me recontracalientan los boxers apretados blancos y negros. Antes me gustaba el slip, pero el boxer cortito me mata. Ropa interior femenina nunca, es la cosa menos erótica que puede llegar a haber. El hombre es sexualidad, necesita la garcha, las gambas y el culo. Lo femenino es femenino, no hay con qué darle. Vos podés ser gay y no ser una mujerona.

¿Y tanto collar entonces? “El dueño del adorno es el hombre; el hombre se lo donó a la mujer en la Revolución Industrial. Pero el hombre era el que usaba los tacos y las pestañas postizas. De adorno tengo hasta lo que no tengo.”

Los días previos a una boda exigen la presencia de clichés y ritualismos que se instalan a toda hora, cosas que no por trilladas y repetidas, por iguales a las de otros miles en este mismo momento, pierden encanto para Roberto y para Walter, abocados a completar listas de casamiento, ensayar una palabras para dedicarle al otro y, claro, decidir un par de anillos, que en este caso son de plata y brillantes. El recuerdo de cómo se conocieron los lleva a la barra del pub gay Sitges, y desata una discusión. Walter dice que fue Roberto el que se le insinuó. “Vos te acercaste –le responde el novio–. Me diste la tarjeta vos. ¿Ahora me vas a decir que te chupé la pija en la barra también?” Walter admite: “Estuvimos histeriqueándonos dos horas; me gustó su sonrisa, su picardía. Le dije: ‘No me podía ir sin saludarte y darte mi número’”.

Roberto: –Darte un beso, me dijiste. Y yo quería garchármelo.

Sin saberse bien por qué, los novios y el cronista completan el tour frente a la heladera, a pesar de no tener directa relación con la fiesta del lunes próximo. Está vacía, y en cambio aquello será un banquete con “mesas para todas las etnias y barra libre”. Pero la parada sirve para conocer cierta desconfianza de Roberto en el personal que trabaja en la casa (“si la cocinera me cocina, me envenena”), pero sobre todo un gesto amoroso que se repite todas las tardes. “Sucede que –dice Roberto– Walter es una cucaracha: come, come, come”, pero Roberto se olvida de la ingesta porque se pasa todo el día entre las clientas y la contadora. Entonces, el leal marido (inminente) cruza todos los días y le compra “el quesito que le gusta, el postrecito Ser o el budín dietético” que sabe que “le encanta”. La dureza inicial de Roberto Piazza parece ablandarse cuando recuerda ese gesto que se repite diariamente, y hay un ligero quiebre en el tono antes marcial. “Todo lo que yo logre –revela finalmente sus votos– lo voy a compartir con él.”

Julián Gorodischer
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lunes, 8 de septiembre de 2008

Las confesiones de Roberto Piazza


La llegada a la gran ciudad “Cuando era joven casi adulto, a la fuerza y trabajando para ser reconocido, decido irme de mi casa, de mi familia, de mi ciudad en la provincia de Santa Fe, para descubrir la Buenos Aires indescriptible, esa ciudad tan compleja y maravillosa, llena de sorpresas y de oportunidades, de peligros y de maravillas, escapando de todo aquello que no quería más y que me estaba matando de a poco. Me voy de Santa Fe con mi novio Hugo –él ya estaba en Buenos Aires hacía un tiempo–. Siempre me decía: ‘Vení que acá es lindo. Largá todo, yo también te extraño’. Hasta ahí mi vida era imposible. Mi viejo me quería matar: ‘Vos y tus amigos reventados. Y ese Hugo ya sé quién es. Mejor que te vayas, porque te voy a matar con la 45 que tengo’... Me separé de Hugo cuando nos hacinábamos en el cuchitril de dos ambientes. También descubrí que era ‘bañero’: iba a los baños a tener sexo con cualquiera. Era promiscuo, tenía amantes. Fue mi primera pareja...”.

Rumbo a la fama. “Cuando llegué de Santa Fe a Buenos Aires tenía veintidós años, un principiante que no le hacía sombra a nadie, pero siempre traté de vincularme desde el principio con todo el mundo. Soñaba con vestir a actrices y conocer periodistas, así que redacté una carta modelo y la envié a todos los jefes de redacción de diarios y revistas como 7 Días, Flash, Radiolandia, TV Guía, Para ti, Vosotras, entre otras. Allí les decía: ‘Recuerden mi nombre ya que pronto seré una figura muy famosa’. Las modelos top eran las que me podían conectar con las productoras de moda de ese entonces, como Tiky García Estévez, Lucía Uriburu y la jefa de moda de Clarín, Beatriz Trento. El primer premio que recibí por mi labor me lo dio el Club de Peinadores en el año 1983; luego gané el Península Italiana y después vendrían muchos más. Trabajé mucho y muy duro. En eso le hice caso a Gino. Resulta que una vez fui a ver a Bogani gracias a Eloísa Barbotte, la más reconocida maquilladora de los años ochenta que, como buena amiga, me lo presentó. Y sabiendo que yo soy de lo más antisocial, le dijo: ‘¡Ah Gino, este chico es Roberto Piazza y sueña con ser como vos!’. Ay, ay, ay, me mató, me puse bordó, la odié. Me empezaron a temblar las piernas: yo lo admiraba y le temía, lo idealizaba a morir. Gino me miró elegantemente desde arriba y me dijo: ‘Hay que trabajar mucho chiquito, mucho....’ Y se fue".

"Tenía razón, yo recién cumplía veinticinco años y era un principiante que pretendía ser famoso, sabía que no era gratis y que había que trabajar duro y eso siempre me incentivó... Paco Jamandreau nunca quiso verme. Cuando realicé la colección Tango le pedí datos, historias y anécdotas, y fue muy amable, pero muy fóbico. Hablábamos por teléfono durante horas. Le organicé tres veces una charla para mis alumnos junto a otros grandes y no vino. El era así, un genio de verdad. De a poco se fue desvaneciendo, quizá por la locura que tenía. Daba clases y cosía para alguna que otra señora paqueta pero no se mostraba, era una especie de Greta Garbo del vestido. Su final fue trágico. El día de su muerte estaban embargando todos sus bienes y murió sin nada; tremendo, un tipo que marcó la historia en todo sentido. Se dice que los moldes originales de Eva los tenía él”. Mamá Legrand “Con Mirtha Legrand empezamos una relación muy estrecha. En ese momento no hacía televisión, pero igual ella estaba en todos lados. Todos los días la tenía en mi casa. A las ocho de la mañana me llamaba: ‘Roberto, tenés que mudarte de ese departamento’. ‘Sí, pero ahora no tengo plata’, le contestaba. ‘Bueno, pero hacé algo y mudáte a otro lugar. Tenés que vestir novias y ganarte a la colectividad judía, que hace grandes fiestas, porque ahí está el dinero’, me decía, muy madraza. Llegó a tener mucha confianza. Ella llegaba a mi departamento, y si yo no estaba o estaba durmiendo, le decía al portero que abra la puerta, que debía entrar. En general cuando aparecía yo había estado toda la noche en algún boliche, porque salía de lunes a lunes, me drogaba y hacía el amor con todo el mundo. Estaba en pleno acto sexual y llegaba la señora. Tocaba el timbre, tenía que levantarme, ponerme una bata y atenderla...”.

El primer abuso sexual. “Ricardo Juan es mi hermano mayor. Era lindo, poseso y psicópata, hermosísimo, el más lindo de toda la familia, el que heredó toda la belleza de mi madre. Alto, de ojos verdes, pelo rubión castaño, una nariz y cara perfectas, elegante, buen cuerpo, muy gentil, caballero, voz muy bien puesta y hablar correcto. Muy seductor, capaz de seducir hasta a un perro. Estaban todos muertos con él, minas, tipos, viejas. La primera vez la recuerdo claramente: su olor, textura, sabor, sensación. Creo que tenía seis años y él veintiuno. Fue después de una fiesta, hacía mucho calor y la humedad era insoportable. Me llevó al fondo de la casa. Había una cama. Me ponía nervioso y me decía ‘sh, sh’. Cuando dormía en la habitación de él no quería que me moviera. Cerró la puerta con llave y se aseguró de que todos estuvieran durmiendo. Mamá le había regalado una pollera a una mucama, era de campana plato, floreada, con rosas, de seda natural. Estaba nervioso porque era de noche y yo no quería jugar. ‘Sí, vamos a jugar, y si no te callás vas a ver lo que te va a pasar’, me decía. Me puso la pollera, despacio. Primero me sentó y coronó su determinación abriendo su bragueta. Asumí que los mayores enseñan a los pequeños y que el juego de la carne era indistinto para quien lo jugase”.

El adiós a mamá “Celina Catalina Foradini –Chela–, mi mamá, venía seguido a Buenos Aires. Eran los días en que preparábamos nuestro viaje a Roma. Por primera vez vendría conmigo al exterior. Mamá y su Roberto en Roma, presentando un desfile. Era un sueño dorado. Una noche teníamos una fiesta y mamá no quiso ir. Estaba decaída, pero asumí que la embargaba esa tristeza sosegada de la resignación de saber que papá estaba con su amante en la casa de Santa Fe. Ella lo sabía y callaba. Ese mismo día, al mediodía, Susana Giménez me había invitado a mostrar la moda tango que llevaríamos a Roma. Mamá estaba feliz, tocaba el cielo con las manos, era un pavo real y llamaba a sus hermanas: ‘¿Vieron a Robert? Sí, era Susana. Ay, Clemen, ¿viste qué ropa? Aquí es todo de lujo, una belleza. Y Susana y Mirtha vienen siempre a casa a comprarse ropa. Salimos a Roma la semana que viene. Bueno mi amor, te dejo, besos’... A la tarde salí para el desfile: ‘Robert, abrigate que hace frío’. Fueron las últimas palabras que escuché de su boca. Llegué a mi maison a las tres de la mañana y estaba iluminada. En la puerta estaba el custodio. ‘¿Qué pasó?’, grité. ‘Su madre sufrió un ataque, está en el Pirovano’, me dijo... Después llegó la comitiva familiar: mi papá y mis hermanos. Mi hermano Raúl se había peleado con mi padre porque cuando fue a avisarle estaba en la cama con su amante y se agarraron. Papá me ve y me dice: ‘¿Estás seguro que lo que hiciste está bien? ¿No será para vender los órganos?’ ‘¡Qué h... de p...!’, pensé. Los demás me contuvieron. Mamá había muerto”.

Instinto suicida “Hacía un mes que prepara mi suicidio: le había escrito una carta a mi hermano Raúl, a mi mamá, a mi cuñada, diciéndoles que no aguantaba más, que no quería seguir viviendo, que iba a matarme. Le había robado a mi viejo dos o tres frascos de pastillas. Me tomé el de Valium, y no me morí, pero nadie hizo nada. Me desperté a la semana y mi familia no habló del tema. El abuso sexual fue el núcleo, pero nadie me hablaba, lo único en lo que estaban preocupados mi mamá y mi papá era en que yo adelgace. No tenía ningún problema, era gordo porque estaba ansioso. También me hicieron un tratamiento para ver si tenía más hormonas femeninas que masculinas. No tenía hormonas femeninas, soy hombre. En esa época mamá se convirtió en alcohólica. Cuando me quise matar por segunda vez estaba solo. Mamá no dijo nada. No levantó la vista de la tabla con cebollas picadas.”

La colimba. “Todos los días me bañaba a las seis y a las seis y media estaba esperando el colectivo. En Mar del Plata la prostitución estaba a full, y yo, para conseguir guita, era taxi boy. Con un amigo nos levantábamos a los viejos. No teníamos un mango, mamá en casa tampoco, y el sueldo en la colimba era de 125 pesos, o sea, nada. Me iba al centro vestido de colimba y me levantaba a cualquiera”.

El cáncer: su gran susto “Las desgracias ya habían comenzado cuando aún permanecía en la maison. Una noche estaba todavía con Charlie –mi pareja–, año 1989, y me dolía mucho el estómago. En la clínica me vio un médico, me internó, y empezó un vía crucis fatal. La hemorragia no paraba. Me detectaron un tumor maligno en el colon. Toda mi vida se desmoronaba. Me hacen más análisis, me revisan el hígado y el estómago, me operan, lo sacan, me hacen un ano contra natura, ¡y me salvé! Ese calvario duró casi un año: un día no había remedio y me iba a morir, y al otro día parecía que me salvaba. Tuve un ataque depresivo. Sentí el límite entre la vida y la muerte. No me tiré del balcón por cobarde, quería matarme sin dolor... Ya era de noche, la casa tenía un primer piso muy alto y me quise colgar de una soga. Me la até al cuello y a los barrotes, me di vuelta para el lado del vacío, y ahí estuve mirando el piso durante diez minutos. Tenía miedo, me acobardé, pero de tan drogado que estaba podría haberme resbalado y caer al vacío. Tenía intenciones de matarme. Fui a la cocina, cerré las puertas, las sellé con trapos, abrí el gas y me tiré a dormir junto a la cocina, pensando que durante la noche me iba a morir. Me salvé de milagro, porque la mucama había dejado abierta la ventana de la cocina, y todo el gas salió por ahí. Me desperté drogado, intoxicado. Ese fue mi último intento de suicidio. Pese a todo, hoy soy feliz, pero estuve al borde de la locura y de la muerte”.


Miguel Braillard
Fotos: Atlántida, álbum de Piazza y Editorial Planeta.
© Copyright 2005 Atlántida Digital / Revista GENTE

sábado, 6 de septiembre de 2008

Se fue un auténtico mago de arte


En la deslumbrante marquesina del espectáculo porteño, una luz acaba de apagarse. Una luz que equivalía a muchas. Otras habrá, sin duda, pero ninguna será como ella. Porque Eduardo Bergara Leumann, que murió ayer en Buenos Aires, fue un ser único, irrepetible, que pasó por la vida irradiando luz: de inteligencia, de ingenio, de sensibilidad, de inagotable generosidad. Su creación más notoria ha sido La Botica del Angel, un singular café-concert donde, a partir de los famosos años sesenta, no sólo convocó a artistas consagrados sino también y muy especialmente a jóvenes aspirantes al reconocimiento público. Muchos famosos de hoy comenzaron su carrera al amparo del "Gordo" Bergara, cuya imaginación no tenía límites al presentar a sus artistas: ¿quién olvidará a la Tana Rinaldi cantando tangos mientras Antonio Berni, o Raúl Soldi, le pintaba en escena el vestido? O el desenfado con que el dueño de casa exponía a las figuras conocidas que visitaban La Botica, examinando en público el contenido de sus carteras, o haciendo comentarios agudos sobre sus tics profesionales.

Aquella fue la primera Botica, en Montserrat, demolida al continuarse las obras de la Avenida 9 de Julio. Pronto encontró Eduardo -tras andanzas europeas que incluyen una participación en Roma de Fellini- una antigua iglesia protestante, seudogótica, en la calle Luis Sáenz Peña, que él transformó en algo muy difícil de describir: un casi inextricable laberinto de pasillos, escaleras, patios, salas, salitas y salones, donde acumuló un formidable acopio de recuerdos que rinden homenaje a sus amigos y a los artistas a los que admiraba. Como en un cuento de Henry James, podría decirse que son altares laicos donde las fotografías, los autógrafos, las ropas y los objetos personales -y hasta cuadros, grabados, cerámicas y esculturas de firma- rinden culto a multitud de personajes. Un verdadero museo de incalculable valor material; un enorme relicario donde late el corazón de la ciudad; un improbable santuario, único en el mundo.

En los últimos años, debe de haberle resultado doloroso a su corpachón el trasladarse por las empinadas escaleras rumbo a sus habitaciones en la terraza, donde vivía con sus gatos rechonchos, atiborrándose de golosinas que los médicos le habían prohibido y que a él -infante eterno y glotón- le fascinaban. Infaltable en todo acontecimiento notorio, transportado por sus fieles ayudantes en silla de ruedas, daba a la reunión un aporte de alegría y desparpajo. Y si a su implacable lucidez no se le escapaba un detalle criticable, lo hacía con gracia y elegancia incapaces de suscitar rencor. Durante varios años condujo un programa de televisión, La Botica del Tango , donde mostró el ingenio que lo caracterizaba, no sólo en la réplica mordaz sino también en la belleza de sus escenografías, a menudo improvisadas sobre la marcha con lo que tenía a mano. Su último trabajo en ese rubro fue para el actual espectáculo de Marikena Monti, en el Maipo ( Viejitos chotos ).

Si Alberto Greco definió al hombre como "el lugar donde la magia sucede", de Bergara Leumann bien puede decirse que "fue el hombre que hizo posible la magia". ¿Qué será ahora de su palacio encantado?

Ernesto Schoo

El adiós a Eduardo Bergara Leumann
El hombre que hizo de su vida una celebración


En el día de su cumpleaños número 76, rodeado de obras propias y ajenas, afiches, esculturas, toda clase de elementos escenográficos, recuerdos y muchos proyectos atesorados, Eduardo Bergara Leumann falleció a las 5 de ayer en su casa de Luis Sáenz Peña 541, la famosa Botica del Angel, debido a un paro cardiorrespiratorio.

Fue una figura multifacética, creativa, innovadora, que dejó un sello original y único en la vida cultural porteña, sobre todo durante la década del 60, y que supo enriquecer sus múltiples facetas artísticas con la popularidad que le dio la televisión. Su vida quedó tan unida a su gran creación, la Botica, que transformó ese centro de encuentro y permanente estímulo cultural en su propia casa.

Había nacido el 5 de septiembre de 1932 en esta capital y hubo pocas cosas que disfrutara más que reírse de sí mismo. "Caprichosamente no me exceptuaron, pues era hijo único de madre viuda, pero adujeron que yo no era sostén para ella... Ridículo. Si alguien puede ser sostén de alguien o de algo, ése soy yo", dijo una vez al recordar cómo llegó a cumplir con el servicio militar en una oficina administrativa de la Fuerza Aérea.

El empeño por contagiar esa actitud a los demás definió en buena medida su carrera artística. Para algunos, Bergara Leumann no iba más allá del modo pintoresco -y a veces estrafalario- que elegía para presentarse, de su simpatía a toda prueba y, más que todo, de ese eterno sobrepeso del que también solía burlarse. "Es inútil tratar de reducir esos kilos de más. La ansiedad, el aburrimiento y el ser hijo único siempre pueden más que mi voluntad", señaló en 1983, quizás adelantándose a los crecientes padecimientos que debió soportar en los últimos años por culpa de la obesidad.

Irreverencia, desenfado, disparate, humor desprejuiciado y agresividad inofensiva para con sus invitados eran palabras que casi nunca faltaban cada vez que LA NACION publicaba críticas de sus espectáculos. En ellos, se mezclaban creativamente las artes plásticas, el teatro, la música, la danza y el espíritu temprano y renovador que nutrió los orígenes del café concert.

El punto de partida de la carrera artística de Bergara Leumann fue el diseño de vestuarios. Cumplió esa tarea en varios largometrajes de nombre ( La cueva de Alí Babá , La sombra de Safo , Libertad bajo palabra , El hombre de la esquina rosada ) entre 1954 y 1966, año en que nació la criatura más perdurable y notoria de toda su carrera: la Botica del Angel. También en las comedias musicales Caramelos surtidos , de Discépolo, y en Buenas noches, Carina .
Espíritu emprendedor

Ubicada en su primera etapa en Lima 670, donde hoy se encuentra una de las plazoletas de la avenida 9 de Julio, la Botica fue resultado de la creatividad y el espíritu emprendedor de su autor: en manos de Bergara Leumann, dejó de ser un templo metodista para convertirse en un espacio multiexpresivo en el que casi no había límites entre el público y los artistas, y donde cualquier espectador estaba expuesto a subir al escenario en cualquier momento, voluntariamente o no.

Allí debutó como cantante Susana Rinaldi, con una presencia escénica que, según dijo entonces LA NACION, "tenía la virtud de desacartonar al porteño", rodeada de cuadros y trabajos de grandes plásticos locales (Soldi, Forte, Berni, Seoane y Cañas, entre otros), una constante de las creaciones de Bergara Leumann junto con varios infaltables elementos escenográficos: verjas coloniales, faroles, leyendas fileteadas e innumerables figuras de ángeles y querubines pintados o hechos de yeso.

Gracias a la Botica, Bergara Leumann dejó de dedicarse sólo al vestuario y a las escenografías, y se transformó en un showman hecho y derecho. Sus producciones, en las que nunca faltaban pinturas, champagne, poesías, bocaditos, música y danza, alcanzaron su apogeo en 1969, cuando reunió a Rinaldi, Jovita Luna y Mercedes Sosa. Todo tenía su sello, hasta esas divertidas apariciones suyas con ropa multicolor, flequillo y peluca con las que encarnaba el espíritu festivo de los happenings, tan populares por entonces, en películas como El extraño del pelo largo .

Llevó todo eso a Europa, adonde se fue a vivir en 1973, luego de soportar la mudanza de la Botica original a un solar de la calle Luis Sáenz Peña, donde no repitió todos los éxitos anteriores y debió sobrellevar hasta un par de atentados. Instalado en París, tomó contacto con todo el mundo cultural de su tiempo. Y sorprendió a muchos al aparecer con alguna frecuencia en el cine: llegó a trabajar con Fellini y se prestó a la controvertida Calígula , de Tinto Brass.

Regresó a Buenos Aires en 1980 para iniciar una nueva etapa, en la que recuperó el antiguo espíritu de la Botica, pero ya adaptado al lenguaje televisivo. Botica de tango , con varias temporadas exitosas en el aire, mostró sobre todo un cuidadoso e infrecuente tratamiento visual, al que se sumaba el aporte de destacados solistas y cantantes, que dejaban lo mejor a través de un desfile en el que confluían clasicismo y renovación.

"Yo me ocupo de todo: desde los dibujos hasta los trajes y el último detalle de utilería. Es un programa artesanal; está hecho con imaginación. Todo lo que se ve es cartón pintado y telas", decía Bergara, que lucía allí vistosos chalecos y sombreros. De él también dependían los libretos y la puesta en escena de un exigente ciclo que estrenaba cada semana una nueva producción.

Bergara Leumann fue un personaje único, que hizo de su vida una celebración y mantuvo hasta el final, siempre en alto, el espíritu de la Botica, que queda a partir de hoy -de acuerdo con su última voluntad- al cuidado de Cáritas, para que funcione como museo. "El hombre de Buenos Aires nació gris; por eso le puse color", confesó en 2002 quien se animó a pasear disfrazado de ángel porteño por los jardines del Palacio de Buckingham y que vio frustrado el sueño de ser el profesor de tango de Michael Jackson.

Sus restos serán velados hasta las 10 en la Casa de la Cultura porteña, Avenida de Mayo 575, y serán inhumados hoy en el Panteón de Actores de la Chacarita.

Marcelo Stiletano

Una triste y sentida despedida

Nació y murió el Día del Lunfardo porteño. Marikena Monti, una de sus amigas, se acercó, ayer a la mañana, a la Botica del Angel para despedirse, antes de que trasladaran sus restos a la Casa de la Cultura. "Lo recuerdo sentado, trabajando en la escenografía de mi espectáculo; dirigiendo a dos estudiantes jóvenes, marcando los perfiles, en negro y en dorado", describió quien mantuvo contacto con el artista hasta sus últimos y ya apagados días. "La vida sin Bergara va a ser distinta. Habrá un antes y un después del gran maestro de mi vida", compartió.

"Tomaba doce pastillas por día; tenía artritis, diabetes, artrosis y la lista sigue -enumeró su fiel asistente José Luis Larrauri-. El creía que no iba a llegar a los 76, pero lo logró por cinco horas."

El ministro de Cultura de la Ciudad, Hernán Lombardi, se acercó y dijo: "Era un gran experimentador y curador de la ciudad. En la Botica estaba la selección de lo mejor de Buenos Aires. Mezclaba la transgresión con el respeto: una combinación inolvidable". Al llegar, Mirtha Legrand dijo: "Murió en la Botica, aquel lugar extraordinario, que era lo que él quería".

Victoria Pérez Zabala
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viernes, 5 de septiembre de 2008

Homo hop





El hip-hop, hasta hace poco bastión de la homofobia, hoy cuenta con un movimiento de Glttb con gira por los EE.UU.: Homorevolution Tour. Aquí, cuatro de sus mejores exponentes.

Melange Lavonne
Negra, lesbiana y activista nacida en Carolina del Norte, adoptó esta música como buen vehículo de sus ideas y para llegar a los más jóvenes. Durante 2007 obtuvo gran repercusión gracias a su canción “Gay Bash”, cuyo video logró aceptación entre los espectadores de la MTV norteamericana. El tema está dedicado a su amigo Kevin que murió en manos de una pandilla antigay. Allí apunta contra la Iglesia por inculcar la homofobia: “Escuchá, nos sos cristiano predicando el odio / se llaman Iglesia, se congregan y luego se dan vuelta para apuntarte con el dedo de la discriminación / después me escupen en la cara condenándome por ser gay”. Y concluye: “Yo sobreviví y no estás solo en esta pelea / declárense a favor de la igualdad y luchen por sus derechos”. Con este track abre su último disco The Movement, en el que participan varios raperos de la escena hip-hop Glttb. www.myspace.com/melangelavonne

Deadlee
Raper, gay, de origen latino, vive en Los Angeles y comenzó su carrera en el mundo del hip-hop a comienzos de 2000. Se destaca por disparar de frente contra Eminem y 50 Cent, claros exponentes del rap más homofóbico. En su último disco, Assualt with a Deadlee Weapon, les dedica sin eufemismos su tema “Suck my Gun”. Algunos definen su estilo como “gaynsta rap” en un juego de palabras con el “gangster rap”. Lo cierto es que su música mezcla riffs de rock con rap, mientras que a la hora de las rimas alterna entre el español y el inglés. Sus múltiples apariciones mediáticas lo convierten en uno de los máximos referentes del movimiento. Quiere ser para los jóvenes gays ese ejemplo que él nunca tuvo, hay que ser explícito y hablar abiertamente sobre la sexualidad, es su convicción. http://www.myspace.com/deadleeofficial

Tori Fixx
Es un MC, DJ, cantante, remixer y productor gay nacido en Minneapolis. No es casual que su máxima influencia sea su coterráneo Prince: “El me creó el deseo de hacer mi propia música y me dio ganas de provocar en la gente las mismas sensaciones que yo experimenté a través de su arte”. Lleva editados seis álbumes y un séptimo a editarse bajo el nombre de Couture. Tori es uno de los exponentes más prolíficos del hip-hop queer, aunque no se limita a ese único ritmo. En sus discos pueden sonar otros estilos, ya sea pop, r’n’b, electro o house. Como productor, no sólo se dedica a su propio material sino que también juega ese rol en discos de otros artistas de la escena gay como Johnny Dangerous, Salvimex, Foxxjazell y Deadlee. www.myspace.com/torifixx

Foxx Jazell
Luego de operarse y subirse a los tacos, adoptó este nombre artístico, mezcla de zorra con gacela. En los ’90, con sólo 17 años, se fue de su casa con un pasaje sólo de ida, directo a Hollywood. Allí empezó a hacer performances en el club nocturno Arena, donde pudo abrir los shows de otras divas como Rupaul, Robin S y Ce Ce Peninston. Luego comenzó a rapear sus propios temas, a diferenciarse de las demás drag queen y hablar abiertamente de su sexualidad y de la problemática de género. No oculta su intención de convertirse en artista mainstream y, acerca de la aceptación como rapera travesti, suelta: “Si pueden aceptar a los raperos blancos, ¿cómo no me van a aceptar a mí?”. Su último disco, Introducing, mecha hip-hop con baladas y dance como su primer corte, “Feel the Vibe”. www.myspace.com/foxxjazellmusic

Gustavo Lamas / SOY
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Salvaje y vagabundo


En una nueva reescritura de su folletín sado El mendigo chupapijas, esta vez en clave cinematográfica, Pablo Pérez toma la cámara en sus manos y recorre la ciudad con su ojo salvaje, siguiendo la estética que caracterizó la primera impresión de su obra: artesanal, lumpen, independiente, lúdica, sensual, provocadora.

En sus principios marginales, El mendigo chupapijas de Pablo Pérez fue un folletín extraño, artesanal, hecho de fotocopias desprolijamente encuadernadas al mejor estilo informal de las primeras ediciones de los ‘90 de Fernanda Laguna y su editorial lumpen Belleza y Felicidad. Las cinco entregas de ese folletín se vendieron embolsadas, como las revistas porno, pero no por una cuestión de pudor en la presentación de la saga sadomasoquista que perpetraba sus páginas sino porque la bolsa también contenía un muñequito o algún otro objeto de cotillón. ¿En esa decisión se jugaba la idea de expandir los límites de la literatura? ¿O era simplemente una broma que un texto con semejante título infame se ofreciese acompañado de un juguete infantil? ¿O eran ambas cosas? Un espíritu lúdico parecía poseer a El mendigo chupapijas y, a diez años del comienzo de su publicación, este folletín no descansa en su intento de jugar con los límites. Incluso se podría decir que ahora esta obra de Pablo Pérez vuelve a empezar, a perpetuar una vez más su distintivo proceso de reescritura.

Raras geometrías del porno

En 1998, Pablo Pérez publicó Un año sin amor, un libro sobre su relación íntima con el sida en el momento en que la enfermedad se iba transformando en algo menos oscuro gracias al cóctel de drogas que proponía una suerte de estabilidad a los que viven con VIH. Ese libro encontraba un género de pertenencia —el diario—, que daba una forma específica a las reflexiones, narraciones, interrupciones personales de Pablo Pérez, y encuadraba en la lógica del calendario la impronta informal de una escritura que abría los umbrales de la incertidumbre: “Sé que me pongo tétrico, y me divierto porque nada es seguro”, escribía en una de las entradas de ese diario. Y esa misma combinación de lo tétrico y lo divertido lo llevará a su máxima expansión a través de El mendigo chupapijas. Porque en principio ese folletín se planteó como libro de estructura más abierta, más incierta, radicalmente cambiante, con una intermitencia muy particular entre oscuridad y humor. La saga es una suma de pequeños discursos inmediatos, contaminados de contemporaneidad, que van del diario íntimo al relato en tercera persona, desde la trascripción de e-mails hasta los diálogos en estado de crudeza puiguiana. A través de esa escritura variable y escurridiza, pero de una síntesis ejemplar, se cuenta la ruta del deseo de un erotómano leather y versátil que se fascina por la figura de un mendigo que conoce en un cine porno. Sus relaciones sadomasoquistas en un principio forman un triángulo sexual, que luego se transforma en un raro triángulo de amor bizarro, pero luego pasan a configurar una geometría monstruosa, como un poliedro porno-romántico de ángulos, lados y vértices difíciles de predecir y determinar. Entre tanta aventura viril de masters y esclavos, entre tantos episodios de resistencia al dolor, al placer y al amor, la saga vagabunda del protagonista lo enfrenta a un final donde asume la propia feminidad, su versión travestida en un homónimo femenino, de modo similar a lo que sucede en la entrada final de Un año sin amor. Sobre el final, Pablo se transforma en Paula, el gusano se transforma en mariposa, y ese devenir mujer marca el pulso queer del relato: si se sospechaba que la lógica narrativa podía estar subordinada a la mera ilustración de la identidad leather, el libro trasciende esos límites viriles para perpetrar un gesto de mariposón, de loca, que pone en crisis a la identidad como algo estanco, como una pose uniformada. Pero esta forma de la escritura como herramienta para despegarse de las rigideces de la identidad está en la base de la propuesta de El mendigo chupapijas, que avanza para poner en juego los rostros posibles de una literatura en crisis permanente.

Calles calientes

Al comienzo de Discusión, uno de los libros de compilación de ensayos de Jorge Luis Borges, se lee la siguiente cita de Alfonso Reyes: “Eso es lo malo de no hacer imprimir las obras, que se va la vida en rehacerlas”. Esa idea sugiere que la impresión de un texto impondría el fin del trabajo sobre una obra. Pero, por el contrario, para Pablo Pérez rehacer una obra puede ser un proceso sin final, un texto no se clausura en su publicación, negando esa tesis borgeana. En 2006, Pérez reescribió El mendigo chupapijas y lo publicó en forma de libro a través de Editorial Mansalva. La reescritura no tuvo que ver con eliminar ciertas provocaciones, aberraciones o algún exabrupto porno para llegar a convertirse en un libro que circulara por librerías sino por la necesidad de perfilar una identidad específica que diferenciara más a El mendigo chupapijas de Un año sin amor. En lugar de buscar una identidad literaria por la similitud de la escritura y la temática de un libro al otro, de construir su personalidad por la continuidad, Pérez eligió la diferencia y lo discontinuo. Como sucedió con El beso de la mujer araña de Manuel Puig, que el mismo escritor sometió a distintos transformismos (de novela a obra teatral, de comedia musical a película), El mendigo chupapijas ahora inicia una nueva reescritura: se convirtió en un guión y una película, que iluminan nuevas dimensiones de la obra. No se trata de la primera transformación cinematográfica: Pablo Pérez fue co-guionista de Un año sin amor, la película dirigida por Anahí Berneri sobre su otro libro, donde se filtraron algunos episodios y personajes de El mendigo chupapijas. Ahora, en este nuevo proyecto, Pérez está filmando desde una independencia lumpen, volviendo al modelo de producción de su folletín inicial. Su elección cinematográfica se acerca al cineasta experimental Lionel Soukaz, amigo de Pablo Pérez durante su vida en París en décadas pasadas (Soukaz aparece transfigurado en El mendigo chupapijas con el nombre de “Dr. Soukaze”, personaje que introduce a Pablo al mundo de las fiestas sadomasoquistas). Soukaz adquirió notoriedad con un folletín cinematográfico producido en los ‘70 llamado Race d’Ep, un ensayo histórico de la homosexualidad a través de cuatro cortos que luego formaron un extraño largo misceláneo. Race d’Ep fue prohibida por la censura gala, pero fue defendido por Foucault, Deleuze, De Beauvoir, Duras y otras celebridades francesas. Desde ese momento, Soukaz es la principal voz libertaria por una desregulación de las representaciones de diversidad sexual en el cine (una retrospectiva de Soukaz se vio en Buenos Aires en el Bafici 2007). Pérez fue incentivado por Soukaz para realizar su película con la lógica de inmediatez y la independencia, sin trabas técnicas, ni institucionales, filmada como un serial sadomasoquista con una cámara en video y un equipo reducido de colaboradores. Así, la nueva forma de El mendigo chupapijas es la del modernismo cinematográfico urbano más radical, ese que embiste la ciudad con su cámara para establecer un nuevo recorrido sensual por las calles, para liberar al espacio urbano de sus restricciones y agitar definitivamente el ojo salvaje, para cambiar la visión que tenemos de los lugares, del cine y de nosotrxs mismxs. Como enfrentó a los cánones literarios con su folletín, Pérez se propone hacer del cine una experiencia transformadora, una reescritura que haga tambalear nuevamente las ficciones petrificadas de la identidad.

Diego Trerotola / SOY
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Alucinando al gordito de gafas


Sin repetir y sin soplar, el intento de enumerar lesbianas argentinas conocidas públicamente se agota en pocos nombres. ¿Dónde están? La invisibilidad, el amor camuflado en amistad, si bien ayuda a eludir la discriminación, también empuja a sufrirla. No ser, no estar. En los últimos años, y gracias al aporte de algunas famosas y muchas militantes, la silueta de las lesbianas se comienza a dibujar más nítida. Tal vez en unos años ya no se necesiten gafas con más aumento.

Ayer, en el colectivo, una mujer le pegó un pisotón a otra sin querer y se disculpó. La afectada le respondió con tono suave, veladamente furioso: “No se preocupe, señorita, soy transparente”. No sólo las lesbianas, recordé gracias a esta señora, sufrimos la invisibilidad. La transparencia es casi un atributo femenino. La anorexia, que es una patología que hace de lo incorpóreo su horizonte, podría estar denunciando metafóricamente este destino trazado para cualquier mujer capaz de reducir hasta lo increíble su espacio personal. Por otra parte, esta transparencia se ve fomentada desde el sistema hegemónico que niega entidad de “mirable” o existente a todo aquello que exceda sus parámetros. Contrariamente a sus designios, el fin de hacernos visibles es poner el cuerpo y con él tomar cartas en el asunto. En el resto de los asuntos. Según Analía (40, psicóloga): “Para lo que importa la visibilidad lésbica es para dejar de pensar en la visibilidad y ocuparnos de otras cosas”.

LO ESENCIAL, ¿ES INVISIBLE A LOS OJOS?

Este año, el lema de la Marcha del Orgullo ibérica fue “Por la visibilidad lésbica”, y en la Plaza de España de Madrid se proyectó un video titulado Orgullosas de ser, en el que varias lesbianas anónimas, de todas las edades, daban la cara y exhortaban a las “tapadas” a que lo hicieran también. Bien erguidas sobre el escenario, acompañaron el acto de la proyección algunas actrices y políticas de renombre (apenas cinco o seis, no nos entusiasmemos). Pero la movida no terminó en la vía pública. El Congreso de Diputados recibió a dos integrantes de la Glttb que leyeron en el Parlamento un manifiesto reivindicativo de los derechos de las lesbianas. Está claro: la necesidad de generar un “apartado” que aliente la visibilidad del colectivo lésbico corrobora el imperio social de la invisibilidad. La confección de un manifiesto suena a la de una declaración de existencia y no está tan lejos de haberlo sido. En él se reclaman desde protocolos ginecológicos que contemplen las prácticas lésbicas, hasta herramientas específicas para abordar la violencia intragénero. Es que así como la visibilidad es una tarea constante, sin fin, las expresiones de invisibilización que ofrece el sistema pueden no agotarse nunca. No existir para un protocolo ginecológico, en términos de nuestra cultura, implica algo más que haber quedado por fuera de un campo de estudio (sutil patadita nos da la medicina). En lo que a la vida cotidiana se refiere, los ejemplos de invisibilidad son innumerables. Convengamos en que, para el común de la gente, es más fácil matar una ballena a chancletazos que ver a una pareja de chicas como una pareja de chicas. Muy frecuentes son las interpretaciones automáticas que convierten a dos mujeres tomadas de la mano en amigas, hermanas o, depende de las edades, también en madre e hija, o tía y sobrina, cuando sus facciones divergen demasiado. Cecilia Marín, integrante del grupo de arte feminista Mujeres Públicas, cuenta: “Una vez estaba en la calle de la mano con mi novia y nos dijeron: ‘¡Ay, cómo se quieren las hermanitas!’. No sabían qué hacer con esa información. Se lo aclaramos y se quedó perplejo el tipo”. Resulta obvio: no hubiera pensado lo mismo ese señor frente a dos hombres de la mano.

Una anécdota de Analía ejemplifica también esa perplejidad típica de quienes no pueden procesar lo que la situación exige y responden desde el atolondramiento: “Hace unos años estábamos en Rosario con mi novia y pedimos una habitación en el Hotel Savoy. Nos ofrecieron, por supuesto, una con dos camas. Yo le dije que no, que buscábamos una con cama doble. Entonces el hombre me respondió: ‘¡Ay, pero qué delicadas!’. Nunca entendimos lo que nos quiso decir”.

Para Soraya (45), cofundadora de La Lesbianbanda, el problema de la invisibilidad social tiene dos puntas: no pasa sólo por lo que los otros no quieren o no pueden ver sino también por cierto acomodamiento de parte de las parejas de lesbianas a ese modo de ser vistas (o de no ser vistas). Dice: “A mí siempre se me notó que el vínculo era otra cosa, aun sin estar besándome con mi novia, el erotismo se nota, es otra cosa que el compañerismo. Yo creo que las lesbianas se escudan en la amistad y no muestran el erotismo, lo cubren con un manto amistoso”.

Quizás esta opinión tenga algún punto de comparecencia con el Manifiesto por la Visibilidad leído en el Parlamento español, donde la “comodidad” resalta con luces rojas: “Las lesbianas hemos sufrido menos rechazo (que los gays), incluso se han tolerado más fácilmente nuestras relaciones. Pero a esta invisibilidad, cómoda hasta ahora, la estamos pagando cara”.

Muchas veces, aun cuando se percibe y se muestra de un vínculo su cualidad erótica, la invisibilidad insiste, adjudicándoles a sus componentes roles e identidades que no compliquen en nada la lógica social. Lo de siempre: el binomio protagónico hombre-mujer y sus patrones derivados tienden, tenazmente, a conservar su lugar de imperativo cultural. “Yo recuerdo que en parejas donde los roles están muy marcados, el trato hacia ellas es semejante al que tendrían ante una pareja hétero –cuenta Cecilia Marín–. Lo que me pasa con mi novia, por ejemplo, es que cuando pedimos un café y un cortado, el cortado se lo dan a Vero porque la leen como más femenina; o paga ella y el vuelto me lo dan a mí.” Del mismo modo, expulsada de la constelación de mujeres de nuestra cultura, una buch no será vista como una mujer deseante o deseable sino como asexuada y a veces ni siquiera como una mujer, al igual que una obesa. ¿Por qué? Porque el establishment publicita incansablemente una verdad que deja afuera a la mayoría y, por la cual, según sus falsas premisas, feminidad hay una sola.

LINAJE

Un escueto pero efectivo linaje de lesbianas, que a lo largo del mundo han ido saliendo del closet, pone en duda aquella verdad.

Si arrancamos con los años ’80, vemos al fantasma de Navratilova sobrevolar la escena mediática. La expatriada y fenomenal tenista checa había confesado públicamente su lesbianismo; pero, pese a la claridad de la noticia, fue usada para alimentar la confusión. Así, la Navratilova pasó a ser una “rara” más y, dentro de la gran bolsa de papas de lo indistinto, a verse también equiparada con la transexual Renée Richards como si fueran el mismo “caso”. Pero lo que a ellas las relacionaba era el tenis y en un partido histórico que las enfrentó, Martina salió ganadora. Para esta campeona checoslovaca, capaz de denunciar en 1981 que en su país “los gays eran enviados a asilos para enfermos mentales y las lesbianas nunca salían del armario”, las complicaciones de la visibilidad fueron graves y muchas. Nada hizo que se desentendiera de la cuestión y, desde hace tiempo, colabora económicamente con agrupaciones Glttb.

Ocho años después, en un lejano país llamado Argentina, la rock star Celeste Carballo visitó Imagen de radio, un programa televisivo conducido por el beatlemaníaco Juan Alberto Badía. Allí, la osadísima autora de “Seré judía” confesó públicamente su romance con la cantante Sandra Mihanovich. Se armó un revuelo bárbaro: el gesto transgresor de Celeste y la Generación había quedado del tamaño de un poroto al lado de semejante declaración. No casualmente, digamos, ese hito en la historia de las lesbianas públicas argentinas se dio en un espacio televisivo que ponía el énfasis en hacer visible lo invisible (recordemos que el nombre del ciclo era Imagen de radio). La confesión de la chica de Coronel Pringles carecía de precedentes en la memoria de un país todavía inexperto en cuestiones bastante básicas. En los ’70, la sugerencia fílmica de que la Raulito era lesbiana había servido para reforzar la identificación de la homosexualidad con la desgracia. Este no era el caso: a Celeste se la veía muy bien.

Casi a finales de 1990 sucedió que, en Buenos Aires, de golpe y porrazo las calles se vieron tapizadas por los provocativos afiches de los shows de lanzamiento de Mujer contra mujer, el primer hijo de Carballo-Mihanovich. La foto del poster era elocuente, impactante e inédita para la época: las dos chicas desnudas no ocultaban, ni un ápice, el erotismo que las vinculaba. Si bien la discográfica aprovechó la visibilidad del dúo para la promoción del producto, e incluso para crearlo, no se puede negar que aquella campaña (como casi todas las campañas que reproducen esta estrategia) tuvo (tiene) un efecto transformador en nuestra cultura. Con Mujer contra mujer se confirmó que lo que Carballo confesó en el programa de Badía era cierto, que las lesbianas tenemos cara y la podemos dar, y que el lesbianismo no se terminaba tampoco con ellas dos. De hecho, uno de los hits de aquel disco (“Te quiero”, que para sorpresa de Benedetti terminó dándoles letra no a los tupamaros uruguayos sino a las lesbianas argentinas) se convirtió en, casi, una exhortación a la visibilidad. “Somos mucho más que dos” cantaban pletóricas de entusiasmo Sandra y Celeste, y a partir de ese momento las voces empezaban a multiplicarse.

En 1991, cuando nuestra sociedad creía haber descansado de tanto ajetreo, Ilse Fuskova fue a almorzar con Mirta Legrand. En esa glamorosa mesa dedicada al tema de “la homosexualidad”, la autora de Amor de mujeres y Cuadernos de existencia lesbiana contó su historia. Se imponía entonces un nuevo modelo visible de lesbiana: la señora de su casa, ya mayor, capaz de resignar los privilegios de la heterosexualidad. Resultó escandaloso, claro. Madre y abuela, además de periodista y ex azafata, Fuskova parecía más cercana a la ficción que a la realidad, y sus declaraciones revolvieron el avispero de un mundo “normal” a partir de ahí sospechado. Quedó así instalado un conocimiento que hasta estos días se prefiere olvidar: cualquier mujer, incluso una abuela, puede volverse torta.

En la década del ’90, las diferencias políticas e ideológicas caían en la disipación. No sólo en la Argentina sino también en el ámbito internacional reinaba esta especie de proceso mórbido. En 1997, a contrapelo de su época, la actriz estadounidense Ellen De Generes hizo el coming out junto a su personaje Ellen Morgan. En ese episodio, Morgan se asume lesbiana frente a la terapeuta, y ésta le contesta: “¡Era hora!”. Ellen cree, entonces, que ha llegado el fin de su análisis, pero su analista le responde que no, que, más bien, la cosa recién empieza. Por supuesto: nadie se libera del peso de la invisibilidad por asumirse ante su analista, sus padres o amigos. La visibilidad no es algo que se hace de una vez y para siempre sino permanentemente. Y, en este sentido, Ellen ha sido, y es, una gran trabajadora. Pero una gran trabajadora a la que, con una excusa irrisoria, le levantaron el programa tras su salida del closet. Afortunadamente, los capítulos de aquella serie marcaron un hito e instalaron una variación más: una torta también puede ser humorista. Y de las brillantes.

En el año 2005, Warner Channel trajo una grata sorpresa: The L Word. Por primera vez en una serie, la problemática lésbica ocupó el centro de la escena. Y si bien la belleza y el holgado estilo de vida de sus protagonistas fueron objeto de alguna crítica, estas características también propusieron, entre otras cosas, un modelo glamoroso al que las lesbianas no estamos muy acostumbradas. Por otra parte, la tira enfatiza no sólo la importancia de los vínculos amorosos sino también la amistad entre ellas: punto nodal en la serie y en la vida. Aunque a veces las chicas de The L Word también se pongan tristes, no dejan de mostrarse espontáneas, sueltas y siempre visibles (la visibilidad jamás es un problema para ellas).

PRESENTE Y FUTURO

Hoy en día, comparando con diez años atrás, abundan referentes lésbicos que van desde las parejas de lesbianas que vemos por la calle a las de las tiras televisivas como The L Word, Sugar Rush, o incluso Mujeres de nadie. También hay de las otras. Años atrás escuché decir a un poeta (gay) que una conocida escritora (hoy conocida) hacía un “mal uso del lesbianismo”, ya que, para hacerse famosa, lo había incorporado como un atractivo más a su exótica personalidad, y sin siquiera haber amado jamás a una mujer. Era una adelantada, sí señora: había pescado tempranamente una tendencia del mercado que la ayudaría a tocar la gloria. Y si bien todo suma, y en algún punto hasta el beso monstruoso que se dieron Moria Casán y Graciela Alfano para la televisión pareciera aportar su granito de arena a la visibilidad, no hay que dejarse engañar. Ellas encarnan un modelo de consumo: el dos por uno de una fantasía heterosexual, al igual que las dos hermosas chicas que posan, bien pegaditas, para un cartel que atraviesa la Panamericana promocionando no sólo una marca de cerveza sino la perla de un lesbianismo vacuo, ofrendado a la complacencia masculina. Las lesbianas reales no entramos en las variables marketineras todavía.

Dice Cecilia Marín: “Ahora, para una adolescente es más fácil asumirse, porque todo el entorno lo tiene asumido, las lesbianas ya somos parte del imaginario y existen referentes”. Analía expone algo similar. Para ella también el terreno de la visibilidad es otro que años atrás: “Cuando yo era chica, no era tan común ver a dos mujeres de la mano. De nuestra edad sí, una que otra; pero más grandes, ninguna. Ahora sí, ahora veo de todo, no serán todas las que hay, ni mucho menos, pero noto que, por suerte, es bastante más habitual que quince años atrás”.

Sin embargo, la relación con la realidad y con los modelos de visibilidad que en ella se despliegan no es igual para todo el mundo. Previamente a salir con mujeres, para Marina (33, psicopedagoga) las lesbianas eran propias de un mundo de fantasías: “Yo no sabía que existían. Recién cuando empecé a salir con chicas descubrí ese mundo que estaba oculto, invisible. Ahí conocí a personas a las que les pasaba lo mismo que a mí. Esto no fue hace tanto tiempo. De todos modos, sólo a partir del momento en que hablé con mi familia y con mis amigos comencé a mostrarme... dejé de poner excusas, de ocultarme. Entonces empecé a ser más clara y, también, a sentirme más yo misma”.

También Soraya comparte esta especie de reencuentro o refuerzo identitario a partir de su salida del closet, el primer paso de una visibilidad cada vez más abarcativa: “Yo tenía un novio, les quise decir a mi novio, a mis padres, a mis hermanas, no me importó nada. Se armó una revolución, y fue como encontrar el centro, ese episodio figura en mi vida como el clave, que me abrió las puertas a mí misma. Se ve que la sexualidad es algo muy importante, por algo se reprime tanto”.

El closet, se ve, tiene muchas puertas. Decirlo en casa no implica no tener que volver a decirlo en otro ámbito. Nadie dijo que sería fácil, ni que, durante la post-esclavitud, la afrodescendiente Rosa Parker fue acusada de revoltosa por negarle a la pálida mujer del alcalde su asiento en el colectivo. “No soy rebelde, estoy cansada”, declaró en su defensa Rosa cuando fue interrogada. El cansancio, en ese caso físico, pero no sólo físico, es también el resultado de andar por la vida cargando un peso: obediencia, silencio, vergüenza, simulación, etcétera. Y si en la práctica el hallazgo del descanso y su manifestación toman la forma de una revuelta, entonces, bienvenida sea.

Paula Jiménez / SOY
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jueves, 7 de agosto de 2008

domingo, 3 de agosto de 2008

Historias de Judios Argentinos Gays


Lo define bien uno de los miembros de la entidad: “Ser gay, entonces, siendo judío, no es lo mismo que simplemente ser gay”. El 12 de marzo de 2004 nació una entidad rara para lo que es el mapa cultural de la comunidad: Judíos Argentinos Gay, autodefinida como un espacio de contención e integración. Hay judíos gay ortodoxos que no terminan nunca de cerrar un fuerte sentimiento de deuda con el difícil Jehová. Aquí van sus testimonios, junto a escenas de un bingo con pancho kosher y muchas plumas.

JC tiene 33 años y todas las mañanas de su vida, desde que cumplió los trece, hace lo que Halajá y el mandato ritual de su fe judía le ordenan hacer al Iehudí que despierta: atarse al brazo las correas del Tefilin y cumplir con los tres rezos; las bendiciones, el Shemá Israel y la oración de pie. A la tarde vuelve a rezar. Y también a la noche, cuando repite el Shemá. Los lunes y los jueves lee la Torá. Y los viernes celebra el Shabath con su familia comiendo gefiltefish. La santidad del sábado le prohíbe tocar dinero, encender luces, tomar el control remoto de su televisor, usar su celular. La santidad del sábado es un asunto importante para JC, quien nunca se preguntó por qué debía llevar una vida observante, simplemente la llevó. Es decir, cumplió con todo lo que pudo cumplir. “Pero con lo que no, no”, dice JC, que todavía está aprendiendo a entenderse con esa íntima conmoción que implica para él ser judío, ser ortodoxo y ser gay.

JC tiene ojos grandes, el pelo corto y rizado, la expresión en la antesala del susto. Tiene también, JC, un novio cineasta con quien ya cumplió dos años de relación estable, un par de hermanos rabinos, una madre que aún lamenta que se haya ido a vivir solo, una hermana que le manda cartas acerca del pecado donde le dice que las malas tendencias se pueden corregir, que lo piense. La madre de JC lloró un mes entero cuando JC decidió que era hora de abandonar el seminario rabínico: su hijo ya no sería rabino. Su hijo ya no se casaría ni le daría nietos. Su hijo, finalmente, fatalmente, viviría una vida secreta para su familia, su templo y su comunidad. Pero eso la madre de JC no lo sabe y no está en los planes que nadie vaya a saberlo.

Tuvo su momento crucial, JC: el momento del arrebato, la súbita necesidad de terminar con todo y creyó que Miami era un sitio lo suficientemente obsceno como para liberarse. El plan incluía noche, disco y marcha, conocer algún chico lindo por Lincoln Av., relajarse, capaz que vivir. No llevaba tres días de viaje cuando se encontró aterrado en su habitación, llorando de miedo, llamando a un hermano que vivía en los Estados Unidos para que le pasara direcciones de Miami donde conseguir comida kosher. “La prohibición la llevo dentro de mí. A donde vaya voy a seguir siendo un judío ortodoxo”, se resigna JC.

En un bar de la avenida Santa Fe, JC busca explicar y explicarse cómo ha sido, cómo seguirá siendo, vivir en la contradicción de respetar a un Dios que no lo respeta.

–¿Qué evitó que te relajaras cuando estuviste lejos, donde nadie iba a reconocerte?

–Yo fui educado de esta manera.

–¿Pero no cambia algo cuando atravesás el blindaje de tu sociedad?

–Es cierto que siempre viví en un lugar donde todos me conocen, en el barrio, en el club, en el templo, en la escuela. Es imposible ir a algún sitio sin que sepan que sos el hijo de tal. Pero tantos años de formación ortodoxa no se cambian con un viaje a Miami.

–¿Cómo se cambian, entonces?

–De a poco. Yo antes era severísimo con la obediencia. Estuve seis años en pareja con un chico y jamás lo traje a casa de mis padres. No porque fuera mi pareja, sino porque no era judío.

–¿Saliste con un goy? Ah, te fuiste al carajo.

–Sí, mi novio actual también es goy.

–¿Cómo era ser obediente, ser ortodoxo, y ser gay?

–Era terminar de tener sexo y pedir delivery kosher.

–No suena atormentado…

–Sí, lo es, porque la culpa con la que vivís es muy grande. Yo nunca comprendí porque es algo tan malo y por qué Dios nunca puso delante de mi otro camino.

–¿Te enojaste con Dios?

–A veces creía que si Él me mandaba algo muy malo, la muerte de un ser querido o algo así, yo podía aprovechar para enojarme con Dios y mandar todo a la mierda. Pero no, Dios no hizo nada de eso.

–¿Y creés que Él está enojado con vos?

–Yo nunca lo quise hacer enojar.

–¿Pero creés que está?

–En el fondo y cada vez menos, pero supongo que sigo creyendo que estoy haciendo algo malo frente a sus ojos.

–¿Vas a vivir siempre así?

–Podría responderte con una frase de mi madre: “Hay que aguantar”.

El folleto tiene varias páginas y está impreso a cuatro colores. Lleva el sello de la Fundación Judaica que conduce el rabino Sergio Bergman y anuncia, entre otras cosas, una cena sabática para parejas en plan de boda, las actividades para el mes en curso en el seminario rabínico Marshall Meyer y las próximas noches de estudio del Shavuot en el Gran Templo de Paso. Más atrás, por el medio, dice: “JAG – Judíos Argentinos Gays: el judaísmo y la homosexualidad en las fuentes. Espacio de estudio y reflexión a cargo de la rabina Karina Finkielsztein”. Los judíos gays argentinos, tienen, además, representación institucional.

JAG es una rareza en el mapa político y social de la comunidad. Su presentación formal colectividad adentro, o mejor, su manifiesto, dice textualmente: “JAG nace el 12 de marzo de 2004 en la ciudad de Buenos Aires, a partir de la inquietud de un grupo de amigos, quienes planteamos como deuda pendiente dentro de la comunidad judía, el abordaje de la temática Judeo-GLBT. Judíos Gays, Lesbianas, Bisexuales y Transexuales de la República Argentina, nos hemos reunido, con el interés de crear un espacio de contención, crecimiento e integración dentro de un marco comunitario. La conciliación de nuestra identidad tanto judía como gay conforman el corazón de nuestra unión”.

En otra mesa de otro bar, Gustavo Micha, uno de los fundadores y actual presidente de la JAG, explica: “Lo ideal, nuestro verdadero éxito como institución, sería no existir. Cuando eso suceda, vamos a estar en un plano de discriminación cero. Pero para eso nos falta, como sociedad argentina y como sociedad judía también”.

Micha viene de una familia ortodoxa sefaradí y el peso del mandato familiar es tan decisivo dentro de la comunidad que ni siquiera él, presidente de la entidad que los representa, vamos a decir oficialmente, se permite una foto a toda caripela. Hay padres, hay mayores, y el respeto hacia las generaciones precedentes incluye evitarles una noticia que no están en condiciones de comprender. Sin embargo, no todo está todo lo mal que podría. Los sectores duros de la iglesia católica, los halcones del Vaticano, cada vez que escuchan hablar de diversidad sexual lamentan que la hoguera haya dejado de ser un recurso posible. Dice Micha que dentro de la comunidad judía no hay caza de brujas. Que nunca hubo un enfrentamiento fuerte. Que ni los Lubavitch ni los sefaradíes, las dos ramas más reconocibles de la ortodoxia, los han perseguido. “Los Lubavitch se parecen a los evangelistas. Para ellos lo importante es la pesca de almas y lo hacen con la convicción de que de a poco te van a ir convirtiendo. Así que no importa mucho si sos puto, o no. Y los sefaradíes sólo trabajan hacia adentro, hacia el interior de sus propios círculos, no se meten con nada de lo que ocurra afuera. No sé si eso lo explica del todo, pero sirve para entender porque los gays judíos no hemos sufrido las persecuciones que los gays católicos muchas veces sí”.

Un cartón por dos pesos. Tres, por cinco. Son las siete y media de la tarde y en un salón de Palermo, a pura luz blanca y con un chico de anteojitos que saca bolilla tras bolilla y que de golpe alguien rebautizó como la Berta, arranca el bingo judío gay.

Debemos ser unos cincuenta, sesenta tipos, repartidos en mesitas en cuyo centro ha sido prolijamente dispuesto un manojo de biromes. Está la pareja de Norman y Jorge, veintiocho años de feliz convivencia cubano-norteamericana. Está Germán, fundador de Keshet, la otra representación institucional de la diversidad sexual judaica que finalmente decidió fusionarse dentro de JAG, y se hizo cargo de su departamento de cultura. Y también está Julio, el chico musulmán, que amenaza: “¡Si no cantan mis números me inmolo acá mismo con una bomba de chocolate!”.

El maestro de ceremonias, el tipo que tira del show y lo convierte en un bingo, sí; judío, sí; gay, también, pero además concert, es un profesional del cross dressing con boa de plumas al cuello que no deja de disparar su batería de gaste lógico sobre la paisanada festejante: para él son todos Saras o Rebecas, y después pregunta si esto es un bar mitzvá.

Micrófono en mano, Micha hace sus anuncios: se viene la noche de las cien cenas, donde diez invitados van a la casa de diez anfitriones y pagan cien pesos el cubierto, lo que contribuirá con los próximos proyectos de JAG: la difusión, las charlas, los encuentros, la capacitación para docentes, líderes de grupos y otras dialécticas siempre referidas a la diversidad sexual judía y, desde ya, el plan de contar finalmente un espacio a lo que llamar la casa JAG. Y claro, el anuncio de la comida de hoy, después del bingo, en el salón de abajo: panchos, dice Micha, y agrega:

–Tranquilos, son panchos kosher.

Soy el único estúpido que se ríe. El resto sabe que con la comida no se jode.

(A ver, un paréntise sobre la experiencia religiosa de entrarle a un pancho kosher. Las salchichas tienen una pigmentación diferente, más oscura, y una piel más gruesa, lo que le confiere la consistencia de esos embutidos importados, además de tener un sabor ligeramente ahumado y siglos de memoria ritual que de pronto se condensan en la santidad de una butifarra del Sinaí).

Después del bingo, después de los panchos, en un rincón, lejos de la efervescencia de una reunión que se define por sus arrebatos de humor autorreferencial y las tensiones entre ex que no se terminan de reconciliar, junto al bol de vidrio del que se pueden sacar a discreción preservativos y lubricantes, Iehuda me cuenta su historia.

Iehuda, o León, como prefieran, tiene 46 años, 40 de gay, 30 de gay asumido, 20 de pareja estable, 10 de seropositivo y 15 minutos de confesionario desgarrado. Dice Iehuda que cuando tenía cinco murió su padre. Que a los seis tuvo su primera experiencia homosexual. Que a los diez trabajaba y ayudaba a su familia. Que sus abuelos vinieron de Alepo, un pueblo sirio libanés de familias ortodoxas, y que por qué iba a zafar él de un régimen tradicional. Que su familia lo sabe todo. Que su familia nunca le pregunta nada. Que en casa de mamá ni se menciona su amor con M, aunque M ya sea de la familia, y todos pregunten amablemente por él y mamá le prepare knishes y se los mande en una bandejita. Sólo de vez en cuando, como descolgada, su madre deja caer su lamento: qué lástima que nunca te casaste, hijo. Y eso es todo.

Finalmente dice León, o Iehuda, como más les guste, que ha resuelto sus problemas con Dios.

–Pero seguís siendo ortodoxo observante…

–Sí, al sesenta por ciento.

–¿Y Levítico 18:22?

–Soy un hombre que ama. Dios no puede tener tantos problemas con eso.

Son apenas unas líneas, aunque ya sabemos lo que los sistemas religiosos monoteístas son capaces hacer con apenas unas líneas. Dice el Antiguo Testamento, en Levítico 18:22: “No te echarás con varón como con mujer, es abominación”. Y un poco más adelante, en Levítico 20:13, por si a alguien le quedaron dudas: “Si alguno se juntare con varón como con mujer, abominación hicieron; ambos han de ser muertos, sobre ellos será su sangre”. Bueno, al parecer hay un dios que mandó a escribir esto y después dijo que esta era su palabra y que su palabra era, sería para siempre, sagrada. La cagada se terminó de consumar cuando apareció uno que se lo creyó y se puso a convencer a otros de que sí, posta, lo dice dios, no nos va a andar boludeando.

La JAG podría representar un problema grande para la revista Cabildo, por ejemplo. ¿Qué se discrimina primero? ¿Qué sería peor para la santa conformación de la patria? Putos que son judíos. Judíos que son putos. ¿Por casualidad no tienen algún negro, también? Sin embargo, lo que sería una discriminación sobre otra y toda concentrada sobre el mismo sujeto social, puede no ser la doble mala noticia que parece. Dice Germán, fundador del grupo Keshet: “El judío tiene cierto training en la discriminación, de alguna manera ya viene discriminado por buena parte de la historia reciente. Yo pasé por la experiencia de escuchar, de golpe, en un bar, en la calle, la expresión judío de mierda. Ser gay, entonces, siendo judío, no es lo mismo que simplemente ser gay”.

Alejandro Seselovsky – (Critica)

Cuando Batman era gay


Todo el mundo se encuentra bastante alterado por el lanzamiento de la nueva película de Batman,“The Dark Knight”, la cual acaba de romper el record de “Spiderman 3” por ser la película más recaudadora en los Estados Unidos en su fin de semana de estreno. Pero a diferencia de “Spiderman 3”, “The Dark Knight” es una película muy entretenida. El Batman del director Christopher Nolan es más oscuro, más serio y, por consiguiente, más aterrador. Además, logra capturar la complejidad psicológica del personaje principal de una manera que la versión de Tim Burton, y ni que hablar de la horrenda adaptación de Joel Schumacher, jamás pudo.

La visión de Nolan está inspirada en la era dorada de Batman, la de principios de los años 40. En esa época, el superhéroe les disparaba a sus enemigos, los arrojaba desde los techos y no tenía muchas reservas respecto a matar a los criminales. El héroe encapotado no tenía problemas en amenazar de muerte a los asesinos, gángsters y matones. La Ciudad Gótica de esa época era un lugar oscuro y tenebroso, la clase de lugar que inspiraría a alguien a vestirse con un traje de murciélago gigante. Entonces, ¿que fue lo que pasó? ¿Por qué el oscuro y amenazante Batman de los años 40 se convirtió en el personaje flojo y domesticado de los 60?

Esto tuvo mucho que ver con el cambio de la moral de la sociedad y el desarrollo del panorama político y económico del país. En este sentido, la historia de Batman es un microcosmos de lo que ha pasado a través de la historia de la industria del cómic durante ese período y, en menor medida, de algunos de los cambios que se llevaron a cabo a través de la nación. Uno de las etapas más importantes de la metamorfosis del superhéroe se centró en las agitadas acusaciones de que Batman y Robin eran gays y que esto podría generar fantasías homosexuales en la influenciable juventud norteamericana. El Batman de esta era había sido modelado en base a las expectativas de género de la época y su fracaso en adherir a esas expectativas generaron críticas que llevaron al cuestionamiento de la identidad sexual del personaje.

Las acusaciones de que Batman era homosexual, por más extraño que suene hoy en día, fueron tomadas muy seriamente por el gobierno y por el público norteamericano. Y lo que tampoco ayudaba era el profundo análisis realizado por un psiquiatra muy famoso de la época, el Dr. Frederic Wertham.

Según Wertham, los cómics tenían una influencia negativa en la juventud norteamericana y eran responsables de generar retorcidas actitudes de género y de vanagloriar todo aquello relacionado a la delincuencia. Batman y Robin, según Wertham encarnaban "la fantasía de dos hombres homosexuales viviendo juntos". Ellos vivían en un "área suntuosa" sin ser estorbados por novias o esposas y solamente en compañía de su viejo mayordomo, Alfred. Se ocupaban el uno del otro, frecuentemente compartían la recámara y salían juntos vestidos de fiesta. Para peor, los dos mostraban características psicológicas preocupantes: preferencia por los disfraces, gusto por la ropa y por los juegos de roles; comportamientos secretos y dobles vidas; poco interés en las mujeres; y, lo peor de todo, compulsiones neuróticas que resultaban en actitudes violentas. Es así como Wertham aseguraba que las actitudes de los personajes frecuentemente eran homoeróticas, visualmente resaltadas por el espectacular físico de Batman y las caderas desnudas de Robin.

"Solo un ignorante respecto a los fundamentos de la psiquiatría y la psicopatología sexual podría no darse cuenta de la atmósfera de homoerotismo que rodea las aventuras de estos personajes", escribió Wertham en su momento. "El tipo de historia que representa Batman puede estimular las fantasías homosexuales de los niños y los jóvenes".

Los creadores y los autores de Batman estaban horrorizados. Batman, aclaraban, había tenido una serie de relaciones con damas de Ciudad Gótica, a pesar de no haberse asentado con ninguna de ellas. También se encargaron de aclarar que jamás habían sido explícitos respecto a un afecto homosexual entre Batman y Robin. Y además, se preguntaban cuál era el objetivo de cuestionar las prácticas sexuales de un personaje que solamente vivía dentro de los cuadros de las revistas de historietas. Cualquier clase de "vida sexual" que Batman pudiera tener se encontraba puramente en la imaginación de sus críticos y no tenía nada que ver con el propio Batman.

Si Bruce Wayne era el paradigma de la masculinidad de raza blanca y de clase alta de la época (millonario, culto y amigable), su identidad secreta representaba la liberación oscura que se encontraba en los rincones marginales de la ciudad. Aún si los genitales de Batman nunca fueron mostrados entrando en contacto con el cuerpo de Robin, el estilo de vida de Batman aún le daba cuerpo a la fantasía de emancipación de la imagen del hombre cuya responsabilidad era la de formar una familia al lado de una mujer. El mundo de Batman de los años 40 era exclusivamente masculino.

En una época en la que las normas sociales dictaban que los hombres y las mujeres debían formar familias nucleares y conformarse con una domesticidad rutinaria, el mundo homosocial de Batman representaba un desafío al concepto de familia "normal". Por supuesto, una década atrás, la idea de los hombres viviendo con otros hombres con el objetivo de luchar contra otros hombres no solo no era controversial, sino que, en el medio de la Segunda Guerra Mundial, era algo habitual. En condiciones de guerra, los soldados vivían y dormían juntos. Dependían los unos de los otros en busca de apoyo físico y emocional, incluso en algunos casos, relacionándose sexualmente entre ellos.

Qué tanto influyó este concepto en los creadores de Batman, es difícil saberlo. De todas formas, las acusaciones de Wertham contra el cómic afectaron las ventas del mismo. Los padres decidieron que sus hijos se volcaran a la lectura de cómics más "inofensivos", mientras que algunos grupos directamente intentaron censurar a la historieta. Con el objetivo de combatir la percepción de que su producto era moralmente sospechoso, los directivos de DC Comics decidieron realizar una serie de cambios.

Algunos de esos cambios fueron designados específicamente para disipar las acusaciones de que Batman y Robin eran gays. El rol del mayordomo Alfred en el cómic fue reducido (Alfred fue dado por muerto a principios de los años 60 y luego fue literalmente resucitado por un tiempo en el rol de villano). Para reemplazar a Alfred, las tías Agatha y Harriet fueron presentadas para ocuparse de cuidar de Wayne con el adecuado toque femenino. Al mismo tiempo, DC Comics comenzó a introducir una serie de personajes femeninos para hacerles vivir romances a Batman y Robin, como Bat-girl en 1956 y Batwoman en 1961.

Estos personajes que luchaban contra el crimen junto a Batman, actuaban como una especie de reemplazo del típico cortejo heterosexual: en vez de invitarla al cine o a cenar, un romántico Batman llevaba a su chica a saltar por los techos. El elenco de personajes femeninos le otorgó a Batman algo así como una familia completa, o al menos las bases para construir una. Incluso, aunque la bati-familia nunca alcanzara un nivel completo de "normalidad", al menos suavizó los bordes de un estilo de vida que era irreconciliable para las expectativas de género de la época.

El Batman que aún vivía en el año 1945 se convirtió en una carga económica en 1955, año en el que se convirtió en una amenaza para la familia. Los elementos gays de Batman de ese entonces eran el punto de ignición para un conjunto de preocupaciones sociales. En el mismo momento en el que las elites se encargaban agresivamente de eliminar a la homosexualidad del gobierno y de la sociedad en general, DC Comics decidió eliminar todo tipo de deficiencia social de la historia de Batman que podría ser interpretada como "gay."

¿Fue suficiente? Para satisfacer a sus críticos más mordaces, si, lo fue. Pero, irónicamente, los cambios que se hicieron en la historia, donde Batman era trasladado a mundos de fantasía, ayudaron a acercar al personaje a un terreno más camp, en donde los forzados romances heterosexuales del superhéroe eran poco creíbles. Incluso en la versión televisiva del cómic, los exagerados y asexuales romances de Batman parecían una especie de parodia de los verdaderos romances heterosexuales.

Es por esta razón que los críticos del Batman de la vieja escuela se han perdido la razón por la cual el superhéroe es una figura tan convincente como fascinante. Las relaciones más importantes de Batman siempre han sido las que ha entablado con los criminales. Las implicaciones más provocativas de este cómic han estado centradas alrededor de la distinción entre ley y justicia y la dedicación de Batman a la búsqueda de esta última, muchas veces a expensas de la primera.

Los intentos por crear una "historia heterosexual" para Batman siempre han sonado falsos, precisamente porque lo que siempre ha caracterizado al personaje es que nada respecto a él puede ser considerado "normal".

Tyrion Lannister - (Bilerico)
© Traducción de Esteban Rico para SentidoG.com

sábado, 2 de agosto de 2008

Orgullo mutante


Keith Haring vivió 31 años y en mucho menos se convirtió en artista icono del siglo XX. Un orgullo mutante capaz de combinar drogas, sexo, cultura africana, militancia lgbtt y sentido del humor, entre otros dones. Trabajó sobre lienzo, papel, paredes del subte, camisetas, vasos, el propio cuerpo y el ajeno. A pesar de su culto por lo efímero, lo sobreviven sus fantasmas expuestos en museos de todo el mundo.

En una entrada de su diario en 1982, un Keith Haring a punto de volverse una figurita del álbum mundial del arte, repasó sus orígenes en un flashback a su infancia: “Nací en 1958, la primera generación de la era espacial, en un mundo marcado por la tecnología de la televisión y por el placer instantáneo: soy hijo de la era nuclear. Crecí en los sesenta en Estados Unidos y descubrí la guerra en los números de Life sobre Vietnam. Asistí a las revueltas raciales por televisión, desde la confortable sala de estar de una familia blanca de clase media”. La escena era claustrofóbica, pero no fue difícil para Haring encontrar la llave que lo sacó de esa sala familiar para expandir su potencial. La salida fue el dibujo, una afición que aprendió de su padre, un dibujante aficionado de historietas. El comic le permitió crear su propio mundo, fuera de los mandatos de raza, sexo e ideología que se multiplicaban como formas de asfixia a su alrededor. Y a su dibujo lo guió la psicodelia lisérgica, que lo convertiría definitivamente en un hijo dilecto de los ‘60. La expansión de la percepción y de la mente fue la manera de que su pulso creara las líneas serpenteantes que lo caracterizarían como artista. El mismo define su viaje en ácido iniciático: “Mi primera experiencia con el LSD a los quince años y los consiguientes trips en los campos que rodean el pueblecito de Pensilvania en el que crecí. El dibujo que hice durante mi primer trip se convirtió en el germen de toda mi obra posterior, que ha llegado a ser toda una visión ‘estética’ del mundo (y un sistema de trabajo)”.

El hombre elástico

El trip artístico lo llevó a estudiar en Nueva York a fines de los ‘70. Allí, en sus primeras experimentaciones se dedicó a las performances y al video, filmando, exponiendo o comprometiendo su propio cuerpo, interesado principalmente en un arte del movimiento espontáneo, de lo vivo sin red. ¿Cómo sumar esas nuevas experiencias vitales a su afán por el dibujo? Haring inventó un “Arte en tránsito” que lo proyectaría como creador: desde 1980 comenzó a dibujar los paneles de publicidad de la red de subterráneos de Nueva York y definió su particular estilo cinético con una línea que trazaba figuras elásticas que representaban a gran escala movimientos característicos del comic y el dibujo animado. En ese ámbito, en medio del vértigo subterráneo de gente y vagones, los dibujos de Haring creaban una vibración enigmática, con imágenes humanoides y animalescas mezcladas con elementos reconocibles (televisores, billetes, iconos populares, etc.) y con signos extraños. Algo del pop y su gusto por los objetos publicitarios se reconfiguraba desde una visión más bien primitiva e infantil (Haring dibujaba con tiza sobre paneles negros como si fuera un travieso garabato escolar en un pizarrón). Esos dibujos bailaron con movimiento anárquico entre un público que miraba algo perplejo mientras se transportaba mecánicamente por los subtes. Dibujos que duraban horas, días o semanas, hasta que el panel era ocupado por publicidad o alguien borraba las líneas de tiza, pero esas performances de Haring duraron un lustro, a pesar de ser detenido, esposado y llevado a comisarías decenas de veces. Su línea sinuosa se estiró hasta imponerse desde el under y fue circulando por otros espacios, desde la pintura mural a la decoración de objetos (vasijas, platos, esculturas), pasando por decorados teatrales hasta hacerse literalmente cuerpo: Grace Jones hacía performances pintada por Haring, en una suerte de body painting extrañamente sexual. Hasta el propio Haring pintó su cuerpo desnudo con su dúctil línea de trazo grueso. Porque el dibujo de Haring era la forma de transformar la identidad del cuerpo desde un delirio visual de la diversidad elástica.

Queer-Pop-Eye

El primer ojo del arte pop revolvía en el arsenal de las imágenes de la cultura masiva (el comic, el cine, la publicidad, la prensa, etc.) con objetivos diversos, pero mayormente tratando de extrañar la mercancía, devolviéndola ajena a sí misma. En los ‘80, Haring fue más allá, expandiendo de manera queer esos parámetros de las imágenes pop. Como artista gay fuera de todo closet en la era post Stonewall, Haring fue pionero en basar muchas de sus obras en los iconos e insignias instalados por el movimiento Glttbi. Es decir, usó el magma de signos de la embrionaria identidad gay, desde el triángulo rosa hasta la pornografía, como germen visual de muchas creaciones. Ya no sólo se trataba de sacarle a la cultura hetero un objeto para volverlo homoerótico, sino que la apropiación de imágenes también implicaba a la cultura Glttbi: ahora los signos de la cultura gay salían del closet minoritario para transformarse en materia artística universal. Haring fue una pieza clave de la construcción de una visibilidad queer más amplia, participando creativamente en las Marchas del Orgullo, y más tarde en las campañas contra el sida. La representación de una sexualidad festiva, de figuras en orgías multitudinarias, caricaturales y grotescas, a través de sus obras, se transformó con el tiempo en un icono más de la cultura Glttbi y todavía tiene una gran elocuencia gráfica para expresar la idea libertaria y comunitaria de la diversidad sexual. Complementario al fetichismo dramático de las fotos que Robert Mapplethorpe hacía por aquellos años, los monigotes alegres de las pinturas, dibujos y esculturas de Haring siempre fueron mutantes diversos, figuras que algunas veces eran inocentes, otras veces muy sexuadas y fálicas, pero también las había andróginas, lúdicas, bestiales, infantiles, etc. Y todas ellas podían convivir en la misma obra, mezcladas, como participando de una viñeta carnavalesca de intercambio de fluidos y/o felicidad. Muchos de los retratos colectivos de Haring no eran ni más ni menos que marchas del orgullo del cuerpo mutante.

Pinta tu aldea global

A mediados de los ‘80, desde la subterránea Nueva York, Haring se proyectó al mundo. Pintó paredes en distintas ciudades de cada uno de los continentes, su arte callejero no se limitó a EE.UU., sino que se volvió interpelación global. En paralelo a sus viajes, una mala noticia recorría el mundo: el sida era una pandemia, primero enigmática, luego estigma homosexual, después problema de todos y todas. Y Haring vio a muchos de sus amigos morir por esta enfermedad. Aprovechando su situación privilegiada de popularidad planetaria, el arte en tránsito de Haring fue pionero en moverse en la dirección correcta: su obra se puso al servicio del sida con la certeza de que la solución era la información, no el miedo. Así, con la misma vibración vital y festiva, su arte contra el sida combatió la ignorancia y el silencio con la forma novedosa del graffiti global. Sin nunca caer en la oscuridad ni en el desasosiego, a pesar de vivir con el vih en épocas de desesperanza, convirtió a las ciudades en pantallas para un arte que transformaba el panfleto en un género pop solidario. Y Haring también creó una fundación a través de sus obras remodeladas como objetos de consumo a través de su Pop Shop, un negocio sin fines de lucro, que creó campañas para acabar con el sida, ocupándose de zonas de emergencia como Africa antes que nadie. Enfermedades provocadas por ese mismo virus hicieron que Keith Haring muriera en 1990, con unos prematuros 31 años. Fue un artista joven, tal vez el más prolífico para su corta carrera, y dejó un arte joven que, a un siglo de su nacimiento, aún se mueve con su particular vibración, esa que agita la mejor vanguardia cinética, esa que nos sacude para decirnos que el futuro es ahora.

Diego Trerotola
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